miércoles, 11 de julio de 2018

Niko Schvarz evoca la noche del 9 de julio de 1973, cuando más de cien periodistas y trabajadores del diario El Popular fueron sometidos a “una lógica de ocupación militar”

Cuatro horas después de las cinco

A las puertas de El Popular a las cinco en punto.
–¡Preparen! ¡Apunten...! –fue la orden de uno de los oficiales a cargo del asalto contra el Palacio Lapido. La tropa obedeció, sin dudarlo: cargó sus fusiles para dispararle a veinte trabajadoras detenidas.
–¡Bajen armas! ¡Lleven a las prisioneras al camión...! –fue la contraorden del mismo jefe, luego de un silencio estremecedor que duró segundos infinitos.
“No sé cuánto tiempo fue, ¡quedé inconsciente, con la mente en blanco! Nos quedamos ahí, quietas, esperando los disparos. Es verdad lo que se dice: cuando estás en el paredón el terror te recorre el cuerpo. Lo primero que sentí fue asombro, ¿por qué a nosotras? ¿por qué iban a ejecutar a compañeras embarazadas; muy jóvenes algunas, muy mayores otras. ¿Por qué iba a morir a los veintitrés años, ¡cuánta cosa en mi vida no iba a poder ser!”, evoca Ivonne Leconte, trabajadora de El Popular, testigo y víctima de aquel simulacro de ejecución en plena calle Río Branco, a pocos metros de la planta baja que ahora ocupa la Sala Nelly Goitiño.

Sobre la base de entrevistas realizadas para el libro "Sin Preguntas, crónicas del periodismo (no tan) reciente". Fotos de Aurelio González y otros archivos.

A las 5 de la tarde
–Aquel 9 de julio de 1973, a la hora señalada, estaba en el centro de la barahúnda: el segundo piso del Palacio Lapido, en la redacción de El Popular. La huelga general que resistió el golpe de Estado llevaba doce días y se había convocado a una movilización, y pasar a una nueva etapa de la resistencia con un cambio en la estrategia. Habrá que recordar siempre a Ruben Castillo, quien con un muy original recurso radial anunció la concentración leyendo el poema A las cinco de la tarde de Federico García Lorca. Una lectura inolvidable, que todavía retengo, hasta con sus tonos, como si Ruben continuara diciéndolo. Aquel estribillo, repetido, una y otra vez, fue la primera información periodística sobre la resistencia contra el golpe, con un contenido muy rico, pese a su simpleza aparente. Fue una notable utilización del recurso de la elipsis.
–A las cinco menos cinco de la tarde, 18 de Julio y Río Branco estaba como todos los días: recuerdo a una señora con la hija mirando zapatos en una vidriera, frente por frente a nuestro balcón. Tanta tranquilidad nos preocupó, y lo comentamos con los compañeros de la redacción, porque parecía que la movilización iba a fracasar. En la esquina estaba la aerolínea estadounidense Panam, donde ahora hay un café; del otro lado, sobre la misma acera, la Casa Soler. Todo era paz beatífica, hasta que faltando un minuto para las 17.00, comenzó a llegar la gente. Fue algo conmovedor,  extraordinario, ¡cinematográfico! La multitud comenzó a concentrarse desde El Entrevero hasta casi la Plaza Independencia. En menos de un minuto, aquella avenida en blanco y negro tomó todos los colores de la gente, a tal punto que un trolebus quedó trabado frente a Soler, en medio de la marea humana. Nunca hubo en el país una concentración como aquella, por su forma espontánea. Las columnas de manifestantes pasaban frente al diario, porque esa esquina fue el epicentro. Nos saludaba con el puño en alto, gritando consignas: ¡Viva la Democracia! ¡Viva la Libertad!  ¡Abajo el golpe! ¡Abajo la dictadura!  Eran cientos, miles, de carteles improvisados, hechos con lo que se pudiera. Aquel clima de resistencia era muy tentador para que bajáramos a la calle, pero teníamos claro que la prioridad era mantener la ocupación para no hipotecar la continuidad del diario. ¡No íbamos a autoclausurarnos!

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A las 9 de la noche
–Al poco rato, no más de media hora, llegaron las fuerzas de represión, primero a caballo, para repartir sablazos, después los roperos lanza aguas y los lanza gases. El objetivo era sacar a los manifestantes de 18 de Julio, tirarlos para afuera de la avenida. La violencia fue tremenda, porque lanzaban sus caballos y pegaban garrotazos y sablazos de plano; pero la multitud volvía, resistía en forma activa pero pacífica Cuando comenzó a oscurecer aparecieron los carros blindados y las tanquetas militares. Cientos de manifestantes se resguardaron en la galería del Palacio Lapido, muchos subieron al segundo piso, donde estaba El Popular. En minutos tuvimos una multitud en el corredor. El diario tenía la redacción con frente a 18 de Julio y  la administración hacia Río Branco. Como subdirector debí tomar una decisión: salvar a la gente de aquella trampa. Los fuimos sacando como pudimos, hasta que a las nueve de la noche comenzó la catástrofe. Cuando los alrededores ya estaban vacíos, llegó una tanqueta que con unas cadenas arrancó la puerta exterior de hierro que daba a Río Branco, donde estaba la expedición de diarios. Cuando nos dimos cuenta que el diario iba a ser ocupado, dos compañeros, Tito (José Jorge) Martínez y Rodolfo Porley, salieron a un balcón para negociar que entraran sin tirar; porque no íbamos a resistir. La respuesta fue ráfagas de metralla y gases. No había un mando visible, sólo fascistas vestidos de civil, con brazaletes blancos. Eran de la Juventud Uruguaya de  Pie (JUP) que señalaban los puntos de ingreso al diario. Cuando vimos venir el ataque, la consigna fue quedar cada uno en su puesto de trabajo. Estábamos todos, sólo faltaba El Gallego (Aurelio González) que se había escapado al primer piso para esconder los negativos de las fotos de la manifestación y la represión. Con los ojos irritados por los gases, vimos entrar a los pelotones armados a guerra. ¡Parecían extraterrestres, con aquellas máscaras!

