miércoles, 13 de agosto de 2008

Aquilino Berro y los precursores de la institucionalidad asturiana en Uruguay


A corazón abierto


Portada de Héroes sin Bronce, versión 2003.
El historiador astur José Luis Pérez de Castro definió a sus paisanos como solidarios formadores de bienestar. «Siendo el fin inmediato de la emigración crear riqueza, no pueden determinarse sus resultados sin conocer las cualidades laborales, humanas y mercantiles de sus hombres y el provecho y empleo de sus beneficios». En las dos primeras décadas del siglo pasado fueron líderes en sus actividades y visionarios fundadores de grupos económicos. Muy vinculados entre sí. «Es el más competente emigrante que un país puede desear. Tocante al empleo y distribución de los beneficios, ninguna otra región española cuenta, en general, con las obras benéficas y de progreso económico que pueden presentar los hijos del Principado. Siempre con un carácter filantrópico y solidario, hacia sus provincianos, hacia otros inmigrantes y hacia los uruguayos» –reflexiona.
Para el erudito investigador, ambos aspectos comprenden una paradójica contraposición. «Por un lado, que salga a emplear su esfuerzo y facultades fuera de la región y, por otro, que luego exporte su capital desde el país que le facilitó el medio, devolviendo riqueza a su patria natal[...]
Creemos pues que el modo de comprender la eficacia de la comunidad asturiana en el Uruguay, es presentar el ejemplo de quienes desembarcaron faltos de recursos y que lograron conquistar bienestar y crear nuevas fuentes de producción» –sentencia Pérez de Castro.

Un documento fundamental sobre esa presencia es el libro Los españoles del Uruguay, editado –en 1918– por los periodistas Luis Valls y Jaime Moragues, con asesoramiento y prólogo del abogado maragato Matías Alonso Criado. Y una nota introductoria del mayor abogado oriental de su tiempo, Justino Jiménez de Aréchaga. Allí aparecen los precursores vistos por ojos de su época.

