miércoles, 20 de septiembre de 2017

Cuando Obdulio Varela, Negro Jefe de Maracaná, fue evocado por Eduardo Galeano y otros cronistas

El capitán del siglo

Nacido el 20 de setiembre de 1917 en La Teja, un barrio obrero del oeste montevideano, según su cédula de identidad se llamaba “Obdulio Jacinto Muiños Varela”. De ascendencia africana, española y griega, siempre firmó con el apellido materno por el que optó con amorosa rebeldía. Para su familia y sus amigos más cercanos era Jacinto, para el pueblo uruguayo y el mundo del fútbol siempre será El Negro Jefe. Cuando se cumple un siglo del nacimiento del legendario caudillo de Maracaná, su vida es evocada a través de la memoria del escritor Eduardo Galeano (1940—2015) y de otros cronistas que lo entrevistaron para concebir semblanzas sobre una poderosa personalidad que marcó a fuego más de medio siglo de un país.

Hablé mucho con Obdulio, el Gran Capitán del Mundial 1950. A pesar de haber sido el líder de la mayor hazaña futbolística de la historia era muy humilde, de pocas palabras, mínimas sobre él mismo. No se la creía, entonces, cuando contaba algo, decía la verdad. Un momento crucial del partido contra Brasil fue cuando él se puso la pelota abajo del brazo luego del 0—1. Le costó contarme esa historia entera, porque se emocionaba mucho. Se la fui sacando de a pedacitos.”
Uruguay ganó de atrás contra todo pronóstico y contra el local que era el favorito absoluto. Tenía todo armado para la victoria, cuando pasó una ráfaga Celeste. Obdulio fue el autor intelectual y emocional de la hazaña, por su carácter templado, su don de mando, y porque cuando Maracaná se transformó en un infierno, luego del gol de Friaça, se puso la pelota abajo de brazo y así se quedó varios minutos sin que el juez se animara a decirle: Señor, mueva del medio de una vez.”
Había sido el capitán de la huelga de jugadores de 1948, que duró siete meses. Los jugadores uruguayos exigían que se les reconociera el derecho a organizarse sindicalmente como trabajadores. Tuvieron apoyo popular porque en Uruguay un domingo sin fútbol es grave, pero treinta fines de semana era impensado. Sin embargo sobrevivieron. Obdulio Varela, templó su carácter de capitán en la lucha sindical.” 

Jules Rimet entregó la Copa del Mundo al
capitán uruguayo Obdulio Varela, luego
del triunfo de Maracaná, en 1950. El
presidente de FIFA ni siquiera había
preparado un discurso en español,
convencido de que el campeón iba
a ser el locatario Brasil.
(Museo del Fútbol)
Tudo foi por Obdulio
El Negro Jefe fue la estrella de la victoria de Maracaná, de quien todos hablaban, pero que pocos conocían. La misma noche del 16 de julio se escapó de la concentración, cuando todos celebraban. Se cubrió con un amplio impermeable, se escapó disfrazado de Humpfrey Bogart, la gran estrella cinematográfica del momento. Salió por una puerta trasera, nadie lo vio.”
Lo llamaban Vinacho, porque su droga de era el vino. Pero en las cantinas brasileñas bebió cerveza. Se puso a tomar con otros, como uno más, y encontró a la gente llorando. Eran los restos de un animal rugiente, de doscientas mil cabezas, la mayor cantidad jamás reunida en la historia del fútbol. Él los había odiado con todas sus fuerzas. Cuando los vio de a uno llorando la derrota sintió una pena tremenda. Y ellos decían: 'tudo foi por Obdulio', nadie lo reconoció. Y pensó: 'cómo pude yo hacerles esa maldad, esta pobre gente'. Pasó toda la noche abrazado con sus vencidos. La historia fue esa.”
Testimonio de Eduardo Galeano, en entrevista para el artículo Cerrado por fútbol, publicado en la revista española Ábaco, Gijón, Junio 2014.

