miércoles, 25 de julio de 2012

Francisco San Román, fundador de dos tertulias históricas de Montevideo: Polo Bamba, Tupí Nambá


El Rey de los Cafeteros

Francisco San Román.
No habrá nadie igual. Fue tan o más famoso que sus gloriosos cafés intelectuales, los más exitosos de Montevideo hasta mediados del pasado. En el Polo Bamba, de  la calle “de la Colonia” números 6 y 8, se citaban los nombres más notables de la Generación del 1900, siempre a la espera de su cliente más admirado: el presidente José Batlle y Ordoñez. En el Tupí Nambá, que reinaba frente al Solís, se servían las mesas más diversas del país. Allí se reunían artistas, intelectuales, deportistas, hasta toreros, antes que se prohibieran las corridas, y muchos políticos.

Sobre la base del capítulo 8 del libro Galicia en Uruguay (Naón & Olveira, Montevideo, 2009).

Francisco San Román nació el 1 de marzo de 1861, en la parroquia de Santa Eulalia de Camos, ayuntamiento  de Nigrán, comarca de Valle Miñor. A los once años embarcó hacia América, pasó por la capital uruguaya, pero, siguió viaje al estado brasileño de Santa Catarina, donde trabajó en una hacienda exportadora de café. En 1885 ya había reunido capital suficiente para emprender, con su hermano menor Severino, una aventura comercial que lo incorporaba a la mejor historia montevideana: el Polo Bamba, de  la calle “de la Colonia” números 6 y 8. Allí estaban siempre prontas las mesas de nombres notables de la generación uruguaya del 900: Horacio Quiroga, Florencio Sánchez, Ernesto Herrera, Emilio Frugoni, Alberto Zum Felde, Samuel Blixen, los poetas modernistas Ángel Falco, Álvaro Armando Vasseur, Roberto de las Carreras; Natalio Botana, uno de los fundadores del moderno periodismo rioplatense; el presidente José Batlle y Ordóñez y tantos otros cultores de esa mezcla de boliche, cenáculo y numen inspirador de piezas literarias memorables, composiciones musicales, artículos periodísticos, amores y engaños.
En el Polo Bamba, el 21 de julio de 1908. 
Mientras Francisco se empeñaba en servir a sus parroquianos, su hermano Severino lograba sostener una aventura intelectual paralela al consumo; y cuando no había artistas ilustres o les faltaba inspiración, allí improvisaba disparatados discursos en un singular lenguaje que bautizó "pelipondias". El café era un pretexto. La verdadera razón para sentarse en el Polo Bamba, era compartir  una mesa con Alfonsina Storni, mientras escribía sus poemas, o cruzar un saludo con Anatole France, Georges Clemenceau, Eduardo Zamacois, Jacinto Benavente, Ramón Gómez de la Serna y, por supuesto, Carlos Gardel quien solía regalar a los asistentes su interpretación tanguera más intimista.
El 8 de mayo de 1889 los hermanos San Román abrieron Al Tupí Nambá, abreviado luego como “Tupí Nambá” y conocido popularmente como “Tupí Viejo”, en la calle Juncal N° 211, esquina Buenos Aires, a pocos pasos de la Plaza Independencia. Un nombre que evocaba a los indios de la región brasileña de San Vicente: el primer lugar al que arribó Francisco en su periplo juvenil desde Vigo.
Una década después, recibió un justo homenaje de sus parroquianos del Tupí, que  le ofrecieron una cena en el elegante Hotel Pyramides, para consagrarlo “El rey de los cafeteros”. El escultor Juan Manuel Ferrari llevó su imagen al bronce y en las revistas de la época alternaba con políticos y artistas, siempre con su infaltable cafetera.

"Yo soy mate cimarrón,
Apenas sé algún refrán
Pero como San Román
Lo mezcla en esto al FOGÓN,
Evoca la tradición
De los estilos camperos,
Y a quien da estos pucheros
Yo ofrezco silvestres flores.
Un vica, todos, señores,
Al Rey de los Cafeteros."
Poema de Alcides de María, publicado
en la revista gauchesca Fogón, 1899.