Oreste Fiandra y Ruberto Rubio en 2000.
A corazón abierto
3 de febrero de 1960. La calurosa tarde de miércoles fue de incuestionable gloria para la cirugía cardiaca e inolvidable para la medicina latinoamericana. En una pequeña sala del montevideano Centro de Asistencia del Sindicato Médico del Uruguay, por primera vez era colocado con éxito un marcapaso.
Todo el personal, técnico y no técnico, era de esta lejana y olvidada tierra. Solo era europea la compleja máquina introducida en la cavidad torácica del desahuciado paciente, que luego disfrutó de una  insospechada calidad de vida. La hazaña todavía figura en textos y es objeto de admirada revisión en cátedras  y centros cardiológicos de todo el mundo.
Era la segunda vez que se realizaba una intervención de similar complejidad. La anterior había sido muy poco antes –en Estocolmo– pero con doloroso resultado de muerte. Proeza repetida ocho meses después –en octubre– por un equipo multinacional y multidisciplinario de Nueva York. Con el mismo éxito.
El resultado de ambas intervenciones fue similar, pero, muy distinta su difusión. Una permaneció dentro de un reducido ámbito académico. La otra fue celebrada –como un hito científico– por los medios de comunicación más poderosos del planeta.
Tan silencioso honor correspondió a dos pioneros de la medicina altamente especializada, quienes –con palmaria «uruguayez»– apenas recibieron el mínimo homenaje de una placa. Colocada con discreción en el sanatorio de Colonia y Arenal Grande, en el viejo barrio Cordón. Ambos viven y gozan de plena salud. El cardiólogo Orestes Fiandra y el cirujano Roberto Rubio Rubio.
«Nos conocimos estudiando en Suecia. Juntos, colocamos un marcapaso del Laboratorio Elema, pero, con los años, la técnica cambió. Primero a través de la toracotomía y ahora a través del abordaje de una vena, que es mucho más sencillo». Es el humilde recuerdo de Rubio.
El médico eminente nació el 9 de febrero de 1917, muy cerca del paraíso. En Castillos, una pintoresca localidad atlántica de siete mil habitantes. Su niñez y adolescencia, transcurrieron a 53 kilómetros de la homónima capital del departamento de Rocha –fundada por frustrados colonos de la Patagonia– y a 300 kilómetros de Montevideo. Al lado de su padre José  y de su madre Blanca. Salense emprendedor él, de Valderrodero. Criolla atractiva ella, hija de un paisano con el mismo apellido.
«Papá llegó al pueblo en 1900, donde ya vivían dos hermanos: Ángel y Jesús Ramón. No vino directamente. Salió a los doce, una noche, de su pequeña aldea, para irse primero a Cuba con un señor que lo llevó para hacerse la América. Allí estuvo cuatro años, pero lo agarró la Guerra de la Independencia, con la intervención de los Estados Unidos».
José Rubio Suárez vino al Uruguay –después de tan ingrata experiencia–, para trabajar en un comercio familiar que hizo época. «Mi tío Ángel le dejó su parte del negocio y la casa y se fue a [la cercana] Lascano. Sufrió un incendio terrible y se fundió, pero no se entregó. Se mudó a Maldonado y allí, frente a la plaza, se asoció en un importante almacén de ramos generales: Ángel Rubio & Buquet».
José se quedó en Castillos, para siempre. Continuó con la firma Rubio Hermanos y luego fue comprando campos, sumamente baratos, que eran arenales sin pasto. El joven fue un adelantado de la forestación nacional, propietario de una estancia que iba hasta el Chuy, fronterizo con Brasil. Plantó sobre médanos, desde la castillense Vuelta del Palmar hasta la histórica fortaleza portuguesa de Santa Teresa.
«Yo era un niño grande, cuando vi las arenas transformadas en amplios y verdes bosques. Dejaba el comercio a las diez y media de la mañana y se iba plantar pinitos en macetas. Cuando llegaban a los treinta centímetros de altura los transplantaba en la arena[...] Los cinco hermanos debíamos evitar que pasaran animales, para que no los removiesen. Los arbolitos fueron conteniendo a los arenales y así fue surgiendo el campo. Yo los vi nacer, pero, en realidad, no me gustaba ese trabajo. Siempre se lo dije».
Solo el hijo menor siguió trabajando en la estancia Las Asturias y en otro campo, de la cercana José Pedro Varela. Los mayores se fueron a Montevideo. Uno a estudiar abogacía, el otro medicina.
Roberto Rubio Rubio cuenta con una foja difícil de igualar. Catedrático y decano universitario, consultante nacional e internacional, dirigente gremial y activista democrático en tiempos oscuros. Hombre de confianza personal,  del mayor enemigo que tuvo la dictadura. El exiliado estadista, Wilson Ferreira Aldunate. Lo acompañó en el simbólico retorno y encarcelamiento del 16 de junio de 1984  y lo asistió en la dolorosa agonía, que lo derrotó, como no pudo el despotismo militar. «Un domingo de 1985, ya  libre, me pidió que fuera a verlo, porque tenía un dolor intenso en la rodilla derecha. Clínicamente estaba perfecto, pero en la duda, llamé a un colega traumatólogo, que lo examinó, pero tampoco encontró algo significativo. En 1987, me pidió que lo acompañara, como médico de cabecera, a los Estados Unidos. Estuvo tres días internado. De inmediato lo dieron de alta, con lesiones tumorales en los pulmones y toda su parte ósea, con metástasis. Luego, hizo retención de orina y lo operaron. A las 48 horas, estaba en su casa, plenamente consciente de su terminalidad. Era un tipo que preguntaba todo. No hubo más remedio que decirle, que su perspectiva de vida, no pasaba del año o año y medio. Los vivió con mucha intensidad, con pasión política, pero, dolorosamente, el diagnóstico se cumplió».
Rubio fue el primer uruguayo que trató una lesión grave en una arteria crítica. Mediante innovador procedimiento de sutura, pudo recuperar el miembro de un joven apuñalado. «Había sufrido seccionamiento de arteria y vena femoral. Antes de 1956, se ligaban y, casi siempre, después se amputaba el órgano» –evoca el notable cirujano.
En 1959 aceptó del desafío de intervenir a una joven veinte años que sufría una «tetralogía de Fallot» grave. Enfermedad congénita mortal por entonces, derivada de una arteria pulmonar estrecha. «Durante muchos años, las lesiones cardíacas se operaban con las técnicas cerradas. Por ejemplo, en la estrechez mitral [una válvula que se esclerosa], se introducía el dedo por la aurícula izquierda y con un  cuchillo se cortaba y se abría. Pero no se exponía a la vista. Las operaciones abiertas comenzaron luego de creada la máquina corazón-pulmón, que sustituía a los órganos vitales[...]
La sangre es sacada del sistema y llega a un oxigenador, para volver mediante una bomba a la aorta que restablece la circulación. De modo que, mientras se está actuando sobre el corazón, la sangre llega a los pulmones, al cerebro y a todo el organismo, permitiendo así tratar la lesión». Sin dudas, heredó el espíritu de su padre.
José Rubio Suárez falleció en 1951, con los honores de una gran personalidad de Castillos. «El Gallego» que no era tal, fue un pionero. Un asturiano del diez. A corazón abierto.

Aquilino Berro en 1910.
Aquilino «Americano»
Aquilino Berro nació en Villaviciosa, en 1848. Después de haber sido empleado de comercio en Sevilla y Cádiz, vino a Montevideo en 1866. «No hay nada más satisfactorio para un cronista, que tomar la pluma para trazar la biografía de un visionario. Berro es un hombre creativo, meritorio por su intenso trabajo y honrado en el pasado y fundamentalmente, un emprendedor de iniciativas de bien colectivo» –señalan Valls y Moragues.
En Montevideo fue dependiente de almacén y habilitado, hasta que en 1874 abrió Cambios Berro, firma dedicada a la compra y venta de moneda, préstamos y loterías. El famoso local quedaba en Buenos Aires 629 al 633, donde comenzaba la Ciudad Vieja.
En el rubro agroindustrial, fue propietario de la granja Villaviciosa, la mayor productora nacional de dulces y conservas, hasta avanzada la segunda década del siglo pasado. Aquilino participó en la fundación –y presidió– el Centro Asturiano de Montevideo. Fue su titular honorario en 1915.
Era un brillante ajedrecista y como tal, iniciador y primer titular del Círculo de Ajedrez. Allí compartía su pasión intelectual con el embajador Silvio Fernández Vallín, el filósofo Carlos Vaz Ferreira,  el escritor José Enrique Rodó y el médico y político José Fernando Arias. «Es un emprendedor con todas las energías de su raza. Consiguió el galardón que tantos de nosotros buscamos al emigrar hacia Uruguay. Se casó en el país, formando una respetable familia» –cuentan Valls y Moragues.

