jueves, 30 de agosto de 2012

Siempre en Galicia, el programa radial más antiguo del mundo en lengua gallega


Voces de eterna resistencia

Tony de Seares, histórico
conductor de Siempre en Galicia.
(Ignacio Naón, 2009)
“¡Buenos días, gallegos! Aquí Sempre en Galiza, audición radial al servicio del arte y la cultura del pueblo gallego, que todos los domingos a las nueve y media de la mañana es trasmitida por la onda amiga de CX 16 Radio Carve de Montevideo.” Desde hace más de seis décadas, la voz emocionada de Manuel Meilán, inolvidable exiliado republicano, sigue abriendo el programa más antiguo del mundo en lengua gallega, nacido como un espacio  democrático contra la dictadura franquista. Fue un 3 de setiembre de 1950, pocos meses después de la muerte de Alfonso Rodríguez Castelao y cuando los uruguayos aún festejaban la gesta de Maracaná.

Sobre la base de los capítulos 8 y 9, del libro Galicia en Uruguay (Naón/Olveira, Montevideo, 2009).

La idea fue de Alfredo Somoza, ex diputado republicano y exiliado coruñés, a quien siguieron otros notables galleguistas de Montevideo: Jesús Canabal, Pedro Couceiro, Antón Crestar, Emilio Pita, Manuel Leiras, Luis Tobío y el entrañable Manolo Meilán. Ellos nunca imaginaron la inusual permanencia de aquella iniciativa concebida para “henchir de galleguismo a las tierras rioplatenses”. Su nombre evoca al ensayo político Sempre en Galiza, emblema del nacionalismo gallego, que Castelao había editado el 10 de marzo de 1944, en su exilio de Buenos Aires.
Los fundadores eran redactores, locutores, y también pagaban el espacio de cada domingo en Radio Carve, una histórica emisora que durante décadas trasmitió sus ideales, a lo largo y lo ancho del territorio uruguayo, también a Buenos Aires, el litoral argentino y el sur del Brasil.
Aquel primer domingo, memorable, la audición fue abierta con una interpretación al piano de la conocida Muñeira da Chantada, por el poeta Emilio Pita. Su estructura sigue siendo semejante al formato original: un tema musical con gaita, el editorial y pequeños comentarios sobre la lengua, historia, geografía, noticias culturales, cuando escaseaban las publicaciones en gallego y cuando la cultura estaba prohibida en Galicia. En la década de 1950 el programa era tan popular, que según registros de Carve, era escuchado por 300.000 personas al año, y hasta el final de la dictadura franquista, jamás bajó del cuarto de millón de oyentes, a pesar de las presiones del régimen.
Basta un repaso de sus colaboradores en el mundo, para comprender su notable influencia intelectual. Desde Galicia, llegaban las voces y los escritos de Ramón Otero Pedrayo, Ramón Piñero, Sebastián Martínez Risco, Ricardo Carballo Calero, Xoaquín Lorenzo, Xesús Filgueira Valverde, Francisco Fernández del Riego, Manuel Espiña, Xesús Alonso Montero, Manuel Chamoso Lamas, Agustín Sixto Seco. Desde la cercana Buenos Aires, recibía colaboraciones de Luis Seoane, Rodolfo Prada, Xosé Núñez Búa, y Antonio Alonso Ríos, y desde Estados Unidos escribían: E. Alonso López y Xerardo Álvarez Gallego.
En 1980, con motivo de sus tres décadas, la audición fue escuchada en directo por primera vez en Galicia, por medio de Radio Nacional de España en La Coruña, y también recibió al presidente del Parlamento de Galicia y al consejero de Cultura, que estuvieron en los estudios de Carve para celebrar sus cuatro décadas. Por entonces, la conducción cambiaba de voz, el fundador Manolo Meilán pasaba la responsabilidad a su colaborador Toni de Searez, y en 2006 se mudaba a CX 12 Radio Oriental. En la actualidad es conducido también por Ana María Lorenzo, presidenta del Patronato de la Cultura Gallega.
“La historia de Siempre en Galicia forma parte inseparable del patrimonio cultural del gallego emigrado y sus lúcidos fundadores, sabían, ciertamente, que el éxito estaba en la permanencia, en sostener el galleguismo hasta que en Galicia llegasen tiempos mejores. Hubo que aguadar 35 años para que Galcia tuviese una radio en gallego”, afirma el escritor coruñés Manuel Suárez Suárez, fundador del Patronato de la Cultura Gallega, que vivió más de dos décadas en Montevideo.

Antón Crestar Faraldo y Manuel Meilán,
exiliados republicanos,
fundadores de Siempre en Galicia.
(Patronato de la Cultura Gallega)
Voces eternas: Crestar y Meilán
Ellos fueron dos galleguistas comprometidos con el destino de una nación histórica y con el exilio republicano en el Río de la Plata. Antón Crestar Faraldo, nacido en 1896, en la villa coruñesa de Miño, emigró a Montevideo en 1909 y poco después se radicó en La Habana, donde se formó como dibujante. Regresó a la capital uruguaya en 1922, lo que le otorgaba el honor de haber sido el decano de los galleguistas rioplatenses. Fue ilustrador y caricaturista de la revista Céltiga, dirigida por Eduardo Blanco Amor y Ramón Suárez Picallo, una aventura intelectual que además le permitió conocer a un entrañable compañero de ruta.
Manuel Meilán Martínez nació en Lugo el 18 de julio de 1904, y allí pasó su infancia y adolescencia, de las que recuerda el Congreso de las Irmandades da Fala realizado en 1918. Para no ir a la Guerra de Marruecos, cuatro años después marchó a Argentina, donde residía un hermano. De manera casual, conoció el Café Armonía, donde se reunía una peña galleguista en la que participaban Eduardo Blanco Amor, Ramón Suárez Picallo, José Abraira, Lino Pérez, Rodolfo Prada, fuente inspiradora de Céltiga y la Sociedade Nazonalista Pondal. De esa época data su amistad con Blanco Amor y con Suárez Picallo, con quien compartía una pensión. En 1931 contribuyó a fundar la Organización Republicana Nacionalista Autónoma Galega de Buenos Aires, de la que Rodolfo Prada fue presidente y Meilán su secretario, antecedente de la delegación del Partido Galeguista en Argentina.
En 1934 se mudó a Montevideo, aunque nunca perdió la fraternal relación con su amigo Prada, que lo mantuvo cerca del galleguismo y le ofreció la gerencia local del laboratorio de especialidades médicas Doctor Andreu. Crestar y Meilán eran asiduos asistentes de las tertulias del café Tupí Nambá, con Ramón Antelo, Francisco Rial, conocieron los inicios de las Irmandades Galeguistas y contribuyeron a fundar el Comité Nacional de Ayuda a la República Española. Ambos participaron en la creación de Galeusca, un grupo español autonomista de Galicia, Euskadi y Catalunya, y en el Congreso de la Emigración Gallega celebrado en Buenos Aires.
Meilán estuvo en la apertura del periódico España Republicana, en el que firmaba con el seudónimo Tatarí, una columna titulada Rataplán, y también en la fundación de la Organización Republicana Galega de Axuda ao Povo Español, de la que fue secretario general. En la década de 1940 se integró a la masonería uruguaya con destacadas figuras del galleguismo: Xesús Canabal, José Añón, el actor Pepe Fernández, entrañable amigo de Meilán, el médico Cancela Freijo, Lois Luna, Pastor García, Eusebio Silva y Alfredo Somoza, que había llegado a Montevideo después de una década escondido en La Coruña.
Los dos fueron grandes amigos de Castelao, a quien homenajearon con iniciativas que perduran en el tiempo y en su valor cultural y social. Por una propuesta de Alfredo Somoza y Manuel Meilán, el 3 de setiembre de 1950 comenzaron las emisiones de Siempre en Galicia, en Radio Carve. Una década después, en junio de 1960, fue creada la Escuela N° 43, que se llamó Galicia por idea de Crestar Faraldo. Ambos fueron cofundadores del Patronato da Cultura Galega de Montevideo, acompañando a otro galleguista que honró la memoria de Castelao: Xosé Cancela Freijo.
El coruñés Antón Crestar falleció el 2 de noviembre de 1983, en Montevideo. En Miño, su villa natal, desde hace más de dos décadas, cuando el dirigente aún estaba vivo, hay una calle que lleva su nombre. El lucense Manolo Meilán falleció en 1994, en la capital uruguaya, a los 89 años.

