martes, 13 de enero de 2009

Crónicas de una innovación industrial uruguaya: Bracafé, el primer café instantáneo glaseado del mundo

Bravo Café
Héctor Homero Fernández (adelante)
con sus  hermanos Floreal y Hugo,
su padre Antonio, sus familias,
y el químico sueco Eric Berlung
(penúltimo al fondo a la izquierda),
creador de Vascolet y colaborador
en el desarrollo de Bracafé.
(Archivo Fernández)
–¡Homero, esto es intomable, así, con agua! –fue el comentario del publicista uruguayo Luis Caponi, luego de probar una muestra del extraño producto, recién creado. Una opinión decisiva, cuando era inminente el lanzamiento publicitario que el industrial cafetero Héctor Homero Fernández consideraba estratégico para su futuro, pero, que aún evolucionaba entre pruebas de color, textura y sabor. –Luis, usted siga adelante con  la campaña que nosotros lo mejoraremos –fue el compromiso del emprendedor, tras un reflexivo silencio. Un par de meses después, a principios de enero de 1959, “El Gallego” Fernández llegaba a la oficina de Caponi, a la hora del desayuno, para probar juntos la fórmula corregida por enésima vez. El publicista lo bebió con cierta desconfianza, pero no se atrevió a dar un segundo juicio negativo. En ese momento Fernández tomó una jarra de la mesa. –¿Y si lo probamos con leche? –fue la idea del fabricante. Luego de la primera degustación hubo un suspiro de alivio, un emotivo brindis con tazas casi vacías y una decisión que acompañaría por siempre a la marca. –¡Bracafé con leche, es mucho mejor! Y tengo el slogan: el café de la familia –propuso Caponi a quien pronto fue su amigo. Una solución improvisada, original, memorable, que creó una nueva forma de consumir el café instantáneo, hasta entonces impensada. Un verdadero patrimonio inmaterial de la pequeña nación rioplatense.

Sobre la base del artículo publicado en Colección Los  Ojos de la Memoria (Asociación INCUNA, Industria, Cultura, Naturaleza, Gijón, España, 2009).