Domingo Fernández.
La caridad y la paz
En 1902, la población uruguaya llegaba al millón de habitantes. A comienzos de los veinte, era de un millón y medio. Los adelantos del transporte y las comunicaciones, la aparición del tranvía eléctrico y el automóvil, acercaron la distancia entre el campo y la urbe. La Primera Guerra Mundial creó condiciones para la irrepetible prosperidad económica, que se consolidó en la Segunda Guerra y que se prolongó, con altibajos, hasta 1956. Una época en que la desgracia de otros era el beneficio propio.
Segundo Fernández nació en La Caridad, en 1883. Arribó al puerto montevideano siendo muy joven –a los dieciocho años–, reclamado por los propietarios del hotel Barcelona. Uno de los principales de la Ciudad Vieja, a principios del siglo anterior. En 1907, luego de trabajo y constancia fue uno de los socios de la empresa ubicada frente la histórica plaza Independencia y al Palacio Estévez, antigua sede del Poder Ejecutivo uruguayo.
Un aviso del diario El Siglo informaba: «Gran Hotel Barcelona, el más céntrico de la ciudad; amplios comedores, muchas y bien ventiladas habitaciones, todas con balcón a la calle, pues ocupa una manzana entera con frentes a la Plaza, las calles Florida, Colonia y Ciudadela. Por todo esto, el Hotel Barcelona es el preferido de turistas, empresarios y ejecutivos extranjeros».
Fue otro pionero del Centro Asturiano, su segundo presidente y creador de la Caja de Protección, Reempatrio y Trabajo. Un servicio que prestaba amparo a los inmigrantes recién arribados y pobres.
«Durante su período, la institución fue un solaz y esparcimiento, de cultura, educación y conocimiento, con un cuadro dramático juvenil propio, el más importante de la comunidad española en Uruguay, que recuerda al maravilloso coro infantil existente en Covadonga» –redondea el artículo del levantino  Valls.
Domingo Fernández también nació en La Caridad, en 1856, pero se trasladó siendo niño a Oviedo. Desde allí, salió hacia El Musel, en 1871, donde se embarcó con destino a Buenos Aires, con quince años. En la capital argentina permaneció hasta 1877, fecha en que vino a Montevideo.
Aquí estableció una pequeña tabacalera que vendió en 1897, para crear la Gran Fábrica de Cigarrillos La Paz. Aunque no existen registros, es muy probable que, por popularidad y trayectoria, su producto emblema –La Paz Extra– fuera el más vendido en la historia comercial uruguaya.
«Por su actuación, recta y honrada, por espacio de casi medio siglo, consiguió no solo reunir una bonita fortuna, sino que también, lo que es mejor tal vez que la fortuna; el cariño, el respeto y la consideración de sus contemporáneos» –subraya Moragues.
Su gran rival industrial fue el gallego Juan Abal, fundador de la Gran Fábrica de Tabacos La Capital, establecida en la avenida Rondeau 1781. Abal nació en 1852, en Poyo Grande, Pontevedra –una pequeña villa situada entre la ría homónima y Cambados. Arribó a Montevideo el 16 de marzo de 1868, donde se empleó como dependiente de almacén.
En 1882 se casó con Concepción Moraño, con la que tuvo cuatro hijos: Domingo, Elvira, Sofía y Leonora. «Herederos del buen nombre que su padre les ha legado y de la fortuna que tan honrada y laboriosamente supo reunir».
El cariteño falleció el 12 de octubre de 1917. «Todo Montevideo le profesaba cariño, demostrado en el acto de sepelio del Cementerio del Buceo, donde se reunió una numerosa y distinguida concurrencia para tributar el póstumo homenaje al que en vida fue un modelo de caballero. Nosotros también fuimos sus amigos. En memoria de tan apreciable compatriota, recordamos su entereza de carácter y su bondad infinita» –finaliza la evocación.

