jueves, 15 de diciembre de 2011

Macunaíma, escritor, periodista radial, crítico musical, publicista

El poeta de la tribu


Nunca oculta que se llama Atilio Duncan Pérez Da Cunha, pero el seudónimo se llevó consigo al nombre. Un apodo, amorosamente regalado por María, su abuela pernambucana, que evoca una leyenda fundacional. Un poderoso mito amazónico, narrado en una gran novela y en una película, ambas brasileñas. En su sensibilidad conviven el poeta y el publicista, cada uno en su sitio, pero, en un vivo intercambio de sensaciones. “Ni la poesía es tan etérea, ni tan inocente, ni la publicidad es una máquina de manipular. La poesía te puede servir para conquistar a una mujer, pero no para conservarla. La publicidad puede servir para vender un mal producto una vez, después será un entierro de lujo", asegura el redactor que pasó por tantas agencias, que su itinerario es una crónica de la diversidad creativa. El docente universitario que disfruta su complicidad con los alumnos. El escritor, el periodista radial, el crítico de música, es también un asesor publicitario independiente. “De aquí en más, no me veo integrado a una agencia; mi situación es irreversible. Soy un outsider, pero no me siento vulnerable”, aclara. Su formación en Historia le señala la necesidad de crear un Museo de la Publicidad. En nuestro trabajo todo es tan fugaz, tan perentorio, que imaginarlo parece una utopía. Una imprescindible utopía.” 

Sobre la base de la entrevista realizada con Alexis Jano Ros para el libro Publicistas, Historias & Memorias (Ediciones del Aprendiz, Montevideo, Diciembre 2010), actualizada en 2016. Foto Diana Pereira.


-¿Macunaima es una marca de la comunicación uruguaya?
-No, porque me acompaña desde mucho antes de ser publicista, me lo puso mi abuela María cuando era chico. Ella era una pernambucana que no hablaba español, por lo menos en apariencia, que conocía la leyenda del personaje amazónico. Me llamó así porque decía que era demasiado expresivo. El nombre divertía mucho a mi abuelo, Casiano, también pernambucano, que era zapatero remendón. Juntos se vinieron a vivir a Tacuarembó, todavía adolescentes. Mi madre, Myrurgia, nació en Cardozo, un pueblo desaparecido bajo las aguas de la represa Rincón del Bonete. Después se mudaron  a una casa del camino Maldonado. En realidad, cuando era joven, no me imaginaba que iba a ser publicista. Me preparé para otra cosa. Ingresé al IPA en 1971, porque el año anterior había estado cerrado por la famosa “gripe Rockefeller”.  Como el Instituto de Profesores Artigas estuvo cerrado durante buena parte de 1969 por los disturbios provocados por la venida de Nelson Rockefeller, que era ministro de Estado del presidente Lindon Johnson, los estudiantes perdieron el año y durante 1970 no hubo ingresos. Recién en 1971 pude dar el examen de ingreso. El tema era Revolución Industrial y el tribunal estaba integrado por Benjamín Nahúm, Lucía Sala de Touron y Guillermo Vázquez Franco. Por entonces ya estudiaba Historia en la Facultad de Humanidades, así que hice dos carreras paralelas: de mañana el IPA, de nochecita la facultad. Siempre trabajé en periodismo, primero en un programa de radio y en un suplemento del diario El Día, que se llamaba La nueva gente. Tenía fama de ser relativamente habilidoso con las palabras. Cuando vino el golpe de Estado era militante de la Federación de Estudiantes Universitarios del Uruguay. En 1974 todavía estaba en los dos lados, a pesar de la intervención, pero al año siguiente me encuentro con el regalito de una suspensión por el Acta Institucional 5, que dividía a los ciudadanos en tres categorías: A, B y C. Yo tenía la B. Podía trabajar en una fábrica, pero no estudiar en el ciclo terciario, ni ser empleado público. Por entonces vivía en La Blanqueada, en la calle Presidente Giró y Juan Ramón Gómez, aunque nací en Villa Muñoz, en Porongos y Domingo Aramburú. Fui al Liceo Nº 8 y al IAVA. Mi vieja era ama de casa y mi viejo, Dante, era peluquero.