Pedro Couceiro Corral visto por
su amigo, el pintor
galaico-argentino Luis Seoane.
(Archivo Couceiro)
Pedro Couceiro Corral
Fue uno de los más geniales científicos que trabajó en Uruguay, desde su arribo al país hasta el último día. Su vida recorrió todas las etapas imaginables, y también las más inimaginables que debió enfrentar un hombre de su tiempo. Su inteligencia infrecuente, su sensibilidad humanista, su creatividad irrepetible, marcaron sus casi ocho décadas repletas de vitalidad, ingenio y compromiso intelectual. El coruñés Pedro Couceiro Corral fue un científico formado en la España pre republicana de fines de la década de 1920, con un doctorado en Alemania a inicios de 1930 y una activa participación en la defensa de la República entre 1936 hasta su exilio en 1939.
Arribó a Montevideo al año siguiente, y desde un principio demostró una vigorosa y polifacética personalidad, la forja de una familia incorporada a la vida del país de adopción y su permanente y consecuente adhesión a la causa republicana y a la defensa de la cultura gallega.
Pedro era hijo de un abogado destinado en La Coruña, como secretario judicial. Allí hizo el bachillerato, hasta que en 1922 viajó a Santiago de Compostela, como uno de los primeros alumnos de la Sección de Químicas da Facultad de Ciencias. En 1927 era profesor titular de Química Orgánica, y dos años después su vida cambió por la llegada del profesor Fernando Calvet, con quien completó un posgrado que le permitió viajar a Múnich para trabajar en síntesis de hidratos de carbono, con Heinrich Otto Wieland, el célebre premio Nobel.
Tras su paso por las mejores universidades alemanas se decidió por la Bioquímica, hasta doctorarse con una investigación sobre a oxidación de la levadura de cerveza. En 1935 viajó a Madrid para dedicarse a la bioquímica aplicada a los animales, pero debió suspender sus estudios cuando se incorporó al ejército leal al gobierno republicano.
En la Guerra Civil fue oficial en una fábrica de armamentos de Alicante, hasta que se quitó los galones para combatir en el frente de Guadalajara y Madrid, compartió con miles de milicianos el martirio provocado por los aviones Fiat italianos y los alemanes Stuka. Tras la derrota se exilió en París, donde fue contratado como investigador del Instituto Pasteur, pero al poco tiempo debió escapar de urgencia, sin rumbo, ahora perseguido por los nazis que ocupaban el territorio francés.
Su destino fue Montevideo, una ciudad que admiraba y acogía a los exiliados republicanos. En la capital uruguaya fue técnico-químico del Instituto de Biología Animal, mientras fundaba su laboratorio Sur, especializado en la elaboración de productos sanitarios para ganado vacuno, y poco después, con dos colegas uruguayos creó el laboratorio farmacológico Proteo.
Pedro Couceiro realizó una labor científica de primer nivel internacional, pero, siempre tuvo tiempo para colaborar con el movimiento galleguista en el exilio. Murió en 1982, como uno de los mayores innovadores científicos del Río de la Plata, como memorable docente universitario, y con el honor de haber sido uno de los impulsores del programa radial Siempre en Galicia. 
  
Directiva del Patronato: Nelson Regueiro,
José Otero Méndez, Ana Lorenzo
(presidenta), Nelly Crestar y
Carmen Fernández Salgueiro.
(Foto Ignacio Naón, 2009)
Patronato de la Cultura Gallega  
Un palacete modernista de principios del siglo XX, situado en la avenida Rondeau montevideana, acoge al único patronato de cultura vinculado a la diáspora gallega, creado el 8 de junio de 1964 por iniciativa del inmigrante José Cancela Freixo.
La notable institución, reconocida y admirada en todo el mundo, cumple una sostenida acción de defensa de la lengua y la identidad gallega, promoviendo sus manifestaciones culturales y desarrollando una amplia labor editorial. Desde hace 45 años realiza actividades de divulgación en lengua y literatura gallega, danza gallega y criolla, teatro, declamación, Historia de Galicia, pintura, fotografía, lectura de cuentos, exposiciones, conferencias, una completa biblioteca y una cedeceta de música gallega. Su publicación periódica, Guieiro, es un ejemplo notable de permanencia y compromiso con ideales culturales, políticos y sociales.
“Muchos compatriotas han sabido realizar su trabajo con dignidad y dedicación, para convertirse en referentes de la cultura uruguaya, cargando sobre sus hombros, al mismo tiempo, la responsabilidad de mantener y difundir su cultura original. Hombres como Jesús y Manuel Canabal, José Cancela Freijo, Antón Crestar Faraldo, Federico Do Campo, Manuel Meilán, fueron conscientes portadores de sus dos patrias, haciendo posible el encuentro de los gallegos con sus raíces, la valoración de su condición de galleguistas, al tiempo que se integraban a su nueva tierra”, afirmaba la presidenta de la institución Ana María Lorenzo.
La nueva sede del Patronato da Cultura Galega fue inaugurado el sábado 15 de noviembre de 2008, con la asistencia de una representación oficial de la Diputación de la Coruña, con su presidente, Salvador Fernández Moreda, y los diputados provinciales Juan Manuel Sande Muñiz y Adolfo Gacio. La Diputación de A Coruña, a través de sus programas de cooperación exterior y de apoyo a la emigración, fue la impulsora del proyecto de la nueva sede del Patronato, para la adquisición y rehabilitación del nuevo edificio del alto valor arquitectónico.

Alumnos de la Escuela Galicia
celebrando el 25 de Julio.
(Foto Ignacio Naón, 2009)
Haciendo escuela, sembrando cultura
El historiador Carlos Zubillaga, miembro de la Real Academia Gallega, la definió como la “expresión más lograda de la simbiosis que el fenómeno migratorio consagró en América, entre las viejas culturas europeas y las nuevas sociedades emergentes”.
Es la Escuela Galicia, fundada en 1962, para servir como ámbito de amparo y educación en una zona podre de Montevideo. Fue por iniciativa de un galleguista entrañable, Antón Crestar Faraldo, que consiguió los medios para que llevara el nombre de su patria natal. Durante casi cuatro décadas tuvo el número oficial 43, hasta que fue reubicada en el año 2000. Ahora se encuentra en el barrio del Prado, con el número 163, y en sus aulas se desarrolla, con apoyo de la Xunta de Galicia, una experiencia innovadora que pone en contacto a los alumnos con la historia, la cultura y las tradiciones gallegas.
En Ciencias Sociales, los niños aprenden: ubicación en el planisferio de la región gallega, sus rías, ciudades, límites con Portugal. La zona portuaria, el océano Atlántico como vía de salida y de entrada. Inmigración. Emigración. El idioma que se habla. Similitudes con otras lenguas conocidas. También investigan en los barrios montevideanos, cuántos almacenes, bares y panaderías llevan nombres de lugares de Galicia, y cuántos lugares de Galicia se llaman La Cumparsita o Mocosita. Historia de Galicia. Los Celtas. Convivencia de gallegos y de italianos en los orígenes de la Patria Oriental. Apellidos españoles en nuestro nomenclator. Clima de Galicia. Riqueza de su suelo y de sus mares, la industria pesquera. En Ciencias Naturales se estudian: los hórreos ¿para qué sirven? ¿Por qué se cultiva en esa tierra y se cría ganado en forma intensiva? Energía Eólica.
En Lenguaje y Oralidad: narración de anécdotas contadas por abuelos, de fotos familiares, de documentos traídos desde Galicia: gaitas, hórreos, botas de vino. Las razones de la inmigración. Cotejar con las causas verdaderas. Canto gallego y tradiciones.
Los alumnos leen cada semana poemas de Rosalía de Castro, cartas de niños gallegos, recetas de comidas gallegas y de queimada. Estudian a José Alonso y Trelles, Viejo Pancho, un gallego que escribió sobre nuestras costumbres campestres. También interpretan cuadros de Picasso niño, cuando vivió en Galicia. En Relaciones con la Comunidad, realizan visitas a los abuelos gallegos del Hogar Español, participan del Cuerpo de Baile de Casa de Galicia, ensayan con los gaiteros de Valle Miñor y participan en las clases de gallego del Patronato.
“La Escuela Galicia es un ámbito de custodia e irradiación de la lengua y la cultura gallega, en los labios y la acción de los niños uruguayos”, afirma el erudito Zubillaga. Con toda razón.

La Plaza Galicia es un sitio entrañable
de la Rambla Sur montevideana, donde
están representadas las cuatro
provincias originales: Lugo, 
Orense,

Pontevedra y La Coruña.
(Foto Ignacio Naón, 2009)
Plaza Galicia y la mirada de Rosalía
Fue inaugurada en el año 2002, en un acto solemne que contó con la presencia de Manuel Fraga Iribarne, por entonces presidente de la Xunta de Galicia. Está ubicada en un espacio privilegiado de la rambla costanera del tradicional barrio Sur. Su creación fue resuelta por disposición conjunta de la Intendencia Municipal de Montevideo y Junta Departamental, en respuesta al pedido de todas las entidades gallegas en el país.
Allí está colocado el busto de la poetisa Rosalía de Castro, trasladado desde la Plaza España, que preside un espacio limitado con monolitos con los emblemas de las cuatro provincias gallegas.
El momenclator montevideano define a Galicia como una región del noroeste de España, sobre el mar Cantábrico y el océano Atlántico; hallase dividida en cuatro provincias: La Coruña, Pontevedra, Orense y Lugo. “Sus principales ciudades son Vigo, La Coruña, El Ferrol, activos puertos de exportación de productos de pesca; Santiago de Compostela, pintoresca ciudad de tipo medieval, con una de las más hermosas catedrales barrocas de Europa. Esta región ha sido, desde los albores de nuestra historia, patria de millares de inmigrantes venidos al Río de la Plata, incorporados en crecida proporción a la numerosísima colonia española de ambas márgenes del estuario.”
Todo el color de una calle repleta de
diversidad, describe la influencia
de nobles inmigrantes gallegos
que durante décadas llegaban al
barrio popularmente conocido
como Galicia Chica, delimitado
por la avenida del Libertador
y la rambla portuaria.
(Foto Ignacio Naón, 2009)

