martes, 8 de marzo de 2011

¡Caramba, Jébele!


Una entrevista con la actriz y locutora (1918-2008) intérprete de un personaje radiofónico que describió más de medio siglo de historias del Río de la Plata.

Jébele Sand (tercera sentada desde la
derecha) al lado de Pablo Neruda,
cuando era su secretaria. 
Los Guindos, Santiago de Chile, 1947.
(Archivo Jébele Sand)


Tuve dos parejas y muchos romances. También conviví con Enrique Rodríguez, pero no fuimos pareja”, afirmaba la feminista precoz, por influencia de su amiga Silvia Mainero, y por admiración a Blanca Luz Brum, a quien vio sólo una vez. Fue militante comunista desde su primera juventud y ferviente frenteamplista. En sus últimos años admiró a Danilo Astori, tanto, que deseaba vivir para “verlo con la banda presidencial”. Jébele Sand fue una fina humorista de la vida cotidiana: secretaria de Pablo Neruda, a quien nunca apreció, colaboradora del poeta Raúl González Tuñón, su “hermano del alma”. Fue compañera de glorias del teatro rioplatense: Paulina Singerman, Blanca Podestá, Miguel Bebán. Trabajó con Alfredo Zitarrosa, al que quiso como un hijo noble y rebelde. Su personaje Marieta Caramba, creado por el genial Peloduro, su gran amigo de la juventud, hizo historia desde la radio Ariel de Luis Batlle Berres –luego pasó por Carve y El Espectador– hasta una intensa participación diaria en la memorable CX 30 La Radio, en épocas de dictadura. “Yo no soy vieja, tengo juventud acumulada”, solía decir con una sonrisa, quien jamás dejo de seducir, en sus 90 años de vida.

Realizada con mi amigo, el periodista y escritor Guillermo Pellegrino, pocos meses antes de la muerte de la actriz, el 15 de noviembre de 2008.

¿Cómo recuerdas tu infancia?
Mi padre, que se llamaba Benjamín, fue el menor de su familia, vendió pieles en Bahía Blanca, un oficio que tenía mucho que ver con su origen ucraniano. Era un judío muy especial, nada religioso, de pensamiento muy abierto, mucho más que mi madre; y muy malo para los negocios. En Bahía Blanca había recibido apoyo de gente de su pueblo, parientes y otras familias amigas pero su situación económica era casi tan mala como en Ucrania; claro que sin guerra. Entonces decidió irse para Buenos Aires, donde había más paisanos y un Instituto del Pueblo que colaboraba con la diáspora. Lo intentó con las pieles, le fue mal otra vez. Probó suerte en otros trabajos, pero no se adaptó a una ciudad tan grande y tampoco le fue bien. Cuando unos amigos le propusieron viajar a Rocha no lo dudó. Yo tenía dos o tres años, así que fue por 1920. Bastante tiempo después, cuando ya estábamos en Montevideo, vinieron los padres de mi mamá; pero a mis abuelos paternos no los conocí.

¿Tal vez sentían que eso tenía poco que ver con ustedes? ¿Era un mundo ajeno?
No sé. Simplemente no les preguntábamos. Muchos de sus recuerdos de Europa quedaron como adormecidos; no era para menos, allá habían asesinado a muchos de sus hermanos y familiares. Hechos muy dolorosos, que mi madre después revivió cuando vinieron mis abuelos, a quienes mandó llamar. Hay una historia que conocí de más grande, que siempre me conmovió: una hermana de mi mamá que no pudo venir para América, murió en un campo de concentración polaco. A otra tía le pasó que el esposo murió en el barco que los llevaba a Palestina –adonde se iban a radicar– porque lo tiraron al mar. Fue así que al poco tiempo mi madre le propuso que viniese. Aquí, años después, se casó con un señor Stern, que era ebanista. Pero en mi familia no se hacía un culto de las historias judías. Recuerdo sí, las canciones que cantaba mi madre, y que volví a escuchar al tiempo, cuando ya radicados en Montevideo se integró a un grupo de teatro judío. Yo también trabajé allí. Recuerdo algunas comidas típicas de mi abuela, que tampoco eran judías. Ella me enseñó a cocinar borscht, una sopa rusa de remolacha; que me sale riquísima.

Tus abuelos llegaron sin hablar una palabra de español. ¡Habrá sido muy difícil!
Mi abuelo, ¡pobrecito!, no tuvo mucho tiempo de aprender; murió pronto. Mi abuela lo aprendió años después de estar aquí, pero hablaba mal. Cuando yo era mayorcita, ella leía novelas rusas en español, no sé, quizá para evocar su tierra, aunque tenía muy malos recuerdos de los rusos. Con ella leí por primera vez La guerra y la paz, de León Tolstoi. La leímos juntas porque yo recién empezaba a tomar contacto con la literatura y ella tenía sus dificultades de comprensión pero conocía mucho de lo escrito en ese gran libro. Eso sí, siempre había un Talmud en su mesa de luz. Tenía ejemplares en varias lenguas: yiddish, ruso, polaco, español. Pero nosotras no lo leíamos, a veces sí, nos sentábamos a escucharla leer.

