miércoles, 13 de enero de 2016

Bernardo Suárez del Rondelo, el asturiano más rico del Río de la Plata colonial, fundador de ciudades, mecenas de la Revolución Oriental

Don Bernardo en el Museo Histórico.
Yo patriota, mi hijo presidente 

La fría noche del 7 de julio de 1839 el venerable anciano se sintió morir. Sin reclamar auxilio, se vistió con su mejor uniforme de capitán y se colocó en el pecho las medallas que había ganado en tantas batallas patrióticas. Se recostó nuevamente en el lecho para esperar el fin con la misma dignidad que había vivido sus recién cumplidos 90 años. Al otro día, cuando clareó el alba, uno de sus asistentes se aproximó a la alcoba para ofrecerle un mate amargo. Lo encontró difunto, en un sereno sueño. Tenía marcado un ademán militar, desafiante actitud de quien tantas veces había enfrentado a la muerte, cara a cara. 

Sobre la base de la Segunda Crónica del libro Héroes sin bronce (Gobierno del Principado de AsturiasEdiciones Trea, Gijón, España, Diciembre de 2005). 
 
—El 1 de enero de 1923 el Dr. Joaquín Villegas Suárez emprendía un casi rutinario viaje de negocios, como veterinario del Servicio de Policía Sanitaria Animal del gobierno uruguayo. Era el responsable médico de una millonaria partida de ganado en pie con destino a Bélgica.
Todo parecía normal a bordo del carguero inglés Hartington . “Demasiado”, diría con razón un pesimista. Así fue hasta el sexto día de travesía. Esa mañana, el técnico detectaba casos de fiebre aftosa en parte del rodeo. Tras informarle al capitán, ordenó sacrificar los animales enfermos y arrojar sus cuerpos al Atlántico. 
El marino aceptó la disposición con relativa tranquilidad, aunque le recordó que sería de su exclusiva responsabilidad la pérdida económica provocada a los exportadores. Villegas tampoco perdió la calma, pero, alertó al personal que si surgían nuevos casos, debía realizar la misma operación. Esa noche, se fue a dormir convencido de que las jornadas siguientes serían muy difíciles. Y no se equivocó.
Joaquín, hijo de Bernardo.
Poco tardó en declararse un brote del mal en toda la carga. Mientras ordenaba más sacrificios, menos amable era la respuesta del capitán. Una semana después, en medio del mar, y sin posibilidad de tocar puertos, el veterinario fue llamado a la popa. Allí, los jefes de tripulación le presentaron un espectáculo asombroso. Decenas, cientos de hambrientos tiburones, seguían de cerca al barco, atraídos por el constante descarte de tan apetecible alimento.
El duro capitán, controladamente furioso, lo tomó por el hombro y le advirtió. “Doctor, si seguimos tirando vacas al océano, aumentará el temor a la peste entre el personal. Le sugiero que tome otras medidas o se cuide de un posible accidente. Podría terminar en el agua usted también.”
Villegas lo confesaría tiempo después. El miedo lo paralizó. Tras recuperar el aliento, siguió supervisando personalmente los sacrificios, en medio de un insoportable clima de violencia entre dos bandos desiguales: sus pocos asistentes y él, contra todos los demás.
Los funcionarios gubernamentales sobrevivieron el tenso viaje, armas en cinto. No hubo fuego, pero cada noche, dormían con sus camarotes trancados y dos revólveres, uno bajo la almohada y otro en el cajón. Estaban dispuestos a tirar ante el menor intento de agresión.
El barco, pintado y desinfectado, ya sin la voraz escolta, pudo ingresar al puerto
Joaquín Villegas Suárez.
de Amberes el 5 de febrero de 1923. Pero, solo después de un férreo control sanitario. Fue entregada menos de la mitad de la partida original y las pérdidas resultaron millonarias en pesos oro, moneda mas fuerte que el dólar. Villegas jamás olvidó aquellos días de angustia, que derivaron en una depresión traumática. Todavía sacudido por la emoción, buscó un contacto con parientes genoveses y asturianos, con los que pudo recuperar un poco de ánimo. Con ellos mantuvo, posteriormente, una afectiva relación y abundante correspondencia.
Siempre había sentido la necesidad de investigar sus orígenes, pero, tras aquella brutal experiencia, el veterinario fue además un dedicado historiador, especializado en la genealogía de su numerosa familia. En 1941 cumplió su más anhelado sueño. Permaneció tres meses en Castropol. Allí conoció íntimamente la primera vida de su ilustre antepasado astur, pionero de una familia de notable influencia política en la Banda Oriental hispana, la Provincia Oriental artiguista y las primeras décadas del Uruguay independiente. 