-Aquellos barberos de barrio eran unos personajes increíbles y grandes comunicadores.
-Era un investigador nato. Comparaba tres diarios: El Popular, más cercano a su forma de pensar de entonces, y El Día y El País, para la clientela. Era simpatizante de la izquierda, pero se cuidaba de hacer comentarios políticos con un cliente, salvo que tuviera la navaja en la mano para cortarle la pelusa que queda debajo del mentón. En ese momento, él siempre tenía razón. A pesar de mis antecedentes, personales y familiares,  mi madre me consiguió un trabajo en ILPE, porque conocía a un  señor vinculado a la Marina, que no voy a nombrar, para que su nombre no aparezca en letras de molde, que había sido interventor de la fábrica estatal de pesca. Me puso a cargar pescado en la planta que estaba ubicada detrás de donde hoy queda Canal 4. Trabajaba de seis de la mañana  a dos de la tarde. ¡Una tarea digna, pero insufrible para mí! Guardaba las piezas faenadas y trozadas en cajas. ¡Nunca más comí pescado!

-Pero, algo te cambió la vida.
-Siempre fui bastante distraído. Una mañana me iba a ILPE, pero me tomé un ómnibus al revés, equivocado, y me encontré con un viejo amigo, Alejandro Volpe, que era director creativo de Gatti Publicidad. Me pasó algo de cine, que nunca más. Lo último que me dijo fue: ¿No te querés probar en la agencia? Me fui volando, para que me tomaran la prueba. La agencia quedaba al lado de TTL, en Paraguay, a pocos metros de 18 de Julio. En Gatti estuve muy poco tiempo, pero fue el impulso que me dio fuerzas para correr una carrera apasionante. De allí pasé a una empresa publicitaria memorable: Antuña Yarza.

-¿Qué recuerdas de aquellas agencias históricas?
-Conocí mucho a Rafael Gatti, y conozco bastante a su hija Mariela. Rafael Gatti fue un prócer de la historia de la publicidad uruguaya, en una época muy distinta. Cuando la publicidad era entretenimiento, diversión, ingenio. Nada que ver con la comunicación con el rigor profesional de hoy. Trabajé con Santiago, Fredy y Raúl Antuña. Conocí a Walter, un visionario, con el que podías hablar de igual a igual, porque sabía conectarse muy bien con tus intereses.  Los Antuña tenían una fantástica cartera de clientes, como otros pioneros, hicieron la primera televisión; muy poco técnica, sin estudios de mercado, con mucho “talenteo” y mucha intuición. Eran vendedores natos, con mucha experiencia en el arte de convencer, que habían transferido ese conocimiento a la publicidad. Luego me fui a Capolino.

