miércoles, 25 de noviembre de 2015

No es dictadura, ¡un grito de la Marcha más rebelde!

Portada del N° 1676, último del semanario Marcha.

De una portada memorable que denunció con ironía el golpe de Estado, al cierre del semanario que convocó a la Generación del 45

En el inicio de la fase “Comisarial” de la dictadura uruguaya (1973—1985) recrudeció la clausura de la prensa independiente. En poco más de un año fueron cerrados decenas de periódicos, entre los que hubo dos casos emblemáticos: el diario El Popular, el 16 de noviembre de 1973, el semanario Marcha, el 22 de noviembre de 1974.

Portadas y páginas interiores reproducidas en la Biblioteca Nacional de Uruguay.

El sociólogo Luis Eduardo González divide los casi quince años de la última dictadura, en tres etapas: “Comisarial”, entre 1973 y 1976, “Fundacional”, cuando el regimen intentó crearse una legalidad política, que duró hasta la derrota electoral en el plebiscito de 1980, “Transición a la Democracia”, iniciada con el triunfo de No hasta el 1 de marzo de 1985, cuando asumió el presidente constitucional Julio María Sanguinetti.
La misma madrugada del golpe de Estado del 27 de junio, el dictador Juan María Bordaberry firmó un decreto que prohibía “todo tipo de noticias y comentarios que afecten negativamente el prestigio del Poder Ejecutivo y las Fuerzas Armadas o que atenten contra la seguridad o el orden público”.
En febrero de 1975 fue creada la Dirección Nacional de Relaciones Públicas (DINARP), un organismo dedicado a la propaganda oficial y la censura, que con los servicios de inteligencia controlaban la denominada “prensa grande”, diarios, radios, televisión.
Casi hasta el final de la etapa “Fundacional”, fueron escasos los ejemplos de periodismo opositor, vale citar al diario El Día, clausurado el 25 de setiembre de 1977, por un aviso clasificado, el memorable “Milicos putos”.
Mientras CX 30 La Radio reflejaba voces disidentes, internas y externas, nacía La Semana, un suplemento sabatino de El Día, con periodistas dispuestos a enfrentar la censura cultural, también la revista Noticias, de breve curso opositor, La Plaza de Las Piedras y el semanario Opinar, dos alegorías en papel de la resistencia.
Los corresponsales de agencias extranjeras cumplieron un rol relevante, pese a los controles de sus cables, en la tarea de informar con objetividad.
En aquella etapa de oscuridad hubo una resistencia impresa que circulaba en la clandestinidad, con crónicas mimeografiadas que contaban las desdichas de un país encarcelado y silenciado.
El nacimiento de la etapa de “Transición a la Democracia” se sitúa el 30 de noviembre de 1980, cuando los uruguayos votaron en un plebiscito pergeñado por el regimen. El proyecto de Constitución dictatorial fue rechazado por 57.9% de la población.
Muy cerca del NO, la memoria colectiva mantiene viva la imagen de un debate televisivo que el 14 de noviembre, dos semanas antes de la consulta, le dio voz a dos figuras opositoras, el colorado Enrique Tarigo y el blanco Eduardo Pons Etcheverry.
Fue la única polémica pública, en medio de una propaganda dictatorial intimidatoria, constante. Un relato épico, impregnado por una metáfora cultural de Pons Etcheverry, que trató de “rinocerontes” a los personeros de la dictadura, en alusión a la pieza teatral de Eugenio Ionesco que por aquellos días estaba en cartel en Montevideo.
El historiador Carlos Demasi, en el libro La dictadura cívico-militar: Uruguay 1973-1985 (Ediciones de la Banda Oriental, 2009), opina que el monopolio del espacio de comunicación social que impuso el regimen derivó en una amplificación desmesurada de la opinión militar. “En el mediano plazo esta
situación tan anómala tuvo un efecto muy negativo sobre el operativo ideológico, ya que provocó un efecto de saturación sobre los destinatarios. La casi desaparición de las discrepancias alimentó en los militares la idea errónea de que contaban con el apoyo unánime de la población.”
Artículo de Mariano Arana.
La dictadura debió admitir una derrota inesperada. Mientras la población celebraba en silencio, sin festejos, dos publicaciones recientes, eran reconocidas como emblemas periodísticos del NO: La Plaza, de Felisberto Carámbula, y Opinar, dirigido por Enrique Tarigo.
Los partidos políticos comenzaron a negociar un nuevo cronograma de transición a la democracia. A la percepción de un afloje en la censura, se sumó el nacimiento de nuevas publicaciones: Opción, Búsqueda (semanal), Correo de los Viernes, Presencia, El Dedo, La Razón, a las que pronto se sumaron, La Democracia, Lealtad, Somos Idea, Aquí, Convición, Jaque, Guambia, La Voz de la Mayoría, ACF, entre tantas.

