martes, 12 de junio de 2012

Los antiguos porrones cerveceros evocan fiestas y tradiciones de la "Suiza de América"

Botijas, chanchos y nostalgias

Parte de la colección de porrones del médico
Juan René Delger, que recorre más de 150
años de historia de la cervecería uruguaya.
Fue rematada el 28 de mayo de 2013.
(Remates Corbo)
Eran los envases de gres que las cervecerías uruguayas del siglo XIX utilizaban para vender sus productos, luego transformadas en calentadores de cama, recipientes medicinales o en adorno de mesas, muebles y jardines. Aunque hoy son raras antigüedades, buscadas con obsesión por los coleccionistas, alguna vez circularon cientos de miles de estos botijos fabricados en su mayoría en la ciudad escocesa de Glasgow y en la inglesa Staffordshire, capital mundial de la arcilla manufacturada. Los más artísticos recipientes cerveceros evocan a los pioneros de la industria nacional: Conrado Niding, Eduardo Richling, Frederich Mux, Thibaut Holveg, Alejandro Dosset, Adolfo Robillard.

Sobre la base de los capítulos 2, 3 y 4 del libro Historia de la Cerveza en Uruguay (Koi Books-FNC, Montevideo, Diciembre 2011).

El inglés Josiah Wedgewood revolucionó, en el siglo XVIII, la producción seriada de porrones cerveceros con nuevas técnicas de manufactura, pintura y división del trabajo. Los recipientes utilizados en Uruguay se distinguen entre sí por sus formas y aplicaciones comerciales. Holveg utilizaba modelos similares a una botella de vidrio, de cuello largo que se iba estrechando hacia arriba. Los franceses Dosset y Robillard los preferían de menor altura, cilíndricos y de cuello corto, que son los más conservados. El borde de su gollete era espeso, para reforzar su cierre y facilitar su apertura.
Porrones de la Cervecería Popular a Vapor,
de la Montevideana y de la Cervecería

Carlos Toedter de Salto, c. 1870.
(Colección Museo de FNC)
La Popular y la Montevideana, de Conrado Niding, utilizaban un diseño mixto: delgado y alargado, pero con un gollete espeso. Eran creaciones artesanales exclusivas, muy buscadas en la actualidad, porque casi han desaparecido. También importaban los símbolos y textos identificatorios escritos en el exterior. Eran los signos de fábrica exigidas por la ley de patentes sancionada en 1877, para proteger a las empresas y adjudicarle la explotación de una marca comercial.
En el caso de los líderes (Oriental, Del Progreso, La Popular, Montevideana, Germania, Ueltschi de San José, Popular de Paysandú y también la Uruguaya) no utilizaban este recurso, porque consideraban que era innecesario por su prestigio. En cambio, hubo firmas menores que reservaron una marca registrada: Del Cordón, Gambrinus, Francesa, Alemana, Colón, Del Plata, La Esperanza, La Mallorquina, Sudamericana, Eliseo, Sol Oriental, Peila de Colonia, Somale de Paysandú o Toedter Hageman de Salto.


Botella de gres
de la marca
Chancho, 1928.
(Colección Delger)
Chanchito
Así se le llamaba a una atracción del Parque Múnich y el Palacio de la Cerveza, ambos de Montevideo. Era una cerveza negra, en esa época era recomendada para las embarazadas, que venía en porrones de cerámica que la luego gente utilizaba para calentarse los pies en invierno, para rellenarlos con todo tipo de líquidos: café, té, sopa, medicinas. Estos encantadores envases cerveceros eran encontrados en los jardines familiares como borde de canteros, casi siempre enterrados boca abajo.

