domingo, 12 de mayo de 2013

Joaquín Álvarez Cienfuegos de Navia y Ramón de Villa de Moros Carbajal y Candamo, dos paisanos astures enfrentados por la Revolución Oriental


Crónicas ucrónicas

Rendición de Posadas en Las Piedras,
iniciada por  Juan Manuel Blanes, finalizada
por su hijo Juan Luis. Óleo sobre tela,
284,5 x 502 centímetros, 1901.
(Museo Histórico Nacional)
Sus apellidos están vinculados con grandes familias asturianas de México, Cuba y Venezuela. Se conocieron como paisanos en la resistencia contra portugueses e ingleses en la última etapa del Virreinato del Río de la Plata. Joaquín Álvarez Cienfuegos de Navia, o sólo Navia, fue protagonista de memorables episodios militares. Repelió, cara a cara, el desembarco de una tropa británica de élite conducida por el legendario almirante Home Riggs Popham. A fines de 1806, su insólita estrategia de los «muertos vivientes» fue vencedora en escaramuzas entre la playa de Pajas Blancas y la costa del Cerro. Cinco años después fue el soldado que le faltó a su bando en la histórica derrota de Las Piedras. Ramón de Villa de Moros Candamo era un joven soldado del rey que pronto se pasó a la Revolución Oriental como buen liberal asturiano. Tampoco participó en Las Piedras, relegado a la retaguardia, quizá por su amistad con el general porteño José Rondeau. Su retrato, de cuerpo entero, permanece desde hace más de un siglo en la sala principal del Museo Bolivariano de Lima, a la derecha del Libertador, mientras una calle montevideana evoca su compromiso con la independencia americana y su muerte en la Hecatombe de Venta y Media.

Sobre la base de los capítulos 3 y 4 del libro Héroes sin bronce. Ediciones Trea, para el Gobierno del Principado de Asturias, Gijón, 2005. 

Las Piedras que no fue
Batalla de Las Piedras por Diógenes
Hequet, boceto, óleo sobre tela, 1896.
El capitán de fragata José Posadas, jefe español derrotado por José Artigas en la histórica batalla, reconoció en un parte posterior que «muy distinto» hubiese sido el resultado con la presencia del experto infante Navia. Aquel gris 18 de mayo, el veterano ayudante estaba pronto para organizar a 400 soldados que iban a resistir el embate criollo. Tenía 54 años y más de tres décadas como jefe militar con victorias admirables. Poco antes del combate le propuso a su jefe una estrategia basada en el orden y el desgaste del enemigo. Era conocedor del terreno como pocos y de la debilidad de sus enemigos, en su mayoría gauchos para él de muy dudosa disciplina militar.
Cuando faltaban pocas horas para el enfrentamiento, el asturiano fue llamado a Montevideo por el virrey Francisco Xavier Elío. La tarea de organización no se cumplió y el sustituto no tenía su experiencia, ni su conducta. Es revelador el informe final del desmoralizado Posadas. «Me vi privado de él á los diez y seis días de su permanencia, por disposición del señor Virrey, relevándolo a esta Plaza y sustituyéndolo un Alférez de Blandengues de poca exactitud y menos confianza, llamado don Juan Rosales, el qual verificó su conducta el día del ataque, pasándose á los Enemigos, á quien está sirviendo desde entonces.» Las Piedras fue el comienzo del final.

«Clemencia para los vencidos, curen a los heridos, respeten a los prisioneros.»
José Artigas, en el campo de la Batalla de Las Piedras luego del triunfo revolucionario.