Lógica de ocupación
A la redacción se entraba por una puerta giratoria ubicada entre dos grandes columnas de mármol. Nos ocuparon gritando cosas que no se comprendían, excitados como si estuvieran en combate, tirando ráfagas de metralla y disparos de fusil contra lo que tuvieran enfrente: paredes, cuadros, escritorios, máquinas de escribir, paquetes de diarios. ¡Arrasaron con todo! Por instinto, nos tiramos al piso con las manos en la nuca. Un creyente dirá que aquella tarde hubo un milagro, porque no hubo heridos aunque las balas nos pasaban cerca. Recuerdo dos escenas tremendas. Entre la nube de gas apareció un oficial de botas muy altas, que caminaba por arriba de varios compañeros. Cuando vio a una muchachita embarazada, le pisó la barriga de seis o siete meses. ¡Repugnados, indignados, quedamos en silencio! La otra fue la del hijo del compañero Damián Pereira, empleado de la administración, un chiquito de no más de ocho años. El oficial le ordenó que levantara las manos. Aquella fue la imagen más parecida que vi en mi vida de la famosa foto de un niño del Ghetto de Varsovia llevado por los nazis. “Tropa, duro contra estos comunistas que andan matando milicos. ¡Son nuestros enemigos!”, fue su arenga.¡Pero ninguno de nosotros reaccionó!
La orden fue bajarnos por las escaleras. Una cantidad de soldados nos esperaban en los rellanos, para pegarnos cuando pasábamos por lo que se había transformado en un desfiladero. Los más ágiles más o menos se salvaron de los golpes, pero uno de nuestros fotógrafos, Ernesto Bonino, quedó con el rostro desfigurado y sangrando de tanto que le dieron. En la planta baja nos llevaron por el pasadizo de Expedición. Nos sacaron por la abertura de la puerta de Río Branco que habían derribado con la tanqueta. Éramos poco más de cien de periodistas y trabajadores de El Popular hechos prisioneros. Después supimos que el sadismo del ataque llegó el límite impensado de un simulacro de fusilamiento que sufrieron compañeras en la planta baja del Palacio Lapido.
Los golpes siguieron en las escaleras de la Jefatura. Recuerdo al Vasco Urruzola, ya veterano soportando una paliza sin darles el gusto de quejarse, en digno silencio. Nos ficharon y desde allí nos llevaron al Cilindro, transformado en un centro de detención política. En la entrada al estadio había una multitud de detenidos. Cuando fuimos llegando, hubo ovaciones y vivas a El Popular. Mientras aguardábamos el ingreso, nos pusieron de cara contra la pared, con los brazos arriba y las piernas bien abiertas.

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Periodistas en el Cilindro
–Detenido de camisa azul, ¡dése vuelta! –fue la orden que recibió Niko Schvarz, mientras era cacheado por la guardia en la puerta del estadio municipal. Al sentirse señalado, obedeció sin palabras, ni gestos. Cuando giró, supo quien era el oficial que le había gritado.
Hola Niko cómo estás? –lo saludó con una sonrisa Eduardo Tellechea, agente de Inteligencia y Enlace dedicado a la vigilancia de los sindicatos.
–Aquí nos ve comisario, jodidos, pero a usted le va muy bien –respondió Schvarz con ironía.
Ambos se conocían desde 1964, cuando el policía persiguió y atacó a balazos al fotógrafo Aurelio González, en la esquina de 18 de Julio y Río Branco, en medio de una manifestación contra el golpe de Estado en Brasil. Tellechea fue registrado en fotos de la represión, cuando le apuntaba con su arma a jóvenes tirados en el piso, como si fuera a ejecutarlos. Esa misma tarde fue a buscar al Gallego y su cámara, pistola en mano. “Lo persiguió en la puerta de El Popular y le disparó casi a quemarropa, pero Aurelio era un gato. Le sacó una foto, y se escondió entre dos autos. Así se escapó”, recuerda Schvarz. El caso fue denunciado por la Asociación de la Prensa, hubo un paro general y una investigación. En uno de los careos se enfrentó con Tellechea. “Aquella mañana del 10 de julio, nueve años después,  me reconoció entre cientos de detenidos; fue un saludo hipócrita, que le respondí con cinismo.”
–Como la reclusión en el Cilindro pintaba para largo, nos organizamos. Lo primero fue armar la red de contactos con el exterior, para las visitas. No hubo apremios ni interrogatorios, pero sí mucha incomodidad. Éramos una multitud, dormíamos apretados en colchones tirados en la cancha. Nunca nos faltó visitas: compañeros del partido y del Frente, dirigentes sindicales y sociales, familiares y amigos. Nunca faltaba Aurelio, que recolectaba bolsas de frutas y verduras y las llevaba cargándolas al hombro. Aquello terminó siendo una romería.
Una noche me mandó llamar Tellechea a su oficina para decirme: “Niko, qué cagada, cayó la cúpula del partido en una casa de la calle Las Heras, al costado del Clínicas.” ¡Yo, calladito! Pero continuó: “Estaban reunidos en lo de un médico famoso de ustedes, ¿cómo se llama?” Como no me sacó palabra, me mandó de vuelta a la cancha. Al rato supimos que era verdad, habían sido detenidos en la casa de Orestes Fiandra, cardiólogo notable y compañero leal. Me tuvieron dos semanas encerrado en el Cilindro. Tito Martínez, el otro subdirector de El Popular, y yo, fuimos los que quedamos más tiempo.
–El retorno al diario fue dramático. Todo estaba destruido: redacción, administración, sala de rotativas. Allí estaban las señas de una ocupación militar: destrozos, inundación, incendios. La recuperación se realizó en dos meses, por el trabajo solidario de compañeros de UTE, OSE, ANCAP, de la construcción, de muchos sindicatos y muchos voluntarios. Reabrimos el 12 de julio.

Aurelio frente al Palacio Lapido, 2009.
Aurelio boca a boca
En la mañana del 28 de junio me citaron como redactor responsable de El Popular para una reunión con el coronel Néstor Bolentini, primer ministro de Interior del régimen. Nos informó sobre el decreto que prohibía atribuirle intenciones dictatoriales al golpe, sobre el que genialmente ironizó Marcha con aquel título: “No es dictadura.” Conmigo estaba Daniel Rodríguez Larreta, de El País, a quien también le informaron que tampoco se podía nombrar la huelga general. Nuestro diario no salió en esos doce días, pero tuvimos al más eficiente informador boca a boca: Aurelio González. Ni bien comenzó la huelga se nos ocurrió con El Gallego, que había que recorrer las ocupaciones. Nadie mejor que él, que era conocido en todos los sindicatos. No lo pudimos publicar las fotos, pero quedó un archivo memorable, y a partir de la presencia de Aurelio se armó la información ‘boca a boca’. El primer sitio que visitó fue una fábrica de vidrio de La Teja. Su frase de introducción con los trabajadores merece el mejor recuerdo: “Venimos a solidarizarnos y a saber cómo están, para contarlo en cada una de las ocupaciones, porque no lo podemos publicar.” Me acuerdo de una reunión en la Facultad de Medicina, cuando Aurelio dio la noticia más impactante de aquellas dos semanas: “La llama de la refinería de La Teja fue apagada. Pasen por allí, si quieren ver trabajadores comprometidos con la democracia y la libertad.”. Nunca más se repitió un acontecimiento similar. Conozco al militante que dirigió el operativo, utilizando cadenas de hierro para apagar una llama siempre presente Fue un episodio conmovedor, y un símbolo de respeto por una democracia que se había apagado.