 En el inicio de la fase “Comisarial” recrudeció la clausura de la prensa independiente. En poco más de un año fueron cerrados decenas de periódicos, entre los que hubo dos casos emblemáticos: el diario El Popular, el 16 de noviembre de 1973, el semanario Marcha, el 22 de noviembre de 1974.

“No es dictadura”, un grito
La portada del semanario Marcha, una de los más recordadas en la historia del periodismo uruguayo y de las más analizadas en las escuelas y facultades hispanoamericanas de comunicación, fue publicada en el N° 1649, el sábado 30 de junio de 1973, una semana después del golpe de Estado.
Tapa del 30 de junio de 1973.
La intención mordaz del titular, breve, sarcástico, contundente, queda demostrada por la publicación en forma de bajada, dentro del mismo recuadro gráfico, del decreto dictatorial firmado por Juan María Bordaberry:
El Presidente de la República decreta:
1º. Declárase disueltas la Cámara de Senadores y la Cámara de Representantes.
2º. Crease un Consejo de Estado, integrado por las miembros que oportunamente se designarán con las siguientes atribuciones;
a) Desempeñar independientemente las funciones específicas de la Asamblea General;
b) Controlar la gestión del Poder Ejecutivo relacionada con el respeto de los derechos individuales de la persona humana y con la sumisión de dicho Poder a las normas constitucionales y legales;
c) Elaborar un anteproyecto de Reforma Constitucional que reafirme los fundamentales principios democráticos y representativos, a ser oportunamente plebiscitado por el Cuerpo Electoral.
3º. Prohíbese la divulgación por la prensa oral escrita o televisiva de todo tipo de información, comentario o grabación que, directa o indirectamente, mencione o se refiera a lo dispuesto por el presente decreto atribuyendo propósitos dictatoriales al Poder Ejecutivo, o pueda perturbar la tranquilidad y el orden público.
4º Facúltase a las Fuerzas Armadas y Policiales a adoptar las medidas necesarias para asegurar la prestación ininterrumpida de las servicios públicos esenciales.”
La muerte de Paco Espínola, el 26 de junio de 1973, un día antes del golpe, en nota de Jorge Ruffinelli.
Guillermo Chifflet era cronista de Información General, encargado de reportajes especiales, muy cercano a los responsables periodísticos del semanario: Carlos Quijano, Julio Castro, Hugo Alfaro.
La tapa fue pensada por los tres en la oficina de Quijano, cada uno puso lo suyo, de Julio es el humor absurdo, sutil, inocente, silencioso, de Hugo es el detalle de organizar la tapa como si la bajada informara sobre el titular, cuando en realidad es una contradicción, pero el formato definitivo, como siempre, tiene el carácter de Carlos, su vocación por el riesgo al límite. Cuando el número iba a la imprenta pensé: ¡Nos cierran y vamos todos presos!”, evocaba Chifflet en 2013.
Alguna vez le pregunté cómo se animó, a lo que me dijo: —Guillermo estimado compañero, ¡fue un grito! Quijano siempre decía que en periodismo más vale morir que perder la razón de vivir, lo escribió muchas veces. Nunca dejó de meter el dedo en el ventilador, y nos exigía que lo metiéramos y tenía razón: las cosas siempre van a ocurrir, aunque te quedes callado. ¡Es mejor pegar el grito!”
Quijano se veía venir el golpe, lo había dicho muchas veces en los meses. ¡Sabía que se venía!”, recuerda Chifflet.
