miércoles, 30 de enero de 2008

Bouza Bodega Boutique

Cuando el vino es poesía sutil

La cava de Bouza preserva la
estructura de la antigua iglesia del
establecimiento de un pionero de la
agroindustria uruguaya: Numa Pesquera.

La joven bodega crece con una premisa fundamental. La pequeña escala ofrece siempre mejores resultados. En la tarea convive el espíritu fundacional de Numa Pesquera, pionero de la agroindustria nacional, con el talento de Juan Bouza Martínez, el coruñés que lideró emprendimientos memorables. Para lograrlo, un equipo unido cuida cada paso del proceso, desde los viñedos de Melilla y Las Violetas, hasta la copa, siempre bien servida. Porque ellos entienden que la mejor tecnología no basta, si no es acompañada por un delicado tratamiento de la fruta y por las condiciones naturales que permitan una mínima intervención. Es un camino largo e intenso, que se refleja en los vinos de la familia Bouza Trabal.

Publicado en la serie Bodegas del Uruguay del diario El Observador (Montevideo, 2008).


Juan Pablo tenía nueve años cuando elaboró su primer Tempranillo. El trabajo comenzó como un juego, en la vendimia de 2003, cuando había que ralear ciento por ciento de los frutos cultivados. Fue una tarde de febrero, observando unas parcelas, que se dio cuenta que no estaban volcados todos los racimos. Recogió unos pocos kilos, los juntó en un balde y los pisó, a la antigua. Cuando imaginó que podía estar pronto, preguntó con insistencia por su vino casual. Una mañana el enólogo lo probó, y dio su opinión, con un gesto de asombro. “Impresionante”. De esa primera cosecha salieron cinco botellas: dos para la familia, una para el abuelo y dos aún evolucionan en la cava. “Lo hizo solito, sin sugerencias, ni ayuda”, asegura Elisa, la madre de Juan Pablo, que todavía disfruta la misma emoción de entonces, mezcla de orgullo y felicidad. “Fue una experiencia muy interesante, porque pusimos en práctica nuestra idea de mínima intervención”, recuerda Juan, el padre, con una sonrisa cómplice.
Un secreto está en el roble.
Una anécdota encantadora, que describe el espíritu solidario de un equipo que apuesta a la menor escala y a la mayor calidad. Quince personas, entre ellos dos enólogos, trabajan en las viñas de Bouza Bodega Boutique. En las doce hectáreas de Las Violetas, ubicadas a 39 kilómetros del centro de Montevideo y del Río de la Plata, crecen frutos para vinos Albariño, Chardonnay, Merlot, Tempranillo y Tannat. En las seis hectáreas de Melilla, cruzadas por el arroyo que desemboca en el río Santa Lucía, maduran plantas de Albariño, Chardonnay, Merlot y Tannat. Allí también está la bodega, construida en 1942 por el arquitecto Schaefer Caviglia, a imagen y semejanza de los chateaux franceses. Su primer propietario, Numa Pesquera, era un visionario que hasta la década de 1950 fue líder de la innovación agroindustrial.

La planta está rodeada por un bosque centenario, de melaleucas, alcornoques, araucarias, cipreses, casuarinas, ceibos. Alrededor de su arroyo conviven variedades de aves autóctonas, con patos, pequeños animales, domésticos y por domesticar, y hasta una familia de nutrias que se aquerenció en una mínima isla de dos metros cuadrados de territorio.
Juan Bouza López y Elisa Trabal encontraron un sitio que les puso en contacto con la naturaleza, y que les permitió, en 2002, iniciar un emprendimiento afín con su sólida experiencia en el posicionamiento de marcas gastronómicas. Se asociaron con el enólogo Eduardo Boido, un prestigioso teórico, que también ha sabido llevar a la práctica su especialidad. “Los vinos forman parte de un proyecto común de vida, que nos entrega reconocimiento y aprecio”, afirma Juan.
La gloriosa Ford T modelo 1923
todavía trabaja en la vendimia.
En el establecimiento también hay espacio para una afición paterna: la preservación de automóviles antiguos. Un atractivo museo forma parte de la propuesta patrimonial de Bouza Bodega Boutique. Allí comparten su gloria pasada, un Ford T de 1923, manejado con cambios a pedal, y un camión que puede cargar hasta una tonelada, del mismo modelo, pero de 1925. Este ejemplar tiene una historia peculiar. Juan se lo compró a un recordado arrendador de sombrillas y reposeras de la playa Carrasco. El título de propiedad fue firmado dos años después, al mismo tiempo que finalizaba la restauración del vehículo y que su precio agregaba varios ceros a la derecha. “Puede alcanzar hasta 35 kilómetros por hora y funciona maravillosamente bien”, aclara su propietario.
Toda la uva sale de 18 hectáreas, organizadas en 36 parcelas de media unidad cada una. La familia también ha innovado en el cultivo de tintas, al bajar la altura de los racimos a pocos centímetros del suelo. “Nuestro objetivo es mejorar la fotoinducción del fruto, que recibe luz desde arriba y también la reflejada en la tierra, para influir en su maduración y en su estructura. Entre las hileras dejamos una variedad muy amplia de plantas que acompañan a la vid: menta, trébol, ryegrass, malezas. Así se crea un ecosistema donde cada especie aporta sus insectos y hace que entre ellos se controlen. Por eso no usamos sustancias artificiales”, explica Elisa.
De la familia Bouza Trabal al mundo.
En Melilla conviven tres tecnologías de almacenamiento vitivinícola: el acero moderno, el hormigón antiguo y el roble intemporal. “Estamos convencidos de que la intervención mínima permite que la uva se desarrolle con toda su naturaleza y que ella misma cree sus caldos. Un sabio precepto de antiguos enólogos dice que el vino mejora en el invierno porque en ese momento se precipita todo lo que no sirve. Nuestro vinos disfrutan de un continuo invierno”, asegura.
La familia todavía recuerda su primer Chardonnay, recogido un domingo 2 de febrero de 2003. “Fuimos de madrugada a la viña, porque hubo un anuncio de temporal. Cuando llevamos los racimos a la bodega, el cielo se puso negro y llovió. Fue el mejor que hicimos o, mejor dicho, fue el que más nos gustó”, evoca Trabal.