“Mi tatarabuelo alcanzó el más elevado prestigio de vecino antiguo y respetado. Era un riquísimo estanciero de Florida, Canelones y la frontera de Cerro Largo, pero también un desinteresado y anónimo filántropo a quien mucho le costaba decir no.” 
Joaquín Villegas Suárez.

El asturiano mas rico
—Francisco Bernardo Suárez del Rondelo y López de Avilés nació el 1 de julio de 1749 en el caserío de Ferradal, Concejo de Castropol, que por entonces era la Provincia de Oviedo, en la frontera oeste del Principado de Asturias con la vecina Galicia. Fue bautizado un día después en la iglesia de San Salvador de Tol, por decisión de sus padres, Alonso Suárez del Rondelo y Antonia María López de Avilés. Arribó a Montevideo antes de 1774, acompañado por su hermano Francisco Antonio, nacido el 1 de abril de 1751.
Su ingreso a la Banda Oriental se inscribe en el último ciclo del gobierno colonial hispánico. Se radicó en el Partido de Pintado —actual Departamento de Florida— como socio de una pulpería que rápidamente fue la más próspera y popular de la comarca. Su natural talento le permitió juntar una buena fortuna antes de los 27 años.
Santiago Figueredo, párroco de Pintado.
El 7 de abril de 1780 se casó con María Petronila Fernández y Texera, nacida en Montevideo, el 24 de junio de 1759. La ceremonia religiosa se realizó en la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe.
A Bernardo le gustó el lugar. Un año después, con otros asturianos, además de gallegos, canarios y castellanos se radicaron en la Villa de Guadalupe de los Canelones. La ciudad lo nombraba primer Alguacil Mayor del Cabildo luego de acreditar “honradez, discreción, benevolencia, desprendimiento y carácter simpático. Poseía una gran inteligencia, mucha intuición y un grtan olfato político. Bernardo fue una figura de relieve durante la etapa colonial hispana, que se sometió siempre a la sombra del hijo, el histórico presidente, mi bisabuelo”, afirmaba su descendiente Joaquín Villegas Suárez, que también fue su biógrafo.
Una Florida que fundaron Suárez y otros pioneros.
Aunque mantuvo abierto el comercio, su principal ocupación era la faena agropecuaria en la estancia del arroyo de la Virgen de Canelones. En 1874 debió dedicarse solo a la crianza de Joaquín, luego del inesperado fallecimiento de María Petronila. Se radicó en Montevideo, para cumplir tareas políticas, mercantiles y con los estudios del niño, paralelamente, se estableció en una segunda estancia en la Cuchilla General, en los alrededores de la zona de Melo, actual capital del Departamento de Cerro Largo.
El sacerdote Dámaso Antonio Larrañaga, primer sabio oriental, fundador de la Biblioteca Nacional, por años cercano asesor del héroe José Gervasio Artigas, se jactaba de su amistad con Suárez del Rondelo. “Tiene tantas tierras, que muchas provincias y aún repúblicas de Europa no alcanzan su extensión. Pero, tan grande es su fortuna como desprendimiento y amor patriótico.”

Francisco Antonio Suárez del Rondelo, hermano menor de Bernardo, murió soltero y testado el 18 de diciembre de 1783, a los 34 años. Fue su compañero de emigración, relegado a un asumido segundo plano como colaborador en la administración de sus primeras propiedades. 

