sábado, 14 de marzo de 2009

Leopoldo Nóvoa (1919-2012), pintor, escultor, gallego emigrante a Montevideo, creador del mural del Estadio Luis Tróccoli, obra maestra del Realismo Abstracto iberoamericano



El genio que vive en sus cenizas

Sobre la base del libro Galicia en Uruguay (Naón & Olveira, 2009), de una entrevista publicada en el semanario Brecha (2012), del libro Montevideo Manual del Visitante (Koi Books, 2011, 2012, 2013) y del capítulo "Cerro" de la serie Montevideando (Trocadero Gabinete DDiseño para el diario El País, 2013).


Leopoldo Nóvoa, en abril de 2008,
cuando fue declarado Ciudadano
Ilustre de Montevideo.

(Ignacio Naón)
Con sólo siete años, recién llegado desde su Pontevedra natal, cruzaba a caballo la Pampa argentina para ir a la escuela. Aquellas extensiones inmensas, casi infinitas a los ojos del niño, inspiraban su obra desde siempre con la presencia del espacio vacío. Al estallar la Guerra Civil se exilió con su familia en Montevideo, donde fundó la revista Apex, en la que colaboraron, entre tantos, Joaquín Torres García, Juan Carlos Onetti, Juana de Ibarbourou. "Mi formación cultural es absolutamente uruguaya. Cuando me fui de allí, era el último país vivible, con libertad y una gran cultura", solía decir el pintor y escultor que sumó amores en Pontevedra y el Río de la Plata. En Buenos Aires conoció al notable artista Luis Seoane, y a otros galleguistas que influyeron en su sensibilidad mientras le solicitaban artículos e ilustraciones para la memorable Galicia emigrante. En Uruguay su presencia es demasiado notoria como para ser olvidada, aunque se fue del país hace casi medio siglo. Su mural del estadio Luis Tróccoli, del Club Atlético Cerro, es un ícono del abstracto nacional. Leopoldo Nóvoa vivió sus últimos años entre su casa rural pontevedresa de Armenteira y París. Sus obras, caracterizadas por la búsqueda de una tercera dimensión, se han exhibido en Estados Unidos, Europa, Asia y América Latina. Retornaba cada dos años a Montevideo. “Me la paso recibiendo homenajes de mis amigos, que no merezco, y que sólo acepto como un tributo a la inmigración”, solía responder con su natural humildad el admirado gallego, que se presentaba como un pintor uruguayo, con una obra de culto universal. Leopoldo Nóvoa falleció el 23 de febrero de 2012, poco después El País de Madrid tituló en la portada de su página cultural: “El artista matérico que conquistó París”.

Trabajando en el mural del Estadio Luis Tróccoli, 1963.
(Archivo Leopoldo Nóvoa)
–Pontevedra, Montevideo, Buenos Aires, Caracas, París, Armenteira. Hay tantas ciudades en su vida, tantas migraciones, que jamás podrá ocultar su temperamento de gallego aventurero.
–Mi espíritu de aventura es gallego, sí, pero también uruguayo. Gallegos y uruguayos, y yo siento que soy de ambos, somos emigrantes por naturaleza. Nos gusta salir, conocer el planeta. Cada tanto, empezar una nueva vida. No siempre lo conseguimos, pero, por lo menos, lo intentamos alguna vez. Nos une el Atlántico, que tantas veces recorrimos detrás de una vida mejor. Pero, también se parecen mucho las sensibilidades de los pueblos del Cantábrico y 

Pared oeste de un mural abstracto
incomprendido en su tiempo.
(Universidad Politécnica de Valencia)
el Río de la Plata. Siempre de frente al mar. Nací en Galicia pero mi padre era uruguayo, porque mi abuelo pontevedrés un dia emigró a Uruguay. Mi abuela era criolla pero de Cuba, entonces, tengo dos abuelos cubanos y dos pontevedreses. Los Nóvoa somos una familia de mucha presencia en Pontevedra, aunque los vascos sigan diciendo que mi apellido es de ellos.Somos Nóvoa con “v”, gallegos de muchas generaciones. Nuestra mayor celebridad fue un pariente marino de la Edad Media, que trabajó para el rey de Portugal. Yáñez de Nóvoa (para los portugueses João da Nova Castelia) fue alcalde de Lisboa, jefe de la Tercera Expedición Portuguesa a las Indias, descubridor de las islas de Asención y Santa Helena, donde fue a parar Napoleón. Era orensano, pero cuando los Irmandiños le quemaron el feudo de Maceda se fue a trabajar para la armada lusitana. Hasta tiene una isla en el Índico, que se llama Juan de Nova en su honor.

–Como buen gallego, su pariente empezó una nueva vida lejos de casa.
–Fue un descubridor y un innovador. Yáñez de Nóvoa inventó el Correo a las Indias, en un episodio muy curioso, extraordinario, ocurrido entre 1501 y 1503. Cuentan que cuando fundó la factoría de Cananor (costa suroccidental de la India) se olvidó de algo en Lisboa; entonces escribió una carta que metió en una botaCuando llegó al Cabo de Buena Esperanza, donde sus barcos paraban para cargar y esconder mercadería, tuvo la idea de colgar la bota en un árbol. Como era una celebridad, admirado por sus hazañas, estaba seguro que el primer barco que pasara llevaría su carta a Portugal. Y efectivamente, a los pocos días, alguien la recogió, la llevó y la entregó en propias manos. A la vuelta, otra nave dejó el objeto que había solicitado mi pariente, y una respuesta, en el mismo sitio. Así se estableció la correspondencia entre las Indias y Portugal. Hay una estampilla de correo en homenaje a Yañez de Novoa, y una escultura en la bahía de Ciudad del Cabo. El tema de la obra: la primera carta puesta en una bota. Esa fue la curiosa forma cómo se creó el correo marítimo entre Europa y las Indias.

Sectores Norte y Sur del Estadio Luis Tróccoli.
(Fotos firmadas por Rodebu, publicadas
en Wikimedia, 29/9/2013)
–¿Los Nóvoa heredan genes de emprendedores y artistas?
–Ni tanto. Mi padre, Edmundo Nóvoa de María, fue un diplomático uruguayo, hijo de un pontevedrés, agente ganadero en Durazno. De María es un apellido muy uruguayo. Hubo muchas idas y vueltas, entre España y América, hasta que un día el joven Edmundo se enamoró de mi madre, Mercedes García Solís, y se quedó en Pontevedra. Recién volvió a Uruguay cuando yo todavía no era nacido, allá por 1910. Soy el cuarto, luego de tres hermanas mayores, y después hubo cuatro más. Me quedan dos hermanas, una en Pontevedra y otra en Montevideo. Entre los tantos viajes con mi padre, hubo uno a la Argentina, por un proyecto industrial. Creo que tenía siete años, no más, cuando cruzaba a caballo la pampa bonaerense para ir a la escuela. Son recuerdos imborrables. De vuelta en Galicia, nos fuimos a vivir a una casa de la tía 
Teresa, en Villagarcía de Arosa, luego nos radicamos en Pontevedra. Mi familia tenía casas en la playa de Raxó, de la ría de Marín, donde pasábamos las 
En Pontevedra, 1968, cuando
 ingresaba clandestino a Galicia.
primaveras y los veranos. Mi padre fue cónsul en Galicia, de Uruguay y Argentina, al mismo tiempo. El representante argentino había muerto, y era costumbre que mientras no enviaban un sustituto quedaba a cargo una nación amiga. Tuvo muchos problemas con la dictadura franquista. No era republicano, pero sí muy independiente, muy repetado, y tenía mucha presencia. Cuando el territorio gallego quedó en poder de los fascistas, al principio de la Guerra Civil, los uruguayos y los argentinos quisieron salir de allí. Es algo de lo que nunca se habló mucho, pero hubo muchos rioplatenses muertos y encarcelados en la guerra y en la dictadura. La labor de mi padre, como cónsul, fue más humanitaria que diplomática. Salvó a miles de uruguayos y argentinos, y también a opositores españoles, porque conseguía documentos y salvoconductos. El regimen lo consideraba un enemigo y un buen día le retiró el exequator diplomático, el derecho a ejercer la función consular. Por entonces, si el franquismo le sacaba la inmunidad, lo condenaba al exilio, la cárcel o la muerte. Recibió amenazas, pero igual se quedó, hasta fines de 1939, cuando decidió volver a Uruguay, para siempre. Tanto hizo por los uruguayos y los argentinos residentes en Galicia, que en 1943 recibió un gran homenaje popular en Montevideo. Para nosotros, conmovedor. 
El periodista y escritor
Carlos Maggi, según
su amigo Leopoldo Nóvoa.

–En Uruguay su vida empezó de nuevo, para no ser menos que sus antepasados. 
–Me fui de Pontevedra con 17 años, después de desertar, cuando me quisieron reclutar para las tropas de Franco. Mi formación cultural es absolutamente uruguaya. Hasta entonces, solo lo conocía por comentarios y relatos, como un país vivible, con libertad y una gran cultura. Teníamos parientes Novoa en Durazno, que eran ganaderos de buena posición, pero nos quedamos en Montevideo. Así empecé a estudiar y trabajar. Me hice pintor en Uruguay, aunque fui un aficionado entusiasta en Galicia. Siempre pinté, pero recién fui profesional a los veinte años.

–¿Cómo fueron aquellos primeros tiempos?