Crónicas de Maracaná
"Siete países americanos y seis naciones europeas, recién resurgidas de los escombros, participaron en el torneo brasileño. La FIFA prohibió que jugara Alemania. Por primera vez, Inglaterra se hizo presente en el campeonato mundial. Brasil y Uruguay disputaron la final en el Estadio Mario Filho de Río de Janeiro, el más grande del mundo, ubicado en el barrio de Maracaná."
"Brasil era una fija, la final era una fiesta. Los jugadores brasileños, que venían aplastando a todos sus rivales de goleada en goleada, recibieron en la víspera, relojes de oro que al dorso decían: Para los campeones del mundo. Las primeras páginas de los diarios se habían impreso por anticipado, ya estaba armado el inmenso carruaje de carnaval que iba a encabezar los festejos, ya se había vendido medio millón de camisetas con grandes letreros que celebraban la victoria inevitable."
"Cuando el brasileño Friaça convirtió el primer gol, un trueno de doscientos mil gritos y muchos cohetes sacudió al monumental estadio. Pero después Schiaffino clavó el gol del empate y un tiro cruzado de Ghiggia otorgó el campeonato a Uruguay, que acabó ganando 2 a 1. Cuando llegó el gol de Ghiggia, estalló el silencio en Maracaná, el más estrepitoso silencio de la historia del fútbol, y Ary Barroso, el músico autor de Aquarela do Brasil, que estaba transmitiendo el partido a todo el país, decidió abandonar para siempre el oficio de relator de fútbol."
"Después del pitazo final, los comentaristas brasileños definieron la derrota como la peor tragedia de la historia de Brasil. Jules Rimet deambulaba por el campo, perdido, abrazado a la copa que llevaba su nombre. "Me encontré solo, con la copa en mis brazos y sin saber qué hacer. Terminé por descubrir al capitán uruguayo, Obdulio Varela, y se la entregué casi a escondidas. Le estreché la mano sin decir ni una palabra", solía evocar el histórico presidente de FIFA, unas cuantas décadas después."
"En el bolsillo, Rimet tenía el discurso que había escrito en homenaje al campeón brasileño. Uruguay se había impuesto limpiamente: la selección uruguaya cometió 11 faltas y la brasileña, 21. El tercer puesto fue para Suecia. El cuarto, para España. El brasileño Ademir encabezó la tabla de goleadores, con nueve tantos, seguido por el uruguayo Schiaffino, con seis, y el español Zarra, con cinco.”
Eduardo Galeano, en El fútbol a sol y sombra, Siglo XXI Editores, Editorial Catálogos, Buenos Aires, 1995. 

La camiseta de Obdulio Varela,
el Negro Jefe, capitán en la
gesta de Maracaná, sobresale
como un emblema del patrimonio
cultural uruguayo frente a una
imagen gigante del memorable
segundo gol de Alcídes Edgardo
Ghiggia contra Brasil.
(Museo del Fútbol)
"No piensen en toda esa gente, no miren para arriba, el partido se juega abajo y si ganamos no va a pasar nada, nunca pasó nada. Los de afuera son de palo y en el campo seremos once para once. El partido se gana con los huevos en la punta de los botines." 
Frase atribuída a Obdulio Varela cuando los Celestes caminaban por el túnel de Maracaná, pocos minutos antes del partido contra Brasil.

