sábado, 17 de noviembre de 2018

Capurro, dos siglos de patrimonio industrial en un escenario panorámico único de Montevideo


Bahía de los pioneros

Capurro, su playa , su  muelle y sus industrias, 1890.
Punta de Piedras, Jesús María, Cala de Lastre, Playa Honda, La Meca, fueron algunos de los nombres de un territorio fundacional de la industria y el comercio de Montevideo y también del país. En el centro de la bahía montevideana, entre arenas blancas, rocas punzantes y un anfiteatro natural de barrancas a pico coronado por un festón de ombúes, alguna vez único, el pionero Giovanni Battista Capurro instaló las primeras industrias extractivas, de arena y agua, y un muelle utilizado para la carga comercial, donde también concibió el primer negocio turístico de la ciudad: el balneario La Meca, a orillas de una playa deslumbrante por entonces conocida como Honda. Hasta allí los vecinos podían llegar por tierra o en un "vaporetto" que partía del puerto, que realizaba un viaje muy popular hasta el Cerro, con una escala en la costa propiedad de Capurro. En la zona nacieron las primeras agroindustrias montevideanas, de corambre y saladeros montevideanos, las primeras barracas de carbón y sal, laneras y tabacaleras.
Planta Alcoholes ANCAP, obra del Rafael Lorente, 1935.
Los hijos del fundador, Juan Alberto y Federico, también fueron emprendedores industriales, en destilado de alcohol, cerveza, almidón, y crearon el balneario y el parque que desde fines del siglo XIX evoca el apellido genovés. En Capurro se asentó una de las mayores destilerías de América, propiedad de los hermanos franceses Meillet. En un edificio vecino, estuvo la cervecería Germania del pionero austríaco Frederich Mux, enfrente, en la que fue una notable fábrica de sombreros. En tres manzanas, vertebradas por la calle Bernabé Caravia, en la segunda década del siglo XX funcionó el emblemático Instituto de Química Industrial, donde fue desarrollado el primer carburante nacional. Con el nacimiento y la evolución de ANCAP, ese sector del barrio, vertebrado por la calle Bernabé Caravia, se transformó en un enclave de la industria nacionall, primero fue la Planta de Alcoholes, luego CABA y en la actualidad tiene su espacio ALUR.

Bahía de Montevideo colonial.
—A finales de 1708, el explorador francés Louis Feuilée desembarcó en la playa que los historiadores sitúan en la actual rambla Baltasar Brum, entre las calles Juan María Gutiérrez y Capurro.
El religioso y botánico nunca ocultó su admiración por la belleza panorámica de una bahía desolada, agreste, profunda. A corta distancia de su refugio estaba la desembocadura de un arroyo caudaloso, con el paso de los años llamado Miguelete. En extremo oeste de la herradura divisaba el Monte VI enigmático, protector, el Cerro de altura leve, dominante de aquel territorio apenas ondulado.
—Hacia el este observaba un espejo azul, sereno, apto para la navegación transatlántica, que prometía un calado ideal para las embarcaciones de su tiempo. Feuilée tenía muy buen ojo marítimo. Quince años después los portugueses intentaron crear en el mismo punto de sus visiones, un puerto estratégico, una segunda Colonia del Sacramento, pero en 1724 fueron expulsados por Bruno Zabala, obligado fundador del fuerte de San Felipe y Santiago de Montevideo.
—El pionero francés plantó una huerta de repollos, rábanos, perejil, lechugas y frutas, realizó observaciones meteorológicas y de la fauna alada, mientras estudiaba las cualidades productivas del ganado salvaje introducido un siglo antes por Hernandarias. Sus marinos fabricaron un horno donde se cocieron los primeros panes montevideanos, según la bitácora de viaje, un 25 de octubre de 1708.

Quinta de Giovanni Capurro, 1870.
Giovanni Battista Capurro, el hombre, el nombre
El topónimo del barrio se debe al marino y emprendedor genovés venido al país en tiempos de la jura de la primera Constitución. Su buen olfato para los negocios lo permitió realizar oportunas inversiones, acumuló una envidiable fortuna como agente marítimo, accionista de compañías navieras, extractor de arena y agua.
—Giovanni Battista Capurro adquirió un predio en la margen izquierda de la desembocadura del arroyo Miguelete, donde edificó una hermosa casa quinta con frente al camino Espinosa, la actual calle que también evoca su nombre. Instaló su residencia familiar en el mismo predio donde décadas antes estuvo el Caserío de los Negros.
—La quinta se extendía paralela a la playa en su tiempo conocida como Honda, que él llamó La Meca, donde abundaban los arenales y fuentes naturales de agua dulce, continuación natural de los pozos de la Aguada. Eran veinticuatro cuadras cuadradas, con paradisíacos jardines, que pobló de pájaros y especies forestales.
Giovanni Capurro.
—El empresario genovés construyó el Muelle Capurro, para cargar arena utilizada como lastre por los buques de ultramar que regresaban a Europa. De a poco, los médanos fueron desapareciendo, y el negocio dejó de serlo antes de 1866, cuando el agua pasó a ser su principal actividad.
Según cuenta el historiador Isidoro de María, aquel año hubo una gran sequía en Montevideo que a punto estuvo de provocar un motín popular. Con habilidad y sentido de la oportunidad, no dudó en suministrar toda la necesaria surgida en su establecimiento. En sólo dieciocho días los vecinos montevideanos recibieron 2.133 pipas de agua, que la Comisión de Salubridad pagó a 1.514 pesos.
—La que parecía una crisis, el hábil empresario trató de transformarla en una oportunidad cuando ofreció un servicio de agua por cañerías, pero, mientras se discutía la oferta llovió copiosamente y se solucionó la angustia de la seca, los aljibes se colmaron. "Capurro se quedó con sus manantiales, sin poder concretar su iniciativa", narraba De María.
Otro negocio fue el turístico, como escala del vaporcito que en los veranos hacía la carrera desde el puerto al Cerro, tanto en el viaje de ida como de vuelta. El boleto para realizar el tramo completo costaba dos reales y al Muelle Capurro, la mitad.

Juan Alberto Capurro.
Juan Alberto y Federico Capurro, en nombre del padre
Giovanni Battista Capurro falleció el 27 de noviembre de 1872. Sus hijos, Juan Alberto y Federico, fueron pioneros de la actividad industrial del barrio. Fundaron una sociedad que instaló una fábrica de almidón, una destilería de alcohol y una cervecería, ubicadas todas donde actualmente se encuentran ALUR y la explanta de alcoholes de ANCAP.
—Tan ambicioso proyecto, concebido en medio de la euforia de la “época de Reus”, sufrió los avatares de la crisis de 1890 que causó la quiebra de los Capurro. Cerraron las fábricas de almidón y de cerveza, mientras que la destilería de alcoholes pasó a propiedad del francés Jules Meillet.
—El proyecto turístico también fue una idea de los hermanos Capurro, quienes crearon en los últimos años del siglo XIX, la Sociedad Gran Balneario de Playa Honda, cuando el paraje se conocía todavía con el nombre de la playa. En 1900, con el tranvía a caballos, la zona adquirió auge, y en 1906, con el tranvía eléctrico, se convirtió en el principal balneario de la ciudad.
Parque Capurro, 1900.
En 1910 se inauguró el Parque Capurro, trazado por el ingeniero alemán Julio Knab, el diseño de las amplias y hermosas escalinatas y el edificio del hotel fue obra del arquitecto florentino Juan Veltroni.
El parque mantuvo su esplendor y sostenida concurrencia hasta la década de 1920, cuando el balneario comenzó a ser desplazado en la preferencia del público por Pocitos y otras playas del este de Montevideo.
La inauguración de la planta de refinado de combustible de ANCAP, en 1936, fue el golpe definitivo contra la propuesta turística. La construcción de la nueva ruta de salida al centro y oeste del país, en 1988, mutiló y redujo a recuerdos el hermoso parque que casi nadie visita.
Capurro durante décadas fue un paisaje elocuente de barcos fondeados o abandonados en la bahía, paisaje costero y portuario, para el recuerdo, para la fotografía del aficionado, para la nostalgia. Con una iluminación distinta según sea de mañana o de tarde. Con las más diversas actividades según fuera de día o de noche. Capurro es el sitio donde nació la industria montevideana y uruguaya.       Una bahía de pioneros.

