miércoles, 4 de mayo de 2011

Sistema Patrimonial Barrio Anglo-Paisaje Cultural de Fray Bentos

Paisajes al cubo


Los expertos de UNESCO viajaron el jueves 28 de abril a Fray Bentos en un helicóptero puesto a disposición por la Presidencia de la República Oriental del Uruguay. El admirado silencio de los visitantes cuando sobrevolaron el sitio sugiere que con un plan de gestión territorial que priorice su conservación, su interpretación cultural y su apropiación colectiva, con el apoyo gubernamental a una iniciativa nacida en la población, y cooperación internacional, parece irreversible que el antiguo complejo agro industrial será el segundo Patrimonio de la Humanidad del país. El saladero y su entorno del río Uruguay están propuestos como Paisaje Cultural e Industrial.

Sobre la base de la investigación compartida con René Boretto Ovalle, publicada en la Colección Los Ojos de la Memoria, Gijón, España (Editorial Incuna, 2006), artículos publicados en La Diaria y Brecha de Montevideo, actualizado en 2013 para el libro Uruguay Manual del Visitante..

El Sistema Patrimonial Barrio Anglo-Paisaje Cultural de Fray Bentos fue seleccionado por los organismos asesores de UNESCO para su ingreso a un programa de colaboración con las buenas prácticas patrimoniales y para la conformación de un expediente de nominación a la Lista de la Convención del Patrimonio Mundial. “Posee una historia sobrecogedora, con todas las argumentaciones que demuestran cuánto han significado sus frigoríficos y sucompany town para la historia universal”, afirma la arqueóloga española Nuria Sanz, jefa de la Sección América Latina y el Caribe del Centro del Patrimonio Mundial. En la postulación trabaja la Comisión de Gestión del Anglo, integrada por la Dirección Nacional de Ordenamiento Territorial, la Comisión del Patrimonio Cultural de la Nación, la Intendencia de Río Negro y agentes locales. “La memoria del sitio está my bien instalada y la predisposición social del lugar tiene muy buena salud, por lo que se justifica la apertura de un expediente en la Convención”, opina Sanz, quien visitó el sitio el jueves 28 de abril, acompañada por el embajador Omar Mesa, representante uruguayo ante UNESCO, el experto chileno Óscar Acuña y por jerarcas del gobierno nacional. Fueron recibidos por Omar Lafluf, intendente de Río Negro, técnicos y funcionarios municipales, y vecinos, muchos de ellos, ex trabajadores del frigorífico. “Ahora hay que ajustarse a un formulario estricto, específico, pero veo muchas posibilidades de que el resultado sea su ingreso a la Lista del Patrimonio Cultural de la Humanidad. No es sólo voluntad política. Es también apoyo institucional, compromiso con el territorio y concertación colectiva, con el objetivo de conservar el valor del sitio.” Sanz solicitó que el helicóptero sobrevolara dos veces sobre el espacio patrimonial, una al arribo y otra antes del retorno a Montevideo. “Conmueve su dimensión humana”, concluyó.

Sistema Patrimonial Industrial Anglo
Fue creado en diciembre de 2008 por un equipo interdisciplinario del Ministerio de Vivienda, Ordenamiento Territorial y Medio Ambiente, Comisión del Patrimonio Cultural de la Nación, Ministerio de Industria, Energía y Minería, Ministerio de Turismo y Deporte y la Intendencia de Río Negro. Se trata de un movimiento inédito con el objetivo de valorar, interpretar, difundir y proteger el patrimonio industrial remanente del ex Saladero Liebig y el Frigorífico Anglo de Fray Bentos. De esta forma fue creada la Comisión de Gestión Anglo, integrada por los arquitectos Mauro Delgrosso (Intendencia de Rio Negro), Ricardo Cordero (Comisión del Patrimonio Cultural de la Nación), Elba Fernández (Dirección Nacional de Ordenamiento Territorial-DINOT) y René Boretto Ovalle como técnico especializado en el sitio.


Carne de Cañón
La anécdota es mínima, en apariencia. La carta de un joven soldado que padeció el desembarco aliado de Gallipoli, en la Primera Guerra Mundial, alienta el recuerdo de una de las mayores agroindustrias del planeta. La multinacional de carácter alemán, pero con capital anglo–belga, luego totalmente británica, puso en valor productivo las investigaciones de Justus von Liebig, fundador de la química orgánica: extracto de carne, sopa en cubos, conservas enlatadas y café soluble. La planta fabril recibió decenas de miles de trabajadores de más de sesenta naciones, en casi doce décadas de actividad. Solo entre 1914 y 1918 comercializó cien millones de OXO cubes y doscientos millones de latas de corned beef, que alimentaron a ejércitos y exploradores. Tenía haciendas en la Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, un puerto propio de aguas profundas, dos company town –el Barrio Anglo en Fray Bentos y el Pueblo Liebig en la entrerriana Colón– y una zona residencial para gerentes y diplomáticos, alrededor de la legendaria Casa Grande, sede real del viceconsulado inglés en el Río de la Plata. El gigante cayó en un acelerado proceso de decadencia luego de la segunda posguerra mundial, víctima de la reconstrucción económica europea. Lo compró el estado uruguayo en 1971. Parecía un buen negocio, pero los británicos se llevaron sus inversores, sus contactos y su instinto voraz. La planta cerró definitivamente en 1979, tras el tiro de gracia dictatorial. Hoy es sede de un museo único en la región, que custodia una memoria gloriosa, que evoca aquél tiempo de «vacas gordas» cuando el alimento ponía a Uruguay en boca de todo el mundo. Cuando la marca Fray Bentos era sinónimo de «lo mejor». Un sello de calidad irrepetible, que sigue presente en la memoria colectiva de millones de consumidores. Que aguarda un merecido reconocimiento como patrimonio de la humanidad, porque allí nació la revolución industrial sudamericana.



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Estrecho de los Dardanelos, mayo 27 de 1915.
Amada madre:
No sé como contarte lo que estoy sintiendo en este momento. No deseo provocarte más angustia, que ya es demasiada por la muerte de Papá, también a causa de esta guerra inmunda. Pero, es inevitable que sepas la verdad. Las noticias que reciben ustedes desde aquí, son todas mentiras. El desembarco fue espantoso. Los turcos nos están masacrando. Casi no quedan compatriotas en mi división, aún así, nadie retrocede.
Madre, ojalá sobreviva, pero, presiento que voy a morir! No retornaré a Liverpool, no volveré a ver a mis amadas hermanas, Hill y Ely, no podré obsequiarte el título de médico que tantas veces te prometí. Mi amor, Becky, enviudará sin habernos casado.
Disculpa madre, por el dolor que sé que te provocarán estas líneas, pero es la verdad. Ojalá te lleguen, mientras yo esté con vida. No sé si será posible, porque están censurando nuestra correspondencia. Te ama y te necesita desesperadamente. Hugh.
PD: Por favor, te lo suplico! Reza por mi vida y envíame OXO!