Héctor Homero Fernández,
un innovador en tiempo
de empresarios innovadores.
(Archivo Fernández)
“Don Héctor Homero Fernández Ramírez, repatriado, pobre, de toda pobreza.” Así consta en documento de 1940, que el visionario emprendedor solía mostrar con orgullo, aún en tiempos de mayor gloria industrial y personal. Es la prueba tangible de una vida apasionante, vivida en dos naciones: la España inmemorial de sus ancestros y su Uruguay, otrora joven ejemplo de estado de bienestar.
Antonio Fernández Fernández, su padre y primer socio comercial, había llegado a América en los albores del siglo pasado, desde la gallega Guimarei de Lugo, primero a Brasil, poco después a Buenos Aires, donde conoció a su esposa Irma Ramírez, a la que llevó de luna de miel a Montevideo. Con la capital uruguaya también fue amor a primera vista. Se quedó en aquella ciudad culta, humanista, que le ofreció la oportunidad de crear su propia fábrica de accesorios femeninos, para la cosmopolita tienda London París. Lector febril, polemista intratable, llamó a sus tres hijos montevideanos, inspirado en su pasión intelectual: Héctor Homero, nacido el 30 de junio de 1920, Floreal Isaac y Hugo Cristóbal.
Antonio era un hombre de ideas políticas, un gallego “rojo”. Sus descendientes aún le recuerdan regresando a casa de madrugada, revólver en la cintura, luego de haber hecho guardia en la imprenta que editaba La Justicia, combativo periódico anarquista. En julio de 1931 regresó a España, llamado por la triunfante Segunda República. En la calle Fortuny del barrio madrileño de La Castellana abrió una tasca de vinos, frente a la redacción del diario Castilla Libre. Más que por interés comercial, estaba allí porque era amigo de los periodistas que iban a tomar una copa al bodegón. Con ellos jugaba a las cartas, al dominó, y solía perderlo casi todo en partidas por dinero. Una situación que empeoró por la Guerra Civil Española, cuando nacieron sus hijas, Irma y Gladis, y cuando el alimento era conseguido con vales de raciones que se canjeaban por vino.
Héctor Homero tomó las riendas del negocio, casi niño, para sacar a la familia de la pobreza angustiante. Su padre aceptaba órdenes, a cambio de que le acompañara en temerarias salidas nocturnas, tras las líneas del sitio del general Francisco Franco, en busca de vino manchego envasado en pellejo de cabra. El regreso a la mañana siguiente era entre suspiros maternos, luego de interminable vigilia. Aunque era aventura con ciertas garantías. Su tío Damián, hermano de Antonio, era un franquista recalcitrante, que, tras la derrota republicana fue jefe de Policía de Madrid.
La máquina en la que se creó
Bracafé, diseñada por los
hermanos Hugo y Floreal
Fernández con el ingeniero
argentino Daniel Jacobski.
(Archivo Fernández)
En 1940, cuando la vida de los Fernández Ramírez era insostenible, porque no había dinero, Héctor Homero solicitó ser repatriado por el gobierno uruguayo. "Me fui con once años y volví con casi veinte, ¡cuánto debo agradecerle a esta tierra maravillosa!", solía recordar el patriarcal empresario, hasta su último día.
A poco de arribar consiguió trabajo en la panadería Genovesa, de Eleuterio Salvador Muñoz, de la calle 25 de Mayo, corazón de la Ciudad Vieja, y en cuánto pudo pagó los pasajes de Floreal y Hugo y, entre los tres, trajeron a padres y hermanas. El jovencito llamaba la atención por su talento comercial y su cautivante personalidad. “Siempre cultivó el acento español, aunque jamás ocultó que era uruguayo, hijo de gallego y andaluza, criado en Madrid. Disfrutaba cuando le decían Gallego, porque creía que era sinónimo de trabajador, emprendedor, luchador”, evocaba Floreal Isaac.
Su inusual sagacidad sorprendió a Saturnino Fernández, fundador de la Fábrica Uruguaya de Neumáticos y del Frigorífico Modelo. En poco tiempo era responsable de la expedición de hielo del tradicional establecimiento de la calle Porongos, en La Comercial. “Había algo distinto en él. Hasta ese momento, los hieleros se peleaban por un lugar en la fila, pero Homero puso orden, solo con la palabra”, aseguraba Hugo Cristóbal. Poco tardó su nuevo jefe en llevarlo a la elegante confitería La Mallorquina, como muy bien pago gerente, pero, su inocultada ambición era dirigir un emprendimiento familiar.

