lunes, 3 de agosto de 2009

Enriqueta, el barco de la memoria


Crónica de un olvidado tesoro rioplatense que aún aguarda un destino patrimonial

Un barco que resistió
al tiempo pero que no
resistirá a la indiferencia. 
(Diana Pereira)
Un histórico remolcador fluvial, último superviviente de la astillería nacional del siglo XIX tiene todos los atributos para ser la primera plaza marítima de América Latina, museo flotante, crucero cultural y turístico por la bahía de Montevideo. Una idea fantástica. Tan fantástica, que todavía es una quimera que ilusiona a expertos hombres de mar, académicos, funcionarios portuarios y vecinos de la Ciudad Vieja. El Enriqueta fue rescatado de la muerte por  el mecánico naval Manuel Medina y su equipo, luego del temporal del 23 de agosto de 2005. A punto de cumplir 120 años apenas flota vulnerable, casi agonizante, trincado de proa a un muelle perdido.

Fotos de Diana Pereira y del Archivo Julio Chocca. 

El arqueólogo Antonio Lezama no lo podía creer. El buzo experimentado, director del Programa de Arqueología Subacuática de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, lo vio por primera vez a mediados del mes pasado. Cuando puso pie en la cubierta, luego de cruzar un puente armado a las apuradas, con cuerdas y maderas, se fijó en su popa en espejo, del tipo cola de pato, similar a la de las carabelas de Colón. “Un ejemplo de trabajo artesanal, de conocimiento histórico, pero también del saber técnico: la popa en espejo le da flexibilidad a la navegación, facilita la maniobra y el timoneo”, explica Lezama.
La botadura del Enriqueta en 1894. 
(Archivo Julio Chocca)
El Enriqueta fue armado en 1894, en el astillero de la naviera Lussich, por entonces ubicado en el extremo este de la bahía de Montevideo, donde hoy está la escollera Sarandí, frente al Hotel Nacional. Fue diseñado como un típico carguero de su época, por pedido de la barraca Mann George Depts, dedicada al comercio de carbón. Construido con curupay y lapacho, madera dura traída desde Paraguay, su primer motor fue una máquina a vapor de dos cilindros, sustituido pocos años después por un diesel Deutz, de 600 caballos de fuerza, luego cambiado por uno de 800 caballos.
Su doble casco interno permanece intacto a pesar de 115 años repletos de inclemencias. Su interior atesora vestigios de todas las tecnologías de impulsión, protegido por cuadernas trabadas en cobre, bronce y hierro galvanizado. Su estructura está sostenida por una viga transversal que se cruza con una columna que se sumerge 20 centímetros en el agua, para entregarle una solidez invulnerable. Una recorrida por sus 22 metros de eslora y sus seis metros de manga, permite imaginar a tripulantes remolcando un buque o rescatando a náufragos que en su desgracia perciben una muerte inminente. Pero también fue un improvisado navío militar.
Un tesoro patrimonial que reposa en un
muelle abandonado del puerto de Montevideo.
 

(Diana Pereira)
El 4 de diciembre de 1896, en la primera revolución liderada Aparicio Saravia, cuando era casi inexistente una armada oficial, el presidente Juan Idiarte Borda despachó una flota improvisada con tres buques civiles artillados con un pequeño cañón en proa. Las fuerzas gubernamentales consiguieron dispersar a los insurgentes con apoyo fluvial del Fulton, el República y el Enriqueta. 

Cuatro meses después, un nuevo intento rebelde, liderado por el coronel Diego Lamas, desembarcó en las costas de Colonia, en un ataque desde territorio argentino, coordinado con otro contingente blanco al mando de José Núñez, que ingresó por Conchillas. No tardó la respuesta del teniente coronel marinero Jorge Bayley, coordinador de la militarización del carguero de cabotaje Tabaré, del mercante República y también del Enriqueta comandado por el capitán Ricardo Couces Rodríguez. Los revolucionarios fueron derrotados, pero, poco después era asesinado Idiarte Borda. Su sustituto, Juan Lindolfo Cuestas, fue firmante de la paz con el Partido Nacional, en el llamado Pacto de la Cruz, el 18 de setiembre de 1897.

Navegando el Río de la Plata
en la década de 1960.

