miércoles, 31 de diciembre de 2008

Sergio Puglia, cocinero, gestor cultural, difusor de la gastronomía rioplatense en el mundo, defensor del slow–food

La mesa criolla


Mi nombre es Sergio Daniel Puglia Silva, así dejamos conformes a todas las ramas de la familia, gallegos y tanos”, se presenta este montevideano de 58 años, uno de los más mediáticos cocineros sudamericanos de la actualidad. Puglia se recibió de chef y de manager hotelero en la Universidad de Salzburgo y en la Universidad de Morón, y tiene especializaciones en antropología gastronómica y periodismo cultural, en España, Italia y Francia. Comunicador, docente universitario, empresario, conferencista de fama internacional, es el conductor televisivo más popular de las mañanas uruguayas, con programas como Puglia y compañía (que se dejó de emitir el miércoles 31 de diciembre de 2007) y el actual En su salsa. También tiene una notoria presencia radial, con su propuesta de la tarde: Al pan, pan. Un prestigio que le permitió cruzar el Atlántico, en 2005, como productor y director del primer ciclo de entrevistas a personajes de la cultura rioplatense, especialmente realizado para Televisión Española. Mano a mano con Puglia se veía los jueves a las diez de la noche, por el canal 79 de TVE Internacional.


Entrevista publicada en la revista española Ábaco, noviembre de 2008.

¿Cómo nació su pasión por preservar el patrimonio inmaterial de la gastronomía rioplatense y uruguaya?
–Yo pertenezco a una familia que no come para vivir, sino que vive para comer. Desde que era muy pequeño, recuerdo que nos reuníamos, compartíamos la discusión social y política, y también las recetas de cocina. Desde que tengo memoria me veo en medio de distintos perfumes, de distintas formas de elaborar lo que se consumía en la casa. Para dar los primeros pasos, de lo primero que me agarré fue de la mesada de la cocina, pero, luego pasaron los años y en mi juventud no pensé en dedicarme a la gastronomía. Hasta que un día sobrevino la dictadura uruguaya (1973–1985) que me pescó en la Facultad de Derecho, y yo me pregunté que hacía estudiando abogacía en un país sin leyes. Tuve la posibilidad de mandarme mudar y me fui a estudiar gastronomía y hotelería a Europa. Pero la gran oportunidad fue hace más de treinta años, con el recordado Carlos Gato Dumas, con Ada Cóncaro, con Francis Mallman, colegas entrañables con los que colaboré para fundar la Asociación de Cocineros del Río de la Plata. Nos juntamos en el boliche de Guzmán Artagaveytia, en José Ignacio (paradisíaco pueblo costero del atlántico uruguayo, donde hay un histórico faro construido en 1887), en una época de bohemia, cuando argentinos y uruguayos trabajábamos para cumplir un sueño: organizar una gastronomía cultural rioplatense, desde Buenos Aires hasta Punta del Este. Así empezamos a bucear en los sabores, aromas y colores autóctonos, en tiempos en los que ni se hablaba de patrimonio inmaterial y tantos otros conceptos que hoy están de moda. Nuestro objetivo era muy simple: sistematizar los elementos culturales de una gastronomía que respondiera a nuestra memoria compartida. Recuerdo que Mallman nos cocinaba y nos contaba historias de los sabores patagónicos, con el cordero como pieza fundamental; otros hablaban de la humita y de los cultivos del norte argentino. Así se fuimos recopilando y organizando recetas, ingredientes, lugares, historias personales y colectivas. Fue cuando propuse la necesidad de investigar los sabores del asado, como seña de identidad del sur sudamericano –Uruguay, la Argentina, sur de Brasil–, que nos diferencia del resto de la América del frijol, del maíz. Y así comenzamos a trabajar en historias, tan en serio lo hicimos que luego hubo un estudio de UNESCO, que confirmó varias de nuestra hipótesis. Por entonces pensábamos en la denominación de origen “América de carne”, porque nuestra máxima satisfacción está dada por este alimento, pero también había que estudiar y describir las diferencias que existen dentro de la región. Cómo se come la carne en cada país, y cual era el personaje que había marcado nuestras gastronomías locales. Así se demostró que el gaucho de la Banda Oriental fue el creador de un sistema de cocción que no funcionaba en el resto del mundo: el asado a las brasas de madera. Un estilo único, que nos diferencia de nuestros hermanos argentinos, que la cocinan de manera soberbia, pero al carbón. Nuestra investigación luego fue tomada por antropólogos que publicaron el mejor ensayo que leí sobre la carne cocinada a la oriental, en una revista llamada Cuadernos del Uruguay.

¿Por qué debe adjudicarse al gaucho oriental (gentilicio, sinónimo de uruguayo) la invención del asado a las brasas?
–Porque era un hombre más errante que el argentino, poblador de una tierra considerada de menor provecho, sin un trabajo fijo, que le gustaba mucho descansar. No vivía para comer, sino que apenas se alimentaba para sobrevivir, siempre con una bebida espirituosa como principal compañera. Desde el mismo día de la llegada de ganado vacuno a esta Banda Oriental del río Uruguay (en 1611), el gaucho se dedicó a carnearlo en el campo; lo vaciaba, separaba las achuras y lo abría al medio como si fuese una mariposa. Lo atravesaba con un pincho y armaba un fuego, que hacia durar y durar porque también le servía como sitio sociabilización; con esas brasas interminables cocinaba la carne, muy lentamente. Y como le dejaba el pelo, porque era tan vago que no se tomaba el trabajo de sacárselo, creó el asado con cuero. El asado oriental, a diferencia de los otros, se cocina solo con el calor que va largando la brasa, muy lentamente: nada de fuego, para que no se quemen los pelos del animal. Desde entonces utilizamos nuestra leña de bosque indígena, con un humo y un sabor muy especial, que tiene que ver con una forma identitaria de cocinar la carne, y con el corte más usual en nuestro país, que es de origen francés. Así nació el plato que sella nuestra cultura, y que nos brinda la satisfacción más plena.

Una seña de identidad de la gastronomía rioplatense es la multiculturalidad.
–Argentinos y orientales compartimos, primero la olla del conquistador tardío y luego la de nuestros queridos inmigrantes. Lo diferente de la gastronomía oriental es que en nada conserva los sabores de las comunidades originales; porque el país no tiene indios desde la masacre de Salsipuedes, allá por 1831.
Nuestros sabores tipicos nacieron en los fogones gauchos y en las cocinas de nuestra abuelas: españolas, italianas, portugueses, francesas, alemanas, turcas, árabes, judías, armenias. Ellas acompañaron a sus esposos que llegaban para hacerse la América y compartieron su memoria gustativa. Nuestra gastronomía fue concebida en la intimidad del hogar, dentro de un mundo de vasos comunicantes ente culturas muy diversas. Yo siempre digo que la cocina, hasta la más elegante y sofisticada, nació en las viejas estufas a leña de las abuelas. Los grandes restaurantes vinieron después, pero solo como un capricho de la alta burguesía, que se apropió de los gustos del pueblo y le puso nombres extraños.

¿Entonces, hay una cocina rioplatense, pero también una oriental?
–Ambas coexisten, y ambas resultan de una evolución lógica, porque aquellos conquistadores primero y aquellos inmigrantes después, chocaban con un problema insoluble: no encontraban la misma materia prima que habían utilizado en sus sitios de origen. Pensemos en las fabes asturianas plantadas acá; nunca serán iguales a las de allá. Por lo tanto una fabada “uruguaya” siempre será distinta a la original. Las milanesa es uno de nuestros platos más cotidiano, sino el más, pero es también un caso de evolución en la memoria gustativa. La antigua costeleta centroeurpoea, austriaca, del norte italiano, que se pasa por pan rallado, ajo y perejil, que se fríe en manteca; aquí la preparamos con la pulpa más tierna, la pasamos por bastante huevo y la fritamos en aceite. Lo mismo ocurrió con la ropa vieja, la torta pascualina, las empanadas, o nuestro emblemático arroz con leche que trajeron las asturianas y las vascas. Un postre que aquellas mujeres heroicas hacían mucho más sencillo, arroz, leche y poco más, con sus planchas de hierro quemando el azúcar superficial. Nuestra receta típica es más opulenta: agrega yemas de huevo, cremas, especias y su caramelo se hace en el fondo de una budinera.