Niding
Nacido en Hamburgo y arribado al país luego de la Guerra Grande, en 1866 abrió un establecimiento que pronto se llamó Cervecería Popular, ubicado en la manzana de las calles Durazno, Isla de Flores. Santa Lucía (actual Santiago de Chile) y Arapey (Javier Barrios Amorín). 
Envase de gres,
fabricado en Glasgow,
de la Cervecería Popular
de Conrado Niding, 1875.
(Colección Delger)
El emprendedor alemán innovó en la difusión de la cerveza como un negocio, pero también como un bien cultural legado por sus antepasados que se propuso compartir con su patria adoptiva. En pocos años construyó otras dos fábricas. En 1874 se mudó a la calle Yatay Nº 8, cuando era un punto estratégico, cercano a la plaza de las Carretas que medio siglo después fue el Palacio Legislativo. Pero hubo más cambios: el aviso del traslado lo firmaba una sociedad colectiva: C. Niding y Cía. Una demostración de su talento y su capacidad de riesgo. No era rico, pero consiguió un préstamo hipotecario con un particular, por el que abonó intereses más altos que los ofertados por los bancos estatales o privados, mientras se asociaba con otros inversores que aportaron capital en el nuevo establecimiento. Por la misma época abrió muy cerca de allí la Cervecería Eliseo, de Alejandro Dosset, en la calle Goes Nº 91, al inicio de la actual avenida General Flores. El francés le había vendido la Oriental a su compatriota Adolfo Robillard, quien a su vez se la traspasó a su sobrino Eugenio, que se quedó con la planta de 18 de Julio Nº 854.
Botijo de Cervecería
del Plata, de Miguel
Caldeiro y Hermano,
con sello de Glasgow.
(Colección Delger)
Fueron acertados los cálculos financieros de Niding, y su olfato comercial. Una ley proteccionista impuesta en 1875 por el dictador Lorenzo Latorre, benefició a la actividad cervecera, que pudo importar libre de gravámenes, la maquinaria, el lúpulo y los envases. Cinco años después era el director de una empresa de alta tecnología, que fabricaba cervezas “a vapor” similar a las alemanas, belgas o inglesas, y que elaboraba 2.400 kilos diarios de hielo para la maduración del producto. Ofrecía una bebida refrescante del tipo Lager, una doble, una sencilla, y también negras robustas; en barriles y en porrones; al por mayor y al por menor. Otro de sus negocios era el arrendamiento de su moderno depósito de frío, tanto a cervecerías como a otras actividades comerciales o industriales.
Al nombre original le había agregado dos palabras. En su nueva sede, ubicada en el límite entre los barrios de Goes y Aguada, era la Nueva Popular, que poseía un amplio espacio recreativo y comercial que interactuaba con la planta productiva. En un informe técnico de 1877 consta que su complejo industrial poseía abundante maquinaria; disponía de carpintería, tonelería, herrería, caballeriza, depósitos, y salones para el expendio de bebida. Basta leer un aviso publicado ese mismo año en el diario El Siglo. “Esta cervecería tiene un local espacioso con hermosas glorietas y juegos, para la distracción del público.” Diez años después se la vendió a un austríaco que trabajaba de corredor de la Bolsa de Valores de Montevideo, a un precio insólito para la época: 150.000 pesos (32.000 libras esterlinas).

Richling
Cervecería El Progreso
de Alejandro Dosset, 1860.

(Colección Delger)
El proyecto de Eduardo Richling era evolucionar aún más en el desarrollo tecnológico, por lo que invirtió otros 50.000 pesos, equivalentes a poco más de diez mil libras esterlinas. Así amplió casi al doble la productividad y organizó una renovada propuesta comercial que incluía salones de reuniones y fiestas, además de novedosas atracciones: música, canto y juegos temáticos. Le llamó Cervecería Popular a Vapor.
Por entonces, era una actividad protegida por el Estado. La ley aduanera de 1888 gravaba la introducción de la bebida extranjera, y favorecía la libre importación de maquinaria e insumos industriales. En otras palabras: el producto nacional desplazaba exitosamente al importado. Fue en ese contexto que la Montevideana de Conrado Niding comenzó a funcionar en 1890, en la manzana de Asunción, Cuareim, Lima y Acuña de Figueroa, en el barrio de la Aguada. Con capital propio y una parte recaudada por la venta de acciones, construyó un edificio de cuatro pisos, sótano y maquinaria moderna, donde proyectaba producir 400.000 hectolitros anuales de cerveza. Su inauguración revelaba una transformación de su idea del negocio, que en esa nueva etapa concebía para abastecer sólo a los comercios, en contraste con su primera etapa, continuidad de la artesanal, cuando ofrecía sus productos a los clientes que visitaban la planta.

Cervería Germania de
Friedrich Mux, 1893.
Mux
En 1892, el emprendedor prusiano abrió una nueva cervecería a orillas del Río de la Plata, en la rambla de Capurro, que llamó Germania. Poco se sabe del origen de Friedrich Mux, apenas que ocho años antes todavía era empleado en el Ferrocarril Central, y que vivía en el poblado de 25 de Agosto, departamento de Florida. La fábrica estaba organizada como sociedad anónima, financiada con la venta de acciones, a imagen y semejanza del exitoso modelo Niding, pero también porque era la forma jurídica que mejor se adaptaba al creciente requerimiento de capitales y tecnología.

