sábado, 6 de abril de 2013

José María Argul, inmigrante español, emprendedor inmobiliario, pionero de barrios montevideanos

El señor de las Tres Cruces
Graciana Arrangoitz y José Pedro
Argul en Samartín de Oscos,
Asturias, 1932.
(Archivo Argul) 
Sus hoteles, El Globo, España, Del Universo, los tres en la Ciudad Vieja, fueron la máxima expresión turística y social del Montevideo finisecular. Entre fines del siglo XIX y principios del pasado, los emprendimientos urbanos vinculados con su apellido fueron tan célebres como los de Emilio Reus o Francisco Piria. Era un innovador: el primero que construyó una propiedad horizontal para renta. Su quinta familiar tenía como eje la actual calle Eduardo Víctor Haedo, entre el Cordón, Tres Cruces y La Blanqueada. Durante  décadas su propiedad mantuvo un admirado nombre de pila: Carmen 19. Debajo de su  epidermis aristocrática y de sus traviesas excentricidades de millonario, vivió siempre aquel prodigioso niño que se quedó en la ciudad, justamente, por una diablura. Detrás del hombre que cultivaba el mito de una riqueza que no era tanta, hubo un empresario hotelero casi adolescente y un jovencísimo inversor inmobiliario de éxito memorable.  Conocido como El Señor de las Mil Casas«Un hombre de mundo se gana el respeto de los otros cuando se hace rico a los 21 años.» Era la frase preferida de Jose María, el menor de una familia varias veces centenaria de Samartín de Oscos, un pueblino entre montañas del occidente asturiano. Para evocar su olvidada influencia cultural, un dato final. Su hijo fue un crítico mayor de las artes plásticas americanas: José Pedro Argul.

Sobre la base del Capítulo Siete del libro Héroes sin bronce (Editorial Trea para el Gobierno del Principado de Asturias, Gijón, 2005).

El puerto montevideano al que
arribó José Pedro Argul en 1876.
(Centro de Fotografía de Montevideo)
16 de julio de 1876. Ese lunes de calor insoportable, los tres hermanos Argul embarcaban en La Coruña –rumbo a Buenos Aires– llamados por paisanos que describían incalculables oportunidades de riqueza y tentadoras promesas de bienestar y prestigio social. Inocencio y Alejandro, los mayores, traían a su cargo al más pequeño, de doce años. Aunque aparentaba menos edad por su físico diminuto, el jovencito gozaba de bien ganada fama familiar de precoz madurez e inteligencia. A fines de setiembre arribaron al puerto de Montevideo, parada previa al destino argentino. Allí, los aguardaban aquellos mismos familiares que habían desatado tan inconcebibles fantasías.
La indeseable escala servía para el descenso de pocos pasajeros y para aumentar la ansiedad provocada por un inaudito periplo atlántico. Aunque incómodo, el trámite era bastante normal. Así fue hasta que el niño –precoz, pero niño al fin– eludió traviesamente los controles aduaneros, entreverándose con quienes se quedaban en la capital uruguaya. Solo deseaba dar una corta vuelta por esa enorme urbanización, la primera que conocía fuera de San Martín de Oscos, su mínimo pueblo de menos de un centenar de vecinos.
Sin rumbo, se introdujo por angostas calles empedradas, que poco se parecían a las suyas. Tras deambular distraídamente un buen rato, quiso desandar el camino; pero la compleja trama de una ciudad de 120 mil habitantes lo retuvo involuntariamente. Cuando encontró la dársena, se llevó la más desagradable sorpresa de su cortísima vida. El barco podía verse a lo lejos en el horizonte. Había zarpado sin él.
Edificio de la Aduana portuaria,
por donde pasaban los
inmigrantes hasta
principios del siglo XX.
(CDF)
Solo de toda soledad, con un «doblón» en el bolsillo, no se sometió a los lógicos temores de un muchachito abandonado al desamparo. Prefirió introducirse otra vez en la maraña de calles oscuras e inhóspitas que lo depositaron en la plaza Independencia, por entonces ubicada en extramuros. Allí pasó su primera noche montevideana recostado en un banco del desierto lugar que poco se parecía al actual espacio céntrico. Nunca, nadie, pudo arrancarle la confesión de una lágrima a su altivo amor propio, aunque es difícil pensar que no existiera, por lo menos, un mínimo sollozo.
Al otro día, muy temprano, se levantó decidido a encontrar a sus hermanos. El tibio sol de la incipiente primavera rioplatense lo alentaba a cruzar a Buenos Aires. Pero alguien le avisó que sin documentos ni permiso, su seguro destino sería la detención y puesta a disposición judicial o, peor aun, el abuso de inescrupulosos traficantes de los bajos fondos. Pretendió hacerlo como polizón, pero no hubo forma de esconderse en un carguero que salía esa misma tarde. Rápidamente, cambió de planes. Desde el viejo portón aduanero divisó un llamativo cartel. Era la fachada del tradicional Hotel Del Globo, de la calle Colón, entre Piedras y 25 de Agosto. Un antiguo establecimiento fundado en 1840. En su tiempo, el más visitado por inmigrantes españoles.
Antiguo edificio del Hotel de los
Inmigrantes que conoció Argul.
Era una sólida estructura de
casi una manzana entre las calles
Colón, Piedras y la rambla portuaria.
(Centro de Fotografía de Montevideo)
No necesitó tomar coraje para encarar al gerente, un compatriota a quien solicitó una cama donde dormir y algo para comer, a cambio de su áurea moneda. Pensó, con total lógica, que pronto vendrían a buscarlo. Lo mejor y más seguro era esperar allí.
Al hotelero le resultó simpático aquel púber delgado y bajito, lúcido y perspicaz. Aunque resultaba increíble la versión de su extravío, le propuso que guardara el metálico. Prefería cambiarle el alojamiento por trabajo. En principio, porque necesitaba un botones que también lo ayudara en tareas de limpieza y mandados.
Su hermano Alejandro recién pudo retornar diez días después. No le resultó difícil encontrarlo en la zona comercial. Pocos desconocían al nuevo encargado de trámites del popular negocio portuario. Era todo un personaje. Famoso por su eficiencia y desenvoltura, aunque no había cumplido trece años.
El mayor quiso llevárselo a Buenos Aires, pero fue imposible convencer al seguro jovencito que decidió permanecer en su nueva ciudad. «No os preocupéis que estoy muy bien por aquí. Es un lindo lugar y se puede ganar mucho dinero. Pronto tendré tanto, que no necesitaré trabajar». Era un juramento, a su sorprendido tutor.
Plaza Independencia, 1872. A la izquierda
el Grand Hotel De Lu Uni Vers, en el
mismo espacio del actual Radisson.
Los carruajes eran taxis del siglo XIX.
(Centro de Fotografía de Montevideo)
En los primeros tiempos, Inocencio y Alejandro cruzaban el Río de la Plata cada pocas semanas para saber sobre su vida. Luego se dieron cuenta de que no era necesario cuidarlo tanto, porque sabía defenderse muy bien. Los viajes eran más espaciados y por puro interés familiar.
En 1880, antes de cumplir los diecisiete, el muchacho era propietario del mismo establecimiento que lo había albergado como ilegal. En 1882, a punto de festejar los diecinueve, adquirió la mitad del Grand Hotel España y el Grand Hotel Del Universo (De Lu Ni Verse), refinados puntos de encuentro de la romántica intelectualidad uruguaya. Allí organizaba almuerzos y cenas para políticos, diplomáticos y artistas del glamoroso Teatro Solis; ambos estaban ubicados a pocos metros de la misma plaza donde había dormido a la intemperie aquella inolvidable noche estrellada.
Tres Cruces a fines de la década de 1890,
cuando Bulevar Artigas era el antiguo
Camino a Punta Carretas que también