¿No existen dos cocinas nacionales paralelas, la de ustedes los chefs, llevada a los restaurantes y exposiciones internacionales, y la que se come todos los días?
–Durante años hubo una gran dicotomía entre la cocina real, la diaria, y la que se elaboraba para mostrar al país. Fue lo primero que dije, hace tres décadas, cuando debuté en la radio Sarandí de Montevideo, con un espacio sobre gastronomía y cultura: “señora, señor, su guiso, su sopa, su asado, forman parte de nuestro patrimonio”. Me acuerdo que cuando terminé, la gente llamaba para decir que era un loco, que decía pavadas. ¿Cómo puede ser cultura lo que hacemos en nuestra cocina o en nuestra parrilla? Pero nunca me bajé de mis ideas. Hoy podemos decir que la cocina presentada como típica es la misma que comemos a diario. Otra lucha que tuvimos, y tenemos, es explicar al mundo que en América no solo existe México, Perú o Brasil. Y lo dice alguien que adora el paladar del nordeste brasileño, porque es una mezcla maravillosa, de lo indio, lo negro y lo portugués: abará, moqueca de camarão, xinxim de galinha, vatapá. La cocina bahiana es un ejemplo de emoción provocada por sabores, colores, texturas, también por una historia que define al Brasil como identidad nacional. Pero no es la única.

Hay una pelea que están dando ustedes, los gastrónomos que trabajan en los medios, contra la creciente imposición del fast–food.
–La comida rápida es una pandemia, que no cuida la columna vertebral de la alimentación, que solo busca la satisfacción al paso, con grasas polisaturadas; un mal combustible que a la larga tampoco es bueno porque provoca hipertensión, colesterol. Yo adherí al movimiento slow–food, ni bien conocí a la gente de Carlo Petrini; porque le da dignidad a la gastronomía y rescata dos conceptos muy importantes en la alimentación: el espacio y el tiempo. El slow–food recupera el tempo di tavola: aire, tierra, cultura, memoria, lo genuino. Un jamón como corresponde, no uno lleno de hormonas; un dulce natural, no un químico saborizado. Es recuperar valores que van más allá de la cocina: diversidad, dignidad, derechos.

¿También es una lucha contra la hamburguesa?
–No, por favor, la hamburguesa es un plato encantador cuando se hace con sensibilidad, respetando sus valores: carne picada a cuchillo o máquina, condimentada como corresponde, con un pan casero, una ensalada y un buen líquido para acompañar. Una peste son las hamburguesas de fast–food, que plagan al mundo de enfermedades, pero, que también le arruinan el paladar a generaciones y generaciones que prefieren un plástico a una buena carne picada hecha en casa, compartida con la familia, con amigos, con un tiempo para charlar.

Sin embargo hay una contradicción: las empresas de comida rápida tienen una fuerte presencia en esos mismos medios en los que usted predica el slow–food. ¿Hay presiones o sugerencias para que atempere su mensaje?
–Nunca recibí una presión, ni la hubiese permitido. Por supuesto, que jamás voy a recibir una oferta publicitaria del fast–food, ni la aceptaría; además creo que los medios se dan cuenta que es imprescindible difundir una gastronomía cultural, diversidad, nutrición y costumbres saludables. Diría que hasta es parte de su negocio. Tampoco se atreverían a presionarme, porque soy el decano, el de más experiencia por años de trayectoria, de los cocineros que trabajan en los medios de comunicación del Río de la Plata, luego de la muerte (en 2004) de nuestro querido Gato Dumas. Lo interesante es que llegué por casualidad, allá por 1982. Por entonces, había muy poco sobre gastronomía encarado como hecho cultural. El Gato, por supuesto, y también había excelentes cocineras que daban sus recetas en la tele: Doña Petrona C. de Gandulfo, en la Argentina; Gori Salaverry de Reilly y Cordon Bleu, en Uruguay. Siempre me llevé muy bien con ellas, pero creo haber hecho algo distinto: además de la forma de hacer el plato, se agregaron biografías, historias de los productos y de sus orígenes. Por ejemplo hablaba del azúcar teñida de sangre; y que conste que eran tiempos de dictadura en Uruguay. Al principio fue una historia internacional, pero al poco tiempo fue una pequeña charla sobre sobre gastronomía y turismo y sobre antropología gastronómica.

¿Fue más difícil por ser hombre?
–Fue tremendo, porque hubo que enfrentar preconceptos muy profundos; el peor: que la cocina era solo para las mujeres. Creo que a mí me tocó hacer el camino inverso del que suelen hacer las mujeres que se desarrollan en tareas dominadas por hombres. Ahora la gastronomía es un mundo más diverso, a partir de que los medios se dan cuentan que puede ser algo más que un entretenimiento de señoras. Hay hasta una base conceptual, con intelectuales que reflexionaron sobre la filosofía de la alimentación: Jean–François Revel, Humberto Eco, mi recordado maestro y entreñable amigo Néstor Luján. Admiro a los colegas de El Bulli (Dani García, Paco Roncero, Sergio Arola), como artistas reconocidos en todo el mundo. Pero me siento más identificado con los Arzac, porque, como ellos, aspiro a estar todos los días en la lucha. Aquellos son genios que hacen luces de colores porque éstos le dan sostenibilidad a nuestro trabajo. Son los que están todos los días en el fogón. Yo me siento uno de ellos.

Ollas y sartenes
“Cocinar se parece mucho a hacer el amor: el antes es emocionante, el durante es placentero y el después es reflexivo.”

“La cocina es el más importante hecho cultural del hombre, porque lo involucra todo: salud, bienestar, placer, conocimiento, relaciones humanas, lo esencial de la vida misma.”

“El hombre ha transformado en cultura su necesidad primigenia de alimentación; le sumó inteligencia a los sentidos y transformó en memoria un intercambio de sensaciones.”

“La moderna cocina rioplatense se formó en los conventillos. Fue la que bajó de los barcos italianos, gallegos, franceses, portugueses, armenios, judíos, árabes; pero la uruguaya es más española y la argentina es más italiana.”

“Aquella cocina simple, llevada a los bodegones, bastardeada por la burguesía, es reconocida hoy como un patrimonio inmaterial.”

“Me llevó treinta años de prédica, pero Uruguay tiene hoy un libro de cocina nacional, con las recetas originales y sus interpretaciones culturales.”

“Una vez me reuní con alguien de Cotal (Confederación de Organizaciones Turísticas de la América Latina), que me dijo que la cocina no es una profesión. Me dio bronca, pero le respondí que tenía razón, porque el cocinero es un artista, como un pintor, un escultor o un músico. Un buen plato, es una obra de arte.”

La pasta
“Los spaghetti y los tagliatelle me gustan más que las penne o las moñitas, que son los fideos que más se comen en Uruguay. Mi plato preferido de todas esas variaciones: fideos con pesto y dos huevos fritos arriba; he llegado a comerlo hasta con seis huevos fritos, en mis épocas de animal. El huevo frito para mí es algo maravilloso, me gusta con puntilla y hecho en aceite de oliva."

El tuco
“Para mi hay uno inolvidable: el que hacía la abuela Juana Eugenia, aunque yo le decía Mamumomo, con romero y salvia. Yo llegaba con el pan y me invadía el perfume, y cortaba el coco de la flauta para mojar en el tuco. Pero lo que más me extrañaba era el uso que hacía de las hierbas. Era un tuco matador, de ésos que hervían toda la mañana, y siempre hacía un estofado con carne mechada con panceta y las papas enteras. Era maravilloso.”

Cocina montevideana
"Es la suma de los gustos de nuestros inmigrantes, readaptados al lugar donde se quedaron a vivir. La cocina de olla estaba mal vista, era la cocina de los obreros, de la servidumbre, de los esclavos, y la cocina de la alta clase burguesa era una cocina europea que estaba formulada a través de productos que capaz que no tenían nada que ver con los originales pero que fueron reeditados a través de la memoria gustativa."

La leyenda
Por aquí se dice que la primera vez fue en los alrededores de Carmelo, un puerto del Río de la Plata, muy cercano a la histórica Colonia del Sacramento. El entrañable relato evoca un episodio de 1832, cuando se decretó una ley de amnistía y libertad de presos. “En pocas horas una banda de cuatreros liberados se agenció unos vacunos de vecinos de la zona y cierto ex convicto piromaníaco, arrancó la puerta de su propia celda e improvisó una parrillada”, según crónica del episodio que remonta a los primeros años de independencia de la República Oriental del Uruguay. Más de dos siglos después de la llegada del gobernador asunceño Hernandarias a esta tierra, en el mismo lugar donde había nacido la ganadería, era concebida también la mejor forma de comer carne: asada a la parrilla.