Francisco Fernández.
Suárez, Menéndez y García
Entre 1903 y 1933, el país proyectó su democracia, inició un proceso de industrialización –sustitutivo de importaciones– y logró un elevado desarrollo social y cultural. En la primera presidencia de José Batlle y Ordóñez, fue creada la sociedad de bienestar sustentada en una fuerte presencia pública; que se afianzó en su segundo mandato, hasta 1915. La tarea fue continuada por sus sucesores: Feliciano Viera, Baltasar Brum, José Serrato, –primero electo por voto secreto, en 1923– y Juan Campisteguy.
Cada uno cumplió, al pie de la letra, con la plataforma política y económica de «don Pepe». Gestionados con habilidad –con la oposición vencida en la guerra civil de 1904–, los gobiernos batllistas fueron fortaleciendo esas tendencias y dieron lugar a un país diferente y moderno. Era la irrepetible «Suiza de América», que recibía inmigrantes, fomentaba el progreso y la agremiación, con una legislación social avanzada.
Mariano Suárez nació en Trelles, concejo de Coaña, en 1855. Arribó a Montevideo en 1871, donde permaneció algunos meses. En 1872 se trasladó a Fray Bentos, capital del departamento de Río Negro, como empleado del histórico Banco Mauá, que acompañó hasta su liquidación.
Fue financista, a través del Mauá, e intermediario de exportaciones del Liebig, poderoso frigorífico multinacional, que abasteció a las tropas aliadas de la Primera Guerra Mundial. Durante más de cuatro décadas, hasta los treinta, fue estanciero y comisionista. «Su actuación en el comercio durante tantos años le valió en todo tiempo la aprobación y la estima de cuantos tuvieron que tratar con él, por su rectitud y buen comportamiento» –según descripción de Valls y Moragues.
Fue representante de todas las navieras que recorrieron el río Uruguay –entre Montevideo, Fray Bentos y Salto– en la primera mitad del siglo y propietario de una conocida empresa que llevaba su nombre. «A pesar de sus muchas ocupaciones en nada disminuyó el cariño por su Patria a la cual visitó con frecuencia, aumentando allí sus intereses y ayudando siempre a muchas obras de progreso».
Suárez se casó con una uruguaya en 1893. «Siendo su mayor cuidado la educación de sus hijos y la administración de sus intereses, que son de importancia tanto en este país como en la República Argentina, donde posee valiosos establecimientos rurales». Fue vicecónsul español en Fray Bentos y presidente de la Asociación Española de Socorros Mutuos, desde 1908 hasta su fallecimiento. En junio de 1938.
José Menéndez Fernández nació en Salas –en 1856– y vino muy joven a Tacuarembó. Fue impulsor, en 1892, de un estratégico ramal del británico Ferrocarril Midland, que cruzaba extensos campos del norte oriental –homónimo del adelantado patagónico. «Era un hombre dotado de anhelos progresistas y visión empresaria. Fue el primer estanciero que introdujo el baño para los vacunos en su departamento, en 1903. Se distinguió por su noble desprendimiento y filantropía» –según descripción de Pérez de Castro.
Retirado de la vida del campo, falleció el 3 de abril de 1917, en Montevideo. Su nombre se encuentra en la geografía ferroviaria nacional. El Diario Español informaba, un día después, que su empresa había donado el terreno necesario para fundar la estación Menéndez.
Balbino García y Fernández nació en Arbón, concejo de Villayón, el 1 de setiembre de 1881. Pisó por primera vez Montevideo, en 1896, para trabajar como dependiente de almacenes hasta 1904. A mediados de ese año estableció su «ultramarino» en el céntrico cruce de Paysandú y Río Branco. En 1912 fundó una segunda sucursal, más grande que la anterior, que pasó a llamarse Balbino García y Cía. «Fue destacado pionero del Centro Asturiano, directivo de la Asociación Española Primera de Socorros Mutuos, primer suscriptor del Diario Español; persona muy conocida y apreciada por sus relaciones y sobre todo, un buen paisano».
José Rodríguez también nació en Arbón, en 1865. Se radicó en 1882, donde se empleó en la casa de comercio de ropa blanca que luego fue la fábrica de camisas más grande de su tiempo: El Apolo. En 1918, era uno de los españoles más acaudalados de Montevideo, desde su pujante y céntrica empresa, de Soriano 915.

Segundo Fernández.
Entrerríos, González y Villamil
La sucesión de conflictos internacionales abrió un largo período en que las materias uruguayas alcanzaron altas cotizaciones. Europa no podía mantener su ritmo productivo, lo que provocó un imparable desarrollo industrial sustitutivo. En el colmo de la ingenuidad, algunos economistas juzgaron aquella prosperidad como irreversible. Grave error.
La extensión de la enseñanza y beneficios sociales para toda la población, fueron creando una sociedad uruguaya –mesocrática y autosatisfecha– que creyó haber descubierto el camino de la evolución constante. En el plano cultural, el auge se plasmó en una brillante generación de artistas y pensadores, concentrados en su mayoría en Montevideo. La ilusión de una «Atenas platense».
José Francisco Entrerríos nació en Oviedo –en 1875–, de donde salió rumbo a Montevideo en julio de 1897. «Desde su arribo, el 24 de octubre de ese año, se dedicó al trabajo de varios ramos, hasta que se estableció con un café en la avenida Rondeau 1541» –recuerdan Valls y Moragues.
Entre 1915 y 1923 fue presidente de Orfeón Español y directivo del Centro Asturiano. «También fundador de Casa de Galicia y socio del Centro Gallego, pero, sobre todo, es un español muy entusiasta y amante de la Patria. Afable y campechano, que goza de muchas simpatías en la colectividad».
Francisco González nació en el pueblo coañés de Torce, en 1876. Llegó a Montevideo siendo un niño, en 1888. Poco después ingresó a un establecimiento fotográfico, donde aprendió el arte de la imagen. En 1903, abrió su estudio independiente en la calle Andes 1340, uno de los más importantes de su época.
«Francisco es un artista del fotograma, un pintor de la cámara, un talentoso creador de escenas sensibles y originales». Tan elevado concepto pertenece a su amiga Eva Canel, que lo conoció cuando era viuda del comediógrafo madrileño Perillán y Buxó. Fue su retratista hasta 1914, cuando la escritora partió definitivamente rumbo a La Habana. Durante años, ella venía a la capital uruguaya, solo para posar ante a su delicado lente.
«Es un talentoso emprendedor y progresista. Llegó al país siendo casi un niño, casi sin recursos, pero con un gran caudal de conocimientos, voluntad y honradez. Montó su estudio, pionero de la actividad montevideana, como pudo. Luchó contra la rutina, aportando geniales innovaciones artísticas[...] a tal punto que grandes figuras de las dos orillas venían a retratarse con él» –sostienen Valls y Moragues.
Su mayor competidor y amigo personal fue el madrileño Fernando García, nacido en 1881. Impulsor de la fotografía moderna a principios del siglo pasado. «García introdujo un sistema eléctrico, que por primera vez prescindía de la luz solar. Su casa de 18 de Julio 978-80, fue la primera en tener tan novedoso laboratorio».
González respondió abaratando costos de laboratorio para bajar el precio de sus servicios. En poco tiempo, también se adaptó a la nueva tecnología, ajustándola a su estilo artístico. El fotógrafo astur falleció en 1949, en su casa del centro montevideano.
Florencio L. Villamil fue el asturiano más rico de las primeras décadas del siglo pasado. Nacido en Figueras, en 1849, arribó a Montevideo en 1870, para establecerse en la calle Rincón, con un importante almacén de vinos. «El más reputado de la capital y el más grande del país, con distribución nacional e internacional».
«Alcanzó una considerable fortuna, avaluada en su sucesión –cerrada en 1911– en 75 mil pesos oro en efectivo; 60 mil argentinos en títulos; 11.328,40 en lingotes de oro, más la renta; un valor de una casa con frentes en 25 de Agosto 64-66 y la Rampla –vendida en 20.200 pesos– y un campo en Salto de 886 hectáreas, vendido en 38.845 pesos» –según datos aportados por su coterráneo Pérez de Castro.
Repartió parte de lo ganado, en Montevideo, Buenos Aires y su Figueras natal. Fundó una escuela de artes y oficios e instituciones culturales que ha vencido el paso del tiempo. El inolvidable Villamil falleció en Málaga, el 19 de junio de 1909, de pleumonia doble.