Censura
–En su primera etapa la dictadura utilizaba mecanismos represivos similares a los utilizados en los regímenes de Terra y el Pachecato. Antes de la salida del diario iban a buscar muestras de la edición para llevarlas a la Jefatura. Te devolvían el ejemplar tachado, y sin mucho tiempo para cambios. Así salían pedazos enteros en blanco. En aquel momento todavía no era usual la censura al pie de imprenta, como la que sufrieron los semanarios en la década de 1980, pero tenían una forma muy eficiente de perjudicarnos: retrasar la devolución de las muestras censuradas para que perdiéramos el interior. El Popular tiraba 12.000 ejemplares y tenía muchos lectores fuera de Montevideo. Los ejemplares eran enviados en la ONDA que salía a las 3.30, pero en ese período nunca llegamos. Éramos los últimos en recibir la autorización para imprimir. A fines de agosto resolvimos hablar en Jefatura para que la censura fuera más ágil. Me designaron a mí, como subdirector. Cuando fui a ver al responsable, me llevaron a una celda oscura en un piso alto, donde me dejaron aislado por horas. De esa noche recuerdo una escena emocionante. Al lado de mi pieza estaban interrogando a dos jovencitos. En eso un policía que me vigilaba, me dijo: “¡Escuche, escuche!” Se escuchaba al interrogador diciéndole a los detenidos: “Los agarramos con pinceles y tachos de pintura en la mano, y me dicen que no fueron ustedes los de las pintadas.’”¡Los gurises se portaron bárbaro! Finalmente me soltaron luego de una gestión de la Asociación de la Prensa, pero la dirección del diario entendió que debía irme del país.

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De golpe en golpe
En la madrugada del 27 de junio de 1973 estaba en el Palacio Legislativo, como cronista legislativo acreditado. Me quedé un buen rato en el despacho del Nato (Enrique) Rodríguez, en la Cámara de Senadores, escuchando una conversación con Eduardo Víctor Haedo que hubiese merecido quedar en la historia. Cuando Haedo se fue, llegó Luis Hierro Gambardella, otra personalidad riquísima que merece mi recuerdo respetuoso, personal, político, intelectual. Batllista, batllista, ¡de verdad! Don Luis nos contó la mala noticia: “Bordaberry firmó el decreto de disolución del Parlamento.” Enseguida comenzó la famosa sesión final, presidida por Lalo (Eduardo) Paz Aguirre. Sobre los discursos se habló mucho, pero por afinidad política  y personal me quedo con una frase del Ñato Rodríguez: “Compatriotas, ¡es verdad!, estamos en dictadura.” La sesión terminó a las cuatro de la mañana, dos horas antes de la ocupación militar del Parlamento.
–El 5 de setiembre de 1973 llegué a Santiago de Chile, como corresponsal de El Popular ante el gobierno de Salvador Allende. Mi tarea era contar todo lo que pasaba en ese momento previo al golpe militar. Por entonces, la censura uruguaya no se ocupaba de las páginas internacionales. En la noche del 10 escribí un artículo para el diario comunista El Siglo, que comenzaba así: “El golpe de Estado pende sobre la cabeza de los chilenos como una espada que cuelga de un hilo finísimo. Es posible que cuando salgan estas líneas, el hilo se haya cortado.”  Nunca fue publicado. En la madrugada del 11 comenzó a sonar una marcha militar en la radio de la redacción. Lo vimos todo desde allí, porque el periódico quedaba en la calle Lord Cocker, muy cerca del Palacio de La Moneda. A la mañana siguiente me fui a Buenos Aires. Mis amigos siempre dicen que yo iba llevando los golpes a cada país donde me exiliaba. El Popular fue clausurado por 60 días a fines de setiembre, justamente, por un informe sobre la dictadura de Pinochet, cuando la censura llegó también a la sección internacionales. Luego de la última reapertura, el diario sólo duró ocho números. Fue cerrado definitivamente el 16 de noviembre de 1973.

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Informaciones Uruguayas
En diciembre de 1973 creamos la Asociación de Uruguayos en Argentina. Al principio éramos todos frenteamplistas, Zelmar (Michelini), Reynaldo Gargajo, José Díaz, Alberto Pérez Pérez, Oscar Maggiolo, Julio D’Elía sobrino de Pepe. pero enseguida se sumó el Toba (Héctor) Gutiérrez Ruíz y exiliados de todos los pelos. En nuestras primeras reuniones, realizadas en un apartamento de Maggiolo, en el centro de Buenos Aires, decidimos sacar un boletín que llamamos Informaciones Uruguayas. Allí proponíamos los temas y luego me reunía con el Toba, que era el otro coordinador de la publicación, en una confitería de Lavalle y 9 de Julio. Nos veíamos una vez a la semana, muy temprano, a las 7 de la mañana. En la reunión grande me daban los artículos, que luego leíamos y editábamos con el Toba, para darle formato periodístico, si era necesario. Luego me iba a la Casa del Partido Comunista, que quedaba en Entre Ríos 1032, donde nos picaban las matrices. Cuando quedaban prontas, se las llevaba a José Díaz, que era abogad de varios sindicatos argentinos. Así consiguió que los tabacaleros nos imprimieran el boletín en un local que tenían en las afueras de Buenos Aires. Con el Toba también nos encargábamos de la distribución, que estaba organizada por sectores políticos, sociales y gremiales, y por destinos. El Toba era nuestro canilludo, el jefe de los distribuidores, que tenía su centro de distribución en su verdulería.