Harriague
“La vitivinicultura uruguaya es pura fusión, de vascos, gallegos, mallorquines, catalanes, piamonteses, ligures, toscanos, franceses, portugueses, alemanes. Nuestra cepa madre es el tannat, con un montón de hijos que recién está reconociendo el mundo. ¡Pensar que la vitivinicultura es hoy una insignia del país!, pero estuvo a punto de desaparecer en tiempos de la dictadura. A mediados de la década de 1980 las bodegas se reconvirtieron y optaron por los vinos de alta gama, pero no perdieron su perfil familiar y artesanal. Ese es el gran secreto de su éxito. Ahora el mundo está descubriendo al tannat uruguayo: un vino peleón, que todavía no terminó de expresarse, que hay que domar en el paladar. Por algo es hijo de un vasco: Pascual Harriague.”

lunes, 22 de diciembre de 2008

Francisco Solórzano, reportero gráfico del Caracazo, ex-fotógrafo de Hugo Chávez

Crónicas del 27-F

Frasso muestra sus fotos del Caracazo,
 enmarcadas, que se exhiben en su
casa de la capital venezolana.
Fue Premio Rey de España y de la Sociedad Interamericana de Prensa por sus impactantes registros del Caracazo, compartidos con su colega y amigo Tom Grillo. Una serie de treinta y tres imágenes que también fue presentada en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, como prueba de la represión desatada el 27 de febrero de 1989 por el gobierno de Carlos Andrés Pérez. Francisco Solórzano, Frasso para el periodismo y la política venezolana, lleva por el mundo parte de su  acervo de más de 3.000 imágenes tomadas durante la mayor revuelta popular del siglo XX en su país.

Entrevista publicada en el semanario Brecha (Montevideo, junio de 2009).

–¿Qué queda hoy del Caracazo, más de dos décadas después?
–La dignidad de un pueblo bravo, arrecho, desencantado, desengañado, que salió a exigir mayor participación; porque aquella democracia representativa era solo formal, excluía a la mayoría. El Caracazo fue un pedido de cuentas, de los adecos, de los copei, de los que votaron a Pérez y también de quienes luego apoyaron a Rafael Caldera. Fue una interpelación, pero en la calle. El 27 de febrero de 1989 es recordado como el día que bajaron los cerros. Sin Caracazo no hubiese habido rebelión del 4 de febrero, ni del 27 de noviembre de 1992, ni triunfo del presidente Chávez en 1998. Nosotros le decimos la espoleta, porque el pueblo explotó por su dignidad. Fue el génesis del proceso bolivariano.

Masacre en el barrio Petare, documento
para que la Comisión Interamericana
de Derechos Humanos condenara
al gobierno de Carlos Andrés Pérez.
–Quizá por eso hay quienes dicen que no fue espontáneo...
–Pero no es verdad, ¡si tuvo la naturalidad de un volcán! El movimiento se inició en la zona suburbana de Guarenas y pasó por las barriadas del este y el oste, Petare y Catia. Al principio hubo saqueos, es cierto. Los primeros heridos fueron por vidrieras rotas, pero enseguidita se desató una represión despiadada. El ejército y la policía salieron a matar por orden de Ítalo del Valle Alliegro, entonces ministro de Defensa, con la complicidad del presidente Carlos Andrés Pérez. Ellos ordenaron tirar a discreción. Al que se moviera, ¡dispararle, dispararle, dispararle! El 28 fue el toque de queda, el 1 y 2 de marzo siguió la masacre. Pérez miente cuando dice que hubo doscientos y tantos muertos, porque fueron mucho más que dos mil. Fue un genocidio con los mismos métodos de otro represor, Rómulo Betancourt, cuando a principios de la década de 1960 hacía desaparecer a venezolanos que su régimen acusaba de guerrilleros. Después del Caracazo hubo un gran trabajo de investigación forense, de antropólogos argentinos, que demostró la existencia fosas comunes. Ellos identificaron muchos cadáveres, pero quedan muchos por identificar. Todavía hay muchas fosas por descubrir. Veinte años después, la verdad es una deuda moral y legal, que seguimos reclamando quienes apoyamos este proceso de cambio en Venezuela.

–Usted participó en una investigación periodística, decisiva para develar violaciones contra los derechos humanos, premiada en todo el mundo. ¿Cómo es la historia de esa cobertura?
–Cuando empieza el Caracazo, en la mañana del 27, con mi compañero Tom Grillo vamos a cubrir la zona de El Silencio, en el centro de la capital, para el diario El Nacional. Comienzo a hacer fotos cerca del periódico, en el mismo momento que aparecen los primeros incendios, y quedo encerrado en el Cuerpo de Investigaciones Policiales. Esa misma tarde nos enteramos de las ejecuciones y los enterramientos por denuncias de familiares de las víctimas. Al otro día nos envían a Petare. Fuimos a sacar fotos y terminamos siendo testigos de la masacre. Nos cruzamos con un camión repleto de urnas mortuorias, una arriba de la otra. Lo seguimos, entramos al Cementerio General del Sur de Caracas y allí encontramos un sector de tierra recién movida. Hice unas tomas y las guardé. En ese trayecto sacamos las imágenes más famosas. El asesinato de diecinueve personas, un policía motorizado con un cuerpo cargado al hombro y un manifestante furioso que respondía los golpes de peinilla de un guardia. Es una serie de treinta y tres fotos, publicada en The York Times, The Washington Post, El País de España, a través de la agencia AP que las compró. Sin embargo, en Venezuela hubo una censura interna y recién se conocieron al cuatro o quinto día. La tesis oficial era que no se supiera la verdad, ni siquiera los saqueos. Y los grandes medios acataron.

Un manifestante muerto en la represión es
llevado en moto al Hospital de Guarenas.
Esta y otras 32 imágenes de Frasso fueron
 declaradas Patrimonio Cultural de la
República Bolivariana de Venezuela.
–¿Cómo fue, desde ese momento, su relación con El Nacional?
–Muy difícil, porque era dirigente sindical y no ocultaba mi bronca por la autocensura. Permanecí hasta 1992. Me echaron por reclamar libertad de expresión y de tránsito, siendo secretario del Colegio de Periodistas de Caracas. Cuando ocurrió el alzamiento del 4 de febrero de ese año, hubo despido de sindicalistas y recrudecimiento de la censura. Nosotros queríamos contar quien era Chávez, conocer sus ideas, pero estaba prohibido informar por orden del presidente Carlos Andrés Pérez. A mi amigo y colega Mario Villegas lo echaron conmigo. Luego le ganamos un juicio de restitución al diario, pero hicimos lo que le dijo Bolívar a Santander en El general en su laberinto:  “Vamonos que ya no nos quieren”. Todavía me duele lo que pasó en El Nacional, porque allí completé mi formación. Para los jóvenes de aquella época era otro mundo, un doctorado, en baseball decimos: las ligas mayores. Lo peor es que uno vio como aquel gran medio independiente se involucraba cada vez más con los intereses políticos y cada vez menos con la independencia periodística. Pensar que es el diario de Luis Otero Silva, de Arturo Uslar Pietri, de Oscar Guaramato, de José Ignacio Cabrujas, también de Mario Benedetti y Gabriel García Márquez. Al principio apoyó el proceso bolivariano, pero luego sufrió un viraje que le acercó a El Universal, tradicionalmente de derecha, por influencia de personajes como Alfredo Peña, el mismo que se vino a Uruguay cuando el golpe de estado contra el presidente Chávez, del 11 al 14 de abril de 2002. Por eso El Nacional no es el de antes, porque se ha sumado al periodismo tramoya, a la lucha política contra el estado bolivariano y ha perdido credibilidad. Hoy día, el diario de mayor circulación es Últimas Noticias, porque ha conseguido posicionarse con independencia entre el gobierno y la oposición.

–Usted ha sido el fotógrafo personal y asesor de la primera campaña electoral de Hugo Chávez. Un trabajo que no habrá sido sencillo. ¿El militar candidato aceptaba  sus opiniones?
–La relación con Chávez tiene una historia. Después del despido de El Nacional, tuve que dedicarme al trabajo por mi cuenta, porque aquellas fotos tan premiadas en el exterior también me pusieron en una situación interna muy vulnerable. Hasta mediados de 1997 hice de todo, nada fijo: televisión, radio, marketing político. Hasta que una mañana me llama mi amigo  y colega Juan Barreto, que fuera alcalde metropolitano, para que le acompañara a un acto de Chávez en la Plaza de Caracas. Me pidió que llevara la cámara para sacar unas fotos; y la llevé aunque estaba estudiando una propuesta profesional de Irene Sáez, aquella miss que fue gobernadora de Nueva Esparta, que iba a competir en la elección de 1998. Ella estaba muy bien en las encuestas y me quería como su fotógrafo. Cuando Chávez me propuso acompañarlo en su campaña, no lo dudé. Me pasé dos años, cada día con sus noches, retratándolo, y también fui parte de su equipo de asesores de imagen. Me acuerdo que el sacamos el liqui–liqui,  una camisa muy típica de Venezuela, y le pusimos el pulóver que usó en toda la campaña hasta que tomó posesión.