El vasco Lechero
Envase de cocoa La Mezquita.
(Archivo Fernández)
En 1948 su padre propuso una de las tantas iniciativas que, por su bohemia, no podía concretar. Antonio deseaba abrir un tostadero de café, al mejor estilo madrileño. Así nació La Mezquita, una marca que hizo historia en el comercio montevideano, que rendía homenaje a la cultura mora de los Ramírez andaluces. Antonio y Héctor se instalaron en un garaje de Miguelete y Joaquín Requena, en el Cordón, con un pequeño tostador y un molinillo.
La visión y el empuje del joven permitió la compra de un inmueble en Pedernal y Juan Paullier, en La Figurita, donde tostaban café, molían cocoa y envasaban té, La Mezquita, para consumo gastronómico, cafés y bares. En 1950 cuando sus hermanos se sumaron al negocio, la pequeña empresa registró la marca Copacabana. “Una cocoa como tantas, muy buena, pero era una más: cacao, azúcar y vainilla”, recoerdaba Hugo.
Por entonces era una fábrica moderna, que no explotaba toda su capacidad, y que necesitaba un éxito comercial para consolidar su crecimiento. A principios de 1955 el ingeniero químico Eric J. Berlung, inmigrante sueco, ya anciano, aceptó el desafío de aquél “gallego”, verborrágico y apasionado: crear un polvo achocolatado para consumo infantil. Su fórmula: cacao, azúcar y vainilla, como todos, más leche en polvo, dextrinas de cereal que aportaban proteínas y vitaminas B 1, 2 3, 4.
Vascolet, el vasco lechero.
(Archivo Nestlé)
Homero Fernández tenía registrada la marca Vascolet, original de la confitería La Vascongada de Buenos Aires, muy popular en el mercado argentino, pero inexistente de este lado del Río de la Plata. Su significado no tiene secretos: el vasco lechero. “Era un producto sin mucha tecnología, que hacíamos con molino y pailas, pero a los niños les gustó el sabor, porque era más suave y más dulce y porque, como no se solubilizaba al instante, podían capturar los grumos con la cuchara”, rememoraba Floreal.
El lanzamiento de Vascolet es considerado hoy, más de medio siglo después, un ejemplo de innovación comercial. Por entonces no existían los departamentos de mercadeo, ni siquiera en el concepto, pero las empresas confiaban en el olfato de sus líderes y en agencias de publicidad, como Antuña Yarza, que atendía la cuenta de La Mezquita. Trabajaban con pocos datos empíricos disponibles. Para disminuir el dato de error se hacían entrevistas con gente vinculada con el producto. Mucha intuición y gran capacidad de trabajo y esfuerzo. Sin datos certeros sabían si un producto funcionaba o no.
Homero le solicitó a su amigo Walter Antuña una campaña que llegara directamente a los niños. Entre ambos diseñaron una estratégica presencia en todas las escuelas públicas del país, con pequeñas latas litografiadas con el símbolo de Vascolet, que los escolares pinchaban con sus compases para comer el polvo de chocolate. “El éxito fue increíble, quizá porque no había televisión, y todos éramos más sensibles a las promociones”, decía Hugo.
Vascolet se impuso rápidamente a Toddy, de la multinacional Fleischmann, al histórico Lactolate, de Kasdorf, y mantuvo una recordada competencia, durante décadas, con la marca Águila de la firma Saint Hermanos. Un éxito notable, diseñado con intuitivo sentido de la estrategia, como paso previo al gran objetivo de Héctor Homero Fernández: elaborar el primer café instantáneo uruguayo, y como mayor ambición, crear el primer café instantáneo glaseado del mundo.

