viernes, 9 de marzo de 2012

Juana de Ibarbourou, nacida el 8 de Marzo

Enamorada de Rosalía

La uruguaya Juana de Ibarbourou, 
la chilena Gabriela Mistral y 
la argentina Alfonsina Storni, 
un terceto memorable que dio
a conocer la poesía escrita 
por mujeres sudamericanas
en toda Iberoamérica.
Ella jamás lo ocultó. Tantas veces la niña melense viajó con su vigorosa imaginación a la Padrón coruñesa, mientras su poética sensibilidad se empapaba con los versos gallegos de una amiga soñada, a la que jamás conoció. “Era español mi padre, y bajo el rico dosel del emparrado solía recitar enfáticamente los cantos de Espronceda y las dulces quejas de su nemorosa Rosalía de Castro. Nunca conocí fiesta mayor. Y ahí está lo que puede llamarse el génesis de mi vocación.” Confesaba Juana Fernández Morales en su memorable mensaje de ingreso a la Academia de las Letras Uruguayas.

La admirada poetisa sudamericana nació el 8 de marzo de 1872, siete años después de la muerte de Rosalía. Fue hija del capitán Vicente Fernández, inmigrante gallego  de Vilanova de Lourenzá, Lugo, una pequeña población a medio camino entre Foz y Mondoñedo. El joven gallego pertenecía a una acomodada familia de molineros que emigró muy joven al Río de la Plata, porque nunca quiso ser cura. Vicente se embarcó como polizón, estuvo un tiempo en Montevideo y pronto se radicó en el fronterizo departamento de Cerro Largo.
Juana de Ibarbourou fue declarada
Juana de América, en el Salón de los 
Pasos Perdidos del Legislativo, en acto
presidido por Juan Zorrilla de San Martín, 
el Poeta de la Patria,y con la presencia 
del escritor mexicano Alfonso Reyes.
Eran tiempos difíciles en el Uruguay, plena Revolución de las Lanzas que enfrentaba a los dos partidos fundacionales del país: los colorados oficialistas contra los blancos alzados por reivindicaciones políticas. El joven Vicente se unió a uno de los bandos en lucha y en 1870 acompañó al caudillo blanco, el general Timoteo Aparicio. Desde entonces, lo ganó la pasión partidaria y a ella rindió sus esfuerzos en las horas de combate, pero también en las de paz, cuando ejerció la autoridad civil como comisario en Melo.
En 1880 se casó con Valentina Morales, dama oriental de ascendencia canaria, nacida en la vieja estancia familiar cerrolarguense Los Paraísos, sobre el río Tacuarí. De la recién nacida Juana recordaba siempre que era “una niña muy hermosa, de cabellos negros y ojos oscuros”. En toda la vida de la autora, ésta mantuvo que había nacido en 1895, es decir, tres años después. Sólo después de su muerte se supo que, en verdad, había nacido en 1892.
Vicente fue quien le inculcó muchos de los valores que más la van a acercar al sentir gallego. Juana sintió una natural atracción del campo, una extraña vinculación telúrica que está en el origen mismo de la “morriña”. . La pequeña se crió escuchando a su padre recitar a Espronceda y a Rosalía de Castro, a la que Juana admiró profundamente y que despertó en ella la vocación poética. A los ocho años escribía y publicaba versos reveladores de su talento precoz, en las páginas de El Deber Cívico de Melo.
Busto de Juana de Ibarbourou, 
poetisa uruguaya de origen gallego, 
colocado en el barrio de la Unión
de Montevideo.
(Ignacio Naón, 2009)
Era una niña alegre, traviesa y sensible, además de muy orgullosa y coqueta, pero también poseía un sentimiento de melancolía que estuvo presente en muchos de los escritos de la poetisa, así como la expresión que hace de sus sentimientos a través de la naturaleza, aspecto que la une los grandes autores de la lírica gallega.
El 28 de junio de 1915 se casó en Melo con el capitán vasco-francés Lucas Ibarbourou, y a partir de ese momento usó por algún tiempo el seudónimo de Jeannette d'Ibar. El 23 de agosto de 1917 nació su hijo Julio César Ibarbourou, quien para ella fue su “poema vivo”, y al año siguiente los tres se instalaron en Montevideo.
Allí alcanzó el éxito desde sus primeros poemarios, Las lenguas de diamante, El cántaro fresco, cuando le cantó al amor y la naturaleza con sencillez y ternura. Luego publicó más de treinta colecciones de poesía, escribió sus memorias, una obra para niños y un poema dedicado a Galicia con motivo del Día das Letras Galegas. De una belleza superlativa, el 10 de agosto de 1929 fue consagrada como Juana de América, en acto celebrado en el Palacio Legislativo. Su arte deslumbró a celebridades literarias hispanas: Miguel de Unamuno, Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca. Su literatura, de carácter universal, fue traducida a varios idiomas, aunque el alma de Juana era muy gallega. Tanto, que su esposo la llamaba cariñosamente Galleguita.