Joaquín Álvarez Cienfuegos de Navia
Caserío de Coañana, el pueblo natal de Navia.
(Cultura Astur)
Nacido 1757, en Coañana, concejo de Quirós, era hijo de Juan y Josefa, descendientes de una casa de raigambre hidalga del Principado de Asturias. Álvarez es  un patronímico astur, que deriva de «alférez» que en árabe significa «jinete», heredado del primigenio Don Álvaro, caballero medieval que salvó al rey Ramiro I de la atropellada de un toro. Según reza el lema: «Álvarez que al alba salieron y por defender su ley al rey sirvieron.» 
Los Cienfuegos consiguieron atributos de nobleza en la Alta Edad Media, cuando lucharon contra los moros en la célebre línea «Álvarez Cienfuegos». En plena batalla por territorio el astur, luego del triunfo de Covadonga, los cristianos utilizaron la estratagema de los «cien caballeros» expertos en ataques sorpresivos, rápidos y seguidos, portando antorchas encendidas: «los cien fuegos». Así derrotaron al enemigo simulando que los superaban en número. Medio milenio después de este episodio mitológico, en los albores del siglo XIV, Rodrigo Álvarez de las Asturias (o de Navas, por su pueblo natal) fue el primer Prìncipe de Asturias.
El apellido Navia, también de origen asturiano, posee una ciudad histórica y un concejo en el occidente que reciben el nombre de una ría a la que celtas, astures y romanos adjudicaban virtudes mágicas. 
La feroz toma británica de Montevideo.
Joaquín arribó a Colonia con veinte años, como administrador contable de la expedición de Pedro de Cevallos. Ese mismo año se instaló en el caserío de Nuestra Señora del Rosario del Colla, ubicado a pocos kilómetros de la plaza reconquistada. Por orden de Gaspar de Vigodet, el último gobernador español de Montevideo, organizó y amplió su población, hasta transformarla en una villa pujante.
Navia –así le gustaba que le llamaran– fue un paisano aquerenciado tras el colapso virreinal. Muy probablemente por su feliz matrimonio con la criolla María Pérez de Velazco, con la que tuvo no menos de diez vástagos.
Fue soldado del Regimiento de Dragones de Buenos Aires, teniente del Cuerpo de Blandengues de Santa Fe de la Veracruz y ayudante veterano del Escuadrón de Voluntarios de Caballería. Allí cumplió papel decisivo en la expulsión de los portugueses de la frontera.
El 28 de enero de 1805 fue trasladado al fortín del Cerro Largo, como responsable de milicias urbanas y de unidades defensivas. En poco tiempo ascendió a sargento mayor del Cuerpo de Blandengues y oficial de los escuadrones del Regimiento de Córdoba y de la Punta de San Luis. En diciembre cruzó el Río de la Plata, para resistir una avanzada inglesa. Era ayudante de campo del generalato del Ejército de Extramuros e instructor del Regimiento de Dragones.
Ocupada Buenos Aires, dirigió una división 1.007 hombres del Cuerpo de Voluntarios Urbanos de Caballería. En su bautismo derrotó al enemigo en Canelones, con sables, pocas carabinas y mínima artillería. Famoso por su sagaz temeridad, organizó siete compañías voluntarias de cien hombres cada una.

Mil fuegos contra los «pálidos»
Rutas y personajes de la Invasiones
Inglesas al Río de la Plata (1806-1807).
El 9 de setiembre de 1806, luego de haber sido expulsada de Buenos Aires, la flota inglesa navegaba el Río de la Plata en aguas cercanas a Montevideo, mientras se preparaba la Segunda Invasión. En aquella fecha hubo un olvidado episodio bélico en la playa del Cerro,  al pie de la eminente elevación que inspira el nombre de la bahía montevideana. 
En la fase previa a la contraofensiva, el almirante británico Home Riggs Popham colocó barcos en la zona de ingreso a los canales de Ortiz y del Inglés, estratégicos para el puerto de Montevideo. A la espera de refuerzos, sus cañoneras bloqueaban ingresos y salidas a vista y paciencia de la defensa. Por esa misma fecha, trataba de arribar a puerto el bergantín Real Carmen, obligado a varar en la ensenada de Pajas Blancas a menos de media legua del Cerro. 
Los atacantes pronto intentaron apoderarse una nave emblemática. Popham ordenó que una fragata fondeara cerca, mientras tiraba 118 cañonazos. Frente a una tropa de élite que se preparaba para desembarcar en la playa, se parapetó un mínimo escuadrón de milicianos criollos, mal armados pero decididos a responder. A su frente estaba el teniente Navia, apoyado por no más de 80 infantes y una corta caballería que de poco servía para resistir.
De inmediato, ordenó una maniobra inconcebible, tan ingeniosa como suicida. 
Apostado entre las dunas más altas, tras unos minutos de fuego inglés, sin respuesta, ordenó a su tropa que simulara estar muerta o postrada. Los invasores desembarcaron en tres chalupas y desparramaron balas, hacia donde podía quedar algún español. De inmediato, bajó una cabecera.
Playa del Cerro, donde Joaquín Álvarez
Cienfuegos de  Navia enfrentó
a los invasores ingleses.
Navia conocía la ventaja de la sorpresa y el valor psicológico de la temeridad extrema. A su señal, se levantaron como resucitados entre los médanos, a la carga de carabina. Los valientes godos enfrentaron el fuego de una fragata, una lancha y dos botes.
Cuando llegaron a la orilla, se arrojaron al mar –sable en mano– dispuestos al abordaje. Con el agua al pecho o a nado, pusieron en fuga al rival, que dejó abandonada la cañonera que sólo había tirado dos cargas de metralla. Capturaron también 63 fusiles, 69 sables, 27 pistolas y municiones.
La heroica escaramuza culminó con la muerte del comandante intruso y de decenas de soldados, además de setenta heridos y un centenar de prisioneros. Un triunfo que dio lugar a una leyenda sobre la virilidad de Navia, mientras su estrategia era evocaba como el triunfo de los «muertos vivientes». Una célebre frase de época, resume tanta admiración: «Su naturaleza merece ser interpretada por el mejor pincel de la corona.»