Número 5
"Cuando empezó a jugar al fútbol no era muy bueno: ni muy rápido ni muy técnico. Pronto se vio que lo suyo era otra cosa. Lo suyo era el carácter. Los compañeros le obedecían y los rivales le respetaban. Cuando llegó al Wanderers de Montevideo, en 1937, ya era el Negro Jefe, el medio centro, o centrojás (centre—half), más prestigioso del país." 
"Nunca perdía los nervios y sabía lo que vale un gesto. Cuando ya estaba en Peñarol, durante un partido contra Nacional, su compañero Montaño recibió una patada salvaje y el árbitro pitó una simple falta. El Negro Jefe agarró la pelota y se acercó al árbitro: 'Señor juez', dijo, 'si alguno de mis futbolistas llega a dar una patada como la que aquel señor acaba de dar, le ruego que lo expulse, porque en mi equipo un jugador que pega así no merece seguir en la cancha'."Peñarol fue uno de los primeros equipos en lucir publicidad en la camiseta. La llevaban todos, menos el Negro Jefe, que se negó. En 1945, tras una victoria sobre el River Plate argentino, los directivos decidieron premiar a todos los jugadores con 250 pesos, y con 500 al Negro Jefe. Que no estuvo de acuerdo: 'Yo jugué como todos; si ustedes creen que merecí 500 pesos, son 500 para todos; si ellos merecieron 250, yo también'. Y fueron 500 para todos. Los directivos le odiaban. El sentimiento era recíproco."
"Luego del Maracanazo la selección brasileña no jugó otro partido en dos años. Y no volvió a lucir el color blanco de aquella selección. En esa noche amarga de Brasil, el Negro Jefe se negó a celebrar la victoria con sus compañeros. Se marchó a recorrer bares, triste por los vencidos. Acabó bebiendo y consolándose con varios aficionados brasileños. Al día siguiente no quiso fotos, ni compartir festejos con los federativos. No sentía ningún ardor patriótico. ¿La explicación? 'Mi patria es la gente que sufre'. Le dieron un dinero y compró un coche viejo, de 1931; se lo robaron a la semana siguiente."
"Se retiró en 1955 para vivir en la pobreza con su mujer, y siguió rumiando, como si la noche del maracanazo fuera infinita, su desprecio por los dirigentes y su compasión por los brasileños. 'Ganamos porque ganamos, nada más'. 'Nos llenaron de pelotazos, fue un disparate. Jugamos cien veces, y solo ganamos ésa', afirmó, muchos años más tarde."
"Sus botas de Maracaná y su camiseta, con el número 5, se guardan en la Federación Uruguaya. Al final, hasta eso se quedaron los dirigentes."
Pasajes de Obdulio Varela, el reposo del centrojás, capítulo del libro Artistas, locos y criminales, Osvaldo Soriano, Bruguera, 1983.

Tapa del libro El fútbol a sol
y sombra, de Eduardo Galeano.
Jacinto
Obdulio Jacinto Muiños Varela nació el 20 de setiembre de 1917, en La Teja, un barrio popular del oeste montevideano. De ascendencia africana, española y griega, siempre firmó con el apellido materno que llevó con rebelde orgullo, para su familia y sus amigos más cercanos era Jacinto, para el pueblo uruguayo y el mundo del fútbol siempre será El Negro Jefe.
Jugó en el Club Deportivo Juventud, un equipo amateur de la antigua Intermedia, la tercera divisional, hasta que en 1937 pasó al Montevideo Wanderers Fútbol Club, una institución profesional, entre las más añejas de la Asociación Uruguaya de Fútbol. Luego de seis temporadas en el Bohemio, en 1943 fue transferido a Peñarol, con el que obtuvo los campeonatos uruguayos de 1944, 1945, 1949, 1951, 1953 y 1954.
—Debutó en la selección uruguaya en un triunfo sobre Chile (3—2), por el Campeonato Sudamericano (actual Copa América) de 1939. Jugó 45 partidos internacionales en los que marcó nueve goles.
Con la Celeste conquistó el Campeonato Sudamericano de 1942 y fue capitán del equipo que ganó la Copa Mundial de Brasil 1950, en el partido contra la selección anfitriona; una histórica final que no fue tal, conocida como Maracanazo.