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Justus von Liebig nunca estuvo en Fray Bentos, aunque conocía cada rincón, de cada casa del mínimo poblado. Por interés empresario y científico, pero, también, por conmovido agradecimiento. Más allá de su soberbia, a flor de piel, siempre reconoció una deuda moral con el remoto litoral uruguayo. Allí, su genial innovación fue rescatada de injusto confinamiento en un oscuro laboratorio del minúsculo pueblo renano de Giessen.
La intensa relación se inició en 1862. Había descubierto, tres lustros antes, una novedosa fórmula de extracto de carne, concebida con orgullo germano para alimentar a la humanidad. La mantuvo en celosa custodia, a la espera del proyecto industrial que le asegurara una calidad suprema y, por que no, que le entregara gloria y dinero. El tiempo fue pasando, pero la propuesta soñada no llegaba. Aunque la matera prima –ganado vacuno y ovino– podía ser faenada a bajo costo, también exigía que el producto final careciera de humedad y grasitud. Ningún resultado le conformaba.
Al año siguiente recibió una oferta del ingeniero Georg Christian Giebert, un hamburgués afrancesado, por entonces radicado en Montevideo, que había leído artículos relacionados con la receta. Al audaz viajero se le ocurrió elaborarla en gran escala, entusiasmado por la considerable cantidad de animales que se criaban en el Río de la Plata.
Giebert vivió algún tiempo en la casa de otro alemán, Guillermo Hoffmann, que lo llevó a la estancia Nueva Mehlem, en el departamento de Río Negro, administrada por su hermano Augusto. Juntos fueron a ver un sitio ideal para el emprendimiento, conocido como Puntas de Fray Bentos, que les pareció un puerto fluvial muy apto para la llegada directa de los veleros que luego deberían transportar mercadería hacia Europa.
En otoño, el ingeniero escribió a la Farmacia Real, el laboratorio de Liebig en Munich, a cargo de Max Pettenkoffer. Reseñó ideas y perspectivas en estas tierras americanas y le propuso una sociedad para fabricar el extracto de carne, pero, el sabio, cansado y desanimado por tantos fracasos, no lo tomó con interés. Mientras tramaba fantasías de riqueza, el osado Giebert se preparaba para insistir hasta el final. Al no recibir respuesta, viajó para presentar su proyecto. Advertido sobre la inflexibilidad de Liebig, no fue directamente a su despacho. Antes sedujo a Pettenkoffer, a quien convenció del seguro éxito del negocio, mientras le solicitaba instrucción sobre el proceso tecnológico.
Cuando Liebig recibió las primeras muestras de su quimérica sustancia, elaborada en la exótica Banda Oriental, cuentan testigos que hubo un silencio inconmensurable. Tardó algunos minutos en recuperar el habla, antes de expresar, como pocas veces, un gesto de aprobación. El resultado tenía un formato atractivo, impensado, y su sabor, indudablemente, era mejor que el conseguido en Alemania. Sin dudarlo, otorgó la autorización para contactar a inversores, que aportarían los rubros primarios.
El lunes 21 de abril de 1863 quedó constituida Giebert et Compagnie, que compró tierras al sur de las Puntas de Fray Bentos, incluida la estancia La Pileta, ubicada a quince kilómetros de la incipiente Villa Independencia, con 6.000 cabezas de ganado vacuno y 5.000 ovejas. Por todo pagó 30.000 libras esterlinas. Una hazaña comercial, a pesar de que el general Venancio Flores lanzaba su Cruzada Libertadora, un eufemismo que en realidad era un golpe de estado contra el presidente Bernardo P. Berro. Pero, el poder de convencimiento del ambicioso ingeniero parecía ilimitado. En noviembre de ese año consiguió los terrenos del saladerista Ricardo Bannister Hughes –que recibió el 27 de julio de 1865 a causa de la guerra civil– y tiempo después sumó capitales ingleses y belgas, por gestión del siempre presente banquero Barón de Mauá. Un aporte decisivo, que dio lugar a la multinacional Liebig’s Extract of Meat Company.
Además de hábil y cautivante, Giebert fue un inventor talentoso, que innovó en el proceso y la maquinaria industrial. En 1866, encargó a la firma Milwall Co de Glasgow, la construcción de la «nueva fábrica», que comenzó a funcionar con ocho meses de demora, porque se extravió uno de los diez barcos en que despacharon las herramientas. Era una decisión estratégica para atender miles de pedidos que se amontonaban en los escritorios de la Farmacia Real Munich.
–La única fuerza que debemos utilizar es la de la gravedad –solía decir el emprendedor hamburgués. Con ese concepto planificó y desarrolló el espacio fabril que iniciaba la cadena productiva en los pisos altos, a donde los vacunos llegaban caminando para ser sacrificados, y finalizaba en la planta baja. También fue diseñado en forma declinante, el camino desde la expedición hasta la estiba portuaria. Para ahorrar dinero, pero, no energía.

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En Fray Bentos se encendió la primera lamparita eléctrica del país, en 1883, al mismo tiempo que en Río de Janeiro y La Plata. Fue comprada a la Edison Co, e importada directamente desde la planta estadounidense de Ohio. «Se colocaron sesenta picos idénticos a los del gas en la playa de matanza, en el galpón de la fabricación del extracto, en los salones que ocupa la escuela y en el club. Antes de haber adquirido toda su intensidad se midió aquella, dando como resultado igual a la luz de diez y nueve velas de estearina por cada lámpara o pico». La crónica del diario El Ferrocarril, de agosto de ese año, fue un homenaje al departamento de Río Negro. «Le cabrá la gloria de ser el primero donde se haya reemplazado el candil y la lámpara de kerosene por la luz eléctrica, una de las más grande conquistas del progreso humano». Recién a mediados de junio de 1886, se inauguraron en Montevideo diez picos de luz en la Plaza Constitución.

El carácter alemán
El apreciado extracto de Liebig reducía en un solo kilo, el valor nutritivo, el aroma y el sabor de 32 kilos de carne. Fue famoso en el mundo, por su bajo precio, su uso sencillo y su higiene imbatible. Era la base de un caldo para consumo familiar, hospitalario y social, pero, pronto fue requerido por ejércitos y armadas que se movilizaban en el convulsionado Viejo Mundo, y por exploradores que avanzaban en territorios desconocidos. Las pequeñas latas fueron utilizadas por Fridtjof Nansen en su expedición al Polo Sur y por Robert Peary en sus aventuras árticas. Por Henry Morton Stanley y David Levingston, en sus experiencias coloniales centroafricanas y por John Allock y Arthur Brown en el primer vuelo transatlántico. Pero fue negocio multinacional a partir de la guerra franco–prusiana y tras el ingreso de las tropas británicas en el conflicto con los bóers sudafricanos.
La firma respondió con una diversificación de productos y subproductos que aprovechaba decenas de miles de vacunos y lanares que se faenaban en el saladero fraybentino. En la explotación intensiva y extensiva lo que más preocupó al principio fue el desecho: el contenido de las panzas, los excrementos, la sangre de los animales que diariamente caían bajo los marrones.
Hacia 1870 Liebig inventó un proceso de mezcla de estos residuos, secados, centrifugados y molidos. El novedoso abono orgánico obtuvo rápida aceptación como sustituto de las heces de aves marinas peruanas. El fertilizante químico hecho con restos y desechos se le llamó, por añadidura, guano.
En el puerto de ultramar era incesante la entrada y salida de balandras, polacras y bergantines de todas las banderas, nunca menos de medio centenar por año. Traían sal, carbón de coque y material de construcción, para una fábrica que se expandía. Llevaban hacia Europa, extracto de carne, tasajo, cueros salados, huesos cortados y molidos en polvo fino, garras y pezuñas, cuernos y fertilizante por toneladas. En la dársena atracaban hasta tres naves juntas, que eran cargadas simultáneamente mediante pasarelas de madera. Una grúa a vapor, de las primeras del país, ayudaba en la tarea.
La empresa, que tenía oficinas centrales en Londres y depósito en Amberes, adquirió o arrendó 34 estancias, once en territorio uruguayo, en el sur de Brasil, en la Argentina y Paraguay, hasta sumar miles de hectáreas donde estableció centros de producción a gran escala, como en Zeballos Cué, localidad cercana a Asunción. En la ciudad entrerriana de Gualeguaychú, en la margen argentina del río Uruguay, fue construida una planta que no prosperó. Sí fue exitosa la ubicada cerca de Colón, algunos kilómetros al norte. A su alrededor se formó el Pueblo Liebig.