-Una agencia olvidada, pero que tuvo su momento de influencia, y por donde pasaron unos cuantos profesionales de hoy.
-Claudio Capolino fue quien me abrió la cabeza, aunque trabajé poco con él. Le decíamos  el Duque, porque era un hombre muy refinado, muy elegante, de trajes de fino corte y zapatos italianos. Fue quien me enseñó el camino y me abrió la puerta del conocimiento de William Bernbach, de David Ogilvy y la publicidad más creativa del mundo. Le debo mucho a Claudio. Nunca he perdido la oportunidad de recordarlo, de reconocérselo y siempre se lo he agradecido mucho, aunque él algunas veces no entendiera demasiado mis arrebatos de gratitud. Capolino Estudio Publicitario era relativamente pequeña, pero con buenas cuentas. Allí trabajaron Gustavo Laudato, David Nadruz, Monserrat Ramos, el Corto Buscaglia, mi hermano de sangre y de vino, ¡qué creativo! Era una escuela, que te enseñaba con anunciantes como El Día, Toshiba, electrodomésticos Zanussi, Seiko, Nahmod, Canal 4. Pero más que por sus clientes, al Tano lo recuerdo por su actitud desafiante de los viejos criterios publicitarios, una postura creativa muy parecida a la  filosofía de Viceversa, la agencia de Alfredo Giuria, en sus comienzos. Fue una agencia excepcionalmente creativa, de ruptura en tiempos difíciles para la libertad de pensamiento como fue la década de 1970 y los principios de la de 1980. Me acuerdo de un aviso que hizo el Tano Capolino para el Día de la Madre de 1982, en plena guerra de Malvinas, que decía más o menos así: “Muchas madres recibirán  besos y abrazos, y otras, un telegrama del Ministerio de Guerra argentino”. Fue un mensaje de sensibilización, publicado en el diario El Día. Claudio siempre fue un adelantado y un hombre muy jugado. Otro gran maestro fue Carlos Ricagni, a quien le digo Tío Carlos. Fui director creativo de MacCann, para Coca Cola, durante muchos años. Carlos tiene la virtud de dejarte volar, porque tiene una gran debilidad por el ingenio creativo. Lo admiro como management de la creatividad en función de objetivos.

-¿Cuándo te fuiste de Capolino?
-En 1985 inicié un recorrido por agencias chicas, MRM, aquella de Monserrat Ramos, hasta que fundé mi propia empresa, a la que llamé Utopía; bastante recordada porque le hicimos la campaña a CCE, una marca brasileña de productos electrónicos que tuvo su cuarto de hora en el país. La cuenta me llegó por los importadores, Alejandro Nathan y Celiar Puentes. Hasta ese momento la marca tenía un  porcentaje muy pequeño de participación en el mercado de audio, muy lejos del líder Philips, y de los japoneses. Con Juan Ángel Urruzola creamos un personaje, con el actor negro Mario Santana, que provocó un gran impacto. Pero no fue sólo por la publicidad, sino que la marca tenía muy buena distribución y muy buen precio; estaba muy bien defendida en las gamas media y baja. Llegó a tener entre 8 y 10% de mercado de audio y TV. El personaje fue conocido como el “Negrito de CCE” y era una recreación del malandro brasileño, que no es el malandro uruguayo, es más bien un pícaro: vestido de blanco, sombrero de paja. Eran desarrollos más intuitivos que científicos, aunque la intuición juega siempre. La campaña fue conocida entre 1988 y 1989, cuando recién comenzaban a aplicarse las Ciencias de la Comunicación a la publicidad.

-¿Hasta cuándo en tu propia agencia?
-Hasta que se dio una situación conflictiva en el mercado de los refrescos, y me llamó Carlos Ricagni como asesor externo para Coca Cola. Fue un trabajo muy intenso, con gente como Carlos Arrosa, que era gerente de la marca, Andy Coleman, Ruben Marturet. En 1990 me incorporé oficialmente a McCann. En ese momento mi vida laboral volvió a cambiar, porque asistí a una gran escuela de marketing como Coca Cola. Aunque no lo creas: me pinchás y me sale “la chispa de la vida”; me siento muy adherido a la marca. Todo el mundo conoce mi posición filosófica y política, pero nadie en Coca Cola jamás me dijo nada. Quiero recordar a dos compañeros de esa época: Daniel Bosch, director de la cuenta, un compañero que mucho hizo para que yo trabajara para Coca Cola, y Gustavo Laudato, el director de Arte. Ese grupo de McCann fue el mejor que tuve en mi vida. Un trabajo muy duro, de muchas horas, pero con un entendimiento colectivo irrepetible. Atendí algunas otras cuentas, pero era el creativo de Coca Cola. Nunca trabajé con tanta libertad  creativa como en esa época, con tan buenos compañeros como Gustavo Laudato, el Chacho Fernández Indarte, Javier Píriz, Gabriel Álvarez, Mario Papasso, Omar Bouhid, Teresa Korondi, Pablo Escobar, entre tantos, liderados por el Tío Ricagni.