Galicia Chica, gallego grande
De los tres espacios montevideanos que evocan al territorio gallego, la calle Galicia es el más antiguo. Fue creada el 25 de julio de 1918, con motivo del Día de Galicia, por iniciativa de un grupo de ciudadanos uruguayos, hijos de gallegos. La idea fue aceptada por la Junta Económica Administrativa, el gobierno departamental de principios del siglo pasado, que dictó una ordenanza que denominó Galicia al antiguo camino Orillas del Plata.
La vía original tenía tres kilómetros de extensión, desde la rambla portuaria, en la céntrica zona conocida décadas atrás como Galicia Chica, pasando por los históricos puentes de la antigua calle Sierra, hasta su final, en el bulevar Artigas del barrio Tres Cruces. En los últimos años, la Junta Departamental
de Montevideo cambió la denominación del tramo final de la estratégica arteria por el nombre de un político: Salvador Ferrer Serra.
El nombre Galicia Chica cayó en desuso; el barrio hoy forma parte del Centro montevideano, en un eje de seis cuadras de la calle homónima, hasta la diagonal Agraciada, actual avenida del Libertador Juan Antonio Lavalleja. Los vecinos le llamaban así porque era el destino, a veces pasajero, a veces definitivo, de miles y miles de inmigrantes gallegos que venían a “hacer la América”.
Su más recordado poblador fue el pontevedrés Juan Vicente Arcos Sabarís, nacido en Nogueira, en 1838, primigenio de una notable familia de abogados, notarios y políticos. El paisano se fue a vivir muy joven a la Galicia Chica. Allí crió a sus hijos, hizo una buena fortuna, y allí también se dedicó a trabajar a favor de sus compatriotas.
Juan Vicente Arcos brindaba protección a los vecinos que sufrían frecuentes inundaciones, porque la Galicia Chica estaba emplazada en la zona más baja de la ciudad, pero también organizaba los famosos paseos de la Asociación Española.
El fallecimiento del pontevedrés fue un hecho que enlutó a los vecinos de la calle Galicia y a toda la colectividad. “A Juan Vicente Arcos Sabarís, padre de los españoles residentes en la República. Comparten este recuerdo los vecinos del barrio Galicia Chica, sus amigos, y los admiradores de sus méritos, talentos, y virtudes.” Así dice la placa colocada en su tumba en 1903, que recuerda su memoria de paisano sensible y solidario.

martes, 14 de agosto de 2012

La Noche de la Nostalgia: te guste o no, un invento uruguayo que se extiende en la región


Fiesta patria


Si algo le faltaba para ser reconocida como una verdadera innovación, era su ingreso a un espacio tecnológico de referencia nacional e internacional. Las autoridades del LATU abrieron las puertas del predio de Avenida Italia a la edición 2011 de la Noche de la Nostalgia, quizá, como un homenaje a la creatividad vinculada con la memoria colectiva de los uruguayos, que con el tiempo se transformó en un patrimonio cultural y turístico del país.


Sobre la base del fascículo Nº 15 de la serie Inventos Uruguayos editado por Trocadero Gabinete DDiseño para el diario El País (15 de noviembre de 2011) 

“Hay temas que tal vez no son tan buenos como los momentos que evocan. A veces no se trata de su calidad, sino de su significado. Con una canción recibimos el primer beso, nos enamoramos por primera (o única) vez, o conocimos a alguien muy especial. Estoy convencido que buena parte del éxito se explica en la necesidad de revivir esos recuerdos de juventud”, afirma Pablo Lecueder, empresario radial, director de Océano FM y creador de La Noche de la Nostalgia.
Su primera edición fue apenas el baile de un programa musical, Old Hits, que se emitía por Radio Mundo, continuadora de la histórica CX 32 Sur, una estación tradicional de amplitud modulada (AM)  por entonces transformada en una emisora de musica joven. Era mediados de 1978, cuando todavía no estaba en auge la Frecuencia Modulada (FM) con todo el vigor de su impacto actual. 
Lecueder, que era director de Old Hits, tuvo una idea: organizar una fiesta que recreara las décadas de 1960 y 1970, basada en pop en inglés, música disco y new romantics, con temas de Queen, Simon and Garfunkel, Cat Stevens, Beatles, Dire Straits, Supertramp, Elvis Presley, Barry Manilow, Bee Gees o John Travolta, entre tantos. 

“La Noche de La Nostalgia no es sólo John Travolta y música disco, sino que abarca todas las épocas desde 1960 hasta los temas de hace cinco años, pero no pueden faltar: Los Beatles, la porteñada, las lentas y Charlie García.”

Casualidad, causalidad
Con apenas 16 años, recién llegado de Estados Unidos, donde había ido a estudiar con una beca, conoció a Daniel Leal, un disc jockey con varios programas juveniles en CX 44 Panamericana, por entonces vinculada con el diario El País. “La radio me fascinaba y enseguida me entusiasmé con la idea de tener mi propio espacio”, cuenta Pablo Lecueder, quien permaneció allí hasta el 24 de agosto de 1977, cuando se mudó a Radio Mundo. Un año después quiso celebrar el éxito de la propuesta, y además promocionarla con una fiesta para sus oyentes. Al principio pensó en viernes o sábado, pero no había boites (así se llamaban popularmente a los boliches nocturnos por entonces) disponibles. Fue cuando se le ocurrió realizarla en la víspera del feriado de la Declaratoria de la Independencia. “Justo cuando cumplía un año el cambio a Radio Mundo”, relata. 
El concepto estaba. “Recordar es lindo, pero con música mucho mejor.” Un slogan que aún mantiene como santo y seña de sus emprendimientos. Pero faltaba el nombre. Cuando lo pensó, pasaron varias ideas (La Noche de los Recuerdos, por ejemplo), pero se quedó con La Noche de la Nostalgia. “La fecha tuvo parte de intención, pero también parte de casualidad, tanta, que recién tiempo después nos dimos cuenta de que el 24 de agosto tiene una ventaja estratégica: es la previa a un feriado inamovible. Nos salió bien, pero sin calcularlo.”

“Antes se pasaba música rápida, que luego se enganchaba con una bajada y venían las lentas. Ahora, para conformar a todos, lo más común es instalar más de una pista.” 

Ton Ton, Zum Zum, LATU
Las dos primeras  ediciones fueron en Ton Ton Metek, recordada boite ubicada en el puente de Carrasco, departamento de Canelones, al año siguiente fue en Lancelot, leyenda urbana de la noche montevideana, y luego en Zum Zum, donde hoy están los estudios de Océano FM, en la rambla del Buceo. De allí nunca se movió hasta este año, cuando La Noche de la Nostalgia fue llevada al predio del Laboratorio Tecnológico del Uruguay (LATU). 
Aquella fiesta radial creada por Lecueder hace 33 años se ha multiplicado en todo el país. En la actualidad es un acontecimiento cultural y turístico, y también un símbolo de la industria nacional del entretenimiento que da trabajo a restoranes, discotecas, disc jockeys, mozos, empresas de catering, alquileres de infraestructuras para fiestas, servicios de seguridad, iluminación, amplificación, promotoras y hasta a tiendas de lencería y hoteles de alta rotatividad con promociones especiales por la noche. 
“Los uruguayos somos nostálgicos por naturaleza. Decimos que fútbol era el de antes, que carnavales eran los de antes, que país era el de antes, pero la noche del 24 de agosto es una nostalgia distinta, porque no es un bajón, sino que además de ser una fiesta de todos, nos permite acortar el invierno porque enseguida viene setiembre”, señala Pablo Lecueder, quien, aunque no lo dice, siente la profunda satisfacción de haber llegado al LATU, un espacio emblemático de la innovación y de los innovadores uruguayos.

“A veces me critican diciendo que yo no inventé los old hits, y tienen razón, porque solo descubrí que pueden convocar a multitudes cuando se pasan un 24 de agosto.”

17.825
Es la ley aprobada el 26 de agosto de 2004 que declaró a la Noche de la Nostalgia como fiesta nacional. Su artículo 2° dice: “el  Ministerio de Turismo la promocionará en el exterior a través de embajadas, consulados y oficinas comerciales".

“No es solo un negocio. También es una tradición y un homenaje a los boliches montevideanos de las décadas de 1960 y 1970, que fueron los de nuestra juventud.”

Sólo parejas
“La Noche de la Nostalgia mantiene una característica esencial: no se ingresa si no es en parejas. Esto es inflexible, puesto que así se intenta conservar una tradición de nuestra juventud.”

“Nuestra primera agencia fue Santoro, con avisos de un fantástico creativo joven que manejaba una campaña para jóvenes: Fernando Vallejo.”

Tropical
“Una vez mi entrevistó una radio del interior que pasaba cumbia, y el locutor me dijo como pidiéndome disculpas que el 24 de agosto pasaban música de la Nostalgia. Me acuerdo que le respondí que si sus oyentes gustaban del género tropical su nostalgia era tropical. Hasta le conté que uno de los primeros temas que pusimos en Zum Zum fue La Burrita de los Wawancó.”

“AGADU me otorgó el premio Pegasus porque en la Noche de la Nostalgia es cuando los autores ganan más por el cobro de sus derechos.”

Placa
“Homenaje a la Noche de la Nostalgia creada por y para los jóvenes montevideanos, de ayer, de hoy y de siempre. 24 de Agosto de 1978-24 de Agosto de 2011.”
Así dice la placa de la Junta Departamental de Montevideo que Pablo Lecueder tiene en su oficina de Océano FM. “Lo gracioso es que las primeras ediciones se realizaron en el departamento de Canelones”, evoca con una sonrisa.

miércoles, 25 de julio de 2012

Bares gallegos, historias montevideanas


LLamados por el viento
(Ignacio Naón, 2009).