Los evoco como encantadores y comprometidos. En Montevideo edité una revista con escritores formidables: Manuel Flores Mora, el entrañable Maneco, y Carlos Maggi, mi querido Pibe. ¡Qué dos! La publicación se llamaba Apex, y salió solo dos números en 1942. La sacábamos con mucho sacrificio, porque éramos muy jóvenes y era difícil conseguir el dinero para la edición. Conocí a toda la barra del semanario Marcha: Carlos Quijano, Juan Carlos Onetti, Mario Benedetti, ¡al increíble Peloduro! También a la poetisa Juana de Ibarbourou, la adorable Juana, con la que compartíamos historias gallegas; Juan José Morosoli, y al gran Paco Espínola, el mejor narrador que leí y escuché en mi vida. Tampoco puedo olvidar a Zelmar (Michelini), a Julio Sanguinetti y a su esposa Martha Canessa. ¡Cuántos amigos uruguayos! En Apex me encargaba de la parte plástica. En aquel momento me acerqué a Joaquín Torres García, quien, junto con el escultor vasco Jorge Oteiza, fue la personalidad que más me marcó en siete décadas de trabajo. El maestro me trataba como si fuera un pintor, con un respeto y una preocupación increíbles; y me alentaba. Cuando tenía algo en mente, me iba a su casa, se lo contaba; él iba a su biblioteca y me decía con aquella humildad: “Lea esto, pero no sé si le servirá”. Y vaya si me servía. Torres García, además de un artista universal, era un apóstol de la enseñanza. Nunca participé de su fantástica Escuela del Sur, pero vivo con felicidad su notoria influencia en mi forma de vivir el arte y en mi concepción artística.

Texturas originales en el Cerro de Montevideo.
(Universidad Politécnica de Valencia)
–¿Por qué no participó en el Universalismo Constructivo?
–Recogí muchos de sus conceptos, hasta podría decir que tuve una primera etapa constructiva, pero nunca fui al Taller Torres García, que era el lugar donde se trabajaba el constructivismo. Sólo me dedicaba a lo que podía hacer en ese momento: recuerdos gallegos, paisajes marinos, las rías pontevedresas, mis rías. Mis primeras telas contaban mis propias historias. Así fui haciendo camino al andar.
En 1947 me casé con mi primera esposa Celia. Poco después me radiqué en Buenos Aires donde conocía a un escultor gallego llamado Valenzuela, que me presentó a Luís Seoane, con quien tuve una gran amistad. Eduardo Blanco Amor, Lorenzo Varela, Rafael Dieste, Arturo Cuadrado formaban aquel grupo de admirados intelectuales. Teníamos una relación íntima y total. El arte y la política, el galleguismo y la cultura, eran nuestros temas. Por la generosidad de aquellos amigos fui colaborador de Galicia emigrante, una publicación para mí, memorable. Admiré mucho a Seoane, como artista, como hombre, como pensador. Me ayudó mucho. Me consiguió la Galería Velázquez donde expuse solo por primera vez. Si hasta me hizo intervenir en una exposición itinerante: "Pintores argentinos por el mundo". Siempre digo que Seoane es el Torres García argentino. Hay un antes y un después de su obra. Luis era un porteño, gallego de alma, que sufrió, como pocos, la morriña de un paradójico exilio en Buenos Aires, su ciudad natal, por la Guerra Civil.

Luis Tróccoli le solicitó un mural figurativo alusivo
al deporte, pero Nóvoa realizó una obra del
realismo abstracto que evoca el trabajo y
las luchas sociales en la Villa del Cerro.
(España Vale)
–¿Cuándo afirma que se hizo pintor en Uruguay, significa que se considera un artista uruguayo?
–No tengo el estilo uruguayo, si se puede hablar de un estilo nacional, pero fui influido por los pintores modernos de mi época juvenil: Pedro Figari, Rafael Pérez Barradas, José Cúneo, Carmelo de Arzadun, o los abstractos, Américo Spósito, José Pedro Costigliolo. También me encantaban los planistas, aquel movimiento estético tan uruguayo: Guillermo Laborde, Petrona Viera. Yo hice mi opción por el abstracto, con influencias muy eclécticas, de muchos autores, Picasso el primero. En realidad soy injusto cuando nombro a una persona, porque lo que más importa de un pintor es su pensamiento, su historia personal, su ambiente, su época. Me siento un artista de origen gallego, con una formación uruguaya que no he perdido ni con el paso de los años, ni con tantas vueltas al mundo. Creo que la primera sensibilidad, la que se adquiere en los años de formación, esa, jamás se pierde. Soy no un figurativo, de la época cuando luchaban figurativos contra abstractos. Hubiese sido la peor traición pasarme al otro bando (se ríe).
–El mural del estadio Luis Tróccoli, del Club Atlético Cerro, es un ícono del abstracto uruguayo e iberaoamericano. En su tiempo fue un desafío al orden estético dominante. ¿Cómo surgió la idea? 
–Es cierto, y me dio unos cuántos dolores de cabeza. A fines de la década de 1950, hacía dibujos políticos en el diario Acción, de Luis Batlle Berres. Allí conocí a Luis Tróccoli, que era presidente de Cerro, un club de fútbol muy popular de una zona histórica de Montevideo. Tróccoli era un personaje uruguayo de aquellos tiempos, pero a quien debo rendir un homenaje es al arquitecto Orozco, un técnico de la Intendencia de Montevideo, nacido en el Cerro, que conocía cada rincón y cada persona de su barrio.
¡Inconcluso, genial!
(Catálogo Centro Cultural de España)
La idea de hacer un mural fue de Tróccoli y me lo ofreció. Al principio iba a ser figurativo, sin ninguna modernidad, ilustrativo de atletas. Yo les ofrecí un abstracto, pero fue una pelea muy grande. Los directivos de Cerro querían lo mejor para su estadio, pero no tenían cultura sobre el arte de la época. Hasta pararon un par de veces el trabajo, porque no les gustaba, porque no lo entendían. Trócoli tampoco, pero fue decisiva la intervención de Orozco, que me defendió, que puso toda la carne en el asador. Para los directivos de Cerro yo no era un pintor, ni famoso, ni no famoso. Pero Orozco era un profesional muy respetado, y una gran persona. Trabajé allí hasta 1964, y en realidad, ¡nunca lo terminé! Los 600 metros cuadrados del mural (130 de largo por 4.6 metros de altura) están muy expuestos, a campo abierto, sometidos a inclemencias. Tiene muchos relieves y los muchachotes se cuelgan hace casi medio siglo. No hay dudas de que es una construcción sólida, pero está inconclusa, aunque no lo parezca. Lo de inconcluso tiene una explicación. Trabajé dos años y medio con sus lógicas paradas. Por discusiones con los directivos de Cerro, y porque en aquella misma época me encargaron los murales de las termas del Arapey, en el departamento de Salto. Terminé los dos de Arapey y tuve que dejar el de Cerro, porque no había dinero, y después me fui a Europa. Falta terminar el sector derecho y retocarlo, pero no es posible. Hoy no puedo caminar.

"Hay una relación entre los materiales de desecho
utilizados y la sociedad que describe mi obra.
El Cerro de 1960 estaba en plena crisis que
anunciaba el cierre de sus frigoríficos."

(Catálogo Centro Cultural de España)
–¿Qué significa?
–Es realismo abstracto realizado con materiales de desecho, recogidos y recuperados. Me propuse expresar a mi sociedad y a mi país en aquella época. Era una época tremendamente conflictiva, de tuparamos, de marchas de cañeros, de movimientos obreros, de represión, de crisis social. La sociedad estaba en decadencia, y su historia fue contada con desechos. Esos materiales inservibles, por sí solos, ya describen una realidad. El artista tiene una idea, y una concepción, que expresa con formas y texturas. Hay una relación íntima entre los materiales empleados y la sociedad descripta en la obra. Basta recordar que el Cerro de la década de 1960 era una villa en crisis, que anunciaba la caída de los frigoríficos y de sus industrias. Aquella sociedad uruguaya ideal, la famosa Suiza de América, había ingresado en la misma descomposición que el resto del mundo. Una descomposición que ha seguido avanzando hasta ahora. Por esa época hice otro mural, que llamé La Cantera, colocado en el Parque Santa Margarita de La Coruña. Fue realizado cuando todavía era un recién retornado, después de más de dos décadas de emigración. En ese trabajo, es muy clara la influencia uruguaya y, además, tiene los mismos materiales utilizados en el Cerro.

–¿Retornó a Europa, huyendo de esa misma descomposición social?
–No, porque el artista no especula. Hasta diría que las crisis es muy buena inspiradora. En ese momento, quise ponerne al día con las tendencias plásticas. Había hecho otro viaje, unos años antes. Fue una visita a París: amigos, colegas, museos, instituciones. Pensé en quedarme, pero volví a Uruguay porque tenía pendiente el mural del estadio Trócoli y otros proyectos. El segundo viaje fue en 1961, al principio solo con fines culturales. Pero, me quedé.

En su taller de París,
década de 1980.
Me fui a Europa como un pintor uruguayo. Me acuerdo que en una de mis primeras exposiciones, en un museo francés, el director me preguntó: ¿gallego o uruguayo? Finalmente, el catálogo dijo la verdad: pintor uruguayo nacido en Pontevedra. Primero me radiqué en París, con un taller, y volví a Pontevedra, al principio de incógnito, porque estaba el franquismo. Pasé un tiempito como clandestino, y volví a Francia a la espera de que cayera el regimen. Mi idea era tener dos talleres: uno en París y otro en la ría de Arosa o en Marín, donde me crié. Muerto el perro se acabó la rabia fascista y volví a Pontevedra. Al final, instalé mi taller en Armenteira.

–La tierra de los míticos monjes del Cluny, que crearon el vino albariño.
–Tengo un cuadro, uno de los que mas me gusta, de un monje que tiene un pájaro en la mano, basado en una leyenda del convento de Armenteira. Según cuenta Alfonso X, El Sabio, un día apareció en el monasterio, un religioso que sus pares no reconocieron. –¿Tu quién eres? –le preguntaron. –Soy Ero –respondió el extraño. 

Una obra maestra del muralismo iberoamericano
a cinco minutos del Centro de Montevideo.
–Pero aquí no hay ningún monje que se llame Ero –le retrucaron, desconfiados. –¡Como que no!, yo salí recién a dar un paseo y estoy de vuelta –insistió el visitante. Los monjes llamaron al prior, para confirmar que no había nadie, llamado Ero. Todos sospechaban que podía ser un ladrón o un mentiroso. Hasta que apareció el bibliotecario. –Yo recuerdo que hay un libro que cuenta la historia de un monje que desapareció hace muchos años –intervino, el anciano erudito. Lo fue a buscar y leyó la historia. ¿Qué había pasado? Que el momje se quedó rezando en un bosque, contemplando la naturaleza y la belleza de la Creación. En algún momento sintió el canto de un pájaro, que lo puso en éxtasis durante 200 años; y en ese momento estaba de vuelta. ¡Qué historia! Tengo mi taller a cien metros de ese convento y a seis kilómetros de las propidades familiares de Samieira. Ahora vivo entre el ambiente rural de Arementeira y la París cosmopolita. Para mí son complementarios. París es el centro mundial del arte, todo lo que pasa en el mundo, pasa por allí. La concentración y el placer de estar en la aldea me llevan a cubrir la falta de todas las actividades de la ciudad. Mantengo un equilibrio: en París soy un hombre absolutamente de taller y aquí también, pero me requiere mucho el entorno, tanto el intelectual como el físico. 