-¿Un aviso tuyo para Coca Cola?
-Las promociones de la Copa América 1995 que se jugó aquí: el primer candombe para un jingle, los comerciales con Jaime Roos. ¡Fueron tantos! Pero prefiero destacar el Programa Huellas de Responsabilidad Social Empresarial que creamos con Rubén Marturet. Entre 2005 y 2008 se hicieron documentales de Pepe Guerra, Alfredo Zitarrosa, Pablito Estramín, Asaltantes con patente. Se publicaron libros de rock, uno muy bueno sobre carnaval, de Milita Alfaro, otro sobre los boliches montevideanos escrito por Mario Delgado Aparaín. Ahora el programa está un poco parado por cuestiones políticas. La existencia de Huellas no significó que se haya vendido más refrescos, sino que representó un posicionamiento de la marca. Fue una respuesta a una pregunta que suele hacerse la gente. ¿Qué hace por mí esta empresa que gana tanto dinero? Si ve que hace algo, la aprecia mucho más. En 1996 me llamó Sanguinetti, siendo presidente de la República, por intermedio de Mario Zanocchi su director de Sepredi. Me informó sobre un concurso que se iba a realizar en Río de Janeiro para los cuatro países del Mercosur. Me preguntó si iba a participar, pero yo le expliqué que era redactor, pero no gráfico. Entonces me invitó a representar a Uruguay como jurado técnico. Para McCann y para mí fue un honor y un prestigio que, nuevamente, vino de tiendas que no eran las propias. En 1993 escribí la parte sustancial, con aportes del querido Franklin Morales y de Raúl Barbero, del Libro de 50 Años de Coca Cola en Uruguay, que con junto con otras piezas ganó una Campana de Oro a las Comunicaciones Integradas. En 1998 me llamó Roberto Ceruzzi y en abril ingresé a Corporación JWT como director creativo. Atendía al Parque del Recuerdo, la Tómbola, el 5 de Oro, Aero Perú; marcas muy importantes, ¡Ah!, y que no me olvide de Coronado.

-¿Ya había campañas de salud contra el tabaco?
-Todavía no. Fue nuestro aquel aviso: “¿Con quién vas  a fumar el primer Coronado del 2000?” En aquella época todavía estaba permitido fumar adentro. No existía la persecución actual. Pero el principal cliente que me asignaron fue el Parque del Recuerdo. Llegué pensando en cuentas estables, pero mi primera experiencia fue un penal en contra. Mi primera reunión con el gerente chileno, Andrés Miquel, fue un poco dura. Me contó que estaba absolutamente disconforme con la publicidad que se había realizado hasta ese momento y me advirtió que nos dejarían la cuenta sólo si no había un gran cambio creativo, constatable en la presentación que deberíamos hacer en poco más de un mes. Finalmente ganamos la licitación. De ese período en Thompson, quiero recordar a Roberto Ceruzzi, sus hijos, José Luis Aldacor, Mario Pastorino, Julio Franchi, Rosario Tutor, Dinorah Otermin y no quisiera olvidarme de Enrique Souza y Fernando Carlevaro. Me retiré de la agencia en 2002, y estaba pasándola muy mal laboralmente en medio de la crisis de ese año, hasta que me llamó la gente de Parque del Recuerdo.

