martes, 17 de julio de 2012

Constancio C. Vigil, periodista uruguayo, fundador de Editorial Atlántida de Buenos Aires, creador de las revistas El Gráfico, Billiken, Para Ti, La Chacra

La vida es sed

Constancio Cecilio Vigil, periodista
rochense, descendiente de
asturianos de Siero, fundador de
Editorial Atlántida de Buenos Aires,
líder del periodismo iberoamericano.
(Archivo Editorial Atlántida)
24 de setiembre de 1954. Esa tibia mañana de viernes, celeste y primaveral, el veterano editor se levantó temprano. Como siempre, se puso a trabajar de inmediato, en su oficina de la porteña calle Azopardo. Como nunca, las ideas no afluían a su mente con presteza. No podía discurrir cosas concretas. La noche anterior había imaginado –una vez más– los balazos contra su cuna rochense y a los matones latorristas. Recordaba la lucha de su padre en La Ley, los inicios de El Pueblo y los éxitos de Atlántida. Evocaba la paradójica memoria del primer suscriptor de La Alborada –su adversario político, José Batlle y Ordóñez– y  la de su entrañable amigo Carlos Vaz Ferreira, quien solo permitía que sus hijos leyeran Billiken. Repasaba mentalmente las fraternas cartas de Rodó, Mistral, Guido y Spano, Sartre, Unamuno, Ortega y Gasset. Y tantos otros notables camaradas del pensar.

Sobre la base del Capítulo 16 del libro Héroes sin bronces (Trea Editores para el Gobierno del Principado de Asturias, Gijón, España, 2005).

Con orgullo, revivía la irrepetible tarde de 1932 cuando más de 300 obreros y empleados pasaron a ser accionistas de la Sociedad Anónima Editora Atlántida. ¿Por qué añoraba el pasado cuándo era un hombre de mirada al frente?
Entonces notó que su pluma estaba seca. Volvió a introducirla en el tintero, pero, quedó inmóvil, en el aire. No llegó a desparramar el azul marino por las cuartillas, siempre cercanas a su adorado mate.
De pronto se sintió mal. Sus asistentes llamaron a Emilio Bottini, amigo íntimo y médico de cabecera. Luego vino el cardiólogo. La mano izquierda no coordinaba movimientos, no obedecía órdenes. Pocos segundos después, no se movía. Así, de pronto, sin sufrimiento, sin torturas morales. Así como había vivido, la muerte se lo llevó.
A la mañana siguiente, Bottini acompañó a Leticia al cementerio de La Recoleta. En el mensaje de despedida recordó anécdotas de su personalidad cívica. 
«Tenía un señorío digno de su tiempo y respeto por la dignidad humana. Nada aborrecía más que la mal llamada viveza criolla. Para él se trataba de una forma de delincuencia menor o, en el mejor de los casos, una detestable falta de convivencia y de amor por sus semejantes[...]
Pocos saben que el dictador uruguayo Gabriel Terra se opuso a su candidatura al Nóbel de la Paz. El motivo fue muy pequeño. Nuestro querido compañero respondió con críticas a su golpe de estado. Episodio que definió como el más lamentable del siglo oriental, solo comparable con su ignominioso antecedente militarista. Con el tirano Latorre a la cabeza. Era incapaz de odiar, pero despreciaba las dictaduras. Terra instruyó a sus legaciones diplomáticas para que quitaran todo apoyo a la nominación». 
Mientras el cuerpo ingresaba a la morada final, eran leídas algunas de sus parábolas predilectas.
–El cerebro preside, los órganos deliberan y votan. La decisión depende del estado de cada uno.
–Vale más plantar árboles que estatuas que no crecen, ni abrigan, ni alimentan.
–Las ideas nacen grandes. Se empequeñecen cuando el hombre las utiliza inmoralmente.
–Los soldados son hombres. En la paz, nadie lo duda. En la guerra, nadie lo recuerda.
–Todos montamos en caballito de palo, cuando creemos ir más lejos.
–No engañes tus necesidades ni disfraces tus sentimientos.
–Escucha a tu cuerpo entero, no solamente a tu cerebro.
–La vida es sed. 
Con la última frase, el féretro era depositado en el oscuro panteón familiar. Hubo un silencio hondo, pero sin lágrimas. Cuentan testigos que, por única vez, el recoleto cementerio bonaerense quedó cubierto de blanco. Miles de escolares despidieron al creador de personajes compartidos por tantas, y tantas, familias rioplatenses. 