Tu madre hizo teatro. ¿Tu vocación por las artes viene de ella?
El amor por el teatro, sin duda, viene de mi madre. A ella también le gustaba la ópera, la lectura, el cine. En la época de Rocha era solo lectura y disfrutar de la llegada de compañías teatrales. En Montevideo también íbamos al cine y al Solís, para ver todas las óperas que llegaban con grandes intérpretes internacionales. Ella me llevaba a ver las películas de estreno y también las funciones de barrio. Tengo muy presente al actor uruguayo Santiago Arrieta, en La muchachada de a bordo, Los muchachos de antes no usaban gomina, Una porteña optimista. Lo recuerdo porque fue famoso en Buenos Aires, algo con lo que yo siempre soñé, y porque lo conocí con ocho años cuando su compañía iba de gira por Rocha. Me pasaba el día en los ensayos de sus obras, observaba los entretelones, siempre acompañando a mi padre que era el escenógrafo porque le prestaba los muebles. Con el ejemplo de mi madre y lo que me divertía en aquellas funciones, no podía ser otra cosa que actriz. Solo quise ser actriz. Cuando vinimos a Montevideo fui a ver al director Manuel Domínguez Santamaría, fundador del Teatro del Pueblo, que me dio un papelito en una obra llamada Trópico. Fue él quien me aconsejó que estudiara teatro, porque tenía condiciones. Le hice caso y me fui a Buenos Aires. Me fui por el teatro y pero también por quien fue mi marido y el único amor de mi vida: Tino Jorge.

Siempre dijiste que tu amiga Silvia Mainero te enseñó muchas cosas del amor, del sexo. Hablanos más sobre eso.
La conocí cuando era una chiquilina de dieciséis años y ella tenía diez años más. Silvia fue mi gran amiga, la que me abrió la cabeza a nuevas ideas, a nuevas sensibilidades. Tuvimos unas aventuras divinas. Le debo mucho. Ella era feminista, creía sinceramente en la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Siempre me decía que la mujer debe disfrutar del sexo tan libremente como el hombre, porque el disfrute del sexo es una expresión del amor y de la libertad. Me contaba detalles de cómo había que hacerlo; me explicaba cómo se perdía la virginidad. Era de tener amores, y tuvo una vida interesante: conoció a Gardel, fue novia del poeta Raúl González Tuñón. ¡Pobrecita!, la metieron en un manicomio cuando volvió de Buenos Aires. Pero el que estaba loco era el padre, que dijo que debía estar allí por desnaturalizada y comunista peligrosa. Para salir tuvo que casarse con un compañero que le buscaron en el Partido. Después se divorció, claro, fue sólo para que saliera de la tutela del padre y sobre todo del manicomio. Silvia fue una intelectual, una pensadora, que escribía como los dioses. Ella me llevó al famoso Grupo Avanzar del Batllismo, de Julio César Grauert, donde también conocí a Luis Hierro Gambardella, que era un tipo estupendo. Grauert se enamoró de mí.

Pero, mucho mayor...
Muchísimo, porque lo conocí cuando yo estaba en primero de liceo. Fue en una huelga estudiantil; para que no perdiéramos el año íbamos al Centro Ariel de la avenida 18 de Julio. Nos daban clases estudiantes de las facultades, especialmente para los huelguistas. Grauert fue mi profesor ahí, y se me enamoró. Fue el primer hombre que me dio un beso, pero nunca lo amé. Me gustaba, me metejoneé, pero una cosa es enamorarse y otra es amar. Un día lo vi desde la ventana, cuando vivía en Colonia y Beisso, enfrente a una mutualista. Lo vi bajar de un auto, llevado por Fernández Faingold y otros más; casi arrastrado. Y me dije: pensar que yo a ese hombre lo vi joven, poderoso, espléndido. Grauert era una buena persona. Tengo mucho afecto por las personas cuya primera virtud es ser buena gente, y no ser inteligente, talentoso, o culto. Para mí, decir tal tipo es una buena persona es importantísimo. Eso me lo enseñó mi marido. Él siempre me decía: “cuando tengamos un hijo, lo fundamental es que sea buena persona.” Y la verdad es que yo creo mucho en eso.