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El Popular
Fue un nombre decidido en referéndum interno que organizó el Ñato (Enrique Rodríguez) para un hijo directo y legítimo del XVI Congreso del PCU realizado en 1955. En aquel momento se resolvió crear un diario completo, lo más profesionalizado posible, no limitado a lo político, sindical y cultural. Fue interesante, para nosotros novedosa,  la incorporación de una página deportiva, encargada a Carlos Reyes Daglio, con pronósticos de turf de Davino, un burrero casi infalible que además era corrector.
–Fui secretario de la primera redacción de El Popular, dirigida por Eduardo Viera y Enrique Rodríguez, luego estuvo Tito Martínez, con jefes de página de mucho peso: Máximo Jablonka, Ismael Weinberger, Anelo Hernández. Funcionaba en Uruguay 1763, donde también fueron editados, el semanario Justicia coordinado por Alberto Suárez y Rosita Dubinlki, que luego fue Justicia Diaria que salía todos los días menos los viernes. Ambos se imprimieron en una máquina plana de la imprenta de Lucio Callero  en Paysandú 1236.
El primer número de El Popular salió el 1 de febrero de 1957, pero la fecha prevista era el 25 de enero. Habíamos acondicionado un local de Justicia 1982, entre Miguelete y Martín García, a la vuelta de la cárcel, para instalar una rotativa comprada al diario Acción de Luis Batlle Berres que se portó muy bien. El responsable de la impresión era Guillermo Israel, que la madrugada del 25 apretó el botón de la máquina, ¡pero no funcionó! En medio de un clima de tragedia, se envió un comunicado a todos los medios de prensa que anunciaba una nueva fecha de salida.
A la tarde siguiente hubo una reunión en lo de Jesualdo (Sosa), un apartamento en la calle Miguel Barreiro, a una cuadra y media de la rambla. Lo recuerdo dándonos ánimo y tratando de organizar las discusiones, con su esposa María del Carmen. La dirección del Partido, con (Rodney) Arismendi  la cabeza, presionaba para que se cumpliera la fecha anunciada. Hubo que aceptar la orden, pese a los riesgos. Jesualdo transformó un clima de tensión en risas y carcajadas, ¡así como era él!
–Aquel 31 de enero inolvidable, previo al debut, hubo mucha gente en la redacción, todos daban instrucciones, ¡un caos! Se armó el plomo, se hicieron las páginas y nos fuimos a la imprenta. Cuando Israel apretó el botón, hubo segundos de temores y emociones, ¡pero anduvo! Se utilizaron muchos artículos que habían quedado del ejemplar que nunca salió y se editaron nuevos, hasta una columna de Jesualdo narrando nuestra peripecia. ¡Fue desopilante!

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La cogida y la muerte
Ruben Castillo con Carlos Solé. 
Llanto por Ignacio Sánchez Mejía, herido en la arena de Manzanarez en 1934
Federico García Lorca

A las cinco de la tarde.
Eran las cinco en punto de la tarde. 
Un niño trajo la blanca sábana 
a las cinco de la tarde. 
Una espuerta de cal ya prevenida 
a las cinco de la tarde. 
Lo demás era muerte y sólo muerte 
a las cinco de la tarde. 

El viento se llevó los algodones 
a las cinco de la tarde. 
Y el óxido sembró cristal y níquel 
a las cinco de la tarde. 
Ya luchan la paloma y el leopardo 
a las cinco de la tarde. 
Y un muslo con un asta desolada 
a las cinco de la tarde. 
Comenzaron los sones de bordón 
a las cinco de la tarde. 
Las campanas de arsénico y el humo 
a las cinco de la tarde. 
En las esquinas grupos de silencio 
a las cinco de la tarde. 
¡Y el toro solo corazón arriba! 
a las cinco de la tarde. 
Cuando el sudor de nieve fue llegando 
a las cinco de la tarde 
cuando la plaza se cubrió de yodo 
a las cinco de la tarde, 
la muerte puso huevos en la herida 
a las cinco de la tarde. 
A las cinco de la tarde. 
A las cinco en Punto de la tarde. 

Un ataúd con ruedas es la cama 
a las cinco de la tarde. 
Huesos y flautas suenan en su oído 
a las cinco de la tarde. 
El toro ya mugía por su frente 
a las cinco de la tarde. 
El cuarto se irisaba de agonía 
a las cinco de la tarde. 
A lo lejos ya viene la gangrena 
a las cinco de la tarde. 
Trompa de lirio por las verdes ingles 
a las cinco de la tarde. 
Las heridas quemaban como soles 
a las cinco de la tarde, 
y el gentío rompía las ventanas 
a las cinco de la tarde. 
A las cinco de la tarde. 
¡Ay, qué terribles cinco de la tarde! 
¡Eran las cinco en todos los relojes! 

¡Eran las cinco en sombra de la tarde!

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Niko
Su nombre es Salomón Schvarz, nacido el 16 de mayo de 1927, en Río de Janeiro, hijo de inmigrantes judíos que al año siguiente se radicaron en Montevideo: Berta, una modista natural de Odessa, y León, un rumano de profesión encuadernador. Fue subdirector y redactor responsable de El Popular, columnista de Marcha (“por pedido de Carlos Quijano a Rodney Arismendi”), redactor de Informaciones UruguayasRevista Internacional de Praga, El Día de México, corresponsal del diario Rebelión y la agencia Prensa Latina, ambos cubanos, y de regreso del exilio, en 1985, columnista del semanario Brecha, redactor de los matutinos La Hora Popular y La República donde todavía colabora. Es autor y coautor de cuatro libros: América Latina y el retoñar de la utopíaMariátegui y Arismendi, dos cumbres del marxismo en América Latina, ambos editados por la Fundación Rodney Arismendi, El águila imperial perdió muchas plumas en San Rafael. (con Hernán Píriz), 150 años del Manifiesto Comunista (con Juan Grompone y Daniel Olesker).

jueves, 21 de junio de 2018

En tiempos de Copa del Mundo, una evocación de la Vuelta Olímpica creada por la selección uruguaya de fútbol en 1924