Astures y rochenses 
Constancio Cecilio Vigil Olid nació el 4 de setiembre de 1876, en Rocha, histórica capital del departamento homónimo, fronterizo con el Brasil, único con costas enteramente bañadas por el Atlántico. Por entonces era un pueblito pequeño y encantador –de cinco mil habitantes, en su mayoría de buena posición económica–, con calles limpias, unidas entre sí por otras más angostas, que los lugareños aun llaman «callejuelas».
Rocha es sinónimo de naufragios. Su toponimia y su red genealógica, así lo demuestran. «A veces bastaba un hundimiento para que la población creciera aluvionalmente» –comentaba con humor Vigil, cuando recordaba su tierra natal.
Náufrago fue el pionero de su rama materna –Francisco Guillermo Holley, natural de Sussex–, oficial de una goleta inglesa vencida por la inclemente furia oceánica. «Un émulo de Ulises que salvó su vida milagrosamente, enamorado de una Nausicaa jovencísima. María Candelaria Velázquez, hija de pobladores de aquella tierra agreste y natural» –afirma poéticamente Pérez Mariluz.
Diego Ramón, primogénito del novelesco matrimonio, se casó con Juana Altés. El tiempo –como si se tratara del mar– oradó su identidad original. Primero fue Ollit y, finalmente, Olid. Bernardino de la Cruz –nacido el 16 de julio de 1814– fue un recio caudillo colorado que se enlazó con Braulia del Puerto, sobrina del fundador colonial. De la pareja nació Ventura, esposa de Constancio Vigil .
Hechos terribles precedieron el nacimiento de Constancio Cecilio. Aun sangraban heridas abiertas en la Revolución de las Lanzas, antecedente del Año Trágico, de negro recuerdo para la historia uruguaya. El 10 de enero de 1875 fue la matanza de Plaza Matriz –relatada por la coañesa Eva Canel. Seguiría el golpe de estado del coronel Lorenzo Latorre, la deportación de jóvenes opositores a Charleston, en la  tristemente célebre Barca Puig, una incontrolable crisis económica y la Revolución Tricolor. «Hasta los primeros años de nuestro siglo la sangre corrió generosamente por el suelo oriental» –reflexionaba Vigil evocando relatos familiares.
Su padre era crítico intransigente del autoritarismo y enemigo del terrorismo de estado de Latorre, a quien definía metafóricamente: «Luis XI con botas de potro». Luego de un ácido editorial, el valiente periodista fue atacado por asesinos a sueldo, que balearon su casa. Uno de los proyectiles se incrustó en la cuna de su pequeño hijo, de pocas semanas de vida. «Ese fue mi bautismo como soldado de la justicia» –escribió, refiriendo al episodio
Después de frustradas tentativas de homicidio y de arbitrarias detenciones, se trasladó a Montevideo para «cambiar de aires». Siguió dirigiendo La Ley a distancia; hasta que lo vendió a un leal secretario de redacción, Pablo Nansot. 
«Una personalidad que merece el rescate de su memoria. En 1880 fue arrestado y encerrado en Montevideo por anarquista. Cumplido el confinamiento, retornó a Rocha para fundar el bisemanario La Libertad y reabrir La Ley. Nansot venció a la dictadura, pero su espíritu independiente y rebelde se extinguió poco antes de finalizar el siglo, en 1899». Así lo recordaba Pérez Mariluz.
Constancio fundó un diario independiente –El Pueblo– que mantuvo hasta el último día de su vida, muy a pesar de los embates de otro dictador militar: Máximo Santos. La familia pasaba los veranos en un rancho del paradisíaco Cabo Polonio y los inviernos en la estancia materna de India Muerta.
«Todo llega a su tiempo, el dolor también». Comentaba sabiamente el precoz jovencito en 1889, a sus trece años, luego del entierro de Constancio padre. Lo que no pudieron los sicarios, lo logró un ataque cardíaco, a los cuarenta y seis años. Su madre, Ventura, había muerto en 1885, cuando el pequeño se acercaba a los diez.

Constancio, Mangocho
Dos ráfagas de plomo signaron su vida. Las balas de esbirros del dictador Latorre contra su cuna y las galeras de entrañables imprentas que dirigió con pasión republicana.
El mundo de Mangocho, así le llamaban familiarmente, poseía una diversidad natural y cultural sin par: jugaba con bolitas, cometas y trompos, había creado un «bichódromo», hacía carreras de carritos tirados por escarabajos, cuidaba un conejo y de un tordo que le había regalado el jardinero de su casa rochense.
A los once años escribió su primer artículo –«con ayuda de mis hermanitos, de la maestra Sara y de don Cipriano»– y fundó un semanario manuscrito de cuatro páginas a tres columnas, que editaba tres ejemplares. «Uno quedaba en casa y los otros se los vendía a mis abuelas». Ellas eran sus únicas suscriptoras.
«Heredó de su padre, no sólo su nombre, sino también la vocación por el periodismo. Desde muy joven se dedicó a esta actividad, al tiempo que estudió ciencias y letras» –subraya  Pérez Mariluz.
Todavía adolescente, comenzó a colaborar en los diarios La Prensa y La Nación y en la Revista Nacional de Literatura de Buenos Aires. A los diecinueve años fundó La Alborada, memorable publicación montevideana de circulación continental, en la que escribieron: Juan Zorrilla de San Martín, José Enrique Rodó, Horacio Quiroga, Florencio Sánchez, Carlos y María Eugenia Vaz Ferreira.
En 1898 hizo una mordaz crítica titulada «Por la justicia», contra la intervención estadounidense en la guerra de la independencia de Cuba: «¡Temed, pobres naciones. No vayáis a perjudicar el proteccionismo comercial de Guillermo Mackinley, que os aniquilará!». En 1901, el columnista Luis Villalonga caracterizaba su pluma «humanista, justa y libertaria».
Hasta 1903 fue director de La Prensa, vocero oficial de la resistencia blanca contra la histórica manipulación electoral colorada. Al año siguiente se exiliaba en la Argentina, luego que el gobierno de José Batlle y Ordóñez –admirador intelectual, pero enemigo político– cerrara el combativo diario. Comenzaba la revolución del caudillo Aparicio Saravia.
Su casa porteña de la calle Andes –hoy Uriburu– cerca de la tradicional avenida Santa Fe, era el refugio de rebeldes que huían de la guerra. Vigil seguía con atención los acontecimientos uruguayos, pero, luego de la muerte de Saravia –el 10 de setiembre de 1904– optó por comprometerse con una nación que le brindaba la oportunidad de vivir en paz. 
Su carrera periodística en Buenos Aires se inició en la editorial Haynes, propietaria del semanario El Hogar. Fue fundador de la revista Mundo Argentino, que dirigió desde 1911. «Sin embargo, era consciente de su necesidad de nuevos espacios para volcar sus inagotables aptitudes de creador. En diciembre de 1917, consideró que su tiempo en Haynes había culminado y se abocó a la puesta en marcha de un nuevo proyecto» –afirma su biógrafo.
El 7 de marzo de 1918 fundó la revista semanal Atlántida –que duró un año y dos meses– matriz del mayor emprendimiento periodístico hispanoamericano del siglo pasado. Luego surgieron paradigmáticas publicaciones: El Gráfico, Billiken, Para Ti y La Chacra. 
«Su amor por los niños hizo de él cuentista. Pero no se conformó con transmitir fantasía. También optó por caminos menos entretenidos, pero metódicos y didácticos. Con ¡Upa! aprendieron a leer millones de argentinos, uruguayos y latinoamericanos. Era el texto escolar por excelencia. Pero no se detuvo sólo en la colaboración o en la impresión de obras morales e infantiles. También cimentó su carácter empresario a través de la Editorial Atlántida».
Su obra literaria más reconocida fue El Erial, publicada en 1915. Una crítica intransigente a las martirizantes trincheras de la Primera Guerra Mundial: «Donde jóvenes soldados son convertidos en topos para satisfacer intereses espurios y bajas pasiones».
«¿Qué es El Erial?» –preguntó alguna vez la poeta chilena Gabriela Mistral. «Un canto a la dignidad y la piedad. Yo vi a mi querido amigo, derramar lágrimas ardientes y viriles». Era una enfática y admirada respuesta de quien inspiró el término «vigilismo». Para resumir sus reflexiones humanitarias. 
«No es tan sólo un idealista y un virtuoso. Es también un hombre de acción, dotado de espíritu práctico y, por decirlo, todo un realizador; un ser en que con acierto se combinan la poesía y los éxitos palpables. Un latino de espíritu ordenado, un sabio y un hombre enérgico y disciplinado». 
Mistral y otros intelectuales y asociaciones pacifistas latinoamericanas, en 1935 lo propusieron como candidato al Premio Nóbel de la Paz, en honor a la mediación del ilustre periodista rioplatense en la Guerra del Chaco que enfrentó a  Bolivia y Paraguay.