Así arribaban a los puertos de La Coruña, Vigo, El Ferrol, o el lejano Cádiz, los emigrantes gallegos camino a las Américas. Con un sueño de esperanza y de prosperidad, y también con el dolor en el rostro por abandonar su tierra, su familia y sus amigos. Así lo refleja el pintor gallego Alfonso Daniel Rodríguez Castelao cuando retrató el momento en que un adolescente embarcaba hacia un nuevo arraigo. El destino era una tierra desconocida a la que contribuyó con su esfuerzo, como tantos otros. Pocas actividades reflejan la presencia gallega en Montevideo, como los bares  creados por los herederos del legendario Francisco San Román. Allí convive la cultura popular, con una dulce morriña.

Sobre la base del capítulo 8 del libro Galicia en Uruguay (Montevideo, 2009), de Montevideo Manual del Visitante 2013 y Chivito. El Rey de los sándwiches de carne (Ediciones de la Plaza, 2014). Fotos: Ignacio Naón, Alejandro Sequeira, AOR y archivos. 

El Hacha, una sensibilidad cortante
Durante décadas fue el más antiguo de Montevideo, aunque su nombre original no ha quedado registrado. Abrió sus puertas en pleno siglo XVIII, al principio como una de las pulperías urbanas más concurridas, por entonces, denominadas popularmente “esquinas”.
Almacén y Bar del Hacha, el más
antiguo de Montevideo.
Es muy probable que en la medianoche del 15 de abril de 1794, su primer propietario, el gallego Juan Vázquez, se fue a dormir temprano y dejó al dependiente navarro, Bernardo Paniagua, para que atendiese a dos molestos parroquianos. Al fin quedó uno solo de beberaje en la penumbra. Un hosco marinero italiano, llamado Domenico Gambini, que horas después trepó una balandra, todavía de madrugada, rumbo a Buenos Aires. Poco tardó en llegar la noticia a la capital argentina. Gambini había robado la recaudación del bar montevideano, luego de asesinar de un hachazo furibundo al pobre Paniagua.
Promediado el siglo XIX dejó atrás su condición de pulpería para transformarse en almacén de “ramos generales”. En el albor del 1900 ya era almacén y bar, y desde entonces es uno de los boliches tradicionales de la Ciudad Vieja fundacional, ubicado en el cruce de las calles Buenos Aires y Maciel, en una zona conocida como Guruyú. En su mostrador de estaño se reunían criollos, italianos, árabes, judíos sefardíes, armenios, turcos, descendientes de africanos y otros inmigrantes; con una naturalidad que marcó su perfil cosmopolita.
Almacén Del Hacha, c. 1895,
año de fundación del Fun Fun.
(Centro de Fotografía de Montevideo)
El gallego José Pérez González llegó a Montevideo una mañana de 1953. Ese mismo día se empleó como dependiente en el Bar Del Hacha; fue su propietario y memoria viva, desde 1960 hasta 2000. Solía recordar que allí, una tarde de invierno, el poeta "Tito" Cabano escribió una letra de tango que recorrió el mundo. Le llamó Un boliche y empezaba así: “Un boliche como hay tantos, una mesa como hay muchas”.
Luego de un cierre momentáneo, el histórico comercio resurgió en 2004, de la mano de Avelino "Pichu" Carballo, un hijo de coruñeses, verdadero gestor cultural adecuado a los nuevos tiempos. Con el aura que le ha dado justa fama, manteniendo el espíritu y la tradición, el antiguo boliche lo transformó en un restorán y un ámbito para el tango y la música popular.
El viernes 17 de mayo de 2013 fue reabierto una vez más, por iniciativa de Lucía Berretta, Gabriela Pérez e Ismael Nan, ahora como centro cultural con impronta tanguera y de música popular. El boliche bicentenario también es restaurante y espacio plástico y audiovisual. Sus mesas fueron intervenidas por la creatividad de once artistas: Cecilia Vignolo, Santiago Tavella, Dani Umpi, Rosario Pacha Albertini, Fabián Mendoza, Yudi Yudoyoko, Elian Stolarsky, Diego Focaccio, Mauricio Pizzard, Fernando Corbo, Vicky Barranguet. A pesar de los siglos, los cambios y la modernidad siempre será El ”Viejo” Hacha.
Las crónicas de época cuentan que el avieso Gambini fue detenido y deportado a Montevideo. Arribó engrillado, para su juicio sumario. Fue ahorcado pocos días después ante la indignada presencia de Vázquez, el noble gallego que atravesó el hacha homicida en una de las ventanas de su almacén. Nadie se animó a quitarla de allí, hasta muchos años después de su muerte.

El Hacha es una celebridad mayor de la cultura popular uruguaya que mereció la edición de un sello postal propio y la declaración como Monumento Histórico Nacional. Pero el aura patrimonial no lo protegió contra las intermitencias comerciales. En 2015 el glorioso bar cerró una vez más, a la espera de nuevos emprendedores.


¿Fun... funcionará en el Barrio de las Artes?
(Intendencia de Montevideo).
Baar Fun Fun, el “estaño” de Gardel
Fue fundado el 12 de diciembre de 1895, en la pieza Nº 133 del Mercado Central. Allí el gallego Augusto López fabricaba y servía sus bebidas emblemáticas: Uvita, Pegulo y Miguelito. Los parroquianos se sentaban en cajones, para compartir un espacio de encuentro que convocaba por igual a todas las clases sociales, de todos los barrios, de todo el país, de todo el mundo. A fines de 2014 se mudó a su nueva dirección, Soriano y Convención, en el céntrico Barrio de las Artes.
Muy poco queda de la Ciudad Vieja de fines del siglo XIX, aquel barrio finisecular, de vías empedradas que bajaban hasta el Río de la Plata. A pocas cuadras del mar, detrás del Teatro Solís, estaba el antiguo Mercado Central, donde se comerciaban frutas, verduras, carnes, embutidos y pescados. Una zona que el gallego Augusto López conocía de palmo a palmo, porque allí había construido su hogar. Aunque su trabajo oficial era el de marino, a diario recorría las calles de la Aduana con su carrito ambulante, ofreciendo bebidas espirituosas: caña, grappa, espinillar, anís y sus dos invenciones, la Uvita y el Pegulo.
Augusto López y parroquianos a principios del siglo XX.
(Archivo Fun Fun)
Augusto era querido y respetado por todos sus clientes: los del “Bajo” y los “vecinos respetables” más cercanos al Centro. Fueron ellos, y también sus compañeros portuarios, quienes lo convencieron de que abriera un boliche donde disfrutar los dos brebajes realizados con fórmulas que aún permanecen protegidas por un misterio cautivante.
Por el Baar Fun Fun del gallego López pasaron, en distintas épocas: Carlos Gardel, José Batlle y Ordoñez, Pedro Figari, Julio Herrera y Reissig, Eduardo Acevedo Díaz, Javier de Viana, Carlos Reyles, Atilio García, Isabelino Gradín, Julio E. Suárez Peloduro, Carlos Solé, Paco Espinola, Serafín J. García y su amigo Jorge Amado, Julio Sosa, Aníbal Troilo, Astor Piazzola, Osvaldo Pugliese, Juan D´Arienzo, Evaristo Carriego, Horacio Guaraní, entre tantos. Entre las visitas más recientes se pudo ver a Danny Glover, Michelle Bachelette, Fito Paez, Dyango, Bryan Adams, Julio Bocca, y a todos los artistas uruguayos que como homenaje a la cultura y a la historia del país suelen pedir permiso para interpretar un tema acompañados por los músicos del boliche.
Uvita pronta para salir del exhibidor.
(Archivo Fun Fun)
Uvita, Pegulo, Miguelito. Son los tres tragos más célebres de Augusto López. La Uvita mantiene toda su vigencia como mezcla de vinos añejados, oporto, garnacha, más azúcar y el secreto de la casa que lo lleva a 22 de graduación alcohólica. El Pegulo no perduró, porque se preparaba con grafión una fruta similar a la cereza que dejó de conseguirse en el país e importarla era demasiado costoso. El Miguelito, también desaparecido, era una bebida corta y suave para el consumo de los niños que acompañaban a sus padres.
La bebida de Gardel. Así le llaman muchos clientes a la Uvita, en honor a un momento sublime del Fun Fun y su sabor emblemático. Cuentan que El Mago fue admirador incondicional de Augusto López, desde la primera vez que probó su creación. Hasta le dedicó un tango cantado a cappella, acodado en el mostrador. Una fotografía que se exhibe en el Baar dice: “Al campeón del Pegulo y de la Uvita, sinceramente, Carlos Gardel 1933.”
“Al campeón del Pegulo y de la Uvita,
sinceramente, Carlos Gardel 1933”,
dice la foto dedicada al gallego Augusto López.
(Archivo 
Baar Fun Fun)
¿Fun… fun...cionará?. “Mi bisabuelo abrió el boliche por la insistencia de clientes y amigos que deseaban tomar copas a toda hora. Pero al principio sintió temor por el riesgo de tamaño emprendimiento. Era tartamudo, y cuando se ponía nervioso peor todavía. Cada vez que alguien se lo reclamaba, respondía lo mismo ¿Fun… fun...cionará? De tanto repetirlo, quedó el nombre Fun Fun.”
Gonzalo Acosta López, propietario del Baar Fun Fun (Boliches, El Corazón del barrio, Canal 10).
En el Barrio de las Artes. En 2014 el Fun Fun se mudó a otro edificio histórico de la ciudad, la antiga casa de la familia Caprario, Soriano 922, a metros de la calle Convención, en el céntrico Barrio de las Artes. Por un acuerdo con el Club Nacional de Football, el bar que evoca al gallego Augusto López permanecerá tres años en la planta baja del edificio donde fue fundado el decano del fútbol uruguayo y primer club criollo de América, el 14 de mayo de 1899. Allí funcionará mientras duren las obras de remodelación del Mercado Central, a donde regresará en 2017.