Deportista uruguayo del siglo
"Su leyenda se mezcla con la del invicto celeste en los mundiales. Jugó el Mundial de Suiza ya veterano y con algunos problemas físicos. Al convertir un gol ante Inglaterra, por los cuartos de final, festejó y se desgarró. No pudo estar en la semifinal ante Hungría y fue la primera derrota uruguaya en una Copa del Mundo. Curiosamente, jugó su último partido profesional en el propio Maracaná. Fue en 1955 ante América de Río, cuando ya ejercía junto a Máspoli la dirección técnica de Peñarol."
"Tenía un terreno en Villa Española, que le había dado un camionero amigo a cambio de un préstamo. Construyó con ayuda de su suegro y vivió allí desde 1964, donde lo iban a visitar cada cumpleaños suyo o de Maracaná. Con los años esa imagen reservada, casi hosca se fue suavizando. Siguió siendo terminante en las entrevistas, pero solía cerrar las frases guiñando un ojo y con una sonrisa. También llegaron los reconocimientos. Peñarol lo designó en 1991 jugador símbolo de la era profesional. La FIFA le entregó la Orden del Mérito durante el Mundial 1994. 
"Tras el fallecimiento de su esposa Cata, a principios de 1996, ya no abandonó su casa. Murió el 2 de agosto siguiente. Fue enterrado en el Cementerio del Cerro. En 1999 sus restos fueron trasladados al Panteón de los Olímpicos, en el Buceo. Un año después fue elegido Deportista uruguayo del siglo por el Comité Olímpico."
Pasajes del artículo Entró en la gloria con la pelota bajo el brazo. Se cumplen 100 años del nacimiento del Negro Jefe, capitán de Maracaná, Luis Prats, El País, Montevideo, 17 de setiembre de 2017.

"Si no hay unidad pueden jugar los mejores once del mundo que no le ganan a nadie." 
Exhortación del Gran Capitán al plantel uruguayo, reunidos en una sala del Aeropuerto de Carrasco, antes de subir al avión que los transportó a Río de Janeiro. Obdulio le ordenó a sus compañeros que saludaran uno por uno a Matías González, futbolista que no había acatado la huelga que él lideró.

Afiche de la Copa Mundial 1950.
IV Copa Mundial de Fútbol
Se disputó en Brasil, entre el 16 de junio y el 16 de julio de 1950, después de haber sido suspendida en 1942 y 1946, con la participación de 13 equipos, entre los que quedaron semifinalistas: Brasil, España, Suecia y Uruguay.
El último partido fue entre Brasil y Uruguay, ya que no hubo una final oficial. Fue un espectáculo a estadio repleto, presenciado por más de 200.000 personas, en el estadio conocido como Maracaná. Brasil era el favorito en todos los aspectos, pero Uruguay, con un coraje y un temple irrepetibles ante situaciones adversas, logró dar vuelta un resultado y entrar en la historia por una hazaña insólita.
 Jules Rimet entregó la Copa del Mundo al capitán uruguayo Obdulio Varela. El presidente de FIFA ni siquiera había preparado un discurso en español, convencido de que el campeón iba a ser el locatario.

Brasil 1:2 Uruguay
Uruguay: Roque Máspoli, Matías González, Eusebio Tejera, Schubert Gambetta, Obdulio Varela, Víctor Rodríguez Andrade, Alcides Ghiggia, Julio Pérez, Oscar Omar Míguez, Juan Alberto Schiaffino y Ruben Morán. Director Técnico: Juan López.
Brasil: Barbosa, Augusto, Juvenal, Bauer, Danilo Alvim, Bigode, Friaça, Zizinho, Ademir, Jair e Chico. Director Técnico: Flávio Costa.
Goles: 47’ Friaça (Brasil), 66’ Schiaffino (Uruguay), 79’ Ghiggia (Uruguay).
Árbitro: George Reader (Inglaterra).

Campeones del Mundo 1950
Alcides Ghiggia, Aníbal Paz, Carlos Romero, Ernesto Vidal, Eusebio Tejera, Héctor Vilches, Juan Burgueño, Juan Carlos González, Juan Alberto Schiaffino, Julio César Britos, Julio Pérez, Luis Rijo, Matías González, Obdulio Varela, Oscar Míguez, Rodolfo Pini, Roque Máspoli, Ruben Morán, Schubert Gambetta, Víctor Rodríguez Andrade, Washington Ortuño, William Martínez. Director Técnico: Juan López.