En 1945 el Estado uruguayo adquirió los derechos de propiedad literaria de sus libros editados en prosa y verso, y además tres inéditos, que le devolvió en 1968.

Rosalía de Castro está
presente en la Plaza
Galicia de Montevideo.
(Ignacio Naón, 2009)
“La influencia de Rosalía de Castro en la inspiración poética de Juana de Ibarbourou se manifiesta en una temática intimista y melancólica, que converge de manera casi transparente en Las lenguas de diamante y en Follas Novas”, afirma Aymará Ghiglione, en el ensayo Juana y Rosalía. En su prólogo de las Cantigas e verbas ao ar, de Julio Sigüenza, la gran poetisa profesaba un profundo amor a la patria familiar. Al coruñés Salvador de Madariaga le dedicó una semblanza en Amados recuerdos, en honor a las tertulias que el historiador organizaba en Montevideo.

En 1950 ocupó la presidencia de la Asociación Uruguaya de Escritores, que se acababa de fundar.

Fachada de “Amphion”, la mansión ubicada
en la Rambla República del Perú Nº 1503.

Allí Juana vivió entre 1942 y 1947,
con su hijo Julio César, y a su madre;
su esposo, Lucas Ibarbourou
había fallecido unos años antes.
“Juana nos ha dejado una producción poética rica y variada. Poseía un temperamento poderosamente vital, gozaba la vida, lo que se reflejó en sus poemas de juventud, los cuales eran animados por imágenes vegetales y animales. Es una prosa rica, brillante y armoniosa, llena de alegría. Su estilo es fresco, sencillo y espontáneo. Demuestra su amor por su paisaje natal describiéndolo con versos llenos de colorido y fragancia”, expresa Aymará Ghiglione. La conciencia de su propia belleza hizo que escribiese poemas en la búsqueda de un amor casto y erótico que encontramos en Raíz Salvaje. Le temía a la vejez, destructora de la belleza.

En 1951 el gobierno de la Ciudad de México la nombró “Huésped de Honor Permanente”, y le otorgó la Medalla de Oro.

Su orgullo gallego recibió un homenaje que la emocionó toda la vida: el 8 de junio de 1963 fue inaugurada la Biblioteca Vicente y Juanita Fernández, en Vilanova de Lourenzá. Sus últimos libros, Estampas de la Biblia y Pérdida, describen un carácter más reflexivo. En Oro y Tormenta enfrentó el dolor de la enfermedad y la vejez, como anticipo de una muerte solitaria, en 1979, en su casa de la Unión.
Fue un 15 de julio, una fecha compartida con Rosalía, su amiga soñada.

En 1953 la Unión de Mujeres Americanas, residentes en Nueva York, le concedió el título de “Mujer de las Américas”, por su distinguida labor literaria.

Obra imprescindible
-Las lenguas de diamante (1919)
-El cántaro fresco (1920)
-Raíz salvaje (1922)
-La rosa de los vientos (1930)
-Estampas de la Biblia (1934)
-Loores de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro (1934)
-Chico Carlo (1944)
-Canciones para Natacha (1945)
-Perdida (1950)
-Oro y tormenta (1956)

En 1959 recibió el “Gran Premio Nacional de Literatura del Uruguay”.

Galicia
Juana le dedicó versos sencillos, humanos, que hablan de su ansia de retorno a una tierra en la que nunca estuvo, pero que siente que la lleva en sus venas, y por la que siente un amor apasionado.

Patria de mi padre, luminosa y grande,
Qué profundamente te quiero también.
Me crié soñando con tu maravilla,
No quiero morirme sin verte una vez.
Cuando a ti yo llegue, has de conocerme
Por el gozo trémulo, por la palidez,
Por la emoción honda de risa y de llanto,
Por el canto puro que te llevaré.
Con el niño mío, que también te ama,
¡oh! Galicia mía, hemos de traer,
a la tierra india que amparó a mi padre,
algo de tu hechizo y tu placidez.