Tasende, entre la Ciudad Vieja y la Ciudad Nueva
El 1 de mayo de 1931, en la esquina de Ciudadela 1300 y San José abría sus puertas el bar Tasende. Era otro Montevideo, otra la zona y otros los hombres en su vocación de trabajo y sacrificio. Jesús Tasende, un gallego que trabajó días y noches para ahorrar el dinero que le permitiría cumplir un sueño: tener un negocio propio a media cuadra de la Plaza Independencia, una de las más concurridas de la ciudad porque era el pasaje de gente entre la Ciudad Vieja y la Ciudad Nueva. Entorno cafetero por excelencia, varios negocios del ramo se congregaban alrededor de la plaza, los más recordados, el Británico, el Tupí (viejo), el Monterrey, el Armonía, el Palace, Las Cuartetas y el Independencia, cada cual en su estilo y su clientela. El movimiento se incrementaba de noche, a la salida del Teatros Solís y la Sala Verdi, equidistantes del Tasende, con un río de personas que circulaba por la calle San José, la arteria de los cines y confiterías por la tarde y de los cabarets y antros nocturnos. 
Mesas del Tasende con el Quijote de Adela Neffa.
Jesús Tasende inmigrante percibió también que su negocio ocupaba una ubicación estratégica, muy cercana al Palacio Estévez. Lo inuguró en la planta de una vieja casona del siglo XIX que todavía conserva columnas de hierro, techo de bovedilla y bistrós adornando la parte superior de los ventanales.
Es el sitio ideal para contemplar vestigios de la historia uruguaya, algunas de sus mesas y sillas de mármol color vino tinto, pertenecieron al Tupí Nambá, célebre café donde se reunía la intelectualidad de la ciudad. Llama la atención una curiosa estatua de Venus y otra escultura metálica representando a Don Quijote, hecho de tuercas, tonillos y otras piezas, obra de la artista uruguaya Adela Neffa. Esta combinación de pocos adornos y paredes altas transmite clama y tranquilidad de otro tiempo.
En sus comienzos el bar ofrecía cocina francesa, española, parrilla, spiedo y tenía hasta confitería, permanecía abierto las 24 horas del día los 365 día del año. Se hacían repartos de platos a domicilio en viandas de hasta dos pisos de alto, llevando las exquisiteces del Tasende al hogar o trabajo. El servicio cambió en la década de 1950, cuando José Luis, hijo del fundador definió que la especialidad de la casa sería la pizza al tacho, receta única en Montevideo de muzzarella sin salsa elaborada en el momento sólo con queso, un honor que comparte con el fainá de orillo, extremadamente fino y crocante como pocos.
Pese a las crisis sucesivas, el comercio aún es visitado por un público intelectual, gente de teatro, políticos, escritores, pero ya con una merma muy importante de afluencia y un horario acotado entre semana hasta la una de la mañana y los viernes y sábados hasta las dos. Es punto de encuentro de personas que debaten sobre política y temas de actualidad en un foro virtual de Montevideo Com. Luego de un tiempo ellos abandonan el anonimato de detrás de la máquina y se reúnen a continuar las tertulias en las mesas tasandinas. "Cada día recibimos a ministros y funcionario de la Torre Ejecutiva a quienes les agrada el ambiente del bar, aquí conversan sobre temas de interés nacional en un entorno más informal y sin distracciones", afirma Martín Tasende, nieto del fundador, tercera generación de emprendedores. En la entrada luce luce una placa que lo distingue como “Comercio destacado, local seleccionado por su valor testimonial” por iniciativa de la Intendencia de Montevideo y el Ministerio de Turismo. 

Sportman, El bar de los estudiantes
Hace más de doce décadas que persiste en su encantadora costumbre de cobijar los sueños de miles de jóvenes que pasan los mejores años de su vida entre el preuniversitario Alfredo Vázquez Acevedo y la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, ubicada exactamente enfrente, cruzando la céntrica avenida 18 de  Julio, y también a los que cursan en las cercanas facultades de Psicología, Humanidades y Letras, y Ciencias Sociales.
Manuel Martínez Gregorio y
su hijo en el Nuevo Sportman.

(Ignacio Naón, 2009)
Los estudiantes de los institutos que lo rodean le llamaban “el bar de los nervios” debido a que en sus mesas se hacían los últimos repasos para un examen, se iniciaba un amor, o porque era el refugio ante la represión policial de los difíciles años sesenta y setenta, y antes aún, a fines de los cincuenta, cuando en su entorno se desataban gigantescas manifestaciones por la Ley Orgánica que dio autonomía a la estatal Universidad de la República.
Fundado en 1892, desaparecido el edificio que lo alojó en sus primeros 87 años de vida, el Sportman continúa defendiendo su esquina, de 18' y Tristán Narvaja. como uno de los cafés más antiguos de la ciudad. Algunos memoriosos cuentan que en la década de 1900 se le llamaba Bar Universitario. El edificio original fue demolido en 1979, y aunque permanecieron los dueños y los parroquianos, el escenario ya no fue el mismo.
Desde 1964 su propietario es Manuel Martínez Gregorio, pontevedrés del ayuntamiento de Creciente, acompañado por su amigo Diego Boccardi, y los hijos de ambos. Espontáneo, amable, nostálgico, el empresario gallego guarda con hondo sentimiento la camiseta del “Gran Sportman Lawyer Fútbol Club”, un inolvidable equipo aficionado que defendieron cientos de jóvenes, y no tan jóvenes, muchos de ellos, notorios personajes de la vida pública uruguaya. Tan popular era el equipo que vestía los colores de Artigas, azul, blanco y rojo, que sus seguidores se contaban por miles, en cada partido disputado, casi siempre, los domingos de mañana, muy temprano.
Por sus mesas pasaron notorios docentes universitarios de todos los tiempos, y notables intelectuales: los historiadores Washington Reyes Abadie y José Claudio Williman, el director teatral Juan Carlos Patrón, los periodistas Luis Hierro Gambardella, Maneco Flores Mora, entre tantos. Allí recalaba el genial escritor Felisberto Hernández, y bastante seguido el ilustrísimo Jorge Luis Borges, infaltable cuando venía a Montevideo. También lo frecuentaba el presidente brasileño Lula da Silva, cuando todavía era un candidato en campaña, que prometió volver si ganaba la elección. Manolo Martínez, le sigue guardando su mesa.

Expreso Pocitos, un emblema en El Mástil
Es un patrimonio cultural del barrio costero de Pocitos, de Montevideo y de todo el Uruguay. Desde hace casi un siglo es el más famoso vecino de la tradicional esquina de avenida Brasil y Juan Benito Blanco. El Expreso abrió sus puertas el 10 de enero de 1910, en un local ubicado enfrente a donde está actualmente. Su primer propietario, el aragonés Edelmiro Costa, le llamó así por el cartel de “Expreso” que colocaban los tranvías a su llegada a la recordada Estación Pocitos, una antigua terminal de transporte colectivo, cercana al comercio.
Manuel Ramos y su hijo
 en el Expreso Pocitos.

(Ignacio Naón, 2009)
En sus casi cien años hubo un momento decisivo, cuando a mediados de la década de 1930, el bar cruzó la calle para quedarse definitivamente en la planta baja del emblemático edificio El Mástil, diseñado en estilo Art Decó de perfil náutico, por los arquitectos Gonzalo Vázquez Barriere y Rafael Ruano. Una obra que cambió la fisonomía del barrio y de la costa montevideana, hasta ese momento de casas bajas y mansiones de veraneo de escala doméstica. El Expreso asumió el desafío de ingresar a la modernidad y al igual que “su” Mástil fue consolidando su imagen como signo de  la ciudad, hasta ser designados en conjunto: Patrimonio Histórico Nacional.
El notable bar, en diez décadas de existencia, solamente tuvo tres propietarios: Costa se lo vendió a los hermanos Carrera, y desde 1974 está en manos del coruñés Manuel Ramos, nativo de Arzúa, arribado a Montevideo en 1962, con tan sólo 19 años. Ramos es un activo dirigente empresario, social y deportivo, presidente de Casa de Galicia, la mayor institución gallega del mundo.  
Por sus mesas pasaron todos los presidentes uruguayos del siglo pasado, desde el mitológico José Batlle y Ordóñez, hasta su su sobrino nieto Jorge Batlle Ibáñez, además de autoridades nacionales y municipales, diplomáticos, artistas y los más famosos deportistas. “El Expreso es un lugar de encuentro y de referencia. Toda la vida vinieron políticos e inclusive a algunos piden el anexo para reuniones. No tenemos preferencia, somos realmente laicos, no me importa de que partido político sean, o si son de Peñarol o Nacional. Tratamos por igual a los famosos y a la gente común”, afirma Ramos.
Sus clientes son incondicionales de un espacio que asumen como propio. Allí son diarias, y a toda hora, las continuas reuniones sociales y políticas, mientras las ruedas de “veteranos” le aportan al histórico comercio una vida muy similar a las mejores épocas del Uruguay de las “vacas gordas”.