Bravo café
"Igualito a Pelé, el Negrito de
Bracafé", decía un
aviso de prensa de 1959.
(Archivo Luis Caponi)
Cuando el alemán Justus von Liebig, pionero de la química orgánica, probó una muestra del “extracto de café” elaborado en su remota factoría de Fray Bentos, dio una orden terminante. “No sigan, el público rechazará ese caramelo oscuro y desagradable”, escribió a su asistente belga, Auguste Bennert, en julio de 1869. Nestlé desafió ese juicio cuando descubrió la tecnología del café soluble. Fue por un pedido de Brasil, el primer productor mundial del grano, que en 1930 sufría pérdidas millonarias por excedentes de su materia prima estratégica. Una investigación que duró siete años, liderada por el ingeniero Max Morgenthaler, diseñada en principio para conservar cosechas que se acumulaban por la falta de mercados y la crisis económica. En 1938 el genial invento se transformó en Nescafé. Suiza fue el primer país que conoció aquel producto, en polvo o
 granulado, presentado en envases de hojalata, que ofrecía dos variedades: tradicional y descafeinado. Nescafé se extendió rápidamente a Francia e Inglaterra y al poco tiempo fue utilizado por las tropas estadounidenses en la Segunda Guerra Mundial, que llevaron su sabor a todo el planeta. .
Los primeros experimentos para producir un café soluble uruguayo datan de 1956, cuando lo intentó el ingeniero español Rafael López García, en una planta ubicada en los fondos de la Exposición Nacional de la Producción, a pocos metros del Cilindro Municipal. Una quimera que fundió una fortuna familiar y pareció dar la razón a los escépticos que lo consideraban un desatino industrial y un suicidio empresarial.
El "Negrito de Bracafé" fue el primer
personaje televisivo del producto
que revolucionó una industria.
(Archivo Luis Caponi)
Homero Fernández no estaba de acuerdo. Su empresa había ganado prestigio, con buenas marcas, pero apenas subsistía amenazada por las deudas y los intereses bancarios. “Necesitábamos un producto realmente innovador, que nos sacara del riesgo de quiebra, porque así vivíamos”, afirma Floreal. Ese mismo año, en silencio, ponía en marcha una compleja operación, tras analizar los errores de López García. “Fue a todo o nada, el éxito o el fracaso. Fue una lucha de titanes, porque debimos buscar tecnología que no existía. En aquel entonces se decía que solo se podía solubilizar café natural, pero, no glaseado con azúcar. El riesgo valía, porque es el gusto de los uruguayos”, evocaba Hugo Fernández.
Los hermanos propusieron una sociedad a otro notable emprendedor, Juan Pastorino, propietario de El Chaná, que no aceptó sumarse a un proyecto demasiado riesgoso. Desde ese momento miraron al exterior, con especial atención a Nestlé, la empresa que Homero siempre admiró por su espíritu innovador.
Aviso de la década de 1970
y el slogan de siempre:
"Bracafé con leche, riquísimo"
(Archivo Luis Caponi)
A mediados de 1956 cruzó a Buenos Aires para visitar la planta de Magdalena donde se elaboraba Nescafé, el primer café soluble del mundo, y donde también se investigaba la solubilización de granos glaseados. Estuvo allí como un empresario más, para conocer un desarrollo industrial que admiraba el planeta, pero, en realidad, fue casi un acto de espionaje que le permitió recoger información técnica para su proyecto. En la capital argentina se reunió con el danés Borden Sweden Rasmussen, un ingeniero químico que desde la década de los treinta asesoraba a las mayores empresas de alimentación, decisivo en el desarrollo de la leche en polvo y en la transformación de la cooperativa Sancor en un referente de la producción latinoamericana.
–Lo voy a ayudar –fue la promesa de Rasmussen. Muy poco sabía de café soluble, pero abrazó ese extraño sueño como propio, seducido por el entusiasmo y la convicción de Fernández. Pocas semanas después llegaba a Montevideo el ingeniero argentino Daniel Jacobski, como director técnico del Proyecto Pedernal, para organizar una fábrica que no tenía antecedentes en el país. El equipo se completaba con Sweden Rasmussen hijo, también ingeniero, a quien se sumó Berlung, siempre cercano a la empresa, Floreal, responsable del proceso industrial, y Hugo, idóneo en la instalación y manejo de maquinaria de alta tecnología.
–¿Qué hay que comprar? –fue la primera pregunta al recién llegado Jacobski. De inmediato fue construida una torre galponera de cinco pisos en la fábrica de Pedernal, mientras se importaba desde Dinamarca una batería de extractores para sacar el café concentrado. “Eran parecidos a grandes cafeteras industriales. De ahí salía un jarabe muy oscuro, que subía por una cañería, hasta una tobera que trabajaba a presión y temperatura para sacarle humedad y evitar la evaporación. Desde una especie de roseta ubicada en la punta de la torre, caía esa sustancia que estallaba en pequeñas micro partículas de polvo y que se recogía en una zaranda con vibradores. Se acondicionaba en tanques metálicos y de ahí al envasado, siempre cuidando la humedad. Cómo no había aire acondicionado, hicimos túneles manuales para crear el ambiente”, contaba Floreal.
“Hubo que dominar un proceso muy complejo que no conocía Rasmussen, ni Berlung, ni Jacobski. Fue necesario investigar sobre el campo, presionados por una necesidad y con la obligación de seguir produciendo nuestras marcas. Hacer investigación, sin recursos, contra reloj y con la amenaza de que si no había éxito, cerraba la empresa”, expresaba Hugo.