Obra literaria de Constancio C.
El Erial (1915)
Miseria artificia
El Clero Católico y la Educación (1926)
Mangocho
Las verdades ocultas
Cartas a gente menuda
Marta y Jorge
Los que pasan (1927)
Compañero (1928)
¡Upa! (1939)
Amar es vivir (1941)
Vidas que pasan
La educación del hijo
El hombre y los animales (1943)
 

Para niños
Cuentos para niños (1927)
La hormiguita viajera
Los escarabajos y la moneda de oro
Cabeza de Fierro (1940)
El imán de Teodorico
El mono relojero (1941)
Tragapatos
Misia Pepa
Los ratones campesinos
Muñequita
El manchado
Los Chanchín
La dientuda
La reina de los pájaros
Chicharrón (1942)
El bosque azul (1943) 
Los enanitos jardineros
La moneda volvedora
La familia Conejola
El casamiento de la comadreja
El sombrerito
Juan Pirincho   

Mayor, Menor y Manuel 
El historiador y genealogista Juan Alejandro Apolant describió a la fragata San Josef y San Buenaventura como «Leviatán de las expediciones patagónicas». Y no se equivocaba. Fletada por un asentista de Oporto, la nave apodada «El Portugués» transportó una cantidad jamás igualada de colonos asturianos al Río de la Plata. 
Desprotegidos por Madrid –responsable de un inaudito plan de colonización de la región más austral de América–, los rebeldes paisanos fueron fundadores y pobladores de ciudades. Antes, habían abandonado desolados parajes de San Julián, San José, Puerto Deseado y Carmen de Patagones. O, lisa y llanamente, se habían negado a viajar hacia un inevitable destino de muerte y desolación.
Uno entre muchos, fue el caso de Santiago Vigil y Santos –«El Mayor»– arribado a Montevideo el 19 de julio de 1781. El primigenio uruguayo del emblemático apellido, nació en San Juan de Muñoz, concejo de Siero, en 1737. Era ebanista como su padre Bartolomé y labriego como su madre, María. 
Santiago viajó acompañado por su esposa Josefa –hija de Francisco Lainfiesta y Melchora Rodríguez– y cuatro hijos: Vicente, de quince años; Manuel, de once; María, de nueve y Bernardo de seis. Los sierenses habían salido del puerto de La Coruña el 15 de abril, entre las cuatro y las cinco de la mañana, con otros 569 campesinos reclutados en las montañas. No todos llegaron a destino. En alta mar hubo quince nacimientos –ocho niñas y siete niños– y treinta y dos fallecimientos –tres hombres, cuatro mujeres, catorce niños y once niñas.
En el mismo grupo vino su pariente Santiago Vigil Fernández –«El Menor», nacido en 1740, también en San Juan– con su esposa María Palacios y cuatro hijos: Ramón, de catorce años; José, de doce; Francisco de ocho y Maria de tres. Apolant cuenta en Operativo Patagonia que lo primos eran muy  parecidos entre sí. Ambos de «mediana estatura, trigueños de cara, pelo, barba y cejas negras y ojos pardos». Se alistaron y realizaron la misma travesía atlántica y vivieron juntos en la bonaerense Guardia de los Ranchos. Sus destinos se separaron definitivamente en 1783. «El Mayor» regresó al puerto oriental, el 18 de octubre. Aquí murió el 13 de diciembre de 1798. «El Menor» pasó a Buenos Aires el 19 de setiembre del mismo año. Allí falleció en 1805. 
El día de mayor gloria criolla fue de infinita desdicha para el soldado realista Manuel Vigil Lainfiesta. El otoñal 18 de mayo de 1811, su improvisada ala de marinos poco aguerridos, presos liberados a último momento y soldados sin disciplina, fue aplastada por Manuel Artigas, hermano de José Gervasio –hasta entonces ignoto blandengue, transformado en emblemático caudillo revolucionario. 
El sierense se había levantado ese sábado, con malos presentimientos. Pero, la realidad sería aun peor. Muy poco antes del mediodía, en el mismo campo anegado por la lluvia, pudo ver como parte de su tropa se pasaba al bando enemigo. Algunos, hasta ese dramático momento, seguían jurando fidelidad a España. 
Manuel fue derrotado en la batalla de Las Piedras –verdadero comienzo del fin de un abusivo coloniaje rioplatense. Apenas pudo salvar el pellejo, retrocediendo desordenadamente al fuerte de Montevideo, luego sitiado por orientales y argentinos. 
El historiador Enrique Pérez Mariluz lo definió como «un godo orgulloso y honorable que mantuvo firme su lealtad hispana a pesar de tanta humillación. Permaneció fiel a su juramento, pero abandonó la carrera de las armas. Tampoco quiso volver a la metrópoli para seguir sirviendo al Real Ejército. Desde ese momento, su vida fue un verdadero infierno». 
Vigil integraba el ejército desde setiembre de 1800. Antes se había separado de su padre Santiago y de su  madre Josefa, a quienes jamás volvió a ver con vida. Participó en la expulsión de los invasores ingleses en 1806 y 1807 y frenó a los portugueses en Rocha y Maldonado, sirviendo al gobernador montevideano Gaspar de Vigodet. Fue subteniente de la Compañía de Granaderos del Batallón de Voluntarios de Infantería.
Señalado por los patriotas como enemigo de la libertad, sufrió la expropiación de sus bienes. Murió triste y pobre. Fue el tronco de una familia cuya segunda generación produjo cuatro ilustres orientales. Antonio, influyente magistrado; Manuel, procurador, el primero en establecerse en Rocha; Constancio, abogado a los veintiún años que siguió a su hermano y Dámaso, productor rural.
Constancio también fue político y periodista. El  4 de abril de 1875 fundó el periódico La Ley; para muchos, el mejor que conoció la campaña uruguaya. Su hijo, Constancio Cecilio, fue el más célebre editor rioplatense de la primera mitad del siglo pasado, creador de una paradigmática empresa de la cultura iberoamericana.

