miércoles, 26 de octubre de 2016

José de Mones Roses, abogado asturiano, juez de la primera Academia de Jurisprudencia uruguaya en el Gobierno del Cerrito

Fiscal de la Defensa 

José de Mones Roses, en la
Villa Restauración, c. 1850.

Dos astures que jamás se conocieron cruzan dramáticamente sus vidas y comparten pasiones con heroicas personalidades orientales. Ellos amaron la misma tierra, aunque no era la misma nación. El ovetense José de Mones Roses vivió, entre 1840 y 1859, la trágica experiencia de la Guerra Grande y su engañoso corolario: "Sin vencedores ni vencidos." Fue asesor legal del caudillo blanco Manuel Oribe, sitiador de Montevideo. Su amigo, el ministro Carlos Gerónimo Villademoros, era hijo de Ramón, mártir tinitense de la independencia americana, fusilado por el ejército español en 1815, en medio de violentas pasiones revolucionarias. Mones Roses fue el primer Fiscal del Crimen del Gobierno del Cerrito, e influyente juez de la Academia TeóricoPráctica de Jurisprudencia del Estado Oriental, primera experiencia uruguaya de un posgrado en Derecho, con sede en la emblemática Villa de la Restauración

La tarde del 27 de marzo de 1843, justamente el día de su cumpleaños, el joven abogado supo que no podía volver a su confortable casa de la antigua calle San Gabriel, tambiéb conocida como Real, la actual Rincón de la Ciudad Vieja de Montevideo.
Era informado sobre la existencia de un oficio de destierro que mancillaba su honor, pero que no sentía como una desgracia personal, ni significaba el fin de su vida civil.
Luego de iniciado el Sitio Grande, el 16 de febrero, había quedado en extramuros, en la zona del Cerrito de la Victoria dominada por su mentor ideológico Manuel Oribe, Restaurador de las Leyes.
En definitiva, era solo una cuestión de tiempo. El retiro iba a ocurrir, tarde o temprano, pero el Gobierno de la Defensa se adelantaba a su voluntad. Lamentaba sí, la pérdida de un sitio que apreciaba como estudio profesional y sede de reuniones políticas y sociales.
–Aquella noche no pudo dormir. Le daba vueltas en la cabeza el enojoso decreto colorado, tras un aniversario con múltiples saludos y enhorabuenas por su "patriótico sacrificio".
Se levantó de madrugada, fue hasta la biblioteca para repasar algunos textos del economista liberal Álvaro Florez Estrada, un admirado paisano de Pola de Somiedo al que había conocido en la Universidad de Oviedo.
Carlos de Villademoros.
Al otro día, muy temprano, llegaba su amigo, el canciller Carlos Gerónimo Villademoros, para consolarlo e informarle nuevos datos sobre la orden de expulsión.
"En definitiva, mi estimado doctor, no iba a cambiar demasiado su vida. Es un disgusto muy grande y una afrenta moral, pero su sensible inteligencia sabía que era inevitable", le consolaba Villademoros.
El agotado anfitrión lo miró fijo. Hubo un brevísimo silencio y una respuesta, simple y contundente.
"Pocos ataques a la dignidad humana dan más lustre que ser humillados por enemigos de la justicia, la libertad y la verdad", respondió con sinceridad, pero, también con toda la intención de ocultar su más profundo sentimiento de tristeza.
Siguió leyendo Elementos de economía política la última obra de Florez Estrada, editada en 1841 mientras el visitante lo informaba sobre un indiscreto allanamiento policial en su hogar montevideano. Una intolerable falta de respeto, porque en ausencia, era tratado como un bandido común.
Acusado de conspiración y espionaje –cargos para él injustos, a pesar de que nunca ocultó su simpatía blanca supo que los ominosos intrusos habían requisado documentos y escritos.
–Con el paso de las horas, más lamentó el menoscabo de objetos personales; algunos serían recuperados por gestiones oficiosas y otros, después del Sitio Grande.
Pero, faltaba el detalle más desagradable, que Villademoros guardaba para el final. "Lamento decirle, Doctor, que ha ocurrido algo muy doloroso en tan impropio episodio. El documento está firmado por..."
Hubo una pausa interminable. No fue necesario decir de quien se trataba.
El papel que ordenaba su expulsión de Montevideo, finalizaba con un desmoralizante: “Joaquín Suárez Fernández, presidente interino.” 
–No era una firma cualquiera. Justo él, un conocido con quien discrepaba en ´la más alta política, aunque hasta entonces merecía su respeto.
–Lo expulsó de su hogar el hijo Bernardo Suárez del Rondelo, prestigioso paisano al que no trató en persona, pero que era grata referencia en cada encuentro de la inmigración asturiana. Recién en ese momento, el ovetense dejó escapar una leve lágrima.