¿Cómo era Raúl González Tuñón?
¡Uf! Tengo tantos recuerdos. Lo conocí porque era novio de mi íntima amiga Silvia Mainero, cuando estuvo exiliado aquí. Tiempo después, cuando me fui a Buenos Aires supe que era íntimo amigo de quien fue mi marido. Nuestra relación siempre fue de amistad, muy parecida a una película. Lo seguí frecuentando por varios años. Era encantador, sensible, bohemio y muy despistado. Además era macaneador: me acuerdo una vuelta que yo estaba enferma en Buenos Aires –cuando ya estaba en pareja con quien iba a ser mi marido- y me dijo: “Te mandé todos los días un ramo de rosas blancas, ¿no las recibiste?” ¡Nunca me había mandado nada!, era de decirte ese tipo de cosas. Cuando nos fuimos a Chile él se fue con nosotros, a buscar baños de sol, porque tenía tuberculosis. Primero vivió en nuestra casa y después se fue con Blanca Maxface; ahí empezó su entredicho con Neruda, porque ella había sido amante de Neruda y después lo fue sobre Raúl. Competían mucho entre ellos. Neruda escribió España en el corazón y Raúl por ese tiempo hizo La rosa blindada, ambas obras sobre el drama de la Guerra Civil Para mí era mejor González Tuñón. Raúl fue una parte muy grande de mi vida. Cuando mi hijo Alejandro era chiquito, vivíamos en el barrio Belgrano. Raúl se quedaba a dormir, porque vivía en Castelar con sus hermanas. Una zona bastante alejada de Buenos Aires. Nunca tenía un peso en el bolsillo. Lo único que llevaba encima era un cepillo una pasta y un jabón. Como no tenia donde dormir viajaba en los trenes, de La Plata a Buenos Aires. Un día le dije: “venite a dormir a casa”. Estuvo un tiempo viviendo con nosotros. Tino lo protegía, era su amigo del alma. Me acuerdo que vivíamos cerca de la estación Belgrano de ferrocarriles. Raúl venía a buscar a mi hijo chiquito para llevarlo a ver los trenes. Yo le decía que a upa no, porque caminaba. Pero lo llevaba y lo traía a upa, o en sus hombros; y lo bajaba poco antes de llegar a mi casa. Yo veía por la ventana, que en la esquina lo bajaba. ¿Y qué iba a hacer, enojarme? ¡Si era encantador!

Hace un rato decías que muchos de tu generación se educaron en la calle, que era otra calle distinta a la de hoy. ¿Cómo fueron los inicios de tu militancia política?
¡Ojo!, que cuando dije calle no quise decir boliche ni nada de eso. Quise decir: teatro, estudiantes en huelga. De muy joven me afilié a la Juventud Comunista, donde mi amiga Silvia Mainero trabajaba en las finanzas. Los comunistas creían que las mujeres teníamos una alcancía en la barriga, porque siempre nos ponían en finanzas, en vez de ponernos a trabajar en otras cosas. Eran muy sectarios, pero creo que eso es algo que en la izquierda no se da hoy en día. Yo en alguna ocasión la ayudé a Silvia en alguna tarea. Tengo una anécdota con ella, de cuando fuimos al hotel Cervantes a venderle rifas a Blanca Luz Brum, la mujer de David Alfaro Siqueiros. Recuerdo lo bonita que era Blanca, tenía un físico divino y se vestía muy elegante; además era una mujer brillante. Decían que era una aventurera, en el mal sentido de la palabra; que fue amor de Natalio Botana, el famoso director del diario Crítica, que era uruguayo. Botana tenía en su quinta un mural de Blanca, desnuda, pintado por Siqueiros. También se decía que tuvo amores con Perón, cosa que yo no creo. Cuando fuimos a venderle la rifa, ella se estaba probando una blusa de seda preciosa y yo, que era bastante metida para la edad, le dije: “Qué raro que una comunista como usted tenga esta ropa de seda tan cara, tan fina.” Ella, sin perder tiempo, me contestó: “Es que los comunistas luchamos para que todas las mujeres puedan acceder a estas blusas de seda, o para que puedan acceder a perfumes.” Con el tiempo me dije: ¡qué pregunta tonta la mía! Tenía 16 ó 17 años. Me hice comunista por seguir a mi hermana mayor. A ella le gustaba Héctor Agosti, aquel dirigente del Partido Comunista de la Argentina, que introdujo a Gramsci en América latina. Mi hermana salió con él cuando estuvo exiliado en Montevideo, pero no la dejaban ir sola. Así que yo la acompañaba. Ella salía con Agosti y yo con Arismendi, que era un aburrido. Cuando fui a Buenos Aires conocí a mi marido que también era comunista. Esa es otra historia preciosa de mi vida, porque me enamoré antes de conocerlo. Fue por un comunista venezolano, Ricardo Martínez, que también vino como exiliado y para organizar actos contra el nazismo. Yo era una chiquilina de 16 años, que siempre andaba al lado de Silvia; a ella el Partido le pidió que le consiguiera casa al venezolano, que lo ayudáramos, que lo acompañáramos. Ricardo vivía diciéndome que tenía un gran amigo en Buenos Aires, que se parecía mucho a mí, por los ojos grandes. Así comenzó mi historia con Tino Jorge, que era un comunista de los de antes, un poco sectario. Me acuerdo de las reuniones de la Juventud Comunista Argentina: se leía un documento, se hablaba, pero se resolvía lo que venía desde arriba. En ese momento se decía que la guerra mundial estaba bien, porque creaba un sentimiento anti guerrero. ¿Te das cuenta del disparate? Para mí fue una decepción; seguí siendo comunista pero dejé de militar. Siempre me gustó la posición de Neruda, a quien no quise, pero que no tenía a Marx en la biblioteca porque los poetas sacan el comunismo del aire. Me encanta esa frase. Y conocí a Enrique Rodríguez, que era un hombre muy sensible; pero poco más que valiera la pena recordar. Después me acerqué a Asamblea Uruguay, porque admiro a Danilo Astori. A quien le deseo que sea presidente, y que yo lo vea.