Comisión Directiva de 1927.
Pujando en campaña
Fue la época dorada del batllismo promotor de bienestar, que recibía el apoyo y la contribución de sectores blancos y socialistas. El aparato gubernamental era encargado del reparto de las ganancias, mientras aprobaba una legislación social avanzada que aún es ejemplo de estudio en los principales ámbitos académicos del mundo. De esa época es la emblemática ley laboral de «ocho horas», el sistema de «previsión social», la Ley Madre y la Ley de la Silla [ambas en favor de las mujeres] y disposiciones de salarios mínimos. Todo pensado para asegurar bienestar, seguridad y tranquilidad a la población.
De esa misma época son las oleadas inmigratorias provenientes de Europa. El Uruguay de las «vacas gordas» intensificaba y diversificaba la venida de trabajadores y empresarios emprendedores. La aportación principal continuó siendo de españoles e italianos, pero también comenzaron a llegar grandes cantidades de centro-europeos y eslavos, que se ubicaron en zonas periféricas de Montevideo.
En el interior del país, se distinguieron: Domingo López de Pan, castropolense de Tol, radicado en 1864 en Tala, departamento de Canelones; Juan García Fernández, nacido en Chano de Luarca, radicado en Durazno en 1881; el sierense Leopoldo García Llana, llegado en 1903 a Lascano, departamento de Rocha; José Sánchez, nacido en 1859, en la naviega Armental, arribado a la coloniense Carmelo, en 1880. Allí fundó un establecimiento comercial de frutos del país, en la avenida Artigas 4468.
Miguel Cueto Ruidíaz, nació en el colungués Libardón, en 1866. Se instaló en 1885, en Artigas, capital del departamento homónimo, con un importante comercio de ramos generales. Fue vicecónsul español interino en el norte uruguayo, tesorero de la Comisión de Apoyo del Hospital Asilo Español de Montevideo y vicepresidente de la Asociación Española de Socorros Mutuos.
También se destacaron: Jesús Fernández, socio gerente de José Gómez y Cia, la mayor tienda, almacén y ferretería de Rocha; Francisco Balbín, de Caravia; Domingo Uría, de Vegadeo; José Siñeriz, de Vivedro y Santos García, de Castropol, establecidos en el departamento de Rivera. Manuel G. García, nacido en Lalos en 1887, se radicó en Libertad, departamento de San José, en 1901.
En Nueva Helvecia se destacó Álvaro Ordeira, nacido en Casazorrina, en 1872. Arribó a Uruguay en 1888, estableciéndose en Colonia Suiza, donde fue propietario de una fábrica de quesos, un almacén al por mayor y menor y un depósito de acopio de cereales y frutos del país. Al paraje conocido como Cerro de las Cuentas llegaron los hermanos Manuel y José Yánez, creadores –hacia 1898– de la acreditadísima casa Yánez y Cía.