–¿Desde adentro, se veía venir el triunfo?
–Arrancamos muy flojo, porque al principio costaba mucho conseguir espacio en diarios, radios y canales de televisión. Cada foto publicada de Chávez candidato era un triunfo. Pero en poco tiempo pasamos de apenas cuatro puntos a ser primera minoría. Me acuerdo que al mes le dije a Barreto: “a este, nadie lo detiene”. Y hecho: ganó con una mayoría de 56,5%. El presidente jamás nos hizo mayores problemas. Es un militar, con todo lo que eso significa en América Latina. Está acostumbrado a que le obedezcan, es verdad, pero tampoco es un tonto. Sabe cuando debe aceptar la opinión de otros. En aquella campaña estaba en pleno aprendizaje de una nueva profesión: político. Chávez es un gran comunicador, un gran intuitivo; una virtud que le ayuda a mantenerse en el poder. En su programa Aló Presidente dicta las líneas políticas del estado, que todos los venezolanos comentan al otro día, para apoyarlo o criticarlo. Basta recordar un dato: de las últimas seis elecciones ganó cinco consecutivas y perdió solo una por 0.5%. Claro que a ese carisma personal hay que sumarle que el socialismo bolivariano tiene conceptos reales de país. Es una experiencia muy venezolana, muy distinta a otras en el mundo, pero que también ha ayudado a otros pueblos latinoamericanos a romper con una historia de dependencia: solo basta ver lo que ocurre en Ecuador, Bolivia y Paraguay.

Desobediencia es una serie de seis fotos
en las que Frasso narra actos de rebeldía
espontánea frente a la represión.
–¿Por qué se retiró del entorno de Chávez?
–Porque soy un periodista, y los periodistas no nos llevamos bien con el poder, aunque apoyemos a quien eventualmente lo detenta. No quise quedar dentro de Miraflores, pero si acepté una misión de buena voluntad en Colombia, en 1999, cuando el presidente Andrés Pastrana iniciaba un diálogo con las FARC. Fue una experiencia muy rica en la región de San Vicente de Caguán, donde se creó una zona de distensión. Allí conocí a los dirigentes guerrilleros históricos, Raúl Reyes, el Mono Jojoy, y a intelectuales de la talla de Gabriel García Márquez o Daniel Ortega. Allí comprendí que la única vía de paz para los hermanos colombianos es el diálogo, similar a como se resolvió la cuestión centroamericana. Con la guerra de Bush solo habrá paz de cementerios, porque ya lo ven, desde la base ecuatoriana de Manta asesinaron a Reyes y a otros dirigentes, pero las FARC ni cerca están de rendirse. Ahora dicen que la base de Manta se va para Colombia. Es una irresponsabilidad.

–También fue legislador oficialista...
–Una experiencia muy personal, que duró entre 2000 y 2005, como diputado por el estado de  Anzoátegui. Fue cambiar un poco el lado del mostrador, aunque, siempre es bueno recordarlo, el Poder Legislativo es muy distinto al Ejecutivo. No fui un legislador destacado, ni por lo mejor, ni por lo peor. Creo que cumplí con mi tarea. Ahora dirijo un programa televisivo en el canal de la Asamblea, dos veces a la semana, jueves y sábado, y tengo un espacio radial en mi pueblo, en ambos hago ejercicio parlamentario.

Mucho más que mil palabras.
–¿Qué dice de las críticas internacionales al gobierno de Venezuela por el cese de la concesión a Radio Caracas Televisión o los juicios contra periodistas opositores?
–En mi país existe una total libertad de expresión, con medios que se pasan las veinticuatro horas criticando al presidente y nadie los toca. Radio Caracas Televisión perdió la concesión para emitir como canal abierto, pero sigue en el cable, funcionando igual de plegado a sus patrones de la CNN. Ellos incumplieron con los requisitos legales y el gobierno hizo uso de sus potestades. A otro canal, Venevisión, tan opositor como RCT, también se le venció el plazo, pero cumplió con los requisitos y se le concedió la onda. Es una cuestión de libertad de empresa, más que de libertad de prensa. ¿Sabes lo qué pasa? Los dueños son los grandes censores de la libertad de expresión, aquí, allá y más allá.  Ellos manejan aquello de que la mejor ley de prensa es la que no existe. Y cuando un gobierno les pone reglas claras, se quejan,  porque pierden privilegios. En la Venezuela de Chávez no hay periodistas muertos, ni encarcelados, ni despedidos. Ni en el caso de RCT, que no echó a un solo. Sí hubo persecuciones en gobiernos anteriores. A mí me pusieron preso por ser dirigente sindical. Los colegas enjuiciados por difamación por el gobierno bolivariano, son aquellos que jugaron a favor del golpe y luego siguieron siendo profetas del caos. Y encima tienen todas las garantías de un proceso y una decisión justa.

Manifestantes llevan a un herido a través
de las calles empinadas del barrio Catia.
–Usted estuvo en Montevideo en 2009 para contar su experiencia periodística en el Caracazo, pero también para conocer a alguien. ¿Se cumplió su expectativa?
–¡Y mucho más! Mi sueño era fotografiar a Mario Benedetti, a quien admiré desde siempre. Estuve con él en su modesto apartamento de la calle Michelini. No me sorprendió su gran convicción moral y política, ni su lucidez intelectual, porque así de humildes son los grandes. También conocí a Daniel Viglietti en el Mercado del Puerto y sentí la misma emoción que muchos años atrás, cuando me crucé con Alfredo Zitarrosa en mi pueblo de Anzoátegui. Lo recuerdo cantando Doña Soledad para un grupo de amigos. Luego, sin conocerme, me invitó a Caracas y hasta me regaló un  par de zapatos con una suela grandotota, porque le serví de guía. Los conservo como un bien familiar. Entonces, cuando compartes tanta sensibilidad, entiendes, por lo menos un poquito, qué pasa por la cabeza de los uruguayos. A Zitarrosa te lo encuentras en la calle y te lleva de viaje, a Viglietti lo ves en un restorán y te convida un almuerzo y Benedetti te invita a su casa para leer su último libro. Creo que esa humildad trascendente te llama a soñar cada día.

Saqueos en el centro de Caracas.
Frasso a Frasso
“Cuando me enteré que vencía el plazo del Premio Rey de España mandé mi recaudo bien a la venezolana, horitas antes del cierre de recepción. Y me olvidé. El 2 de noviembre de 1989, mientras iba en el auto del diario al Palacio de Miraflores me llamó el jefe de redacción: “¡Frasso, Frasso, ganaste!”. En ese momento te inunda una gloria personal, es cierto, pero también el goce de saber que el 27 de febrero no iba a ser olvidado.”

“Me lo entregó el rey Juan Carlos en el Palacio Real, era mediados de primavera. Para mi fue un honor único, porque el año anterior lo había recibido el brasileño Sebastiäo Salgado, con fotos del hambre en África. Pero hacía mucho tiempo que no ganaba un tema latinoamericano. Lo increíble, o no tanto, es que esa cobertura jamás ganó un Premio Nacional en Venezuela.”

“Cuando un juez local exigió pruebas para abrir una causa por los asesinatos del Caracazo, fui llamado a declarar. Al principio las autoridades decían que no había, nada, pero nosotros estábamos seguros de que los cuerpos iban a aparecer a más de un metro y medio de profundidad. En una fosa del Cementerio General del Sur se encontraron 75 desaparecidos, pero hay muchos más. Nuestras fotos también sirvieron como prueba en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, cuando los familiares demandaron al estado. ¡Por supuesto, ganaron el juicio!”

“Los premios te dan fama y puedes llevar tu material a todo el mundo. Con Tom Grillo vamos a cada sitio donde nos invitan. En los próximos meses pensamos traer una exposición a Uruguay, porque aquí se está haciendo mucho por la memoria. Nosotros queremos sumarnos a la reflexión, para que se sepa lo que pasó en nuestros países. Estamos difundiendo el caso venezolano, porque no fue sencillo. Hubo muchos años de excesos dictatoriales encubiertos por una fachada democrática. En el Caracazo está resumida toda la violencia de la represión.”

Una ciudad fuera de control.
La nación del viento
Su primer libro de fotografías, El Caracazo, compartido con Tom Grillo, sigue agotando ediciones en todo el mundo. En el segundo,  La nación del viento, participa el periodista José Cheo González, además del escritor guajiro Miguel Ángel Jusayú y el poeta wayuu José Ángel Fernández.  “Me pasé un año sacando fotos al universo mágico y real de las comunidades que pueblan la Guajira, de ambos lados de la frontera con Colombia. Ellos dicen que su tierra no tiene límites”, afirma. Su otra obra, Chávez, es una recopilación de fotos de la campaña presidencial de 1998. “¡Qué quieres chico, si el presidente siempre vende!”, aclara con su personal sentido del humor.

