domingo, 27 de enero de 2008

Gladio Ferraz, anarquista catalán, maquis en Francia, rehén del franquismo, exiliado republicano, olvidado maestro de correctores de la prensa uruguaya

El Implacable

Arribó a Montevideo en 1956, gracias a un salvoconducto conseguido por el diplomático uruguayo Rogelio Braceras. Antes había sido activista de la Federación Anarquista Ibérica, soldado del Comité de Milicias Antifascistas en el frente aragonés de la Guerra Civil Española, apoyo de la resistencia francesa contra la ocupación nazi y prisionero de obscenos campos de concentración. Sufrió el rigor extremo de las cárceles del franquismo y el insoportable dolor de un rehén ejecutado virtualmente decenas de veces. En Cataluña trabajó como explicador de películas mudas, perito mercantil y pianista aficionado. En los primeros tiempos de destierro uruguayo fue cobrador, docente autodidacta de literatura española, publicista y traductor, mientras completaba sus ingresos como cuidador de coches. Era tajante al marcar un error de construcción sintáctica u ortografía, hasta dejar en silencio al famoso editor porteño Edgardo Sajón; mientras asesoraba a la Real Academia en modificaciones del uso de la jota o para oponerse a la supresión de la eñe. Sus compañeros le decían El Implacable. Un apodo que, paradójicamente, describía toda la ternura de su biológica intransigencia. Él era así. Siempre de ceño fruncido. Un gesto que lo acompañó hasta el minuto final, de su última mañana.

Sobre la base del artículo publicado en  El sueño igualitario (Cuadernos de Cazarabet, Teruel, España, 2004: http://www.cazarabet.com/esi/4/#gladio y sobre el publicado en la revista Noticias, Montevideo, 1999:
http://www.smu.org.uy/publicaciones/noticias/noticias100/art7.htm

En su documento de identidad uruguayo figuraba un tal Manuel Ferraz Baró, que muy pocos conocían, venido al mundo en Barcelona el 26 de setiembre de 1915. “Siendo todavía jovenzuelo, decidí la muerte civil del pobre Manolín, un pequeño apocado, probablemente por un temperamento paterno enérgico y nada pedagógico. Soy Gladio, que viene del gladius, la espada que servía a los gladiadores para matar o morir.” Así solía explicar su nombre de guerra.
Manuel era su padre. “Un aragonés brutote, muy trabajador y honesto, que jamás pudo sacudirse del religioso machismo de una España esencialmente conquistadora, pero moralmente derrotada.” Don Manolo era un ateo radical, que se alfabetizó siendo mayor de edad, por influencia de compañeros masones que nunca terminaron de convencerlo. En 1912 se fue a Barcelona, para trabajar como obrero gráfico de dos publicaciones anarquistas: La Publicitá y El Intransigente. Allí también colaboró con Tierra y Libertad, deslumbrado por sus fundadores, Juan Montseny y Teresa Mañé, más conocidos como Federico Urales y Soledad Gustavo, padres de Federica Montseny.
En 1921 se radicó en Lérida donde trabajó como explicador de películas, un

Gladio Ferraz, El Implacable,
un luchador de dos mundos.
(Gustavo Caggiani, 1999)
oficio en alza en los pueblos, porque las leyendas de los filmes solían estar escrita en inglés y aún, si estaban en español, muchos de los vecinos eran analfabetos. Fue un libertario incorruptible de fervorosa militancia contra el dictador Miguel Primo de Rivera, pero, también un audaz empresario. Pionero y propietario del cinematógrafo más popular de la región, con salas en las vecinas Huesca y Terragona y la representación exclusiva de los proyectores alemanes Zeiss Ikon. “Cuando estaba a punto de elegir una carrera, me propuso la administración del negocio mientras le ayudaba como pianista y explicador. La experiencia duró poco. Es que de él heredé su facilidad para ir a la cárcel por no guardar silencio cuando debía y su devoción por una palabra que ambos gozábamos muy profundamente. La más anarquista de todas las ideas: No.”