Destilería Oriental, 1890.
Destilería Oriental
—Instalada en Capurro por el inversor francés Jules Meillet, fue una de las más grandes y modernas de América del Sur en su tiempo. La planta de 11.000 metros cuadrados poseía un muelle de 300 metros de largo, el área de Fermentación contaba con diez cubas metálicas cerradas de 120.000 metros cúbicos de capacidad cada una, y otras de 5.000 y 10.000 metros cúbicos cada una.
—Meillet fue uno de los hombres más ricos del país a principios del siglo XX, propietario de seis destilerías, casi un monopolista apoyado por el gobierno francés, y favorecido por un fuerte impuesto a la importación de alcoholes extranjeros. 
—La producción de la planta Capurro llegó a 18.000 litros de alcohol carbónico, 5.000 kilos de ácido carbónico, 1.500 kilos de aceite de maíz, 10.000 kilos de residuos secos, 200 kilos de levadura para panificación.

Cervecería Germania, 1895.
Cervecería Germania
−El Pánico de 1890 que afectó al Río de la Plata, provocado por el quiebre de la casa británica Baring Brothers of London, tuvo su epicentro uruguayo en la caída del Banco Nacional fundado por el inversor madrileño Emilio Reus.
−Una de las mayores víctimas de la crisis económica fue la planta cervecera fundada a orillas del Río de la Plata por los hermanos Juan Alberto y Federico Capurro, por años dominadora del mercado local con su marca popular Mercurio.
−En 1892 fue adquirida por el emprendedor prusiano Friedrich Mux, un antiguo del Ferrocarril Central, que vivía en el poblado de 25 de Agosto, departamento de Florida. La fábrica que llamó Germania, estaba organizada como sociedad anónima, financiada con la venta de acciones, a imagen y semejanza del exitoso modelo de su competidor compatriota Conrado Niding, creador de la Cervecería Popular, pero también porque era la forma jurídica que mejor se adaptaba al creciente requerimiento de capitales y tecnología.
−En 1895, las tres mayores cervecerías locales se fusionaron por un acuerdo entre Conrado Niding, Friedrich Richling y Fiedrich Mux. Así nació una nueva empresa: Cervecería Uruguaya.

Instituto de Química Industrial, 1912.
Instituto de Química Industrial, primer carburante nacional
−El Instituto de Química Industrial, antecedente de ANCAP, fue fundado en 1912, por iniciativa del ministro Eduardo Acevedo Álvarez, a pedido del presidente José Batlle y Ordóñez. Su sede estaba en la antigua planta de la Cervecería Germania, en Capurro.
−El primer carburante nacional, basado en alcohol y biomasa, fue creado en la planta Capurro del Instituto de Química Industrial, en 1923, por un equipo liderado por los ingenieros Ángel Goslino  y José Cerdeira Alonso.
−Fue probado entre el 24 y 29 de diciembre en un recorrida de ida y vuelta entre Montevideo y Villa Colón, en el auto N° 2425, marca Renault, de José Batlle y Ordóñez, en el N° 7818, marca Buick, de Domingo Arena, en el N° 6624, marca Studebaker, de Axel Sundberg, y en el auto N° 5517, marca Ford, de Pablo María Minelli. El resultado de los ensayos fue “satisfactorio”, según todos los informes, pero nunca avanzó a la etapa de desarrollo.

Montevideo y su bahía, 1800.
Caserío de los Negros
En el amplio predio donde se cruzan las calles Capurro y Gutiérrez, en el último cuarto de siglo XVIII hubo un grupo de edificios conocido como “Caserío de los Negros”, para alojar a los esclavos que arribaban a Montevideo, por entonces puerto de distribución regional del tráfico que tenía como principales destinos a Buenos Aires, Mendoza, Córdoba, Santiago de Chile, Potosí, Lima.
—La historia comenzó en 1787, cuando era inminente la llegada del primer cargamento de la española Real Compañía de Filipinas, autorizada a transportar hacia América de cinco a seis mil negros por año. El Cabildo montevideano, por temor al contagio de las enfermedades que los desembarcados podrían transmitir en la ciudad, obligó al representante de la empresa a construir “habitación bastante para los negros, que se esperan y demás que sucesivamente vendrán a este puerto”.
—El sitio elegido para la cuarentena fue “la boca del arroyo Miguelete, hacia la parte del Cerro, que es el paraje que está a la costa del mar y se nombra Jesús María, distante de esta ciudad tres cuartos de legua, en cuyo puesto deberán permanecer precisamente como el más cómodo para ellos mismos y sin riesgo alguno para el público”. Si alguno de los esclavos moría, debía ser enterrado en ese lugar.
Montevideo industrial visto desde Capurro, 2015.
—El tráfico de esclavos aumentó en la etapa colonial, hasta 1800, para luego decaer. En 1802 las edificaciones se hallaban abandonadas y sufrieron saqueos, el robo de puertas y ventanas. En 1804 hubo una propuesta de arrendamiento como almacén de trigo, pero no se concretó por “haber sido habitada recientemente por negros enfermos”.
—En el primer periodo revolucionario, entre 1811 y 1814, sirvió como asiento de tropas de la guarnición de la ciudad. Mandado inspeccionar por el Cabildo oriental, en febrero de 1816, el estado era lamentable.
—En 1836, el genovés Giovanni Battista Capurro construyó el casco de su residencia familiar en el mismo sitio del caserío. Luego de su muerte, la quinta fue fraccionada y vendida, solo quedó la vivienda donde tuvieron su sede las escuelas públicas 47 y 108. Cuando la antigua residencia de los Capurro fue demolida, se construyó el actual, que a su alrededor presenta vestigios del edificio colonial.

Planta ALUR, Capurro, 2018.

Bernabé Caravia, la calle de tres siglos
Su primera denominación fue La Meca, un camino atravesado por la esclavitud, a calle fundacional de la industria uruguaya, espacio matriz de la generación de energía en el país, que en dos cuadras resume tres siglos de invenciones, innovaciones, emprendimientos memorable. Bernabé Caravia es la columna vertebral de un territorio de prioneros de la industria uruguaya, como las otras calles paralelas o que la cruzan: Doroteo Enciso (Del Puerto), Santiago Labandera (Norteamérica), Artilleros, Pasaje Industrial, Wenceslao Regules (De La Teja).

lunes, 22 de octubre de 2018

Alba Trejo, pionera en la investigación periodística de crímenes sexuales en Guatemala


Portada del espacio periodístico
de Alba Trejo en RelatoGT (2018).
Una voz en el "paraíso de los asesinos de mujeres"

–¡A ver, que hable la feminista! Que por su culpa la selección perdió el domingo –así, entre ironías y amenazas, comenzaba una reunión de redactores en El Periódico de Guatemala. –¡Sí machos, les voy a decir las cosas en la cara! La selección no perdió por mi culpa. ¡No me jodan! –respondió ella, sola, acosada por sus compañeros. Fue una mañana de lunes, al día siguiente de un partido decisivo de la Eliminatoria del Mundial 2006, que Ángel Sanabria, el mejor futbolista de la selección guatemalteca, había jugado “bajoneado” por una denuncia de violencia sexual. “Cuando me informaron que abusaba de una jovencita de doce años, fui muy meticulosa al confirmar la veracidad de la historia, también cuidé su privacidad, no publiqué el nombre del agresor”, evoca la periodista, pionera en la investigación de casos de femicidio en su país. –¡Por tu culpa, feminista, Sanabria jugó mal y quedamos fuera del Mundial! Te advertimos que no sacaras esa nota de mierda –insistieron los varones de la redacción. No le dirigieron palabra durante varias semanas. Hablaba ella, y era como si le hablara a una pared. Alba Trejo fue Comisionada Presidencial para el Femicidio (20082013) y desde 2016 es directora del Centro de Justicia, Seguridad y Gobernabilidad para mujeres (CEJUSGO), organización no gubernamental dedicada a la investigación y reflexión sobre casos de violencia contra la mujer y niñez, y a la protección de víctimas. Es licenciada en Comunicación Social, experta en seguridad comunitaria, inclusión de género, niñez y adolescencia, violencia contra la mujer y femicidio, redactora y contadora de historias en el portal RelatoGT.