–Maestro, su trayectoria...
–Disculpa, pero no soy maestro. Nunca me sentí capacitado, ni con la sabiduría. De la misma forma que Torres García tenía su mayor satisfacción en la enseñanaza, yo no tengo esa capacidad. Que me llamen maestro es muy bonito, es un honor, pero no es justo porque no lo soy. Maestros son muy pocos. Mis talleres son de producción, no de enseñanza. Allí hago esculturas y pinturas y preparo mis exposiciones.

Hoy es un gran díatécnica
mixta con rejilla, 2003.
–Su trayectoria artística quedó marcada por el incendio que sufrió su primer taller parisino. Tanto, que las cenizas tienen un papel fundamental en su obra. 
–Yo tuve un taller maravilloso de 250 metros cuadrados en el barrio de la Bastilla. Se quemó y perdí todas mis obras, salvo algunas que estaban en una exposición. Nos quedamos con nada. Nuestros amigos artistas organizaron una exposición para ayudarnos a Susana, mi señora, y a mí, a empezar de nuevo. Fue entonces cuando se me dio el taller de París donde trabajo ahora. Después del desastre, Susana y yo volvimos a ver lo que había quedado. Al ver los restos de mis obras, cogí una bolsa y la llené con los pedacitos de los cuadros que se habían quemado. Cuando después abrí la bolsa y encontré la ceniza, vi que tenía un mensaje para mí. Eran los grises, los negros y los rojos que se convirtieron, sobre todo junto a la ceniza, en protagonistas de mi obra. 

– No se considera un maestro, pero si ¿un innovador?
–Sólo en lo que se refiere al lenguaje a través de la ceniza. No por lo demás (lanza una carcajada). 


–¿Tiene predilección por algún colega español? 

–En mi obra hay una referencia a la pintura negra, que es muy determinante. Es una manera de contemplación del mundo que me gusta mucho. Como observador, me encantan Goya y el Greco. Siempre digo que no es importante que se interprete correctamente una obra, lo importante es que el contemplador realice él un acto de creación. Lo que él crea es válido, tanto como para el pintor.

Grabado para la obra poética 
Alénde José Ángel Valente.
–¿Hay una plástica gallega?
–Hay muy buenos pintores y escultores gallegos, pero no se puede decir que haya una corriente que se puede calificar de gallega. Hay creadores maravillosos, como Castelao. Pero no hay una pintura, ni una escultura gallega.

–¿Qué pesa más en su obra: la pintura o la escultura?
–A simple vista, parece que la escultura pesa más, pero, mi pintura es escultórica, de relieve, deformadora del mundo, que no es lo mismo que reformadora (se ríe). Mi obra es participativa entre la pintura y la escultura. Tengo tres tallas de intervención urbana, que me dan orgullo. Hay una en un museo al aire libre de Seúl, Corea; otra, que quiero mucho, está en As Lagoas, en la Universidad de Vigo y la tercera, en el parque San Domingos de Bonaval de Santiago de Compostela. De ésta última, Espacio cromlech ocupado, debo decir que le robé la idea a mi entrañable amigo Jorge Oteiza. Pónganlo tal cual. 



Detalle de un mural
realizado en La Coruña.
–¿Y su pintura preferida? 
–Una de las mejores que hice se llama Herejía, un tríptico que está en el Museo de Bellas Artes de La Coruña. Cuenta una historia muy abstracta, muy difícil de describir. No, no puedo describirla... (Hace un largo silencio) El primero es blanco, una escalera que sube y se pierde en el infinito y una cruz muy inclinada, como a punto de caerse. El segundo tiene mucho relieve y es muy dramáticao: la cruz está mas caída. El último es un cuadro negro que muestra a la cruz caída en el suelo. El trabajo tiene continuidad dramática. Lo hice en 1989. Lo expuse en Madrid, lo compró la Xunta de Galicia, y está puesto en el hermoso Museo que concibió el gran arquitecto Manolo Gallego.

Muestra retrospectiva y homenaje
en Galería SCQ de Compostela, 2007.
–A punto de cumplir los 90 años, sigue viajando ¿Sigue experimentando?
–Como gallego, viajar está en mi biología, pero, como buen gallego, también siento la necesidad vital de trabajar. Tengo proyectos, no podré realizarlos todos. Antes trabajaba muchísimo, de sol a sol, ahora menos. Antes estaba siempre en el taller, salía poco. Ahora trabajo menos horas. Pero el reposo también es trabajo, siempre digo eso. El pintor, cuando está en su taller, sin trabajar, es cuando más trabaja. Está pensando en una creación.

Yo sigo experimentando, absolutamente. He vuelto a trabajar con cenizas pero con un tratamiento menos formal. Antes me valía de elementos extrapictóricos y ahora utilizo exclusivamente cenizas. Además, como en parte he perdido la vista, es una de las razones para suprimir la presencia de la forma, como protagonista. El cartón es otro material que he incorporado a mi obra. A causa de una operación, y al estar convaleciente y no poder trabajar con la precisión anterior, es otro de los elementos que he empezado a manejar. Utilizo cartones inservibles de gofrage que empleo para el relieve de los grabados. Mi único mérito artístico, quizá, es que muchos me reconocen como un precursor del reciclaje. De eso se trató el mural del estadio Trócoli: reciclar. Los materiales usados cambian de comportamiento según la función que se les adjudique. Estudio un lenguaje para el cual no necesito precisión: desgarramiento del cartón, perforaciones.

–¿Tiene proyectos para Uruguay? ¿Nunca sintió la necesidad de volver a vivir en Montevideo?
–Es una buena propuesta teórica: terminar el primer mural y hacer la última pintura en Uruguay. Aunque una escultura sería mas fácil. Un recuerdo imborrable de Montevideo es la plaza Virgilio, con esa maravilloso monumento marítimo del yerno de Torres García... (piensa unos segundos). Yepes, José Yepes. 



 "Tiene muchos relieves y los muchachotes
se cuelgan hace casi medio siglo. No hay
dudas de que es una construcción sólida."

(Universidad Politécnica de Valencia)
Leopoldo Nóvoa nació el 19 de diciembre de 1919 en la localidad pontevedresa de Salcedo, y se radicó por primera vez en Montevideo en 1936 para evadir el servicio militar del franquismo. 


Los murales volumétricos 
"Una de las características de la producción muralista uruguaya contemporánea es la diversidad estética  de esta corriente. Si ayer os enseñábamos un mural de Eloy Boschi, artista portuario con claras reminiscencias del Realismo Social Mexicano, hoy os introducimos a las creaciones de Leopoldo Novoa, artista de origen gallego, con varias obras murales expuestas en el país sudeamericano donde vivió durante algunos años. 
Novoa realizó múltiples murales volumétricos utilizando materiales de desecho adheridos al muro, creando así un conjunto de diferentes texturas y colores que permiten la posibilidad de apreciar una tercera dimensión en obras murales. 
Mural volumétrico del Edificio
Danart, en Montevideo.
(Universidad Politécnica de Valencia)
En la segunda visita del proyecto a Uruguay, el equipo tuvo la oportunidad de localizar, inventariar y catalogar obras de este artista situadas en Montevideo gracias a la ayuda de Vladimir Muhvich (Técnico del Departamento de Restauración de la Comisión del Patrimonio Cultural de la Nación). Entre la rica y diversa producción de Nóvoa se descata el mural de 600 metros cuadrados que cubre al Estadio Luis Tróccoli en Montevideo."
Pasaje del ensayo Gestión sostenible del muralismo uruguayo contemporáneo, Universidad Politécnica de Valencia, 2013.

Sicario

"Uruguay es el país de mi juventud. Vengo cada dos años, pero ¡cuántas veces retorné en sueños!, a la casa de los primeros años, donde vivía con mis padres. Gaboto 1024 y San Salvador, cerca de la rambla Sur, en el histórico Palermo, un barrio de pintores. Mi primera exposición fue en un galería de la avenida 18 de Julio, frente a la plaza del Entrevero Mi padre falleció en Uruguay, poco después que yo viajé a Europa. Recién se había jubilado de cónsul en Estado Unidos. Mi madre murió en Venezuela, visitando a mi hermana en Maracaibo. Tengo dos hijos uruguayos. Isabela vive en Montevideo. José Ramón vive en Maracaibo, es director de cine, entre Venezuela, Argentina y España. ¿No vieron su película Sicario? Estuvo nominada a los Premios Goya."

Leopoldo, con el seudónimo de Lázaroera el caricaturista, demasiado intelectual y demasiado abstracto, según don Luis (Batlle) pero con una fuerza de imaginación arrolladora.” 
Carlos Maggi


Más cerca del cielo
"Para mí la rambla era un paseo entrañable. Amaba navegar el Río de la Plata. Durante diez años tuve mi taller en el Mercado Central, mi ventana miraba al Teatro Solís. Los artistas siempre nos vamos a la partes más altas de los edificios. Quizá, porque nos gusta estar más cerca del cielo."


Ventana al Mar, óleo sobre tela, 1956.
(Catálogo Galería Arcadia, España)
Entre 1948 y 1957 vivió en Buenos Aires, donde permaneció muy cerca del escultor Lucio Fontana que tuvo mucha influencia en su obra, y de sus compatriotas exiliados: Rafael Dieste y Luis Seoane. 

Cortázar
En 1965 se fue a París, convocado por Michel Tapié, el crítico que acuñó el concepto de “arte informal”. De esos primeros años franceses hay un relato de Julio Cortázar, otro notable admirador su obra. “Los piolines que el arte de Novoa alza como nadie a su condición de signos, de indicaciones, de instrumentos para una náutica que acata otras cartografías...", escribió el escritor argentino.