En 1930 el joven Gladio optó por un oficio que cumplía con el requisito paterno: Peritaje Mercantil. “A la academia iba Lorenzo Páramo, a la vez alumno de violín del conservatorio musical donde yo aprendía piano y solfeo. Ese muchacho utilizaba un típico saludo cuando abandonaba la clase: Salud y Revolución.” Admiraba al sindicalista Modesto Badía, quien, con cuatro aragoneses, administraba colectivamente un bar: El Cantábrico. “Me aconsejó algunas lecturas que irían despejando las pocas brumas que me rodeaban: La conquista del panSembrando flores y La revolución desconocida.” La literatura política pasó a ser preferida, aunque nunca abandonó a los autores de su niñez: Julio Verne, Emilio Salgari y Alejandro Dumas.
En abril de 1931, recién instaurada la Segunda República Española, fue detenido el último dictador de la monarquía, general Dámaso Berenguer. Por entonces era insistente el rumor de que el nuevo presidente, Niceto Alcalá Zamora, lo amnistiaría de graves delitos de lesa nación y crímenes contra la humanidad. La indignación lo llevó a escribir su primera poesía de tono social, publicada en el diario El País leridano, a pesar de advertencias paternas:

Don Dámaso Berenguer,
el as de los asesinos
que por sus hechos continuos
la muerte ha de merecer,
está pidiendo perdón
al presidente Zamora
el cual, aunque nada ignora,
le dará la absolución.
Y di tú, pueblo español,
di tú, ya que eres tan justo,
¿merece acaso el perdón
este zorro tan astuto?

Desterrado, transterrado
El 19 de julio de 1936, primer día de la Guerra Civil Española, estaba en Lérida, como activista de la Federación Anarquista Ibérica y de la Confederación Nacional de Trabajadores. Barcelona iniciaba la primera experiencia de gobierno acrático, por un acuerdo entre el presidente Lluis Companys Jover y los jefes de la triunfante resistencia contra el golpe franquista: Buenaventura Durruti, Juan García Oliver y Diego Abad de Santillán.
A mediados de 1937, Gladio era funcionario del Colectivo del Transporte de Barcelona, un emprendimiento de más de 25 mil cooperativistas que controlaba omnibuses, metros y trenes. Allí se alistó como voluntario del Comité de Milicias Antifascistas. Durante casi tres años fue aprovisionador de las ametralladoras que apuntaban a Teruel en el frente de Aragón que lideraba el emblemático Durruti. En 1938, herido gravemente en Alcañiz, formó parte de la última unidad que sucumbió ante el poderío aéreo alemán con los Stukas que arrasaban el terreno. Perdida la guerra, arrinconado contra los Pirineos, escapó milagrosamente de un ataque de aniquilación de aviones Fiat italianos. Los pocos sobrevivientes, cruzaron las inmensas montañas pirenaicas a pie, en éxodo inhumano.
En marzo de 1939 ingresó a Francia junto a medio millón de republicanos Transterrados (término que acuñó el filósofo José Gaos). Pero el gobierno francés, muy debilitado y presionado en los meses previos a la ocupación nazi, invocó una neutralidad inexistente. Los refugiados anarquistas y poumistas (del Partido Obrero de la Unificación Marxista–POUM) fueron tratados de “peligrosos” por el presidente socialista Edouard Daladier.
Gladio era obligado a recorrer los campos de Arles sur Tech, Vernet, Olorón, Barcarés, Argelés; los tristemente célebres infiernos de Collioure y Saint Cyprien y las compañías de trabajo de Ferme de Maroc, Le Lonzac, La Courtine y Les Piolers. “Mientras los nazis dividían a Francia en dos zonas los catalanes éramos trasladados a Randan, a diez kilómetros de Vichy. Allí la resistencia nos ofreció un acuerdo: libertad y apoyo para movernos, a cambio de adiestramiento.”
Gladio trabajaba en los hornos metálicos de la Compañía de Paulhaguet, mientras apoyaba a los maquisard que entrenaban patriotas franceses en los bosques del Haute Loire. En 1941 cayó en manos de una patrulla alemana que lo envió al campo de concentración de Saint Etienne. De allí escapó, ese mismo año, utilizando su infinita capacidad de prestidigitador. “Pero, hay que decirlo claro, muchos republicanos nos salvamos porque los nazis estaban obsesionados con los judíos.” Tras la evasión, el comando del campo dio la orden de cazarlos y asesinarlos. En algo más de tres meses fue perseguido a lo largo de 3.500 kilómetros. Muchas veces escapó a último momento, a pie, a caballo, en bicicleta, o como fuera. El heroico episodio es conocido entre los anarquistas como La fuga de los cien días.