La periodista, escritora, defensora
de los derechos humanos, fue
Comisionada Presidencial para
el Femicidio en Guatemala

hasta el 28 de febrero de 2013.
(ACAN EFE)
–¿Qué recuerdas de tu primera investigación en femicidio?
–Me llevó tres meses. Fue el caso de Odilín, una joven de veintiún años que apareció muerta en un hotel de Ciudad de Guatemala, desnuda, con un mensaje escrito en el cuerpo: “muerte a las perras”. Perra es prostituta. Fue en 2000, cuando las páginas policiales todavía procesaban esos hechos como un robo común o un accidente de tránsito. Tomé periódicos de ese año y el anterior. Armé una tabla de casos que tenían patrones similares: mujeres victimizadas con saña, tiradas en las carreteras u hoteles, desfiguradas, marcadas. Para contar esa historia fui todos lados: familia, amigas, universidad, discotecas, y a la morgue. Odilín fue secuestrada en la universidad. La violaron, la apuñalaron y la dejaron en la misma posición de una virgen que había cargado el día anterior en una procesión religiosa. Fue muy difícil sacarle datos a Doña Rosa, la mamá. Comencé pidiéndole que me mostrara un album. Así me fue contando de su bautismo, primera comunión, de sus cumpleaños, hasta que rompió en llanto. Doña Rosa estaba segura que su hija había muerto con un sufrimiento terrible, con un grito ahogado en la garganta.

–¿Quién o quiénes la asesinaron? ¿Por qué los signos y la posición de virgen?
–Creemos que fueron policías corruptos al servicio de un narcotraficante que la cortejaba. Unos días antes, había sido indagada por agentes que buscaban a ese delincuente que ella conocía, indudablemente. La chica colaboró, y le costó la vida. Los mensajes escritos en el cuerpo son usuales en el femicidio, y la dejaron en esa posición como una advertencia a su familia católica, para que no hablara. Nunca me había sentido tan cerca de la muerte, ni siquiera en investigaciones de secuestros extorsivos o de derechos humanos. Tuve miedo. Pasé dos meses con problemas para dormir, comiendo chocolate. El médico me indicó que parara.

–¿Abandonaste la investigación?
–Paré tres o cuatro meses, pero, luego de la publicación del caso Odilín, las asociaciones de mujeres hicieron un muy buen trabajo. Ellas me animaron a indagar otro asesinato: Claudina Vázquez. Una estudiante de veintiún años, recién egresada de secundaria que iba a estudiar leyes a España. Esa niña compartía una relación con alguien que podía matarla. Muchas veces llegó a su casa con lesiones en la boca y decía que eran aftas. Una noche salió a una fiesta, pero nunca volvió. El cuerpo apareció en la madrugada. Al principio, los agentes del Ministerio Público trataron de justificar su muerte calificándola de “marera”. Para aquellos machos, nostálgicos de la dictadura, la pobre chica no era una víctima: la acusaban de pandillera. El caso fue elevado a la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Su padre está seguro que fue asesinada por un ex novio. Es muy común en Guatemala que los novios se sientan propietarios de la vida de las chicas, y si un día ellas desean dejar la relación, las acosan, las intimidan e inclusive llegan a matarlas. Es parte de la mala cultura guatemalteca: el hombre se apropia de la mujer. La considera su objeto, se siente con derecho de hacer lo que le de la gana, y cree que ella no tiene derecho a vivir si no es de él.

–¿La violencia en la Guatemala democrática es distinta a la dictatorial?
–Mejoro un poco, pero el daño está hecho, por la represión, la guerra y los paramilitares. La violencia de género convive con la impunidad. La Policía Civil y el Ministerio Público, en la dictadura hacían el trabajo sucio: secuestros, asesinatos, torturas. Aquellos genocidas nunca actuarán dignamente en casos de femicidio, porque muchos de ellos son femicidas; llegaban cuatro o cinco horas después de los hechos o ensuciaban una escena de crimen. También había debilidad de la Fiscalía, que recibía los casos sucios y se lavaba las manos. Es verdad que la democracia trajo avances. Antes entraba una mujer al hospital, la curaban y se iba para la casa; ahora se investiga. El sistema de salud comenzó a sensibilizarse y se creó el Instituto de Ciencia Forense. Ahora tenemos una línea telefónica para la mujer: 110. Se crearon centros de protección con psicólogos, trabajadores sociales, funcionarios que comienzan a formarse. Hay jueces jóvenes con una nueva sensibilidad, pero persiste la complicidad ideológica de muchos policías represores. También hay mucha ignorancia: no saben manejar una escena del crimen.


–El impacto de tus investigaciones periodísticas, que demostraron un fuerte contenido sexista en la mayoría de las muertes violentas de tus compatriotas, te permitieron ser Comisionada Presidencial para el Femicidio en Guatemala, entre 2007 y 2013. ¿Cómo era aquella tarea?
–El seguimiento de casos, su evaluación y diagnóstico, con informes al Presidente de la República que luego señala las líneas de acción. Voy a cada casa, a cada juzgado, a cada hospital. Es mi trabajo. Recuerdo un caso patético. Un hombre denunció en una comisaría que su esposa acababa de ser asaltada; según su versión los ladrones le habían quitado el celular y luego la asesinaron. Pero la mujer no había muerto. “¿Señora qué le pasó”, le preguntaron los policías sorprendidos que fueron a buscar el cadáver. “Mi esposo intentó matarme con un desarmador (destornillador). Me hice la muerta para que dejara de atacarme”. La metió en una bolsa y la tiró en un basurero. Ella gritó y los vecinos salieron a auxiliarla. Si la mujer no se hacía la muerta nadie se daba cuenta del caso de femicidio; pasaba por un asalto.

–Guatemala tiene una Ley de Femicidio desde el año 2008 ¿Cómo fue creada?
–Se denomina oficialmente Decreto Ley 22/208 del Femicidio y otras formas de violencia contra la mujer. Era una necesidad humanitaria. Hubo un trabajo previo muy interesante, entre 2006 y 2007, en una Comisión para el Abordaje del Femicidio; también hubo informes de ONU, de Amnistía Internacional y de Human Right Watch, que favorecieron su aprobación. Fue una iniciativa de la sociedad civil, Fundación Sobrevivientes, Grupo Guatemalteco de Mujeres, Red de No Violencia contra la Mujer, Movimiento 8 de Marzo; en acuerdo con la Secretaría Presidencial de la Mujer y la Coordinadora Nacional para la Prevención de la Violencia Familiar y contra la Mujer, que representan al Estado. La norma fue sancionada en abril y promulgada en mayo, con respaldo de la primera dama Sandra Torres de Colom. Antes de la Ley, muchos hombres se jactaban de haber matado a su mujer. Nadie interrogaba al marido o al novio. Aparecía un víctima y nadie era culpable. En el Código Penal existía la tipificación por lesiones leves o graves, pero de hecho había muy pocos procesamientos y menos condenas por violencia de género. Ahora los jueces deben observar cada caso y si entra en la categoría de femicidio, es un agravamiento del homicidio, que puede llevar al culpable a veinticinco a treinta años de cárcel sin derecho al acortamiento de penas, ni medidas sustitutivas, ni fianza. Solo tres países hispanoamericanos penalizan el femicidio: España, México y Guatemala.