“Desde la entrada al Museo de Arte Moderno de la ciudad de París, fueron  más de cien las muestras importantes de Leopoldo; de Francia a Italia y después Irlanda, España, Noruega, Alemania, Sudáfrica, Bélgica, Holanda...; hasta una escultura que Corea le encargó para sus Juegos Olímpicos.”
Carlos Maggi

Abstracción, óleo sobre
cartón, fechado en 1960.
Nóvoa por Maggi
 “Me cuenta que en su casa gallega de Armenteira se levanta temprano y enciende la chimenea del taller y que esta ceremonia mañanera empieza con el retiro de la ceniza del día anterior. ‘Quemo troncos enteros. Una vez, estaba hincado y toqué la lisura de la ceniza y sentí que era como nada. Es... nada. La sensación en la yema de los dedos, me sacó para otro lado. Esa lisura es lo que ya no queda, cuando pasó todo y somos ceniza. Lo sientes en el tacto; está ahí, ¡nada! Y el color tiene ese mismo frío, como satinado, que tiene la hoja de una navaja. Entonces, traté de pintar con ceniza; estuve seis meses buscando el solvente, la liga, que se yo. Probé de todo hasta que di con los discos abrasivos; cortan piedra y el polvo de diamante no se desprende. Conseguí ese pegamento que viene a París desde Estados Unidos; me basta para pensar que mis cuadros van a durar más que la `Última cena` de Leonardo’, dijo modestamente.”
Crónica de una visita al taller de París.

En 2008 fue declarado Ciudadano Ilustre de Montevideo, y en abril de ese año el Centro Cultural de España abrió la memorable exposición “Leopoldo Nóvoa en el Río de la Plata (1938-1965)”. 

Entre lo figurativo y lo abstracto,
exposición de esculturas
realizada en Buenos Aires, 2005.
Paisajes lunares
“En 1979, su buhardilla-taller en la Rue du Faubourg Saint Antoine sufrió un incendio que la destruye totalmente, perdiendo, además de toda su obra, su ya importante colección de cuadros de otros artistas amigos. Sin embargo, observando su taller calcinado, le vino la gran idea de añadir las cenizas negras y grises y los pedazos de carbón a la gran variedad de materias que componían sus cuadros, como los pigmentos blancos, ocres, negros y rojos con los que formaba pequeñas colinas, cráteres y agujeros que parecían paisajes volcánicos. Más tarde, utilizó cordeles y cuerdas (mecates), así como clavos y objetos varios que encajaban perfectamente con aquellos paisajes matéricos lunares.”
Del artículo “Leopoldo Nóvoa, el artista matérico que conquistó París”, de Guillermo de la Dehesa (El País de Madrid, edición del 2 de marzo de 2012).

viernes, 27 de febrero de 2009

Reto Bertoni Mendaro: Economía sin economistas


Historiador, docente de la Unidad Multidisciplinaria de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República, dedicado a estudiar la historia económica del Uruguay.

Sobre la base de la entrevista publicada en el suplemento Energía del semanario Brecha (Montevideo, octubre de 2008).

“No podría afirmarlo, pero intuyo que si un historiador fuese ministro de Economía, no se repetirían errores recurrentes; porque lo de 2002 había ocurrido en 1982, en la década de 1960 y en 1931. La caída de los bancos no fue tan diferente a la rotura de la tablita. No fue distinto lo que pasó en la dictadura, entre 1978 y 1982, de lo que se hizo en los gobiernos de Lacalle y Sanguinetti. La crisis era visible, probable y prevenible, sabiendo historia”, afirma el historiador. “Nuetra Facultad de Ciencias Económicas se creó recién en la década de 1930; hasta ese momento no se producían economistas, los ministros de Economía eran abogados. Eduardo Acevedo fue el gran ministro de José Batlle y Ordóñez, con una formación en Economía Política. Nuestros ministros de economía del principios del siglo XX fueron muy eclécticos: hablamos de Acevedo, de Octavio Morató, figura del BROU, que estuvo en todas las grandes decisiones económicas de entonces, hablamos de Eduardo Acevedo Álvarez, hijo de Eduardo Acevedo; gente que se dedicaba a la economía pero sin formación en la ciencia económica más dura”, evoca Bertoni. 

–La Economía parece un espacio exclusivo para economistas, pero también hay una visión histórica.
–A nuestro compañero Luis Bértola, que ha hecho de la Historia Económica una disciplina científica, le gusta decir que la Economía es una rama de la Historia, porque los economistas se dedican al análisis de los fenómenos del presente, pero los historiadores observan al pasado, al presente y ayudan a ver el futuro. La Economía no es una ciencia exacta. No es como la Física o la Química. Es una ciencia social contextualizada en una sociedad. Es una ciencia de hombres, no de números. La Historia Económica permite comprender como los hombres se han organizado para obtener bienes que le permiten vivir, esa algo que trasciende a las curvas de oferta o demanda. La Economía implica aspectos institucionales, políticos, demográficos, sociológicos. La historia económica es muy interdiscliplinaria, porque propone una comprensión, no solo describirla en base a modelos matemáticos que en definitiva terminan por explicar poco o nada.

–Pero, sin embargo, no es presentada como una ciencia social.
–El problema es que hubo un siglo y medio de esfuerzo por separar a la Economía de las ciencias sociales, desde la revolución marginalista de fines de siglo XIX que dio lugar a la escuela neoclásica. Desde entonces, el gran esfuerzo ha sido demostrar que la Economía es una ciencia exacta, no una ciencia social y que puede describir de manera exacta y contribuir a la explicación de fenómenos que van más allá de los individuos, porque parte de supuestos: la racionalidad sustantiva de los agentes, la imposibilidad de que los agentes influyan en la oferta y la demanda, el atomismo para explicar los fenómenos económicos. Eso le hizo mucho mal a la Economía, porque la separó de las ciencias sociales, y en definitiva de la sociedad y se ha convertido en una ciencia que pretende utilizar un lenguaje críptico que entienden muy pocos.

–¿No es también una forma de poder corporativo? Hay una sensación de que los economistas son quienes detentan el poder, en los gobiernos, en las corporaciones, en la educación. Los economistas compiten con la profesión clásica del poder: los abogados.
–Por supuesto, pero eso tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Lo malo es la forma simplificada como tratan de explicarse los fenómenos, solo con ecuaciones matemáticas. Esto termina no explicando, casi nada, diciendo muy poco de la realidad y mucho de como debería debieran ser los términos ideales un proceso. Lo bueno es que los economistas han ayudado a los cientistas sociales y a los historiadores en particular, a plantear los problema de manera mas precisa. Durante siglos fue tiempo del poder de los abogados, hoy es de los economistas. Eso implicó a las ciencias sociales mucha verbalización, mucha argumentación, mucha ramas y pocos troncos. La ciencia económica dura nos ha obligado a ser mas rigurosos en el método, en la presentación de los resultados y ser más modestos en las interpretaciones de los fenómenos.

–¿Qué hecho marcó el mayor cambio en la historia de la Economía?
–La historia del pensamiento económico moderno está marcada por el desafío que planteó Marx a los clásicos, y por la reacción de la escuela neoclásica, que cambió totalmente el objetivo de la Economía. Le cambió hasta el nombre. La Economía nació con Adam Smith, como Economía Política, David Ricardo hablaba de Economía Política, Marx hablaba de Economía Política. La escuela neoclásica cambió ese concepto por Ciencia Económica. El corte se puede situar entre las décadas de 1880 y 1890. Fueron autores como Carl Menger, Leon Walras, William Stanley Jevons, Alfred Marshall y Knut Wicksellson, quienes dijeron que la Economía se había equivocado, hasta ese momento, en su visión de cuales eran los problemas fundamentales de la economía. No hay que buscar en la producción o la distribución el origen de la riqueza, sino en como los individuos se intercambian. Parta ellos la ciencia económica es la ciencia del intercambio, de la toma de decisiones racionales para asignar recursos escasos; y a eso debe dedicarse. Para ellos lo importante es que los agente económicos (así comienzan a llamar a las personas, desde entonces) deben tomar decisiones permanentes, que son las que definen el comportamiento de la economía. Deben resolver si los recursos van al alimento, a la vestimenta. O en lo macro: educación, salud, seguridad. Cada uno de estos dilemas generan decisiones, y esas decisiones son las que se estudian.

–¿Qué pasaba en Uruguay en aquella época de tantos cambios en el mundo, mitad siglo XIX, principios del XX? ¿En Economía también nos alineábamos con las nuevas tendencias, como en otras disciplinas?
–El problema fue nuestra gran raigambre francesa, alejada del carácter anglosajón de la Economía (ingleses, alemanes, austríacos) desde Smith en adelante. Francia representaba entonces a las ciencias sociales como algo universal, abarcativo. Nuestra Facultad de Ciencias Económicas se creó recién en la década de 1930; hasta ese momento no se producían economistas, los ministros de Economía eran abogados. Eduardo Acevedo fue el gran ministro de Economía de José Batlle y Ordóñez, un hombre que tenía una gran formación en economía política. Tenía contacto con las grandes tendencias mundiales, pero esas corrientes no eran monolíticas, estaban en discusión y en un país periférico como Uruguay, si bien llegaban con fuerza esas ideas, también la otras. Nuestros ministros de Economía del principios del siglo XX fueron muy eclécticos: hablamos de Acevedo, de Octavio Morató, figura del BROU, que estuvo en todas las grandes decisiones económicas de entonces, hablamos de Eduardo Acevedo Álvarez, hijo de Eduardo Acevedo; gente que se dedicaba a la Economía pero sin formación en la ciencia económica más dura.