La percepción queda demostrada por el informe publicado entre la páginas 4 y 9, titulado: “La era de los militares. Sin velos y sin máscara”, que por su profundidad y calidad de información debió estar preparado con anticipación.
El copete de la nota afirma: “Nadie puede sorprenderse. Esto ominosa caída del 27 de junio, es el resultado de un proceso que se inició hace tiempo y que se cumplió, paso a paso, a la luz del día. Durante este último año escribimos en repetidas oportunidades sobre el tema. Nada agregamos, nada quitamos ahora, a cuanto dijimos. Era obligación prever y, de antemano, juzgar y condenar. Era obligación también, disipar equívocos, adelantarse a los manidos sofismas y a las despreciables razones que en circunstancias semejantes siempre manejan loa actores de turno —nada nuevo ni siquiera bajo el sol de esta tierra— y esforzarse por impedir la funesta ejecución. Todo se consumó; pero algo se h ganado de todos modos. Va rasgado está el velo y caída la máscara.”
El informe evoca artículos publicados en Marcha desde agosto de 1972 hasta mayo de 1973. Los títulos señalados en la frecuencia: Tiempos difíciles, Los dados se han echado a rodar, Confusiones peligrosas, Tanto va el cántaro al agua, La carreta fantasma, La soledad de las armas.
La cobertura de la última sesión Asamblea Legislativa previa a la disolución del Parlamento (páginas 8 y 9), iniciada en la tarde del 26 de junio y finalizada en la madrugada del 27, fue titulada: Documentos para una historia.
El informe finaliza con una exhortación escrita por Carlos Quijano: “Ahora comienza otro capítulo de la historia. La aventura se inicia con sus colgajos habituales: Consejo de Estado, Reforma de la Constitución, ahora es la soledad de las armas. Ahora, más que ayer, el dilema es: resistir o someterse. Ahora, como siempre, creemos en nuestra tierra y en nuestra verdad. La batalla no terminó, apenas empieza.”
Los cierres de Marcha no eran nuevos, el semanario fue muy perseguido en la etapa de Medidas Prontas de Seguridad (1968—1971) impuestas por el gobierno de Jorge Pacheco Areco. Quijano en aquel momento fue muy ingenioso, creó una publicación sustituta, que llamó Chasque, dirigida por Alfaro, en la que trabajé por notas. Fue muy divertido, porque el Pachecato sabía que era la misma gente de Marcha, pero como cuidábamos detalles formales tuvieron que tragársela”, cuenta Guillermo Chifflet.
El viernes 8 de febrero de 1974 se publicó en Marcha el cuento El guardaespaldas, de Nelson Marra, ganador de un concurso literario convocado por el semanario. “Todos los que lo leímos en la mañana de ese viernes tuvimos un sobresalto mayúsculo: ¿cómo se habían atrevido a publicar esa historia, en un ambiente como el que vivíamos entonces? Marcha continuaba con su prédica de oposición a la dictadura, pero no era cuestión de facilitarle el paño, y había que hacer fintas con el lenguaje para que las cosas que debían ser dichas fueran dichas –escritas–, sin que catapultaran automáticamente el presto mecanismo de la censura. Pero eso se dirimía en las páginas de política, no en las literarias”, rememora Rosalba Oxandabarat, actual editora de Cultura del semanario Brecha.
Por la publicación de ese cuento fueron presos Carlos Quijano, Julio Castro, Hugo Alfaro, Juan Carlos Onetti, secretario de redacción del semanario y uno de los miembros del jurado del concurso con Mercedes Rein y Jorge Ruffinelli.