Huella y presencia de Asturias en el
Uruguay
, donde José Pérez de Castro
cuenta la historia de Mones Roses.
José Mones Roses nació el 27 de marzo de 1805. Graduado en ambos derechos –civil y penal en la Universidad de Oviedo.
–Ejerció sin mayor destaque en el foro de Asturias, entre 1831 y 1839, aunque dedicaba mucho tiempo al estudio de los principales autores de teoría jurídica y documentos sobre política y economía.
–El historiador José Luis Pérez de Castro afirma que el jurista arribó “accidentalmente” a Montevideo, en 1840.
Antes había cruzado correspondencia con españoles radicados en el Estado Oriental del Uruguay que luego le presentaron al influyente ministro blanco Carlos Gerónimo Villademoros, primogénito de Ramón Villademoros Candán, un valiente soldado asturiano pasado al bando criollo, fusilado por tropas realistas en el Alto Perú.
Mones Roses se sintió atraido por la compleja situación política y económica provocada por la Guerra Grande y su trama de intereses mundiales que desde 1939 se disputaban la primacía del Río de la Plata.
Consiguió la revalidación de su título universitario en Montevideo, el 30 de setiembre de 1840, mientras observaba la evolución del conflicto internacional como atento analista del derecho comparado.
El Supremo Tribunal de Justicia le otorgó permiso para ejercer en todo el joven país, aunque su jurisdicción en la práctica estaba más restringida al área metropolitana. Su ingreso al foro uruguayo fue informado el 6 de octubre de 1840, por el diario El Nacional.
Vivía en intramuros de la ciudad, territorio de la Defensa coloradounitaria, pese a que se sentía ideológicamente cercano al bando blancofederal. Admiraba “la rectitud legalista” del brigadier general Manuel Oribe, y despreciaba “la demagogia irresponsable” de su enemigo Fructuoso Rivera.
Viajero consuetudinario por asuntos legales y asiduo visitante de la familia Villademoros, se vinculó rápidamente al oribismo.
Luego de impuesto el Sitio Grande y de formalizado el Gobierno del Cerrito, en 1843 permanecía más tiempo en la Villa de la Restauración, bastión de los sitiadores, que en su propia residencia.
Disfrutaba de largas jornadas de caza en la zona blanca de Melilla, donde encontró “el lugar más acogedor y hermoso, jamás visto”.
Mones Roses fue desterrado ese mismo año por el Gobierno de la Defensa, que consideró éticamente incompatible su permanencia en el asediado reducto coloradounitario.
Descalificado por muchos de sus colegas montevideanos, se trasladó al Cerrito de la Victoria, sin dudas y sin remordimientos. Allí acompañó muy estrechamente a sus amigos Oribe y Villademoros.
El Restaurador de las Leyes lo designó ese mismo año, su más cercano asesor jurídico y secretario personal, y en 1845 fue investido como Agente Fiscal del Crimen.
Portones de Carrasco, un patrimonio
en el comienzo la calle Mones Roses.
El 4 de marzo de 1850 fue designado juez de la Academia TeóricoPráctica de Jurisprudencia del Estado Oriental, con sede en la Villa Restauración.
“Una institución donde se formaban jueces y fiscales, que también tenía perfil de un Colegio de Abogados, en la que era su principal docente y censor. Con la obligación de revisar y aprobar las disertaciones mensuales y asistir en calidad de juez a todos los exámenes, así de ingreso como de salida., afirma Pérez de Castro, quien además es jurista.
La Universidad Mayor, primera institución terciaria uruguaya, fue fundada por decreto del 27 de mayo de 1838 firmado por Oribe.
La Academia TeóricoPráctica de Jurisprudencia fue abierta el 11 de junio del mismoaño, también por iniciativa oribista. 
–Allí se instituyeron cursos de tres años de asistencia obligatoria, reglamentados por el Tribunal Superior de Justicia.
Tras la Paz del 8 de octubre de 1851 y el fin de la guerra bajo el lema "Ni vencedores, ni vencidos", Mones Roses siguió viviendo en La Restauración que el 11 de noviembre del mismo año cambió su nombre por La Unión.
Ejerció el derecho y la docencia algunos años más, aunque relegado por intereses políticos a un sombrío segundo plano.
El ovetense era católico ferviente y tradicionalista inquebrantable. En 1858 integraba la recién creada Sociedad de San Vicente de Paul, acompañado por el comandante francés Pierre Fouet, pero se sentía postergado en sus proyectos y aspiraciones personales y profesionales.
–El 25 de marzo de 1859 se embarcó de regreso a su tierra natal. Desde Oviedo mantuvo abundante correspondencia con las familias Oribe y Villademoros, mucha de carácter jurídico y político, pero también íntima y personal.
La muerte lo alcanzó en Villaviciosa, Asturias,el 19 de noviembre de 1894.
Su prestigio en tierras uruguayas quedó señalado por una hermosa calle inaugurada en 1917, adyacente a los emblemáticos Portones del barrio costero de Carrasco.