–El dato mueve a una reflexión: cuando estos señores guiaban la Economía le fue mejor al Uruguay, era la Suiza de América, el país de las vacas gordas.
–Uno puede estar tentado a tener esa conclusión, pero estaría errando el diagnóstico. Lo que si tiene que ver es que cuando la formación en Economía comenzó a fundamentarse en relaciones matemáticas o en ecuaciones que pretenden resolver relaciones humanas, hubo un ingreso en una ortodoxia muy cerrada, muy poco flexible al cambio; porque el cambio es lo que caracteriza a las sociedades y a las relaciones económicas. Ahí se equivoca. Si se piensa que solo aplicar modelos y fórmulas alcanza para entender como funciona la Economía y para hacer política económica: eso lleva al desastre. A veces es preferible alguien que sepa menos técnicamente, pero que tenga la cabeza abierta a cambiar cuando hay cambios y explicar esos cambios y no creer que los fracasos económicos se deben a que los hombres hicieron las cosas mal, porque no actuaron como dice la teoría. En el fondo, ese es el problema de la ciencia económica contemporánea: si las cosas no se dan como la teoría económica prevé es porque los hombres, los políticos, los ciudadanos, se equivocaron. Eso hace a la Economía tan inflexible, que termina siendo poco útil para resolver los problemas sociales, en especial los más cotidianos que son los que más interesan a las personas.

–¿Cómo surgió el modelo económico batllista?
–En Economía hubo un antes y después de Batlle; el primer batllismo fue fundamental. Batlle fue un hijo de su tiempo. Su papel solo se puede comprender por la gravedad de la crisis de la década de 1890 que puso en entredicho al pensamiento liberal del país: aquello de dejar hacer, dejar pasar; así llegó una produnda crisis de la oferta y la demanda. La década anterior había sido de terrible especulación financiera, inmobiliaria, de sociedades anónimas. El ejemplo es Reus, luego vino una debacle. Los intelectuales de los 80 y 90 reflexionaron, no solo Batlle, sobre esa crisis. Así emergió una nueva concepción del estado en su relación con la Economía; pero no fue solo en Uruguay, paso en todo el mundo. Por entonces, se entendió necesario que el Estado debía resolver los desastres que había hecho el mercado. En 1896 se creó el Banco República, contra todas las teorías económicas dominantes; en el gobierno de Idiarte Borda. La apertura del BROU fue a contramano del pensamiento liberal de entonces, porque el Estado se hizo cargo de las finanzas del país. Poco después, a mediados de la primera década del siglo pasado, el presidente Juan Lindolfo Cuesta iniciaba la obras del puerto de Montevideo; en 1914 se creaba la Administración Nacional de Puertos.

–¿Batlle ya fue? aunque mucho de lo que que ocurría antes del batllismo se repite hoy: especulación, grupos económicos dominantes, crisis recurrentes? ¿Es imposible reeditar el modelo batllista de bienestar, por más que se proclame el batllismo se terminó?
–Y si... porque Batlle también fue hijo de un tiempo de ventajas para el país. La economía mundial le permitió una inserción virtuosa: hasta la Primera Guerra Mundial, las exportaciones uruguayas al mundo crecieron a precios muy ventajosos. Las guerras influyeron muchísimo, pero, en realidad permitieron precios extraordinarios de nuestro bienes exportables; pero también de los importados y una gran retracción por incapacidad de mantener la actividad, por la caída en la importación de materias primas, combustible, que causaba una caída del Producto. Quienes vendían carne, cueros, lanas, se enriquecieron en las dos guerras mundiales. Habría que preguntarle a las abuelas. Cómo eran las condiciones de vida a principios de la década de 1940: las colas del querosene, porque estaba racionado, y la falta de materias primas e insumos para la empresas. Eso llevaba a una retracción de la actividad, a una crisis que no sufrían todos, porque quienes exportaban carne, lana, cueros, hasta la Guerra de Corea, recibieron muchos beneficios.

–¿La Suiza de América se terminó con la Guerra de Corea?
–Hay algo de eso. Lo que se terminó con Corea fue aquel aquel país que se beneficiaba notoriamente con los precios de intercambio de sus materias primas básicas. Hasta entonces, el país creció por ventajas en los precios internacionales. Desde los 50 para acá , las fechas dan, solo basta ver el fin de la inmigración, cambió la economía mundial. Gabriel Oddone, economista e historiador económico, que anduvo sonando para el Ministerio, suele decir: el problema de Uruguay es que el mundo cambió, pero Uruguay no cambió. Es lo mismo que en nuestra casa. Si cambia todo fuera y yo no cambio, no calzo en ese mundo. Después de la Segunda Guerra Mundial cambió el capitalismo, las trasnacionales se adueñaron del escenario. Los países ricos que hasta entonces creían que que debían comprar materias primas en los países subdesarrollados, para manufacturarlas, al igual que los alimentos, se hicieron autosuficientes subsidiando. En los 30 a 40 años que pasaron desde Corea hasta la década de 1990, fue un tiempo de discusiones a la uruguaya; quizá, cuando hubo más cambios fue durante la dictadura primero y los empujes neoliberales. Eso no quiere decir que fue mejor, quiere decir, que trataron de armar un país distinto Lo cierto es que había que cambiar, era necesario, y en esos tiempos hubo cambios. En Economía seguimos creyendo que el país tiene ventajas comparativas: su pradera, su campo sus vacas y con eso alcanza para insertarnos. Pero también hay quienes creen que esta creencia fue superada por la realidad, que es una base importante, pero no alcanza, porque debe sumarse teconología, con valor agregado a lo que se exporta. Muchos siguen pensando que todo lo tenemos y que solo hay que repartirlo mejor. Se sigue diciendo que Uruguay es rico y que el problema es que está mal distribuida la riqueza. Uruguay no es un país rico; debe pelear por ser un país rico, pero le falta mucho.

–¿Puede conseguirlo?
–Pero hay que abrirse al mundo, porque la riqueza ya no está dentro de fronteras. Ni países como Brasil o Venezuela son economías cerradas. El asunto es como nos abrimos al mundo y como la sociedad encuentra una dinámica de cambio tecnológico, de producción, de distribución, de gestión. Es el cambio institucional: las instituciones son difíciles de manejar, pero se incia desde la cotidianeidad, desde no pasar con la luz roja. Los uruguayos solemos hacer vista gorda a la ineficiencia, y así es que somo ineficientes. Cambia un gobierno y también cambia la política económica; hoy se promocionan las papeleras, pero mañana viene otro gobierno y deja de promocionarlas Uruguay nececita una visión país, que vaya por encima de izquierdas, derechas o centros: no puede ser que cada gobierno cambie la visión del país, reduciéndose solo a una visión de partido. Para tener un crecimiento sustentable, con desarrollo sustentable, se necesita una visión común. Está bien que haya centro, derecha e izquierda, pero no puede ser que se cambie a cada rato la visión país.

–¿No será necesario un historiador en el Ministerio de Economía?
–No sé, pero, de lo que estoy seguro es que desde una visión histórica es menos probable que se repitan errores recurrentes; porque lo que ocurrió en 2002, había ocurrido en 1982, en la década de 1960 y en 1931. Con la colega Magdalena Bertoni estamos en un trabajo: La deuda pública uruguaya: una historia de ida y vuelta. Terminamos diciendo que si se hubiese mirado lo que ocurrió en el pasado se habría prevenido los colapsos. La rotura de la tablita no fue tan diferente a la caída de los bancos. Las soluciones fueron diferentes, pero los problemas de fondo, que llevaban a la sobrevaluación de la moneda, al endeudamiento y finalmente a la crisis, no cambiaron demasiado de lo que hizo la dictadura entre 1978 y 1982 o los gobiernos de Lacalle y Sanguinetti. La crisis era visible, probable y prevenible... sabiendo Historia.

–“La energía no es un commodity más, es la base de toda actividad humama, de la vida misma."

Uruguay a fuego lento

"Leña, carbón, petróleo, fue una escalada imparable de dependencia energética, que se agudizó a mediados del siglo pasado. Pero fue algo silencioso, porque entre 1950 y 1973 lo más barato era comprar petróleo”, afirma Reto Bertoni Mendaro. En su opinión, la creación de ANCAP “fue el mayor esfuerzo nacional para enfrentar una lucha desigual. Fue una de esas medidas heroicas, a pesar de la resistencia de las élites”.

Sobre la base de la entrevista publicada en el suplemento Energía del semanario Brecha (Montevideo, octubre de 2008).

–¿Hay una historia universal de la energía?
–A grandes rasgos hay tres etapas. La primera, desde los inicios de la actividad humana hasta el siglo XVIII, cuando la fuente energética fundamental era el sol. La energía solar era el sustento de todo: abastecía de calor, de luz, de alimentos, porque era la base de la agricultura que nutría al hombre, a los animales. Desde el 1800 en adelante, las energías fósiles mueven al mundo: primero el carbón, luego el petróleo. Y desde la crisis petrolera de principios de la década de 1970, comenzó una etapa de revisión, por ahora muy parcial, en busca de soluciones alternativas: solar, eólica, nuclear, biomasa, fuentes renovables. Hay que encontrar pronto una energía para el futuro, porque los fósiles van camino a terminarse.

–¿Falta poco para el fin del petróleo?
–Hay una página (PicOil) que anuncia cuando será el momento de máxima producción petrolífera, cuando la meseta y cuando la caída. La mayoría opina que el máximo llegará en 15 o 20 años, luego vendrá la meseta y después la caída. Hay una creciente demanda de los países emergentes. Lo que ocurre en China debe alarmar. Si los chinos se propusieran tener el mismo confort que los estadounidenses, con los mismo patrones de consumo, se terminaría el petróleo, el gas, el carbón. El mundo subdesarrollado debe mejorar su confort, pero no con el modelo estadounidense de la posguerra, que dilapida energía. Estamos en un momento crucial. No solo porque se pueden agotar las fuentes fósiles, sino también por el cambio climático, que es real, que existe, que se describe en el último informe de Desarrollo Humano de la PNUD. Con realismo, allí se plantean los desafíos del futuro, si cambia en uno, dos o tres grados la temperatura de la Tierra. Van a suceder catástrofes. Algunas ya están sucediendo: son avisos.