Te veré, Tabaré
Fachada del Bar Tabaré.
La portada de la prestigiosa revista Newsweek, del 30 de octubre de 1995, resume el asombro de cronistas que recorren el planeta, ávidos de sitios cautivantes. Para ellos, el antiguo boliche montevideano es de los diez mejores de las Américas y de los cien más recomendables del mundo. “Tiene una atmósfera única para los habitué informales, con las facilidades de un gran bar tradicional”, según descripción que repicó en las páginas de otros gigantes globales de la prensa: Le Monde, Times, The New York Times, El País de Madrid, La Nación.
Fundado en 1919, como un almacén y bar de pescadores, en el corazón del bucólico barrio de Punta Carretas, su más recordado propietario fue el pontevedrés Eladio Rial, que pasó allí una larga vida.  Al principio era visitado por personajes tan diversos como el escritor Carlos Roxlo, el escultor José Luis Zorrilla de San Martín y la poetisa Juana de Ibarbourou. Carlos Gardel, y su amigo y letrista oriental, Francisco Razzano, más de una vez se acodaron, deslumbrados, en su exquisito mostrador Art Decó. Era el sitio de reunión de los campeones de Maracaná: Roque Máspoli, Obdulio Varela, José Pepe Schiaffino, los más frecuentes. Su roble inspiró al gran Alfredo Zitarrosa, y aún seduce a Caetano Veloso, Milton Nascimento, Joan Manuel Serrat, Jaime Roos, Fito Paez, Charly García, Jorge Drexler, entre tantas celebridades de la cultura y el espectáculo.
Un espacio del arte y la memoria a pocos
metros de la rambla de Punta Carretas.

(Ignacio Naón, 2009)
Miles de turistas pasan cada año por el comercio ubicado a metros del Río de la Plata. El único del país recomendado por la Guía Michelín,  que se conmueve con un título glorioso: Patrimonio Histórico Nacional. “Bar Tabaré está comprometido con la democratización de la cultura iberoamericana”, afirman los emprendedores que siguen la huella de los fundadores gallegos.

Giraldita, cuando la gloria es efímera
“Sic transit gloria mundi.” Así proclama un banderín colgado entre los estantes y las botellas del centenario boliche, donde el reloj parece haber quedado detenido. Es un espacio único, que mantiene intacto un mobiliario histórico que cuenta anécdotas entrañables. Mostradores, vitrinas, mesas y sillas, paredes revestidas de afiches, fotos y dibujos, evocan a los parroquianos que durante décadas por allí recalaron, y a quienes aún se dan cita en charlas animadas. 
La Giraldita conserva su diseño
original de bar y almacén.

(Ignacio Naón, 2009)

La Giraldita es un destacado exponente de los almacenes y bares que proliferaron en Montevideo, en las primeras décadas del siglo pasado, que aún hoy mantiene su funcionamiento y equipamiento original. Sus empleados visten religiosamente de negro. Se mueven detrás del mostrador, tan amables como ágiles. Ellos aparecen y desaparecen, como por arte de magia, entre dos ambientes contiguos: el almacén y el bar .
En un día normal de trabajo suelen servir a un par de clientes en saco corbata: una copa de jerez y un vaso de whisky, con su picada de queso, fiambre y aceitunas. Acto seguido cruzan el umbral de un mundo paralelo, para despachar tallarines, salsa de tomates, cebolla y morrón, y hasta un buen pedazo de queso parmesano, que alegre cocinará una vecina en su casa.
El comercio fue fundado a principios de la década del 1900, por los hermanos José y Antonio Carreiras, en la misma esquina donde permanece con toda su vigencia: Juan Benito Lamas 2745, casi Enrique Muñoz, en el barrio Pocitos. Ahora es atendido por su actuales dueños: el orensano Francisco Paco Salgado y el lucense José González, vecinos de la Ribera Sacra.
El bar está dominado por un ambiente que emana creatividad artística. Un óleo de Miguel Villalba Quinteros describe una extraña visión de su frente, y otra obra, de un presunto alumno de Joaquín Torres García, introduce motivos geométricos: mostradores, mesas, copas,  picadas.
La fama de La Giraldita ha trascendido fronteras. Por allí pasaron, entre otros personajes hispanos, el rey Juan Carlos, y Manuel Fraga Iribarne cuando era presidente de la Xunta de Galicia. Cuentan que también se pararon, sorprendidos, frente al famoso banderín del mostrador. Porque allí está escrita una idea muy profunda, que roza cada momento de sus vidas. La gloria del mundo es efímera. 


Tango en el Facal, 2014.
Bar Facal, tradición en el centro del Centro
Inaugurado en 1882 por el gallego Manuel Facal y sus hermanos es el más antiguo de la zona del Centro  y un referente gastronómico y turístico, uUbicado en la esquina noroeste de 18 de Julio y Yí. Con su icónica fuente de piedra volcánica instalada en 2005, el bar atrae a turistas y parroquianos locales con su romántica leyenda que asegura el amor eterno para aquellas parejas que amarren un candado a su reja y pierdan la llave. De cumplirse la leyenda, las parejas regresarán al bar y a su fuente, el punto más fotografiado del Centro.
Decorado en un estilo clásico, Facal es un típico bar montevideano con su estética siempre cuidada y embarcado actualmente en una renovación de fachada y de las comunicaciones exteriores, pero siempre manteniendo el estilo original. Se extiende hacia la vereda aprovechando el proyecto de ensanchamiento de la IMM, que les permitió instalar una zona de deck, toda una novedad en su momento, primero sobre la calle Yí y luego sobre 18 de Julio, donde se ubican los espacios techados con mesas.
Una particularidad que distingue a Facal de otros bares es el kiosco ubicado en la esquina, donde se expenden helados durante los meses calurosos y los deliciosos churros de la casa en los meses fríos, para que quienes no tienen tiempo de sentarse a disfrutar de una sabrosa pausa, puedan hacerlo al paso.
La fuente del Facal, repleta de candados
La familia del actual propietario, Federico Celsi, en 1882 adquirió la tradicional esquina para instalar una fábrica de chocolates y dulce de membrillo. El local se arrendó en la década de 1940 y el bar se inauguró como “El Facal” hace 70 años, retornando a la familia propietaria del lugar hace 30 años.
Facal se precia de ofrecer algunas exclusividades en su menú, como los chivitos de lomo, las pizzetas preparadas en el momento en su horno de leña, con tomates perita italianos, una verdadera delicia. Para la hora del té, sus exclusivos waffles belgas constituyen una tentación difícil de rehusar. Los paladares más tradicionales podrán apaciguar la nostalgia con el incomparable chocolate con churros, único en Montevideo. El plato más solicitado continúa siendo el sándwich caliente y en Facal se prepara con la misma dedicación que los platos exclusivos, con dos tipos de queso y abundante manteca.
Monumento a Ghiggia inaugurado en 2016.
La cafetería merece una mención especial, con sus capuccinos, cortados y expresos. Alrededor de estos sabores se promueven iniciativas solidarias:el “Café Pendiente” que se ofrece desde abril de 2013, convoca a los clientes pueden dejar un café pago para alguien que no pueda comprarlo. El “Café Solidario”, que lleva cuatro ediciones y que se realiza en conjunto con otros establecimientos del Centro y Ciudad Vieja, donde todo lo recaudado en ese día por la venta de cafés se destina al Hospital Maciel.
Muchas las razones han convertido a Facal en un ícono de la gastronomía montevideana y en un lugar de referencia para turistas que llegan buscando conocer un bar tradicional que les ofrece platos típicos uruguayos, la cocina de excelencia y un ambiente acogedor. Sin olvidarnos de los shows de baile de tango que se ofrecen todos los mediodías de lunes a sábados, donde los comensales pueden disfrutar de forma gratuita de un espectáculo tanguero de gran nivel, exponente de las mejores tradiciones culturales uruguayas.


Montevideo Sur, historias por contar
Jesús Rodríguez y Leonor Carballo, coruñeses, de Coristanco, comparten una intenso amor que les trajo al Uruguay para cumplir un sueño de progreso y libertad. El joven llegó solo a Montevideo, a principios de 1952, en busca de un trabajo que le permitiera formar su familia. Ella se quedó en la aldea, esperando, pero el tiempo pasaba y ella deseaba casarse. Cinco años después, tomó una decisión que sorprendería a todos. -Me voy a Montevideo a buscar a mi novio –anunció a su padre, a punto de cumplir la mayoría de edad. Dicho y hecho. A las pocas semanas se embarcaba en Vigo, en el recordado transatlántico Monte Udala, que la trajo a tierras uruguayas.
Jesús Rodríguez y Leonor Carballo,
propietarios del Montevideo Sur.