De hacendado a guerrero
—Las crónicas virreinales señalan su secundaria participación en la recuperación de Colonia del Sacramento. “Abandonó prósperos negocios para alistarse en las milicias que lucharon contra la rapacidad de los portugueses”, afirma el historiador José Luis Pérez de Castro, en su obra Huellas y presencia de Asturias en el Uruguay. En virtud de sus servicios alcanzó el grado de Alférez del Regimiento de Caballería de Montevideo, con el que figuraba en setiembre de 1784.
Casa de la Independencia original, en Florida.
Pérez de Castro describe claramente, cómo sus intereses económicos influyeron en la organización demográfica de la primitiva Banda Oriental. “El Tratado de San Ildefonso fijaba límites entre posesiones de España y Portugal, pero no cortaba los abusos lusitanos, que unidos a los de charrúas y minuanes, indujeron a Félix de Azara, a proponer al virrey Avilés, la fundación de nuevas poblaciones al norte del Río Negro. La iniciativa atendía reclamaciones de hacendados hispánicos, entre ellos Suárez del Rondelo.” En 1785 su apoderado, Zacarías Pereyra, presentaba un completo informe a la oficina de Azara e iniciaba una fuerte ofensiva a favor de la nueva organización demográfica.
Integró el Cabildo en 1798, como “encargado de los 16 partidos de la campaña de Montevideo”. En oficio del 30 de abril señalaba la “conveniencia de regularizar la vida de los pobladores de campos comprendidos entre el Río Yí y Negro hasta el Cordobés, y de la parte meridional del Negro, desde el arroyo Don Esteban hasta el Piray chico en Hospital, hasta la Cuchilla General”. Proponía, textualmente, “rodearlos de auxilio espiritual”. No parece casualidad. Muchas de esas zonas correspondían a sus propiedades.
Como conocedor de la campaña profunda, por haberla recorrido durante años y por su “valiente actuación y empeño en la defensa de la Corona”, fue nombrado Capitán graduado de Ejército, en 1802.
Fiel a su asturianía original, durante más de tres décadas defendió con la espada los intereses virreinales, pero, luego, fue crítico de las autoridades hispánicas e introdujo a Joaquín en la lucha de los patriotas orientales. Para algunos, contagiado por el fermental clima de la Revolución de Mayo de 1810; para otros, por intuitivo oportunismo. 

 —"En las dos Invasiones Inglesas cumplió su más importante papel como militar hispano, todos los informes señalan que prestó invalorables y patrióticos servicios, dignos de especial recomendación. Fue un héroe anónimo de la resistencia que como tantos otros se pasó al bando criollo luego de la Revolución de Mayo de 1810"
José Luis Pérez de Castro, en Huellas y Presencia de Asturias en Uruguay, 1961. 

Asalto inglés a Montevideo, la brecha de 1807.
Contra los "pálidos"
En la primera ocupación británica del Virreinato del Río de la Plata, iniciada el 25 de junio de 1806, se encargó de formar la línea de circunvalación de Montevideo con sus milicias de campaña. En tres cantones ubicó estratégicamente a 100 soldados que impidieron el desembarco británico en las playas orientales. 