–La energía para Uruguay no es un commodity más.
–Todos sabemos que no lo es, porque tampoco es un elemento más de la vida cotidiana. Uruguay vive sufriendo situaciones energéticas límite, con muy escasos recursos naturales propios. Es nuestro problema histórico. Hasta fines del siglo XIX, el país resolvió sus necesidades con leña, con tracción animal y humana. Era la idea de que el sol alimentaba la agricultura y la ganadaría de nuestras praderas. También era muy importante la función del viento, tanto que avanzado el siglo XX, sirvió para el bombeo de agua, para recargar las baterías, para escuchar la radio; eran aquellos molinos y molinillos de energía. A fines del siglo XIX y principios del XX, el país comenzó a importar carbón y petróleo. El carbón estaba en manos de firmas inglesas o sus subsidiarias. Se usaba para la industria: el ferrocarril, la Compañía del Gas, curtiembres, saladeros, alguna textil a fines del siglo XIX, como Campomar. Esos fueron los grandes demandantes. El primer gran quiebre de nuestra historia energética se dio en la I Guerra Mundial, cuando hubo un gran desabastecimiento de carbón. En ese tiempo, la potencia británica comenzaba a declinar y también su tecnología, mientras era imparable el ascenso del petróleo proveniente de los Estados Unidos. Leña, carbón, petróleo, fue una escalada imparable de dependencia energética, que se agudizó a mediados del siglo pasado. Pero fue algo silencioso, porque entre 1950 y 1973 lo más barato era comprar petróleo.

–¿La creación de ANCAP no fue un esfuerzo por ganar en soberanía?
–Diría que fue el mayor esfuerzo nacional para enfrentar una lucha desigual. Fue una de esas medidas heroicas, a pesar de la resistencia de las élites, que por entonces decían que era negativo un monopolio estatal porque obstaculizaba la relación con Standar Oil, con la Esso, con la Texaco, y con todo lo bueno del libre mercado. ANCAP fue el resultado del segundo impulso reformista del batllismo: el Frigorífico Nacional es de 1928, de la misma época que la extensión del derecho jubilatorio a varias ramas de actividades o la refundación de UTE (creada en 1912 como Usinas Eléctricas del Estado y transformada en 1932 en Usinas y Teléfonos del Estado). ANCAP fue concebida a partir de la crisis de 1929, y creada en 1931, como una respuesta a la falta de combustible y a los precios abusivos de las multinacionales. Aunque solo tenía una oficina en la Ciudad Vieja, con escritorios y útiles prestados, fue pensada con una visión–misión: ser el único importador de petróleo del país.

–Creda en democracia, pero desarrollada en tiempos de dictadura terrista.
–Es verdad. Y en eso no hay que tener preconceptos: Terra mantuvo una política energética nacional y no se apartó de la búsqueda de soberanía. Era un hombre muy interesado en esos temas, desde su época de legislador. Entonces no fue casualidad que colocara la piedra fundamental de la represa de Rincón del Bonete en 1935 y que inaugurara la refinería de ANCAP, en 1937. Pero, hay algo más sorprendente. Las tres grandes represas hidroeléctricas del país fueron construidas bajo dictaduras: Rincón del Bonete, Salto Grande y Palmar. Tal vez debiera reflexionarse, como país, sobre nuestra eterna dificultad para crear consensos sobre decisiones estratégicas. Cuando hubo proyectos energéticos que se postergaron, indefinidamente, a causa de debates interminables, mucha veces su concreción quedó en manos de gobiernos autoritarios que no debían consensuar. Debiera haber una revisión de la política energética de la dictadura; porque no solo se construyeron represas hidroeléctricas que cambiaron la matriz energética del país, que la mejoraron radicalmente; de esa época también es la boya petrolera que hizo posible la descarga de los grandes barcos con crudo. Parece contradictorio, pero la dictadura no desmanteló AFE, no intentó desmantelar ANTEL, ANCAP, UTE. Las políticas de privatización no estaban en la cabeza de los militares, quizá, porque entonces había un pensamiento cupular que tomaba el ejemplo de otras dictaduras latinoamericanas; quizá, porque las empresas públicas significaron poder para su debilidad política.

–¿El petróleo uruguayo puede ser realidad o es una quimera?
–Uruguay ha realizado prospecciones de su territorio desde principios de siglo. Hasta aquí llegaron ingenieros alemanes, suecos, canadienses, ingleses. No está comprobada la existencia de petróleo económicamente explotable, sí es muy probable la existencia de gas natural, algo que sería notable. Tantas veces se ha dicho que Uruguay es un país rico en petróleo, pero que no se lo quiere explotar. Esta sí es una quimera. Con la actual tecnología, si hubiese petróleo en nuestra plataforma continental, hace tiempo que se lo estaría explotando. En este tema no hay secreto de estado, ni confabulaciones, simplemente, no ha sido probada su existencia, pero se lo busca, aunque con intermitencias, desde hace más de un siglo.

–¿Por qué costó tanto emprender un proyecto de combustible nacional como el que ahora se inicia, de etanol y biodiesel?
–Resulta muy interesante conocer algunas experiencias que demuestran cuánto interés ha existido siempre sobre la búsqueda de riquezas minerales e hidrocarburos y en el desarrollo de combustibles nacionales. En 1912, en el segundo mandato de José Batlle y Ordóñez, se crearon dos institutos que tuvieron una vida bastante frustrante, concebidos con una muy buena visión estratégica.: el Instituto de Geología y Perforaciones y el Instituto de Química Industrial. El IGP fue creado cuando Eduardo Acevedo era ministro de Economía, para hacer un relevamiento de toda la riqueza mineral existente en el país –incluidos minerales fósiles– y para ver la mejor forma de extraerla en el futuro. Lamentablemente vino la Primera Guerra Mundial, una fuerte crisis de las importaciones, y una paralización de proyectos y trabajos hasta la década de 1920. El IQI tenía como objetivo dotar la tecnología para explotar esos hallazgos. Fue una idea revolucionaria para su tiempo, con mucho interés nacional, técnicos extranjeros, pero que también vegetó a causa de la guerra. El IGP tuvo pocos logros, pero el IQI realizó una interesante investigación en busca de un combustible nacional. Los gobiernos de la década de 1920 fortalecieron esta iniciativa y la Asociación de Ingenieros contribuyó notablemente. El objetivo era desarrollar un derivado energético del maíz para mezclar con la gasolina, con el mismo objetivo que hoy se trabaja en biocombustibles: mitigar la dependencia energética del país. Hubo informes muy favorables sobre la posibilidad de un combustible nacional, pero también surgieron temores sobre la compatibilidad de plantar granos con fines energéticos con el cultivo para alimento y hasta con la ganadería. Lo mismo ocurrió con la caña de azúcar en la década de 1940. El gran problema fue y sigue siendo, la competencia por la tierra: ganadería y agricultura o agrocombustibles. Está faltando una estrategia de complementación. Aquellos agrocombustibles funcionaban muy bien, según estudios de la época podrían haber reducido hasta en 30% la utilización de naftas, pero no se le encontraba sustentabilidad comercial. Hacia la década de 1950, ambos dejaron de ser una alternativa económicamente viable, fundamentalmente, por la caída del precio del petróleo. Entonces ocurrió lo que ocurre siempre. El pasaje total a hidrocarburos importados provocó que se perdiera una muy interesante línea de investigación y lo peor, que se desaprendiera todo lo desarrollado en un combustible nacional; como que nunca existió. Pasaron veinte años y cuando la crisis petrolera nos impactó no tenías, ni capacidad para explorar alternativas, porque se había sepultado un aprendizaje. En la década de 1970 la apuesta de la dictadura fue a las represas hidroeléctricas, pero no a un combustible nacional. Hay que esperar hasta 2005, para que se retorne a la búsqueda de hidrocarburo en nuestra plataforma continental, pero más interesante aún: para que se elaboren proyectos de etanol a partir de la caña de azúcar y el sorgo dulce y de biodiesel basado en oleaginosos. Se dice que el azúcar da pérdidas, pero si se la inserta dentro de un complejo productivo, industrial y energético, parece muy posible que tenga rentabilidad positiva.

–La energía hidroeléctrica parece superada por los niveles de consumo. ¿Quedan posibilidades de expansión?
–El sistema está siendo utilizado casi a tope y no hay fuerza hidráulica para armar otra represa que pueda atender las necesidades actuales; apenas se podría haber espacio para alguna pequeña... Viniendo de la historia hacia el futuro: el país tiene una gran dependencia del petróleo, ha explotado casi todas sus fuentes hidroeléctricas, y no tiene muchas posibilidades de incorporarse a algún circuito regional, luego del fracaso del gasoducto con la Argentina; quizá algo con Brasil.

–¿Cómo ve el futuro de las energías alternativas: eólica, solar?
–Uruguay es un país de vientos, en la colonia a Montevideo se le llamaba la ciudad de los vientos. Tenemos un buen potencial, aunque no es bueno pensar que somos lo máximo. Nuestras corrientes están bien, pero ni se comparan con las patagónicas, por ejemplo. La energía eólica es tan real como limitada. Ramon Méndez, director nacional de Energía, anunció la muy buena idea de instalar parques eólicos que generen entre 200 y 300 megavatios, pero no alcanza para la demanda eléctrica, ni puede sustituir a la termoelectricidad. En energía solar hay dos grandes proyectos: la utilización directa para calentamiento de agua y la generación de células fotovoltaicas. Hay muy buenos desarrollos en el país y hasta alguna empresa que ofrece servicios, pero todavía es muy aislado, muy parcial; apenas para una casa o una escuela.

–¿Y la energía nuclear?
–Es una muy buena alternativa. Se gasta un recurso natural, no renovable, pero están casi intocadas las reservas de uranio, torio, y otros minerales radiactivos. La energía nuclear no contamina el ambiente, pero el gran problema están en los residuos que se deben guardar durante muchos años. Hoy existe tecnología de depósito seguro y el problema de los accidentes es un riesgo, pero no una amenaza. El problema de un proyecto uruguayo de energía nuclear es la falta de una estrategia nacional. Para algo muy factible si se trata de un sistema regional, pero ya vemos que el Mercosur está perforado por donde se lo mire. No será una mala idea una comunidad nuclear sudamericana, con Argentina, Brasil, Paraguay, Chile, Bolivia y Uruguay. Pero es una utopía si una estrategia.