¿Qué pudiste ver en tu primer viaje a Buenos Aires?
Muy poco: calles, gente... mucha gente, pero me enamoré de Buenos Aires. Hasta hoy estoy enamorada de ella. Fue la ciudad en la que he sido más feliz. Viví allí casi veinte años. Después de esa primera vez, yo estaba loca por volver a Buenos Aires y estudiar teatro. Recuerdo más el segundo, a los 16 o 17 años. Fue cuando el venezolano me dijo que fuera a ver a su amigo Faustino Jorge, yo que soy imaginativa todavía a los 90, me enamoré sin conocerlo. Recuerdo que tenía una amiga que me dio donde vivir. Para ir a verlo por primera vez me hice un traje con una modista. Me habían dicho que Faustino era muy "pituco", un aristócrata comunista, una mezcla de las que por entonces no abundaba. Estaba casado. Me acuerdo que por primera vez me compré un sombrero holandés, muy fino, con un velito. Yo entonces era una "muchachita" tipo Marcha. Nos decían "sobaco ilustrado", todos con Marcha debajo del brazo, todo el día. Siempre estuve en ese ámbito intelectual de izquierda. Tino tenía el escritorio en la calle Tucumán y Florida, y allá fui a conocerlo con el trajecito. Cuando me miré en el espejo del ascensor, me vi el sombrero y me lo saqué, porque me sentí ridícula. Me hicieron pasar a una sala de espera. Me senté, hasta que me llamó una secretaria que me hizo pasar a la oficina del famoso Tino Jorge. Cuando lo vi, no supe qué decir. Me miró. Sacó una fotografía de un cajón y me dijo: “Usted es Jébele”. Se la había dado Ricardo, que le había hablado de mí. Le dije que quería conseguir un empleo, porque sin empleo en Buenos Aires no se podía vivir. Me miró a los ojos, y ahí me enamoré. Me dijo que me iba a ayudar, y me pidió unos días. Me volví a Montevideo locamente enamorada. Me escribió y me dijo que era muy difícil conseguir un empleo no estando en la ciudad. No sé cómo hice para convencer a mis padres, en especial a mi madre, porque mi padre era muy abierto. Y me fui a vivir a Buenos Aires con 17 años. Cuando lo fui a ver de nuevo, me dijo que no me conseguía empleo en otro lado, porque necesitaba una secretaria. Era nueve años mayor. Un hombre fascinante, el más culto que conocí en mi vida; y eso que conocí gente culta en el mundo. Abogado, periodista, editorialista del periódico del Partido Comunista, era hijo de Enrique Jorge un abogado que fue decano de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. Empecé a trabajar con él. Íbamos todas las tardes a tomar el té, me llevaba a la casa de mi amiga, y comenzó a besarme. Y una tarde me dijo: ¡Vamos a San Pedro! Una ciudad de la provincia de Buenos Aires. Y allá nos fuimos de luna de miel. Y de ahí para adelante. Se separó, dejó a la esposa por mí. Era muy mujeriego, pero de mi se enamoró. En ese tiempo no había divorcio en la Argentina. Nos casamos primero por México, y luego cuando hubo divorcio nos casamos legalmente.

Pocos años después viajaste a Chile.
Nos fuimos en 1945, porque Tino estaba en la lista de gente a encarcelar con cualquier pretexto, porque era defensor de presos políticos. Era muy amigo de Pablo Neruda, que lo invitó a exiliarse allí. Yo fui secretaria de Neruda, pero tuve que dejarlo porque era un tipo muy arbitrario, un gran poeta, pero muy agresivo con las mujeres: las seducía por las buenas o por las malas. Era muy amigo de sus amigos, pero muy machista, yo no lo quería. Me mandaba el auto a las dos de la mañana para que le pasara a máquina un escrito político cuando estaba en el Senado o un poema, que escribía con tinta verde, no sé si para hacerse ver o por que le gustaba. Era muy vanidoso. Un gran poeta, pero no se destacó mucho como político, pero claro era Neruda. La gente lo tocaba por la calle. Toda persona importante iba a su casa. Allí había toda clase de intelectuales; recuerdo los sábados de noche. Era comunista, pero no sabía nada de comunismo, aunque se sentía comunista. Tenía una biblioteca fabulosa. Un día un exiliado comunista argentino la miró admirado, pero le dijo. “Don Pablo, acá no veo ningún libro marxista. Y él respondió muy convencido: “Es que nosotros los poeta extraemos el marxismo del aire.” Tenía libros de viajes, novelas, cultura, pero poco y nada de política. Era un tipo muy especial, muy interesante, pero no nos llevamos bien. Fue muy generoso con nosotros, pero no podía con el genio, era muy mujeriego. Pero conmigo no tuvo suerte. En la casa había una mesa larga y angosta, siempre llena de gente que invitaba a comer. En un almuerzo se me sentó a su lado y me puso la mano sobre la pierna. Le agarré la mano y se la puse sobre la mesa para que todo el mundo se diera cuenta de que no quería nada con él. Un día llegó Rafael Alberti, desde Buenos Aires. Me llama y me presenta como la única argentina arisca que había conocido. Es cierto, yo soy argentina, estaba casada con un argentino y estaba allí exiliada desde Buenos Aires. Pero yo me sentía uruguaya; soy más uruguaya que otra cosa. Me acuerdo que me quedé callada, pero lo miré como para mandarlo a la mierda. Alberti se río con mucha discreción. Alberti era encantador, un caballero. Era muy dulce, así como es Benedetti. Lo conocía de Buenos Aires, con su esposa María Teresa León, que era otro amor de persona. Ese es un lindo caso del hombre que supo darle su lugar a la mujer. Era una pareja de iguales. Ella era muy buena escritora y una intelectual brillante, de palabras profundas, de mucha clase. Era una dama. Alberti vivió casi hasta los cien años y después que Teresa cayó con Alzheimer, él se casó con una jovencita. ¡Algo de hombre tenía que tener! Alberti siempre me decía que la policía franquista se equivocó al asesinar a García Lorca, porque al que iban a ejecutar por comunista era a él.