Fue un triunfo resonante que animó al gobernador montevideano Pascual Ruiz Huidobro y que lo impulsó a preparar la reconquista de Buenos Aires, vergonzosamente ocupada casi sin resistencia militar. Fue la triste historia del Marqués de Sobremonte que apenas atinó a tomar el tesoro y huir, dejando a la población —liderada por Martín de Álzaga— con la impracticable tarea de defender la capital virreinal.
Suárez hizo lo posible para incorporarse la expedición del francés Santiago Liniers, pero no obtuvo permiso en atención a "la necesidad de su persona para la dirección de las caballadas, tan precisa a los campos volantes". Permaneció en Montevideo cumpliendo un "desempeño con el mayor acierto y esactitud".
Las tropas de Liniers retornaron victoriosas, pero, pocos meses después, el 29 de octubre, el enemigo británico desembarcó en la bahía de San Fernando de Maldonado y la Isla Gorriti, para avanzar por tierra hasta San Carlos. Suárez del Rondelo fue relevado de su comisión y transferido al mando de la caballería destinada al bloqueo de Maldonado. El 5 de noviembre, partió con 85 voluntarios para reforzar las tropas del coronel Abreu, en un punto estratégico de la entrada de la ciudad. Abreu murió en combate y fue sustituido por el coronel Moreno que, inmediatamente, ordenó su incorporación a la defensa de Pan de Azúcar.
Tenía 99 soldados bajo su mando, los propios y trece más del sargento Turio Verde. Las cien lanzas hicieron guerra de guerrillas contra un enemigo mejor pertrechado y experimentado. Un reporte español define la táctica como "vizarrante", pero elogia su efectividad. En el mismo documento se informa que “por dos veces quitó ganado y caballos considerables” a las partidas inglesas que habían salido a buscarlo. La maniobra de distracción y sorpresa impidió la internación del enemigo en suelo oriental.
Cabildo de Montevideo, 21 de Setiembre de 1808.
Cuando el general británico anunciaba su intención de tomar Montevideo por tierra, Suárez se encargaba, el 28 de diciembre, de conservar las partidas de bloqueo y de reglar sus operaciones. El 14 de enero de 1807, puso en movimiento su campo, y el 15 se hallaba en el Cordón, reunido con varios labradores de Pando.
Montevideo hasta ese momento había resultado inexpugnable, pero los aguerridos ingleses la tomaron por asalto después de dos semanas de insoportable fuego artillero naval y terrestre. Los cañones abrieron una brecha en la muralla, que los defensores trataron en vano de cubrir con cueros, una calle de la Ciudad Vieja montevideana recuerda la histórica Brecha. La ciudad quedó bajo poder británico entre el 3 de febrero y el 9 de setiembre de 1807. cuando se retiraron derrotados por la resistencia criolla, oriental y argentina.
Suárez del Rondelo colaboró secundariamente con las reorganizadas tropas bonaerenses que derrotaron a los invasores "pálidos" y recuperaron Montevideo ese mismo año. En enero de 1808 informaba al virrey sobre los servicios prestados por el vecindario durante ambas invasiones. La mayor ciudad oriental recibió de la corona hispana el título honorífico de "Muy fiel y reconquistadora" y agregaba a su escudo banderas inglesas abatidas. 