Villa de Moros

En la Banda Oriental los hubo de los parajes asturianos Tineo y de Luarca, descendientes del noble medieval Diego Peláez de Valdés, quien, según la leyenda, a fines del siglo VIII liberó a cien doncellas encerradas en la Torre Cuadrilonga de Cadavedo que recuperó para los cristianos, y ató a los infieles a un árbol. «El moro que preso está, y en la cadena pena, de Villademoros era.» También se cuenta que las doncellas habían sido entregadas por Mauregato, hijo no reconocido del rey Alfonso I, para conseguir apoyo de los invasores árabes en su afán de quedarse con el trono astur. Por lo menos, así dice el mito fundacional.
Torre de Villademoros en Cadavedo.
(Cultura Astur)
En 1779, un milenio después que aquel episodio fabuloso nació Ramón Antonio Rodríguez de Villa de Moros Carbajal y Candamo, en Folgueras de Cornás, Concejo de Tineo, el más liberal del occidente asturiano. Sus padres –Manuel Rodríguez de Villa de Moros y Josefa Carbajal y Candamo– lo bautizaron dos años después en la parroquia de San Miguel Arcángel de Barcena del Monasterio. Sus abuelos paternos, Manuel Rodríguez de Villa de Moros y Manuela Sánchez también eran de Tineo. Los maternos vivían en La Foz, concejo de Morcín. José Fernández Carbajal era nativo de Santiago del Monte y María González Candamo del puerto cantábrico de Avilés.
Ramón se estableció veinteañero en Montevideo, en 1801, para trabajar en la tradicional casa de ramos generales Durán de la Quadra. Participó en la defensa del territorio frente a las dos Invasiones Inglesas y al principio de la Revolución Oriental todavía formaba parte de la tropa realista. Fue apresado por los insurgentes criollos que el 28 de febrero de 1811 habían dado el Grito de Asencio, retenido y trasladado a un cuartel de la ciudad de Mercedes. Allí conoció al militar argentino José Rondeau, a quien fue leal hasta el último día de su vida. Se pasó al bando criollo, desilusionado con un régimen desatento con las necesidades más elementales de los colonos. Desde ese momento defendió la Revolución de Mayo de 1810 y se sumó a la Admirable Alarma lanzada por el caudillo oriental José Artigas. La crisis de la monarquía metropolitana y los abusos virreinales fueron factores decisivos en su transformación. 
Tineo hoy, como hace dos siglos.
(Cultura Astur)
Su prueba de guerra fue el 21 de abril, en el Paso del Rey. En la posterior Toma de San José, del 25, era subteniente de Caballería de los capitanes Baltasar Vargas y Manuel Artigas, primo del héroe nacional. La antigua villa paisana fue dominada pero el jefe cayó gravemente herido y murió un mes después. Por entonces era Ramón de Villademoros, sin la extensión original del apellido. No participó en la Batalla de Las Piedras. Se quedó en la retaguardia, cuidando las espaldas de las caballadas que avanzaban hacia Montevideo, quizá, por su afinidad con el general José Rondeau que ya era visto con recelo por Artigas y su comando.  
El 10 de julio tenía apenas diez combatientes a su disposición, para enfrentar al invasor portugués que intentaba ocupar el candente Fortín del Cerro Largo, una zona que Rondeau consideraba estratégica. El comandante porteño no tardó en apreciar su valentía cuando defendió el nordeste oriental contra tropas que colaboraban con los realistas hispanos. El 15 de setiembre, el recién ascendido alférez estaba en el Rincón del Avestruz. Las crónicas describen su fuerte personalidad y una ardorosa arenga a 110 soldados. La partida de gauchos e indios aguardaba el refuerzo de 250 hombres del teniente coronel Manuel Francisco Artigas, hermano del prócer, para atacar una posición enemiga.
«Ante la frustrante tardanza, debió rendirse el 27, pero, no parece haber quedado prisionero: Desde Puntas del Yerbal, al otro día contesta al informe en que el capitán Hilario Pintos le comunica que no irá a auxiliarle, diciéndole que se hallaba herido y sitiado por cien portugueses que lo alcanzaron en Polanco», cuenata el historiador asturiano José Luis Pérez de Castro que investigó su presencia de la independencia americana. Sin embargo, caía poco después y era arrasado su hogar. La pasó muy mal en una cárcel de Río Grande do Sul hasta fines de 1811. Fue liberado tras el armisticio de octuibre firmado por españoles y porteños. El acuerdo permitió el levantamiento del Primer Sitio de Montevideo y dio lugar al Éxodo liderado por Artigas.
Fortín de Villademoros en el Cerro Largo.
(Archivo El Día Dominical, 1961)
En octubre de 1812 participó en el Segundo Sitio. El gobierno colonial de la plaza agonizaba, pero las constantes divergencias entre orientales y porteños lo pusieron frente al dilema de permanecer en su puesto o trasladarse a Buenos Aires. El 12 de setiembre de 1813 cruzó el Río de la Plata. Asumió como teniente segundo de la Primera Compañía de Cazadores y, rápidamente, obtuvo el grado de capitán.
Fue organizador de la Compañía en Santa Fe que lo condujo al Ejército del Norte de Manuel Belgrano. Quedó en reserva tras la derrota de Ayohuma –a fines del mismo año– e integró la unidad de vanguardia que obligó el retroceso de las huestes realistas, cuando Rondeau asumió el comando del Alto Perú.
Su valentía le dio reputación y le significó el nombramiento como ayudante mayor del Batallón de Cazadores, liderado por el coronel Martín Rodríguez. Fue capturado en la hecatombe de Venta y Media, en las afueras de la localidad boliviana de Oruro. Cayó prisionero el 20 de octubre de 1815. El general argentino José María Paz –en sus Memorias Póstumas– reconoce su dolor porque el asturiano «murió en batalla».
El parte oficial aclara un poco más el episodio. Villademoros fue fusilado al día siguiente, acusado de deserción por un tribunal del ejército español. Su retrato, de cuerpo entero, permanece en la Casa Museo Simón Bolívar de Limacolgado a la derecha del emblemático Libertador. «Una calle montevideana lo recuerda por su distinguida y valiente actuación en defensa de la independencia americana.» Así describe su honrosa existencia José Luis Pérez de Castro.