–¿Hay algo personal en tu lucha contra la violencia familiar?
–Crecí en un hogar donde mi papá se ponía botas con punta de metal para meter a patadas debajo de la cama a mi mamá. Mi primera infancia me la pasé viendo a mi mamá con los ojos morados o algún hueso roto. Cuando fui señorita, comenzó a golpearme a mí y también a mi hermano menor. Nos zurraba ¡horrible, horrible! Estuviera borracho, o no. Siempre que tenía algún problema o estaba de mal humor, hasta sin motivo aparente, llegaba derechito a golpearnos. Siempre le digo a mi mamá cómo fue que no la mató. No soporto que la gente pueda vivir así. Mi padre fue asesinado hace doce años, en un episodio violento, en una carretera de las afueras de Guatemala. Lo mataron a él y a un tío.

–¿Lo lloraste?
–No lo lloré, pero sentí su muerte, porque a pesar de todo lo que me hizo, a su manera me quería y luchó para que hiciera una carrera universitaria. Trabajaba mucho. Reconocerlo me causa un sentimiento inexplicable. Sé que no está bien separar las cosas. Mi papá era malo con nosotros, porque en mi casa había mucha violencia; algo dolorosamente normal en tantos hogares guatemaltecos. Así crecen nuestras niñas y nuestros niños, viendo como el macho castiga a su mujer y a sus hijos. A mi hermano le pegó hasta que cumplió los catorce años, luego no lo tocó más. Y cuando mi hermano se puso los pantalones largos, y se enojaba con la golpiza que sufrían las mujeres de la casa; no tocó más a nadie. Cuando veo a mi mamá pienso en las mujeres guatemaltecas y me digo: pobrecitas nosotras. Ella es como muchas, que sus padres vendieron a una tía que la crió. Así conoció al único hombre de su vida; que ella necesitaba para fugar de aquella casa. Pero se metió en algo peor. Detrás de su vulnerabilidad, es una mujer heroica que lo soportó todo, sin una queja. Se llama Soledad y es un amor.


La viuda
–Alba Trejo es licenciada en Comunicación Social por la Universidad San Carlos de Ciudad de Guatemala, graduada en 1993, al año siguiente ingresó a la agencia ACAN EFE y al equipo de investigación del diario Siglo XXI, dirigido por una celebridad de la prensa guatemalteca: José Rubén Zamora. Sus temas: corrupción, derechos humanos, narcotráfico. En 2000 pasó a El Periódico de Guatemala, por entonces recién fundado por Zamora. “Fue una verdadera revolución en el país, porque denunciaba algo que todos sabíamos, pero que nadie decía: el gobierno apenas gobernaba en los papeles, porque el poder estaba en manos de los paramilitares y de los grupos económicos que los utilizaban.” Ese mismo año inició sus investigaciones sobre casos de femicidio que le dieron fama de “bicha rara” entre sus colegas, por lo inusual del tema y su abordaje.
–El 1 de setiembre de 2008 asumió como Comisionada Presidencial para el Femicidio en Guatemala, un puesto estratégico para los derechos humanos en su país, que ocupó hasta el 28 de febrero de 2013.
Es experta en comunicación vinculada con seguridad comunitaria, inclusión de género, niñez y adolescencia, violencia contra la mujer y femicidio. Ha obtenido reconocimiento de Excelencia al Periodismo de Isis Internacional por su trabajo Mujeres bajo la sombra de la muerte, también obtuvo reconocimiento por la Cruz Roja Internacional con el tema Los hijos que la guerra arrebató. También fue reconocida con Mención de Honor por el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia, por La historia de Michael, un niño de la calle.
En la actualidad es directora del Centro de Justicia, Seguridad y Gobernabilidad para mujeres, niñez y adolescentes (CEJUSGO), organización no gubernamental dedicada a la investigación y reflexión sobre casos de violencia contra la mujer y niñez, y a la protección de víctimas, coordinadora del Proyecto Sociedades Saludables, redactora y contadora de historias en el portal Relato.gt.
–Alba es una joven viuda de cuarenta y cuatro  años, con dos hijas. El 27 de junio de 2008, su esposo sufrió una muerte que conmovió a la opinión pública guatemalteca y centroamericana. El helicóptero que lo trasladaba desde Tikal a Ciudad de Guatemala, chocó misteriosamente contra una montaña. Era Vinicio Gómez, de cuarenta y seis años, ministro de Gobernación, responsable de la represión contra el narcotráfico y jefe de los operativos de detención de “extraditables” mexicanos refugiados en su país. Su muerte es investigada por el Ministerio Público guatemalteco y por un cuerpo especializado del gobierno español pero hasta la fecha el caso judicial no está resuelto.

Renuncia por acoso
–A principios de 2013 Alba Trejo explicaba a la BBC de Londres por qué renunció al cargo de Comisionada Presidencial para el Femicidio: "por motivos de seguridad", afirmaba por entonces. Más de cinco años después todavía sufre el acoso de desconocidos que merodean su casa. "Tengo familia y mis hijas solo a mí me tienen. Cuando fui comisionada se realizaba un promedio de 1200 capturas de agresores y más de cien de feminicidas", asegura.

Femicidio, feminicidio
–Son dos conceptos nuevos, en construcción. Pueden considerarse complementarios, porque ambos explican el homicidio de mujeres como resultado de la violencia de género. Son neologismos, aceptados hace poco tiempo por la Real Academia Española.
–El término femicidio fue utilizado por la escritora estadounidense Carol Orlock en 1974 e interpretado dos años después por las teórica feminista británica Diana Russell, ante el Tribunal Internacional de Crímenes contra Mujeres, en Bruselas, durante el proceso legal de un asesinato misógino.
–Desde entonces la idea es utilizada en conferencias, seminarios y en la literatura académica y de divulgación de las ciencias sociales. Mary Anne Warren, en 1985, publicó el libro Gendercide: The Implications of sex selection. En 1990 fue conocida la obra Femicide. The politics of woman killing, escrita por Diana Russell y Jill Radford, que aporta una difinición: “femicidio es el asesinato de mujeres cometido por hombres, motivado por odio, desprecio placer o un sentido de propiedad”.
–Ambas nociones originales (feminicide, gendercide, en inglés) fueron castellanizadas por la antropóloga mexicana Marcela Lagarde y de los Ríos, luego de un largo debate, aunque para algunos autores también puede ser genericidio.
–El término homicidio deriva del latín hom, que significa hombre, y por extensión tradicionalmente era utilizado como genérico. Pero Russel marca la diferencia con el femicidio, y critica a quienes tratan como sinónimos a dos conceptos distintos. En 1992 afirmaba que “femicidio es el asesinato misógino de mujeres por hombres”.
–Feminicido es el conjunto de hechos de lesa humanidad que conforman crímenes contra mujeres. “Es el corolario de la cadena de violencia que deben enfrentar diariamente las mujeres y que es la más cruel manifestación de una sociedad machista”, asegura Legarde y de los Ríos, una “feminista utópica”, como ella misma se define, presidenta de la Comisión Especial de Feminicido en México.

Paraíso de asesinos
–El 5 de mayo de 2006, la cadena británica BBC estrenó en Londres un documental de casi una hora que narraba varios de los casi setescientos casos de mujeres asesinadas el año anterior en la nación centroamericana.
Guatemala, paraíso de los asesinos, dirigido por Fiselle Portnier, fue presentado como un alegato contra la impunidad. “Fue el primer paso hacia un esbozo de cambio de mentalidad en nuestra sociedad, tan machista: yo violo, yo maltrato, yo asesino, y no me pasa nada. Cuando se sintieron denunciados internacionalmente, justamente denunciados, recién en ese momento los gobernantes de mi país comenzaron a interesarse seriamente en el femicidio”, recuerda Alba Trejo.