Ariosto Fernández, en Historia de la Villa de San Fernando de la Florida y su región, afirma que fue decisivo el aporte de Bernardo Suárez del Rondelo en la fundación del poblado original.

¡Yo, patriota!
—En 1809 integró oficialmente por única vez el Cabildo de Montevideo, como Procurador General. El 22 de febrero de ese año presentaba una solicitud del cura párroco del Pintado, Santiago Figueredo, para crear una nueva población cerca de la estancia Del Cabildo. 
Nadie en verdad, podía asesorar con mejor y más cumplidos conocimientos de causa, ya que estaba interiorizado de todos los pormenores y circunstancias locales. Avecindado desde 1774 en el Partido de Pintado, en donde estableció un de las primeras pulperías lugareñas, fue cofundador de la aldea y capilla del mismo nombre en 1779; habitó en la región hasta que se trasladó a Canelones.”
Calle Bernardo Suárez, un sitio en Florida.
En 1809 fue electo como Síndico Procurador del Cabildo, a propuesta -sin oposición- del Alcalde de Primer Voto. Ocupó el lugar de Tomás García de Zúñiga, acusado de “obrar criminoso” por el Regidor Alguacil Mayor Perpetuo.
El 9 de enero prestó juramento en la Sala Capitular. “Durante todo el mes, tomaron razón de Contaduría y los atributos heráldicos concedidos a Montevideo, en premio al comportamiento frente al invasor británico.”
Esa era la superficie. Debajo, la mar estaba agitada desde 1808, cuando, en secretas sesiones, la Banda Oriental comenzó a rebelarse contra la suprema autoridad de la Junta Central Gubernamental de España.
Hubo respeto formal a la autoridad virreinal, pero, el Cabildo estaba fuertemente influido por el clero patriota y la burguesía independentista. Discretamente, los cabildantes tejían alianzas con la naciente Junta de Gobierno de Montevideo, afirmando que “lo saludable es la autonomía frente al Obispo y la supremacía jerárquica de Buenos Aires”.
El 7 de febrero de 1809, como síndico procurador, Suárez elevó un informe definitivo. Allí detallaba los excesos cometidos por el prelado de la Banda Oriental y solicitaba la desmembración de su Diócesis. Se comprometía con la posición favorable a la ruptura con la capital virreinal.
Fue más allá de la discreción y cargó tintas contra un funcionario eclesiástico desacreditado. Los conspiradores estaban apoyados por las logias inglesas que buscaban con la política y el comercio, recuperar su influencia en el Río de la Plata, tras la dura derrota sufrida con las armas. En definitiva, Suárez apoyaba con la pluma, de modo insospechado, lo que había defendido con no menor ardor, en las invasiones de 1806 y 1807”, afirma Pérez de Castro.
El 31 de junio presenta el proyecto de erigir en terrenos propios un edificio para Casa de Misericordia, Asilo de Huérfanos Expósitos y Mujeres Desamparadas. “Un noble propósito malogrado por causas imprevistas", comentaba desilusionado. Por esa misma causa, Suárez dejó de asistir al Cabildo hasta el 31 de diciembre, cuando fue sustituido por Mateo Gallego.
Liceo 4 de Melo, en la calle Suárez del Rondelo.
Fue Alcalde Segundo de Melo, por elección popular. Tiempo después se retiraba al campo situado entre el camino que iba del Paso de la Arena del Arroyo Frayle Muerto al Paso de Aguiar sobre el Río Negro.
Tras la independencia del 25 de agosto de 1825, Uruguay se trabó en guerra contra Brasil. En abril de 1827, su hijo Joaquín era Gobernador Delegado de la Provincia. Ambos pusieron el ganado de su hacienda, a disposición del general porteño Carlos María de Alvear, para alimentar al ejército republicano. “Debiendo dar principio por los novillos y concluidos, seguir por las vacas, hasta terminar con el último animal... con la sola condición de serme entregado el cuerambre." En tres meses, la tropa consumió buena parte de sus animales, pero Bernardo no reclamó ni quiso reclamar un solo cuero. “El anciano, daría pruebas de singular patriotismo oriental. La misma actitud tendría su hijo cuando deseando el país pagarle la ruina en que le dejara, respondió que no cobraba cuentas a su madre”, afirma Pérez de Castro.
Para sus apologistas, Bernardo Suárez del Rondelo es un injusto olvidado de la historia uruguaya. Para sus biógrafos, uno de los más polifacéticos personajes de la transición iniciada con la crisis hispánica del Río de la Plata, pasando por la revolución y la artigüista Provincia Oriental , hasta la república independiente. Para sus críticos, un hábil empresario, exitoso amasador de fortunas, que aprovechó inescrupulosamente cada oportunidad, para extender su imperio económico. Sus detractores lo acusan de “haber cobrado a precio más caro que el oro” cada servicio patriótico; primero a la corona española, luego a los revolucionarios. Son los mismos que señalan su olfato para decidir cuando debía pasarse al bando criollo. Y hacerlo en el momento justo.
Fue un hombre que cultivó el perfil bajo. Jamás ostentó su inmenso poder de hacendado y comerciante incalculablemente rico, de fundador de ciudades, de influyente político —con buena pluma y pocas palabras— y de invicto soldado. Aunque nunca lo supo, seguramente intuyó que su gloria vendría después de la muerte, como padre del presidente uruguayo que enfrentó la más amarga guerra rioplatense.

En 1811 la Banda Oriental se sublevó contra el virrey español Franciso Xavier Elío en varios focos revolucionarios. José Artigas estaba en Colonia del Sacramento, Pedro José Viera y Venancio Benavides en Monte Grande del arroyo Asencio, Francisco Haedo en Villa Nueva de Mercedes, Celedonio Escalada en Santo Domingo de Soriano, Tomás García de Zuñiga, Ramón Márquez, Pedro Celestino Bauzá, y Joaquín Suárez en Florida y Canelones.