Rocha
La más que bicentenaria ciudad del este uruguayo fue fundado en 1793  por Rafael Pérez del Puerto, encargado de trasladar a veintisiete familias gallegas y asturianas que se avinieron a vivir en ranchos de adobe, con dos habitaciones y una cocina. Tenía catorce escuelas, siete públicas y siete privadas, centros culturales, una biblioteca popular y un teatro. Con toda lógica, llamado Progreso. La región es señalada como un fenómeno único en el Uruguay, allí se preserva como en ningún otra ciudad o departamento uruguayo el habla castellana original.

Daniel, Carlos y Eduardo
Contemporáneos de los Vigil de Rocha –blancos e idealistas– fueron sus primos lejanos de San José, colorados «hasta los tuétanos». El patriarcal Santiago «El Mayor» también fue antepasado por línea materna de los hermanos Daniel y Carlos Martínez Vigil, prestigiosos intelectuales de los albores del siglo pasado.
El primigenio por línea paterna fue Bartolomé Martínez, pionero astur de la histórica ciudad, a fines de agosto de 1783. El labrador de cuarenta y tres años, nacido en el cangalés San Vicente de Margüelles, cruzó el Atlántico en la fragata Santa Ana 2ª  que fondeó en Montevideo el 30 de diciembre de 1782. Lo acompañaba su esposa María Díaz, de treinta y tres, con sus hijas, Benita Ramona de nueve y Manuela de siete.
Apolant lo describe de «regular estatura, redondo y trigueño de cara, cerrado de barba, pelo, barba y cejas negras y bastante calvo de la cabeza a la frente, con un lobanillo encima del ojo izquierdo, bastante visible».
Casi un siglo después, en 1867, vino al mundo Daniel Martínez Vigil. Poeta, profesor de historia, filosofía y literatura; director de históricos diarios de San José: La Defensa y La Unión. Fundó la memorable Revista Nacional de Literatura y Ciencias Sociales, en sociedad con José Enrique Rodó, Víctor Pérez Petit y su hermano Carlos. Allí publicó sus poemas, que en 1905 reunió en Postálicas. Colaboró con las revistas, Rojo y Blanco, Vida moderna, Tierra charrúa. Polemista y orador político de fuste, recogió sus discusiones filosóficas en Propio y ajeno, de 1906. 
De su pluma dijo Rodó: «Es un escritor de intensa personalidad, un fustigador de miserias morales. Antes que nada es un carácter que lleva en sí el atavismo medieval, el culto supremo del honor, de la verdad y la justicia. Solitario en su tienda, su misantropía  no le impide tener fe y esperanza. Aunque se blasona de discípulo de Schopenhauer, más que un pesimista, es un soñador de grandes cosas. Es pensador y literato, es poeta y orador. Es partidario ardiente; un estoico a lo Marco Aurelio, que sonríe con desdén a su época.»
Su carácter político  –duro e intransigente– es interpretado por un veterano intelectual de dos siglos, Carlos Reyles: «Su palabra de acentos dantonianos ha sacudido, ha electrizado a la muchedumbre colorada reunida a su alrededor para oírle, ya en las asambleas políticas, ya algunas veces al pie del mausoleo que guarda los restos de mártires caídos en defensa de la libertad. Surgió de la sombra, austero, con severidades catonianas, sus producciones tienen el rugido de un león y la mansedumbre de un cordero». Falleció en 1940.
Carlos Martínez Vigil fue abogado y literato, nacido en 1870. Fue director de La Tribuna Popular hasta 1918; de El Orden, en 1898; de La Opinión, en 1901 y colaborador de las principales publicaciones americanas. Fue autor de obras de culto entre jóvenes ilustrados: De mi cartera; La avenida de los Pocitos; El problema nacional; Mi vecina Doña Rosa; El derecho de las madres.
Eduardo Ferreira, entrañable compañero de aventuras, escribió sobre su erudición, en 1902. «Sin pecar de exagerados, es el mejor de nuestros escritores de ley. De una sólida formación, en cuanto atañe al habla castellana, sus artículos, si literarios, si didácticos, se caracterizan por el corte  clásico y la  casticidad de estilo que lucen en sus párrafos artísticamente cincelados[...]
Es un apasionado del idioma; por ello se cuida tanto la corrección, que ni Rufino José Cuervo tendría algo que tildarle en cuanto a pureza. Sus amores y sus devociones por la lengua de Cervantes y todo su orgullo, lo finca en la donosura del escritor insigne a quien España debe el mejor de sus libros; su verdadera gloria, en opinión de Montesquieu[...]
Ha cultivado la poesía. No ha hecho de ella un objetivo de sus aspiraciones, pero notables son las ideas desarrolladas y verdaderamente inspiradas. Su ilustración es el resultado de su propio y tenaz trabajo y por esto no dudamos que, con el transcurso del tiempo logre ocupar un puesto preeminente en la intelectualidad de nuestra patria».
Aunque de tradicional familia rochense, el neurocirujano y filántropo Eduardo Vigil Sóñora nació en Montevideo, el 23 de agosto de 1904. Fue catedrático e investigador de la Facultad de Medicina y médico en sanatorios privados y en los principales hospitales públicos uruguayos: Clínicas, Pasteur y Maciel.
Pasó su infancia y adolescencia en la zona conocida como Rincón de los Herrera, ubicada en el kilómetro 208 de la ruta nacional N° 10, camino al Brasil. Su hijo, Eduardo Vigil Aznárez, es el actual administrador de la estancia familiar con títulos de propiedad que datan de 1808, más antiguos que la revolución y la independencia oriental.
«Papá era un hombre inteligente y generoso. Dividía su trabajo entre las consultas gratuitas y las cobradas tarde y mal. Encaraba su profesión como un servicio para aprender cada día un poco más». Fue jefe del equipo que descubrió una extraña variedad de quiste hidático que afecta a la columna vertebral. «Una pesquisa muy valorada por la comunidad científica, nacional e internacional. Era muy humilde, pero sus colegas y las revistas especializadas  se encargaron de rescatar su labor».
Vigil disfrutaba estudiando la naturaleza, como buen hombre de campo. «Sus conocimientos se enriquecían por una profunda relación con árboles, plantas y pequeños animales silvestres. Tenía un concepto universal del saber. Gozaba relacionando las distintas biologías, para ponerlas al servicio de la salud humana. Le gustaba enseñar, pero no solamente medicina. Formaba jóvenes en disciplinas tan distintas como astronomía, física, química y otras que necesitan una aguda observación». Así lo recuerda Bartolomé Grillo, eminente médico uruguayo, su alumno predilecto. Eduardo Vigil Sóñora falleció en 1988. 