Sorprende el mal recuerdo que tienes de Neruda.
Era muy especial. Primero se casó con una chilena, Maruca Hagenaar, luego con la pintora argentina Delia del Carril, a la que le llamaba Mi Hormiguita. Ella tenía 50 y él 30, pero era tan linda y tan atractiva, que la edad no se notaba. Al contrario en algunas fotos ella aparecía tan simpática y él tan amargado. Estuvieron casados veinte años. Conocí mucho a Delia en ese exilio, aprendí a quererla y a respetarla, porque era encantadora. Primero fue mi marido a Chile, después yo, vendiendo la casa de Buenos Aires y las cosas. Me acuerdo que llegué a la estación de trenes de Santiago y allá estaba mi marido, Neruda y una legión de amigos. Neruda nunca andaba solo, siempre con un montón de amigos atrás. Llegue justo el día del cumpleaños de Delia, y de la estación fui a la casa porque había una fiesta. Yo era jovencita, mi hijo no era ni nacido y tiene 58 años. En esa fiesta se cayó un jarrón. La que le manejaba la casa era la hermana, porque Neruda vivía en la luna. Invitaba a gente a almorzar, se olvidaba y aparecía a las tres de la tarde, hacia esas cosas. Se cayó el florero, se desparramó el agua y Neruda me dice con aquella vocecita nasal: “Jébele anda a buscar un trapo para limpiar el piso." Lo miré fijo y le respondí: “¿por qué no manda a su mujer o a su hermana?" Así empezó mi relación con Neruda.

¿Estuviste en Isla Negra?
Allí me pasé una semana, sola, luego de operarme de un fibroma. Cuando yo estuve era más pobre, como en la película El Cartero. Conocí a la almacenera, la madre del cartero, que me hacía la comidas. Me pasé sola de lunes a viernes. Sólo me visitaba una mujer india que iba a vender bolsas y ponchos. Sucia, ¡pobrecita! Siempre andaba con unos perros. Le di ropa, le di comida. No quería entra a la casa, porque así son en el sur chileno. Dormía en el zaguán, porque tampoco quise que durmiera a la intemperie. La mandé bañarse al mar, le di ropa, comía conmigo. Se quedó hasta el viernes, cuando la despedí porque venía la gente. Y ella me respondió una frase que jamás olvidé: “Yo siempre tengo un viernes en mi vida.” Estuve cuatro años en Chile, pero solo uno fui secretaria de Neruda, porque no lo bancaba; después íbamos siempre a verlo. Neruda vivía en Los Guindos, un lugar como Carrasco, ¡no, mejor que Carrasco! Allí se armó un teatro de piedra, yo estrené una traducción del francés, que hizo mi marido de La prostituta respetuosa (en realidad es La puta respetuosa) de Sartre. La hice a beneficio del Partido Comunista, en un escenario sin telón, en un jardín enorme de la avenida Linch Nº 124. En 1947 lo hice también en el Teatro Municipal, pero la iglesia protestó y nos echaron, después alquilamos el Teatro Luz que era comercial. Iba mucha gente, se llenaba. En Santiago trabajé en radio, en teatro. Hice radioteatros y adaptaciones de autores modernos, con un elenco del Teatro de la Universidad de Chile. También hacía un personaje muy divertido, que no era Marieta Caramba, pero que se parecía. Se llamaba Madame Serafín, una vieja francesa que adivinada la suerte, los horóscopos. Hablaba todo así, con la “erre” arrastrada. En 1949 volvimos a Buenos Aires, aunque todavía estaba Perón, pero había aflojado la persecución de militantes de izquierda. Ese año nació mi hijo. El periodista e historiador Rodolfo José Puigross, íntimo amigo de mi marido, cuando nació nuestro Alejandro, que era natural, lo hizo aparecer como legal. No sé como hizo. En Buenos Aires, primero no hice, nada. Mejor dicho, fui madre y ama de casa, con aquella idea tan injusta de que la mujer que trabaja en su casa no hace nada. Luego trabajé en la radio Belgrano, que era divina. Trabajé con la familia Serrador, con Esteban y Pepita Serrador, con Narciso Ibáñez Serrador, el hijo de ella que después se fue a España, con Narciso Ibáñez Menta, con Alberto Closas. Cuando vino la televisión se apagó el radioteatro, pero como es tan mala la tela, el radioteatro ahora vuelve a revivir. Me acuerdo con mucho cariño, la llegada a China Zorrilla a Buenos Aires. La quiero mucho, somos muy amigas. Don José Luis, el padre de China, escuchaba Marieta Caramba. Un día me mandó una cartita para invitarme a almorzar. Así conocí a la madre de China, otro amor de persona. En la casa de los Zorrilla, en la rambla, se juntaba la gente en la puerta y China bajaba a darles comida. Fue antes de irse a Buenos Aires, cuando trabajaba en la Comedia Nacional. Hay una frase famosa de la madre de China, cuando se estaba muriendo: “¡Qué suerte, me estoy muriendo, me voy a sacar la curiosidad!”