Joaquín Suárez, presidente, c.1850.
Su hijo el presidente
—Joaquín Luis Miguel Suárez del Rondelo y Fernández nació en la Villa de Guadalupe el 18 de agosto de 1781, como hijo único de Bernardo y María.
Se casó en 1806 con Josefa Álamo, “una mujer de carácter dulce y discreto”, según su bisnieto y biógrafo, Joaquín Villegas Suárez. La pareja tuvo ocho hijos: Felipe Bernardo, fallecido a los pocos días; Margarita Zenobia; José Bernardo; María de la Natividad; Pedro Joaquín, fallecido al año de vida; Pedro Lindoro Juan; Bernardina y Juan Francisco.
A los 25 años era descrito como de “cuerpo delgado pero fuerte, de estatura baja, facciones regulares, pómulos algo pronunciados y cabello fuertemente emplazado”. A partir de 1809, fue más allá de la idea autonomista del Cabildo de Montevideo, representada por su padre. Se sumó a la corriente criolla favorable a la emancipación definitiva de las colonias rioplatenses. “Reunidos con Don Pedro Celestino Bauzá, el padre Figueredo y don Francisco Melo, acordamos trabajar por la independencia, para cuyo fin teníamos de agente en Buenos Aires a Francisco Javier de Viana y en esta capital a don Mateo Gallegos.”
La Joaquina, Monumento a la Bandera, Canelones.
Fue a prisión por orden del gobernador español Francisco Xavier Elío, luego de descubierta la trama, pero tuvo tiempo de esconder papeles que lo comprometían y destruir toda prueba en su contra. Recuperó rápidamente la libertad.
Poco después se incorporaba a la revolución de José Gervasio Artigas, que lo nombró capitán de milicias. Participó de la Batalla de Las Piedras, verdadero mito fundacional del estado oriental. Fue designado comandante militar de Canelones. Acompañó a su admirado prócer en el Éxodo del Pueblo Oriental o Redota , pero vivió con su familia en un campamento paralelo del jefe porteño Manuel de Sarratea, muy cuestionado por los jefes artigüistas. La ruptura lo colocó ante una disyuntiva: apoyar a sus compatriotas o al bonaerense. Finalmente, se fue para su casa, negándose a participar en una probable guerra civil.
Josefa Álamos, esposa de Suárez.
Retornó en la toma de Colonia y como encargado del patrullaje de los alrededores de San José. Participó en el Sitio de Montevideo , pero cuando Artigas lo abandonó en 1814 y rompió con Buenos Aires, se distanció de la llamada Marcha Secreta , permaneciendo en extramuros de Montevideo. Fue designado comandante de Canelones por el jefe porteño José Rondeau, pero se negó a combatir contra las tropas orientales. Entonces, pidió la baja y dio por finalizada su carrera militar.
Era Regidor de Abastos del Cabildo de Montevideo en 1816, cuando el ejército luso-brasileño invadía la Provincia Oriental . Fue nombrado gobernador asociado al patriota Miguel Barreiro, pero abandonó la ciudad el 18 de enero de 1817, tras el ingreso —bajo palio— del ejército ocupante de Carlos Federico Lecor.
Durante los años de resistencia actuó como comisario general del ejercito artigüista, con captura recomendada y varios episodios de fugas increíbles. Con la derrota dejó nuevamente las armas, pero fue siempre intransigente ante los intentos de soborno de brasileños y portugueses.
No participó de la actividad revolucionaria del Cabildo de Montevideo de 1823, pero asumió con coraje la defensa del capitán Pedro Amigo, finalmente, condenado a muerte por los invasores, ahorcado en la plaza de Canelones en setiembre de aquel año.
Se sumó a la Cruzada Libertadora de 1825 e integró la Comisión de Hacienda formada por el líder del movimiento, general Juan Antonio Lavalleja. Luego representó a San Fernando de la Florida en la Sala de Representantes que proclamó la independencia del Brasil y la unión a las Provincias Unidas, el 25 de agosto de 1825.
Fue gobernador delegado de Lavalleja, cuando el caudillo se sumó a la guerra argentina contra Brasil. Inicialmente, decidido lavallejista, lo que significaba un inminente futuro blanco, firmó un decreto que ordenaba la aprehensión del caudillo populista Fructuoso Rivera, como traidor a la patria.