Federico, Mauricio y Mercedes 
«La música mal llamada culta, no es democrática. Es absolutista y vertical. El director es un monarca y, como tal, los intérpretes le deben total obediencia». Así de enfático es Federico García Vigil, el más famoso regista uruguayo. Nacido en Montevideo, en 1941, es nieto de Luis Vigil –hermano de Constancio Cecilio–, fundador de combativa prensa blanca y del Diario Oficial. Estudió música desde los cuatro años. «Por eso, quizá, perdí el miedo al escenario antes de aprender a leer y escribir». Sus autores preferidos eran Bach, Beethoven y Tchaicosvski, a los que escuchó por primera vez –«de pantalones cortos»– en el antiguo auditorio del estatal SODRE.  Fue pianista y contrabajista –de jazz y rock–, compositor popular y clásico; hasta que se recibió de director en Europa. «La batuta es un  palito maravilloso, que provoca emociones sin igual. Lo contradictorio, es que somos tiranos con obligación de poner una buena cuota de humor. El director débil, siempre fracasa. El que no tiene humor, es un mal director».
Dirigió la Sinfónica Municipal, entre 1985 a 1990 y la Sinfónica de Bogotá, entre 1991 a 1994. Actuó en el Teatro Colón de Buenos Aires; en Río de Janeiro, de Porto Alegre, San Pablo; en el Teatro Colón de Bogotá y en el Teatro Teresa Carreño de Caracas, donde dirigió las orquestas de Maracaibo, Caracas y Simón Bolívar. Su batuta recorrió los Estados Unidos, con la Manitowa-Wisconsin Symphony Orchestra, la Savannah-Georgia y Greenville Symphony Orchestra. En Europa encabezó presentaciones en la Opera de Catalunya, la Sociedad Pro-Opera de Córdoba y en el Estocolmo Malmo Vëxo. Fue distinguido por los maestros Isaac Karabtchevsky y Simón Blech, para dirigir la Orquesta Sinfónica de San Pablo, en el Encuentro Internacional Mercosur Cultural, en setiembre de 1996. 
Actualmente es titular de la Orquesta Filarmónica de Montevideo, catedrático de Dirección Musical en la Escuela Universitaria de Música y la Escuela Municipal de Música. «La música culta no existe, pero, toda la música es culta». Lo dice alguien que ha realizado un memorable homenaje al canto popular uruguayo, en clave de espectáculo sinfónico. «Milonga, folklore y candombe se llevan muy bien con los clásicos». Lo demostró, nada menos, quien fue su gran amigo. Alfredo Zitarrosa.

Mauricio Vigil, cantante, compositor e ingeniero en electrónica, y su hijo Julián, guitarrista, representan la creatividad desterrada por la dictadura militar de 1973; que todavía permanece en Europa.
Mauricio nació en Montevideo, en 1946. Se considera a sí mismo «uno de los tantos juglares de época nacidos al calor de hechos sociales latinoamericanos». En 1964 presentó su primer espectáculo, Canción para la vida, sobre un texto del poeta Julio Moncada.
En 1968 compuso una serie de canciones para la obra Chau Che, de Amanecer Dotta; pero recién en 1970, sus textos fueron adquiriendo contenido ideológico. Fue preso político, acusado de simpatizar con el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros. Su etapa de prisión resultó, paradójicamente, muy rica en creaciones musicales. Compuso temas para compañeros de reclusión y una veintena de poemas que describían la inhumana vida en el Penal de Libertad. «Un arma para sobrevivir» –admite Vigil.
«En 1974 me trasladé a Buenos Aires, donde se vivía la ferocidad terminal del peronismo. Sería una infamia decir que solamente fue un infierno, porque los compañeros porteños fueron valientes y solidarios. Pero en determinado momento, debimos darle prioridad a la situación de seguridad personal y de la familia. Salimos de allí, cuando comenzaba la época de las desapariciones, planificadas y ejecutadas por paramilitares.»
Se asiló en Suecia, en 1975, donde ya estaba su hermano Gonzalo, que había llegado de Chile. En 2000, junto con su hijo, puso en marcha un nuevo proyecto de recopilación e inventario –Hecho en Libertad–, que contiene materiales propios y de otros autores del exilio latinoamericano. A veces anónimos. Su trabajo –clásico, folk y tradicional– es considerado patrimonio cultural escandinavo.

Julián Vigil es un guitarrista clásico formado por el célebre maestro Rolf La Fleur, en el Conservatorio Real de Estocolmo. También estudió con el uruguayo Abel Carlevaro y participó en forma activa en magisteriales de Roberto Ausel, Goran Sollscher y Mats Bergstrom. Es acompañante de su padre y solista instrumental en distintos ensambles musicales, tanto en Europa como en América.

Mercedes Vigil nació en Montevideo. Su producción literaria incluye poemas, cuentos y cinco novelas publicadas: Una mujer inconveniente. La historia de Irma Avegno (la más vendida del año 2000); El alquimista de la Rambla Wilson. La historia de Humberto Pittamiglio (Libro de Oro 2001); Máximo Santos. El coronel sin espejos (Libro de Oro 2002); Matilde. Una historia de amor, la más vendida del 2004 (sobre la relación del legendario presidente José Batlle y Ordóñez y su esposa Matilde Pacheco). Su último trabajo –El alquimista de Toledo– se ubica en el decimosexto siglo de España. Recibió el Premio Mujer 2001 y al Mejor Desempeño Literario 2002. «Cuando la suerte viene a golpear a tu puerta tiene que encontrarte con mucha transpiración». Mercedes no da crédito a tanto éxito. Aunque se trate de una Vigil.

Cielitos revolucionarios
Fueron célebres en la época de Manuel Vigil, los versos del poeta revolucionario Bartolomé Hidalgo. Cantados con patriotismo, para criticar y desmoralizar al enemigo.

Los chanchos de Vigodet
encerrados en su chiquero
marchan al son de una gaita
echando al hombro un fungueiro.
Cielito de los gallegos,
ay cielito de Dios Baco;
que salgan a campo limpio
y verán lo que es tabaco.