Ambos recuerdan cada día del desarrollo de duró más dos años. “Primero fueron las pruebas con café natural, relativamente sencillas, pero, luego pasamos a la solubilización del glaseado. Rasmussen venía cada poco tiempo, para corregir problemas técnicos, nos dejaba deberes que seguíamos al pie de la letra. El paso más crítico fue el tratamiento del caramelo que se forma alrededor del grano. Cuando se sobrepasa el punto de fusión, el azúcar se pegotea, si no hay un buen manejo de temperatura y presión. Fue un largo proceso de ensayo y error, porque el café instantáneo no tiene aditivos químicos. Es pura transformación física del grano natural en burbujas”,  describía Floreal.
Un cambio de envase reflejado en
gráfica de fines de la década de 1970.
(Archivo Nestlé)
En marzo de 1959 fue aprobada la primera zafra experimental de aquel producto novedoso. Tras un exigente control de calidad dirigido por Rasmussen, Berlung, Jacobsky y los hermanos Fernández, más de veinte empleadas comenzaban a llenar frascos con burbujas de café glaseado, utilizando palas, los etiquetaban a mano, y los colocaban en cajas. Homero le reservó un nombre registrado desde años atrás: Bracafé.
Su significado no tiene muchas complicaciones: café de Brasil.
Quedaba pronto el producto más original de la fábrica de la calle Pedernal, concebido para innovar la industria uruguaya de la alimentación, pero antes de lanzarlo era imprescindible planificar su comercialización. En tiempos de grandes distribuidores mayoristas, uno de los más prestigiosos era Almacenes Libertad, fundado por el emblemático emprendedor Numa Pesquera, dirigido por otro líder de la empresa nacional de mediados del siglo pasado, Ricardo Ferrés.
Almacenes Libertad, ubicado en Rondeau y Valparaíso, distribuía Copacabana y Vascolet. Fernández y Ferrés eran amigos muy cercanos, que se necesitaban y que cooperaban para que sus firmas crecieran en momentos de dificultades financieras. “Bracafé necesitaba de Libertad, y Libertad necesitaba de Bracafé”, asegurbaa Floreal, testigo privilegiado del acuerdo.
Poco tardaron en asociarse como inversores, para la elaboración y distribución de Bracafé. Una alianza estratégica que dio lugar a la firma Héctor Homero Fernández y Cia, y que permitió la compra, en 1962, de un predio de casi mil metros cuadrados, en Carlos Crocker 2883, que ocupaba una vieja carpintería. “Hubo que construir una altura central de cinco pisos para la torre del spray que elaboraba el café instantáneo. En una nave lateral estaba la administración, arriba, la expedición abajo, y el envasado en el fondo. En la otra estaba la expedición, abajo, el almacén de materias primas y envases, arriba, y a un costado la sala de máquinas con dos calderas y dos hornos”,   revivía Hugo Fernández.
En poco tiempo Homero Fernández se quedó con la mayoría de las acciones y las marcas de la sociedad, entre tantas, la yerba Libertad, muy vendida en el interior del país. En 1963 la firma pasó a llamarse Homero Fernández y Hnos, con su titular como poseedor del 50% del capital accionario, acompañado por Floreal y Hugo Fernández, y Ricardo Ferrés, como socios minoritarios.
El éxito de Bracafé fue tan explosivo, que en seis o siete meses fue recuperada la inversión de más de dos años, aún sumando cuantiosos gastos en promoción y distribución. A mediados de la década enfrentó a su primer competidor: Saint Café.
Una muestra memorable de ingenio fue la utilización de café de moka en la fórmula y su promoción masiva. Con la innovación industrial nació una leyenda, luego transformada en aviso de prensa, que contaba sobre un príncipe árabe, productor de café, de visita en la planta de Carlos Crocker. La moka de Arabia fue un golpe definitivo para Saint, que no pudo resolver el dilema de un slogan poderoso, que recorrió el país. El café del mundo en Bracafé.
A fines de la década de 1960 el negocio avanzaba pese a los signos evidentes de una crisis que provocaba inestabilidad política, económica y social. El crecimiento fue más lento, aunque los volúmenes de producción eran altos, porque los márgenes eran cada vez menores por el control de precios. Homero Fernández no se replegó por el riesgo de quiebra. En 1970 consiguió un poco de oxígeno, por una autorización de aumento, al tiempo que daba una respuesta, tan inesperada como audaz: Bracamate. “Era un mate conocido, tratado igual que el café instantáneo, que se conseguía de la extracción de un jarabe de yerba canchada, en ramas”, explicaba Floreal Fernández. Un producto que se elaboró hasta 1976, para un público muy fiel. “Se llegó a exportar al Líbano, a Yugoslavia y a las Islas Canarias. A los libaneses les gusta el sabor de la yerba mate, para los yugoslavos hubo que hacer etiquetas especiales en su idioma. A Canarias llegaba a través de Francisco Santana Ribeiro, un proveedor marítimo de la flota rusa del Atlántico. A ellos les encantaba nuestro café instantáneo, porque era distinto. Ese hombre ganó mucho dinero, con la manteca Pluma Roja de Nueva Zelandia y con Bracafé. Estaba radicado en Palmas de Mallorca y desde allí nos mandaba las fotos de sus camiones, pintados de un lado con Manteca Pluma Roja y del otro con Bracafé”, evocaba Hugo Fernández.
“Homero fue un líder, un emprendedor que hacía negocios por carácter y por seducción.” Así lo recuerda el publicista Luis Caponi, con quien compartió una entrañable amistad de casi cinco décadas. Copacabana, Vascolet, Bracafé, Bracamate. Marcas que innovaron a la industria de la alimentación, que revolucionaron los hábitos de consumo, que son patrimonio cultural de los uruguayos. Que describen la personalidad del Gallego “repatriado pobre de toda pobreza”. Que siempre vivó al filo de sus sueños.