Quijano sufrió 81 días de prisión en el Cilindro Municipal, donde dio clases espontáneas sobre economía política, su especialidad. Marcha fue clausurada el 22 de noviembre de 1974. Tras ser liberado, partió en 1975 al exilio mexicano, allí continuó su lucha y sus tareas como catedrático en la Universidad Autónoma de México y editor periodístico.

Carlos Quijano por Ombú, en Brecha.
Carlos Quijano
Nació en Montevideo, el 21 de marzo de 1900. “Fue uno de los más importantes referentes en la formación de nuestra identidad nacional. Maestro de juventudes, precursor de la reforma universitaria, abogado, economista, político y maestro del periodismo, alcanzó la cumbre de su accionar con la creación del semanario Marcha. La legendaria publicación, que formó e influyó a varias generaciones, se editó entre 1939 y 1974, cuando fue clausurada por la dictadura, pero, a través de los Cuadernos de Marcha, llegó hasta el 16 de junio de 2001. Ahí escribieron los más importantes intelectuales uruguayos y latinoamericanos del siglo XX”, afirma Carlos Luppi, en su artículo “Carlos Quijano: testigo y forjador de una época”, publicado el 9 de junio de 2014, en la revista Caras y Caretas.
En 1917 fundó el Centro de Estudios Ariel, inspirado en las luchas estudiantiles que por entonces inflamaban la Universidad de Córdoba. En 1924 se recibió de abogado con Medalla de Oro y fue becado para estudiar Economía y Ciencias Políticas en La Sorbona de París. Allí participó en la Asociación General de Estudiantes Latinoamericanos (AGELA), con figuras de la tallas de José Ingenieros, José Vasconcelos, Víctor Raúl Haya de la Torre, Miguel Ángel Asturias, Juan Antonio Mella, Rómulo Bentancourt, Carlos Pellicer.
En 1928, de regreso en Uruguay, fundó la Agrupación Nacionalista Demócrata Social con Arturo Ardao y Julio Castro. Aquel año fue diputado por el Partido Nacional, del que se separó en 1958 para afiliarse al Partido Socialista. En 1971 fue unos de los fundadores del Frente Amplio.
En 1930 creó el diario El Nacional, y en su lucha contra la dictadura de Gabriel Terra —iniciada el 31 de marzo de 1933– los semanarios Acción y Combate. En 1939 fundó Marcha, del que fue director y editorialista sobre economía política.
Marcha convocó a los intelectuales más representativos de la denominada Generación del 45: Mario Benedetti, Juan Carlos Onetti, Carlos Real de Azúa, Emir Rodríguez Monegal, Ángel Rama, Carlos Martínez Moreno, Sarandy Cabrera, Homero Alsina Thevenet, Hugo Alfaro, Eduardo Galeano, Mario Arregui, Idea Vilariño, Omar Prego, Enrique Amorim, Manuel Flores Mora, Carlos Maggi, Clara y María Inés Silva.
Carlos Quijano murió el 10 de junio de 1984 en la Ciudad de México, en vísperas del fin de la dictadura contra la que tanto luchó. El 27 de junio de 1987, sus restos fueron repatriados, trasladados con honores oficiales desde el Paraninfo de la Universidad de la República hasta el Panteón Nacional.

Guillermo Chifflet
El combate de la pluma, libro de Jorge Chagas y Gustavo Trullen, una biografía de Guillermo Chifflet.
—“En 1952 ingresé a El Sol, el inolvidable diario de Don Emilio Frugoni. Allí conocí a gente entrañable que me marcó el camino: Lenin Prieto, Arturo Dubra, José Pedro Cardoso. Otra etapa muy linda de mi vida fue la de Época, un periódico dirigido por Eduardo Galeano y Gutenberg Charquero, un colega fantástico que fue corresponsal de El País de Madrid en Suecia; entre tantos compañeros recuerdo al querido Angelito Ruocco, jefe de Deportes. Fui desocupado un sólo día de mi vida. Esa tarde estaba en el café El Olmo, de San José y Cuareim, cuando pasó Zelmar Michelini y me invitó a trabajar en Hechos, que tenía su redacción en la Ciudad Vieja y a César Di Candia como secretario. Desde Hechos pasé a Marcha, recomendado por Zelmar.”

“No me fui exiliado a México para no dejar en banda a los compañeros de Época que la estaban pasando muy mal.”

“A Carlos Quijano no le interesaba si el semanario le daba ganancias. Solo le importaba que se reflexionara sobre la sociedad con su estilo, crítico e independiente, y que aportara su punto de vista político, económico y cultural. Una decisión muy firme, ¡que le daba cada dolor de cabeza al administrador!, que era nada menos que Hugo Alfaro."

—"Cerrarnos no fue fácil para los dictadores, porque la publicación tenía un gran prestigio interno y era un referente de la intelectualidad internacional." 

Comenzaron clausurándonos paulatinamente, hasta que nos cayeron con dos meses. En aquella oportunidad se llevaron preso a Quijano, que no era un hombre de quedarse callado: daba charlas sobre periodismo y política a sus compañeros de reclusión del Cilindro. Su visión era increíble. Una vez le pidió a unos exiliados que estaban en su casa de México que se callaran un poco, que lo dejaran morir tranquilo. Y se murió a los diez minutos. Aquélla fue una tragedia para la cultura uruguaya y latinoamericana.”

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