Con patente Celeste

La Vuelta Olímpica original de los uruguayos 
en el Estadio de Colombes, sede del fútbol
en los Juegos Olímpicos de París 1924. Un
rito triunfal se repite hace 94 años en todos 
los deportes, en todo el planeta.
(Museo del Fútbol de Montevideo)
La generación de futbolistas de la década de 1920 fue la más notable expresión del deporte uruguayo, liderada por el carácter del capitán José Nassazi y el talento de Héctor Scarone, considerado el mejor jugador del mundo hasta la aparición del brasileño Pelé. Ellos fueron los creadores de la Vuelta Olímpica, el rito triunfal más anhelado por los deportistas de todo el mundo, lueho de haber conseguido invictos la medalla de oro en los Juegos de París 1924, revalidada en los Juegos de Ámsterdam 1928. También fueron campeones de la Copa Mundial FIFA, disptada en Montevideo, en 1930, y de seis campeonatos sudamericanos, hoy llamados Copa América (1917, 1920, 1923, 1924, 1926, 1935).
Como la mayoría de los inventos más perdurables, fue creada casi sin quererlo, el 9 de junio de 1924, en el mitológico estadio de Colombes, sede principal de los Juegos de París.
La primera Vuelta Olímpica, símbolo de toda consagración deportiva, fue una manifestación espontánea de once bravos uruguayos luego de derrotar en una final memorable a la poderosa selección suiza. Colombes fue escenario de una hazaña sin par, que culminó con un 3 a 0 rotundo, con goles de Pedro Perucho Petrone, Pedro Vasco Cea y Ángel El Loco Romano. 
El torneo de fútbol de los Juegos que culminaron la VIII Olimpíada de la era moderna se disputó entre el 25 de mayo y el 9 de junio de 1924, con la participación de 22 selecciones en fase preliminar y enfrentamientos directos (playoff, matamata) a partir de octavos de final.
Equipo uruguayo que obtuvo la medalla
de oro en el fútbol olímpico de los Juegos
de París 1924:  Andrés Mazzali, José
Nasazzi y Pedro Arispe; José Leandro
Andrade, Alfredo Ghierra y José Vidal;
Santos Urdinarán, Héctor Scarone, Pedro

Cea, Pedro Petrone y Ángel Romano.
(Museo del Fútbol)
—En los días previos al debut uruguayo, en el ambiente del fútbol nadie imaginaba que aquel equipo para los europeos exótico, vestido con camiseta Celeste, iba a ser un protagonista que cambiaría la historia de la competencia y que crearía una de las ceremonias olímpicas que mantiene toda su vigencia más de nueve décadas después de la primera vez.
Quizá por tratarse de deportistas que provenían de un país desconocido, del remoto sur de América, quizá porque se contaban las peripecias que habían sufrido en un periplo oceánico parecido al sinfín, el diario francés Le Temps publicó en su edición del 26 de mayo, en la mañana previa al debut: "Nos apena que sean tan torpes estos jóvenes sudamericanos. Han venido desde tan lejos y tendrán que volverse después del primer partido."
El equipo uruguayo sorprendió de entrada por su juego vistoso y contundente, así goleó a Yugoslavia 7 a 0 y, tres días después, superó con autoridad a Estados Unidos por 3 a 0.
La prensa local cambió su postura inicial y comenzó a elogiar a los sudamericanos, que la tardecita del 1 de junio, en cuartos de final, golearon 5 a 1 a la selección de Francia, gran favorita del torneo. El viernes, en la semifinal, la selección de Holanda trató de frenar con un juego áspero a los sorprendentes artistas del balón, pero fueron derrotados por 2 a 1.
Los holandeses protestaron contra la decisión de un penal que decretó la victoria uruguaya, mientras la delegación Celeste recusaba la decisión del Comité Olímpico de nombrar a un árbitro holandés para dirigir la final. Los ánimos sudamericanos fueron apaciguados por un sombrero del que salió sorteado un nuevo juez, para ellos confiable: el francés Marcel Slawick.
En la otra semifinal, Suiza venció por 2 a 1 a Suecia, con dos goles de Max Abegglen, pero la selección helvética casi queda fuera del torneo por falta de finanzas. El pasaje de retorno en tren de los suizos tenía sólo una validez de diez días y, además, se habían quedado sin dinero para alargar su estadía. Un llamado del diario Sport a sus lectores aportó los fondos necesarios.
 Más de 10 mil hinchas no pudieron presenciar la final olímpica del lunes 9 de junio, se quedaron afuera del Estadio de Colombes cuyo aforo completo se vendió en pocas horas. Tal era la avidez por disfrutar la destreza, precisión y picardía de los uruguayos que superaron con claridad a Suiza. 
El equipo que obtuvo la medalla de oro formaba con:  Andrés Mazzali, José Nasazzi y Pedro Arispe; José Leandro Andrade, Alfredo Ghierra y José Vidal; Santos Urdinarán, Héctor Scarone, Pedro Cea, Pedro Petrone y Ángel Romano.
Tras el histórico partido, las dos delegaciones se saludaron caballerosamente y escucharon los himnos. Medallas doradas al cuello, los Celestes fueron aclamados por 60 mil espectadores. En ese momento los admirados atletas comenzaron a caminar, espontáneamente, por la pista que rodeaba la cancha.
Llorando, saludando a los franceses que les tiraban flores. Así dieron la primera Vuelta Olímpica. Un rito entrañable que sigue renovando cada gallardo triunfador de una justa deportiva.
Pedro Petrone fue el goleador del torneo con siete conquistas, mientras Héctor Scarone comenzaba a ser reconocido como el mejor jugador del mundo, pero los dos emblemas de aquella selección fueron el capitán José Nasazzi, líder del grupo, y José Leandro Andrade, La Maravilla Negra, la estrella más brillante de los Juegos parisinos.
Por la medalla de bonce Suecia y Holanda debieron jugar dos partidos, el primero empatado 1 a 1, y el segundo ganado por los escandinavos por 3 a 1, con dos goles de Sven Rydell.
—En 1941 la Confederación Sudamericana de Fútbol, actual Conmebol, designó aquella jornada memorable como "Día del Fútbol Sudamericano" (https://www.youtube.com/watch?v=0uFXa-N61XM).

Cinco partidos
26/05: Uruguay 70 Yugoslavia (Vidal, Scarone, Petrone (2), Cea (2), Romano).
29/05: Uruguay 30 Estados Unidos (Petrone (2), Scarone).
01/06: Uruguay 51 Francia (Scarone (2, Petrone (2), Romano).
06/06: Uruguay 21 Holanda (Cea, Scarone).
09/06: Uruguay 30 Suiza (Petrone, Cea, Romano).