Silvio Fernández Vallín.
Paisano, monárquico y embajador
1 de octubre de 1914. Un jueves histórico para los asturianos radicados en Uruguay. Esa tarde asumía como nuevo representante del Reino de España, el ovetense Silvio Fernández Vallín. Un diplomático de carrera, formado en la rigurosa –y ultra conservadora– disciplina impuesta por su amigo Alfonso XIII. Un político astuto e intuitivo, que nunca ocultaba sentimientos. Ni intenciones. Que tenía especial debilidad por sus paisanos.
No era republicano y, menos aún, liberal. Aún así, la muy laica Montevideo batllista, y su gente, fueron para él una experiencia irrepetible e inolvidable. Venía de un breve paso por el Ministerio de Estado de Madrid, por lo que es lógico pensar –dada su influencia– que solicitó el destino uruguayo. Aquí tenía grandes amigos, conseguidos en largas e íntimas tertulias, fuera de todo protocolo. Sentía especial afecto por sus admirados Carlos Vaz Ferreira, José Enrique Rodó  y Juan Zorrilla de San Martín.
Fernández Vallín nació el  de agosto de 1865. Se licenció en Derecho, el 3 de noviembre de 1887, tuvo un breve paso como docente universitario en Valladolid y poco después ingresó –como agregado diplomático– al Ministerio de Relaciones Exteriores. Inició su carrera el 29 de octubre de 1890, como secretario de tercera clase en Viena. El 1 de febrero de 1893 retornó a Madrid. Allí quedó hasta el 28 de mayo de 1895, cuando fue nombrado en la segunda delegación española en la Comisión Mixta Internacional de los Pirineos. El 2 de noviembre volvió a la capital, para luego reiterar funciones, el 1 de junio de 1896 y el 11 de enero de 1897.
El 24 de mayo integró la delegación diplomática en Washington. El 24 de diciembre pasó en comisión como secretario de tercera en Petrogrado, hasta el 28 de abril de 1899. El 16 de agosto del mismo año volvió a ocupar el cargo de segunda clase en La Haya y el Tribunal Permanente de Arbitraje, desde el 15 de octubre hasta el 1 de diciembre.
El 27 de enero de 1902 fue nombrado secretario de primera en México y siete meses más tarde en Buenos Aires. Fue llamado a Madrid el 18 de mayo de 1905, para actuar como vocal del Tribunal de exámenes de aptitud para el ingreso a la carrera diplomática. El 12 de abril de 1909 asumía como ministro residente en Santiago de Chile y el 16 de octubre de 1911 era trasladado a Caracas.
El 29 de diciembre de 1913 aceptó la embajada en Montevideo, que asumió a fines del año siguiente. Fue una figura clave en el desarrollo personal y colectivo de sus coterráneos, en la segunda mitad de la década del 10. A ellos prestó especial atención y con ellos promovió actividades económicas, sociales y culturales. Fue impulsor de una exportación propuesta por el trellano Mariano Suárez –su camarada asturiano en Uruguay– que permitió el envío de ganado, a los desabastecidos mercados europeos. El gran negocio exterior de su tiempo.
Mantuvo estrecha relación con el Centro Asturiano, que el 3 de noviembre de 1916 le designó socio de honor en asamblea general, con «voto unánime de aplauso». El 15 de marzo del año siguiente fue nombrado presidente honorario. Desde ese momento su retrato forma parte de la galería de la institución.
El 17 de diciembre de 1918 debió trasladarse a Estocolmo, pero no llegó a tomar posesión, por ser derivado a Bucarest, el 10 de mayo de 1919. Fue elevado a ministro plenipotenciario de segunda clase en El Cairo, el 13 de noviembre de 1919 y de primera en Varsovia, el 26 de julio de 1926.
Formaba parte del más cercano círculo político de Alfonso XIII, defensor convencido del régimen monárquico. Sus enemigos de la Segunda República lo obligaron a la excedencia voluntaria, el 17 de abril de 1931. Y a la jubilación, el 23 de setiembre de 1932.

Carlos Vaz Ferreira al Centro Asturiano.
Morir de pena
El abogado Plácido Álvarez-Buylla y Lozana nació el 5 de abril de 1887. No conoció a su célebre abuelo –médico y escritor de Pola de Lena–, fallecido en Gijón, en el mismo año y mes. También fue notable la generación paterna, del catedrático Adolfo, el militar Plácido y el médico Arturo Álvarez-Buylla y González. Una familia vinculada a la música culta, que en 1907 participó en la fundación de la Sociedad Filarmónica de Oviedo, con actividad solo interrumpida en 1934 –cuando se quemó el Teatro Campoamor–  y en la Guerra Civil.
El joven liberal sirvió en distintos empleos periodísticos y legales y en representaciones  consulares, antes de viajar a Montevideo –el 28 de junio de 1935– como ministro plenipotenciario de segunda clase. Aquí permaneció hasta el 19 de febrero de 1936, cuando la Segunda República lo nombró ministro de Industria y Comercio. Su predilección clásica lo llevaba a no faltar a las funciones de gala del teatro Solis y a participar en cada filarmónica u operística, organizada por españoles. Antes de partir a su nuevo destino, dedicó una fotografía a sus queridos coterráneos: «Para el Centro Asturiano, de un paisano que nunca olvidará a sus paisanos uruguayos».
Su carrera diplomática había comenzado en 1916. Cumplió su deber con profesionalismo, durante la monarquía de Alfonso XIII y la dictadura de Miguel Primo, aunque era un militante de primera línea contra la Guerra del Rif. El 16 de mayo de 1931, asumió como encargado de negocios en París. El 8 de Junio, fue designado cónsul general en Tánger y el 15 de diciembre de 1932, en Lisboa. También lo fue en Ginebra, en 1933 y director general de la embajada en Marruecos y Colonias. Tras su paso por la cartera de Industrias en 1936 –de febrero a setiembre– fue cónsul general en Gibraltar, donde ascendió a ministro plenipotenciario de primera.
El 18 de febrero de 1938, fue nombrado cónsul general en la estratégica representación de París. Allí falleció el 10 de agosto. No fueron ajenos al desenlace, dos visiones lacerantes. El insoportable acoso franquista contra su sueño igualitario y la inevitable Segunda Guerra Mundial, que intuía su preclara inteligencia. Pero, hubo más. Don Plácido murió sin conocer el célebre Auditorio de Oviedo, inaugurado el 17 de abril de 1944. Dirigido por un melómano de sexta generación. Jaime Álvarez-Buylla. 