Escudo de los Villademoros
en el solar de Tineo, creado

en la Casa de las Torres de
Muñas, Concejo de Valdés.
 Ramón Rodrigo de Villademoros Candán
Nacido en 1779, en San Miguel de Barcena del Monasterio, concejo de Tineo, en el occidente asturiano, en 1801 se estableció en Montevideo.
Participó en la defensa del entonces territorio de la Banda Oriental, frente a las dos Invasiones Inglesas al Virreinato del Río de la Plata, en 1806 y 1807.
–Influido por el histórico liberalismo de su paisano el general Rafael del Riego, fue un opositor convencido de la decadente monarquía hispana y alzó su voz a favor de los cabildos autonomistas de 1808 y 1809 opuestos a los eternos excesos de Buenos Aires.
–Luego del Grito de Asencio, del 28 de febrero de 1811, el historiador uruguayo Francisco Bauzá lo definió como uno de "los caudillos insurreccionales nacidos en tierra extraña”. 
Liberal, como buen tinitense, abrazó la causa de la libertad desde los primeros pasos que las colonias dieron hacia su emancipación”, afirma José Luis Pérez de Castro en Huellas y Presencia de Asturias en el Uruguay (Montevideo, 1961).
Su bautismo de guerra fue la acción de Paso del Rey, el 21 de abril de 1811, seguida por la Toma de San José, el 25 de abril.
Formó parte de las tropas lideradas por los capitanes Baltasar Vargas y Manuel Artigas, primo hermano del héroe nacional uruguayo.
San José, la antigua villa de colonos asturianos fue capturada, pero Artigas cayó gravemente herido. Murió un mes después, el 25 de mayo.
Villademoros no participó en la mítica Batalla de Las Piedras, el 18 de mayo, porque quedó en la retaguardia cuidando las espaldas de las caballadas que avanzaban hacia Montevideo.
El 15 de setiembre de 1811, el entonces alférez estaba en el Rincón del Avestruz, en el Cerro Largo del noreste oriental.
Fortín de los Villademoros en el "Cerro
Largo", demolido  a fines del siglo XIX
Las crónicas lo describen como un líder de fuerte personalidad, que arengaba ardorosamente a sus 110 soldados. La partida de gauchos e indios aguardaba el auxilio de los 250 hombres del teniente coronel Manuel Francisco Artigas –hermano del prócer para atacar una posición ocupada por portugueses que colaboraban con los realistas españoles.
Ante la frustrante tardanza de los refuerzos, Villademoros debió rendirse el 27. Pero no parece haber quedado prisionero, porque al otro día contesta, desde las Puntas del Yerbal, al informe en que el capitán Hilario Pintos le comunica no ir a auxiliarle, diciéndole que se hallaba herido y sitiado por 100 portugueses que lo alcanzaron en Polanco, afirma Pérez de Castro.
En octubre de 1812 participó en el Segundo Sitio de Montevideo. El gobierno hispano de la plaza agonizaba pero las constantes divergencias entre orientales y porteños lo pusieron en la disyuntiva de seguir o trasladarse a Buenos Aires.
El 12 de setiembre de 1813 cruzó el Río de la Plata para asumir  como teniente de la Primera Compañía de Cazadores, y bajo las órdenes del Intendente de Policía bonaerense obtuvo el grado de capitán.
Fue organizador de una Compañía en Santa Fe que lo condujo al Ejército del Norte comandado por el general Manuel Belgrano.
–En 1813 estuvo en los triunfos de Tucumán y Salta, y quedó en reserva tras la derrota de Ayohuma, a fines del mismo año.
Cuando su jefe y mentor el general José Rondeau asumió el comando del Alto Perú, integró la unidad de vanguardia que obligó el retroceso de las huestes realistas.
Su valentía le dio reputación entre las tropas y le significó el nombramiento como ayudante mayor de Cazadores, bajo las órdenes del coronel Martín Rodríguez.
Batalla de Venta y Media.
Cayó prisionero en el combate de Venta y Media, el 20 de octubre de 1815.
El general argentino José María Paz en sus Memorias Póstumas, informaba que el “valiente asturiano murió en batalla”.
El parte oficial aclara un poco más el episodio. Villademoros fue fusilado al día siguiente de su captura, luego de ser declarado desertor del ejército español.
“Fue un mártir de su adhesión a las ideas que pugnaban por reivindicar los derechos del genero humano”, opina Pérez de Castro.
Una calle en el barrio montevideano de Malvín, lo recuerda “por su distinguida y valiente actuación en defensa de la independencia americana”.