Los impactantes registros del Caracazo, 
fueron compartidos por Frasso 
y su colega y amigo Tom Grillo. 
Pasó lo que pasó
“Nací en  Santa Ana, un pueblito del estado de Anzoátegui en el oriente de mi país. Mi papá vendía arena y mi mamá era ama de casa: parió doce hijos pero quedamos nueve vivos. Empecé  a hacer fotografía a los catorce años: recuerdos escolares de primer grado, bautismos, matrimonios, fiestas sociales. Fui corresponsal de El Anaquense, un periódico de Anaco, una ciudad de mi municipio. Cubría los sucesos de mi pueblo: redactaba y tomaba fotos.
En tercer año del secundario me echaron por revoltoso; no por mal estudiante, sino por dirigente sindical y editor de un periódico de aquellos de barricada. En 1971 me fui a trabajar a la redacción de El Anaquense y de ahí a Barcelona, la capital de Anzoátegui. En 1985 viajé a Caracas como corresponsal y al poco tiempo estaba en Ultimas Noticias, un diario de circulación nacional, y en la revista Élite. Primero escribía sucesos y sacaba fotos, hasta que el Sindicato me dijo: “para, para, chico, un trabajo u otro”. Después me fui a El Nacional, como reportero gráfico. Ingresé en 1988, justo el año que ganó la presidencia Carlos Andrés Pérez. Mi primera foto en portada fue una de Carlos Andrés festejando. Pero la alegría duró poco, en febrero de 1989 pasó lo que pasó.”

lunes, 17 de noviembre de 2008

Juan Alejandro Apolant, historiador de la vida y de la muerte

Génesis de la memoria uruguaya

De profesión filósofo, de oficio comerciante, fue alumno y docente de la Universidad de Leipzig durante la República de Weimar. Refugiado del nazismo, emigrante a Montevideo, fue el más erudito investigador y genealogista rioplatense, autor de dos obras de culto: Génesis de la familia uruguaya (1966), Operativo Patagonia (1970).

¿Qué infame designio pudo condenar a la desmemoria a nuestro más creativo y erudito historiador social del siglo pasado? El olvido colectivo se dio, casi, naturalmente. No importó su capacidad de emprender conocimiento, comparable con la temeraria audacia del pensamiento griego. Ni su sabiduría, que evocaba a las más memorables mentes renacentistas. Es muy probable, especulando por especular, que en su Prusia natal su obra hubiera merecido una difusión digna de sus investigaciones sobre la vida y la muerte. Miles de hombres y mujeres están microscópicamente detallados en su archivo. Como él, héroes sin bronce, también injustamente olvidados. Produjo historias uruguayas, pero su patria adoptiva le reservó un mínimo espacio, ni siquiera equiparable con sus ricas, pero breves, Instantáneas de la vida colonial. Apenas recuerda su nombre una calle de una cuadra, que termina en el parque  Villa Biarritz. No mejor suerte tuvo su inmenso trabajo de dos décadas. Fuera de un círculo reducido de colegas y amigos, solo mereció dos renglones en un ensayo de su entrañable admirador: Carlos Real de Azúa.

Publicado en el Número 33 de la Revista del Instituto de Estudios Genealógicos del Uruguay (Montevideo, 2004) y traducido al alemán para la revista Philosophie Magazin (Berlín, 2010)
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Juan Alejandro Apolant nació el 25 de mayo de 1903, en Belgard (antigua Pomerania, hoy Biolgard, Polonia) por entonces, localidad del nordeste alemán de 12 mil habitantes. Muy poco después de cumplir seis años se familia se radicaba en Berlín. Su padre Stephan, médico de profesión, había aceptado una muy buena propuesta laboral. El joven hizo secundaria en la capital, primera etapa universitaria en Múnich,  en 1926 se doctoró en Filosofía por la Universidad de Leipzig con una célebre tesis sobre los sindicatos "amarillos" alemanes. Fue un filósofo muy original, que aplicó sus conocimientos académicos al desarrollo de estrategias comerciales y como agregado científico de la Cámara de Industria y Comercio de la República de Weimar.
Fue periodista desde muy joven, con un destacado pasaje en la página de economía y finanzas del diario berlinés Vossische Zeitung y colaboraciones en revistas científicas. Ellen Apolant Segall, hija del historiador, no oculta su admiración por una “figura paterna valiente y ejemplar”, que por íntimas convicciones se atrevió a desafiar al creciente poder nazi. "Promediando 1935 mis padres viajaron a Londres, en visita a parientes ingleses de ambos lados de la familia. Allí se dieron cuenta de lo que realmente estaba pasando en su querida patria. A mí me resulta difícil pensar que dos personas tan inteligentes no se habían percatado antes de lo que ocurría a su alrededor. También es cierto que la Berlín de esa época era una explosión del bienestar, de teatros, de cultura, de diversión. Eran jóvenes y había censura y no se sentían personalmente agredidos, pero tenían principios éticos muy fuertes. No deseaban criar a sus hijos en un ambiente que hacía del racismo un paradigma ético. Ellos sintieron la necesidad de autoexiliarse como repudio a la dictadura más cruel de la historia de la humanidad."
Apolant comenzó escribir a sus amigos en el extranjero; Sudáfrica, Australia, Estados Unidos. Recibió dos ofertas de trabajo, de Inglaterra y España. "Pero mi madre, insistió que si dejaban Alemania, debían también irse de Europa. ¡Que visión!" Ellen recupera la idea familiar de autoexilio con una memoria cargada de afectividad.
Mandó una carta a Buenos Aires, el 20 de agosto de 1935. Un primo hermano era dueño de un negocio de importación de tejidos en la capital argentina, Hirschberg Ltda. Le escribió en español, para evitar la censura. Luego de un mes de obsesivo aprendizaje. Tras lectura de su primer texto castellano, se comprueba apenas un par de mínimos errores de sintáxis.
La rama inglesa de la familia vivía en Manchester, pero pasaba seis meses en el Río de la Plata. "Freddy Hirschberg, le contestó el 3 de setiembre. Siempre había querido abrir una sucursal en Montevideo. Si mi padre tenía interés, podría hacerse cargo de ella, garantizándole trabajo por un año." En 1936 abandonó definitivamente Alemania.
Apolant regresó solo a Londres, con la mayor discreción. De allí a Buenos Aires y, al poco tiempo, se radicó en Montevideo; su familia lo siguió más tarde. "Aquí, mis padres entregaron sus pasaportes alemanes. Pasaron tres años como apátridas, hasta que en 1939 el gobierno del general Alfredo Baldomir les otorgó ciudadanía uruguaya. Mi hermano Rolf y yo, no tuvimos nacionalidad hasta la mayoría de edad.”
Ellen lo recuerda como “culto y de humor proverbial. De talla escasa, bastante calvo, con anteojos, vestido siempre elegante, y muy movedizo”. También evoca a su madre, Ellen Segall. “Era alta, morocha, fina, muy simpática y elegante. Fue una verdadera secretaria ejecutiva, que lo secundó eficientemente en sus trabajos de investigación histórica y genealógica." Sus primeros años en Montevideo fueron de desarrollo estrictamente comercial, como importador de telas de Manchester. La empresa de registro textil Apolant y Cia (luego Apolant SA), cerró sus puertas en 1955, por el retiro de su titular.

Preconceptos que comienzan a caer
Ni él, ni su esposa, ni sus dos hijos, tenían sangre criolla, pero sí sus nietos, de apellido Apolant Villar. Por ellos, comenzó a investigar genealogías rioplatenses. Esta circunstancia lo interesó definitivamente en la historia hispánica de la Banda Oriental.
En diez años de investigación, creó el mayor banco de datos de demografía colonial del Río de la Plata, de donde salió la primera edición, en un solo tomo, de su libro Génesis de la familia uruguaya, editado por primera vez en 1966. En la obra identifica, uno por uno, a los fundadores de Montevideo, en su mayoría, canarios de La Laguna.
En 1970, publicó otro clásico imprescindible de la historiografía rioplatense: Operativo Patagonia. Historia de la mayor aportación masiva a la Banda Oriental. “Su minuciosa investigación, demuestra que tres cuartas partes de los actuales uruguayos, tenemos por lo menos un ascendiente entre aquellos frustrados colonos patagónicos", afirma Daniel Ramela, genealogista e historiador de San José.
Ramela disfruta, íntimamente, su relación genealógica con la familia Apolant. “Don Juan estuvo muchas veces en nuestro pago, investigando. Seguramente, ellos no lo saben, pero aquí descubrió que su nuera, de apellido Villar, también descendía de mi pariente asturiano, Manuel Fernández Félix, nacido en San Esteban de Morcín, Oviedo. Para más datos, Don Manuel fue el primer alcalde de la antigua villa, fundada en 1782. Está sepultado en el cementerio de San José, nicho N° 1.”
Apolant recorrió cada pueblo, buscando huellas de los fundadores de la antigua Banda Oriental. Pero también estuvo dos veces en Sevilla, estudiando documentos de embarque de los Archivos de Indias, de donde surgía la filiación de cada emigrante español que vino al Río de la Plata. “En aquella época no había fotografías. El viajero era descripto de puño y letra. A veces, se daban datos pintorescos. Por ejemplo, el documento de mi antepasado Nicolás Perera, también fundador de San José, informaba su color de cutis, cabellos, ojos, estatura, complexión, y al final, graciosamente decía: faltoso de dientes y algo lisiado del pie derecho.”
Ramela, un revisionista de la historia de su ciudad, que se proclama “maragato, pero de sangre asturiana”, se dedica hace más de cuatro décadas a rastrear datos particularmente interesantes, muchos surgidos de las investigaciones de Apolant. “Su objetividad le permitió romper un erróneo preconcepto sobre la inmigración hispánica del siglo XVIII. Durante años hubo unanimidad sobre la supuesta mayor influencia de gallegos, canarios y vascos; y en menor medida de andaluces, catalanes, asturianos, valencianos y castellanos. Pero, grande fue la sorpresa cuando supimos que, de un total de 980 familias españolas arribadas al Río de la Plata en el último cuarto de ese siglo, 294 eran asturianas, apenas superadas por las castellanas. La mayoría vino directamente desde España, pero, hubo un amplio grupo proveniente del Puerto San Julián y de Carmen de Patagones, luego de un éxodo increíble, provocado por el fracaso de lo que Apolant sabiamente denominó Operativo Patagonia.”