El primero
–“Perra, puta”, “Sos una basura, no servís para nada”, fueron los insultos que durante tres años sufrió Vilma Angélica de su marido. Cansada de los golpes, las amenazas y luego varios intentos de asesinato, lo denunció el año pasado, pero, el hombre no dejaba de acosarla. Hasta que una tarde la atacó en una calle cerca de su casa, ante los gritos de sus hijos y la mirada de los vecinos. Era la última vez. A fines de 2015, el victimario fue detenido por la Policía Civil y acusado por el Ministerio Público, de acuerdo a la Ley del Femicidio y otras formas de violencia contra la mujer.
Calixto Cun fue sentenciado por un tribunal, integrado por dos mujeres y un hombre, a cumplir cinco años de penitenciaría, aunque el Ministerio Público había solicitado la pena de veinte años por tratarse también de intento de homicidio. La primera sentencia en un caso de femicidio en la historia de Guatemala, fue conocida el 19 de febrero de 2008.
“Además de un acto de plena justicia, fue un mensaje a los hombres de este país, porque ya no pueden golpear a una mujer y quedarse tranquilos. Esta condena también estimula a las guatemaltecas a denunciar las agresiones tanto físicas, como económicas y psicológicas”, afirmaba Alba Trejo, que reveló el caso pese a la resistencia de la dirección de El Periódico.

María Isabel
–Rosa Franco no podía creerlo cuando vio el noticiero el 18 de diciembre de 2001. La joven que aparecía en las imágenes boca abajo en un baldío del barrio San Cristóbal era su hija. La reconoció por su ropa. El informe forense señaló después que había sido violada; le destrozaron el cráneo, le ataron los pies con un alambre de púas y tenía señales de haber sido estrangulada. María Isabel Veliz tenía quince años. Había conseguido su primer empleo en una boutique del centro de Ciudad de Guatemala y soñaba con ser aviadora.
“A la niña le gustaba vacilar (divertirse), como a toda muchachita. Una mañana pasó por un salón de belleza a pintarse el pelo. Se subió a un auto y nunca más fue vista con vida. Horas después fue encontrada con la toalla de la peluquería enrollada y el pelo colorado. Le hicieron cualquier cosa. La torturaron, la quemaron con cigarrillos en todo el cuerpo, le pusieron una bolsa en la boca. Tomamos el caso con mucha reserva. Ella estuvo saliendo con el hermano de un extraditable por narcotráfico. Pensamos que tenía su noviecito por allí y a un hampón no se le hace eso”, evoca Alba Trejo.

Yo no fui
“En la Navidad de 2007 un hombre ingresó a la casa de su ex mujer, que lo había denunciado por violencia familiar. Tenía medidas cautelares, un juez le había prohibido acercarse a ella a menos de trescientos metros. Saltó el portón y la apuñaló hasta la muerte. También mató a la hija de ambos y atacó a cuchilladas a un hijo que dejó casi sin una pierna. La hijastra se salvó porque pudo encerrarse en un dormitorio. El atacante salió de la casa con el cuchillo lleno de sangre y comenzó a dar vueltas por el barrio, con el carro. La policía lo capturó un rato después. En su primera declaración dijo que la mató porque era su esposa y le pertenecía, pero luego negó la autoría de las muertes.”

Norma Cruza, creadora de la Fundación
Sobrevivientes, emblema de los
derechos humanos en Guatemala.
Norma
–Su Fundación Sobrevivientes es un emblema de la defensa de los derechos humanos en Guatemala. Es una mujer admirable y admirada, que cada día vive en contacto con la violencia intrafamiliar, sexual, psicológica y asiste a familiares de las víctimas de femicidio. La organización atiende por lo menos a cinco mil personas al año y ha logrado condenas de cárcel contra femicidas. “Es mucho el sufrimiento de las guatemaltecas, la mayoría niñas, adolescentes, jóvenes. Hay depresión, intentos suicidas, cóleras, desconfianza, sentimientos de culpa. Es muy difícil la aplicación de la justicia en un país donde predomina una cultura de impunidad machista”, afirmaba Norma Cruz, en entrevista concedida a Alba Trejo.

10.000
–“Una mujer de veintitres años sale a su trabajo en una cebichería, pero nunca regresa a su casa. Fue encontrada en una carretera, desfigurada por los golpes y quemada. Tenía un niño de dos años, otro de siete y la mayorcita de once. Ella fue hasta el lugar donde hallaron el cuerpo de su mamá, pero no la reconoció porque estaba desnuda. La niña volvió a su casa muy contenta, porque creyó que aquella no era su madre. ¿Qué pasó después? La mama fue enterrada, y ya. ¿Y los niños? La grande vive con su navaja en la mochila de la escuela, el del medio quedó mudo y el pequeño todavía habla como si ella estuviera viva. Se mira en el espejo y se pregunta: ¿Mami estoy guapo? En Guatemala hay muchos más de diez mi hijos del femicidio.”

“Ni te molestes”
–Muchas guatemaltecas se dedican a la venta y explotación sexual de niños y niñas. Ellas los traen engañados desde Nicaragua, Honduras, El Salvador. Les prometen trabajos y oportunidades de estudio y luego los esclavizan en casas de prostitución o los envían a otros países. Esas mujeres pertenecen a una red de crimen organizado. Cuando ya no sirven son asesinadas, así se suman a los casos de femicidio.
La explotación de niños es el segundo negocio ilegal del mundo, luego de la venta de armas. Hubo un caso muy conocido en Guatemala. La madre de una niña desaparecida recibió un mensaje en su teléfono: “Ni te molestes en buscarla, porque es una bella diosa.” La niña de once años iba a ser enviada a la China, pero pudo escaparse y denunció que había policías en el negocio.

800
–Es la cifra de guatemaltecas ejecutadas en 2017 en casos que la legislación de ese país tipifica como femicidio. Todas son víctimas potenciales: estudiantes, amas de casa, profesionales, trabajadoras de maquilas, empleadas de comercio, entre los trece y sesenta y cinco años. “Un drama humanitario solo explicable por el sexismo, por el desprecio del género mujer, por la apropiación de su vida por el macho que la somete”, afirma la periodista de investigación Alba Trejo.

Mayas
–“El ancestral machismo indígena se manifiesta en prohibiciones: la mujer no sale sola de casa, no puede estudiar, sólo debe obedecer. Pero no hay casos de femicidio. Ellos se rigen por leyes tribales propias. Por ejemplo, una mujer que deja a su esposo sufre el corte público del cabello, que es lo más sagrado que ella tiene; porque el cabello largo está ligado con la sexualidad. La rapan, pueden darle latigazos en algunos casos de adulterio, pero no matarla. El femicidio es un mal de la ciudad.”

miércoles, 11 de julio de 2018

Niko Schvarz evoca la noche del 9 de julio de 1973, cuando más de cien periodistas y trabajadores del diario El Popular fueron sometidos a “una lógica de ocupación militar”

Cuatro horas después de las cinco

A las puertas de El Popular a las cinco en punto.
–¡Preparen! ¡Apunten...! –fue la orden de uno de los oficiales a cargo del asalto contra el Palacio Lapido. La tropa obedeció, sin dudarlo: cargó sus fusiles para dispararle a veinte trabajadoras detenidas.
–¡Bajen armas! ¡Lleven a las prisioneras al camión...! –fue la contraorden del mismo jefe, luego de un silencio estremecedor que duró segundos infinitos.
“No sé cuánto tiempo fue, ¡quedé inconsciente, con la mente en blanco! Nos quedamos ahí, quietas, esperando los disparos. Es verdad lo que se dice: cuando estás en el paredón el terror te recorre el cuerpo. Lo primero que sentí fue asombro, ¿por qué a nosotras? ¿por qué iban a ejecutar a compañeras embarazadas; muy jóvenes algunas, muy mayores otras. ¿Por qué iba a morir a los veintitrés años, ¡cuánta cosa en mi vida no iba a poder ser!”, evoca Ivonne Leconte, trabajadora de El Popular, testigo y víctima de aquel simulacro de ejecución en plena calle Río Branco, a pocos metros de la planta baja que ahora ocupa la Sala Nelly Goitiño.