–¿Se imagina un debate nacional sobre la instalación de una planta nuclear en Uruguay?
–Si se cumple la regla histórica, sería terrible. Hay un episodio muy interesante que cuenta de un debate sobre temores al cambio. A mediados de 1890, las empresas de tranvías pidieron permiso para instalar la estructura eléctrica que les permitiera pasarse a esa tecnología. En ese mismo momento se inició una discusión en la sociedad montevideana, y en todo el país, porque muchos compatriotas de entonces estaban alarmados por lo que consideraban una amenaza. Había temores por la colocación de cables eléctricos que se podían caer y electrificar a la gente. A eso se sumaba que la Compañía del Gas había perdido el monopolio de la iluminación montevideana y que con ese cambio iba a perder la poca influencia que le quedaba. Así pasaron diez años de discusiones, hasta que Batlle y Ordóñez asumió el liderazgo y autorizó la electrificación.  Creo que es necesario discutir el uso de la energía nuclear, pero para tomar decisiones y planificar una gestión. Es muy probable que ese debate se inicie muy pronto, porque van quedando pocas alternativas. El gobierno que deba liderar ese proceso tendrá que tener firmeza y coraje, más allá de los votos pata tomar una decisión que influirá en nuestra vida mirando hacia un futuro que se viene dentro de no más de 40 o 50 años: el fin de la era del petróleo.

Reto Bertoni
Es docente del Programa de Historia Económica y Social, de la Unidad Multidisciplinaria de la Facultad de Ciencias Sociales, magíster en Historia Económica y candidato a Doctor en Ciencias Sociales. Su tesis de maestría fue: Economía y Cambio Técnico. Adopción y difusión de la Energía eléctrica en Uruguay (1880-1980). Su línea de investigación –Energía, innovación y desarrollo en un pequeño país periférico– está sustentada en “las relaciones entre energía y desarrollo económico y su implicancia en la performance económica de un país periférico como Uruguay y en un análisis del consumo y la intensidad energética en el largo plazo para identificar las determinantes y los ritmos con que se operó la adopción de las formas modernas de energía y la matriz energética resultante, entre otras variables”.
Bertoni participó en un proyecto ejecutado entre 2007 y 2008, sobre “Energía y Desarrollo”, en cooperación con la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, financiado por la Agencia Española de Cooperación. Es coeditor responsable, con la investigadora española María del Mar Rubio, de un libro en preparación: Energía y desarrollo en el largo siglo XX: Uruguay en el marco Latinoamericano.

Bodega Leonardo Falcone, un emblema vitivinícola de Paysandú

Concepción Caporale Manzolillo, Domingo Falcone
y uno de sus doce hijos, en la década de 1890.
Vides heroicas

Lejos del mundanal ruido, a 370 kilómetros de Montevideo, se alza el histórico establecimiento que superó las doce décadas y que lo ha celebrado con un ejemplar que conjuga su venerable edad con la más moderna tecnología y los conceptos enológicos más innovadores. Allí se sienten las prodigiosas condiciones de un suelo y de un clima, irrepetibles, y la sensibilidad de hombres y mujeres que descubren otros colores, otros aromas, otras sensaciones. Allí trabaja Leonardo Falcone, entre plantas que maduran materia prima de óptima calidad para los más refinados vinos artesanales.

Sobre la base del fascículo N° 12 de la serie Bodegas del Uruguay (Fototeca Sur para El Observador, 2007).
Fotos históricas: Archivo Leonardo Falcone.

Vides sanduceras.
(INAVI)
Los hermanos Domingo y José Falcone Ruggiero partieron rumbo a Paysandú dos décadas después de la memorable resistencia de Leandro Gómez, símbolo de la dignidad sanducera, martirizado un 2 de enero de 1865. Los emigrantes desafiaron al Atlántico furioso, las olas más altas del planeta, a bordo de la Marina Dandolo, de la Grande Curuzzata Italiana di 1ª Ordine. Habían salido desde su Corletto Perticara natal, en la provincia de Basilicata, ubicada en la suela de la bota peninsular, con sus valijas repletas de utopías republicanas. La travesía culminó a principios de 1886. Ese mismo año compraron al estado uruguayo el predio de Puntas de Curtiembre, donde aún se encuentra la antigua bodega y viñedo que con patriótica memoria llamaron “Granja XX de Setiembre”, en honor a la Unificación Italiana de 1870, y en homenaje a Giusseppe Garibaldi, el Héroe de Dos Mundos.
Allí iniciaron el cultivo de la vid y la elaboración artesanal de vinos. Así lo cuenta Setembrino Pereda en su libro Paysandú y sus progresos, de 1896. “Es doblemente meritoria la labor de estos progresistas e incansables obreros del trabajo, si se tiene en cuenta que todo fue hecho a brazo”, afirma el erudito historiador.
Fachada de la Granja XX de Setiembre,
Puntas de Curtiembre, Paysandú.
(Archivo Leonardo Falcone)
La rica tradición de la familia Falcone atesora un hito vitivinícola de la región litoraleña y de todo el país. En la segunda mitad del siglo XIX los pioneros basilicatos innovaron en la prevención y tratamiento de la filoxera, con tal éxito, que resistieron el ataque del insecto que por entonces arrasaba a frutos inocentes e ilusiones productivas.
Domingo se casó con Concepción Caporale Manzolillo, con quien tuvo doce hijos. Nunca dejó de plantar viñas, mientras levantaba el hogar de sus sueños con técnicas constructivas ancestrales que sorprendían a los expertos: utilizaba cal y albúmina de huevo para unir los ladrillos de las paredes. La antigua casona todavía es testigo del talento inventivo del italiano, de su lucha y de sus principios inquebrantables. La fachada del edificio se preserva tal como fue concebida por Don Domingo, para dar la bienvenida a un moderno complejo enológico que conserva su espíritu fundacional.
Marina Dandolo, de la Grande Curuzzata
Italiana di 1ª Ordine, que trajo a los
hermanos Falcone a Uruguay.
(Archivo Leonardo Falcone)
Armando, el menor de sus hijos, recogió la sabia mezcla genética de labriego, empresario e idealista, para continuar la labor con silenciosa paciencia que supo trasmitir a sus hijos, Leonardo y María Elisa, a sus nietos y bisnietos.
Leonardo Falcone participó desde niño en todas las tareas del viñedo y la bodega. Fue una experiencia vital, decisiva cuando debió asumir la responsabilidad del emprendimiento familiar. Con apoyo de su esposa, Rosa Cecilia Cernicchiaro, incrementó la superficie cultivada, incorporó nuevos sistemas de conducción e implantó variedades de alto valor enológico que encontraron una excelente expresión en el suelo sanducero: Tannat, Merlot, Cabernet Sauvignon, Cabernet Franc, Chardonnay, Syrah. Lideró una reconversión imprescindible, con una puesta al día de la antigua cava, transformada en un polo de desarrollo de vinos complejos que desafían la tradición monovarietal uruguaya.
La empresa posee dos instalaciones bodegueras, con el mejor equipamiento de acero inoxidable y roble francés. La principal, con una capacidad de 634 mil litros, ubicada en la Wilson Ferreira Aldunate Nº 5, en la periferia de Paysandú. La otra, en el kilómetro 10 de la ruta 90, es un depósito que puede contener 138 mil litros. La superficie total de los viñedos es de 29 hectáreas. En la ruta 90 está la finca “Kilómetro 10” con 17 hectáreas; en la costa del arroyo Sacra, a la altura del kilómetro 7, está “La Carolina” con diez más, completadas por las dos hectáreas de la “Granja XX de Setiembre”.

Recuerdos del futuro
La familia Falcone posa en la
celebración de las Boda de Oro
de Concepción y  Domingo.
(Archivo Leonardo Falcone)
Las enólogas Cecilia y Carolina Falcone Cernicchiaro, a quienes se suma el colega Jorge Pehar, representan la generación joven que ha avanzado en el conocimiento del lenguaje de la uva vinificada. “La investigación en viñedos se fundamenta en el conocimiento del ambiente. Estamos a pocos kilómetros de la capital del departamento, en tierras pobres, rodeadas de fertilidad, sobre un suelo alcalino que define la composición de la fruta, no solo desde el punto de vista químico, sino también desde lo organoléptico, que se traduce en vino. El primer objetivo es potenciar esa tipicidad con una elaboración que refleje el terroir sanducero”, señala Carolina Falcone. “Tenemos muchas horas de luz y altas temperaturas, que acompañan el ciclo vital de las cepas. En el caso del Tannat esto es sumamente beneficioso, como factor determinante de una extraordinaria maduración”, agrega la enóloga.
Los taninos uruguayos son reconocidos como organolépticos que brindan un sabor incomparable a ejemplares de gran crianza y también por su aporte a la salud humana como antioxidantes. “Por su alta concentración fenólica, los Tannat de Paysandú poseen un demostrado efecto preventivo sobre las enfermedades cardiovasculares. Por la gran cantidad de horas luz se incrementa la concentración de Resveratrol, un compuesto fenólico anticancerígeno muy presente en nuestros tintos”, explica Leonardo Falcone.
Su bodega fue la primera que utilizó con éxito comercial el método de maceración carbónica, como recurso de complejización de un monovarietal. “Estamos en una búsqueda constante de nuevas sensaciones, de nuevas intensidades de vista, de nariz y de paladar, porque nos apasiona crear productos honestos y atractivos, para el disfrute de los consumidores de vinos de alta gama”, señala Jorge Pehar.
La familia Falcone es un símbolo
del Payandú industrial.
(Archivo Leonardo Falcone)
En una cata vertical realizada este año, los enólogos evaluaron el potencial de los principales descriptores aromáticos del Tannat sanducero. “Empleamos una metodología muy fiable, con dos grupos, Enotria y Colomé, que nos permitió analizar añadas de 1999 a 2006”, recuerda Cecilia Falcone. El resultado superó todas las hipótesis enológicas. “Confirmamos que se puede hablar de un vino de la región, que en los distintos años se seguía comportando como tal, manteniendo precisos elementos diferenciales”.
En un detallado informe se presentan los descriptores aromáticos del Tannat de Paysandú. Frutos rojos y negros: ciruelas, cassis, grosellas, moras, higos. Notas florales: violetas y lavanda. Notas herbáceas: morrón verde, pasto. Notas animales: cuero y fiambres. Notas minerales: petróleo, piedras húmedas, yodo. Otras notas: ahumado, café, caramelo, tabaco, eucalyptus, alfalfa, pino, resina.
Una comprobación científica que se traduce en el carácter de marcas planificadas con equilibrio entre lo artesanal y lo tecnológico: 120 Años, Leonardo Falcone, Tannat Roble Reserva Familiar, Tannat Abuelo Domingo, Tannat Santa Cecilia, Merlot Santa Cecilia, Cabernet Sauvignon Abuelo Domingo, Cabernet Franc y Chardonnay. Una obra vitivinícola distinguida en los concursos más exigentes del mundo, que se exporta a mercados de primer nivel: Estados Unidos, Canadá, Suiza, Brasil. “Las medallas y los diplomas son importantes como referencia de conceptos internacionales, siempre motivan, pero no necesariamente los vinos premiados son excelentes para todos, depende de la formación y el gusto del consumidor y de los elementos que maneje para evaluar su calidad”, concluye Cecilia Falcone.
Portada de la web de bodega, con
la etiqueta como punto de ingreso.
(Bodega Leonardo Falcone)
En Uruguay, como en ningún otro país del mundo, existen las bodegas familiares. Una fortaleza que distingue un estilo, sobre todo de los vecinos y de los nuevos productores vitivinícolas. “En la Argentina y en Chile, tienen nombres tradicionales asociados a la tierra, pero, en realidad suelen ser grupos multinacionales con enólogos importados o sujetos a la dirección de consultoras extranjeras. No es que sea negativo, pero denuncia una elaboración estandarizada, una opción por los vinos tecnológicos”, opina Jorge Pehar.
El bodeguero sin saco ni corbata, el granjero que trabaja en su viñedo de sol a sol, el artesano que le entrega días y noches a su cava. Es una entrañable semblanza de tantos productores uruguayos de vinos finos. Ese es Leonardo Falcone.