Historiador de la vida y de la muerte
La muerte de Apolant, el 26 de diciembre de 1975, por un infarto masivo, en el consultorio de su médico, no tuvo una gran repercusión pública. “Fue una pérdida demasiado importante para la memoria colectiva, uruguaya y rioplatense”, afirma Marta Canessa de Sanguinetti, su alumna y antigua compañera en el CESPAU. “Don Juan fue un maestro entrañable, generoso y renovador. Fue al rescate de un pasado uruguayo abusado por el olvido, por la necesidad mitológicamente arquetípica de las historias nacionales, de crear héroes de bronce. No pretendía revelar la existencia de héroes sino, únicamente, de seres humanos viviendo su aventura vital. Por eso fue un historiador de la vida y también de la muerte.”
Canessa hizo una emotiva semblanza en el homenaje del Instituto Histórico y Geográfico, en 2003, cuando se conmemoraron 100 años de su nacimiento. Apolant fue uno de sus más destacados académicos de número. “Hurgó nuestro siglo XVIII, con dedicada soltura y energía: registros parroquiales, judiciales, militares y censos. Cotejó, expurgó, incendió tradiciones nobiliarias, resaltó otras de gente humilde, como la de los esclavos. El sentido del honor y el deshonor, la honra y la deshonra y su enorme peso en un tiempo social puntilloso. Tiempo ibérico del antiguo régimen estamentario, en el que regían la limpieza de sangre y la limpieza de oficios. Limpiezas que, para una sociedad de órdenes, incidían profundamente en las probabilidades y posibilidades de movilidad, social y económica de los individuos.”
Como obra póstuma, en 1976, se imprimió nuevamente su Génesis de la Familia Uruguaya, corregida y aumentada, en tres tomos, más un cuarto de índice. La edición fue solventada recién en 1979, gracias a una suscripción previa organizada por familiares, amigos y colegas, historiadores y genealogistas, en su mayoría nucleados en el Centro de Estudios del Pasado Uruguayo y el, por entonces, recién fundado Instituto de Estudios Genealógicos del Uruguay.
Canessa destaca el método de exposición genealógica creado por Juan Apolant, quien diseñó un índice en que cada familia se identifica con un número. "Que no es al azar, porque responde a la base primaria de datos que toma como punto de partida, que son los libros parroquiales de Montevideo (casamientos, bautismos, defunciones) desde 1727 a 1767. A su vez, cada uno de los contrayentes y los testigos son identificados con otro número: por ejemplo, el marido con un (1), la mujer con un (2), los testigos -si hay información- con (3), etc. Luego vienen los hijos, nietos, parientes, también con su 'gran-pequeña' historia a cuestas. Partiendo de estos registros montevideanos, Apolant se introduce en otros de Argentina, de Canarias, de la Península y también de Paraguay, Bolivia y Perú. Por supuesto que entran otros variados archivos, actas del Cabildo montevideano, bibliografías (con su severa crítica) y jugosos registros, como es el caso de los judiciales, donde se destacan los testamentos por la riqueza de información que nos prestan sobre los avatares, materiales y espirituales, que vivieron aquellos seres de nuestro pasado. Es su vida y es su muerte, que tenemos ante nuestros ojos. Todo ello en una especie de encadenamiento extraordinario del tiempo, porque los números básicos de las familias son utilizados por Apolant con el fin de organizar toda una red de entronques que pueden llevarnos hasta bien entrado el siglo XIX, a pesar de que supuestamente la Génesis no va más allá de 1767. A modo ejemplar, señalemos la historia de los abuelos de Artigas, que vinieron a fundar Montevideo ya casados y con hijos. Por eso, por vez primera, la encontramos en la familia 63, gracias al casamiento de una de sus hijas: Antonia Artigas Carrasco con Ignacio González, el 3 de junio de 1734. Este registro es un apoyo para hacer una historia que incluye hasta la de jefes militares de Montevideo, porque uno de los testigos de casamiento es Ignacio Gari, uno de dichos comandantes." Canessa define a la Génesis como “un maravilloso libro de historia social aplicada. Es el verdadero quien es quien, de los uruguayos.”

Un tesoro mayor: el archivo Apolant
Carlos Zubillaga, coordinador del Instituto de Ciencias Históricas, director del Departamento de Historiología, ex decano de la Facultad de Humanidades, miembro de la Real Academia Gallega, fue su alumno dilecto. “La mirada de Don Juan es, sin dudas, la más objetiva que haya conocido la memoria colectiva uruguaya. Quizá, sustentada en la ausencia de compromisos políticos, económicos o familiares, con los protagonistas de cada episodio indagado y relatado. Solo un espíritu humanista, pudo transformar una inquietd genealógica doméstica en tratados historiográficos mayores.

 El resultado, al cabo de tres lustros, es un ejercicio modélico de crítica documental. "Una obra de excepcionales ribetes, que Carlos Real de Azúa no dudó en calificar como uno de los trabajos más singulares de la investigación histórica nacional y seguramente, de todos los realizados hasta hoy, el más hercúleo y denodado esfuerzo de indagación.”
Zubillaga recuerda con nostalgia la casa de los Apolant, en la calle Pedro Berro. “Era una especie de petit hotel precioso, muy bien amoblado. Era el punto de reunión preferido de los historiadores que, en 1964, fundaron el emblemático Centro de Estudios del Pasado Uruguayo (Cespau), entre ellos, figuras de la talla de Juan Carlos Sabat Pebet, Matilde Garibaldi de Sabat Pebet, Flavio García, Luis Roberto Ponce de León, Florencia Fajardo Terán, Aníbal Barrios Pintos, Ariosto Fernández, Juan Alberto Gadea, Francisco Guevara, José Joaquín Figueira, Gregorio Cardozo, Marta Canessa, Ricardo Goldaracena, Fernando Assuncao, Huáscar Parallada, Luis Musso, Gloria Amén Pisani, María Luisa Cooligham, sus grandes compañeros de aventura intelectual. Puedo decir con orgullo, que inicié mi formación con

“Don Juan fue un democratizador de la investigación genealógica, pero, para mí, fundamentalmente fue un amigo. Me llevaba 40 años de edad. Él ya pasaba los 60 cuando yo tenía poco más de 20. Pero nunca, jamás, me hizo notar esa diferencia”, evoca con emoción.
“La Génesis fue concebida y planeada como ensayo genealógico. Pero, el estímulo provocado por sus compañeros del Cespau, dieron lugar a su arquitectura definitiva, con metas conseguidas en áreas de ciencias sociales: biografía, demografía, estadística, sociología, semiología. Constituye el único ensayo orgánico sobre ubicación espacio-temporal y valor de las fuentes documentales del Río de la Plata de los siglos XVIII y primeras tres décadas del XIX.”
Zubillaga guarda en su biblioteca académica, un secreto tesoro, síntesis perfecta de admiración intelectual y profundo afecto personal: el archivo Apolant. “Para estimular en los alumnos la pasión por el oficio historiográfico, gestioné el acceso a una documentación sin parangón en el Río de la Plata. Se lo solicité a Ellen Apolant Segall, su celosa custodia, al igual que antes lo fuera Ellen madre. La papelería se compone de borradores de originales, fichas y copias de documentos, con esbozo de sistematización de multitud de datos y referencias, y abundante correspondencia mantenida con colegas uruguayos y extranjeros. Reencontrarme con su mundo creador, permitió confirmar la envergadura y complejidad de su trabajo, en tiempos preinformáticos. Viendo su excepcional organización, solamente queda hacer una pregunta: ¿Hasta dónde hubiera llegado Don Juan con una computadora?”