Sobre la base de entrevistas realizadas para el libro "Sin Preguntas, crónicas del periodismo (no tan) reciente". Fotos de Aurelio González y otros archivos.

A las 5 de la tarde
–Aquel 9 de julio de 1973, a la hora señalada, estaba en el centro de la barahúnda: el segundo piso del Palacio Lapido, en la redacción de El Popular. La huelga general que resistió el golpe de Estado llevaba doce días y se había convocado a una movilización, y pasar a una nueva etapa de la resistencia con un cambio en la estrategia. Habrá que recordar siempre a Ruben Castillo, quien con un muy original recurso radial anunció la concentración leyendo el poema A las cinco de la tarde de Federico García Lorca. Una lectura inolvidable, que todavía retengo, hasta con sus tonos, como si Ruben continuara diciéndolo. Aquel estribillo, repetido, una y otra vez, fue la primera información periodística sobre la resistencia contra el golpe, con un contenido muy rico, pese a su simpleza aparente. Fue una notable utilización del recurso de la elipsis.
–A las cinco menos cinco de la tarde, 18 de Julio y Río Branco estaba como todos los días: recuerdo a una señora con la hija mirando zapatos en una vidriera, frente por frente a nuestro balcón. Tanta tranquilidad nos preocupó, y lo comentamos con los compañeros de la redacción, porque parecía que la movilización iba a fracasar. En la esquina estaba la aerolínea estadounidense Panam, donde ahora hay un café; del otro lado, sobre la misma acera, la Casa Soler. Todo era paz beatífica, hasta que faltando un minuto para las 17.00, comenzó a llegar la gente. Fue algo conmovedor,  extraordinario, ¡cinematográfico! La multitud comenzó a concentrarse desde El Entrevero hasta casi la Plaza Independencia. En menos de un minuto, aquella avenida en blanco y negro tomó todos los colores de la gente, a tal punto que un trolebus quedó trabado frente a Soler, en medio de la marea humana. Nunca hubo en el país una concentración como aquella, por su forma espontánea. Las columnas de manifestantes pasaban frente al diario, porque esa esquina fue el epicentro. Nos saludaba con el puño en alto, gritando consignas: ¡Viva la Democracia! ¡Viva la Libertad!  ¡Abajo el golpe! ¡Abajo la dictadura!  Eran cientos, miles, de carteles improvisados, hechos con lo que se pudiera. Aquel clima de resistencia era muy tentador para que bajáramos a la calle, pero teníamos claro que la prioridad era mantener la ocupación para no hipotecar la continuidad del diario. ¡No íbamos a autoclausurarnos!

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A las 9 de la noche
–Al poco rato, no más de media hora, llegaron las fuerzas de represión, primero a caballo, para repartir sablazos, después los roperos lanza aguas y los lanza gases. El objetivo era sacar a los manifestantes de 18 de Julio, tirarlos para afuera de la avenida. La violencia fue tremenda, porque lanzaban sus caballos y pegaban garrotazos y sablazos de plano; pero la multitud volvía, resistía en forma activa pero pacífica Cuando comenzó a oscurecer aparecieron los carros blindados y las tanquetas militares. Cientos de manifestantes se resguardaron en la galería del Palacio Lapido, muchos subieron al segundo piso, donde estaba El Popular. En minutos tuvimos una multitud en el corredor. El diario tenía la redacción con frente a 18 de Julio y  la administración hacia Río Branco. Como subdirector debí tomar una decisión: salvar a la gente de aquella trampa. Los fuimos sacando como pudimos, hasta que a las nueve de la noche comenzó la catástrofe. Cuando los alrededores ya estaban vacíos, llegó una tanqueta que con unas cadenas arrancó la puerta exterior de hierro que daba a Río Branco, donde estaba la expedición de diarios. Cuando nos dimos cuenta que el diario iba a ser ocupado, dos compañeros, Tito (José Jorge) Martínez y Rodolfo Porley, salieron a un balcón para negociar que entraran sin tirar; porque no íbamos a resistir. La respuesta fue ráfagas de metralla y gases. No había un mando visible, sólo fascistas vestidos de civil, con brazaletes blancos. Eran de la Juventud Uruguaya de  Pie (JUP) que señalaban los puntos de ingreso al diario. Cuando vimos venir el ataque, la consigna fue quedar cada uno en su puesto de trabajo. Estábamos todos, sólo faltaba El Gallego (Aurelio González) que se había escapado al primer piso para esconder los negativos de las fotos de la manifestación y la represión. Con los ojos irritados por los gases, vimos entrar a los pelotones armados a guerra. ¡Parecían extraterrestres, con aquellas máscaras!

Lógica de ocupación
A la redacción se entraba por una puerta giratoria ubicada entre dos grandes columnas de mármol. Nos ocuparon gritando cosas que no se comprendían, excitados como si estuvieran en combate, tirando ráfagas de metralla y disparos de fusil contra lo que tuvieran enfrente: paredes, cuadros, escritorios, máquinas de escribir, paquetes de diarios. ¡Arrasaron con todo! Por instinto, nos tiramos al piso con las manos en la nuca. Un creyente dirá que aquella tarde hubo un milagro, porque no hubo heridos aunque las balas nos pasaban cerca. Recuerdo dos escenas tremendas. Entre la nube de gas apareció un oficial de botas muy altas, que caminaba por arriba de varios compañeros. Cuando vio a una muchachita embarazada, le pisó la barriga de seis o siete meses. ¡Repugnados, indignados, quedamos en silencio! La otra fue la del hijo del compañero Damián Pereira, empleado de la administración, un chiquito de no más de ocho años. El oficial le ordenó que levantara las manos. Aquella fue la imagen más parecida que vi en mi vida de la famosa foto de un niño del Ghetto de Varsovia llevado por los nazis. “Tropa, duro contra estos comunistas que andan matando milicos. ¡Son nuestros enemigos!”, fue su arenga.¡Pero ninguno de nosotros reaccionó!
La orden fue bajarnos por las escaleras. Una cantidad de soldados nos esperaban en los rellanos, para pegarnos cuando pasábamos por lo que se había transformado en un desfiladero. Los más ágiles más o menos se salvaron de los golpes, pero uno de nuestros fotógrafos, Ernesto Bonino, quedó con el rostro desfigurado y sangrando de tanto que le dieron. En la planta baja nos llevaron por el pasadizo de Expedición. Nos sacaron por la abertura de la puerta de Río Branco que habían derribado con la tanqueta. Éramos poco más de cien de periodistas y trabajadores de El Popular hechos prisioneros. Después supimos que el sadismo del ataque llegó el límite impensado de un simulacro de fusilamiento que sufrieron compañeras en la planta baja del Palacio Lapido.
Los golpes siguieron en las escaleras de la Jefatura. Recuerdo al Vasco Urruzola, ya veterano soportando una paliza sin darles el gusto de quejarse, en digno silencio. Nos ficharon y desde allí nos llevaron al Cilindro, transformado en un centro de detención política. En la entrada al estadio había una multitud de detenidos. Cuando fuimos llegando, hubo ovaciones y vivas a El Popular. Mientras aguardábamos el ingreso, nos pusieron de cara contra la pared, con los brazos arriba y las piernas bien abiertas.