Vigiles, pensadores y poetas
El heraldista Ricardo Goldaracena relacionaba el natural talento familiar con viejos blasones. «Descienden de un infanzón astur de Santa Eulalia, que en tiempos de Pelayo se vio obligado a enfrentar en desventaja a moros sitiadores. Estando de guardia, los puso en fuga. Por aquella hazaña, el rey lo reconoció como sagaz vigilante nocturno». En el solar original aun existe la milenaria inscripción.

Vi dos castillos dorados
sobre sangre varonil.
Y dos veros cuarteados
azules y plateados
del gran velador Vigil. 

Casa Vigil
Antiquísima y muy calificada en Asturias, reconoce por tronco y principal ascendiente al insigne guerrero Andeca, último duque de Cantanbria que murió en la batalla de rio Guadalete, por la linea de su nieto Vela Gimenez, hermano de Garci Gimenez, primer rey de Sobrarbe y Ribagorza.
Vela Gimenez fue conde y gobernador de la provincia de Alava por encargo y merced del rey Don Alonso I, llamado el Católico. El mismo importante y honorífico cargo obtuvo su bisnieto, llamado tambien Vela Gimenez, y le sucedió en el conado y gobierno de Alava su hijo Munio Vela o Vigila.
A principios del siglo X figuraban ya entre los señores de Asturias muchos de los hijos de este linaje, como consta por reales donaciones y otros documentos de aquellos tiempos, en que firman Froila Vigila y Aznar Vigila, hermanos del conde Munio Vigila, y el monge Vigila, que escribió un Libro de Concilios, cuyo original aun en el siglo XVII existia en el monasterio Escorial.
Fernando Alvarez Vigil fue caballero muy ilustre en el reinado de Don Fernando II, en cuyos privilegios se encuentra con repetidas confirmaciones; y no solo se le honró con la dignidad de quienes habian obtenido sus ascendientes, sino que le dió el gobierno de Tineo y despues de toda Asturias.
Diego Fernandez Vigil de Quiñone fue merino mayor del territorio asturiano, una de las primeras dignidades de aquellos tiempos, y fue consejero del rey Enrique III de Castilla.


Escudo de armas cuartelado de los Vigil: cuartos primero y cuarto, castillo de plata sobre fondo gules (rojo intenso); cuartos segundo y tercero, verados de oro y azur.

Torre de los Vigil 
Es una construcción ligada al mayorazgo de la familia Vigil Quiñónes. Éstos y el patronato de la iglesia parroquial fueron fundados por Bernabé de Vigil y Catalina de Estrada en 1599, fecha en la que probablemente se construyó la torre que simboliza el poder de la familia ejercido sobre las tierras de la zona.
Se trata de un edificio de finales del s. XVI y principios del s. XVII formado por una gran torre de planta cuadrada y un cuerpo bajo añadido hacia el este. La torre muestra una disposición en tres plantas en alzado con escasos vanos y tratamiento muy sencillo. El cuerpo adosado tiene dos plantas rematadas con tramo cerrado hacia el este, del que sobresale el cierre semicircular dle antiguo horno. Entre ambos tramos se dispone la fachada principal que utiliza el motivo de doble arco, rebajado y con gran desarrollo. En la parte alta se sitúa un balcón volado de madera, solución popular que engloba los tres vanos superiores de buenas proporciones y sencillos enmarques. Se remata todo el conjunto con una cubierta de alero pronunciado. En el interior un amplio zaguán ocupa gran parte de la planta baja, quedando los demás convertido en pequeños habitáculos escasamente iluminados y de dudosa funcionalidad. La distribución espacial es muy simple y los elementos constructivos combinan motivos populares con la tradición nobiliaria representada por la torre solariega y los escudos de armas.


Leticia
En 1893, el tío Dámaso le presentó una tímida jovencita. De ella se enamoró a primera vista. El encuentro fue en una reunión familiar a la que, como casi siempre, llegó retrasado. El anfitrión le impuso una penitencia. Debía demostrar en público, su deslumbrante habilidad para improvisar poemas. Sombrero en mano, se paró en el centro de la sala, inspirado por los ojos vivaces de la niña. Luego la tomó de la mano y le preguntó el nombre. «Leticia Vega, encantada» –fue la corta respuesta. A los pocos meses estaban casados.

Me pide el señor Vigil
que unos versos improvise
y aunque el palito me pise
diré en mi lenguaje vil
que ni las rosas de abril
igualan con su frescura,
ni menos en galanura
y en hechizo de promesa
a la que en torno a esta mesa
deslumbra con su hermosura.

El mono y los otros
Constancio Cecilio Vigil produjo una gran cantidad de libros: El Erial; Las verdades ocultas; Vidas que pasan; La educación del hijo; Marta y Jorge; Compañero; Alma nueva; Mangocho; La escuela de la señorita Susana; ¡Upa!; Vida Espiritual; Misia Pepa; Los chanchín; El mono relojero; Muñequita; Los ratones campesinos; Gorgorino; Tragapatos; Misericordia; La hormiguita viajera; El manchado; Cartas a gente menuda.

Ingenuo y reaccionario 
«Todos leímos Billiken en nuestra infancia. En los cincuenta era la revista de mayor circulación de la Argentina y su tirada superaba los 500 mil ejemplares. Vigil era un señor reaccionario que escribía máximas de vida para los niños, bastante horribles, vistas desde el ahora. Pero su publicación tenía, para nosotros, el encanto de la aventura: largos relatos, historietas, un humor ingenuo y entrañable, nos atrapaba semana a semana. Se podrían decir cosas espantosas acerca de la ideología de este antiguo y aún existente semanario. Pero nos acercaba a la lectura de algunos viejos clásicos de –por ejemplo– Gastón Leroux, a las historietas norteamericanas [Billiken fue el primer editor de Superman en la Argentina], a los relatos de Fola y Vidal Dávila, sucesores seguramente de los personajes de Rudolph Dirks y otros viejos maestros» (Reflexión de Carlos Trillo. El mayor teórico de la historieta latinoamericana. Uno de los guionistas más importantes de su país y posiblemente uno de los mejores escritores).