Refundador de la genealogía nacional
Ricardo Goldaracena, fallecido en 2004, fue su amigo y compañero del CESPAU. El genealogista afirmaba que Apolant fue “ante todo” el refundador uruguayo de la disciplina. “En el caso de nuestra ciencia, que también fue su ciencia, hay un antes y un después de la primera edición, en un tomo, de la Génesis de la familia uruguaya, su mejor trabajo. Allí están, maestramente retratados, los primeros 40 años de Montevideo, a través de las partidas de la Iglesia Matríz. Están todos, fundadores y descendientes, sin censura ni autocensura. Recogió a la gente nombrada en esos documentos, padres, padrinos, abuelos, tíos, hermanos, los más ricos y los más pobres, amos y esclavos, hijos, entenados y bastardos."
“La historia, antes de su magistral obra, estudiaba a los próceres en el bronce. Observaba, exclusivamente, los grandes hechos y la vida de grandiosos héroes: la monumenta. La genealogía, tomaba solo linajes de grandes familias, siguiendo al fundador uruguayo de la disciplina: Luis Enrique Azarola Gil.”
“Dentro de la monumentalidad pre Apolant, historiadores y genealogistas tradicionales, blancos y colorados, se hicieron muchas trampas, para justificar la grandeza de sus respectivas colectividades. Siempre a favor de sus intereses partidarios. Crearon una mitología. Llenaron de mentiras las historias de cientos de familias uruguayas. Estudiaban la etapa fundacional de la nación, pero siempre en función de la importancia de sus caudillos. Fue la preocupación de Eduardo Blanco Acevedo y tantos otros. Fue lo que recogió Azarola Gil, en su investigación de las familias más ilustres. Pero, no llegó a todo el patriciado criollo. Quien sí lo hizo, fue Carlos Real de Azúa.”
Goldaracena opinaba, sin embargo que la genealogía es una disciplina democrática. "Parte de un principio de máxima igualdad: todos tenemos dos padres, cuatro abuelos, ocho bisabuelos, 16 tatarabuelos, 32 abuelos cuartos, 64 quintos, 128 sextos, y así sucesivamente. ¿Eran todos ilustres? No, la inmensa mayoría era gente común. Por ejemplo, soy sexto nieto de Jorge Burgues y de Silvestre Pérez Bravo y séptimo de Juan Camejo de Soto, fundadores de Montevideo. El resto, no somos extraordinarios. De manera que nuestras genealogías son absolutamente democráticas.”
El investigador reconocía en la obra de Apolant una influencia decisiva de su formación filosófica alemana. “Con ese conocimiento, era lógico que fuera uno de los más relevantes historiógrafos modernos; profundo, trabajador, infatigable.” Goldaracena cerraba su evocación con una proclama: “Apolant fue el primero en desmantelar venerables filiaciones erróneas de las que adolecían nuestras genealogías criollas tradicionales. Un nuevo mundo real y documentado se abría así para quienes por entonces, éramos jóvenes investigadores, que sentíamos la asfixia de tanta hipocresía. Escribió libros de genealogía, le guste o no, a quienes consideran que los genealogistas no somos historiadores. Es el refundador de la genealogía, porque introduce a la gente del pueblo en su investigación historiográfica.”
A manera de conclusión, el argentino Hernán Carlos Lux-Wurm, reflexionaba: “Apolant fue muy querido por la mayoría de quienes lo conocieron, pero también fue odiado e ignorado en su tiempo, por fuertes grupos de presión que se sintieron perjudicados por sus descubrimientos genealógicos (“este judío comunista que viene a destruir nuestras familias”, decían equivocadamente sus detractores). Su enorme trabajo no fue en vano; además de la monumental producción intelectual que dejó publicada, quedó su fruto y su ejemplo metodológico en toda una nueva generación de historiadores y genealogistas rioplatenses.”


"Si fuera de Artigas, vaya y pase"
La sorpresiva muerte de Apolant, pareció sumir en el fracaso la reedición ampliada y corregida de Génesis de la familia uruguaya. La obra estaba prácticamente terminada y la impresión había avanzado en una quinta parte. Faltaba solamente el índice, pruebas de galera y una nueva negociación con la imprenta Vinaac. Su propietario, Víctor Tarutut, terminó el trabajo en 1976, pero, había que pagarle. La familia recurrió entonces al Ministerio de Educación y Cultura, invocando un acuerdo de auspicio y la compra de 500 libros. Su titular de entonces, Daniel Darraq, no se oponía al pago, pero, en los hechos, no tenía poder de decisión. Cada asunto debía pasar por la oficina del coronel Barba, quien además era encargado del manejo económico de la cartera. La respuesta negativa del militar a la familia Apolant debiera estar incluída en una antología de la sinrazón: "Por haber fallecido el autor no existe obligación del Ministerio; además, si fuera un libro sobre Artigas, o si se tratara de bustos de Artigas, vaya y pase, los compramos igual. Pero, el tema no interesa y no se va a vender, nada."

La obra
1966. Génesis de la familia uruguaya. Los habitantes de Montevideo en sus primeros 40 años. Filiaciones. Ascendencias. Entronques. Descendencias. Edición en un tomo del Instituto Histórico y Geográfico.
1966. La partida bautismal de José Artigas: ¿Auténtica o apócrifa? Edición del Centro de Estudios del Pasado Uruguayo.
1966-1967. Eusebio Valdenegro y Leal (1781-1818). Apuntes biográficos. Contraluces de la época emancipadora. Separata de la Revista Histórica Nacional, números 228 a 232.
1966-1968. Padrones olvidados de Montevideo del siglo XVIII, Edición en tres tomos del Boletín Histórico del Estado Mayor General del Ejército.
1968. Crónica del naufragio del navío Nuestra Señora de la Luz (Montevideo, 1752). Edición del Centro de Estudios del Pasado Uruguayo.
1970. Un predicador en el desierto. Un manuscrito ignorado de José Cornide. Ediciones del Patronato de Cultura Galega.
1970. Operativo Patagonia. Historia de la mayor aportación masiva a la Banda Oriental, con la nómina completa, filiación y destino de las familias pobladoras. Edición del Centro de Estudios del Pasado Uruguayo.
1970. Los primeros pobladores españoles de la Colonia del Sacramento. Edición del Consejo Honorario de las Obras de Preservación y Restauración de la Antigua Ciudad de Colonia del Sacramento (Ministerio de Educación y Cultura).
1971. Instantáneas de la época colonia. Editorial Arca, Colección Sociedad Uruguaya.
1974. La ruina de la Ciudadela de Montevideo.
1975. Genealogía de los Treinta y Tres.
1976. Génesis de la familia uruguaya. Los habitantes de Montevideo en sus primeros 40 años. Filiaciones. Ascendencias. Entronques. Descendencias. 2ª edición ampliada en tres tomos más índice. Editorial Vinaac.
1992. Crónica del naufragio del navío Nuestra Señora de la Luz (Montevideo, 1752). 2ª edición, Instituto Uruguayo de Numismática.
1999. Operativo Patagonia. Historia de la mayor aportación masiva a la Banda Oriental, con la nómina completa, filiación y destino de las familias pobladoras. 2ª edición, Editorial El Galeón.

Honores

1966-1967. Premio Pablo Blanco Acevedo, otorgado por la Universidad de la República.
1968-1969. Primer premio Concurso Literario Municipal, categoría Biografía e Historia.
1970-1971. Premio Pablo Blanco Acevedo, otorgado por la Universidad de la República.
1970-1971. Primer premio Concurso Literario Municipal, categoría Biografía e Historia.

sábado, 6 de septiembre de 2008

Un museo de Paysandú dedicado a la vida y a la muerte

Virginia Del Giúdice, 2008.
Perpetuidad Heroica

El antiguo cementerio sanducero mantiene los secretos mejor custodiados de la histórica ciudad del litoral uruguayo. Es un espacio patrimonial único en América, reconocido por la calidad de las obras que preserva. Para los locales es el Monumento a Perpetuidad, un sitio solemne, a la vez lúgubre y conmovedor, que cuenta historias íntimas de más de dos siglos: Que recoge una simbología de infrecuente diversidad religiosa y filosófica: cristiana, judía, masónica, esotérica, agnóstica. En 2004 fue declarado Monumento Histórico Nacional.

Sobre la base del artículo "Perpetuidad Heroica", publicado en el semanario Brecha. Suplemento Paysandú, 5 de setiembre de 2008. Información actualizada en 2012 para el libro Montevideo. Fotos de Virginia del Giúdice donadas a la Dirección de Cultura de Paysandú.