El último blandengue
Capitulación de Montevideo e ingreso del
general Carlos María de Alvear en 1814.
El 23 de junio de 1814 entró a Montevideo el general porteño Carlos María de Alvear. Dentro del fuerte halló a uniformados en andrajos, que hacían saltar sus armas en pedazos contra las piedras grises. Eran los últimos resistentes. «Al lado del comandante Ramírez de Arellano, estaban los capitanes Bartolomé Riesgo, Juan Agustín Pagola y Carlos Maciel, oficiales fundadores del cuerpo. Detrás de ellos se apiñaban cincuenta y siete supervivientes, de la emblemática unidad que había contado con 800 soldados, en sus mejores tiempos. Frente al puñado de valientes, los porteños alzaron respetuosamente sus espadas. Fue el homenaje de los vencedores a los gloriosos vencidos, otrora admirados héroes de la resistencia contra los británicos.» La emotiva semblanza del historiador Lorenzo Barbagelata consta en el artículo Artigas antes de 1810, publicado en la Revista Histórica de la Universidad de la República.
Bartolomé Riesgo y Castro había nacido en Malleza, concejo de Salas, en 1752. El paisano «robusto y honrado» se alistó para la reconquista de Colonia. De animosa actitud contra los portugueses la acción de Santa Rosa, el 5 de mayo de 1781 fue ascendido al grado de alférez y a teniente de Caballería, por sugerencia del brigadier Manuel Tejada.
Por su «celo y patriótico interés» fue designado oficial de la unidad que velaba armas en Buenos Aires. Recuperada parcialmente la paz, recaudó impuestos, controló cueros marcados y sin propietario, llamados «orejanos»y administró la Comisión de Obras de la Catedral montevideana.
Ascendido a capitán, en 1798 participó en la fundación del Cuerpo de Blandengues, un grupo distinguido por su «valor y esfuerzo proverbial». Allí conoció al baquiano José Artigas, que cumplía la compleja tarea de establecimiento de colonos, fraccionamiento de tierras, castigo de la delincuencia y creación de comunicaciones.
Compartió épicas luchas con sus paisanos Navia y Bernardo Suárez del Rondelo, padre Joaquín Suárez, futuro presidente de la Defensa de Montevideo en la Guerra Grande (1839-1851). Estaba muy cerca del teniente coronel hispano Tomás de Estrada, caído en el desastre del Cardal, pero apenas recordaba cómo se salvó de los francotiradores ingleses que en horas abatieron a más de 400 defensores.
Formó parte del bando derrotado en la Batalla de Las Piedras, pero no estuvo hasta el final porque fue otro de los soldados leales a quien el virrey Elío ordenó el repliegue a Montevideo. Fue capitán de la 3ª Compañía del Regimiento de Milicias de Caballería al mando del teniente coronel Manuel Durán hasta la definitiva derrota hispana, cuando prefirió destruir su fusil, antes que entregarlo al enemigo. Era el triste epílogo de una carrera militar y la definitiva caída del poder hispano en la Banda Oriental.