Tapa del libro Obdulio, más allá
del mito, de Armando Fernández.
Capitán eterno
Trabajó desde los ocho años, cuenta Armando Fernández en Obdulio Más allá del mito. En invierno y descalzo, vendía diarios en la puerta del Petit Versalles. De madrugada paraba bolos en un bowling cercano. Dormía en cualquier lado. Lustraba zapatos y vendía pan. A los trece cuidaba coches en el Hotel del Prado. Cadete de una firma de mensajería le tocó entregar una carta a Carlos Gardel. Obdulio llegó a tercer grado y, muchos años después, Catalina Pepper, su esposa de toda la vida, hija de un húngaro contratista, le enseñó a escribir usando letras de Gardel. Dejó su empleo de oficina por exigencia de Peñarol, que lo compró en 1943. Estalló de felicidad cuando, apenas meses antes del Mundial de Brasil, consiguió un nuevo empleo en el Casino.”
Obdulio se curtió dos años en canchas bravas de la Intermedia uruguaya. De hinchas con fierros y piedras. En las que estaba prohibido gritar gol de visitante, como se anotició cuando lo desmayaron de un golpe en la nuca en una cancha de Maroñas. Maracaná acaso era Hollywood al lado de eso. Su gesto de enfriar a la multitud poniéndose la pelota debajo del brazo y reclamando al árbitro inglés un supuesto 'orsai' tras el gol inicial de Brasil se hizo mito.”
Su decisión posterior de no festejar el Mundial con dirigentes que en la previa aceptaban una derrota de hasta 4—0 y luego se autoconcedieron medallas de oro e irse en cambio a embriagarse hasta las siete de la mañana con los brasileños ("mi patria —dijo una vezes el pueblo que sufre"). Y escaparse semidisfrazado de la fiesta al día siguiente en Montevideo. Y no aceptar publicidad en su camiseta. Y casi no dar notas hasta su muerte, en 1996. Y volver a jugar sí, pero sólo a beneficio de los niños lisiados.”
Obdulio estaba en crisis con Peñarol, que lo había señalado como líder fundador del sindicato y de la huelga de jugadores que paralizó siete meses al fútbol uruguayo (del 14 de octubre de 1948 al 3 de mayo de 1949). El periodista Franklin Morales cuenta en una grabación que me mandan desde Uruguay que Peñarol intentó sobornarlo tres veces durante el conflicto. Y que a todos les resultó increíble que Obdulio, que ya era capitán de la celeste, volviera durante la huelga a su viejo oficio de peón albañil.”
Pasajes del artículo La leyenda de Obdulio Varela: los cien años del capitán eterno, Ezequiel Fernández Moores, La Nación, Buenos Aires, 20 de setiembre de 2017.

"“El que jugó mejor fue Julio Pérez, pero si no hubiese estado el narigón no ganábamos." 
Así explicaba Obdulio Varela por qué abrazó y alzó en hombros al joven puntero Alcídes Edgardo Ghiggia, luego del final de partido, pese a que no con quien mejor se relacionaba.
 