-Los cementerios privados fueron un gran cambio en un país de instituciones públicas, con algunas salvedades como el Israelita o el Inglés.
-Una precisión: los parques no son cementerios, son memoriales. No es un juego de palabras. Son distintos a los cementerios tradicionales que se  secularizaron en 1863. Desde entonces responden a criterios del siglo XIX: monumentalidad, estatuaria, mucho mármol y granito. Es muy difícil que un hombre moderno invoque a sus seres queridos en ese entorno. Pero, además, en los cementerios existe mucha desidia, mucho abandono, mucha inseguridad, desde hace treinta años. El cementerio tradicional cumplió su ciclo. Entonces aparece un nuevo concepto, que en realidad es el más antiguo. El retorno a la tierra. En los parques no hay lápidas, ni monumentos. Los parques venden prevención, y evitan ese paso doloroso que es la inhumación de los restos.

-¿Tienes una agencia?
-Es muy pretencioso llamarle agencia. En realidad es un servicio de asesoramiento en comunicaciones integradas que incluye también publicidad. Le hago la creatividad de prensa, radio y TV, en acuerdo con gráficos, con gente de cine, a los Parques y a otro cliente histórico: Alicia Risotto, que me acompaña hace 22 años. También formo parte de un equipo multidisciplinario que desarrolla la comunicación en toda la región Este de la cadena de Tiendas y Supermercados El Dorado, de la familia Polakof.

-¿Cuánto tuviste que ver con la fundación del Círculo de la Publicidad?
-En 1989 acompañé a un grupo de colegas y amigos con quienes lo fundamos como una institución que marcó un cambio en la publicidad uruguaya. Estoy en la chapa que recuerda a los profesionales que integramos la plana fundacional, aunque hace años que estoy alejado de la institución, nadie me puede sacar de allí.

-¿Muy distinta a la histórica AUDAP?
-La gran diferencia es de fondo: AUDAP es una organización patronal y el Círculo es un espacio abierto concebido para que interactúen agencias y publicistas, para elevar el nivel de la profesión. Estuve ocho años en la directiva, con Elbio Acuña, Carlos Ricagni y tantos otros referentes de la publicidad.

-Que son patronos…
-Por eso decía que es un concepto abierto, de convivencia de publicistas. Estaba Claudio Invernizzi, Alfredo Giuria, Montserrat Ramos. No era uno u otro. En algún momento hubo algún cruce, pero lo natural es que convivan perfectamente, la AUDAP de las agencias y el Círculo, de los trabajadores de la publicidad.

-¿Cómo concibieron el Desachate?
-Como una especie de Woodstock publicitario, que se inició en 1989, en plena campaña electoral que luego ganó Lacalle. La primera edición fue espectacular, en el  Hotel Argentino de Piriápolis. Nos sentamos a pensar en la publicidad que hacíamos, que era muy chata. Había gente fantástica: Juan Andrés Morandi, Hugo Burel, Claudio, el Flaco Castro, Yahro Sosa, Cheché González, y me olvido de unos cuantos amigos. El objetivo fue crear un marco de participación fuera de las agencias, y sumamos a los estudiantes que comenzaban a formarse dentro de las carreras de Comunicación. Desde hace un buen tiempo no estoy vinculado al Desachate, pero estuve en las primeras once versiones, seguramente, las más emocionantes. Trajimos a monstruos de la publicidad mundial: Washington Olivetto, Nizam Guanaes, Robert Dialibi, Joaquín Lorente, Agustín Elbaile, entre tantos.

-¿Qué te resulta interesante de la docencia en Ciencias de la Comunicación?
-Me encanta, porque es una vocación que mantengo desde mis épocas del IPA. Pero mi primera experiencia no fue buena. Fue en 1996, en una universidad que prefiero no nombrar. El primer día llegué a la clase, pedí la lista; pero vino un funcionario y me dijo que la iba a pasar él. Yo me formé en el IPA de Reina Reyes, de Ruben Yáñez, de gente muy valiosa. Al rato me golpea la puerta del salón, pasa la lista y le dice a un alumno: fulanito, te vas de clase. El gurí se levanta y comienza a forcejear la puerta para irse, y le pregunto al funcionario por qué. Su respuesta fue tristísima: porque no había pagado la cuota. Enseguida, le retruqué. ¿Qué tiene que ver eso? ¿Sabés cuánta gente dejó su vida por la libertad de cátedra universitaria? Si querés cobrarle llamalo a tu oficina pero no en mi clase. Quedé muy afectado. A los cinco meses me llamaron de la Universidad de la Empresa, donde estoy hace doce años. Siempre les digo a mis estudiantes que soy un dinosaurio, que estudió historia no publicidad. Hoy es imprescindible pasar por la Facultad de Ciencias de la Comunicación, como para un abogado lo es pasar por Derecho. Con mi generación se terminó la etapa de los autodidactas.