Abisinio, Facerías y Sabaté
El 6 de agosto de 1942 regresó a Barcelona, clandestinamente. “Fui llamado por antiguos compañeros que retomaban la lucha contra Franco y yo no podía quedar fuera.” Un año después conoció a su esposa, Gloria. Fue durante unos meses de “hibernación” en el pueblo navarro de Estella, mientras los planes anarquistas recuperaban bríos con la liberación francesa y la inminente derrota nazi. En un paso por Lérida fue contactado por César Broto, por entonces, secretario de la clandestina CNT, que lo reclutó como “Piel Roja” (nombre popular de la incipiente guerrilla catalana).
También sus padres, radicados en Gerona, se las ingeniaban para colaborar con el Movimiento Libertario Anarquista. La casa familiar era estratégico albergue de quienes retornaban del victorioso exilio francés. Por allí pasaron decenas de compañeros: Zubizarreta (muerto en la cárcel); Villegas (ahorcado en Venezuela); Pareja (ajusticiado por orden del confidente Melis); Castellón y Perico (presos políticos) y los hermanos Sabaté, entre ellos Quico, el más célebre guerrillero catalán (muerto en combate en 1960). Los Ferraz dieron auxilio a otras leyendas libertarias: Jaime Parés, El Abisinio, José Luís Facerías y Ramón Vila, Caraquemada.
La vida de Gladio cambiaría dramáticamente en marzo de 1946, luego que agentes del régimen descubrieran explosivos y armas, que venían desde el paso franco-catalán de Camprodón. El plan original era atentar contra una parada que, según buenos informantes, contaría con la presencia de Franco. "Una madrugada sonó el timbre. Nuestro perro, que cuando un fulano pisaba la entrada armaba escándalo con sus ladridos, estaba tranquilo, lo que era probaba que el visitante le resultaba conocido. Papá abrió, creyendo que se trataba del guía. Al ver gente extraña y algún uniformado, pretendió cerrar, pero un pie lo impidió."
Su historia como preso político, incluyó siete condenas a muerte del Consejo de Guerra, por “bandidaje, estragos, terrorismo y asociaciones delictivas de varios tipos". Fue uno de los 33 rehenes retenidos en las cárceles catalanas, en secreto cautiverio. La dictadura los tenía “para ir fusilando si fuera necesario”, pero, además, jugaba con ellos a un macabro simulacro. Cuando te sacan al patio de madrugada camino al paredón se te caen las lágrimas. Cuando el pelotón prepara armas, lo primero que haces es reirte de ellos, mirándolos a los ojos. Más de una vez deseé, y se los grité en la cara, que todo se terminara en ese momento. Es verdad, cuando ves que no disparan, te cagas y te meas encima."
Como la ejecución se iba alargando, hubo tiempo para un hábeas corpus. “Nos vimos favorecidos por gestiones de organismos humanitarios, y la buena letra internacional que debió hacer el régimen tras la derrota nazi.” En 1953 su pena fue conmutada por veinte años, con libertad vigilada a los siete y medio; mientras sus fantasías de libertad tenían como único destino las capitales del Río de la Plata. "Conocí a un gambucero (encargado de compras y aprovisionamiento) de un barco que hacía el recorrido a Buenos Aires y Montevideo, que me enseñó el esperanto mientras compartíamos el encierro y me contaba sus aventuras." A ese hombre, del que nunca supo el nombre, dedicó uno de sus Poemas del barrote:

No quiero llorar
ni oír un gemido,
más si mi garganta
se ha de desgarrar,
que sea un rugido
de fiera salvaje,
de fiera furiosa
que brinque, que raje,
¡de fiera privada de su libertad!