Obdulio, desde el alma
Había visto al línea levantando la bandera tras el gol de Brasil, pero la bajó enseguida, no fuera que lo mataran. 'Entonces le protesté al juez. Me di cuenta que si no enfriábamos el juego, esa máquina de jugar al fútbol nos iba a demoler'. Después le dijo a sus compañeros: 'ahora vamos a ganarle a estos japoneses', fue su arenga a los compañeros.”
¿Qué es lo que va a hacer? —me preguntó sin ambages en la entrevista inicial. 
Tapa del libro Obdulio, desde
el alma, de Antonio Pippo.
Quiero hablar con usted, y también con su esposa, si me permite, para hacerme una idea de primera mano de su personalidad y trayectoria. Después lo voy a retratar como yo logre verlo. Mire que esto no es un homenaje. A usted le gusta la franqueza: bueno, yo no vine a alcahuetearlo por más que lo admire. Va a tener negros y blancos, muchos grises, como en toda la gente. Eso sí: cuente con mi honestidad intelectual y además, usted, si lo desea, le pone punto final a esto cuando quiera."
Me miró fijamente: —Ah, bueno... Ahora sí... Si es así, dele nomás. Lo que menos quiero es que me anden lamiendo los calzoncillos...”
Cuando entró buena plata a la casa, que fueron pocas veces, sentía la compulsión de entregarle una suma a Catalina y 'guardar' por si acaso un resto para él. Guardar, en los códigos de Jacinto, suponía esconder. Cierta vez, cuando la mujer le había descubierto la mayoría de los escondites posibles, y apurado por las circunstancias, no tuvo mejor idea que meter un rollo de billetes dentro del horno de la cocina. Y pasó lo peor: se olvidó, Catalina puso a hacer una pizza y a los pocos minutos los conmovió un olor raro. Ambos corrieron al unísono, por distintas razones: ella desconcertada, él desesperado. Conclusión, el rollo de billetes se hizo a fuego lento antes que la pizza.
No piensen en toda esa gente, ni en el ruido, no miren para arriba a las tribunas. El partido se juega abajo y ¡los de afuera son de palo!”, le dijo Obdulio a sus compañeros en el túnel antes de salir a la cancha del estadio de Maracaná aquel 16 de julio de 1950.”
Cuenta la historia que uno de los dirigentes uruguayos entró al vestuario para 'alentar' a los jugadores y les dijo que 'perdiendo por menos de cuatro goles se salvaba el honor'. Obdulio le contestó: '¿Perder? ¡No, nosotros vamos a ganar este partido! Muchachos, si respetamos a los brasileños, nos caminan por arriba!'. Una vez más, el Negro Jefe tenía razón.”
Pasajes del libro Obdulio desde el alma, Antonio Pippo, Fin de Siglo, Montevideo, 1993.