Socorro López y Juan Bouza Martínez.
(Ignacio Naón, 2009)
Juan Bouza Martínez
El patriarca coruñés en su tierra natal fue mecánico tornero por obligación y músico por vocación. Mientras trabajaba en el astillero ferrolés de Astano, tocaba el trombón en su mínima aldea de Cadabas, de no más de cinco casas, todas de piedra. Su orquesta hizo historia a mediados del siglo anterior, con sus rumbas, boleros y merengues.
Aunque tenía un buen empleo y mucho éxito artístico, en 1955 emigró a Montevideo, alentado por fantasías sobre una avenida 18 de Julio ancha como el mar, donde los billetes se encontraban en la vereda. Vino con su esposa, Socorro López, ferrolesa de Neda. Juntos, se enteraron que eran irreales las promesas de dinero fácil. Aún así se quedó en la capital uruguaya, trabajando en una tornería. Desde allí se fue a la fábrica de pastas de un tío abuelo de Socorro, que le permitió abrir su propio negocio en Las Piedras. Con su talento, su empresa fue líder en la producción de alimentos envasados: La Sibarita. Cuando la vendió, en 1996, tenía más de 300 empleados y exportaba a cinco países. “Traje mi carné de músico, pero entre la burocracia y el trabajo jamás pude tocar el trombón como profesional”, evoca con cierta nostalgia.

Las viñas de Tannat en Melilla.
En su honor
Y en el de tantos emprendedores, su hijo el viticultor plantó albariñas que pronto fueron cuatro o cinco mil botellas, por año. Un vino gallego, elogiado hasta por el ex presidente autonómico, Manuel Fraga Iribarne. Cuentan que el hábil político de Lugo, una noche, se cruzó en una fiesta con Juan padre. El diálogo entre ambos, al parecer, fue memorable:
–¿Cómo conseguiste la albariña? –fue la duda de Fraga Iribarne.
–¡Pues, que yo también soy gallego! –fue la respuesta de Bouza.

Angibaud
Bodega Bouza Boutique exporta al Reino Unido, Alemania, Bélgica, Emiratos Árabes Unidos, República Checa, Dubai, Estados Unidos, Canadá, México y Brasil. Es memorable la anécdota del contacto con Dubai, la capital árabe. “Un día llegó un mail de Jean Daniel Angibaud, un maître y somellier francés. Le respondimos y quedamos a la espera. Pero, desapareció, imprevistamente, hasta que el 19 de setiembre de 2005 nos escribió nuevamente. Llegaba al otro día, desde Brasil. Visitó la bodega, probó nuestros vinos y se enamoró de Uruguay. Desde entonces vuelve cada año para hacer paracaidismo, su pasión deportiva”, recuerda Elisa.
Ejemplares únicos del Museo Bouza.
Angibaud nació en Burdeos, y es responsable de los quince restoranes de un exclusivo hotel de Dubai. Allí seguirá hasta el día que compre una bodega en Uruguay, el país de sus sueños. “Los importadores internacionales se enamoran de nuestra imagen artesanal y familiar. Aquí viene gente que lo ha probado todo. Gente como Jean Daniel, que debe conseguir vinos de calidad que sorprendan a sus clientes. Los vinos uruguayos todavía son exóticos, y eso es muy bueno”, anota Juan.
También es habitué de Melilla el viticultor californiano Jan Shrem, propietario de la famosa bodega Clos Pegase. Un hombre frontal, de ideas que llaman a la reflexión. “Antes tenía una imprenta, mucho dinero y pocos amigos. Ahora tengo una bodega, menos dinero y más amigos”, es una entre tantas. Una frase notable que la familia Bouza Trabal guarda, en un sitio de honor.

2 comentarios:

pablo dijo...

hola mi nombre es pablo. mi comentario amen de felicitar su exito es: consultarte por una busqueda que tiene que ver con mi abuelo ANDRES BOUZA. EL VIAJO CON SU HERMANO MAYOR EMBARCADO EN UN BARCO.SU HERMANO SE QUEDO EN CUBA Y EL EN BUENOS AIRES. ERAN DE LA CORUÑA DEL TORREON.SI TENES ALGO QUE VER TE RUEGO ME AVISES. ESTOY BUSCANDO A SU HERMANO. MI ABUELO MURIO EN EL AÑO 1976.

pablo dijo...

TENGO MAS DATOS DE MI ABUELO Y SU FLIA. TENGO ENTENDIDO POR MI ABUELA EMA GARCIA TODOS ESTOS DATOS