Casa de Juana, en Melo.
(Diego Praderi)
Juana melense
En la capital del departamento de Cerro Largo se conserva la casa donde Juana de Américavivió su infancia y juventud, hasta que a los veinte años se mudó a Santa Clara de Olimar, departamento de Treinta y Tres, casada con Lucas Ibarbourou. En el museo de la calle Treinta y Tres 317, entre el Pilar y Sarandí, se conservan sus muebles y objetos personales, y también la higuera debajo de la cual se sentaba a escribir. En el frente de la vivienda fachada se lee el homenaje de los melenses a su mayor poetisa.
Su segundo hogar era la Iglesia de Nuestra Señora del Pilar y San Rafael, donde cada domingo iba con sus padres. Luego de la misa cruzaban a la Plaza Constitución, que en su tiempo era conocida como “Plaza Vieja”, la principal de Melo, declarada Monumento Histórico. En su espacio central se ubica el monumento a José Artigas, rodeado por añejos y frondosos ejemplares de palmeras y palos borrachos que decoran sus prolijos y hermosos jardines con flores rosadas. En sus cuadras circundantes, se ubican: la Jefatura de Policía, la Catedral Nuestra Señora del Pilar y San Rafael, el Club Unión que data del siglo XIX, y el Museo Histórico Regional.
Las tardes familiares eran de paseo entre los árboles de la costa del arroyo Conventos, símbolo de Melo, y uno de los primeros del país concebidos para la recreación ecológica. Hoy llamado  Parque Zorrilla de San Martín, allí se encuentra el Teatro de Verano municipal, un patio de estilo español con azulejos originales, y una carreta de ejes de madera. Casi sobre el borde del arroyo está la Fuente de los Sapos, construida en piedra caliza por Manuel Brigante para celebrar el centenario de la ciudad, pero que nunca funcionó.
También era costumbre la visita a la estancia El Cordobés, de su padrino Aparicio Saravia. Hoy es un museo, en el margen derecho del arroyo homónimo. Entre 1897 y 1903 fue la capital del “país blanco” que se rebeló contra los gobiernos colorados de turno, hasta llegar a la guerra civil contra el presidente José Batlle y Ordóñez. “Las puertas y ventanas están pintadas de celeste, la sala de recibo en listones blancos y celestes. Sus perros, gatos, gallinas y pollos, todos son blancos”, narraba el periodista José Virginio Díaz.

Juana montevideana
La Palmera de Juana es un monumento
natural único, en la rambla de Pocitos,
a la que ella dedicó una poesía.
Fue una de las voces más personales de la lírica hispanoamericana a principios del siglo XX, y un símbolo de la presencia femenina en la cultura del país. Un circuito que reseña la vida de Juana en Montevideo se inicia en la Plaza Galicia, en plena Rambla Sur, donde su ubica el monumento a Rosalía de Castro, inspiradora de su sensibilidad. Continúa en la Casa de Juan Zorrilla de San Martín, su amigo y guía poético, que funciona como museo en Punta Carretas, y luego en la playa Pocitos, donde estaba ubicada la última residencia de la escritora, que fue señalada con la Palma de Juana de Ibarbourou, plantada en un espacio de la Rambla Perú y Pagola. Un destino imprescindible es el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo, donde fue declarada Juana de América y la Iglesia de Tapes, en el barrio Arroyo Seco, donde se conserva la imagen religiosa de la que fue profunda devota y a la que escribió sus Loores a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro.

Su primera casa en Montevideo fue en la calle Asilo 50 (actual 3621), entre Pernas y Comercio, en el corazón de La Unión. Entre 1918 y 1921 allí escribió sus tres primeros libros: Las lenguas de diamante, El cántaro fresco y Raíz salvaje. Luego de demolida, la que se construyó en el mismo espacio posee una placa que le rinde homenaje en la fachada. En la Plaza Cipriano Miró, frente a la Basílica de la Unión y el Hospital Pasteur, se alza un busto que evoca su memoria.
Juana habitó muchas viviendas, solía recordar con nostalga la de la actual avenida Mariscal Solano López, en el barrio del Buceo. "Mi casa de la felicidad, calle Comercio Nº 318 —recién hecha— setiembre de 1924...", escribió en una foto de época que refleja una etapa de brillo, tanto de su vida privada como pública. Juana vivió allí entre setiembre de ese año y octubre de 1942, cuando falleció su esposo, el mayor Lucas Ibarbourou.
Casa de la calle Comercio, cerca de la rambla del Buceo.
La residencia original lucía una fachada de azulejos que la distinguía del resto, que fueron removidos, pero su forma se mantiene vigente y vital, habitada por una familia que conoce sus historias. De sus huéspedes originales se conservan algunos elementos decorativos y, sobre todo, varias plantas que supieron hacer las delicias de la escritora, siempre rodeada del verde y el mar. La casa no abre sus puertas al público salvo raras excepciones.
Juana vivía allí cuando fue proclamada Juana de América, publicó La rosa de los vientos (1930), Estampas de la Biblia (1932) y los Loores... (1934). Por entonces también participó en un legendario encuentro en Montevideo con sus colegas, la argentina Alfonsina Storni y la chilena Gabriela Mistral.

1 comentario:

LA ESCUELA MULTICULTURAL dijo...

Hola, me gustaría saber dónde podría acceder a ese ensayo de Aymará Ghiglione sobre Juana y Rosalía, ya que estoy haciendo un trabajo sobre Rosalía para la Universidad. Gracias