-¿Promocionas productos que no consumes?
-Puedo hacerlo, siempre y cuando no los considere nocivos o extremadamente reñidos con mi visión ética y valores personales.  No trabajaría para un candidato político que esté en las antípodas de mi pensamiento político. En 1989 trabajé en la campaña de Hugo Batalla, cuando se fue del Frente para crear el Nuevo Espacio independiente. Tuvo una elección muy exitosa, con 170.000 votos. Para mí fue un poco difícil, porque tuve problemas con gente del Frente, pero yo estaba convencido de que no violaba ninguna conducta ética. Les expliqué que no trabajaba para gente de  extrema derecha, porque Hugo era una persona íntegra, con sus convicciones de centro izquierda. Pero también trabajé para Ana Lía Piñeyrúa, así como en la candidatura de Hugo Fernández Faingold. El publicista es un profesional, no un mercenario que trabaja sólo por dinero; el único límite que me impongo es no ir en contra de sus convicciones más básicas. Para que se entienda mejor: en una sociedad de la diversidad, como es la nuestra, podría trabajar sin cortocircuitos éticos y con un firme compromiso profesional para cualquier candidato, excepto gente como Daniel García Pintos.

-¿Es mejor la publicidad uruguaya a partir de las carreras universitarias?
-No mucho, pero no es por la formación. El gran problema es la emigración. Yo trabajé con grandes publicistas que se fueron del país; muchos están en la zona del Pacífico, en el norte sudamericano, en España. Ellos debieron ser los relevos de la generación de los Giuria, Invernizzi, Pancho Vernazza, Elbio Acuña; pero se fueron. La publicidad sufre mucho esa emigración. Estuve en Cannes en 1995, cuando colegas de todo el mundo se sorprendían por nuestra calidad. ¿Esto se hace en Uruguay? ¡Es buenísimo! Decían eso y mucho más. Se fue Fernando Vallejo, Leo Ricagni, los hermanos Gutiérrez, y tantos otros que hubiesen contribuido a mantener un buen nivel, de manera sostenible en el tiempo. Sin una generación entera, es imposible. Recién ahora, con la llegada de nuevos talentos, comenzamos a recuperarnos.

-¿Tus amigos intelectuales te critican porque vendiste tanta Coca Cola?
-Lo hicieron y lo hacen todo el tiempo. Un querido amigo sociólogo, antropólogo, director de teatro, Luis Vidal Giorgi, me dedicó Los manipuladores de cerebros, el libro de Vance Packard, y me puso: “Mira dónde te estás metiendo”. En realidad, no creo que la publicidad  pueda lograr algún tipo de lavado de cerebro. Sí hay publicidad que me da vergüenza, por chata y por bizarra. La buena publicidad te enriquece la vida. William Bernbach no concebía a un publicista que no fuera a un concierto de rock, a un partido de fútbol, que no mirara televisión, o que no conectara con los temas que preocupan a las personas de la calle. Yo le hago caso, hago todo eso, leo mucho, veo mucho cine y  escucho mucha música: desde  La vela puerca o Los buitres, pasando por John Coltrane, Alfredo Zitarrosa, Los Beatles y mil más.