(Archivo Julio Chocca) 
Héroes y sabios
El Enriqueta es tres lustros más viejo que el moderno puerto montevideano, inaugurado el 25 de agosto de 1909. “Era un barco muy marinero. Recorrió el Río de la Plata hasta la Argentina y el Atlántico hasta Río Grande do Sul. Transportó barcazas, fue reparador de cables en la ruta a Buenos Aires y también llevaba pasajeros desde y hacia los transatlánticos”, evoca Julio Chocca, redactor de un informe para el Grupo Interinstitucional de Fomento la Cultura Marítima y Portuaria. 
A mediados del siglo pasado fue adquirido por la empresa Reyla que le asignó su función definitiva de remolque y asistencia de buques que llegaban a Montevideo. La valentía y pericia de su tripulación en la tragedia del Royston Grange, forma parte de la mejor historia portuaria. El 11 de mayo de 1972, a las 5.20 de la mañana, el carguero inglés se transformaba en una gigantesca pira de metal y sangre, luego de chocar con el petrolero liberiano Tien Chi. El infausto saldo de 82 muertos no menoscaba una labor heroica de marinos y rescatistas uruguayos que enfrentaron el siniestro en el Canal del Indio. Al año siguiente condujo a la chata de carga Queguay, por los ríos Paraná y Uruguay, y en 1980 al Daymán II, en otro periplo que aún se recuerda como una hazaña fluvial.
El Enriqueta auxiliando al Royston Grange.
(Archivo Julio Chocca) 
Comandado por el capitán Héctor Lee, el 14 de julio de 1987 realizó otro épico salvamento en el terrible y luctuoso Banco Inglés, Luego de tres días de tironeo alcanzó liberar de la varadura al buque pesquero japonés Chidori Maru N° 38, de 80 metros de eslora. Las fotos de época describen la emoción de los 16 tripulantes rescatados.
Con la llegada de nuevos remolcadores a la empresa Reyla, en la década de 1990 fue desafectado del servicio activo, pero nunca dejó de navegar, aunque ya no competía con las nuevas tecnologías.

Bien de Interés Cultural
A pocos metros de su amarre, en un muelle escondido, ubicado a pocos metros de la rambla portuaria casi Colombia, reposan los restos de otro remolcador histórico: el Guarino, construido en 1913.
Un barco histórico con todas las letras.
(Diana Pereira)
Una mañana de julio estuvo allí el abogado Alberto Quintela, miembro de la Comisión del Patrimonio Cultural de la Nación, y el arqueólogo Alejo Cordero, técnico de la oficina gubernamental, para quien comparar fue inevitable. “Ver al Guarino es imaginar un futuro indeseable para el Enriqueta, que todavía es rescatable en su totalidad; pero estamos en una carrera contra el tiempo”, señala Cordero. Para Quintela la figura legal más recomendable es la de Bien de Interés Cultural. “Aunque no existe una norma que permita declararlo oficialmente como BIC, de todas formas merece una protección urgente”.

Desde entonces la Comisión del Patrimonio coordina una estrategia con el Programa de Arqueología Subacuática (PAS), la Intendencia de Montevideo y el Grupo Interinstitucional de Fomento la Cultura Marítima y Portuaria. Una acción multidisciplinaria sin antecedentes, que suma a marinos experimentados, académicos, funcionarios portuarios y vecinos de la Ciudad Vieja que se proponen transformar al Enriqueta en la primera plaza marítima de América Latina, museo flotante, crucero cultural y turístico por la bahía de Montevideo, entre el puerto, las islas costeras y el Cerro.
En 2009 fue declarado
Bien de Interés Cultural.

(Diana Pereira)
Un equipo del PAS inició una investigación arqueológica y antropológica, de organización de archivos y entrevistas a antiguos tripulantes. “Un relevamiento material e inmaterial del bien, que propone comprender su valor cultural dentro de un contexto histórico”, explica la arqueóloga Bianca Vienni.

El futuro del Enriqueta depende de un plan de gestión que permita recuperarlo, y que luego le aporte sustentabilidad, por ejemplo, por el turismo patrimonial”, afirma Antonio Lezama, entusiasmado con la aptitud de la emblemática embarcación.
Este caso nos pone frente a un tema crucial. Está bien que el puerto comercial crezca porque el país lo necesita, pero el puerto debe dialogar con su ciudad, porque es la matriz de la ciudad. Para que no se pierdan bienes como el Enriqueta, debiera abrir sus puertas a la gente, con un plan de difusión de la cultura marítima”, concluye Alberto Quintela.