El gol del siglo
16 de julio de 1950. Son las 4.27 de la tarde de un soleado domingo de calor, en Río de Janeiro. La misma hora en Montevideo, pero de crudo frío invernal. En la casa de los Morán, la General Electric, potente radio a válvulas, está puesta a todo volumen. Muchos vecinos del Cerrito de la Victoria se acercaron para acompañar a la entrañable familia de asturianos y criollos. En la cancha está El Tiza Ruben. Un tímido y delgado puntero izquierdo de diecinueve años, que, por casualidad, juega el último partido del IV Campeonato del Mundo, por lesión del titular, Ernesto Patrullero Vidal.
Son las 4.29. Uruguay pierde 1 a 0, con gol de Friaça. Más de 200 mil espectadores festejan, mientras Jules Rimet —presidente de la FIFA— memoriza un discurso en portugués, en honor a los seguros campeones. A Brasil le alcanza con el empate, pero va ganando. La mirada del añoso Gallego Morán queda fija en la nada, en resignado silencio. El dial está en la radio Sarandí, con el relato del incomparable Carlos Solé:
—“Quita Míguez para apoyar a Schiaffino; frente a él se defiende Bigode. La resta al centro de la cancha donde va a tomar Gambetta. Cruza la pelota en dirección a Julio Pérez. Julio Pérez arremete frente a Danilo. Lleva la pelota Pérez. Le traba la pelota Danilo. Con todo la vuelve a tomar Pérez. Se repliega. Elude a Bauer. Apoya a Obdulio Varela. Varela al puntero Ghiggia, perseguido por Bigode. Se corre al arco. Coloca el centro. Toma Schiaffino. Goool, goool uruguayo. Gol de Schiaffino, a los 21 minutos. Se le escapó Ghiggia al jugador Bigode. Colocó el centro y el jugador Juan Alberto Schiaffino la tomó de media vuelta. Colocó un violento remate alto, dejando sin chance a Barbosa. Schiaffino autor del tanto. Uruguay 1, Brasil 1.”
Selección uruguaya del memorable partido
contra Brasil, del 16 de julio de 1950.
De pie: Obdulio Varela (capitán), Juan López
(DT), Eusebio Tejera, Shubert Gambetta,
Matías González, Roque Máspoli, Víctor
Rodríguez Andrada. Agachados:
Alcides Ghiggia, Julio Pérez, Oscar Míguez,
Juan Schiaffino y Ruben Morán.
Uruguay nomá —es grito de guerra en el Cerrito. Está ocurriendo lo que pocos soñaron. Los Celestes empatan con el local, favorito y goleador. Ruben sigue en la cancha, por la punta izquierda. Pero las principales jugadas ocurren por la derecha. Por el ala de Schubert Mono Gambetta, Julio Pata Loca Pérez y Alcides Ñato Ghiggia. “¡Empatamos nomá. Uruguay que no, ni no!” Una ilusión ilógica, pero posible. Todavía faltan 24 minutos.
4.41 de la tarde. En Montevideo y Río de Janeiro, es la misma hora, pero muy distintas las temperaturas. Aquí, el calor enciende. Allá, el frío paraliza. “La para Míguez y apoya a Julio Pérez. Se va adelante Julio Pérez con la pelota, esperando que se cruce Ghiggia. Julio Pérez atacando. Pérez a Ghiggia. Ghiggia a Pérez. Pérez avanza, le cruza la pelota a Ghiggia. Ghiggia se le escapa a Bigode. Avanza el veloz puntero uruguayo. Va a tirar[...]”
Las agujas bordean las 4.42. La radio se tranca, por un instante. Justo cuando el speaker está a punto de describir una hazaña irrepetible. El aparato recibe un suave golpe, que le devuelve una voz conmovida. “Gol, gool, goool uruguayo. Ghiggia tiró violentamente y la pelota escapó al contralor de Barbosa. A los 34 minutos, anotando el segundo tanto para el equipo uruguayo. Ya decíamos que el gran puntero derecho del conjunto oriental, estaba resultando la mejor figura de los celestes. Tiró en acción violenta. La pelota rasante al poste escapó al contralor de Barbosa y anotó a los 34 minutos Ghiggia el segundo tanto para Uruguay. Uruguay 2, Brasil 1. Autor del tanto Ghiggia, a los 34 minutos.”
La conquista es defendida con temple, durante once eternos minutos. Enseguida, se desata la emoción contenida. ¡Somos campeones. Vamo’ arriba la Celeste!  

¿Brasileño? 
—La duda fue planteada por Alcídes Edgardo Ghiggia, cuando en noviembre de 2013 dijo con toda naturalidad que Obdulio "era en verdad brasilero" (sic). La versión fue desmentida por historiadores del fútbol uruguayo, el más enfático fue Franklin Morales. “A nadie se le ocurre que fuera brasileño”, dijo el veterano periodista, mientras leía un pasaje de su libro Maracaná, los laberintos del carácter.
"Fui uno más de una familia grande y pobre. Nací en La Teja y de chico me trajeron para la calle Pablo Pérez, en la curva de Industria. Ahí me crié, pero todavía no jugaba al fútbol. Poca escuela; sólo tres años en la del Campo Español y después a buscar el mango. Hacía de todo. Tenía 13 años y cuidaba autos en el Hotel del Prado cuando los bacanes iban a los bailes. Por ese entonces 1930, ya vivía en la calle Esmeralda casi Dr. Pena y empecé a darle mis primeras pataditas a la de trapo. Vendí diarios en el Paso Molino y en el Centro, en el café Petit Versailles que estaba en 18 de Julio casi Yi. Medio de gitano fue mi infancia. De un barrio a otro, hasta que caímos a La Comercial. Y ahí sí, fútbol de la mañana a la noche. Tenía 16 años."
Respuesta de Obdulio Varela al periodista Franklin Morales, publicada en el libro Maracaná, los laberintos del carácter.

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