Cocoa Copacabana, el primer
producto de Héctor Homero
Fernández acompañado por
otros éxitos: Bracafé y El Chaná.
(Archivo Nestlé)
De Homero a Nestlé
De paso por Montevideo, a fines de 1975, el entonces gerente regional de la multrinacional alimenticia Nestlé, el suizo–italiano Camilo Pagano, retornaba a Buenos Aires sorprendido por una estrategia publicitaria que conmovió su exigente sensibilidad de hombre de negocios. La capital uruguaya estaba literalmente cubierta por “chapas” rectangulares de un metro por cuarenta, que promocionaban a dos marcas que tiempo atrás habían sido ofrecidas a la compañía.
Pagano volvió a su oficina porteña plenamente convencido de que la asociación debía concretarse lo antes posible. De inmediato citó a su equipo ejecutivo y dio la orden más terminante que se le hubiese escuchado en años: “Señores, hay que comprar”. En esa reunión estaban quienes asumieron la responsabilidad de concretar el acuerdo con la firma uruguaya Homero Fernández, fabricante de los dos productos que tanto interesaban a la compañía.
Los catalanes Fernando Mercé y Luis Escandel, gerentes de Nestlé Argentina, el suizo Walter Koch, responsable administrativo, los argentinos Ángel Turégano y Rodolfo Landa, fueron quienes planificaron la estrategia de negociación. Del otro lado de la mesa estaba el emprendedor e intuitivo negociador Héctor Homero Fernández, acompañado por sus hermanos Floreal Isaac y Hugo Cristóbal, su socio minoritario Ricardo Ferrés y su publicista y amigo personal, Luis Caponi, fundador de la agencia Ímpetu.
Hubo dos reuniones, en enero de 1976, que definieron la forma del acuerdo. Una en Punta del Este, en el Me Lleve, el barco de Caponi, y otra en Atlántida, en la casa de Fernández. El contrato firmado el 30 de junio de 1976, en la casa de Fernández del costero barrio montevideano de Carrasco, dio lugar a la empresa mixta Compañía de Productos Alimenticios (Copal) con 69% de acciones de Nestlé y 31% de sus socios nacionales. En 1982, la firma y sus marcas pasaron definitivamente a la multinacional suiza. Desde entonces, los productos concebidos por Homero Fernández forman parte del portafolio de Nestlé del Uruguay SA.