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Periodistas en el Cilindro
–Detenido de camisa azul, ¡dése vuelta! –fue la orden que recibió Niko Schvarz, mientras era cacheado por la guardia en la puerta del estadio municipal. Al sentirse señalado, obedeció sin palabras, ni gestos. Cuando giró, supo quien era el oficial que le había gritado.
Hola Niko cómo estás? –lo saludó con una sonrisa Eduardo Tellechea, agente de Inteligencia y Enlace dedicado a la vigilancia de los sindicatos.
–Aquí nos ve comisario, jodidos, pero a usted le va muy bien –respondió Schvarz con ironía.
Ambos se conocían desde 1964, cuando el policía persiguió y atacó a balazos al fotógrafo Aurelio González, en la esquina de 18 de Julio y Río Branco, en medio de una manifestación contra el golpe de Estado en Brasil. Tellechea fue registrado en fotos de la represión, cuando le apuntaba con su arma a jóvenes tirados en el piso, como si fuera a ejecutarlos. Esa misma tarde fue a buscar al Gallego y su cámara, pistola en mano. “Lo persiguió en la puerta de El Popular y le disparó casi a quemarropa, pero Aurelio era un gato. Le sacó una foto, y se escondió entre dos autos. Así se escapó”, recuerda Schvarz. El caso fue denunciado por la Asociación de la Prensa, hubo un paro general y una investigación. En uno de los careos se enfrentó con Tellechea. “Aquella mañana del 10 de julio, nueve años después,  me reconoció entre cientos de detenidos; fue un saludo hipócrita, que le respondí con cinismo.”
–Como la reclusión en el Cilindro pintaba para largo, nos organizamos. Lo primero fue armar la red de contactos con el exterior, para las visitas. No hubo apremios ni interrogatorios, pero sí mucha incomodidad. Éramos una multitud, dormíamos apretados en colchones tirados en la cancha. Nunca nos faltó visitas: compañeros del partido y del Frente, dirigentes sindicales y sociales, familiares y amigos. Nunca faltaba Aurelio, que recolectaba bolsas de frutas y verduras y las llevaba cargándolas al hombro. Aquello terminó siendo una romería.
Una noche me mandó llamar Tellechea a su oficina para decirme: “Niko, qué cagada, cayó la cúpula del partido en una casa de la calle Las Heras, al costado del Clínicas.” ¡Yo, calladito! Pero continuó: “Estaban reunidos en lo de un médico famoso de ustedes, ¿cómo se llama?” Como no me sacó palabra, me mandó de vuelta a la cancha. Al rato supimos que era verdad, habían sido detenidos en la casa de Orestes Fiandra, cardiólogo notable y compañero leal. Me tuvieron dos semanas encerrado en el Cilindro. Tito Martínez, el otro subdirector de El Popular, y yo, fuimos los que quedamos más tiempo.
–El retorno al diario fue dramático. Todo estaba destruido: redacción, administración, sala de rotativas. Allí estaban las señas de una ocupación militar: destrozos, inundación, incendios. La recuperación se realizó en dos meses, por el trabajo solidario de compañeros de UTE, OSE, ANCAP, de la construcción, de muchos sindicatos y muchos voluntarios. Reabrimos el 12 de julio.

Aurelio frente al Palacio Lapido, 2009.
Aurelio boca a boca
En la mañana del 28 de junio me citaron como redactor responsable de El Popular para una reunión con el coronel Néstor Bolentini, primer ministro de Interior del régimen. Nos informó sobre el decreto que prohibía atribuirle intenciones dictatoriales al golpe, sobre el que genialmente ironizó Marcha con aquel título: “No es dictadura.” Conmigo estaba Daniel Rodríguez Larreta, de El País, a quien también le informaron que tampoco se podía nombrar la huelga general. Nuestro diario no salió en esos doce días, pero tuvimos al más eficiente informador boca a boca: Aurelio González. Ni bien comenzó la huelga se nos ocurrió con El Gallego, que había que recorrer las ocupaciones. Nadie mejor que él, que era conocido en todos los sindicatos. No lo pudimos publicar las fotos, pero quedó un archivo memorable, y a partir de la presencia de Aurelio se armó la información ‘boca a boca’. El primer sitio que visitó fue una fábrica de vidrio de La Teja. Su frase de introducción con los trabajadores merece el mejor recuerdo: “Venimos a solidarizarnos y a saber cómo están, para contarlo en cada una de las ocupaciones, porque no lo podemos publicar.” Me acuerdo de una reunión en la Facultad de Medicina, cuando Aurelio dio la noticia más impactante de aquellas dos semanas: “La llama de la refinería de La Teja fue apagada. Pasen por allí, si quieren ver trabajadores comprometidos con la democracia y la libertad.”. Nunca más se repitió un acontecimiento similar. Conozco al militante que dirigió el operativo, utilizando cadenas de hierro para apagar una llama siempre presente Fue un episodio conmovedor, y un símbolo de respeto por una democracia que se había apagado.

Censura
–En su primera etapa la dictadura utilizaba mecanismos represivos similares a los utilizados en los regímenes de Terra y el Pachecato. Antes de la salida del diario iban a buscar muestras de la edición para llevarlas a la Jefatura. Te devolvían el ejemplar tachado, y sin mucho tiempo para cambios. Así salían pedazos enteros en blanco. En aquel momento todavía no era usual la censura al pie de imprenta, como la que sufrieron los semanarios en la década de 1980, pero tenían una forma muy eficiente de perjudicarnos: retrasar la devolución de las muestras censuradas para que perdiéramos el interior. El Popular tiraba 12.000 ejemplares y tenía muchos lectores fuera de Montevideo. Los ejemplares eran enviados en la ONDA que salía a las 3.30, pero en ese período nunca llegamos. Éramos los últimos en recibir la autorización para imprimir. A fines de agosto resolvimos hablar en Jefatura para que la censura fuera más ágil. Me designaron a mí, como subdirector. Cuando fui a ver al responsable, me llevaron a una celda oscura en un piso alto, donde me dejaron aislado por horas. De esa noche recuerdo una escena emocionante. Al lado de mi pieza estaban interrogando a dos jovencitos. En eso un policía que me vigilaba, me dijo: “¡Escuche, escuche!” Se escuchaba al interrogador diciéndole a los detenidos: “Los agarramos con pinceles y tachos de pintura en la mano, y me dicen que no fueron ustedes los de las pintadas.’”¡Los gurises se portaron bárbaro! Finalmente me soltaron luego de una gestión de la Asociación de la Prensa, pero la dirección del diario entendió que debía irme del país.

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De golpe en golpe
En la madrugada del 27 de junio de 1973 estaba en el Palacio Legislativo, como cronista legislativo acreditado. Me quedé un buen rato en el despacho del Nato (Enrique) Rodríguez, en la Cámara de Senadores, escuchando una conversación con Eduardo Víctor Haedo que hubiese merecido quedar en la historia. Cuando Haedo se fue, llegó Luis Hierro Gambardella, otra personalidad riquísima que merece mi recuerdo respetuoso, personal, político, intelectual. Batllista, batllista, ¡de verdad! Don Luis nos contó la mala noticia: “Bordaberry firmó el decreto de disolución del Parlamento.” Enseguida comenzó la famosa sesión final, presidida por Lalo (Eduardo) Paz Aguirre. Sobre los discursos se habló mucho, pero por afinidad política  y personal me quedo con una frase del Ñato Rodríguez: “Compatriotas, ¡es verdad!, estamos en dictadura.” La sesión terminó a las cuatro de la mañana, dos horas antes de la ocupación militar del Parlamento.
–El 5 de setiembre de 1973 llegué a Santiago de Chile, como corresponsal de El Popular ante el gobierno de Salvador Allende. Mi tarea era contar todo lo que pasaba en ese momento previo al golpe militar. Por entonces, la censura uruguaya no se ocupaba de las páginas internacionales. En la noche del 10 escribí un artículo para el diario comunista El Siglo, que comenzaba así: “El golpe de Estado pende sobre la cabeza de los chilenos como una espada que cuelga de un hilo finísimo. Es posible que cuando salgan estas líneas, el hilo se haya cortado.”  Nunca fue publicado. En la madrugada del 11 comenzó a sonar una marcha militar en la radio de la redacción. Lo vimos todo desde allí, porque el periódico quedaba en la calle Lord Cocker, muy cerca del Palacio de La Moneda. A la mañana siguiente me fui a Buenos Aires. Mis amigos siempre dicen que yo iba llevando los golpes a cada país donde me exiliaba. El Popular fue clausurado por 60 días a fines de setiembre, justamente, por un informe sobre la dictadura de Pinochet, cuando la censura llegó también a la sección internacionales. Luego de la última reapertura, el diario sólo duró ocho números. Fue cerrado definitivamente el 16 de noviembre de 1973.