Virginia del Giúdice, 2008.
No hay otro igual. Así se resume la emoción que invade a los visitantes del Monumento a Perpetuidad, ubicado entre las calles Monte Caseros, Artigas y Vizconde de Mauá. Los sanduceros lo saben. Por eso disfrutan llevando a sus invitados a ese sitio insólito, sin avisarles que les aguardan sensaciones indelebles.
A partir de 1835 se realizaron allí los primeros enterramientos; ni bien se inició la edificación del Cementerio Público, que sustituyó al antiguo Campo Santo, otrora ubicado al lado de la Iglesia Vieja, frente a la céntrica plaza Constitución. La obra estaba casi finalizada en abril de 1853, en tiempos de crecimiento económico y demográfico de Paysandú. Pero faltaba la capilla, contruida seis años después por el maestro de obra Francisco Poncini con formas neoclásicas y elementos neogóticos, que por su sencillez recuerda a similares de zonas rurales del departamento.
Virginia del Giúdice, 2008.
La crónica de un visitante describe el ambiente: “Un pórtico de estilo greco–romano nos roba inteligentemente la atención. Las columnas corintias sostienen un pesado capitel, en el cual la figura de un ángel parece darnos la bienvenida. En silencio, ingresamos al predio y sólo escuchamos el sonido que producen nuestras pisadas sobre las pequeñas piedras del camino y el gorgoteo de las palomas que habitan en el lugar.”
En la plazoleta central del cementerio se encuentra la tumba familiar de Luis Galán y Rocha, responsable de la ejecución del proyecto, y promotor de que se lo declarara Monumento Público Departamental a Perpetuidad, según Ley 1555, del 2 de diciembre de 1881. Hacia 1887 el paisaje completaba su aspecto actual, de parque jardín europeo que realza la majestuosidad de sus obras, forestado con jacarandás, robles, fresnos, palmeras, espumillas, cipreses y pinos.
Virginia del Giúdice, 2008.

Las construcciones funerarias de la segunda mitad del siglo XIX manifiestan influencia italiana. Muchos de los escultores presentes aquí también tienen obras en el famoso Cementerio de Génova: bustos, figuras y relieves. Abundan las alegorías: los ángeles, el dolor, la muerte, el tiempo, la templanza, la fe, la caridad, la esperanza; columnas tronchadas y objetos quebrados que simbolizan particularidades de las personas sepultadas, tales como el recetario en la tumba de un médico, o una lira quebrada en el túmulo de una joven pianista”, explica el guía Alejandro Mesa, historiador y gestor cultural sanducero.
    Virginia del Giúdice, 2008.
Los monumentos funerarios fueron realizados en Italia, en mármol de Carrara, por pedido de familias sanduceras tradicionales que han dejado señas de identidad sobre su época. El museo recoge obras de Giovanni del Vechio, Santo Sacommano, Juan Azzarini, José Livi, Francisco Poncini. Es notable el trabajo de Poncini, constructor de los edificios mas emblemáticos de Paysandú: la Basílica Nuestra Señora del Rosario y San Benito de Palermo, el teatro Florencio Sánchez, la Jefatura de Policía, la residencia de Felix Horta, el edificio de la Aduana; y en Montevideo, con su hermano Bernardo, el Panteón Nacional del Cementerio Central de Montevideo.
    Virginia del Giúdice, 2008.
Continua la narración del visitante: “Impresiona observar las expresiones congeladas de las estatuas, que parecen querer hablarnos, decirnos algo. Si se observa con detenimiento, se pueden apreciar algunos signos de la masonería en aquellas tumbas de controvertidos personajes que habitaron en Paysandú. También, como es de esperarse, la impronta católica se riega por el predio.”
Allí descansan los restos de filántropos, científicos, hacendados, docentes y otros ciudadanos que forjaron -unos para bien, otros no tanto- la bicentenartia historia de Paysandú. A ellos se suman sepulcros que conmueven, por el dramatismo que significó la muerte de los heroicos defensores sanduceros caídos en el sitio de Venancio Flores y sus aliados brasileños, entre diciembre de 1864 y enero de 1865.
Virginia del Giúdice, 2008.
Una expresión artística mayor es el panteón de la familia Stirling-Argois, construído con un estilo gótico ecléctico, a un costo de 40 mil pesos de fines de la década da 1880. También se destacan las tumbas del capitán Eusebio Francia, de Miguel Horta, de la familia Sierra Reyes, Vicente Mongrel, de la familia Etcheveste, el memorial de. Manuel Adolfo Olaechea, entre tantos. “Son monumentos con una rica simbología masónica, esotétrica, sajona, católica, que ahora son investigados para multiplicar las interpretaciones de su contenido religioso y social”, afirma Alejandro Mesa.
Virginia del Giúdice, 2008.
Todo es quietud. El resto de los visitantes parece moverse en cámara lenta. Algunos se animan a murmurar, pero la gran mayoría queda atónita frente a las obras que allí se encuentran y que eternizan en mármol y bronce un pasado lleno de gloria y bonanza.” Así finaliza la crónica Honrando el pasado, puesta en Internet (www.welcomeuruguay.com, un sitio web basado en Neuquén, Argentina) por un visitante del Monumento a Perpetuidad.

Visitas
Virginia del Giúdice, 2008.
El Monumento a Perpetuidad está abierto de martes a domingo, de 8 a 17 horas. Cuenta con un servicio de visitas guiadas a cargo de los investigadores Alejandro Mesa, Silvia Pérez y Enrique Moreno. Es un recorrido que describe una evolución histórica y social; cambios en la concepción de la vida y la muerte; la huella patrimonial como gen de identidad, y una novedosa interpretación de un cambio histórico: Del Paysandú errante al Paysandú progresista. También se realizan juegos con escolares en busca de valores culturales, espectáculos de luz y sonido, narraciones orales de leyendas, recitales de artistas sanduceros y estatuas vivientes, que evocan la historia de Paysandú. 

Virginia del Giúdice, 2008.
-En 1857 un solar para construir un panteón costaba cien pesos, según recibo que conserva el Museo Histórico de Paysandú.

-El panteón de la familia Stirling-Argois pesa más de 80 toneladas. 

Historia, tradición, defensa
Paysandú tiene otres tres centros municipales de interpretación patrimonial: Museo Histórico, Museo de la Tradición, Mausoleo al General Leandro Gómez o Museo de la Defensa.
Los orígenes del Museo Histórico se remontan a 1858 cuando el jefe político del departamento, coronel Basilio A. Pinilla, convocó a la Sociedad Filantrópica de Señoras para construir la Escuela Asilo Maternal y Niños Pobres de Paysandú.
Virginia del Giúdice, 2008.
La institución fue inaugurada el 25 de agosto de 1884, como anexo del Hospital de Caridad, bajo dirección de las Hijas de Caridad de María del Huerto. Poco después se amplió, se reinaguró en 1890 y permaneció en funciones hasta 1911 cuando se edificó el Hospital de Paysandú.
En 1988 el edificio fue declarado Monumento Histórico Nacional, y al año siguiente fue habilitado como Museo Histórico; el mayor de la ciudad por su temática y su acervo histórico. Está organizado en dos salas. La primera trata sobre la Historia de Paysandú desde sus vestigios indígenas (misioneros) hasta el tercer sitio de la ciudad. La segunda abarca los siglos XIX y XX, con muebles (casi todos pertenecientes a Basilio Pinilla), documentos, fotografías, utencillos, elementos de trabajo, que reflejan al Paysandú social, político, industrial. Tiene un magnífico patio colonial, una sala de conferencia, y espacios múltiples donde se realizan obras de teatro, conciertos, talleres, conferencias, exposiciones, reuniones artísticas. Está abierto de lunes a viernes de 8 a 16:45 y los sábados de 9 a 14 horas.

Leandro Gómez, heroico
defensor sanducero.
(Gobierno de Paysandú)
El Museo de la Tradición se encuentra en la costanera del Río Uruguay. Fue construido en la década de 1980, para reflejar la cultura y las costumbres del departamento y el país. Está organizado en tres espacios: Sala de la Tradición; Sala Indígena; Sala de Armas. En su jardín existen más de cien árboles y plantas autóctonas de la región; en su Pulpería está reunida una colección de carruajes antiguos que suelen ser utilizados en paseos costaneros. Sus elementos indígenas, armas, utencillos del gaucho, y la original representación de un salón de escuela de fines de 1900 hasta 1950, son los elementos que describen al Paysandú de dos siglos. Está abierto de lunes a domingo, de 9 a 17.45 horas, en su sede de la avenida de Los Iracundos e Instrucciones del año XIII.

El Mausoleo al General Leandro Gómez está ubicado en la plaza principal de Paysandú. Los restos del heroico defensor sanducero están depositados en una urna, que comparte un ambiente solemne con una estatua de gran porte, en bronce, que se complementa con una fuente circular acompañada de chorros de agua iluminadas con luces de colores.