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Una crónica del diario montevideano El Siglo, de 1885, cuenta que los productos Liebig sólo eran aceptados como «fuera de concurso» en las mayores exposiciones comerciales del mundo. La firma ganó todos los premios conocidos –a la calidad, a la investigación, a la innovación– y en 1902 fue distinguida como la primera que contrató legalmente a mujeres.
–Acá lo único que se desperdicia es el mugido –era la advertencia, un poco en broma y mucho en serio, a un operario recién ingresado. Una frase poderosa, que guió los 116 años de funcionamiento del saladero y frigorífico, adjudicada al implacable Giebert.

Millones al cubo
El extracto de carne se convirtió en OXO a fines de 1899. Nadie conoce el origen del extraño nombre. La teoría más aceptada se refiere a unos cajones prontos para ser enviados a Europa, que tenían impreso el tradicional identificador «OX» (buey). Al parecer, un obrero agregó una «O» al sello de origen, como si se tratara de dos ojos y una nariz. Así, por una viveza fraybentina habría nacido la más famosa marca agroindustrial de principios del siglo pasado, que hasta hoy se consume.
La carne fluidificada fue ofrecida a los comercios londinenses, desde junio de 1900, como una línea suplementaria del extracto original. Pero, el mercado adoptó el producto y los pedidos se multiplicaron. Se vendía en las cafeterías de las estaciones de trenes, en hipódromos y pistas de carreras y muestras agropecuarias. El pueblo estaba convencido que podía conseguirla, en cualquier lado. El símbolo esmaltado que la promocionaba, que aún enamora a los coleccionistas, permanece en algunas plataformas ferroviarias inglesas.
OXO fue sinónimo de salud entre millones de consumidores. Para reforzar esa idea, la empresa organizaba la famosa caminata Londres–Brighton y fue patrocinante de los Juegos Olímpicos de 1908, celebrados en la city inglesa. Como parte de su estrategia entregaba su caldo a los maratonistas y los contrataba, para que lo recomendaran.
Pero, a fines de 1910, los químicos detectaron un serio problema de calidad. No obstante lo delicioso y beneficioso que podía ser el extracto, quedaba un sedimento en el fondo del recipiente, que no resultaba agradable. Fue así, que transformaron la carne líquida en una pasta en forma de tabletas, que conservaba la esencia vacuna, sus fibrinas y sustancias nutritivas. En toda Inglaterra, se le llamó OXO cube o «producto de un penique». En su lanzamiento publicitario fueron echados, debajo de las puertas, decenas de millones de panfletos que alentaban la compra de «baratos y maravillosamente convenientes cubos» empacados en cajas de seis, doce, quince o cien unidades.
Un difundido aviso de prensa lo presentaba como «el más grande avance en la invención de comidas, desde que el hombre comenzó a comer y la mujer aprendió a cocinar». Cuando la competencia puso en duda su valor nutritivo, la Liebig respondió con una de sus famosas cartas públicas: «Quizá ellos tengan razón pero... ¿Hay algo más querido y admirado por las amas de casa? ¿Hay algo que les simplifique y les ahorre más tiempo?».
La Primera Guerra Mundial fue una prueba extrema, aprobada con sobresaliente en productividad, pero, también en mercadeo y propaganda. Se enviaron latas a las trincheras, como ración de emergencia. A su alrededor, se creó el mito de que consumirlo, traía buena suerte. Había mucha fantasía, pero, también hubo historias sobre OXO y corned beef de Fray Bentos que guardados en mochilas o bolsillos, desviaban balas y piezas de metralla con sorprendente eficiencia.
Una exitosa promoción asociada fue OXO trench heater, un calentador para trincheras. «Usted puede enviar a su hombre, a su padre, a su hijo, un paquete con seis cubos y seis carbones especiales para encendido y un soporte plegable para colocar la lata a calentar». Proponía un aviso que relacionaba la imposibilidad de encender fuego con el fango, y al calor protector con las virtudes del producto. «Es un recurso mágico», remataba el redactor.
Desde Fray Bentos, partieron al frente más de cien millones de cubos y más del doble de latas de corned beef, en casi cinco años de conflicto. Caló tan hondo el nombre de la ciudad rionegrense que –según recoge la Griffith Universityy y el Australian National Dictionary Center, en su investigación sobre palabras y coloquialismos de la Primera Guerra– para referirse a lo que estaba bien hecho, los soldados británicos decían «It’s a Fray Bentos», tal como los estadounidenses usaron el «OK» en la Segunda Guerra Mundial.

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Thomas O’Connor, un granjero que sirvió en la Canadian Expeditionary Force, entre 1917 y 1919, evocaba en sus memorias: «Recibíamos las llamadas raciones de hierro, que se componían de una lata de carne conservada de la clásica marca Fray Bentos con su llave pegada para abrirla; una lata de carne con vegetales normalmente llamada para perros o una lata de carne de cerdo con porotos; dos, a veces tres, paquetes de biscochos duros; una onza de extracto de carne o cubos OXO; una ración de té y un paquete de sal». El canadiense guardó toda su vida dos malos recuerdos del frente: la frecuencia con que comía corned beef –en el desayuno, el almuerzo y la cena– y que en verano, con el calor, ese alimento se transformaba en una desagradable masa de grasa. «Peor era la ración de cerdo y porotos, porque muchas veces la carne de cerdo era inexistente y se convertía en grasa con porotos», contó alguna vez O’Connor.