-¿Qué tipo de publicidad no realizas?
-Nunca hice avisos sexistas. No muestro culos, ni tetas, sólo por mostrarlos. Hay más de 100 mil uruguayas que toman decisiones fuera de su casa. Políticas, artistas, profesionales que entienden en temas fundamentales de nuestra sociedad: salud, educación, seguridad, economía. No puedo pensar en un almanaque para mecánicos, inclusive hasta por una cuestión de mercado. Poner un culo en un taller, por ahí funcionaba cuando los talleristas tomaban ciento por ciento de las decisiones en cuestiones automotoras. Hoy por hoy, muchas mujeres toman decisiones de este tipo, y no creo que puedas seguir vendiendo repuestos y autopartes sólo con los atributos físicos de una señorita.

-¿Con Alicia Risotto no transitas una frontera muy sensible? ¿Hasta dónde manipulas y hasta dónde informas?
-Me cuido de no ser sexista, y de poner el tema de la mejor forma. La estética es un tema importante no sólo para la mujer, también para el hombre. Está en juego la salud física y mental. Siempre estamos apelando a la reflexión crítica. Pero además Alicia, que es respetuosa, obviamente, de la condición de género, rechaza toda esa manipulación que hacen los centros de adelgazamiento. Ella es consciente de su Responsabilidad Social Empresarial, porque puedo recordar, por ejemplo, un saludo de fin de año por la guerra de Irak, que decía: “las mujeres tenemos un papel a favor de la paz.”

-¿Te sientes un outsider publicitario?
-Sí, claro, pero ya no me siento tan vulnerable. Sé que hay gente que dice: mirá este morocho, que se cree, no tiene estructura agencia. Pero cobro por creatividad a través de un fijo mensual, reúno talentos y capacidades para resolver distintos tipos de comunicaciones,  no recibo comisiones de los medios. Creo que sé combinar mis trabajos. Trabajo de mañana en Emisora del Sur 94.7 FM. Es una tarea que me aporta muchísima información, porque las emisoras de Radiodifusión Oficial son cuatro en una: muy diversas y muy interactivas. Después me voy a escribir y de nochecita a la UDE. La publicidad está todo el tiempo en mi vida. Mi intervención es desde adentro del anunciante, como parte de una división de comunicaciones de hecho que se vincula al área de marketing de las empresas. Me inclino a pensar, como decía un premier chino: ¨no importa el color del gato, sino que cace ratones."

-¿Te adaptaste a las nuevas tecnologías de la información?
-Hace unos quince años el Tío Ricagni me dijo: “andá pensando en una máquina nueva”. Yo pensé que era una máquina de escribir, y le dije que quería una Olivetti 98, que era bárbara. Ésa era mi formación. Luego, en la novela brasileña La reina de la chatarra, me llamó la atención un personaje secundario: un gran periodista, que se había quedado sin trabajo por la edad. El hombre fue al Jornal do Brasil y allí le tomaron, por su prestigio. Instalado en la redacción, le pidieron que escribiera un artículo. Buscó la máquina de escribir, pero le dieron una computadora. El pobre hombre se pasó tres días sufriendo, porque nunca había utilizado una. A mí me pasó lo mismo durante algún tiempo.


“Nuestra literatura está entre el día y la noche; tratando de recuperar los valores perdidos, enfrentando a la globalización.”

Bar Garota de Ipanema
Avenida Vinicius de Moraes
los amigos como niños devotos
de primera comunión
se sentaron una por una
en cada mesa
planeando como moscas
alí  lá
tal vez ahí  o un poco más allá
se sentaron tom y vinicius
los amigos ocuparon todas las sillas del bar
-en representación del mundo-
donde aquellos dos
fumaron cigarillos
y probaron la eternidad de la cerveza.
(Poema escrito en Río de Janeiro, en 1995, dedicado a los publicistas Daniel Bosch y a Pablo Escobar).

“La publicidad es un emergente cultural de cada periodo histórico del país.”