Por su alta concentración fenólica el Tannat de Paysandú tiene demostrados efectos anticancerígenos.

Carolina Falcone, Jorge Pehar, enólogos
El vino expresa la forma de vida de un país”
Conoce el más alto nivel internacional: Montpellier, Narbona. Borgoña, Beaujolais, Alsacia, Penedés. “Allí aprendí que los enólogos tenemos muy pocas vendimias, no más de treinta en toda la vida, para formarnos y expresar nuestras ideas”. Trabaja en Leonardo Falcone desde 1998, “por la generosidad de Cecilia y Carolina”, dos colegas que le aprecian como un compañero que se ha sumado a un sueño. Crear vinos finos con carácter sanducero.

¿Existe un vino propio de Paysandú?
Creo que hay características diferenciales por el clima, el suelo arcillo–calcáreo y la elaboración. Nuestros vinos hablan de piedras de cal a flor de tierra, de muy buen drenaje, de temperaturas elevadas durante la maduración y de horas de sol. Basta degustar un Tannat sanducero y otro del sur del país, para apreciar un estilo distinto. No se trata de cual es mejor, sino de diversidad organoléptica que ubica a cada vino en un sitio de la gastronomía. Un Tannat de nuestra bodega, debido a su complejidad y a su concentración de polifenoles, puede armonizar una propuesta de alto contenido graso, cuando otros serían opacados.

Bodegueros uruguayos en Paysandú.
(INAVI)
¿Hay un estilo Falcone de vinificación?
Es una búsqueda que expresa la tipicidad de Paysandú, cada vez más reconocida por consumidores que ya no son fieles a una sola bodega. Cuando ven nuestros colores intensos, nuestros aromas poderosos y variados, entienden por qué decimos que la madera es la Coca Cola de los vinos: su exceso estandariza. Para Falcone la madera es un elemento de complejización aromática pero no el descriptor principal. Preferimos jugar con notas de sobremaduración, que maximizan la rusticidad. Cortamos la uva en distintos momentos de madurez y la vinificamos de otra manera. Un ejemplo es la maceración carbónica, característica de la región de Beaujolais, pero que es un error identificarla solo con vinos jóvenes tipo primeur. Así elaboramos una línea, Santa Cecilia, de Tannat apto para crianza.

¿Cómo describe la maceración carbónica?
Se inicia cuando el racimo entero es depositado en una cuba saturada de gas carbónico que se obtiene de otras cubas en fermentación. A partir de este momento se induce el metabolismo anaerobio de las células del fruto. Cuando los racimos ingresan al encube aún respiran, porque las uvas están vivas, y al estar en un medio anaerobio las células comienzan su metabolismo y así producen energía. Es la etapa de fermentación intracelular. Los racimos que permanecen siete días en estas condiciones experimentan cambios en su interior y modifican la composición de la fruta. La consecuencia es una formación de hasta dos por ciento de alcohol, con una importante desacidificación natural. Así se forman precursores aromáticos diferentes y se modifican los mecanismos de extracción de polifenoles. Recién después del proceso prefermentativo se prensa la uva. En una vinificación de tintos se fermenta el jugo a muy baja temperatura, para preservar el máximo potencial aromático.

¿No es un riesgo proponer vinos de corte en el país del Tannat monovarietal?
A través de su vino un país expresa una forma de vivir, porque es un indicador cultural. Cuando Uruguay se aferra a un monovarietal, también se muestra como colectivo, que disfruta sus ventajas y sufre sus desventajas. Una ventaja es la exclusividad que ha ganado prestigio por el esfuerzo del sector vitivinícola. Un prestigio justo, pero que no se traduce en una buena inserción comercial en el mundo, entre otras causas, por falta de políticas nacionales. Una desventaja es que el monovarietal acota los caracteres organolépticos a lo que puede aportar una cepa. Quizá, algún día, el estado tome conciencia de su falta de apoyo a la investigación. Será el mismo día que muchos personajes, muy influyentes y muy conservadores, se den cuenta de que se equivocan cuando creen que el comercio exterior es un problema de los bodegueros, que más que empresarios son chacreros que colocan al Tannat en altos niveles de calidad. O cuando le quitan valor a los vinos de corte. Porque el vino perfecto no nace de un solo varietal.

Los enólogos sanduceros han logrado potenciar la tipicidad de un terroir distinto y original.

Leonardo Falcone 120 Años, un
vino de autor con toda la madera.
(INAVI)
Leonardo Falcone 120 Años
El vino que celebra las doce décadas de la bodega sanducera es el resultado de catas diseñadas por Jorge Pehar, Carolina y Cecilia Falcone. En los primeros cortes todavía se registraba un mayor porcentaje de Tannat, pero en una segunda etapa, en la que se sumó Leonardo Falcone, fue decidida la presencia dominante de Cabernet Sauvignon. Al final de la investigación hubo un incremento de Pinot Noir y una rebaja de Tannat y Cabernet Franc. Un ejemplar que expresa el potencial de los viñedos de Paysandú y la sensibilidad de enólogos jóvenes que buscaron el punto justo, ni astringente, ni liviano, para ser disfrutado en la boca.

Elaboración
La familia Falcone preserva
una historia de trabajo
y creatividad vitivinícola.
(Archivo Leonardo Falcone)
Este complejo assemblage tiene Cabernet Sauvignon (60%) producido en 2005 por vinificación tradicional y maceración post fermentiva hasta caída del sombrero, fermentación maloláctica en barricas y una crianza de doce meses en roble francés sin uso. La segunda presencia es de Pinot Noir (20%) elaborado en 2006 por vinificación tradicional con maceración post fermentiva de siete días, fermentación maloláctica en barricas y crianza de cuatro meses en roble estadounidense. El tercer aporte es de Tannat (16%) vinificado de manera tradicional en 2006. El Cabernet Franc (4%) fue producido el mismo año por vinificación tradicional con maceración post fermentiva de siete días. El resultado es un vino elegante, de corte original sanducero, del que solamente se produjeron mil litros para una edición seriada de 1350 botellas.

Ficha Técnica
Variedades de uva: Cabernet Sauvignon, Pinot Noir, Tannat, Cabernet Franc.
Cosecha: 2005 y 2006
Tipo de vino: tinto
Otros: crianza

Datos Analíticos
Azúcar Reductor: 2.0 gr/l
Acidez Volátil: 0.46 gr H2SO4/l
Acidez Total: 3.3 gr H2SO4/l
Extracto Seco Reducido: 33 gr/l
SO2 Total: 120 mg/l
Alcohol: 12.2 %
Fermentación maloláctica: si

Gastronomía y Servicio
Compañero ideal de buenas carnes agridulces de contenido graso medio, con salsas livianas y condimentos herbáceos. Recomendado con embutidos de ñandú. También resalta el sabor de quesos de cabra maduros. Se aconseja decantar entre 20 y 30 minutos y servirlo en copa grande, a una temperatura de 18 grados centígrados.

Nota de Cata
Mapa vitivinícola del Uruguay.
(INAVI)
Con la copa a 45º se aprecia una buena intensidad colorante con matices rojos característicos de las uvas Cabernet Sauvignon que dominan su complejo assemblage. De intensidad aromática elevada, al inicio aparecen notas de aceitunas negras y detrás tonos leves de cacao y chocolate que provienen de su pasaje por la madera. Al mover la copa desaparece el roble y al retornar a reposo surgen los descriptores principales, pasas de uvas, ciruelas y orejones de damasco, con un fondo herbáceo y frutal de grosella, rosa y pitanga. En la boca tiene un ataque fresco, el desarrollo es suave y amplio, y la persistencia es inusual pese a la ausencia de taninos marcados.

Bodega Leonardo Falcone
Tiene sus viñedos sobre la ruta 90, “La Carolina” y “Kilómetro 10”, muy cerca de la ciudad de Paysandú. Su “Granja XX de Setiembre” está ubicada en Wilson Ferreira Aldunate Nº 5 de la capital sanducera. La empresa organiza visitas guiadas que incluyen viñedos, bodega, fachada histórica y cava subterránea, con degustación y adquisición de vinos.
Por informes: (+598) 47227718.
Página web: www.bodegaleonardofalcone.com.uy
Correo electrónico: lfalcone@adinet.com.uy