El paciente inglés 
Cuando se vislumbraba la paz, los publicistas tomaron otra vez la iniciativa con un mensaje, acogido con emoción por la opinión pública. «OXO también ganó la guerra». Parecía que la victoria significaba un hito en la expansión y en el proceso productivo, pero debajo de esa superficie exitosa, había contradicciones de muy difícil resolución. La empresa era anglo–belga y alimentó a las tropas aliadas, pero, aún estaba muy unida a los derrotados alemanes. El final de la lucha alivió tensiones y presiones, pero, también determinó una momentánea suspensión de tareas: el saladero quedó al borde del cierre en los últimos meses de 1918.
La reapertura llegó con una fuerte reconversión productiva, comercial y administrativa, que trajo nuevas tecnologías de enfriado de carnes y la ampliación de mercados. Pero, otra vez fue decisiva la intervención de estrategas y comunicadores, que impusieron el fin del ciclo de la Liebig y su sustitución por una imagen acorde al mapa emergente de aquella posguerra.
El viejo saladero con ingeniería germana se transformó en un gran frigorífico inglés, con necesidades técnicas y de infraestructura, modificación de edificios, reasignación de funciones e introducción de estamentos infrecuentes. Capitales británicos lo adquirieron en 1924, cuando pasó a denominarse Anglo del Uruguay Sociedad Anónima. El cambio de firma significó una renovación estructural importante, con una decidida planificación, orientada por la presencia colonialista de Londres. Los ingleses abrieron infinitas oficinas de venta, como dueños absolutos de la mayor agroindustria del mundo.
La tecnología del enlatado dio lugar al crecimiento del negocio de la carne conservada. La definitiva imposición del término corned beef fue su forma de identificarse con una tradición anglosajona. Corning era la cura de carne mediante sal o introducida en salmuera, cocinada después, que utilizaban los campesinos bretones cuando no existía refrigeración.
Nuevamente las inestabilidades sociales y políticas signaron la suerte del frigorífico. La Segunda Guerra Mundial, con su destrucción de la maquinaria europea, con sus hombres en combate y urgente necesidad de víveres, originó cambios importantes en las formas de producción y rubros comerciales.
En junio de 1943 salieron, por el puerto de Fray Bentos, más de dieciséis millones de latas de corned beef, en barcos que corrían «el heroico riesgo de atacados por sigilosos y maléficos submarinos nazis a la salida del Río de la Plata», según crónicas de la época. También se ampliaron rubros a casi todos los productos y subproductos de frutas, verduras y hortalizas, conservas, comidas enlatadas, jabones, dulces, jaleas, huevos, conejos, cerdos, pavos.
El incontenible crecimiento fabril desató un voraz consumo de materia prima. En la década siguiente fueron faenados más de un millón cien mil vacunos, se utilizaron doscientas mil toneladas de carbón irlandés de piedra y se emplearon más de 4.500 obreros. Uno de cada tres fraybentinos que trabajaban en tres turnos sin fin de ocho horas. Datos que todavía asombran, asociados con la organización del Barrio Anglo, un famoso company town al que anhelaban llegar mujeres y hombres de los sitos más remotos.

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«Es un patrimonio único. Sus edificaciones, herramientas, maquinarias, libros, documentos, planos y mapas, manifiestan con esplendor y jerarquía la tecnología de la alimentación utilizada entre mitad del siglo XIX y mitad del siglo XX», afirma la arqueóloga industrial Sue Millar, del Instituto Ironbrigde de Birmingham. La experta británica aún recuerda su visita a la sala donde están las máquinas de amoníaco que fabricaban frío para las gigantescas cámaras frigoríficas. «Allí se puede ver la evolución tecnológica del congelado como en ningún otro sitio, ni siquiera en Europa: dos compresores que funcionaban a vapor, dos de energía eléctrica y dos a fuel oil», describe con admiración. Una red de más de cien kilómetros de caños lo distribuía en el refrigerador de más de una cuadra de largo por cuarenta metros de ancho, y siete pisos de altura, que podía conservar 18 mil toneladas de carne, equivalente a la faena de 35 mil vacunos.

La muda chimenea 
A partir de 1948, hubo una nueva contradicción, nunca superada por la empresa. Aunque continuaba la explotación intensiva y extensiva del campo uruguayo y de países vecinos, se frenaron las inversiones, la renovación estructural y el mantenimiento. En la década de 1950 el estado otorgó subsidios a los frigoríficos extranjeros, a fin de que permaneciesen funcionando. Eran los primeros indicios de una fuerte crisis productiva.
A punto de cumplir un siglo, la planta industrial estaba sometida a una ignominiosa decadencia. Herida de muerte por el fin de la Guerra de Corea, la reconstrucción de la segunda posguerra mundial, la formación de bloques comerciales y la creación del Mercado Común Europeo. Los siguientes sucesos estuvieron marcados por el retiro inglés y el cese prácticamente definitivo de actividades. En 1967, comenzaron las movilizaciones obreras, con reclamos de reactivación.
El 1 de julio de 1971, el gobierno aprobó la compra de las viejas instalaciones confiado en la disposición de ganado y la buena mano de obra. Fue el último intento para sostener un emblema de la agonizante Suiza de América. Una ilusión falsa. Con los británicos también se fueron contratos y mercados, para las otrora requeridas carnes uruguayas. La dictadura militar le pegó el tiro de gracia. El antiguo estandarte del país de las «vacas gordas», lejana metáfora del estado de bienestar, fue derrotado por un inmisericorde proceso de desindustrialización favorecido por el retraso tecnológico y la falta de ideas comerciales.
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Hugh C. Brown falleció a principios de junio de 1915, en una emboscada, muy cerca de la playa turca de Gallipoli. Tenía veinte años. Meses después, su madre recibió el uniforme, perforado por certeros disparos. En un bolsillo tenía una lata de OXO sin abrir. En otro, guardaba su última carta, pronta para enviar, salpicada de sangre. Sus sobrinos bisnietos la conservan como un tesoro de la memoria familiar.
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A principios de 1979 hubo un dudoso intento de reactivación por una empresa de supuesto origen árabe, que fracasó. Ese fue el amargo final de su historia productiva. En agosto se realizó la última faena. «Hacía tiempo que escuchábamos que la fábrica se cerraba, que se cerraba, que no había exportación aunque había pedidos de carne. Y los estancieros subieron el precio del ganado, como no se lo subían a los ingleses. Entonces, no pudo rematar más». Es el nostálgico testimonio de Edelma Gerez, obrera de la sección Hilandería, quien durante más de treinta años hizo bolsas para embalar corderos y paletas vacunas.
La década de 1980 fue de quejas y lamentos, depresivos y deprimentes. El hondo dramatismo llegó al extremo de casos de suicidio. Simbólicas inmolaciones, al pie de la chimenea, todavía enhiesta y orgullosa. Pero, que nunca más pitó.


Patrimonio de la Humanidad
Eusebi Casanelles i Rahola, presidente del Comité Internacional para la Conservación del Patrimonio Industrial y director desde del Museo de la Ciencia y de la Técnica de Cataluña, estuvo en las viejas instalaciones del Anglo, en julio de 2006, con motivo de la celebración de los cien años de su emblemática chimenea.
En cada una de sus intervenciones, que fueron varias, Casanelles tuvo la virtud de explicar con lenguaje llano, el nuevo escenario en que se proyecta la gestión del patrimonio industrial. Volcó lo esencial de su vasta experiencia y dio ejemplos concretos de procesos de rehabilitación y puesta en valor no sólo de un entorno construido sino de la memoria histórica de un entramado social y un contexto cultural. Gracias a sus intervenciones, nadie tuvo dudas en cuanto al futuro que espera a ese lugar: el ingreso a la lista del patrimonio mundial.
Si se piensa en lo hecho hasta ahora, esa perspectiva luce razonable. Dan crédito al optimismo las particulares características del emprendimiento, el carácter innovador de la técnica allí empleada y la significación que durante décadas tuvo su producción en el mundo, la continuidad de uso hasta años recientes y la consecuente conservación de su estructura básica, y muy especialmente la visión y el trabajo de quienes apostaron a su mantenimiento y recalificación. Con una prevención que el mismo Casanelles se encargó de marcar: el proceso de «santificación» de UNESCO supone un plazo no menor a cinco años, y el éxito de una propuesta que habrá que formalizar de modo adecuado, depende esencialmente de lo que hagamos nosotros. Esto es, que no basta con tener una herencia que se valore alto; hay que precisar cómo manejarla, definir claramente objetivos y procedimientos, y hacerlos compatibles con los recursos disponibles. Habrá que asegurar que ese capital social llamado «pito del Anglo» tenga un retorno cultural y económico, basado en un plan integral de gestión a mediano plazo. Así el paisaje industrial fraybentino será nuestro segundo patrimonio de la humanidad, como ya lo es Colonia del Sacramento.
Nery González, arquitecto, experto en temas del patrimonio