Forja gallega, sabor universal
La histórica esquina del Tupí Nambá, frente
al ángulo sur de la Plaza Independencia.
Cuando Francisco San Román se retiró del negocio, en 1911, su parte fue administrada por su sobrino Casiano Estévez. El legendario Polo Bamba cerró en la década de 1920, cuando era propiedad de Severino, mientras el Tupí Nambá era "el gran café del Centro", decorado por artistas y estudiantes de la novel Escuela de Artes y Oficios fundada por el insigne pintor Pedro Figari. Ellos crearon aquellos atractivos ambientes que tantos veteranos todavía recuerdan con nostalgia: espejos y lambrices de buena madera, sillas thonnet y mesas de mármol, alto mostrador, salones con amplios ventanales al exterior, y hasta algunas estatuas, cuadros y plantas. Un busto de Voltaire presidía el salón principal, puesto allí por San Román por la fama de gran bebedor de café que tuvo el filósofo francés, asiduo de las ruedas del Café Proscope de Paris. “Nada de lo que hemos visto en la capital argentina o brasilera puede igualársele... Es un café único en esta parte del continente sudamericano”, escribió un cronista de la época, sin importarle que del otro lado del río reinaban dos mitos porteños: el Café de los Inmortales y el Tortoni.
"Café, óleo de Joaquín Torres García
inspirado en el Tupí Nambá.
En el Tupí se servían las mesas más diversas del país. Allí se reunían artistas, intelectuales, deportistas, incluso de toreros, antes que se prohibieran las corridas, y muchos políticos: los blancos Luis Alberto de Herrera y Eduardo Víctor Haedo, el colorado Luis Batlle Berres y su gente, Emilio Frugoni rodeado de compañeros socialistas. El Tupí era una institución ciudadana, sede del famoso cenáculo Teseo, liderado por el coruñés Eduardo Dieste, acompañado por el narrador Manuel de Castro, los poetas Juan Parra del Riego, acompañado por su esposa, la poetisa Blanca Luz Brum, Ildefonso Pereda Valdés, Emilio Oribe, Enrique Casaravilla Lemos y Vicente Basso Maglio; con los pintores José Cúneo, Carmelo de Arzadum y Domingo Bazurro; con los escultores Severino Pose y Bernabé Michelena, o con el dibujante Adolfo Pastor. Eran tiempos de la Suiza de América, que se daba su tiempo para interminables tertulias con un visitante admirado: Federico García Lorca.
Sobre una de las ventanas que daban a la calle Buenos Aires, desde donde se contemplaba el Teatro Solís, se reunía la alegre barra de Carlos Gardel, que lo esperaba en cada viaje a Montevideo, muy frecuentes hasta comienzos de la década de 1930. En el medio del café estaba la mesa del gran arquitecto Julio Vilamajó, siempre acompañado por colegas, y por su amigo el escultor Antonio Pena.
Primer local del Tupí Nambá.
En sus diez años finales, fue el café de los grandes maestros del teatro: la catalana Margarita Xirgú y Orestes Caviglia; el escritor y político Justino Zavala Muníz; los primeros actores Alberto Candeau, Enrique Guarnero y Maruja Santullo; alumnos aventajados como Estela Medina, Estela Castro, Concepción China Zorrilla y Eduardo Schinca y glorias universales, como los franceses Louis Jouvet y Jean Louis Barrault. El añejo y clásico Tupí–Nambá cerró sus puertas en 1959. Poco después, fue demolida su amplitud rumorosa, y así, se perdió su penumbra coloquial, que invitaba al diálogo culto.

"Buenos Aires, frente al Solís
Nunca digerir podrá
con felicidad usté,
si no toma del café
que sirve Tupi Nambá."
Texto de un aviso publicado en la
revista Caras y Caretas, 1900.

"El Adios", dibujo del francés Pierre Fossey
cuando se despidió del Tupí, en 1959.
Las tertulias del Oriente
Fue el primer Gran Café montevideano y sudamericano, fundado en 1876 por un emprendedor memorable: José Carballés. Un espacio lujoso de la Ciudad Vieja, que floreció al lado del Teatro Cibils, en la calle Piedras N° 225, esquina Ituzaingó. El Gran Café y Restaurante del Oriente fue un emblema de la historia comercial hispanoamericana. La vida de Carballés fue digna de su carácter gallego. Había participado en la apertura de uno de los primeros cafés de Madrid, y también fue pionero en La Habana, México y Estados Unidos, antes de su arribo a la capital uruguaya, para abrir un negocio concebido como un reducto del buen gusto. “Su paso fue tan fulgurante, como el hermoso salón de un comercio similar a los mejores de Europa y Estados Unidos", según las crónicas de la época.
El Café del Oriente servía la aromática infusión, desde las seis de la mañana, y sus fuegos no se apagaban hasta después de la salida del último parroquiano del Teatro Cibils, nunca antes de la madrugada. El cognac francés y el ron de Jamaica, así como exquisitas vituallas, alternaban con el café y el chocolate.
Acuarela de Pierre Fossey que
describe la vecindad del café
Tupí Nambá y el Teatro Solís.
Tanto trabajo y esfuerzo, no le dieron réditos a Carballés. La Guía de Comercio de Montevideo, publicada en 1881, ya no promocionaba su lujoso local. Apenas mencionaba la apertura de su otro bar, de la calle Piedras No. 43, que se mantuvo pocos años. Cuentan que el gallego trotamundos lo cerró, llamado por una nueva aventura extranjera, pero, también, porque se arruinó a pesar de su laboriosidad y capacidad de iniciativa. Para algunos fue por las crisis económicas, para otros, los más, porque Carballés no supo interpretar la sutil diferencia entre el café de la clase alta tan exitoso en Europa y en América del Norte, y el café "intelectual" que por entonces se gestaba en el Río de la Plata.

"Obsequiosos tertulianos
que visitáis los tenderos,
gastáis charla, no dinero,
y ahuyentáis a los marchantes
hay diversiones bastantes
para el que ocioso se ve,
y así, al que de balde esté,
este consejo le ofrezco:
al muelle a tomar el fresco
y a tertuliar al café."  
Poema de Francisco Acuña de Figueroa,
hijo del pontevedrés Jacinto Acuña.