Carlos Villademoros
El 26 de agosto de 1805, el asturiano Ramón, “a los tres años de residencia en Montevideo”, se casó con Jacinta Isabel Palomeque Castellanos.
Ramón era hijo de Manuel Villademoros y Josefa Candán, ambos de San Miguel de Barcena del Monasterio. Jacinta era descendiente del andaluz Antonio Palomeque y María Bartola Castellanos, porteña, de una conocida familia fundacional montevideana. 
La pareja se fue a vivir a un rincón de la hacienda El Sarandí, propiedad de los Palomeque, entre los arroyos Gutiérrez y Olimar Grande y las alturas del Yerbal, por entonces era el "Cerro Largo", actual departamento de Treinta y Tres.
Manuel Oribe.
Ramón y Jacinta tuvieron cinco hijos; Carlos Gerónimo, nacido el 30 de setiembre de 1806, Pedro, Isabelino, Carolina y Benjamín.
El primogénito tenía solo nueve años cuando recibió la infausta noticia de la muerte del padre.
La familia nunca abandonó la causa revolucionaria, pero debió marcharse a San Carlos de Maldonado luego que el hogar fuera invadido y saqueado por portugueses. En 1816, Jacinta se radicó en Montevideo bajo la protección del ilustre Carlos Anaya. 
Carlos Gerónimo intentó emular la carrera militar, de una figura sublime y fantasmal, tan admirada como desconocida. Pero, no tenía la mínima vocación.
–En Buenos Aires estudió leyes, con tanta brillantez que se recibió a edad inusual, en 1827 con una memorable tesis sobre Procedimientos.
De regreso al Uruguay independiente, en 1831 fue Auditor de Guerra del gobierno de Fructuoso Rivera, primer presidente del Uruguay, y dos años después designado juez civil de primera instancia, mientras trababa una intensa amistad con Manuel Oribe.
–En 1837 fue electo Diputado por Montevideo, en la III Legislatura de la Cámara de Representantes, pero Oribe, segundo mandatario uruguayo, lo envió a Río de Janeiro como Ministro Plenipotenciario ante la Corte de Brasil y encargado de negocios.
Logotipo del diario oribista
El Defensor de la Independencia
Americana, dirigido por Villademoros.
Regresó el 1 de septiembre de 1838, designado Ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores. Su primer acto fue una carta –con indeleble firma– dirigida al cónsul francés Baradère.
Su afilada pluma reivindicaba el derecho de la nación a dirigir sus asuntos internacionales como le pareciese.
Fue una respuesta directa al bloqueo del Puerto de Montevideo por la escuadra del almirante Leblanc, que precipitó la caída del gobierno de Oribe. 
Integró una comisión pacificadora para negociar con el golpista Rivera. Lo acompañaba su paisano Joaquín Suárez que terminaría por cambiarse de bando.
Oribe resignó el mando y se exilió en la capital argentina donde fue reconocido como "Presidente Legal" por Juan Manuel de Rosas, gobernador bonaerense y jefe del Partido Federal que luchaba contra el Partido Unitario. 
Al comienzo de la Guerra Grande, en 1839 regresó a Uruguay para recuperar su cargo ministerial en el Gobierno del Cerrito, blanco y federal, enfrentado contra la Defensa de Montevideo, colorada y unitaria. En el Sitio Grande sumó el cargo de Ministro de Guerra y Marina.
–Fue periodista, dramaturgo y poeta, redactor o colaborador de El Eco Oriental, El Republicano, El Defensor de las Leyes, entre 1835 y 1839 y dirigió El Defensor de la Independencia Americana, entre 1844 y 1851.