(Ignacio Naón, 2009)
Una crónica íntima que se reproduce con toda su sensibilidad, en las viejas fotos del bar Montevideo Sur, dueño y señor de un barrio histórico. El emblemático Barrio Sur, a la altura de las calles Paraguay y Maldonado, es un espacio de encuentros y reencuentros.
Los memoriosos insisten en que el almacén data de 1930, pero fue con Leonor y Jesús, que adquirió su dimensión actual. Es un espacio libre de marquesinas, casi sin referencias exteriores, con un interior apasionante. Así el comercio y el buen edificio, de sobrias referencias Art Decó, dan ejemplo de convivencia armoniosa. El tiempo ha ido pasando en el exterior del edificio y en la apariencia de sus dueños, pero no para el espíritu ambos, ni para el escenario donde se mueven. Como el amor que los une, el territorio es preservado con esmero y tenacidad. Tantas veces les fue ofrecida una fortuna, con fines de aparente progreso. Tantas veces les ofrecieron nuevo equipamiento, a cambio de las viejas instalaciones. Siempre con la misma respuesta: los bienes de nuestra vida, no se venden.
Desde la puerta de la calle Paraguay se divisa el tradicional mostrador de mármol, las vitrinas botelleras, las mesas y las sillas vienesas que dialogan de mil amores con el ancho zócalo de mayólica. Dos objetos reinan entrañables en ese ambiente: el antiguo grifo de agua, en mármol y broce, y la vasera de tres niveles, donde las copas han descansado miles de veces, acariciadas siempre con delicadeza.
Su espacio interior es considerado un patrimonio inmaterial irrepetible. Suele ser utilizado en producciones cinematográficas, nacionales y extranjeras, por expresar, como pocos, la personalidad de los boliches de antaño. Muchas películas se han filmado allí. Y todavía falta contar una historia romántica que el barrio admira: el amor eterno de Leonor y Jesús.

Café y Bar Rey, el fiel de la balanza
El cruce de las calles Daniel Muñoz y Joaquín Requena, es el corazón del histórico Cordón. Allí está el Bar Rey, uno de los rincones imperdibles de la ciudad, con su peculiar mostrador de mármoles de Carrara, baldosas gastadas, dos heladeras de roble de ocho puertas, y sus estanterías de cuidado diseño que desde siempre atesoran botellas polvorientas de grappa, de la emblemática marca nacional Ancap.
José Bouzón en la puerta
del Bar Rey,  referencia
del barrio del Cordón.
(Ignacio Naón, 2009)
El pontevedrés José Bouzón, se vanagloria de vender los mejores fiambres del barrio y sus alrededores. Una mercadería selecta, que corta con una filosa máquina manual, y que pesa con una balanza Dayton, que llama la atención por su enorme aguja, de precisión milimétrica. Coleccionistas, uruguayos y extranjeros, han intentado comprarle ambas herramientas que datan de la década de 1930... sin éxito. Le han ofrecido mucho dinero, pero, puede más el testarudo amor de Bouzón, por esos bienes de hondo valor patrimonial y sentimental.
Hasta mediados del siglo pasado, Montevideo se daba el pequeño lujo de tener muchos bares Rey, en cualquier esquina, sin que nadie se asombrara. Eran espacios colectivos de absoluta presencia masculina, solo quebrada por la esforzada permanencia de la esposa del propietario. Así es la vida de Agustina Rey de Bouzón, nacida en el municipio de Pontecesures, a metros del milenario puente romano del río Ulla. Ella comparte con su marido un comercio que heredó de su padre, Milauro Rey.
Entre los parroquianos más recordados, la memoria colectiva registra con nitidez al escritor, periodista y político Manuel Maneco Flores Mora, al argentino Horacio Guaraní, cada vez que cruza el Río de la Plata, a José El Sabalero Carbajal, a José Pepe Guerra y Braulio López, voces del legendario dúo Los Olimareños, al popular cantor Washington Canario Luna, a la  deslumbrante vedette carnavalera Rosa Luna. El Bar Rey celebra, cada mañana, una visita entrañable y erudita. Allí se toma un cafecito el historiador Aníbal Barrios Pintos, cronista de los barrios montevideanos, de villas y pueblos orientales, tantas y tantos, fundados por gallegos.

El Volcán, todos los días, toda la vida
El coruñés Manuel Ribeiro, dedicado hijo de Lavaña, tiene un récord difícil de igualar. Hace más de medio siglo que cada mañana, muy temprano, abre su negocio, sin haber faltado un solo día. “Es mi vida, mi felicidad, que comparto con mi esposa, que ha faltado alguna vez, pero se le perdona: fue para parir a nuestros hijos”, aclara risueño.
Manuel Ribeiro y Daría Vilariño
dentro de  su "Volcán".
(Ignacio Naón, 2009)
El Volcán está ubicado en avenida Italia y Santander, en el barrio Malvín, una bulliciosa zona de tránsito hacia las famosas playas del Río de la Plata y el Atlántico, la más célebre Punta del Este, un sitio que Ribeiro no conoce porque prefirió quedarse a trabajar. Es el centro de un espacio de quintas perales y carpas gitanas, que fuera parada de camioneros, vendedores de hielo y contrabandistas que venían desde Brasil.
El laborioso gallego presume que su bar, abierto en 1947, se llama así por la inolvidable erupción del volcán Villarrica, en los Andes chilenos, que envió su ceniza a Uruguay; tanta, que la gente la recogía del piso para utilizarla como pulidor.
Tras su bautismo de polvos y piedras, por el comercio pasaron cuatro propietarios. El primero fue el compostelano Francisco Pazos, que lo inauguró, hasta el presente continuo de Ribeiro, que lo adquirió en 1957, luego de haber sido un empleado de confianza. Desde entonces comparte su esfuerzo con Daría Vilariño, también de coruñesa, de Santa Comba. Ellos le imprimen al negocio un carácter familiar, de serena cordialidad.
Ribeiro es un trabajador empedernido, pero también un amante de la pandereta, el dulce instrumento que aprendió a tocar en su aldea. A su manera, es un gestor cultural, que organiza veladas musicales, siempre, sin desatender el negocio. También fundó un equipo de fútbol, al que solo fue a ver alguna vez.. El Club Social y Deportivo El Volcán contaba con apoyo económico del bar, pero era dirigido por los parroquianos, que le consiguieron personería jurídica y una infaltable camiseta gris, alusiva a las históricas cenizas del Villarrica.
“El Volcán es un ejemplo tardío de un tipo de construcción que tuvo gran difusión en los treinta y los cuarenta: una edificio en padrón esquina que alberga un conjunto de almacén y bar, más la vivienda de los dueños y una construcción anexa. Sobreviviente de esos tiempos, el comercio ha debido enfrentar el desafío de profundos cambios en su entorno y ha tratado de adaptarse si renegar de una herencia que es justo motivo de orgullo para los Ribero y para el barrio Malvín”, explica el arquitecto Nery González, investigador del patrimonio comercial montevideano.

 
Roberto Mallón en su lugar en el mundo: el Arocena.
Arocena, un sabor religioso
El 1 de agosto de 1974 los gallegos Roberto Mallón y Jesús Boquete Moya compraron un pequeño boliche de Carrasco, cuando era un rincón de muchas copas y pocas minutas. “No hay oficio que no se aprenda. Cuando nos instalamos con mi socio, no sabía hacer chivitos, me enseñó un planchero, Marcos Medina, que trabajaba con los dueños anteriores”, evoca Mallón, coruñés de Carballo, desde su lugar en el mundo: el mostrador.
Desde aquel primero, hasta el que preparó hoy, siempre utiliza los mismos ingredientes: jamón, muzzarella, morrón, panceta, lechuga, tomate, mayonesa, huevo duro, con un pan tortuga. “Si nos piden lo hacemos al plato, con papa fritas, arvejas, rusa, pero sólo chivitos de lomo, de ninguna otra carne, ni de vaca, ni de pollo, ni de cerdo, ni de pescado. Si no es con lomo, no lo hago, no me interesa”, exhorta.
El Arocena es el bar más antiguo del barrio, abierto en 1923, dos años después que el Hotel Casino Carrasco. “Hice de todo en la vida, fui seminarista, estudiante de cura y monaguillo en la Catedral de Santiago de Compostela, pero lo que más me gusta es cocinar y servir lo que hago. Nuestros chivitos tienen ese gusto distinto, porque los hacemos con las manos y el alma. En 40 años siempre hice la misma receta, nunca la cambié, ni la voy a cambiar tampoco.”
Para los jóvenes el Arocena es una costumbre de fin de semana a la noche, pasan antes del baile, comen un chivito, y vuelven al amanecer, para comerse otro cuando se van a dormir. “Aquí adentro somos todos iguales, el más rico y el más pobre, el estanciero y el cuidacoches. A nadie se le niega la entrada, y sólo se lo echa si se porta mal, algo que pasó muy pocas veces. Somos una familia y yo soy el padre de todos, los cuido y pongo las reglas para que todos pasemos bien”, acota Mallón.
El arte  de perdurar en Carrasco.
Chivitos al vuelo. “Nos sorprende la gente que viene al Arocena, viajeros de los países más cercano y más lejanos. Salimos en revistas de turismo de Argentina, Brasil, Chile, España, Estados Unidos. Hace poco vino una pareja de argentinos que leyó un artículo del bar en la revista del avión. Se bajaron en Carrasco, pasaron a comer un chivito y siguieron vuelo. Los famosos argentinos pasan a cada rato. Tinelli, si anda cerca, seguro que viene, porque una vez le dijeron que aquí se hacen los mejores chivitos del Uruguay, y por lo visto no lo defraudamos, porque vuelve”, afirma el coruñés Roberto Mallón.
Un lugar en el mundo. “El Arocena es nuestro lugar en el mundo, el día que cierre no sé qué vamos a hacer. Es un reencuentro diario con amigos, con la historias del barrio. Su chivito es único, el mismo hace cuarenta años, Jesús y Roberto lo hacen de la misma forma: carne de lomo, y aderezados además con lechuga, tomate, huevo, morrón, jamón, muzzarella, panceta, presentado todo este relleno en un pan de tortuga. ¡El mejor!”
Adolfo Sayago, artista plástico