Macu
“A principios del siglo XX, un científico alemán estuvo en Brasil recopilando leyendas indígenas. Mario Andrade, fundador del movimiento literario Modernista, y uno de los escritores brasileños más influyentes del siglo pasado, leyó esas leyendas y se quedó, según sus propias palabras ‘desesperado de conmoción lírica’. Así concibió su novela Macunaíma. Herói sem nenhum caráter, que escribió en una semana, y que presentó en 1928. De esa obra nació una película de culto, dirigida en 1969 por Joaquim Pedro de Andrade, referente del Cinema Novo. Macunaima es un personaje mitológico de las tribus amazónicas, Taulipang y Arekuná, que según ambos Andrade, el escritor y el cineasta, mejor representa el potencial expresivo del pueblo brasileño.”

“Empecé talenteando en 1977 pero cuando aumentaron las exigencias tuve que actualizarme; si dejás pasar seis meses estás afuera.”

Opinar, una costumbre
“En 1980, cuando todavía era muy joven, participé en la campaña del semanario Opinar, un medio histórico de la moderna prensa uruguaya, que abrió un espacio mínimo para las fuerzas opositoras a la dictadura. Tengo el honor de haber acuñado el concepto que luego fue su slogan: “Opinar, una costumbre que no debe perderse”. Hubo un papel democrático fundamental de Enrique Tarigo, que siento el deber moral de reconocerlo siempre, aunque haya discrepado con su ideología política luego de recuperada la democracia. Lo recuerdo con muchísimo afecto por esa etapa de lucha. Tarigo corajeó y se enfrentó a la dictadura. Lo conocí cuando yo escribía en la página de música de El Día, y él dirigía un suplemento memorable de los sábados: La Semana. Después, la Convergencia Democrática me hizo participar en la campaña del No, que los uruguayos votamos con el alma. Así comencé a realizar comunicación política, admirando el coraje de Tarigo.”

“La publicidad uruguaya existe porque existen los consumidores uruguayos.”

Museo de la Publicidad
“Decir que este es un país sin memoria, a esta altura, es decir una obviedad tan evidente que resulta más una necedad. La desmemoria no es de derecha ni de izquierda, no es selectiva, ni  hace discriminaciones. Es una enorme goma de pan que borra todo, imágenes, recuerdos, memorias, hechos destacados. Andá a buscar después imágenes de Carlos Giacosa, de Néber Araújo, de Cristina Morán o las audiciones de Germán Araujo, que lo llevaron, entre otras cosas, al Senado de la República. En la publicidad el asunto es mucho peor, ya que nadie guarda nada, ni los anunciantes, ni los creativos, ni las agencias. En publicidad es todo tan fugaz, tan perentorio, que imaginar un museo parece una utopía. Una imprescindible utopía.”

1 comentario:

Sara Lazar dijo...

¡Qué agradable sorpresa! Me crucé con Macunaíma allá por el 77, en El (legendario) Taller, del orfebre Zina Fernandez -maestro y amigo entrañable. Tuvimos varias charlas sentados en algún bar cerca del Taller, filosofando sobre la Vida, el Arte y la Literatura. Me acuerdo que una vez pasó por mi casa, en la calle Rio Branco y la Rambla, a contarme con gran emoción que había recibido un trabajo en la radio (creo en el SODRE). Mi vieja, muy sabia ella, me dijo que si un hombre le viene a contar a una mujer que encontró trabajo, es porque está interesado en una relación...y por ese entonces, yo había empezado a noviar con quien es hoy mi marido. Él lo entendió y no lo volví a ver más.
Perdida su pista, sólo me quedó un librito de poemas que escribió, con una dedicatoria...hoy me alegré muchísimo de leer qué fue de su vida después de su fugaz paso por El Taller.
Yo desde el 81 vivo en una colonia colectiva (kibutz), en el norte de Israel.