El canciller olvidado
Dedicó los últimos años de su vida a escribir memorias, de tono melancólico y compasivo, pero no las concluyó.
Plaza de la Restauración, espacio
central de la antigua villa oribista,
en el actual barrio de la Unión.
"Por servir a la Patria o en el vehemente deseo de serle útil, me arrojé a la defensa de un principio, sin omitir sacrificio de ningún género, en el período de trece años que se llevaron en pos de sí todas las ilusiones de mi vida. Presta materia a serias reflexiones la manera con que se enlazan los sucesos que arrastran al hombre de conciencia, precipitándole por esa pendiente resbaladiza hasta el impuro piélago en que su fe se añeja, sin que encuentre justificación posible cuando, al término de su derrumbe, se despierta en la vida real y ve los inmensos males a los que ha contribuido, incauto", reconoció con serena autocrítica.
Fue autor de poesías reunidas en El Parnaso Oriental, de la Oda a Oribe y del drama Los Treinta y Tres.
Falleció a los 46 años, dos años después del fin de la Guerra Grande, solo, pobre y lejos del poder, el 1 de febrero de 1853.
 "Le sorprendió una enfermedad cruel cuyos progresos le arrancaron la vida a los dieciséis días de haber sido atacado. Una calamidad que dejó a sus hijas llenas de dolor", así lo evocaba su padrino Carlos Anaya
El historiador Lincoln Maiztegui Casas ha estudiado el legado político e intelectual del canciller blanco.
"En perspectiva, fue un recio luchador por causas que consideró justas, además de un muy buen literato que dejó obras, nada despreciables[...] Su verdadera figura, adquiere una dimensión de grandeza que vuelve absurdo el olvido que ha cubierto su memoria", afirmaba convencido, con agudo espíritu revisionista en un país cuya iconografía mantiene un fuerte tinte colorado.

 Elisa, una leyenda amorosa
Elisa Simona Maturana y Carbalho
de Silva, segunda esposa de
Villademoros en un matrimonio
que inspiró un drama romántico
.
–Carlos Villademoros se casó en dos oportunidades. El 2 de junio de 1827 contrajo enlace con Micaela de la Concepción Correa y Angós, nacida en San Carlos. Del matrimonio nacieron dos hijas, Carolina y Micaela, antes que ella muriera.
Su segunda boda se firmó el 10 de junio de 1844, con padrinazgo del "gobernante legal don Manuel Oribe y de doña Agustina Contucci de Oribe".
En Montevideo, la capital sitiada, era comentario corrido que la novia casi adolescente no amaba al  canciller viudo que orillaba los cuarenta.
–"Elisa llegó al altar bajo la presión materna y puso su pequeña mano –en cuyo hueco ardía la brasa de mi último beso, desesperado– en la del ministro a quien no quería y apenas estimaba", según frase adjudicada a Juan Carlos Gómez, su adversario político y sentimental.
La confesión fue un verdadero escándalo público. Gómez era un punzante intelectual de la Defensa, odiado por el padre de la joven, Felipe Maturana y Durán.
Ricardo Goldaracena, en El Libro de los linajes, desmiente la leyenda romántica.
"Se ha dicho hasta el cansancio que Elisa habría sido obligada a casarse contra su voluntad[...] Un mito alimentado por su muerte, apenas dos años después[...] Un hecho trágico, que algunos adjudican a la depresión, por el noviazgo frustrado[...] Según testimonio de la familia Vedia de Buenos Aires, la bella hija del edecán de Oribe no habría sido infeliz. A tal punto es así, que sus hijastras la llamaban amorosamente Mamita Elisa. Juan Carlos Gómez, en cambio, arrastró por el resto de sus días el dolor del amor perdido."

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