¿Cómo pasaste en la Argentina de peronista? ¿Marieta habló de Perón?
Mucho más de Eva que de Perón. Ella es la que se merece quedar en la historia. Tengo un libro precioso de una querida amiga Alicia Dujovne de Ortiz, corresponsal de La Nación en París: Eva Perón, la biografía. Me lo leí todo, con una lupa electrónica. No hay palabras para contar lo que era Evita. ¡Era preciosa! Todos se enamoraban de ella, claro, menos Perón. Estoy de acuerdo con el libro cuando dice que Evita quiso más a Perón, que Perón a Evita. Pero más valía tenerla de amiga que de enemiga. Cuando yo trabajaba en el teatro independiente, cuando volví de Chile, acompañé a una delegación de actores que se entrevistó con ella. Atendía en el Concejo Deliberante; me acuerdo que la esperamos doce o quince horas, pero no porque se hiciera rogar. Trabajaba todo el día. Antes de esa reunión pude ver, a través de una cortina, que al lado del escritorio había una camita, un bañito. Allí se quedaba para abrir la oficina a las siete de la mañana. Tenía leucemia, pero se mató trabajando. El reloj de Retiro se paró durante años a las 8.25, a la hora que murió Eva, un 26 de julio de 1952. Hay una parte muy divertida de mi vida, que es mi etapa en Bolivia. Me fui para allá en un tiempo que no encontraba trabajo en Montevideo. Fui fundadora del radioteatro boliviano en radio Illimani. Había buenos actores, pero todos estaban muy en pañales. Casi me quedo en Bolivia, cuando estaba de presidente Hernán Siles Suazo, que era un hombre bueno. Pero vino el golpe de Estado y con los militares en el poder se terminó todo proyecto de cultura.

Peloduro fue el creador de Marieta Caramba. ¿Cómo surgió ese personaje tan tuyo?
Cuando volví de Buenos Aires, tras haber pasado varios años con Tino, fui a buscar trabajo a las radios. Entonces lo que hice fue ir a ver a Peloduro y le dije: ¿Pelo, por qué no me hacés un personaje para ver si lo puedo vender? Todavía no era común que se hiciesen unipersonales, creo que aquí fui de las primeras en radio, porque también lo hice en teatro. A Peloduro lo conocía de jovencita. Cuando iba al IAVA pasaba por una casa con un balcón semiabierto, debería ser verano. Adentro había cuatro o cinco "muchachones" estudiando. Yo pasaba y me saludaban: ¡Adiós! Y yo respondía: ¡Adiós! Años después, en un baile a beneficio del bando republicano de la Guerra Civil Española, se me acerca un muchacho y me recuerda como la chica que miraban por el balcón. “¡Tú eras la muchacha que me decía Adiós!”, me dijo. Peloduro era blanco independiente, muy amigo de Quijano, que era un buen mozo de aquellos, una inteligencia excepcional, pero también un tipo muy especial. Era muy amigo mío. Cuando venía de Buenos Aires iba a visitarlo a la casa, cuando estaba casado con Alba Turcatti. Fuimos tan amigos, que cuando murió una mano la tenía su esposa, Marta Burgos, y la otra yo.

¿Quién es Marieta Caramba?
Una mujer de pueblo concientizada por el marido que le decía Calandraca, y por los hijos que le hicieron conocer un nuevo mundo con ideas de izquierda. Lamento haber sido tan desordena, porque ni siquiera guardé los libretos de Peloduro, que eran divinos.

Pero, están grabados...
No sé. Los puede tener El Espectador o radio Ariel, la de Luis Batlle, aunque no creo que quede algo. Me acuerdo que estaba haciendo las primeras Marietas en Ariel, y Luis Batlle tenía el escritorio arriba, en la misma calle Olimar donde todavía está la radio. Salía al mediodía. La muy audaz se metía con Luis Batlle, con Haedo, siempre con libretos de Peloduro. Luis Batlle que era muy amigo de Peloduro, cuando lo criticaba mucho bajaba y me decía: “¡Marieeeeta!” y se reía. Lo hice sesenta años. Fue de los primeros unipersonales de ese tipo que hubo en la radio. Pasaba del radioteatro al unipersonal. Era yo sola que hablaba por teléfono con amigas imaginarias. Una señora que al principio fue joven y que después fue creciendo. Cuando murió Peloduro, en 1965, seguí haciendo yo los libretos, hasta hace 15 años. Al final no libretaba, leía los diarios e improvisaba. Yo hice otras cosas: La melodía de los recuerdos, que llevaba a actores. Lo hice en Carve y en El Espectador con Zitarrosa. También tuve un espacio que se llamó: Yo viajo en ómnibus ¿y usted? Hice de todo, pero la gente se acuerda de Marieta Caramba. Creo que fue por la 30, porque durante la dictadura era la radio más escuchada del país y porque fue el personaje que hice por más tiempo. Me acuerdo que en un programa hablando con una amiga inventada, que tenía un hijo preso político. La animaba diciéndole que pronto iban a comer ravioles todos juntos. Entonces llama un comisario de la dictadura, de aquellos que censuraban a las radios y a la parte artística, y le dice a Germán Araujo: “Dígale a esa señora que se deje de decir esas cosas, que le vamos a cortar el moño.”