Pobre «ciruja»
Desgraciado fue el final de José Fernández Lozano, médico del Regimiento de Caballería, asturiano de Celorio, concejo de Llanes. Su arrojo y fidelidad consta en actas del 27 de junio de 1806. Aquel frío viernes invernal participó en una heroica defensa de Buenos Aires contra la primera Invasión Inglesa y en los meses siguientes participó en el ejército secreto de Martín de Álzaga que el 12 de agosto reconquistó la capital abandonada por el virrey Rafael de Sobremonte. 
Poco tiempo le duró el prestigio y la buena vida, apenas hasta la Revolución de Mayo, cuando la Primera Junta lo persiguió y le quitó todas las propiedades y la habilitación médica. Pronto escapó a Montevideo, apoyado por Álzaga que era amigo del virrey Elío. Atendió a los soldados españoles heridos en Las Piedras y pasó sus últimos años en el mayor puerto oriental, a salvo del paredón, pero sometido al desprecio que sufrían los  «godos» fieles a España. 
El 18 de marzo de 1822, abandonado hasta por su esposa, fue internado en el Hospital de Caridad por indigente sin sustento. Solo traía consigo un reloj de plata, dos cajas viejas de polvillo, un rosario y cinco patacones; aunque a todos sabían que tuvo una hermosa residencia porteña. Murió el domingo 24 de marzo, a las diez y media de la noche, en «el quarto del biombo pegado a la ventana de la calle». José, otrora rico y prestigioso cirujano colonial, tenía 44 años. Su poca ropa pasó al «almario» de la mayordomía. Su reloj fue entregado a la mujer del pulpero que abastecía de víveres al nosocomio. Sus patacones fueron utilizados para el gasto de hospitalidad y entierro.

«Ni Cienfuegos lo haría»
Era una frase usual del filósofo Carlos Vaz Ferreira cuando pretendía desembarazarse de una idea arriesgada o una propuesta que percibía como peligrosa. Era alusión irónica a su antepasado el temerario militar y explorador asturiano. Una línea genealógica que llegaba hasta Vaz Ferreira a través de Francisca Panchita Navia, casada con el coronel Juan Antonio Freire.

Banco Navia
Carlos se llamaba el segundo hijo criollo de Joaquín Álvarez Cienfuegos. Nacido en Montevideo, a fines del decimoctavo siglo, fue un poderoso comerciante, fundador del antiguo Banco Comercial e integrante de su primer directorio, junto con su cuñado Tomás Tomkinson y su consuegro Jaime Cibils. Abrió su propia institución en 1866, con la que consiguió una fortuna incalculable para la época. «Los vaivenes económicos de un tiempo que sufrió cambios excesivamente bruscos, le hicieron saborear momentos de opulencia y esplendor, sin escatimarle la triste hora de la quiebra», escribió el investigador Ricardo Goldaracena. La casa bancaria cerró sorpresivamente, según su biógrafo, por una guerra fiduciaria local, entre «cursistas» y «oristas». Una visión más crítica describe cómo utilizó una repetida fórmula financiera. «Empresa pobre, empresario rico». Navia murió longevo, el 23 de junio de 1892. Después de casarse tres veces, dejó cuatro hijos y un tendal de ahorristas perjudicados.