Una tarde de 1956
Luego del enésimo interrogatorio, Gladio escapó para entrevistarse con Rogelio Braceras, por entonces cónsul uruguayo en Barcelona. "Me instalé en su casa y le advertí que de allí solo saldría muerto. No nos conocíamos, jamás nos habíamos visto, pero me puse en sus manos." El diplomático simpatizó con aquel anarquista desesperado. Se encargó de los trámites en la Dirección Nacional de Migraciones y le consiguió un salvoconducto. El 11 de junio arribó al puerto de Montevideo con el honorable título de refugiado político.
Su primer trabajo fue en la firma de despachantes de aduana Bergara y Cia, luego en el Cantegril Country Club de Punta del Este y en la agencia de publicidad Cesare Gnecchi Rusconi como redactor de avisos para la tienda London París. En los pocos ratos libres era profesor de literatura española y hasta cuidaba coches. "En 1958 la lotería me favoreció con 500 pesos, mucho dinero de aquella época, para traer a mi familia." Nunca más se separaría de su esposa Gloria, de sus hijos Jazmín y Dakar Argel, ni de su hermana Marisa, ni de sus padres que fallecieron al año siguiente.
Necesitado de más ingresos, consiguió un puesto corrector y traductor de artículos científicos en el Sindicato Médico del Uruguay. “En mis tiempos de publicitario había entablado amistad con el pediatra José Bebe Gomensoro y con los funcionarios Roberto Cotelo y Virgilio Bottero, tres valerosos brigadistas internacionales en la Guerra Civil." Con ellos solía compartir su memoria de poético repudio al franquismo:

En medio de un racimo de fantoches,
verdugos consecuentes del sadismo,
el Odio fluye en boca de un herodes,
hipócrita sayón del mosenismo
¿piedad? ¿razón? ¿amor? hueros vocablos
que desmienten tu lengua lujuriosa,
el brillo de tus ojos acerados
y tus labios de sierpe venenosa.

El 13 de octubre de 1963 fue contratado por el matutino La Mañana para reorganizar su archivo periodístico y, muy poco después, también para la corrección. "Hubo un momento que no tenía descanso. Era traductor del Sindicato Médico de 8 a 12; archivista en La Mañana de 12 a 16; cobrador del Sindicato de 16 a 20 y corrector de 20 hasta la madrugada. Tenía tantos trabajos, y en lugares tan distantes, que vivía con los pies en llaga viva, porque todo lo hacía caminando. Hasta que me compré la bicicleta." Pero siempre había espacio para uno más. En 1970, la Facultad de Medicina le encargó la corrección de sus publicaciones y la traducción del material extranjero y del que presentaba en congresos internacionales.

Atajando hasta el final
Gladio formó parte del equipo de correctores de SEUSA, con Pintos, Martuscello, Valledor y Pampinella. Bajo el seudónimo de Eugenio Vériz, escribió: Lo que la prensa no debe decir. Un pequeño libro que circuló entre redactores profesionales, docentes y estudiantes de literatura e idioma español. La obra contiene más de mil equivocaciones que “terminaron dentro del arco que defendía algún humano corrector, incluido yo mismo”. Todos, acompañados por un comentario irónico. “La intención no fue burlarme de la profesión periodística y, menos aún de la corrección. Una silla que ningún culo desearía ocupar, si se me permite una maltratada palabra, injustamente acusada de mala.”
En la obra profundiza su comparación entre dos puestos ingratos. “Detrás de ambos, solamente está la red o la humillación de una burrada en primera plana. Cuando atajamos todos los equívocos nadie nos palmea la espalda. Pero, cuando se nos pasa algún gazapo suele ser contabilizado como un gol en nuestra contra; aunque la pifia original sea de otro. Y si es más o menos grande suele quedar para la peor historia personal. Todos olvidan que el corrector debe leer, desde avisos hasta sesudos editoriales, desde recetas de cocina hasta comprometedores artículos políticos. Todo eso, sin contar la hora del cierre.”
También publicó la novela Sucedió en Vigo (“sin pena ni gloria”) y un ensayo: El arte de hacerse el antipático (“un intento de psicología intuitiva que pretendió demostrar que el ocultamiento de nuestras genuinas reacciones, es el primer paso hacia la hipocresía y, en definitiva, hacia la pérdida de salud mental”). En 1993 abordó el deporte desde la evolución social, en un ameno recorrido por cincuenta términos, desde el primer vocablo admitido por la Real Academia: velocipedista.