Café torrado uruguayo.
(Ignacio Naón, 2008)
De Canarias a Montevideo
El café torrado es un exótico sabor que enlaza a dos pueblos. El tostado de los granos con azúcar es tradición inmemorial en las Islas Canarias, solo explicable por la influencia mora del penetrante norte africano, de donde es originario el árbol del cafeto. La costumbre fue traída a la inhóspita bahía de Montevideo, en 1726, por los fundadores del puerto de San Felipe y Santiago, pioneros casi adolescentes, que llegaron con escaso equipaje y una cultura diversa y poderosa. Cuentan que las jóvenes canarias cocinaban los granos verdes en grandes sartenes, y recién agregaban el azúcar casi en el punto de cocción, hasta lograr su acaramelado. Cuentan también que los niños se los comían como si fueran golosinas, pero lo usual era que luego de molido, se lo bebiera con leche, a la mejor usanza española. El torrado se transformó en un hábito de los uruguayos, visto como rareza en países de tradición cafetera.

De la planta al globo
Luis Caponi, fundador
de Ímpetu Publicidad
y amigo de Héctor
Homero Fernández.
(Ignacio Naón, 2008)
La fábrica donde se desarrolló el primer café instántáneo glaseado del mundo, propiedad hoy de la multinacional Nestlé, tiene 7.400 metros cuadrados construidos, en una zona que la Intendencia de Montevideo define como de uso preferencial mixto, residencial e industrial. Es la suma de pequeños predios adquiridos a lo largo de décadas, alrededor del padrón 166.445, de Carlos Crocker 2883, descrito en plano del agrimensor Carlos Maccoll, de noviembre de 1936. En el predio original de poco más de 568 metros cuadrados, funcionó un taller mecánico, luego una panadería y finalmente el taller de mueblería y depósito de maderas de los hermanos Francisco y Manuel Muniz Amigo.
Hasta 1962 era un edificio de solo un piso, con galpones y viviendas anexas que se ubicaban casi en la esquina con la entonces Sapucay, actual Julio Amadeo Roletti. Homero Fernández lo compró ese año para instalar una planta modelo destinada a producir la cocoa Copacabana, el polvo achocolatado Vascolet y el más innovador desarrollo de su empresa: Bracafé. La obra proyectada por el arquitecto Luís Isern, significó un avance cualitativo y cuantitativo y una expresión de pujanza de la industria nacional de la alimentación.
Raúl Barbero, escritor,
periodista, publicista,
socio de Luis Caponi
en Ímpetu Publicidad.
(Ignacio Naón, 2008)
Hugo Fernández, responsable de infraestructura, describe la primera remodelación del inmueble. “Hubo que construir una altura central de cinco pisos para la torre del spray que elaboraba el café instantáneo. En una nave lateral estaba la administración, arriba, la expedición abajo, y el envasado en el fondo. En la otra estaba la expedición, abajo, el almacén de materias primas y envases, arriba, y a un costado la sala de máquinas con dos calderas y dos hornos”. El complejo se completaba con viviendas ocupadas por la familia, el más recordado Antonio, el patriarca gallego que cada día recorría la fábrica y la oficina contando sus épicas anécdotas de dos mundos.
Con la llegada de Nestlé, primero como socio mayoritario y luego como propietario de todo el paquete accionario, hubo mejoras y ampliaciones que optimizaron áreas productivas y de almacenamiento y racionalizaron la logística de recepción, expedición y distribución de una empresa que crecía gerenciada con profesionalidad suiza. En la década de 1980 fueron construidos galpones y diseñadas explanadas para atender una creciente cantidad de vehículos que descargaban y cargaban mercadería, con proyectos de la arquitecta Adriana Castaño.
No hubo obras significativas en el complejo, hasta en 2000, cuando Nestlé lo transformó en una filling factory. Cuatro años después fue contratado el estudio de la arquitecta Pierina Clivio y Daniel García, para proyectar una modernización de las áreas administrativa y comercial y para adaptar su logística a las exigencias de la creciente globalización.

2 comentarios:

Víctor H. Masullo dijo...

Intento coleccionar objetos antiguos, de casualidad encontre una lata de Vascolet de la década del 60 en perfecto estado, leí el nombre del fabricante y dí con tu excelente artículo.
En hora buena, gracias por los datos, trabajo en la industria y he tenido la posiblidad de trabajar en empresas muy modernas y otras del siglo pasado, soy un admirador de los emprendedores.
Gracias, Víctor

Unknown dijo...

Estimado Senor Oliveira Ramos,
No tengo palabras para agradecerle la hermosa historia que Usted ha escrito de mi Padre. Me emociono mucho, a pesar que la he escuchado infinidad de veces durante mi infancia.
Soy su hija, Maria Electra Fernandez Agarbado.

Para mi y mis queridos hijos, mi Papa fue un triunfador, y un hombre con un corazon gigante.

Infinitas gracias.
Electra