 Una ráfaga celeste 
Selección uruguaya campeona olímpica en
Ámsterdam 1928. De pie: Juan Píriz, 
Juan
Pedro Arremón, 
Pedro Arispe, Álvaro Gestido,
Andrés Mazzali, José Leandro Andrade
y el entrenador Luis Grecco. Abajo:
José Nasazzi, Héctor Scarone, René Borjas,
José Pedro Cea y Roberto Figueroa.
En abril de 1924 llegaron a Vigo los jugadores de la selección uruguaya, en escala deportiva previa a los Juegos Olímpicos de París. En la mayor ciudad de Galicia jugaron dos partidos, el 10 de ese mes ganaron 3-0 y el 14, fue un rotundo 4-1. Ambos encuentros figuran en la galería de honor del equipo céltico: fue la única vez que jugaron contra un campeón olímpico y mundial.
Para los Celestes fue el primer contacto internacional, fuera de América del Sur, de un equipo que permaneció invicto durante seis años, que ganó dos medallas olímpicas de oro en fútbol, del primer mundial organizado por la FIFA, inventores de la globalizada Vuelta Olímpica.
La relación que vincula a la Asociación Uruguaya de Fútbol y el Celta de Vigo, desde siempre es de admiración, cariño y agradecimiento. La camiseta céltica es celeste, como la uruguaya.
Dada la fama mundial que tenía el Celta, en 1928, realizó una gran gira por America del Sur. Su primera escala fue Buenos Aires donde jugaron tres partidos, con una victoria y dos derrotas.
A su paso por Uruguay jugaron dos encuentros, perdiendo en ambos; al final, en Rosario, jugaron el último partido que dio la victoria a los rosarinos por 1-0. “El balance de la gira fue positivo para las arcas celestes y no muy buena para su imagen deportiva”, opinaba un cronista de El Faro vigués, que acompañó a la delegación.

El gol de córner de Cesáreo
Onzari a los "olímpicos".
(Museo del Fútbol)
Gol Olímpico
De regreso en América, y como parte de las celebraciones por el título de París,  el 2 de octubre de 1924 se realizó un amistoso entre los campeones olímpicos y la selección argentina, en la antigua cancha de Sportivo Barracas de Buenos Aires
—A los 15 minutos, y sin saberlo, el puntero argentino Cesáreo Onzari se metió para siempre en la historia del fútbol mundial. El jugador del Huracán porteño pateó un tiro de esquina y mandó la pelota al fondo de la red sin que nadie la tocara. ¡Gol!, gritaron alborozados los argentinos.
—Aquella rareza y el posterior triunfo albiceleste permitieron que esa insólita jugada trascendiera. De allí en más, cada vez que había un gol parecido se lo compraba con "el gol de Onzari a los olímpicos”. De allí a la eternidad, apenas un paso. La denominación "gol olímpico” se extendió por toda América y luego a Europa, en menos de un paso.

¡Tuya Héctor!
¡Tuya Héctor! Una jugada memorable,
que es frase popular de los uruguayos.
(Museo del Fútbol)
La medalla de oro del fútbol olímpico en los Juegos de Ámsterdam 1928, necesitó dos finales entre Uruguay y Argentina. En la primera empataron 1 a 1, con gol celeste de Pedro Petrone y del argentino Manuel Nolo Ferreira.
En la segunda, disputada el 13 de junio, ganaron los uruguayos 2 a 1, con goles de Roberto Chueco Figueroa y Héctor Scarone, mientras que para los argentinos convirtió Luis Doble Ancho Monti.
El segundo tanto de los bicampeones olímpicos es un patrimonio intangible de la cultura popular del país, retratado en la planta alta del Museo.
Un mural fotográfico describe una de las jugadas más memorables en la historia del fútbol uruguayo. La gloriosa peinada de René Tito Borjas para El Mago Scarone, al grito de “¡Tuya, Héctor!”. 

Celestes campeones del mundo en 1930.
De pie: Álvaro Gestido, José Nasazzi, Enrique
Ballestrero, Ernesto Mascheroni, José 
Leandro

Andrade, Lorenzo Fernández y el entrenador
Alberto Suppici. Abajo: Pablo Dorado,
Héctor Scarone, Héctor Castro, José
Pedro Cea y Victoriano Santos Iriarte.
(Museo del Fútbol)
Uruguayos campeones
La I Copa Mundial de Fútbol se desarrolló entre el 13 y el 30 de julio de 1930. Participaron trece selecciones nacionales: Argentina, Chile, Francia México, Bolivia, Brasil, Yugoslavia, Bélgica, Estados Unidos, Paraguay, Perú Rumania y Uruguay. Los 19 partidos del torneo se realizaron en tres sedes: Parque Central, Pocitos y Estadio Centenario.
Uruguay jugó contra cuatro rivales para ser el campeón. Venció a 1–0 a Perú y 4–0 a Rumania en la primera serie, 61 a Yugoslavia en la semifinal y por score “olímpico” 4–2 a la Argentina.
El equipo de la final: Enrique Ballesteros, José Nasazzi, Ernesto Mascheroni, José Leandro Andrade, Lorenzo Fernández, Álvaro Gestido, Pablo Dorado, Héctor Scarone, Héctor Castro, José Pedro Cea y Victoriano Santos Iriarte. El director técnico era Alberto Supicci.
Los goles uruguayos fueron de Dorado, Cea, Iriarte, Castro y los argentinos de Peucelle y StábileEl juez fue el belga John Langenus.
Boicot
El Mundial de Uruguay 1930 contó con la menor cantidad de participantes europeos porque la mayoría no estuvo de acuerdo en venir a un país tan lejano, por lo difícil y costoso del viaje.
La respuesta de FIFA fue una circular en la que advertía que estaba comprometido el futuro del fútbol mundial. Sólo Francia, Bélgica, Yugoslavia y Rumania asistieron a la cita.