Museo de la Revolución Industrial
Es el pionero uruguayo de la materia, fundado en 1990, en el que fuera galpón principal del antiguo saladero y frigorífico. Es una sólida estructura de dos pisos, de casi 900 metros cuadrados cada uno, construida por el ingeniero Georg Christian Giebert en 1872 con hierro y madera de pinos gigantes de la selva paraguaya que todavía se pueden oler. La planta baja está organizada como una exposición viva de objetos y referencias arqueológicas de la Liebig (1863-1924) y del Anglo (1924-1979). “Más que una muestra de máquinas, herramientas y productos, es un homenaje a miles de mujeres y hombres que participaron en una epopeya irrepetible”, afirma el arquitecto Mauro Delgrosso, su actual director. En la planta alta se conserva la Oficina de Administración y Gerencia, con sus escritorios, mesas, sillas, mobiliario y hasta los libros, tinteros y sellos encima. “Tanto, que uno tiene la sensación de que los empleados no están, porque salieron a almorzar”, cuentan las guías del Museo a las 12.000 personas que llegan anualmente, en su mayoría estudiantes y docentes, además de turistasestadounidenses y europeos: británicos, alemanes, españoles, franceses y belgas. “Muchos se emocionan frente a las vitrinas y dejan escrito en el libro de visitas que se reencontraron aquí con sus padres y abuelos”, cuenta Delgrosso, quien también es presidente de la Comisión de Gestión del Anglo.

Fray Vento
Augusto Hoffmann, Manuel José Errazquin, Ricardo Bannister Hughes y Santiago Lowry fueron comerciantes y hacendados, orientales y europeos, dispuestos a sacudirse el voraz centralismo de Buenos Aires y Montevideo. Ellos siguieron la huella del vasco francés José Hargain, instalado desde 1857 en la desembocadura del arroyo Laureles. Al año siguiente formaron una sociedad comercial que adquirió tierras en los alrededores del casco de la antigua estancia Nuestra Señora de las Mercedes del Fray Vento, y construyeron las primeras dársenas de un bello puerto de mar, en las aguas más profundas del río Uruguay. El 16 de abril de 1859 fundaron la Villa Independencia, como centro urbano utilitario para sus proyectos agropecuarios.

Hughes
Fue un emprendedor de los albores fraybentinos, de fuerte influencia en ambos lados del Río de la Plata y del Uruguay. El rico empresario, nacido en Liverpool el 27 de mayo de 1810, fue el primer impulsor de lo que hoy se conoce como Hidrovía, con sus memorables viajes entre Buenos Aires y Asunción, a través del río Paraná.
Escribió un Diario de Viajes, muy ameno y documentado, en el que contaba sus peripecias fluviales a bordo de un bergantín de 16 toneladas de capacidad y nueve pies de calado. En invierno de 1841, Hughes y sus compañeros abrieron una vía comercial –con permiso de Juan Manuel de Rosas– luego utilizada para el envío de mercadería hacia la mesopotamia argentina.
Amante de la literatura y amigo de los principales escritores de su época, uno de sus pasatiempos era la lectura e interpretación bilingüe. Por pedido expreso del argentino José Hernández, tuvo el honor de ser el primer traductor al inglés del Martín Fierro.
Ricardo Bannister Hughes falleció en Paysandú, el 29 de setiembre de 1875.

Exctractum Carnis
«Difícilmente haya experimentado nunca una satisfacción más grande que cuando recibí la carta de Mr. Giebert en la cual me anunciaba que había enviado a Europa los primeros resultados de la fabricación del extracto de carne. La primera muestra llegó pocos días antes a Munich y debo decir que en calidad aún excedió a nuestro cálculo, si tomamos en cuenta que fue producido con carne de vacunos casi silvestres. Mr. Giebert expreso el deseo de que el extracto de carne fuera designado con mi nombre Exctractum Carnis Liebig y como había sido preparado de acuerdo a método ideado por mí, accedí a tal solicitud» (Carta de Liebig a Pettenkoffer, de principios de 1863).

LEMCO
El primer directorio de la firma anglo–belga estuvo integrado por Emmanuel Boutcher (Boutcher, Mortimore & Cia), Charles Günther (Cornelle David & Cia de Londres), Irineú Evangelista de Souza, Barón de Mauá (London Brazilian & Mauá Bank), Otto Gunther (presidente de la Cámara de Comercio de Amberes, cónsul prusiano y socio de Könings & Günther) y Félix Grisar (F. & G. Grisar Brookers, de Amberes).

Gelatina
El diario montevideano El Siglo, en su edición del 5 de mayo de 1865, se refiere al extracto de carne: «Un amigo llegado ayer de Fray Bentos nos ha favorecido con estos curiosos datos sobre la fabricación de gelatina en el valioso establecimiento que en dicho pueblo posee una sociedad industrial alemana. Un animal vacuno queda reducido a nueve libras de aquella sustancia, la cual se vende a dos patacones y medio cada libra… Por medio de máquinas especiales a vapor, saca mayores ventajas de los huesos, reduciéndolos a un polvo finísimo, el cual se vende muy bien en Inglaterra, donde se mezcla con la harina para aumentar el peso de las galletas y hacerlas más alimenticias».
El londinense Times, en artículo fechado el 27 de octubre de ese mismo año, informaba: «El profesor Liebig describió el proceso por el cual el extracto de carne de vacuno y ovino puede ser preparado sin que se pusiese rancio ni enmohecerse, inclusive permaneciendo largo tiempo en atmósferas cálidas y húmedas. Una libra de esta gelatina soluble puede transformarse en el equivalente de 30 veces su peso en sopas… Si es servido con trocitos de pan, papas y un poquito de sal, es suficiente para hacer caldo para 128 hombres que obtendrán una fuerza que ni alimentándose en los mejores hoteles».

Estrella patronal
Hacia 1880 la Liebig creó una institución musical y de enseñanza instrumental, destinada a los obreros del saladero y a sus hijos, que dio origen a la Sociedad Musical La Estrella, fundada en julio del año siguiente como entidad social. Tanto los profesores como los instrumentos, la vestimenta y demás necesidades del grupo, eran solventados por la empresa.

Casa Grande
Construida hacia 1868, en la principal altura de la zona adyacente a la fábrica, era la residencia del ingeniero Georg Giebert y luego fue la vivienda de los gerentes. La mansión tiene tres sectores. Al centro se ubica la histórica construcción de la familia Giebert, que disfruta de una vista dominante sobre todo el company town y el río Uruguay. En un lateral está el albergue de visitas, completado en 1890, y en el otro, un núcleo de dependencias para personal y actividades de servicio.
Detrás de la casa, en un desnivel escalonado que se previó desde un principio, fue creado hacia 1903 un parque estilo Versailles con más de medio centenar de especies exóticas, cuya diagramación cambió por el crecimiento de grandes árboles y arbustos. Ese mismo año comenzó a funcionar el viceconsulado de Alemania en Uruguay y luego el de Gran Bretaña en el Río de la Plata. El primer vicecónsul germano fue Otto Günther, que permaneció allí hasta 1915.
Estaba rodeada por un campo de golf, una cancha de tenis, una zona de picnic y por el Anglo Club Social, el chuping para los mordaces criollos. No obstante, la zona ejecutiva no quedaba apartada del barrio obrero, en clara demostración del paternalismo industrial de aquel tiempo.