Una leyenda amorosa
El 26 de agosto de 1805, «a los tres años de residencia», Ramón de Villa de Moros se casó con Jacinta Isabel, hija del vecino andaluz Antonio Palomeque –nacido en San Lúcar de Barrameda, en 1753– y de María Bartola Castellano, porteña, de una conocida familia fundacional montevideana.
Escudo de Villademoros
en el solar de Tineo, 
creado
en la Casa de las Torres de
Muñas, Concejo de Valdés.
Palomeque había comprado a Benito López –en 1802, por 400 pesos– un rincón de estancia entre los arroyos Gutiérrez y Olimar Grande y los cerros del Yerbal, ubicado en el actual departamento de Treinta y Tres. Ramón y Jacinta tuvieron cinco hijos en la hacienda El Sarandí. Carlos Gerónimo, nacido el 30 de setiembre de 1806, Pedro, Isabelino, Carolina y Benjamín. 
El primogénito tenía solo nueve años cuando recibió la infausta noticia de la muerte del padre. La familia nunca abandonó la causa revolucionaria, pero debió marcharse a San Carlos de Maldonado luego que el hogar fuera invadido y saqueado por portugueses. En 1816, Jacinta se radicó en Montevideo bajo la protección del ilustre Carlos Anaya.
Carlos Gerónimo intentó emular la carrera militar, de una figura sublime y fantasmal, tan admirada como desconocida. Pero, no tenía la mínima vocación. En Buenos Aires estudió leyes, con tanta brillantez que se recibió a edad inusual, en 1827 con una memorable tesis sobre «Procedimientos».
El 2 de junio del mismo año, se casó con Micaela de la Concepción Correa y Angós, nacida el 6 de diciembre de 1806, en San Carlos. Del matrimonio quedaron dos hijas: Carolina y Micaela. Enviudó muy poco después. Su segunda boda se firmó el 10 de junio de 1844, con el padrinazgo del «gobernante legal don Manuel Oribe y de doña Agustina Contucci de Oribe». En la capital sitiada, era comentario corrido de que su novia –casi adolescente– no lo amaba.
«Elisa llegó al altar bajo la presión materna y puso su pequeña mano –en cuyo hueco ardía la brasa de mi último beso, desesperado– en la del ministro a quien no quería y apenas estimaba.» La frase es adjudicada a Juan Carlos Gómez, su adversario político y sentimental. La confesión fue un verdadero escándalo público. Gómez era un punzante intelectual de la Defensa. Detestado por el padre de la joven, Felipe Maturana y Durán.
Ricardo Goldaracena, en El Libro de los linajes, desmiente esa romántica creencia. «Se ha dicho hasta el cansancio que Elisa habría sido obligada a casarse contra su voluntad[...] Un mito alimentado por su muerte, apenas dos años después[...] Un hecho trágico, que algunos adjudican a la depresión, por el noviazgo frustrado[...] Según testimonio de la familia Vedia de Buenos Aires, la bella hija del edecán de Oribe no habría sido infeliz. A tal punto es así, que sus hijastras la llamaban amorosamente «Mamita Elisa». Juan Carlos Gómez, en cambio, arrastró por el resto de sus días el dolor del amor perdido.»

El canciller ignorado
Carlos Gerónimo Villademoros ejerció como abogado en Buenos Aires, hasta 1831. De regreso al Uruguay independiente, trabó intensa amistad con Manuel Oribe. Fue auditor de Guerra, juez de primera instancia civil en 1833, diputado por Montevideo en 1837 y ministro Plenipotenciario ante la Corte de Río de Janeiro en 1838.
Carlos Gerónimo Villademoros.
(Museo Histórico Nacional)
El 1 de septiembre de ese año, asumió como ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores. Su primer acto fue una carta –con indeleble firma– dirigida al cónsul francés Baradère. Su afilada pluma reivindicaba el derecho de la nación a dirigir sus asuntos internacionales como le pareciese. Fue una respuesta directa al bloqueo del puerto de Montevideo por la escuadra del almirante Leblanc, que precipitó la caída del gobierno de Manuel Oribe.
Integró una comisión pacificadora, para negociar con el triunfante Rivera. Lo acompañaba su paisano Joaquín Suárez que terminaría por cambiarse de bando. Oribe resignó el mando y marchó a la capital argentina, donde fue reconocido como presidente por Juan Manuel de Rosas. Villademoros lo acompañó y desde entonces fue su principal asesor.
Retornó al país, en plena Guerra Grande, para recuperar su cargo ministerial en el Gobierno del Cerrito, blanco y federal, sitiador de la Defensa de Montevideo, colorada y unitaria. Dedicó los últimos años a escribir memorias, de tono melancólico y compasivo, pero no las concluyó. «Por servir a la Patria o en el vehemente deseo de serle útil, me arrojé a la defensa de un principio, sin omitir sacrificio de ningún género, en el período de trece años que se llevaron en pos de sí todas las ilusiones de mi vida. Presta materia a serias reflexiones la manera con que se enlazan los sucesos que arrastran al hombre de conciencia, precipitándole por esa pendiente resbaladiza hasta el impuro piélago en que su fe se añeja, sin que encuentre justificación posible cuando, al término de su derrumbe, se despierta en la vida real y ve los inmensos males a los que ha contribuido, incauto», reconoció con serena autocrítica. 
Falleció a los 46 años, en absoluta pobreza soledad, el 1 de febrero de 1853. «Le sorprendió una enfermedad cruel –según Anaya– cuyos progresos le arrancaron la vida a los dieciséis días de haber sido atacado. Una calamidad que dejó a sus hijas llenas de dolor.» Era la evocación de su fiel padrino, que lo adoraba. 
El historiador Lincoln Maiztegui Casas ha estudiado el legado político e intelectual del Canciller blanco. «En perspectiva, fue un recio luchador por causas que consideró justas, además de un muy buen literato que dejó obras, nada despreciables[...] Su verdadera figura, adquiere una dimensión de grandeza que vuelve absurdo el olvido que ha cubierto su memoria.» Lo afirma convencido, con agudo espíritu revisionista en país cuya iconografía mantiene un fuerte tinte colorado.