Eñe y jota
Era usualmente consultado por Rafael Lapesa, secretario perpetuo de la Real Academia Española hasta 2001. Nunca se conocieron personalmente, pero se escribían con fraterna asiduidad. Fue Gladio quien inició la intensa relación epistolar, fuertemente atraído por una frase del célebre filólogo, dicha en la Universidad Complutense de Madrid: “Lo he comprobado en estos años lejos de mi patria; el inglés nunca logrará arrinconar al español”, afirmaba Lapesa en 1975.
El inquieto catalán no dudó en escribirle. “Considero humildemente, doctor, desde tierras remotas del Uruguay, que la Academia debe estar muy atenta en la protección del purismo de la lengua. Lo más próximo y urgente será defender a la letra eñe, de inminentes embates anglosajones vestidos con trajes de nuevas tecnologías globalizadas.“
Lapesa respondió rápidamente. “Estimado Gladio, no veo especiales peligros en la influencia que el inglés ha alcanzado en el campo de las tecnologías. Claro que hay cambios, pero resultan inevitables. Ahora, las mayores influencias proceden del inglés, como en el siglo XVIII venían del francés. Todos los idiomas se influyen y se contaminan unos a otros." No obstante, se sintió tocado por aquella reflexión futurista y se comprometió a defender el “maravilloso patrimonio gramatical de la eñe”. Desde ese momento, ambos mantuvieron un fluido contacto "virtual" que duró más de un cuarto de siglo.
"Hay dos anécdotas muy graciosas de nuestra platónica amistad. Un día Rafael me informa que algunos académicos tenían deseos de cambiar la palabra reloj por reló. Le doy mi opinión en contra, entre otros motivos porque se dificultaría mucho en el plural. Al parecer la aceptaron, porque el reloj sigue con su jota en el lugar. La otra se refiere al término México. En su momento opiné que debía decirse Méjico, porque la equis era un uso de los infaustos siglos de la colonia”, argumentaba. En la actualidad, la Real Academia acepta las dos formas, aunque ve con más simpatía a la jota.

Ni
El catalán sentía un biológico desprecio por la monarquía (“aunque se esconda detrás de la adjetivación falaz de democrática”) y por los partidos políticos españoles (“de izquierda, centro o derecha”). Tampoco ocultaba, ni siquiera en las más acaloradas asambleas de la Asociación de la Prensa Uruguaya, una profunda aversión por el “estalinismo genocida, traidor y cómplice de la dictadura franquista”.
Recuerdo una discusión entre la 1 y la 30 (la dos listas históricas de APU, el gremio de los periodistas uruguayos). Luego de las medidas prontas de seguridad del Pachecato (período represivo del ex presidente Jorge Pacheco Areco, situado entre 1968 y 1971) los desencuentros eran frecuentes y se profundizaron con el gobierno de (Juan María) Bordaberry. El 9 de febrero de 1973, los de la lista 30 propusimos una salida masiva a la calle, para repudiar lo que era un virtual golpe de Estado de militares supuestamente progresistas. Los comunistas se burlaban de los anarquistas porque, según ellos, éramos unos exagerados; que no había tal golpe. Uno de ellos se dirigió a mí de manera insolente.”
Gallego, capaz que tú no lo comprendés, pero, aquí los militares tienen otro concepto cívico –argumentó el asambleísta.
Pedazo de un rusófilo, puedes decirme hijo de puta que quizá no me enoje. Pero, jamás me llames manuel (así con minúscula, porque era una referencia al bautismo católico), ni gallego (utilizado como gentilicio de un Reino de España, del que renegaba), ni comunista. –Si insistes, puedo matarte por honor –fue la amenazante réplica de Gladio, que dio por finalizado el debate. Por lo menos, por esa tarde.

El mito de su inmortalidad fue contado, una y mil veces, por camaradas de lucha en la Guerra Civil, del exilio republicano y por compañeros de prisión en las cárceles franquistas. También sorprendió a los mejores médicos uruguayos (entre ellos al intensivista Homero Bagnulo, que aún se jacta de haber sido su amigo) con una historia clínica que registró cuatro episodios de meningitis y otras tantas neumonías graves, normalmente terminales. –Salvo para él, claro – aún asiente, admirado, Bagnulo.
¿Sabéis por qué no le apetezco a la parca? –Por que teme que le subleve el camposanto. Era la convincente e irónica respuesta del catalán, siempre de ceño fruncido, a quien le preguntase sobre su insólita habilidad para escaparle a la muerte. Quienes le conocieron están convencidos de que no exageraba. Son los mismos que cuentan que jamás dejó de repetir su más sentido credo anarquista.
Dios no existe –fue su agónica, e implacable negación cuando alguien tuvo la idea de llamar a un sacerdote para darle la extrema unción. Una mañana del 3 de marzo de 2001.

2 comentarios:

Irina dijo...

Gladio me sorprende cada día un poco más.
Salud!
Irina

nina dijo...
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