Ranchada
El company town del Anglo está conformado por la planta fabril, su puerto, la zona de residencia de gerentes, con sus instalaciones asociadas, y el barrio obrero. En total son 630.000 metros cuadrados sobre la costa del río Uruguay. La utilización del terreno fue progresiva y siguió diversas pautas condicionadas por el crecimiento de la productividad y las necesidades de expansión, en primera instancia para la industria y posteriormente también para el alojamiento de ejecutivos, técnicos, operarios y servicios.
En junio de 1885, la Liebig aceleró la construcción de los primeros veinte «cuartos», planificados para inmigrantes que venían solos a probar suerte. En esos edificios comunitarios ubicados a la entrada del establecimiento –un sector que por entonces se llamó «pandilla»– eran alojados en grupos de treinta empleados según sus actividades: ingeniería, playa, fábrica de extracto, molienda, estiba portuaria, bomberos.
Aunque el barrio quedó configurado hacia 1892, hubo una segunda etapa a partir de junio de 1889, con la construcción masiva de la «ranchería» y la definitiva profesionalización de una empresa obligada a construir un lugar físico para la Administración y servicios conexos.
Después de la última ampliación, que data de 1906, casi no hubo cambios en el formato y aspecto original del barrio de casi 200 viviendas que llegó a albergar a más de 1.500 personas. Pese a algunas demoliciones y modificaciones de planos, el Barrio Anglo se mantiene como patrimonio de la memoria colectiva de Fray Bentos. Los vecinos aún le llaman la «ranchada».

Seis a cero
En 1905 fue creado el equipo de fútbol de la Liebig, con empleados y obreros, en su mayoría extranjeros, que por entonces jugaban un deporte casi desconocido en Fray Bentos. Según una leyenda popular esos pioneros participaron en el primer partido internacional que se disputó en el litoral, contra la tripulación de una balandra inglesa surta en el puerto. El resultado: estrepitosa goleada a favor de los locatarios. Liebig Football Club fue antecedente directo del actual Club Atlético Anglo, la más popular institución futbolera rionegrense.

Figurina, sammelkarten
Hacia 1870 el francés Jean Beaucicault comenzó a utilizar la publicidad gráfica, en afiches y revistas. La Liebig fue la primera en adoptar el novel sistema. Sus ejecutivos diseñaron una estrategia de promoción, basada en series de tarjetas coleccionables, de gran calidad gráfica e interesante contenido, que podían ser juntadas y pegadas en álbumes. Con motivos muy variados y atractivos colores, eran obsequiadas en boticas y comercios donde se vendía el extracto de carne. En cada país había una versión traducida: sammelkarten en alemán, figurina en italiano. A lo que se sumó la distribución de cartas de menú en restaurantes, con recetas culinarias impresas, que se editaron durante un siglo hasta 1975. Existen 1.866 series, que suman más de 7.000 ejemplares, consideradas las variantes nacionales, según catálogo del Museo Liebig de Giessen.
Cuando el Anglo cerró, decenas de miles de coleccionistas solicitaron que continuara la edición. Reyes, príncipes, científicos, políticos, intelectuales, actores, deportistas, de todo el mundo, disfrutaban intercambiando aquellas tarjetas y etiquetas, que aún son vendidas en las más exclusivas casas británicas de remate.

Tanque fraybentino 
Era una calurosa tarde de agosto de 1917. Los aliados se preocupaban por las noticias que venían desde el frente, con los alemanes en pleno ataque contra la frontera de Francia y Bélgica. Los tanques ingleses, recientemente integrados a la parafernalia de guerra, daban una gran esperanza; podrían pasar por encima de las trincheras y quitar terreno al enemigo.
–¡Señores, será esta nuestra División de Tanques F! Cada uno tendrá su número, pero si desean colocarle un sobrenombre... ¡qué comience con F! –ordenó un general a la tropa lista para entrar en batalla.
Los muchachos del F-41 se miraron entre sí y clamaron sonrientes: –¡Fray Bentos! –¡Por qué ahí adentro te sientes como la carne enlatada que comemos todos los días!

No uno… dos
En la batalla de Ypres, de ese mismo 1917, la hazaña vistió de gloria al F-41, un tanque de catorce toneladas de peso y una velocidad de tres millas por hora. Fue tanto el empeño de sus tripulantes por tomar la delantera que cayó en una trinchera alemana, y allí quedó sesenta horas bajo fuego enemigo. De los nueve soldados, sólo uno murió y todos fueron condecorados, aunque el vehículo quedó inservible.
Su gemelo, el Fray Bentos II salió a la palestra en agosto de 1918 y fue valiente su accionar en Cambrai. En noviembre fue capturado por los alemanes y en Navidad de ese año, bajo la nieve de Berlín, fue paseado orgullosamente como trofeo de guerra ante el Kaiser Guillermo.

Made in Uruguay
«¿Fray Bentos es una ciudad sudamericana? Pero, si es la marca que más recordamos y queremos los británicos. Mi madre me mandaba al mercado a comprarla y con el contenido de aquellas latas maravillosas hacía nuestros platos preferidos». Fue la sorprendente confesión de Jeremy Lake, inspector de la Comisión de Edificios Históricos y Monumentos de Inglaterra. El alto funcionario gubernamental supo, en setiembre de 2005, que se pasó la vida comiendo un enlatado de nombre uruguayo.

Como un té
«En épocas de racionamiento abrir una lata de corned beef era una verdadera ceremonia. Como la del té para los japoneses. Recién se abría cuando estábamos todos en la mesa. Y vaya que nos costaba hacerlo. Era como romper algo mágico». Así evocaba su niñez en guerra un ex embajador británico en Montevideo.

En el pecho
–¡Que Fray Bentos te haga tan feliz como me hizo a mí! –le dijo la madre al ingeniero que venía a trabajar a la planta procesadora de celulosa de Botnia.
–¡Pero si tú nunca estuviste allí! –la respuesta fue suficiente para que ella, lagrimeando, volviera a su niñez en la Segunda Guerra Mundial. –Cuando sonaban las sirenas que anunciaban los ataques nazis, todos debíamos correr hacia los refugios, siempre con una lata de Fray Bentos en la mano. –Si el tiempo no nos daba para salir de casa, igualmente debíamos escondernos debajo de la cama... pero siempre con la latita de Fray Bentos pegada al pecho, junto al corazón –evocaba con emoción la británica que poco tiempo atrás despidió a su hijo que venía a la ciudad que nunca conoció, pero que siempre amó.

La chimenea
Es patrimonio histórico y entrañable símbolo de Fray Bentos, inaugurada el 13 de julio de 1906. La estructura de ladrillos de 43 metros de altura marcaba el ritmo de la población con el inconfundible «pito del Anglo», un reloj vital que llamaba a miles de obreros que, en la década de 1940, pedaleaban o caminaban hasta el portón del frigorífico.
–Niños, a lavarse las manos que ya llega papá a almorzar –era la orden materna tras el silbato que se adelantaba al mediodía, desparramado a veinte kilómetros a la redonda. La sirena anunciaba los turnos de 7 AM, 11 AM y 5 PM.