¿Usabas moño?
No, nunca, pero imaginate la metáfora.

Miguel Bebán, Paulina Singerman
"Nunca estudié teatro. Me fui a Buenos Aires para formarme, pero comencé a trabajar enseguida en el teatro independiente. Estuve en el Centro de Arte Moderno, en la calle Florida al final, cerca de la Plaza San Martín. También hice teatro comercial con Miguel Bebán, el padre de Rodolfo: el tipo más buen mozo que vi en mi vida. Me acuerdo que fui a verlo con Paula Sofovich, una amiga de mi marido, porque necesitaba una actriz para Judith, la obra del alemán Friedrich Hebbelen. Cuando vi venir caminando, le dije a Paula: "con este pedazo de tipo me voy a acostar." Lo decidí yo. Miguel Bebán era muy buen actor, pero también muy vanidoso. Tuve un pequeño romance con él, pequeño en su duración, pero muy apasionado. Son esos gustos que me di en la vida, tener a un hombre que deseaban todas las argentinas. Hicimos Judith en el teatro Politeama de la calle Corrientes. Al principio, como nos entendíamos me dio el papel de Judith, que era precioso. Pero apareció Inda Ledesma, que era una excelente actriz, y muy buena persona, que estaba casada con un empresario muy rico que financió la obra. Me sacaron el Judith y se lo dieron a ella, pero yo no me enojé. Me dieron el papel de Mirtha, la doncella de Judith y lo disfruté mucho. Además tuve unas críticas preciosas. También trabajé con Paulina Singerman; fue mi debut en el teatro comercial de Buenos Aires, que era la meca. Por entonces me llevaba el mundo por delante. Me hice muy amiga de gran actriz, Juana Sujo, que en realidad se llamaba Sujovolski, que fundó la Comedia Nacional de Caracas, y allá murió. Con Paulina hice un papelitos muy chicos. Trabajé en dos obras. Una basada en una película de Verónica Lake, aquella actriz rubia, que tenía un pelo lacio que le caía sobre un ojo. Era una adaptación de una película muy exitosa: Me casé con un ángel. Trata de un ángel que baja del cielo, que hace una fiesta, y en la fiesta se enamora. Para el estreno me hice un vestido negro, ancho, con manga larga, con una franca blanca, de vampiresa. Quedaba distinta a todas, que estaban de vestidos blancos de lentejuelas. Era la más linda del grupo. Paulina me vio, se enojó y me obligó a cambiar el vestido. Paulina era muy buena fuera del escenario, muy simpática, pero actuando era muy dominante."

Cine
"Hice un papelito muy chiquito en una película basada en Juvenilia, de Miguel Cané. No sé con quién aparezco en un balcón. Fue realizada en 1945, por un director que tuvo su cuarto de hora, Augusto César Vatteone. Era una película de las que se llamaban estudiantinas, protagonizada por Delia Garcés y Enrique Álvarez Diosdado. Lo más interesante hoy es recordar a algunos actores de reparto, que fueron muy buenos compañeros: Marcos Zucker, un muy joven Juan Carlos Altavista, Gogó Andreu."

Blanca Podestá
"Con ella tuve mi primer papel, con ella, me sentí realmente actriz por primera vez. Fue en una obra protestante que después la iglesia católica prohibió, en la que aparece Jesús con su familia: José, María y sus hermanos. Yo hacía de una de las hermanas de Jesús. Blanca Podestá es una leyenda del teatro argentino y latinoamericano, algo que tiene muy bien ganado; pero vivía equivocándose. Con ella hice Madame Curie, sobre un libro de la hija, Eva Curie. Blanca, por supuesto, era la protagonista. En una escena venía caminando con un ramo de flores, luego que estalló la guerra, y las alumnas le decían: ‘Señora, señora, ha llegado la guerra.’ Y ella debía responder: ‘Sí, ha llegado una inundación de sangre y dolor al mundo’. Pero Blanca, que era una divina persona, de mucho carácter, no podía decir la palabra inundación. Entonces decía: ‘Sí, ha llegado una dación de sangre y dolor al mundo’. Las alumnas teníamos que hacer muecas para no reírnos, porque Blanca se equivocaba en casi todas las palabras. Es que los Podestá venían del circo. Ella hablaba mal: no podía decir estatua, decía 'estuatua'. Pero nadie le quita que fue pionera y una excelente actriz, muy dotada naturalmente. Y muy buena persona. La conocí siendo yo una chiquilina."