 El Mariscal
José Nasazzi, a la izquierda, con los jueces
de la final olímpica de Ámsterdam 1928 y
el capitán argentino Manuel Nolo Ferreira.
(Museo del Fútbol)
José Nasazzi fue el capitán de los olímpicos de 1924 y 1928 y de los campeones mundiales de 1930.
Siempre fue el jefe, el caudillo, el responsable, El Mariscal. Si a todos, jugadores y público, preguntaran quién podría asumir la representación más genuina de todo lo que fueron los olímpicos y campeones mundiales, nadie dudaría jamás en dar el nombre de Nasazzi.”
Las palabras del periodista deportivo Dalton Rosas Riolfo, despidiendo sus restos un 17 de junio de 1968, describen la personalidad humana y futbolística del líder de la generación de deportistas uruguayos más laureados de la historia. Verdaderos padres fundadores de la moderna "nacionalidad" y de la proyección internacional del país en los comienzos del siglo pasado.
Nasazzi nació en la Villa Peñarol en 1901, pero creció entre los barrios Arroyo Seco y Bella Vista, junto a otros campeones inolvidables: Pedro El Vasco Cea, Héctor El Mago Scarone, José Leandro Maravilla Negra Andrade.
Vistió sólo cuatro camisetas en más de dos décadas de deportista. La azul y roja del desaparecido Lito, la amarilla y blanca de Bella Vista, la alba de Nacional y la Celeste que le dio fama en todo el mundo.
Desde hace más de tres décadas, lleva su glorioso nombre la antigua calle Olivos, desde la Estación Lorenzo Carnelli de AFE hasta la avenida Agraciada, y el estadio del Club Atlético Bella Vista, ubicado en el corazón del Prado de Montevideo.

Tribuna Ámsterdam.
(CAFO)
Estadio Centenario, Patrimonio Mundial
El 18 de diciembre de 1982 la FIFA designó Monumento Histórico al Estadio Centenario por haber sido sede del primer Campeonato Mundial de Fútbol.
—La decisión unánime fue votada en la ciudad suiza de Zúrich, en una sesión de honor del Comité Ejecutivo de la Federación, presidido por el brasileño João Havelange.
Entre los argumentos se mencionaba que su construcción revolucionó a la arquitectura de su tiempo y que su concepto mantiene plena vigencia casi ocho décadas después. Pero hay una razón fundamental, explicada por el propio Havelange: el Estadio Centenario es el origen de una manifestación deportiva, cultural, planetaria, de la misma forma que la Olimpia griega fue para los Juegos Olímpicos.
Tribuna Colombes.
(CAFO)
Es también un homenaje al médico Atilio Narancio, a Roberto Spil y a José Usera Bermúdez, los dirigentes uruguayos que en 1925 soñaron con un Campeonato Mundial de Fútbol, y al diplomático que tramitó la idea, Enrique Buero, amigo personal del francés Jules Rimet, por entonces presidente de FIFA. La astucia de Buero fue decisiva en la reunión de Ámsterdam, de 1928, cuando propuso un torneo que se jugara cada cuatro años.
Tribuna Olímpica y su Torre.
(CAFO)
Entre el 17 y 18 de mayo de 1929, en Barcelona, se aprobó la fecha del primer Mundial y se recibió seis propuestas de sede: España, Holanda, Hungría, Italia, Suecia y Uruguay.
—El bicampeón olímpico, invicto, con toda lógica era el candidato natural. Su petición fue aprobada por aclamación, con la certeza de que sólo un país rico podría organizar el certamen en menos de un año. Un lluvioso 18 de julio de 1930 se inauguraba el Estadio Centenario.


El monumento Art Déco.
(Alejandro Sequeira)
Torre de los Homenajes
Fue una idea del arquitecto uruguaya Juan Antonio Scasso, concebida como un esbelto tributo Art Déco a los olímpicos de 1924 y 1928, muchos de ellos campeones mundiales en 1930.
Se eleva a cien metros de altura, en el centro de la tribuna Olímpica, como el mayor ejemplo original que también se nutre del expresionismo arquitectónico nacional. 
—De noche se la divisa desde muy lejos, realzada por grandes reflectores que la muestran tal cual es: monumental. Inspira tanto respeto, que en su parte alta se iza la bandera uruguaya cada vez que un acontecimiento conmueve al país.
—Posee un mirador al que se puede llegar en ascensor o subiendo sesenta escalones; desde allí se ve casi todo Montevideo: el puerto, las playas, el mar, el Cerro y muchas barriadas. Es imposible pensar en el fútbol uruguayo sin su Estadio, tanto, como es imposible pensar en el Estadio sin su Torre de los Homenajes.

El Estadio desde los pisos altos
del vecino Hospital de Clínicas.
(Trocadero Gabinete DDiseño)
"La idea de un estadio circular y no rectangular como la mayoría de los existentes en Europa a principios del siglo pasado, fue una innovación. El modelo lineal, con tribunas de madera techadas venía de las ciudades inglesas, y se explicaba por la abundancia de lluvias del clima británico. En el Estadio, el arquitecto Scasso concibió un proyecto absolutamente futurista para la época."
Andrés Morales, en Identidad nacional y monumentos. El caso del Estadio Centenario.

América, Olímpica, Colombes, Ámsterdam
Son las cuatro tribunas que se extienden armónicas a una altura de tres metros sobre el campo de juego, con un diseño elíptico que permite la visión perfecta desde todos los sectores.
Plano del Estadio Centenario impreso por
el Servicio Oficial de Difusión Radio
Eléctrica (SODRE) para informar
las ubicaciones del partido
inaugural del Mundial 1930.
(Museo del Fútbol)
Al oeste se ubica la Tribuna América, con dos entradas, una para el público y otra para el Palco Oficial y las cabinas de trasmisión. En ese sector funciona un Centro Médico Deportivo y el Colegio de Árbitros y allí está la placa en la que se lee: "Estadio Centenario Monumento del Fútbol Mundial.”
Al este se alza la Tribuna Olímpica, que al principio se llamó Montevideo,  un nombre oficial que no prosperó. Es la mayor de las cuatro, tan grande que alberga la Comisión Administradora del Field Oficial (CAFO), oficinas de la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF), la Asociación Uruguaya de Entrenadores de Fútbol (AUDEF), la Asociación Uruguaya de Árbitros de Fútbol (AUDAF), la Escuela N° 100 y el Museo del Fútbol.
Entrada para la final.
(CDF)
Al norte está la Tribuna Colombes que recuerda el triunfo olímpico de 1924, con un sector destinado al tablero electrónico. Debajo funciona la Seccional 9ª de la Policía de Montevideo, una pequeña cafetería, un centro de emergencias médicas, la Liga Universitaria de Deportes y la Asociación de Funcionarios de Recaudación de la AUF.
Al sur brilla la Tribuna Ámsterdam, que evoca la victoria olímpica de 1928, la preferida de los hinchas, por ser la que recibe el sol de tarde.

El Estadio siempre cumplió con las medidas reglamentarias de FIFA: 100 metros de largo por 83 de ancho.