36
–A esta ciudad la hicieron los obreros –afirma Norbeto Bordolli, nacido hace 83 años en el Anglo, nieto, hijo y padre de empleados del frigorífico. –En el barrio éramos todos iguales. Un inglés vivía al lado de mi casa, pero adentro de la fábrica eran los patrones y había que obedecer calladitos –evoca, mientras sus ojos repasan, una vez más, el grupo de sombrías construcciones que se elevan al cielo, dominadas por una silueta gigante.
Es un edificio extravagante, formado por una nave central, con techo a dos aguas y mamparas de cristal en sus flancos. Tiene dos alas laterales rematadas por falsas torretas, erizadas de altas chimeneas, y en su inmensa fachada se abren infinitas ventanas.
–¿Recuerda, Norbeto, las secciones de esta planta? –fue el desafío del visitante que lo encontró por casualidad, cuando ambos llegaban a la mole de siete pisos. –¡Por supuesto, de memoria y sin parar! –advirtió el lúcido anciano, al tiempo que señalaba cada lugar: 1) Embretadores 2) Playa 3) Matadero 4) Tripería y menudencia 5) Cueros 6) Grasería (grasa industrial) 7) Óleo (grasa comestible) 8) Cámara Fría (camarita de carne) 9) Picada y Depostada 10) Conserva y Envasado 11) Pintada (de tarros y envases) 12) Latería Mecánica (elaboración de tarros) 13) Muelle de Embarque 14) Patio (limpieza de la suciedad de carga) 15) Vigilancia. 16) Varios (limpieza general) 17) Subproductos. 18) Curtiembre. 19) Tonelería. 20) Hilandería y Tejido. 21) Aserradero y Cajonería. 22) Taller Mecánico. 23) Electricistas. 24) Máquinas y Calderas. 25) Fiambrería. 26) Jabonería. 27) Frutas, Verduras y Dulces). 28) Lavadero. 29) Clasificación de huevos. 30) Oficina Central. 31) Oficina de Personal. 32) Inspección Veterinaria. 33) Almacenes. 34) Despacho de productos comercializados en el país. 35) Pesadores. 36) Veterinarios.
–¡Cómo olvidarlas! –comentó Bordolli, con resignación. –Si aquella era otra cosa... ¡otra vida! –así se despidió y siguió solo su diaria caminata.

El sindicato
Creado en 1942, en la memoria colectiva de obreros y empleados queda su decisivo papel en la fijación de salarios y en la mejora de las condiciones de trabajo. Muchas de las tareas que se realizaban revestían peligro, como aquellas de las cámaras frías o el manejo de cuchillos. Otras eran insalubres, como la latería mecánica, por el desprendimiento de gases del plomo que provocaba saturnismo.
–Siempre dije, porque lo viví en carne propia, que los ingleses vinieron acá a explotarnos, no vinieron a beneficiarnos –afirma el histórico dirigente Lenin Contreras.
–Antes del gremio se decía que el Anglo era una república aparte. No existían leyes de trabajo para las mujeres, ni para menores, ni horas extra, ni descansos, ni protección por trabajos insalubres. Allí no se acataban las leyes laborales. Costó muchas huelgas, muchas amarguras, hasta que fuimos ganando derechos.
El gremio marcó presencia mientras el frigorífico funcionó a pleno –llegó a estar afiliado más del 80% del personal– pero tuvo también un papel decisivo cuando se vislumbró el cierre. Fueron memorables, para el movimiento sindical y para la ciudad, las marchas a pie a Montevideo. –Se luchó y se luchó, pero no pudimos evitar lo inevitable –evoca Contreras con un reiterado gesto de amargura.

Los búlgaros
El origen de los trabajadores casi siempre indicaba la especialización dentro de la planta. Aquellos llegados de climas más inhóspitos se consideraban resistentes y adaptables a las condiciones más duras. –Camarista era un oficio, dentro de la cámara fría, que cuando usted respiraba el aire se congelaba. Entraban solamente los búlgaros –rememora un ex empleado. –¿Sabe qué comían los búlgaros? Cebolla con pan, para poder hacer plata. Venían escapados de los nazis. La cebolla los inmunizaba y no les entraban las enfermedades. Claro que con el tiempo se acostumbraron a la carne, y después comían cebolla muy de vez en cuando –aclara el anónimo, con una sonrisa.

Duartov
El portón del frigorífico, puesto por el ingeniero Giebert, era el punto de llegada donde todos los días se formaban colas para pedir trabajo. Allí los capataces eran dueños del destino de cientos de aspirantes.
Los veteranos todavía cuentan la anécdota del younguense Juan Duarte, un peón que se pasó semanas yendo, sin suerte. –¿Usted, cómo se llama? –le preguntaba cada mañana un reclutador. –¡Duarte, señor! –contestaba seguro, el hombre que siempre quedaba afuera. Así fue, hasta que se dio cuenta que preferían a gente de apellido extraño: Sautov, Andonov, Popov.
Dejó pasar unos días. Una mañana se acercó, para pedir aunque sea una changa. –¿Usted, cómo se llama? –le preguntó un capataz. –¡Duartov, señor! –fue su rápida respuesta. El younguense Juan Duarte trabajó, como camarista de frío, más de treinta años.

Testigo
–En mi larga experiencia como gestora del patrimonio, jamás había visto un testimonio de la industria de la alimentación tan mantenido y con tanta jerarquía –confesó Gracia Dorel Ferré, directora del Sector Textiles y Industria de la Alimentación del TICCIH. La arqueóloga francesa, estuvo en setiembre de 2007, para apoyar la pretensión uruguaya de que el complejo Liebig–Anglo sea declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO.

Edgerton
Silencioso, conmovido, íntimo. Fue el gesto que dominó la última caminata por Fray Bentos, en una visita reciente, del catedrático de Historia de la Tecnología en el Colegio Imperial de Londres, fundador del Centro para la Historia de la Ciencia, Tecnología y la Medicina. No era solo pasión académica. El autor del libro The shock of the old –una obra revolucionaria, traducida al español como Innovación y Tradición: Historia de la tecnología moderna– conoce como pocos este patrimonio. David Edgerton es uno de los historiadores ingleses más referidos de la actualidad. Nacido el 16 de abril de 1959, en el Hospital Británico de Montevideo.
El eminente investigador dijo de la company town del Anglo: «Es un lugar maravilloso, que ilustra no solo la historia universal de la industria moderna, mezcla siempre de lo que parece ser nuevo y antiguo, sino también esa especial combinación entre lo inglés y lo uruguayo que yo también siento». Su padre fue director técnico de una empresa de papeles y películas fotográficas, en las décadas de 1950 y 1960.

Destaques
En 1868 los ingenieros del saladero Liebig diseñaron y construyeron la primera bomba hidráulica de compresión instalada en el país.

En 1869 se iniciaron los estudios para producir extracto de café, antecedente del café instantáneo. La tarea fue supervisada por Liebig en Munich y continuada por uno de sus alumnos: Henri Nestlé.

Entre fines de 1869 y principios de 1870, se realizaron los primeros experimentos para fabricar leche condensada y huevos disecados. Al mismo tiempo era lanzado un proyecto de elaboración de albúmina de sangre.

Para cooperar con el ejército alemán, en Fray Bentos se intentó fabricar nitroglicerina como subproducto especial de la gordura de carne. Fue un plan secreto que no se concretó por falta de resultados.

En 1872 el médico y químico C. Kemmerich estudió las cualidades y usos sanitarios de la yerba mate. Poco después remitió las muestras para que colegas alemanes estudiasen los «efectos psicológicos» de la infusión.

El primer barco con sistema de frío del mundo, Le Frigorifique, realizó su viaje inicial con productos de la Liebig, en marzo de 1873.

