martes, 25 de agosto de 2015

Carmelo Carbonaro, zapatero calabrés de Piedras Blancas, cartero "puerta a puerta" de José Batlle y Ordóñez

El chivo travieso (Capretti mascalzoni!)

-Donato, qué locas las olas del Atlántico, pero sobreviviremos y haremos la América. ¡Lo siento aquí! -Así arengaba Carmelo a su hermano, mientras se golpeaba el pecho con un entusiasmo que los empujaba hacia una nueva vida.
-Lo sé, pero ya extraño los mariscos y la carne de cabra preparada por Mamá. ¡Una delicia! -Fue la respuesta de Donato, con una leve y melancólica sonrisa de quien comenzaba a extrañar la cocina familiar repleta de mariscos del Mar Jónico y carne de chivos de la sierra calabresa.

Carmelo Carbonaro y familia, Montevideo, 1912.
Los jóvenes inmigrantes compartían las camas más altas de una cucheta en la tercera clase del transatlántico Eolo de la estatal Societá Nazionale de Servizi Marittimi. Habían salido de su Siderno Marina natal, provincia de Reggio Calabria, con sus valijas repletas de utopías republicanas y anhelos de libertad, trabajo y progreso. Luego de una agotadora travesía de 474 kilómetros en carreta desde la suela de la bota peninsular, embarcaron en el puerto de Nápoles, el 10 de mayo de 1910.
En las primeras décadas del siglo XX, la región sur era la más pobre de Italia. Calabria era un foco de penurias inhumanas -sequías, plagas, sismos, conflictos entre las famiglias mafiosas- y el principal origen de una diáspora sólo comparable con las emigraciones masivas de Piamonte y Liguria. Desde el terromoto de Messina y Reggio Calabria de 1908 hasta después de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), decenas de miles de sicilianos y calabreses emigraron hacia los centros industrializados del norte de Europa, Australia y América, especialmente a los Estados Unidos, y también en oleadas masivas hacia Brasil y el Río de la Plata.
Carmelo y Donato Carbonaro La Rosa, con su primo Domenico La Rosa Ursino, arribaron a Buenos Aires a mediados de junio. Carmelo cruzó a Montevideo, Donato y Domenico se radicaron en Pergamino, un pueblo a 223 kilómetros al norte de la capital argentina, casi en el límite con la provincia de Santa Fe.
Donato, de veintisiete años, había sido jefe de máquinas del memorable barco italiano Mafalda, Domenico, de veinticinco, era un muy buen sastre, el mejor de Siderno Marina según un mito familiar. Carmelo, también de veinticinco, había trabajado como zapatero en su pueblo costero de no más de medio millar de habitantes. Alquiló una casona en la calle Andes, a pocos metros de Isla de Flores, pleno Barrio Sur montevideano. Estuvo solo los tres primeros años, sin planes de matrimonio, en aquella vivienda de balcones amplios, no muy altos, de fácil acceso desde la calle. Era el sitio ideal para atender a los clientes, que pronto fueron muchos, a la vieja usanza de los “calzolai” italianos.
En 1913, cuando su negocio se había consolidado y sus ingresos le permitieron formar una familia “calabrese con tutti i figli che Dio manda”, aceptó casarse con su prima Herminia La Rosa Ursino, catorce años menor, a quien apenas había visto en alguna fiesta de Siderno. No estaba enamorado de ella, en realidad ni siquiera había cruzado palabras ni miradas con su novia involuntaria, que le fue impuesta por un acuerdo nupcial entre sus padres y sus futuros suegros que viajaron a Montevideo para “entregarle” a la niña y ser testigos de la boda.
Al año siguiente, cuando Herminia estaba embarazada, viajaron a Pergamino llamados por Donato, que le ofreció a su hermano una sociedad, entre el zapatero y el sastre. La pareja tuvo su primer hijo, que llamaron Donato, en 1914, y al año siguiente nació Ángela, ambos argentinos.
La sociedad no funcionaba mal, al contrario, los Carbonaro juntaron una pequeña fortuna, pero Carmelo estaba impregnado por los valores democráticos de la sociedad uruguaya, laica, igualitaria y progresista, y por el dinamismo económico de la Suiza de América. Era un batllista fervoroso, que extrañaba a José Batlle y Ordóñez.
La pareja, con sus dos hijos, regresó en 1916 a la misma casona de Andes e Isla de Flores, donde un 13 de junio nació Antonio José Felipe Carbonaro La Rosa, el primer uruguayo de la familia. La reapertura de la zapatería fue un acontecimiento en el Barrio Sur aprovechado para inaugurar un almacén que atendía Herminia.
La combinación de ambos negocios funcionaba muy bien, pero cada año nacía una niña o un niño “perché così deve essere”, por mandato de Carmelo. En 1923, su joven esposa debió dejar la tarea comercial, mientras le solicitaba un “cambio de aire” para cuidar su salud, debilitada por los partos continuos, el trabajo diario y la obligada atención del hogar. La pareja concibió trece hijos, de los cuales sobrevivieron ocho.
En 1925 alquilaron una quinta en Piedras Blancas para trabajarla en familia, aunque el patriarca calabrés jamás abandonó su oficio de zapatero. “Un lugar hermoso, al que llegué por primera vez a los nueve años. Por sí solo era un paraíso, pero también era un sueño cumplido de Papá; fuimos muy felices en aquel campo que lo tenía todo y que nos cambió definitivamente la vida”, solía comentar Antonio Carbonaro, en alusión a su vecino más cercano: José Batlle y Ordóñez.