Borocotó, chás, chás
Una mañana de abril de 1927 se presentó un desfachatado jovencito en el despacho principal de la Editorial Atlántida, el más luminoso de la calle Azopardo. Pasó sin llamar. Venía de Montevideo, ciudad que conocía como pocos, desde el Cerro hasta Palermo. Sabía el nombre de cada tamborilero del carnaval oriental. Su vida era el rítmico movimiento del parche alegrando al pueblo en cálidas noches de febrero. Se llamaba Ricardo Lorenzo.
–Perdone, don Constancio, soy uruguayo y  quiero escribir cuentos. –El muchacho encaró, sin sacarse el sombrero y sin saludo previo. El maduro periodista lo miró fijo. Sorprendido. Pero, no lo echó de su oficina.
–Usted es un «caradura». No lo veo para escribir cuentos –lo atajó Vigil. Hubo una rápida consternación del visitante que bajó la cabeza, como entregándose. Pero, la experiencia puede leer talentos como si fueran páginas diáfanas.
–Mire «gurisito» –dijo antes de un largo silencio. Usted trabajará en El Gráfico y será cronista deportivo.
El imberbe montevideano, que soñaba con la gloria de Maupassant, se transformó en una leyenda de las rotativas deportivas de habla hispana. La celebridad le llegó rápidamente, junto con el ascendente prestigio de la revista que cada semana batía record de circulación en todo el continente. La firma vino después. A Constancio le encantaba el repiquetear de sus dedos en la mesa, simulando un tamboril. «Borocotó, chás, chás». 
–Tiene que firmar así, como suena. –Con la onomatopeya que conseguía de la madera, maestramente. Ricardo pasó a ser apenas un olvidado nombre de pila bautismal. Desde entonces, siempre fue «Borocotó».

El tigre Valdés
El ovetense Francisco Valdez y Berros, nacido en 1780, fue el primero de la noble estirpe en tierras orientales. Labrador y maestro escolar, fue un frustrado colono patagónico. Establecido el último año del decimoctavo siglo, en San Fernando de Maldonado, era hijo de José Fernández Valdez y Antonia Berros.
Su matrimonio con Eustaquia Martínez Pérez –hija del gallego Pedro y la leonesa Juliana– tuvo abundante descendencia. Entre ellos, un olvidado personaje de la historia uruguaya. Juan Venancio Valdés nació el 1 de abril de 1807, en plena dominación inglesa. Sin mayores motivos, cambió la         «zeta» por la «ese».
Amigo de las bromas, el fernandino solía decir que no era criollo. «Soy un súbdito británico, por haber venido al mundo en una efímera colonia londinense» –repetía a los suyos, mientras festejaba a las carcajadas. Nada más lejos de su altiva rebeldía. El historiador Isidoro de María, en Montevideo antiguo, cuenta una hazaña del jovencito de 16 años. «Una vez llegó un tigre a Maldonado, en un camalote, causando pánico entre los vecinos. El futuro guerrero se acercó a la fiera y la mató de un tiro entre los ojos, con certera puntería». Fue el prólogo de una vida marcada por las armas. 
Se inició en la Guardia Nacional, primera línea contra el invasor portugués y brasileño. Tenía apenas dieciocho años –según consta en expediente de su viuda– cuando sirvió a los independentistas de 1825. A las órdenes del capitán José Viera y en el Batallón Cívico de Montevideo. Juró la Constitución de 1830 y se hizo ferviente partidario del segundo presidente uruguayo, el blanco Manuel Oribe.
En la Guerra Grande, luchó con fiereza en la famosa batalla de Cagancha; contra Fructuoso Rivera y los «salvages unitarios», porteños y colorados. Sufrió dura derrota, pero, con solo 126 hombres escoltó a sus jefes a Salto, hasta que pasaron a la Argentina. Por entonces era teniente coronel, admirado comandante del temido Escuadrón de Tacuarembó. Tras la primera derrota, participó en los triunfos oribistas de Sauce Grande y Arroyo Grande. Su aguerrida fuerza, fue decisiva para desnivelar un combate que parecía de resultado incierto. Fue protagonista de la sanguinaria batalla de Puntas del Ceibal. Líder de la temida «línea central» –de 160 hombres–, que arrolló al enemigo  y dejó un tendal de 250 muertos.
Valdés adquirió campos en Tacuarembó y allí se quedó. El 21 de abril de 1845, fue designado comandante del departamento, con destacada actuación a favor de gobierno democrático de Bernardo Prudencio Berro; contra los colorados de la autodenominada Cruzada Libertadora, del general Venancio Flores. Un cruento golpe de Estado, con dos episodios de triste recuerdo: la matanza de los resistentes de la Defensa de Paysandú y la guerra genocida de la Triple Alianza. 
El 23 de enero de 1854, el ministro Federico Nin Reyes –luego socio del taramundino Clemente Barrial Posada, en iniciativas mineras de Cuñapirú– elogiaba a su valiente guarnición por «haber salvado a Tacuarembó de los vándalos».
Famoso por su soltería, se casó a los cuarenta y dos años, con una niña de dieciséis. Virginia Muñoz Calzadilla, natural de Durazno. El desigual matrimonio se celebró el 23 de junio de 1848, en el antiguo templo de San Fructuoso. De la pareja nacieron tres hijas: Julia Virginia, María Juana y Luisa Elina. De ellas, solo se casó la segunda. Mujer de coraje, protagonizó un inusual episodio en la Revolución de las Lanzas, de 1870. Guió el desembarco de armas rebeldes en una playa de Montevideo, frente a la sorprendida vista de una guarnición colorada. María Juana los enfrentó primero, y los sobornó después.
El anciano Juan Venancio Valdés murió a los 71 años, de tuberculosis, el 27 de setiembre de 1878. En el protocolo del escribano José Luis Antuña, figura la sucesión del fiero caudillo. A favor de sus tres hijas y –¡sorpresa!– de un varón que ellas conocieron allí. Juan Mateo Valdés.
María Juana se casó el 9 de diciembre de 1886, con Fernando Silva Antuña, descendiente de langreanos de La Mudrera. Fueron los padres del poeta nativista Fernán Silva Valdés.
Por otra línea, Pablo Valdés –hermano de Juan Venancio–, se casó en 1845 con Adelina Muñoz Calzadilla –hermana de Virginia. De la unión nació Benjamina, esposa en primera nupcias de Manuel Cabral y en segundas nupcias de Ildefonso Pereda. Padre del eximio folclorista Ildefonso Pereda Valdés.