Tribuna  Ámsterdam en obra, diciembre de 1929.
(CDF)
Endomingados
La construcción del Estadio Centenio comenzó en agosto de 1929, con la nivelación del terreno, la apertura de zanjas para dar salida a las abundantes vertientes de agua que pasaban por un terreno anegadizo. Era una zona de tembladerales, donde nacían los arroyos de los Pocitos y de la Viuda.
Se formó así una especia de laberinto en el este del Campo Chivero. Desde el primer día, miles de curiosos se acercaban para ver las obras, pero los domingos era una verdadera manifestación popular. La gente iba a pasar el día, con sus viandas; llegaban desde toda la ciudad y también en excursiones desde el interior. Eran los “endomingados”.
Empate
Con el paso de las semanas y los meses, entre los "endomingados", en todo el país, se había formado dos bandos. Estaban los optimistas, que eran los menos, que decían que el Estadio llegaba a la fecha de inauguración del Mundial, y los pesimistas, que eran los más, que estaban convencidos de que no se iban a cumplir los plazos y que sería un papelón internacional.
La realidad tomó el camino del medio. El Estadio no estuvo pronto para la inauguración oficial del 13 de julio, pero sí para el primer partido de Uruguay.

Construcción de la tribuna Colombes con
el Hospital Pereira Rossell en el fondo.
(CDF)
En los descuentos
La superficie del Centenario es muy similar a la del Coliseo Romano. En un año de trabajo se excavaron 60.000 metros cúbicos de tierra en 450.000 metros cuadrados de terreno.
Entre febrero y julio de 1930 se instalaron 14.000 metros de cemento armado. En la última semana, del 10 al 17 de julio de 1930, hubo jornadas de tres turnos, con los reflectores del campo encendidos. 
—Pocas horas antes de su inauguración los obreros celebraron "la obra terminada". Una empresa suministró los 200.000 panes de gramilla para el campo de juego que debía estar pronto el 25 de mayo. Pero las lluvias atrasaron la tarea. No paró de llover en toda la semana previa a la inauguración. 
La noche anterior fue necesario
 secar la cancha con braseros y
estufas de queroseno, porque
no se había conseguido
una lona para protegerla.
(Museo del Fútbol)
70.000
Fue la cantidad de público que presenció el partido inaugural del Estadio y el primero que jugaba la selección uruguaya en el Mundial de 1930. Fue un viernes feriado, muy especial para el país, porque se celebraba el Centenario de la primera Constitución. Según el recordado periodista deportivo Ricardo Lombardo una multitud colmó las cuatro tribunas dos horas antes del comienzo del partido contra Perú.
“La gente esperaba ansiosamente el espectáculo, que tuvo un resultado a favor de Uruguay, era un nacimiento con historia y con gloria”, evocaba el cronista. Fue la jornada con más espectadores, más que en la propia final con la Argentina, cuando hubo 65.000.

102.000
El proyecto original del arquitecto Juan Antonio Scasso preveía esa capacidad de espectadores, pero la obra debió acomodarse a los recursos disponibles y a la falta de tiempo para su inauguración.

"Es nuestro Partenón. Como el Partenón trasciende a Grecia, el Centenario trasciende a Uruguay y a la propia FIFA. Es nuestro único Monumento Histórico del Fútbol Mundial, nuestro moderno Patrimonio de la Humanidad. Y cuando digo nuestro, me refiero a todos los hombres y a todas la mujeres, porque el fútbol es un bien cultural compartido por todos los habitantes del planeta.”
Joao Havelange, ex presidente de la Federación Internacional de Asociaciones de Fútbol, en una visita a Montevideo, en 2000, por los setenta años del Estadio Centenario.

"Nunca vi ninguno tan completo. Es el primero del mundo que está destinado exclusivamente al fútbol."
Jules Rimet, antes del partido UruguayPerú, 18 de julio de 1930.

Pelota de la final de 1930 ganada
por Uruguay a la Argentina: 4-2.
(Museo del Fútbol)
Museo del Fútbol
La Asociación Uruguaya de Fútbol narra su gloriosa historia en un museo deportivo de prestigio internacional que preserva documentos, objetos e imágenes de la selección Celeste y de sus instituciones.
Está organizado en dos pisos de 3.000 metros cuadrados. En la planta alta hay una exposición permanente, con dos atracciones principales: la camiseta N° 5 del legendario Obdulio Jacinto Varela en la gesta de Maracaná y los objetos del Mariscal José Nasazzi, el capitán de capitanes.
Allí también se expone el mobiliario utilizado por los directivos Argentina, Brasil, Chile y Uruguay, reunidos un 16 de diciembre de 1916 para crear la Confederación Sudamericana de Fútbol. Cientos de casacas deportivas, botines, banderas y trofeos, forman parte de un tesoro histórico.
En la planta baja está el área de exposiciones temporarias y el auditorio donde se exhibe una película del Mundial de 1930. La visita guiada incluye una recorrida por las tribunas, zona de vestuarios y campo de juego.

Los botines utilizados por Héctor Scarone,
el mejor jugador del mundo antes de Pelé,
en los Juegos Olímpicos de 1924.
(Museo del Fútbol)
Info
Ciudad: Montevideo.
Barrio: Parque Batlle.
Ubicación: Tribuna Olímpica del Estadio Centenario.
Teléfono: 24801259.
Visitas: Martes a sábado, de 9 a 17 horas. 
Cómo llegar: Líneas de ómnibus que pasan por las avenidas Italia, Alfredo Navarro, Ramón Anador, Américo Ricaldoni.
Foto histórica que describe la colocación
de la piedra fundamental del Estadio
Centenario, puesta sobre el propio
bloque de granito recuperado.
(Museo del Fútbol)
Secreto fundamental
El domingo 21 de julio de 1929, en un rincón perdido del antiguo Campo Chivero debajo de la Torre de los Homenajes se colocó la piedra fundamental del Grand Stadium Centenario que sólo tenía seguro su nombre, en honor a la venerable edad de la primera Constitución de la República Oriental del Uruguay.
Un trozo de aquel basamento fue descubierto en 2004, por técnicos de la  Comisión Administradora del Field Oficial, cuando realizaba la tarea de instalación del ascensor panorámico que había sido proyectado por el arquitecto Scasso.
Una foto exhibida en el Museo del Fútbol muestra el acto presidido por César Batlle Pacheco, en representación del Consejo Nacional de Administración, gobierno colegiado de la época, cuando fue colocado el bloque de granito original.