Zitarrosa
"Lo conocí desde chico, cuando era locutor de El Espectador. Para Alfredo yo era el reposo del guerrero: me contaba sus amores, sus dolores, sus sueños. Nunca hubo atracción entre nosotros, siempre fuimos amigos. Era bastante menor que yo. ¡Ay, los cuentos de Zitarrosa! Cuando la radio estaba en 18 de Julio, me acuerdo lo que decía Héctor Amengual, el famoso informativista del Reporter Esso: 'este muchacho siempre llega tarde'. Alfredo tenía un ángel especial y aquella voz divina; se le perdonaba todo. Nunca lo vi reírse, nunca. Tuvo una infancia muy triste, conoció a la madre en un tren, se la quiso cargar y supo que era la madre. Siempre andaba desprolijo, en tiempos en que la radio se hacía de saco y corbata; no como ahora que van de cualquier manera. Un día Amengual le dijo que no podía andar así. Entonces, al otro día se fue de camisa, corbata y calzoncillo. No era un chiste, ni se reía. Yo me asusté, porque pensé que lo echaban, pero no, era tan auténtico y tenía tanta personalidad, que le perdonaban cosas que a otros no le hubiesen perdonado. Pasaba a buscar a mi hijo para llevarlo al fútbol. Era muy amigo, muy generoso, pero también era depresivo y tenía un carácter imbancable. No cantaba en la radio, pero iba a mi casa a cantar. Siempre decía que no cantaba bien. Pero era una maravilla. No sabía música, no escribía música, pero, era puro talento. Tenía un grupo divino de guitarristas. Después se fue a la Argentina, a España a México. En todos lados fue admirado."

Enrique
"Tuve dos parejas y muchos romances (según el investigador argentino Franco Lindner, uno de ellos fue el escritor John William Cooke, influyente intelectual de la izquierda peronista). También conviví con Enrique Rodríguez, pero no fuimos pareja. Compartimos un apartamento, cada uno en su cuarto, con una empleada que nos atendía. Lo conocí mucho. Todos creían que era mi marido, pero no lo era. Enrique fue un hombre bueno, buenísimo. Creo que estaba enamorado de mí, pero yo no de él. Era mucho mayor, y yo ya era grande. Lo conocí en CX 30, pero él decía que me había conocido en la juventud comunista, cuando yo tenía quince años, pero no lo recordaba."

La soledad
"Yo tengo una gran decepción con la amistad, porque siempre creí que era más que el amor, porque el amor trae el desamor. Pero, desde que tengo que vivir en estas casas, porque no puedo vivir sola y tampoco puedo tener cuatro empelados, fui abandonada por las amigas que se pasaban en mi casa, tomando café, whisky, refresco. Una amiga iba a tomar mate a las 7, porque estaba sola, pero ahora nadie viene a verme a la casa de salud."
Jébele Sand murió en una residencia de ancianos del Buceo norte.

Neruda y Tuñón
"Neruda era Neruda, pero González Tuñón fue lo máximo. Ellos competían mucho. Por las mujeres, por la literatura. Para mí La rosa blindada, de Raúl, es mucho mejor que España en el corazón, de Neruda. Los dos tienen la misma temática, España, pero uno es más profundo y poderoso que el otro."

Blues de las Adolescentes
"A la hora en que yacen entornadas las ventanas de los chalets
a la hora blanca
a la hora dorada
a la dulce hora en que parten los veleros hacia las islas,
las adolescentes salen del agua clara
las adolescentes se tiran en la arena
las adolescentes tienen la voz húmeda
las adolescentes escuchan el cálido blues de los mediodías
las adolescentes maduran sus senos
mientras las flores llenan todo de un rural aroma
mientras las cigarras, ah, las cigarras cantan en lo alto de las palmeras
Jébele tiene quince años y ha ido a la playa
ha ido a una reunión de estudiantes
ha subido conmigo a un ómnibus
ha estado ojeando libros y estampas
ha brotado de pronto del día su hermoso cuerpo de islas y de trópicos.
Hace tiempo, no mucho, que yo no sé nada de ella.
Pero no puedo ver aire y plantas y agua y sol
ni oír blues o graciosos vientos que mueven las veletas sin acordarme de Jébele.
Su nombre bíblico me habla de frescos hules sobre las pequeñas mesas
de grava perfumada en las plazas abiertas cerca de los ríos,
a la hora en que vienen del fondo de los mediodías
las voces misteriosas de la tierra.
y ya es imposible no desear la adolescencia,
su gloria liviana y áspera,
su ácido olor a fruta mojada.
Jébele tiene quince años y ha venido a la playa.
Yo veo cómo la acarician los elementos
y estoy lleno de tierra y agua y fuego
y pienso en algún mapa que he visto, en donde ni mencionan
el nombre de las islas perdidas.
A la hora en que esas islas salen a la superficie
Jébele las recorre como una joven pantera,
está alerta y respira con todo su cuerpo
y ha ido a una reunión de estudiantes
y ha viajado en ómnibus conmigo
mientras desde el fondo de los mediodías
subía un rumor lejano de ocultos archipiélagos."
Poema de Raúl González Tuñón, del libro Todos bailan, Editorial Libros de Tierra Firme (Buenos Aires, 1987).

3 comentarios:

el replicante dislèxico dijo...

Qué buena nota!
Genial!, divertidísima y super informativa , gracias!.

Alfa Segovia de Stanley dijo...

Una nota muy informativa. Me gustará seguir leyendo estas crónicas migrantes. Ojalá que se continúen con recuerdos similares

alicia brasesco dijo...

Era hermoso escuchar a Marieta,lastima no se haya digitalizado ,me encantaria volver a oirla gracias