Fernán le escribe a Juan 
Silva Valdés nació en Montevideo el 15 de octubre de 1887 y falleció el 9 de enero de 1975. Fue creador de una modalidad que denominó «nativismo». Iniciada con Agua del tiempo y continuada con Poemas nativos; Intemperie; Romances chúcaros y Romancero del Sur.
Su producción abarca también, obras teatrales y narrativas. Sus poesías se convirtieron en famosas letras de tango: Agua florida (música de Ramón Collazo); Adiós Argentina y Margarita punzó (música de Gerardo Matos Rodríguez, autor de La Cumparsita) y Clavel del aire (música del argentino Juan de Dios Filiberto). Fernán fue un activo luchador gremial. Fundador y presidente de la Asociación General de Autores del Uruguay. Una institución emblemática, que defiende a los creadores orientales. 
En su memorable Carga de Juan Valdés, dejó escrita su admiración por las hazañas militares del abuelo.

Juan Valdés montó a caballo
Sin hacer ostentación;
La rienda alzó a siniestra,
Sonando a plata estribó;
De contra un árbol copioso
Agarró el fuerte lanzón;
Con una seña en las riendas
El caballo amartilló;
Le dio un grito a sus valientes
Cual firmando con la voz
Un vale contra la muerte,
Y hacia el combate partió.
Espesa nuve de polvo
Oscureció el pelotón;
Juan Valdés, hombre modesto
Como cuadra al muy varón,
Quería esconder su hazaña
En el polvo volador
Como en el polvo se esconde
La vida al mandarlo Dios.

Meléndez, Miranda y Sierra 
Tres fueron los descendientes de asturianos entre los legendarios Treinta y Tres Orientales que iniciaron la Cruzada Libertadora de 1825, que finalizó con la independencia uruguaya.
Manuel Meléndez fue un hijo de pravianos, nacido en 1783. Con el grado de teniente se sumó a los cruzados de Juan Antonio Lavalleja. Ascendido a capitán en la estratégica batalla de Sarandí, falleció ese mismo año, por una herida de acción. El 18 de julio de 1830 –día de la Jura de la Constitución– hubo un conmovedor homenaje a los Treinta y Tres Orientales. Su lugar en la memorable fila de héroes victoriosos, fue ocupado por Catalina Machado. Su madre. 
Avelino Fernández de Miranda era hijo de familia noble de Quirós. Nacido a orillas del arroyo Miguelete –Prado Oriental–, vivía en la Argentina cuando desembarcó en la playa de la Agraciada, el 19 de Abril de 1825. Fue ascendido a cabo luego del decisivo triunfo de Sarandí y posteriormente herido de consideración en la campaña de 1827 contra las fuerzas brasileñas. Murió en acción –con el grado de alférez– en filas del gobierno de Oribe, durante el curso del golpe riverista de 1837. El pintor Juan Manuel Blanes lo colocó en primer plano dentro de su célebre cuadro  El desembarco de los 33. Utilizó como modelo a su sobrino Nicolás, que era muy parecido.
Los ancestros de Atanasio Sierra, eran nobles de Luarca y funcionarios reales de Allande. El patriota, fue un leal artiguista, cercano a los caudillos Oribe y Lavalleja. En su casa-quinta, fueron las primeras reuniones clandestinas de la Cruzada Libertadora. Desembarcados los Treinta y Tres Orientales, se encargó de conseguir caballos para la lucha contra los brasileños. Son famosas sus arengas luego de poner oído en suelo, para escuchar la llegada de los animales prometidos. 

Labandera
En el mismo barco de los Vigil, vinieron los Labandera de Taraña, San Juan de Muñoz. El pionero de la familia sierense fue Josef, nacido en 1738. Hijo de Thomas de Labandera y María Ana Fernández y nieto del más famoso personaje del clan: Sebastián de Labandera. Un hidalgo, temible y heroico, descendiente  de guerreros con secundaron a Pelayo.
Josef tenía cuarenta y dos años cuando vino a la Banda Oriental, por incumplidas promesas patagónicas. Era labrador, de «regular estatura, flaco, blanco y encarnado de cara, barbilampiño, barba y cejas rojo claro, nariz afilada y ojos azules». Su esposa se llamaba María Vigil. Hija de Domingo, un conocido vecino de Barbales, localidad cercana al pueblo de los Labandera.
La pareja arribó a Montevideo el 17 de julio de 1781, con los Álvarez, los Antuña y los García. Paisanos que pronto serían parientes a través de sus hijos: Josefa de catorce años, María de doce, Juan de diez, José de ocho, Francisca de seis y Alejo, de dos.
Los desprotegidos inmigrantes habían sido asaltados por corsarios ingleses. Los Labandera denunciaron el robo de: «32 ducados, dos arcas nuevas, una manta nueva, una chupa y calzón de paño de Segovia, un justillo de escarlata usado, una mantilla de millequín y un dengue de su mujer, 24 camisas de lienzo nuevas, cuatro sábanas usadas, seis varas de manteles, 18 varas de lienzo, doce pañuelos blancos, cuatro pares de zapatos nuevos, un tocino de 30 libras, diez panes de cuatro libras, un ferrado de habichuelas, una calderita de azufre y un delantal». Todo avaluado en 1.009 reales.
A fines de 1872 vivían en una chacra de Santa Lucía, en Canelones. María falleció en 1786. Josef soporto la soledad hasta el 27 de agosto de 1809.
Su nieto fue Santiago Labandera, cabo de la Cruzada Libertadora de 1825, sargento y alférez del ejército oriental que combatió al Imperio del Brasil. Participó en la decisiva batalla de Sarandí y en el sangriento combate del Cerro. Fue coronel de Fructuoso Rivera en las batallas de Yucutujá y Palmar, contra las tropas gubernamentales de Manuel Oribe. Más tarde, también estuvo en las derrotas de Arroyo Grande e India Muerta. En el Sitio Grande sirvió a las órdenes del gobierno colorado de la Defensa, como jefe de Estado Mayor. Murió en Montevideo, el 26 de abril de 1891. 
Un ilustre descendiente, fue el médico Heraclio Labandera Goñi, nacido en  Florida, en 1907. El científico ejemplar se dedicó a la investigación de enfermedades infecciosas, a la administración hospitalaria y a la atención de tuberculosos. Falleció en 1987.

1 comentario:

Rene Boretto dijo...

Hermosa toda la nota. Sin desperdicio, hermano. Te felicitamos. Olma y René.