José F. Arias López.
José Fernando Arias López
Médico, catedrático y hombre de gobierno batllista, nacido el 24 de enero de 1885. De insospechada estirpe asturiana, fue hijo de Vicente Arias –nativo de Figueras– y de Carmen López, de Villadún. Graduado en 1914, compartió su vocación con las clases de Cosmografía y Astronomía en Enseñanza Secundaria y Preparatoria y en institutos normales. Fue consejero de su facultad, miembro del ex Consejo de Asistencia Pública Nacional, diputado, senador y ministro de Industrias.
Fue informante del primer proyecto de organización de la enseñanza industrial –el 12 de julio de 1916– y redactor de la primera ley sobre formación técnica –en febrero de 1925. A su iniciativa se creó la Universidad del Trabajo, por ley del 9 de setiembre de 1942. En 1960 fue nombrado socio de honor del Centro Asturiano de Montevideo. Murió diez años después.

Héctor Miranda
Abogado, historiador y político –nacido en 1887 y fallecido en 1915–, descendiente de noble familia de Luarca. Fue promotor y presidente del primer Congreso de Estudiantes Americanos –Montevideo, 1908–, secretario de la Facultad de Derecho, profesor de Derecho Penal y diputado por Treinta y Tres. Autor de un trabajo historiográfico de referencia: Las Instrucciones del Año XIII. El más completo estudio sobre el memorable documento artiguista.

Criollos contra paisanos
El 16 de junio de 1927, se disputó el primer –¿y único?– partido de fútbol entre uruguayos y asturianos. Lo extraño, es que no fue en Montevideo, ni en Oviedo, ni en Gijón. Esa vez, el Club Nacional de Football jugó contra una desconocida alineación de Juventud Asturiana, en un repleto estadio de La Habana. Más insólito fue el resultado. Los modestos inmigrantes derrotaron al múltiple titulado oriental, base de la selección campeona olímpica, en 1924. El resultado fue 3 a 2. Con tanto enojo de los uruguayos –desacostumbrados al fracaso– que el partido finalizó doce minutos antes de los noventa reglamentarios. Nacional jugó otros dos partidos en la capital cubana. Triunfó 4 a 1 contra la selección Iberia-Fortuna y 8 a 1 contra la selección Hispana-Juventud Asturiana. Los bravos paisanos tuvieron el honor de ser los únicos vencedores del entonces «team más famoso del mundo». En su casi invicta gira por Centro y Norte América.

Figuerense, masón y colorado
Durante un mes y cinco días de 1855 –entre el 11 de setiembre y el 16 de octubre– el norteño departamento de Salto fue una «República», concebida con desafiante soberanía y pronta para resistir el embate del gobierno central de Montevideo. Los sublevados apoyaban la revolución conservadora que intentó derrocar a Venancio Flores –enigmático e influyente personaje de la historia oriental de muy probable linaje astur. El caudillo de la defensa salteña era otro hijo de paisanos: el teniente coronel Eugenio Manuel Abella. 
Poco tardó el poder central en dominar el intento golpista y restaurar el orden interno. Salto depuso las armas y aceptó a las autoridades nacionales, pero sus poderosos empresarios sacaron provecho del controvertido episodio. Los siguientes años fueron de prosperidad para la región minera, frigorífica y citrícola, que comerció con la Argentina y Brasil, como si se tratara de un estado independiente.
Eran otros tiempos. La autonomía estaba favorecida por la distancia, la falta de rutas y comunicaciones. Cuenta el periodista e historiador Enrique Cesio Blanc, que todo el departamento era un solo camino «criollo». Mal trazado por bueyes, mulas y caballos, que cortaban distancia, por donde se le ocurría al baquiano. El tránsito de carretas marcaba el suelo fértil, pero muy húmedo. Ni el más experto podía mejorar el agotador record de quince horas para arribar a la vecina Paysandú al sur, a San Eugenio –actual departamento de Artigas– al norte, o a Tacuarembó al este.
Entre el puerto litoraleño y Montevideo, hay 518 kilómetros. Los mismos de siempre, pero, por entonces infinitos. La distancia fue hábilmente aprovechada por Mariano Cabal –entrerriano, también de origen paisano–, creador de la Compañía Salteña de Navegación. Dos célebres cruceros fluviales –Salto y Montevideo– bajaban por el Uruguay y el Plata, con escalas en las argentinas Concordia y Concepción del Uruguay y en las orientales Fray Bentos, Nueva Palmira y Colonia del Sacramento.
En el último tercio del decimonoveno siglo, Salto recibió un inédito flujo de masones hispanos, comerciantes progresistas y filántropos dedicados a la educación popular. Ellos convivieron con la oligarquía agroindustrial –católica y conservadora– de la antigua «República».
Aquel clima de desarrollo económico y fervor autonomista, recibió a un exiliado liberal astur. En su patria había sufrido insistente persecución carlista, acusado de pertenecer a la Logia del Gran Oriente, de sus paisanos Jovellanos y Campomanes y del Conde de Aranda.