El señor de la bahía fue utilizado como
espía por su majestad británica cuando
el Graf Spee estuvo en Montevideo.
(Archivo Julio Chocca) 
Espía
14 de diciembre de 1939. En aquella tarde, inolvidable, fue uno de los primeros en controlar los cabos del acorazado de bolsillo Graf Spee, que ingresaba maltrecho a Montevideo, luego de la célebre batalla del Río de la Plata. Un rescate profesional que en realidad encubría una maniobra de espionaje. Entre marinos, mecánicos, soldadores y tanques de oxígeno, la diplomacia británica había colocado a dos agentes secretos de su Majestad. Todo el tiempo que el temido buque nazi estuvo atracado en el puerto, hasta su expulsión por orden del gobierno uruguayo, el Enriqueta permaneció a su lado, con el pretexto de que iba a ser la base del auxilio contratado a la empresa naviera Regusci y Voulminot. Nunca hubo tal reparación de averías, pero el viejo remolcador jamás se movió de allí, transformado en una atenta oficina de vigilancia militar. Por entonces todavía era propiedad de la barraca de carbón y sal Mann George, de capitales ingleses. La anécdota es contada por el ex embajador Sir Millington Drake en su libro El drama del Graf Spee y la Batalla del Río de la Plata.


Manuel Medina, el mecánico naval
que rescató al Enriqueta.

(Diana Pereira)
El mar lo mueve todo”

Manuel Medina es un mecánico naval que puede contar miles de historias del puerto de Montevideo. Pare él, la más emocionante sin dudas: el rescate del Enriqueta cuando corría riesgo de ser destruido por la indiferencia.

-¿Cómo fue el accidente?
-Fue el 23 de agosto de 2005, por aquel temporal impresionante. Estaba amarrado en un pequeño muelle, con una grúa al lado que también se desamarró. Por el temporal debí quedarme toda la noche de guardia, y pude ver como la grúa empujó al Enriqueta contra las rocas y lo volcó a estribor. Cuando baja la marea se ve la marca que dejó. Recuerdo que esa noche fue un caos. Los barcos se soltaban, hubo un blackout eléctrico. El viento fue tan fuerte que hasta arrancó el anemómetro del puerto.

-¿Por qué se decidió a rescatarlo?
-Porque amo la madera, y porque le prometí a un amigo, el ingeniero Carlos Guarino, que ese barco increíble va a volver a navegar. La ANP exigía que fuera quitado de allí y la empresa propietaria iba a desguazarlo. Era un crimen vender por partes al barco más antiguo del país. El rescate nos llevó casi dos años, con apoyo logístico de Tsakos que nos prestó la maquinaria. Lo fuimos desplazando de a 15 centímetros por día, hasta que vino la marea y lo liberó. Creo que fue el trabajo más difícil que tuve en 34 años de mecánico naval. Es que el mar lo mueve todo.

- ¿Y ahora?
- La tarea más urgente es el calafeteo a babor del casco, el sector más afectado porque en la volcadura quedó al sol, y el sol es el peor enemigo de la madera de un barco. Cuando el calafateador empiece su trabajo, será un espectáculo hermoso, y quizá, irrepetible. Es un oficio que se ha perdido: queda un solo carpintero de ribera. Se llama Carlos Aguilar, y es realmente un artista.

Su gloriosa silueta evoca la mejor
historia marítima del país.

(Diana Pereira)
De popa a proa
Es un barco gallardo, alto, impregnado de toda la nobleza de la madera, que nunca fracasó aún en las misiones más complejas.”
Alejandro Pigorsch, práctico del Río de la Plata, nieto de un ingeniero alemán que fue transportado al Graf Spee por el Enriqueta.

El Enriqueta es una joya del trabajo portuario. Es un patrimonio que merece ser reconocido y protegido como forma de preservar nuestra tradición naval, para que las generaciones futuras puedan acceder a su conocimiento y disfrute.”
Daniel Gemino, fundador de la Academia Uruguaya de Historia Marítima y Fluvial, en la revista Redes.

Su silueta es evocadora de una actividad primordial de cualquier puerto, como partícipe de hechos históricos del país. El compromiso social y educativo está planteado, las cuadernas, la cubierta y cada fibra del remolcador aguardan, solo resta redoblar el esfuerzo para que el Enriqueta retome sus singladuras."
Juan Pedro Gilmes, historiador del puerto de Montevideo y del Río de la Plata.

1 comentario:

Claudio Escandell Román dijo...

Agradezco a estas personas rescatar del olvido y el desguace a esta noble y hermosa embarcación.

saludos y gracias!