El fogón de la estancia La Pileta nunca se apagó, en más de un siglo. Hasta allí llegaban los troperos, arreando miles y miles de vacunos procedentes de las haciendas de la compañía.

El nombre de Fray Bentos fue de los primeros en llegar a la luna. El imaginativo Julio Verne, cuando describió la dieta de sus viajeros en la novela Autour de la lune, hizo que sus astronautas bebieran un sustancioso caldo hecho con extracto de carne.

Más de dos centenares de productos surgieron de la agroindustria uruguaya, cuando Fray Bentos gozaba de un prestigio incomparable, como Cocina del Mundo.

El acorazado nazi Admiral Graf Spee, hundido luego de la célebre batalla del Río de la Plata, llegó a estas tierras con una misión estratégica: interrumpir el abastecimiento de carne enlatada para las tropas aliadas en la Segunda Guerra Mundial.

La película Gallipolli, de 1981, dirigida por Peter Weir y protagonizada por Mel Gibson, muestra la estiba de corned beef de Fray Bentos en un puerto británico y una lata del producto que alimentó a los soldados australianos, neocelandeses y británicos.

Giebert
Fue un inmigrante alemán que arribó a tierras sudamericanas en busca de aplicar sus conocimientos y de conseguir fortuna. Primero pasó por Brasil, contratado para construir rutas y vías férreas, pero por cartas de compatriotas radicados en el Río de la Plata, comprendió que aquí estaba su oportunidad. Estuvo en Buenos Aires y en Montevideo, cuando buscaba un lugar para la explotación industrial del extracto de carne de Liebig. Lo intentó en el Paso Molino, por entonces zona rural, y estuvo a punto de promoverlo ante la Farmacia Real de Munich. Pero, sus coterráneos, los hermanos Hoffmann, lo llevaron a las Puntas de Fray Bentos, donde encontró excelente materia prima vacuna y ovina.
Georg Christian Giebert murió en marzo de 1874, once años después de fundar la mayor empresa agroindustrial de su tiempo. Un diario local, El Independiente, informaba: «Desde que estamos en este pueblo, no hemos presenciado un acto más solemne, ni una manifestación más popular. El sitio, las severas ceremonias del tipo protestante, los fúnebres acordes de la música, la triste armonía de los salmos cantados por unos cuantos caballeros alemanes, impresionaba profundamente el espíritu».
Dos médicos, P. Hartiny y C. Kemmerich, embalsamaron el cuerpo. El ataúd fue llevado por el vaporcito Metta, desde el puerto de Fray Bentos a la fragata Strassbourg, propiedad de la Liebig, que lo repatrió a su Hamburgo natal.

Liebig 
Nacido el 8 de mayo de 1803, en Darmstadt, el fundador de la Química Orgánica fue hijo de un modesto droguero y fabricante de colorantes y pinturas. Mientras estudiaba en el secundario, sin mayor brillo, trabajaba en una farmacia de Oppenheim. A los 16 años era un persistente lector de tratados de Química, al tiempo que realizaba experimentos autodidácticos, que le valieron el despido por un explosivo accidente. Lejos se rendirse, se inscribió en la Universidad de Bonn, donde conoció al gran maestro Kesterner, que vio sus condiciones y su vocación y lo llevó al Instituto de Erlangen. A los 19 años era el más joven doctor en Química de la historia alemana, admirado por sus compañeros, respetado por sus profesores y por el Gran Duque de Hesse, que le otorgó una beca en París. Su gran amigo, el viajero, geógrafo y científico Alejandro Humboldt, le presentó al eminente Gay Lussac, que lo contrató para su laboratorio pero no consiguió que permaneciese mucho tiempo.
De retorno obtuvo una plaza como profesor en la Universidad de Giessen, una pequeña institución, que a partir de su seriedad, respetabilidad y talento innovador pasó a ser un referente académico de la ciencia europea. Acompañado por sus alumnos –Hoffmann, Wiess, Fresenius, Playfair, Gregory, Johnston– dio a luz su método de análisis orgánico y su modelo de simplicidad, aún vigentes sin cambios. En 1842 publicó su Química Animal o la Química aplicada a la Fisiología y la Patología, en la que demuestra la relación bioquímica entre la conservación de la salud y los elementos que da la tierra para alimentar a los animales, y al hombre.
Desde entonces se dedicó a buscar una solución a la hambruna que devastaba a las ciudades, provocada por un incontrolable aumento poblacional y la pobreza –a causa de la explotación industrializadora–, y paradójicamente, por las guerras que mataban a millones pero dejaban a más sin posibilidades de sustento. En el laboratorio pudo demostrar que tanto la carne como la hierba contienen los mismos elementos nutritivos: carbón, oxígeno, nitrógeno e hidrógeno con sulfuro y fósforo. Así confirmó su hipótesis de que las albúminas vegetales juegan el mismo papel en la nutrición de animales carnívoros y herbívoros. Ese fue el tema de más de 300 monografías.
En 1850 obtuvo una cátedra en la famosa Universidad de Heidelberg, dos años después creó la Farmacia Real de Munich, y en 1854 fue nombrado barón por Luis II de Hesse Cassel.

Espejos, comidas y polvos 
Liebig fue un notable teórico, pero, con un espíritu práctico que le llevó a concebir soluciones a problemas concretos. He aquí algunos de sus descubrimientos:
–Espejo de plata. Fue una innovación del tradicional espejo de mercurio que causaba muerte por intoxicación a los obreros que lo fabricaban.
–Comida para bebés. Compuesto químico de base orgánica diseñado para sustituir a la leche materna.
–Infusión de carne. Sustancia reconstituyente para enfermos que no podían alimentarse.
–Polvo de hornear. Sustancia química de doble acción para mejorar la fabricación del pan. Un alumno suyo, Horsford, se hizo millonario tras venderle la fórmula a la Armada de los Estados Unidos.
–Aleación hierro-niquel. Metal resistente a la corrosión, predecesor del actual acero inoxidable.
-Superfosfato. La fórmula original del actual fertilizante fosfatado.
–Clorhidrato, Cloroformo y Pyrogalol. Tres componentes vegetales extraídos y sintetizados por Liebig. El clorhidrato es un soporífero, el cloroformo un anestésico y el pyrogalol un agente revelador en fotografía.

Extracto de carne
Para llegar al concentrado alimenticio más consumido en la historia de la humanidad, Liebig introdujo carne picada en una batea rodeada hasta la mitad por una camisa de vapor. La relación era de 1.800 kilos de carne por 1.800 litros de agua. En otras bateas reproducía la acción de los caldos resultantes que cada vez eran más espesos y con más concentrados de creatinina, el elemento que contiene el sabor, la nutrición y estimulación de las funciones gástricas de la carne. Mediante filtros-prensa era depurado al vacío y desgrasado, hasta pasar a una etapa final que le otorgaba 18% de humedad para su consistencia y apariencia previo al envasado.
En principio la Farmacia Real ofrecía el producto como medicina reconstituyente para enfermos, convalecientes y desnutridos, pero pronto se dieron cuenta que era un alimento que podía ser industrializado.
En su libro Cartas familiares de un Químico avisoró la explotación del extracto de carne y mencionó que América del Sur, México o Australia, podían ser los mejores sitios para conseguir la materia prima. Ese texto animó al ingeniero Giebert, que le propuso una factoría en Fray Bentos.
Justus von Liebig falleció el 18 de abril de 1873.