Laico y universal
José María Fernández Vior nació el 20 de julio de 1838, en Figueras de Castropol. Pasó por Montevideo, poco después de cumplir veinte años, pero, su actividad secreta lo llevó a Colonia y Fray Bentos. En 1867 se radicó en Paysandú, donde trabó amistad con el gran maestro Lorenzo Llantada, que le propuso trasladarse a Salto. Arribó el 22 de agosto de 1868, con la tarea de fortalecer y reorganizar la logia que todavía sostiene la Escuela Filantrópica Infantil Hiram (Habiff).
Fue fundador y presidente del Consejo de Vigilancia y Administración de un emblema del racionalismo masónico en América Latina. «Hemos plantado una semilla de igualdad[...] Defendemos el derecho universal a la enseñanza humanista, laica y gratuita, sin distinción de razas, credos o ideologías[...] A ningún salteño se le cerrarán las puertas, pero tendrán prioridad los pobres de total solemnidad»  –afirmaba Fernández Vior en su discurso inaugural de 1879. Una promesa cumplida cuatro años después, cuando el instituto envió sus primeros alumnos a la Universidad, hasta entonces solo reservada a las clases predominantes. 
A mediados de los ochenta, hubo un acercamiento de las mayores hermandades salteñas. Autorizada el 18 de diciembre de 1885, la logia Hiram-Unión mantiene el N° 65. Su distintivo es un triángulo equilátero en bronce –de 60 por 45 milímetros–, dentro del que hay una rama de acacia que corona su nombre. Por fuera, unidos a los ángulos hay un sol y una estrella de cinco puntas.
Ese mismo año, el maestro Atanasio Albisu inauguró los cursos nocturnos. Luego tomados como ejemplo por el Ministerio de Instrucción, en 1904, para diseñar un sistema estatal. Asistían padres y hermanos mayores de los alumnos matutinos, para recibir instrucción básica y preparación calificada en un oficio. Desde 1922, la Escuela Filantrópica se dedica a tres áreas de formación: artística (literaria, plástica y musical), profesional y administrativa (contabilidad, dactilografía e inglés). Siempre con su original declaración de principios.
El periodista Eduardo Taboada –en Salto de ayer y de hoy– cuenta el insólito entierro del masón Benito Galeano. Un almacenero español que falleció el 24 de junio de 1879, renegando del sacramento de la extrema unción. Su viuda –creyente de culto dominical– solicitó que el cuerpo pasara por la Iglesia de la Merced, antes de la inhumación. Un gesto inusual, aceptado por la hermandad. Por buena vecindad.
En cambio, no fue tan tolerante el párroco Pedro García de Salazar, que trancó las puertas del templo y se atrincheró en el frente, rifle en mano y pistola en cinto. Cuando el cortejo fúnebre llegó –con la bandera masónica cubriendo el cajón– el cura vizcaíno comenzó a vivar al carlismo, mientras apuntaba contra los «infieles». No disparó, pero el clima era de tal violencia, que fue necesario llamar a los cónsules de España y Portugal, como mediadores. Calmados los ánimos, García de Salazar fue retirado por Fernández Vior y el jefe político salteño, Alejo Castilla. Entre ambos, lo embarcaron en una lancha que lo depositó en el argentino pueblo de Concordia. Luego abrieron el templo con permiso municipal –Castilla era juez y camarada– e ingresaron para cumplir con lo prometido a la desconsolada esposa de Galeano.

Como la sangre
El figuerense alcanzó el grado 33º y fue miembro activo del Supremo Consejo del Gran Oriente en Uruguay, en el que se desempeñó como porta-espadas. No era de mucha altura, pero sí muy robusto y recio, de nariz apuntada y medio calvo. Fue famoso, tanto por su firmeza de carácter como por su fuerza física. Fundó la Barraca Central de Salto, distribuidora mayorista de frutas, cueros y lanas, enfardadora de exportación –vía Montevideo– y participó en la firma José María Guerra y Cia. La mayor transportadora de maquinaria y e insumos para las Compañía  Nacional de Minas, que explotaba la fiebre del oro en Cuñapirú.
Los negocios le permitieron trabar amistad con el taramundino Clemente Barrial Posada, pionero de la prospección nacional. «Al principio, la única forma de acercarse a Tacuarembó era remontando el río Uruguay hasta el Salto y de allí por tierra a las minas. Pero, había un grave problema. Los enseres solo podían ser llevados en carretas, a través de ásperos y solitarios caminos, que en realidad no existían como tales[...] Correspondió a nuestra empresa, el honor de intervenir directamente en el suministro de carretas que trasladaban la maquinaria inglesa». La anécdota es contada por el historiador José María Fernández Saldaña, dedicado biógrafo de Barrial Posada, también de su padre y de su abuelo, el jefe político local Atanasildo Saldaña, progenitor de su madre Dolores.
«Nacido el 19 de enero de 1879, perteneció a una generación salteña que prestigió las letras y la ciencia del país: Horacio Quiroga, José y Asdrúbal Delgado, Horacio Maldonado, César Miranda, con quienes integró el Consistorio del Gay Saber, una hermética peña literaria [de ex-alumnos del Hiram] que impulsó el movimiento innovador de los 900» –anota Alfredo Castellanos.
Fernández Saldaña colaboró en La Alborada, que dirigía el rochense Constancio C. Vigil y en Rojo y Blanco, orientada por Samuel Blixen. Desde 1905 fue juez de paz en Minas, diputado, diplomático y, durante siete años, subdirector del Archivo General de la Nación y del Museo Histórico Nacional. «La tarea a la que consagró sus mayores desvelos fue la reconstrucción del pasado, la salvación de retratos directos, fotografías, litografías y grabados cuya valiosa colección se encuentra en la Biblioteca Nacional» –enfatiza Castellanos. Publicó cientos de artículos en el diario conservador colorado La Mañana y fue compañero del figuerense José Luis Pérez de Castro, en el suplemento dominical de El Día. Murió en Montevideo, el 16 de diciembre de 1961. Con su padre, compartió un mismo ideal de fraternidad, progreso y conocimiento. Ambos fueron masones y colorados. Como la sangre.

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