Periodista, dramaturgo, poeta
Villademoros era muy joven cuando comenzó a escribir en los periódicos El Defensor de las LeyesEl Eco Oriental y El Republicano, en los que publicaba textos políticos y jurídicos y poesías en forma de odas, églogas, letrillas luego recogidas en la antología El Parnaso Oriental. Su obra de teatro Los Treinta y Tres, hoy olvidada, marcó una época en la dramaturgia nacional del siglo XIX.
Fue director de El Defensor de la Independencia Americana, al mismo tiempo que canciller del Gobierno del Cerrito e intelectual de postura americanista, que denunciaba el colonialismo de las potencias europeas que apoyaban a los enemigos de Manuel Oribe y alentaban la Guerra Grande.


Las Piedras que fue
Artigas capitán de
Blandengues, obra
de Miguel Benzo.
(Junta Departamental
de Montevideo)
El 18 de mayo de 1811 los patriotas orientales alentados por la Revolución de Mayo, con José Gervasio Artigas al frente, se enfrentaron a los españoles en los campos de Las Piedras. Fue la primera victoria insurgente contra las tropas realistas del Virreinato del Río de la Plata, conseguida en el límite entre los actuales departamentos de Canelones y Montevideo. Poco después se inició el Primer Sitio de Montevideo donde quedó recluido el virrey Francisco Javier Elío.

Teniente coronel
Fue el grado que la Primera Junta de Gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata le otorgó a José Artigas cuando se unió a la lucha emancipatoria. Luego de abandonar el cuartel español de Colonia, el jefe rebelde viajó a Buenos Aires para ponerse al servicio de la Revolución de Mayo y entre marzo y abril cruzó el río Uruguay a la altura de Paysandú para regresar a la Banda Oriental.

Curas y mujeres
Las mujeres participaban en las batallas de principios del siglo XIX. Eran las llamadas «Chinas» que acompañaban y ayudaban a curar a los heridos. También había sacerdotes de guerra, conocidos como «Capellanes», que con la cruz en el pecho peleaban con la misma bravura que los soldados.


1050
Fueron los patriotas que combatieron con Artigas y vencieron en Las Piedras.

Boceto del pintor José Calasso que
muestra a una oriental en plena lucha.
(Museo Histórico Nacional)
Prohibido beber alcohol
Cuando el jefe español, José de Posadas, salió de Montevideo para enfrentar a los orientales en Las Piedras, envió soldados a cerrar tabernas y pulperías para evitar así que sus tropas bebieran alcohol y se emborracharan.

Estrategia
La principal utilizada por Artigas en Las Piedras fue el envío de soldados, al mando de Antonio Pérez, con la orden de de combatir y luego simular una retirada. Los españoles los persiguieron, perdiendo así su posición ventajosa. Así los patriotas los rodearon y les arrebataron un cañón.

Manuel Francisco Artigas
Al llegar a Pando, una columna guiada por Manuel Francisco Artigas –hermano de José– se encontró con los españoles. Logró evitarlos y continuar la cabalgata hasta unirse al ejército patriota en el arroyo Canelón Chico.

Punta de lanza oriental.
(Museo del Gaucho y la Moneda)
Victoria oriental
La Batalla de Las Piedras se extendió durante cinco horas, hasta que el capitán español José de Posadas izó una bandera blanca de rendición luego que sus tropas comenzaron a abandonar los puestos de defensa. Contra las costumbres militares, Artigas no humilló a su rival vencido. No exigió la entrega de su espada para quebrarla en su presencia, si no que pidió al capellán Valentín Gómez que la recibiera, como lo muestra el famoso cuadro pintado por Juan Manuel Blanes y su hijo Juan Luis. Los partes de la época indicaron que las milicias orientales sufrieron 11 muertos y 28 heridos, mientras las de Posadas registraron 97 muertos, 61 heridos y 482 prisioneros. Luego de tan resonante triunfo José Artigas fue ascendido a coronel.


1000
Los soldados españoles que lucharon en la legendaria batalla del sur de la Banda Oriental.

Fases de la batalla
Sello conmemorativo del Bicentenario
de la Batalla de Las Piedras, con
diseño del artista plástico Nelson Ramos.
(Correos del Uruguay)
1. Presionados por los patriotas orientales, los españoles se forman en cuadro, una posición defensiva adoptada para resistir mejor el ataque.
2. La caballería oriental, con Manuel Francisco Artigas a la cabeza, envuelve al enemigo y le corta la retirada.
3. Las fuerzas orientales atacan los flancos del cuadro que formaron los españoles.
4. El ataque final. Luego de casi todo un día de combate, pasadas las cuatro de la tarde los españoles se rinden.