Relieve en el Monumento a la Bandera.
Suárez se reconcilió con Rivera, poco antes que Don Frutos asumiera la primera presidencia constitucional del Uruguay, en 1930. En claro signo de confianza, era designado ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores e interino de Guerra y Marina.
En el golpe de estado de Rivera contra Manuel Oribe, de 1836, defendió encendidamente la institución legal. En 1838, era representante oribista en la Comisión Pacificadora . Las crónicas cuentan, irónicamente, que salió de Montevideo como representante de Oribe y regresó como vocero de Rivera. Son los mismos que señalan su debilidad por los triunfadores. Sirvió a Oribe después de la batalla de Carpintería y a Rivera después de Palmar . Sin embargo, conservó el respeto de ambas partes.
Durante la segunda presidencia de Rivera, de 1839, fue designado presidente del Senado y mandatario interino cuando su nuevo jefe declaraba hostilidades al gobernador federal de la Provincia de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas.
Lo que en principio iba a ser un corto interinato, fue un largo gobierno de ocho años, entre 1843 y 1852, como cabeza visible de la Defensa. Era el gran personaje de la nueva Troya, que describió Alejandro Dumas hijo.
Fue presidente hasta el final de la Guerra Grande, que enfrentó al Partido Colorado oriental y al Partido Unitario argentino, contra la alianza del Partido Blanco uruguayo con el Partido Federal del país vecino. La tradicional lucha de blancos contra colorados es la más antigua de occidente aún vigente; aunque ya no como enfrentamiento bipartidista.
En 1844 participó en la Apertura de la Casa de la Moneda que acuñó la primera moneda nacional; en 1845 reglamentó los requisitos para poder ejercer la Medicina y Cirugía y reconoció la Independencia de la República del Paraguay. 
Joaquín,  anciano en su quinta de Bella Vista.
El conflicto finalizó en territorio uruguayo en 1851, con la Paz de Octubre y el levantamiento del Sitio Grande por el blanco Manuel Oribe luego de nueve años de conflicto. Poco después fue condecorado por el Emperador del Brasil con la Gran Cruz de la Orden de Cristo. El último enfrentamiento en territorio argentino fue el 3 de febrero 1852, con el triunfo de Justo José de Urquiza (unitario), en la batalla de Caseros. A Rosas, sus enemigos lo humillaron tras la derrota. Debió marchar al exilio de Inglaterra.
Suárez, héroe colorado y principal figura política de los ganadores, anunció un tratado de paz sellado con la célebre frase: Ni vencedores, ni vencidos. Luego de prohibir el uso de las históricas divisas partidarias entregó el mando a Bernardo Berro, el 15 de febrero de 1852.
Física y mentalmente agotado, volvió a su chacra del Arroyo Seco, la única propiedad que le quedaba. Había gastado la cuantiosa fortuna heredada de Bernardo, en una apasionada lucha política y militar.
Fue electo senador por Canelones en 1854 y diputado por Montevideo en 1858. Visiblemente enfermo, se retiró con una pensión de 3 mil pesos anuales de la época.
Monumento a Suárez en Plaza Independencia, 1898.
La mitología colorada recuerda su célebre respuesta a alguien que le habría preguntado por préstamos de guerra no cobrados: “A la madre no se le cobran cuentas”, habría sido su antológico comentario. Falleció el 26 de diciembre de 1868. fue sepultado en la Iglesia Matriz de Montevideo, junto a la tumba de Rivera, su mentor y patrón político. 
El historiador Lincoln Maiztegui alguna vez escribió una semblanza sobre su vida política. "Para los colorados fue un héroe que defendió valores democráticos, un ejemplo de honestidad insobornable, patriotismo sin fisuras y espíritu tolerante, desinteresado aportante a la revolución antigüista. Para los blancos fue un experto en cabriolas políticas, un mediocre arribista e influenciable, siempre aliado al poder. Sus críticos apenas le reconocen el mérito de un relativo coraje y honestidad, pero también señalan su culto a la demostración de esas aparentes cualidades", afirmaba el investigador.