César, Rafael y Lorenzo
La quinta tenía cinco hectáreas con frente en la actual calle Teniente Galeano. Era un terreno levemente ondulado por la Cuchilla Grande, cortado por una profunda alameda, como la mayoría de las propiedades de Piedras Blancas. De un lado estaban los árboles frutales y las hortalizas, del otro, los galpones donde la familia criaba animales y descansaban los dos caballos que Carmelo utilizaba en su tercera ocupación: cartero.
En 1924 el patriarca calabrés había ingresado al Correo. Durante más de una década recorrió los barrios del norte de Montevideo. Era un personaje aguardado por las familias inmigrantes, en su mayoría italianas. Su función no era sólo la de mensajero, también cumplía una tarea política, puerta a puerta, porque entregaba la correspondencia siempre acompañada por un comentario personal o sobre la actualidad del país. Anotaba en una libreta cada idea, cada necesidad, cada inquietud, que luego trasladaba a su club batllista o al propio José Batlle y Ordóñez en mano propia.
Su esposa y sus ocho hijos militaron en la legendaria Agrupación Piedras Blancas, la más cercana al estadista, por geografía y afinidad personal. “Yo empecé a los nueve años, para seguir a Papá y porque era amigo de Lorenzo y Rafael, los hijos de Don Pepe, con los que jugaba, a veces en la quinta de ellos, a veces en la nuestra. Nunca me voy a olvidar cuando Batlle nos encontró robando peras en el fondo y nos sacó corriendo. Cuando nos veía llegar mientras practicaba tiro, se quedaba firme, con aquel clásico gesto de brazos cruzados, y no seguía hasta que nos íbamos de allí. Hasta parece que todavía veo a Paloma, la perra preferida de Doña Matilde con la que jugábamos y salíamos a caminar por Piedras Blancas”, recordaba Antonio Carbonaro en anécdotas contadas miles de veces.


Capretti mascalzzoni!
Siderno y Marino se llamaban los zainos de Carmelo, fieles compañeros de reparto postal que cuidaba como a sus hijos. Una mañana notó algo extraño, cuando iba a ensillar al que lo llevaría en un extenso recorrido entre el Cerrito y Maroñas. Sus hijos Donato y Antonio, que habían madrugado antes que él, estaban en la puerta esperándolo para pedirle que no montara a Siderno porque “estaba de muy mal carácter”; pero no atendió el pedido. Lo ensilló como de costumbre, se subió, pero no fue el sumiso de siempre: corcoveó con violencia y lo arrojó varios metros hacia adelante por encima del lomo.
-Figli maledetti, capretti mascalzzoni! Il mio buono cavallo preparato para la timba!
Carmelo no se equivocaba,. El pícaro Antonio había invitado a su hermano a probar suerte en las pencas de Piedras Blancas, y Siderno era su crédito. “El caballo preparado para carrera es el más mañero de todos, siente cosquilla, es loco. Posee una inteligencia y una percepción casi humanas, y sólo debe ser montado para la carrera, por su entrenador o su jockey.”