Su Bar, otra música en el barrio Palermo
Nació en la década de 1940, cuando el pontevedrés Ruben Fernández, abrió un típico almacén con la vivienda en el piso de arriba y un gran balcón con baranda que recorría toda la fachada. Hace muchísimos años que habita la esquina de las calles Maldonado y Jackson, y fue por mucho tiempo un ejemplo del típico bar de copas. Desde allí los parroquianos veían encender el fuego que templaba las lonjas de los tamboriles, porque en el barrio Palermo el candombe es una necesidad vital.
Pepe Pita, propietario de Su Bar,
con su inolvidable amigo, el actor
compostelano Andrés Pazos.
(Foto Ignacio Naón, 2008)
Recién fue Su Bar en la década de 1990, cuando José Pepe Pita y su esposa Lucy Labandera, lo transformaron en un sitio austero y amablemente iluminado. Su fachada y su interior se han renovado, con ventanales, lambriz y cielorraso de madera. Uno puede dar cuenta, en un sencillo y límpido clima, de un buen café o cortado, acompañado con toda clase de pastelitos y tartas caseras, que varían según el día y la inspiración de la sabia Lucy.
En su mostrador se han escuchado todo tipo de conversaciones, que traducen la filosofía cotidiana:
-¿Qué era el Uruguay antes de ser una república?
A lo que el interrogado contestaba: -¡Pues, una republiqueta!
Su Bar es un espacio acogedor pare reuniones de media tarde. El gran actor compostelano Andrés Pazos sigue siendo, aún a la distancia, de vuelta en su ciudad natal, un habitué inmaterial. Jamás podrá olvidar las mesa compartida con Juan Pablo Rebella, su director en la memorable película Whisky, la más laureada de la historia del cine uruguayo.
Pero la mejor anécdota de su ambiente fraterno e intelectual, fue narrada por Mario Delgado Aparaín, en el libro Boliches Montevideanos. Cuenta que el escritor y actor Julio César Castro, Juceca, solía  tomarse allí un cafecito; a veces anotaba y otras veces leía. Una tarde un parroquiano que lo miraba con atención; no pudo con la curiosidad y le preguntó:
-Perdone amigo... ¿Qué lee?
-¿Quién?
-Usted. Ese libro
-La balsa de piedra, de Saramago.
-Una balsa de piedra se hunde.
-No sé. Voy por la mitad.

Unibar, una cuna del rock nacional
Cálido, discreto, tranquilo. El amable bar y restorán está a apunto de cumplir medio siglo, como espacio de diálogo fraterno entre docentes, funcionarios y estudiantes de la Facultad de  Derecho de la estatal Universidad de la República, y del Instituto Alfredo Vázquez Acevedo, el primer preunivesitario del país.
Sergio Terrazo, un gestor
cultural en el Unibar de
Eduardo Acevedo y  Guayabo.
(Ignacio Naón, 2009)
Su historia comenzó en 1962, cuando el orensano Sergio Terrazo adquirió un oscuro boliche de “vino y refuerzos”, por entonces conocido como El Universitario. Su historia personal merece ser conocida. En Galicia fue artesano, ebanista y republicano trashumante. Estuvo exiliado en Portugal, Francia y Brasil, antes de quedarse en Montevideo agradecido por el trato a los desterrados del franquismo. En la década de 1950 fue fabricante de plumeros artesanales, que él mismo vendía puerta a puerta, mientras soñaba con su café intelectual.
Unibar está ubicado en la calle Eduardo Acevedo, esquina Guayabo, en el barrio del Cordón. Terrazo lo decoró de acuerdo a su sensibilidad: con viejos carteles publicitarios, de notable vigencia artística, jarras de cerveza y objetos de indudable valor patrimonial. Sus ventanas a la calle iluminan las mesas de madera y mármol, sillas vienesas y un mostrador ecléctico típico de la década de 1960. Un atractivo espejo en forma de faja ancha, que cubre todo el perímetro del salón, crea un ambiente especial: en las mañanas por el reflejo del sol, en las noches por las luces de la ciudad. Allí se refugian profesores madrugadores, que toman un café con leche con media lunas, mientras corrigen escritos, tanto como alumnos del nocturno, que a última hora se citan para beber una cerveza sin tiempo.
Una historia que conmueve es la de Erlindo Coco Herrera, mozo del bar por más de treinta y cinco años, homenajeado por los clientes con la edición de un libro biográfico que cuenta anécdotas entrañables del más conocido personaje del Unibar. La obra es una narración colectiva, en la que intervienen decenas de clientes: El Coco de blanco y negro, Editorial Latina, 1995. Herrera falleció recientemente, en un episodio que sembró de tristeza a sus amigos.
“Casi en la frontera del minibar, su espacio ha sido utilizado con escrupulosa minuciosidad, como si se tratara de equipar la estrecha cabina de un barco, pero, el protagonismo, de día o de noche, lo asume la luz”, afirma el arquitecto Nery González, especialista en patrimonio edilicio.
Unibar es el ámbito casi natural del encuentro de estudiantes y profesores de muchas generaciones. Su equipamiento interior y decoración le otorgan una fuerte identidad que refuerza una tradición intelectual. Con espíritu joven. Con la sensibilidad del orensano Terrazo.



Diego Pérez Bello, tercera generación del Tinkal.
Tinkal, el templo del chivito
Un símbolo mayor de la gastronomía uruguaya es, un sándwich de carne vacuna con un acompañamiento básico de jamón, muzzarella, tocino, tomate, lechuga y mayonesa, pero que puede llegar a una veintena de imngredientes, tantos como deseer probar el comensal. Uno de los bares emblemáticos de Montevideo, donde se preparan los mejores chivitos fue fundado por los inmigrantes gallegos Manuel Bello y Lucila González, ambos venidos de Celanova, Orense, que se conocieron y se casaron en la capital uruguaya.
Desde su apertura, el 10 de enero de 1970, El Tinkal está ubicado en la calle Emilio Frugoni, a pocos metros de la Rambla, donde comienza el barrio Parque Rodó.  La pareja había adquirido un almacén casi fundido en sociedad con su paisano y colega Luis Andrade. “Nuestro socio le puso Tinkal porque le gustaban los nombres con ‘T’, también por él preparé mi primer chivito en marzo de 1973, cuando me dijo: ‘Manolo tienes que hacer algo distinto a los otros, que llame a la gente’. Al otro día, cuando llegué al boliche, había un cartel enorme, pintado, sobre el mostrador: Chivito a la chilena.”
Manuel Bello y Lucila González en familia.
Aquel primer sándwich que Bello realizó obligado por Andrade era igual al último que elaboró antes de retirarse, en 2010: pan catalán abierto, caliente con muzzarella en una parte, lomo, jamón, lechuga, tomate y mayonesa en la otra mitad del pan. “Nada más, así es un chivito del Tinkal”, asegura Lucila González, por años, encargada de la cocina. “Cuando me pedían que le pusiera algo más, huevo frito, pickles, hongos, o lo que fuera, yo era muy claro con el cliente: se lo hago como quiera pero usted se pierde el verdadero sabor de nuestro chivito”, afirma Manuel creador del Chivito Tinkal, desde el que fue su territorio por más de cuatro décadas: la plancha.
Bello compartió la receta con sus nietos, Cecilia y Diego Pérez Bello, emprendedores jóvenes, que continúan su obra gastronómica. “Mantenemos y cuidamos la creatividad de nuestro abuelo. Hay algunos secretos que nunca vamos a revelar, nada complicados, porque su buen gusto está en la simpleza”, explica Diego. Su hermana y socia también invirtió para mantener el negocio en el ámbito familiar. “Cuando surgió la idea de comprarles el bar a los abuelos, no lo dudé. Esta es una empresa, en la que se trasmiten valores de generación en generación. Hacer y servir chivitos, para nosotros es un gesto cultural. Lo mejor es que así también lo entienden los clientes”, anota Cecilia.
Manuel Bello también creó un chivito canadiense distinto a los otros, más suave: pan catalán, lomo, muzzarella, jamón, lechuga y tomate. “Lo hicimos bien liviano desde el principio, pensando en clientes que deben cuidar su salud”, explica el emprendedor. La receta es continuada por sus nietos, alineados con un concepto muy actual: nutrición saludable. “También en eso fue un adelantado, cuando todos los canadienses acumulaban montañas de ingredientes y gustos, hizo un chivito sencillo, de bajas calorías”, concluye Diego Pérez Bello.
Historias del Tinkal.
El Tinkal es un espacio repleto de memoria, donde se cuentan historias que se acercan a lo increíble.“La gente de nuestra vecina cercana, la embajada de Estados Unidos, tuvo mucho que ver con que nos fuera bien. Al principio pedían hamburguesas, hasta que nos animamos a ofrecerle chivitos, enseguida unos le fueron pasando la voz a otros, y así creo que pasaron casi todos los funcionarios; pero no pedían hamburguesa, sino chivito del Tinkal.Una mañana de abril de 1970 y pico, vino un militar estadounidense que me pidió 40 chivitos. Mientras los guardaba en una caja conservadora, me animé a preguntarle qué iba a hacer con ellos, a lo que me respondió: me vuelvo a Washington y quiero que mis amigos prueben chivitos del Tinkal. ¡Nunca más lo ví!”, evoca Manuel Bello.
Sin lomo, no hay chivito. “Tinkal es uno de los tres mejores lugares para comer chivito. Como dice Manuel Bello si no hay lomo no hay chivito. Ese es el secreto del éxito, pero también su simpleza y porque responde a la personalidad de su creador.” Juan Hounie, conductor del programa “Montevideo TVO”, emitido por TV Ciudad, 21 de diciembre de 2009.