Soldado artiguista.
Armas orientales
Lazos, boleadoras, garrotes, tijeras de esquilar atadas en las puntas de cañas tacuaras, facones, lanzas de todo tipo, fueron utilizadas por los patriotas orientales en Las Piedras. Muy pocos revolucionarios manejaban armas de fuego, trabucos y fusiles de chispa. La guerra por la independencia oriental fue una epopeya de caballos y lanzas.

Boleadoras
Fue un arma de caza transformada en instrumento de guerra, que los gauchos tomaron de los indios. Cuando estaban formadas por tres bolas se llamaban «Tres Marías». En las batallas a menudo eran utilizadas para capturar a los enemigos que se daban a la fuga.

Trabucos
Los patriotas utilizaban pistolones de caño de bronce y culata de pistola o de fusil, con boca grande en forma de embudo. Se le llamaban popularmente «naranjeros» por el color del bronce de su caño.

Sistema de chispa en un mosquete.
Fuego de chispa
Era el principio de los mosquetes y muchos trabucos funcionaban con pólvora. El gatillo liberaba el martillo que golpeaba la piedra o pedernal contra el rastrillo, para producir chispas que encendían la pólvora colocada en la cazoleta. El «fuego» se transmitía a través de un pequeño orificio, llamado oído, hasta la pólvora ubicada en la recámara en el interior del arma. Los gases producidos por la explosión de la pólvora lanzaban la bala o munición a través del caño.

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Los realistas apresados, heridos, desaparecidos o muertos en el campo de lucha.


Las Piedras
Con más de 100 mil habitantes, es la segunda ciudad del país en cantidad de habitantes. La Asociación Histórica de Las Piedras considera que su proceso fundacional se inició el 8 de marzo de 1744, cuando Luis de Sosa Mascareñas recibió como donación un terreno de una legua cuadrada. En 1895 allí se radicaron decenas de familias asturianas, canarias y gallegas dedicadas a la cría de ganado y el cultivo de trigo y maíz.
Su primer nombre fue San Isidro Labrador de Las Piedras en honor a la imagen traída por los colonos y por el pedregal que caracterizaba al vado por donde las carretas y diligencias en tránsito hacia y desde Montevideo cruzaban el arroyo homónimo. En 1925 la antigua villa fue elevada a la categoría de ciudad.

Obelisco de Las Piedras, como
siempre, repleto de niños.
(Comuna Canaria)
Obelisco
Fue realizado por el escultor Juan Manuel Ferrari e inaugurado el 25 de mayo de 1911  en un acto de homenaje al Centenario de la Batalla de Las Piedras, en el que participaron el entonces ministro del Interior, Carlos Manini Ríos y El Poeta de la Patria Juan Zorrilla de San Martín.
Durante su construcción fueron halladas dos espuelas y dos guarniciones de un fusil que pudieron pertenecer a uno de los soldados del ejército artiguista, que se exhiben en el Museo Histórico Nacional.
Una imagen de la Victoria en bronce luce en la parte superior del monolito. A su alrededor se extiende el Parque Artigas, en el espacio donde habría sucedido la emblemática batalla. En 1997 fue construido un Mausoleo al Soldado Oriental, que se alza a un costado del monumento. En 2007, por resolución municipal, el Obelisco pasó a estar protegido con medidas cautelares (Resolución Nº07/06939).
En 2011 fue uno de los sitos centrales del festejo del Bicentenario Artiguista. A su alrededor, el El 18 de mayo de ese año se realizó la recreación teatral del cuadro pintado de Juan Luis y Juan Manuel Blanes.

200
Los españoles que se pasaron al bando artiguista, entre ellos Manuel Rosales, segundo del capitán José de Posadas.

2 comentarios:

Conrado dijo...

Muchas gracias por las excelentes crónicas!
Joaquín Álvarez Cienfuegos de Navia es mi 5º abuelo.
Su hija Isabel Álvarez de Navia se casó con el alemán de Hamburgo Konrad Rücker (mis 4os. abuelos)
La hija de estos, Adelina Rücker Álvarez, se casó con el galés de Liverpool Richard Bannister Hughes. (mis tatarabuelos)
La hija de estos, Mary Hughes Rücker, se casó con el Ing. Carlos Arocena Artagaveytia. (mis bisabuelos)
La hija de estos, María Marta Arocena Hughes, se casó con Pedro Ferrés Aguerre. (mis abuelos)
La hija de estos, María Inés Ferrés Arocena, se casóa con el Arq. Luis García pardo (mis padres).
saludos.

SammyC dijo...

gracias por escribir eso sobre 'Joaquín Álvarez Cienfuegos de Navia', quien he descubierto que estoy relacionado con. Lo cual es gracioso, porque soy Británico.