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Informaciones Uruguayas
En diciembre de 1973 creamos la Asociación de Uruguayos en Argentina. Al principio éramos todos frenteamplistas, Zelmar (Michelini), Reynaldo Gargajo, José Díaz, Alberto Pérez Pérez, Oscar Maggiolo, Julio D’Elía sobrino de Pepe. pero enseguida se sumó el Toba (Héctor) Gutiérrez Ruíz y exiliados de todos los pelos. En nuestras primeras reuniones, realizadas en un apartamento de Maggiolo, en el centro de Buenos Aires, decidimos sacar un boletín que llamamos Informaciones Uruguayas. Allí proponíamos los temas y luego me reunía con el Toba, que era el otro coordinador de la publicación, en una confitería de Lavalle y 9 de Julio. Nos veíamos una vez a la semana, muy temprano, a las 7 de la mañana. En la reunión grande me daban los artículos, que luego leíamos y editábamos con el Toba, para darle formato periodístico, si era necesario. Luego me iba a la Casa del Partido Comunista, que quedaba en Entre Ríos 1032, donde nos picaban las matrices. Cuando quedaban prontas, se las llevaba a José Díaz, que era abogad de varios sindicatos argentinos. Así consiguió que los tabacaleros nos imprimieran el boletín en un local que tenían en las afueras de Buenos Aires. Con el Toba también nos encargábamos de la distribución, que estaba organizada por sectores políticos, sociales y gremiales, y por destinos. El Toba era nuestro canilludo, el jefe de los distribuidores, que tenía su centro de distribución en su verdulería.

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El Popular
Fue un nombre decidido en referéndum interno que organizó el Ñato (Enrique Rodríguez) para un hijo directo y legítimo del XVI Congreso del PCU realizado en 1955. En aquel momento se resolvió crear un diario completo, lo más profesionalizado posible, no limitado a lo político, sindical y cultural. Fue interesante, para nosotros novedosa,  la incorporación de una página deportiva, encargada a Carlos Reyes Daglio, con pronósticos de turf de Davino, un burrero casi infalible que además era corrector.
–Fui secretario de la primera redacción de El Popular, dirigida por Eduardo Viera y Enrique Rodríguez, luego estuvo Tito Martínez, con jefes de página de mucho peso: Máximo Jablonka, Ismael Weinberger, Anelo Hernández. Funcionaba en Uruguay 1763, donde también fueron editados, el semanario Justicia coordinado por Alberto Suárez y Rosita Dubinlki, que luego fue Justicia Diaria que salía todos los días menos los viernes. Ambos se imprimieron en una máquina plana de la imprenta de Lucio Callero  en Paysandú 1236.
El primer número de El Popular salió el 1 de febrero de 1957, pero la fecha prevista era el 25 de enero. Habíamos acondicionado un local de Justicia 1982, entre Miguelete y Martín García, a la vuelta de la cárcel, para instalar una rotativa comprada al diario Acción de Luis Batlle Berres que se portó muy bien. El responsable de la impresión era Guillermo Israel, que la madrugada del 25 apretó el botón de la máquina, ¡pero no funcionó! En medio de un clima de tragedia, se envió un comunicado a todos los medios de prensa que anunciaba una nueva fecha de salida.
A la tarde siguiente hubo una reunión en lo de Jesualdo (Sosa), un apartamento en la calle Miguel Barreiro, a una cuadra y media de la rambla. Lo recuerdo dándonos ánimo y tratando de organizar las discusiones, con su esposa María del Carmen. La dirección del Partido, con (Rodney) Arismendi  la cabeza, presionaba para que se cumpliera la fecha anunciada. Hubo que aceptar la orden, pese a los riesgos. Jesualdo transformó un clima de tensión en risas y carcajadas, ¡así como era él!
–Aquel 31 de enero inolvidable, previo al debut, hubo mucha gente en la redacción, todos daban instrucciones, ¡un caos! Se armó el plomo, se hicieron las páginas y nos fuimos a la imprenta. Cuando Israel apretó el botón, hubo segundos de temores y emociones, ¡pero anduvo! Se utilizaron muchos artículos que habían quedado del ejemplar que nunca salió y se editaron nuevos, hasta una columna de Jesualdo narrando nuestra peripecia. ¡Fue desopilante!

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La cogida y la muerte
Ruben Castillo con Carlos Solé. 
Llanto por Ignacio Sánchez Mejía, herido en la arena de Manzanarez en 1934
Federico García Lorca

A las cinco de la tarde.
Eran las cinco en punto de la tarde. 
Un niño trajo la blanca sábana 
a las cinco de la tarde. 
Una espuerta de cal ya prevenida 
a las cinco de la tarde. 
Lo demás era muerte y sólo muerte 
a las cinco de la tarde. 

El viento se llevó los algodones 
a las cinco de la tarde. 
Y el óxido sembró cristal y níquel 
a las cinco de la tarde. 
Ya luchan la paloma y el leopardo 
a las cinco de la tarde. 
Y un muslo con un asta desolada 
a las cinco de la tarde. 
Comenzaron los sones de bordón 
a las cinco de la tarde. 
Las campanas de arsénico y el humo 
a las cinco de la tarde. 
En las esquinas grupos de silencio 
a las cinco de la tarde. 
¡Y el toro solo corazón arriba! 
a las cinco de la tarde. 
Cuando el sudor de nieve fue llegando 
a las cinco de la tarde 
cuando la plaza se cubrió de yodo 
a las cinco de la tarde, 
la muerte puso huevos en la herida 
a las cinco de la tarde. 
A las cinco de la tarde. 
A las cinco en Punto de la tarde. 

Un ataúd con ruedas es la cama 
a las cinco de la tarde. 
Huesos y flautas suenan en su oído 
a las cinco de la tarde. 
El toro ya mugía por su frente 
a las cinco de la tarde. 
El cuarto se irisaba de agonía 
a las cinco de la tarde. 
A lo lejos ya viene la gangrena 
a las cinco de la tarde. 
Trompa de lirio por las verdes ingles 
a las cinco de la tarde. 
Las heridas quemaban como soles 
a las cinco de la tarde, 
y el gentío rompía las ventanas 
a las cinco de la tarde. 
A las cinco de la tarde. 
¡Ay, qué terribles cinco de la tarde! 
¡Eran las cinco en todos los relojes! 

¡Eran las cinco en sombra de la tarde!

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Niko
Su nombre es Salomón Schvarz, nacido el 16 de mayo de 1927, en Río de Janeiro, hijo de inmigrantes judíos que al año siguiente se radicaron en Montevideo: Berta, una modista natural de Odessa, y León, un rumano de profesión encuadernador. Fue subdirector y redactor responsable de El Popular, columnista de Marcha (“por pedido de Carlos Quijano a Rodney Arismendi”), redactor de Informaciones UruguayasRevista Internacional de Praga, El Día de México, corresponsal del diario Rebelión y la agencia Prensa Latina, ambos cubanos, y de regreso del exilio, en 1985, columnista del semanario Brecha, redactor de los matutinos La Hora Popular y La República donde todavía colabora. Es autor y coautor de cuatro libros: América Latina y el retoñar de la utopíaMariátegui y Arismendi, dos cumbres del marxismo en América Latina, ambos editados por la Fundación Rodney Arismendi, El águila imperial perdió muchas plumas en San Rafael. (con Hernán Píriz), 150 años del Manifiesto Comunista (con Juan Grompone y Daniel Olesker).