Hoteles, casinos y mejillones
A mediados de 1929, poco antes de la muerte de Batlle, poco después de terminar la escuela, Antonio Carbonaro consiguió su primer empleo: ascensorista en Hoteles y Casinos Municipales. Mientras trabajaba las seis horas legales para un menor de edad, iba al liceo de Piedras Blancas.
Una leyenda familiar describe cómo el inflexible Carmelo cuidaba la honestidad de sus hijos. Una tarde Antonio llegó la quinta de Piedras Blancas con mucho dinero en el bolsillo.
-Dove ha ottenuto tanti soldi? -preguntó preocupado el patriarca calabrés.
-Me lo dio un pasajero al que le llevé las valijas -respondió, sereno, el adolescente.
-Poi vedremo chi ha dato a voi! -fue la orden tajante del padre, que de inmediato lo llevó al Parque Hotel. Era un turista argentino, que confirmó la versión del jovencito.
-Le di esa propina porque fue muy educado y simpático, y me llevó el equipaje muchos pisos arriba. Pero Carmelo fue implacable:
-Tanti gazie!, ma giusto è molto meno -y lo obligó a devolver la mayor parte de la propina.
Un gesto que pareció excesivo, que pronto le dio prestigio de honesto y eficiente, mientras realizaba cursos de Administración y Contabilidad que anunciaban un rápido ascenso cuando cumpliera la mayoría de edad. Pero Antonio prefirió seguir su vocación deportiva: el fútbol. En 1934 viajó a Pergamino contratado por el Racing Fútbol Club. Cuentan quienes lo vieron jugar que era un puntero derecho veloz y potente, que solía marcar goles espectaculares con tiros cruzados que sorprendían a los goleros. En 1938 regresó a Montevideo, para jugar en el Club Nacional de Football, su objetivo profesional. Se quebró el tobillo. Pronto recuperó su puesto municipal, ahora como jefe de la Oficina de Suministros del Hotel y Casino Carrasco. Al año siguiente, inauguró su primera experiencia comercial, El Mejillón Bar de Montevideo, ubicado en la calle San José, entre Convención y Río Branco.

Pro”
Los hermanos Carbonaro La Rosa participaban en todas las comisiones “Pro” de Piedras Blancas y sus alrededores: Escuela, Liceo, Biblioteca, Centro Cultural, Policlínica. Organizaban veladas de teatro, música y canto al principio apoyadas personalmente por José Batlle y Ordóñez, que continuaron décadas después de la muerte del legendario estadista. Inés, siempre llamada Pocha, tençia la Academia Inela dond le enseó a bailar a todo Piedrs Blancas. En el donf de la quinta habia un sl+on grtande. En el Treatro y Cine Pidras Blancas. Armando, Didí, el tercer varón, escribía las obras que el mismo dirigía. Donato, y actuaban y recitaban, y las otras hermanas cantaban y bailaban: María Concepción, Coca; Angela, Nena ; Herminia, Pirula; Gladys, Monona.

Servire Herminia!
Carmelo era un apasionado oyente del tenor napolitano Enrico Caruso, a quien llamaba “Mio caro prossimo”. Lo escuchaba antes del almuerzo, en un receptor colocado en medio del comedor. Hasta que Caruso no finalizaba el aria del mediodía, que emitía la radio General Electric, nadie se sentaba a la mesa. Recién luego, daba la orden: -Servire Herminia!

Chivitos de Siderno
Mi abuelo, Carmelo, parecía muy severo, pero era muy gracioso; siempre tenía una salida original. Mi abuela Herminia, era muy fina y elegante, pero hacía todo en la casa aún después de alcanzar una buena posición económica. Lo que más le solicitaban era que cocinara a la calabresa, con mariscos y carne tratada como si fuera de chivos de Siderno Marina”.
Graciela Carbonaro, hija de Antonio.

¡Batllistas, Batllistas!
Batlle parecía muy seco, con aquel porte imponente y su don de mando; pero era muy tierno y cariñoso con sus hijos, con nosotros los amigos y con los vecinos. Doña Matílde y él vivían atentos a lo que necesitábamos todos, sin importar que fueran colorados o blancos. El 20 de octubre de 1929, cuando Don Pepe murió, fue el día más triste de mis padres y el nuestro también. Tenía trece años, así que después vi muchas manifestaciones populares, pero jamás como aquel velatorio del Palacio Legislativo. Los vecinos de Piedras Blancas hicimos una peregrinación espontánea a la que se iban sumando los vecinos de todos los barrios. Nunca habrá un acto público, ni siquiera cercano a lo que fue aquella emoción.”

Los Carbonaro La Rosa eramos una familia batllista, batllista ¡de las de antes! Nuestros amigos de la niñez eran todos colorados, teníamos algún conocido blanco, con el que simpatizábamos personalmente, pero estaba prohibido hablar de política con ellos. Teníamos una vida familiar y barrial muy alegre. Trabajé con César, Rafael y Lorenzo, que fueron mis hermanos de la vida. Mis hermanas se llevaban muy bien con Amalia Ana Batlle Pacheco, pero en política luego estuvieron cerca de Alba Roballo, a la que admiraban por su inteligencia, liderazgo y porque era una feminista de aquellas. Armando era amigo y partidario de Zelmar Michelini y Maneco Flores Mora.”
Antonio Carbonaro, 1997.

En el archivo de la Liga Pergaminense queda un testimonio de la etapa futbolística de Antonio Carbonaro: la ficha ADIZ fechada el 10 de setiembre de 1934.

Monona, la hermana menor de Carmelo Carbonaro, tiene 81 años y vive en Dolores, departamento de Soriano.

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