Holveg, Robillard, Dosset
Extra Sout 1880,
de Cervecerías
del Uruguay.
(Colección Delger)
La Popular, la Montevideana y la Germania en esos años se repartieron el mercado metropolitano, luego del cierre de la Oriental, de Robillard; de la Eliseo, de Dosset, y de la Cervecería Colón, fundada por Francisco Caldeyro. También habían desaparecido los pequeños artesanos, por la imposibilidad de competir con los modernos establecimientos industriales. Las tres dominaron el mercado hasta la crisis económica iniciada en 1890, cuando el Banco Nacional, fundado por Emilio Reus, cayó en el efecto dominó provocado por el quiebre de la casa británica Baring Brothers of London. La consecuencia directa fue una dramática reducción del consumo, agravada en la industria cervecera, por la devaluación de las acciones de la Germania adquiridas en su mayoría por inversores locales. Los poseedores de papeles sin valor deambulaban por la Ciudad Vieja, angustiados por el mal negocio que habían hecho, mientras las cervecerías se desfinanciaban.
Cervecería Oriental
de Montevideo, 1927.
(Colección Delger)
La situación desembocó en la fusión de las tres fábricas, en 1895, por un acuerdo entre Niding, Richling y Mux. Así nació una nueva empresa: Cervecería Uruguaya, que emitió obligaciones hipotecarias, olvidado el desastre de Reus, que al año siguiente cotizaban en la Bolsa de Valores. Detrás de la operación estaba otro alemán: Augusto Hoffmann. Un productor rural y financista que controló la nueva sociedad anónima, acompañado por otros empresarios: Ernesto Beherens, Antonio Vitelli, Francisco Vilaró, Thomas F. Lane, Conrado Ferber y Werner Quincke.

Cervecería Suiza,
Nueva Helvecia.
(Colección Delger)
Tras la fusión
Fue vendida parte de la maquinaria, se concentró la producción en la planta de Asunción, mientras el edificio de la calle Yatay era transformado en un espacio de consumo y recreación. Era la señal inequívoca de que las posibilidades productivas eran muy superiores a la capacidad de consumo de una plaza reducida. En 1897, una ley estableció la devolución de impuestos a las bebidas nacionales que se comercializaran en el exterior. La disposición había sido solicitada por los industriales que necesitaban defender su capital mediante la exportación “a los mercados de Brasil”. El proyecto se basaba en competir con los fabricantes alemanes radicados en los estados sureños de Río Grande do Sul y Santa Catarina.
Cervecería Oriental,
Edición Especial 1930.
Distinto fue el destino de los tres innovadores de la industria cervecera uruguaya de mediados y fines del siglo XIX. Eduardo Richling aceptó ser gerente de producción de la Uruguaya, un cargo más honorífico que influyente, desde el cual aportó su experiencia en un negocio que ya no era el suyo. Friedrich Mux continuó trabajando en pequeños emprendimientos, algunos años más, hasta su jubilación a principios del siglo XX. Cuando Conrado Niding dejó de ser maestro cervecero, también desapareció su presencia del escenario económico del país. Pero, de algo no hay dudas. Su notable memoria de creador de riqueza es evocada, desde entonces, como el patriarcal precursor de las Fábricas Nacionales de Cerveza.

BIO
Josiah Wedgwood
Cervecería Nacional
de San José, 1890.
Nacido en 1730, en la localidad inglesa de Burslem, fue el más célebre alfarero europeo del siglo XVIII, pionero en la producción industrial de porrones de cerveza que recorrieron el mundo durante casi 200 años.
Era el menor de doce hermanos que descendían de una familia que trabajaba en alfarería desde el XVII. En 1739 murió su padre y aún niño fue su continuador en el trabajo que demostró dotes exepcionales que mejoraron en un aprendizaje de cinco años tras los que se asoció con el reconocido artista Thomas Whieldon. En 1754 comenzó a registrar sus experimentos alfareros, entre tantos la fórmula del vidrio verde.
Cervecería Dolores
de Guillermo Kleinman.
En 1759 puso una fabrica propia en Ivy House Works, donde creó una especie de cerámica de aspecto novedoso, con un esmalte brillane y lujoso. Un producto original que atrajo la atención de la reina Carlota, que encargó unos servicios de té y café de color tostado de ese material. En 1765 Josiah recibió el permiso para bautizar el material como “Cerámica de la Reina”.
Con el aumento de la demanda, trasladó su empresa a un edificio de mayores dimensiones: Brick House Works, en Burslem. Allí mejoró sus métodos de producción y comercio, mientras experimentaba con óxidos para imitar a las piedras preciosas. En 1768 se asoció con Thomas Bentley, poderoso mercader de Liverpool, para distribuir en todo el Reino Unido sus nuevas cerámicas coloreadas estilo neoclásico.
Cervecería Jardín
de Trinidad, 1890.
En 1769 fundó la fábrica de Etruria, en Staffordshire), la primera en instalar una máquina de vapor para la realización de piezas cerámicas con moldes. En 1774 presentó sus piezas de camafeo Jasper Ware, con el apoyo de artistas como George Stubbs ó John Flaxman, que diseñaron modelos para esas piezas. Fue el abuelo materno de Emma Wedgwood, esposa de Charles Darwin, pionero de una empresa que mantiene vigencia en el siglo XXI, como fabricante de vajillas y objetos decorativos.

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