"El mundo entero nos mira con asombro. Corramos a hacernos para siempre el objeto de admiración y respeto universal, haciendo que se cante en el año 16 el nuevo destrozo de los esclavos de un rey, por la victoria de los hombres libres."
Solicitud publicada en el semamario La Prensa Argentina, el 27 de agosto de 1816, firmada por Miguel Barreiro, Joaquín Suárez, y Pedro Maria de Taveiro quienes convocaban a tomar las armas para detener el avance portugués en la Provincia Oriental.

Amigo
El acusado actuó conducido por la necesidad de defender los derechos de la libertad de su país a que esta obligado por todas las leyes civiles y humanas, defendiendo la causa del pueblo de Montevideo.
...Un ciudadano en todo Estado tiene el derecho de aspirar al gobierno mas propicio que haga su bien...

...El amor a la justicia y al bien es un fuerte antemural contra el invasor o contra el tirano...
Pedro Amigo no ha cometido ni uno ni otro. Dio la orden, es verdad, para matar, hablemos sin embozo, como a enemigos y ladrones." 
Pasajes del alegato de Joaquín Suárez en favor del vecino canario Pedro Amigo acusado de homicidio y robo por el general Carlos Federico Lecor, comandante militar de la Provincia Cisplatina. Amigo mató a soldados brasileños en un enfrentamiento. Como nadie quiso participar en su defensa, Suárez asumió como su espontáneo patrocinante legal. Pedro Amigo fue ejecutado en la Plaza de Canelones, pero en la memoria histórica perdura el alegato y la denuncia pública contra las autoridades extranjeras, también el omnipotente Barón de Laguna.


"Rosas y Oribe apellidaban de salvajes e inmundos unitarios a todos a sus enemigos; pero su única excepción cuando a él se referían siempre era Don Joaquín."
Andrés Lamas, funcionario del Gobierno de la Defensa de Montevideo, cercano a Suárez.

Plaza Suárez, 2015.

 Monumenta 
—El 18 de julio de 1896 fue inaugurada en el sector sur de la Plaza Independencia, frente al Palacio Estévez, un monumento en su honor creado por el escultor uruguayo Juan Luis Blanes, modelado en Florencia por el italiano Pedro Costa. La figura de Joaquín Suárez, en bronce, aparece de pie sobre un basamento de granito que representa una fortaleza, con un bastón en la mano derecha y un sombrero bajo el brazo izquierdo. 
La figura fue trasladada al mismo espacio donde estuvo el casco de la Quinta de Suárez, en la proa de la actual plaza ubicada entre el antiguo camino de la Agraciada y la avenida que también lleva su nombre, donde casi se tocan los barrios Bella Vista y Prado. En 1923 su sitio en la Plaza Independencia fue ocupado por un monumento ecuestre de José Gervasio Artigas, realizado por el artista italiano Angelo Zanelli.

La Joaquina
Es el nombre popular del Monumento a la Bandera, erigido en la Plaza 18 de Julio de Canelones. La obra del escultor italiano Juan  D’Aniello es una figura simbólica de mujer con el cuerpo cubierto con una túnica dejando los brazos desnudos. En su mano izquierda, levantada, sostiene la Bandera Nacional, y en la derecha, hacia abajo, sostiene un gladio. En el basamento de granito un medallón representa la esfinge de Joaquín Suárez, jefe del Gobierno Delegado con sede en Guadalupe de Canelones que el 1 de enero de 1829 hizó el primer Pabellón Nacional, bordado por su esposa Jose Álamos. La Joaquina fue inaugurada el 18 de julio de 1930. 
 
En 1862 presidió la Comisión Vecinal encargada por la Junta Administrativa de las Escuelas del Reducto y Paso Molino; en 1866 al final de su vida, ciego, presidió los funerales celebrados en la Iglesia Matriz en recuerdo de los Mártires de Quinteros.

 
Cara a cara
—La madrugada del 7 de julio de 1839 el anciano Bernardo se sintió morir.
Cruz Ancha de Melo.
Estaba descansando en la alcoba principal del casco de su estancia de Melo. Se levantó de la cama, con una envidiable compostura física para sus 90 años y una entereza de viejo luchador. Sin reclamar auxilio, se vistió con su mejor uniforme de capitán, se colocó las medallas que había ganado en tantas guerras y se recostó en el lecho a esperar la muerte. Al clarear del alba, el ayudante se aproximó como cada mañana, para ofrecerle un mate amargo. Pero lo encontró difunto, haciendo un ademán militar.
Su cadáver fue enterrado en el cementerio melense, el 10 de julio, sin que la posteridad le haya rendido otro lauro que el pincel retrospectivo de Salvador Jiménez en un óleo que conserva el Museo Histórico Nacional de Montevideo”, afirma Pérez de Castro.
Bernardo Suárez del Rondelo murió viudo y sin sacramento. Su panteón en el cementerio de Melo es una pieza de arte mortuorio, con su cruz ancha de piedra como emblema familiar. Su prolífica descendencia tenía 256 personas vivas en 1896, según informaba el diario El Siglo. Un año antes, había nacido Joaquín Villegas Suárez, su tataranieto y biógrafo. Fallecido el 18 de julio de 1985.

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