pasaba frente al Hospital Italiano.
(Centro de Fotografía de Montevideo)
En 1885, vendió los dos hoteles a precio récord para la época; en un negocio que diseñó con su espíritu juvenil y su sorprendente sagacidad de inversor. Una crónica del diario El Siglo informaba la transacción de ambos inmuebles y describía el lujoso mobiliario adquirido luego por un establecimiento turístico del entonces exótico balneario Punta del Este. Fue una de las ventas más comentadas, que incluyó la más exclusiva platería inglesa existente en Montevideo, exquisita cristalería francesa y carísima vajilla de porcelana italiana. «Un hombre de mundo, se gana el respeto de los otros cuando se hace rico a los veintiún años» –solía repetir insistentemente el menor de los Argul. Con el convencimiento y la autoridad de quien supo concretar tan insólita creencia.

Plaza de Frutos
Bulevar Artigas en la década de 1930.
(Centro de Fotografía de Montevideo)
El 22 de octubre de 1868 fue aprobada por el Supremo Gobierno la resolución de la Junta  Económica Administrativa sobre la entrada de las carretas a la Plaza de Frutos de las Tres Cruces,  ubicada en el entonces Camino del Carmen (luego Dante, actual Eduardo Víctor Haedo), que ya estaba preparada para  prestar servicios de carga y descarga de las carretas a los comercios de la capital y de la campaña.

Osco, no tosco
Graciana y José María a punto de
partir hacia Europa, en 1923,
acompañados por su pariente
y ama de llaves Modesta Argul.
(Archivo Argul)
José María Argul Martínez nació el 1 de noviembre de 1863, en Samartín de Oscos, cabecera del concejo homónimo, fuertemente hermanada con sus vecinos de comarca, Santa Eulalia y Villanueva. La casa familiar quedaba muy cerca del legendario Palacio de Mon y de una capilla famosa por su espadaña, envolvente y eterna.
Sus padres, Antonio y Teresa, eran labradores acomodados, propietarios de buenas tierras, ubicadas en distintas zonas de la desolada comarca osqueña. Trabajaban las más cercanas y arrendaban las otras, para una incipiente explotación ganadera. Sus anécdotas de la primera infancia asturiana giraban alrededor del vital paisaje de montañas impenetrables y de valles fértiles del remoto occidente, bañados por sus poderosos ríos, Ferreira, Soutelo, Ahío y San Martín.
Fachada del Palacio de Mon, en
Samartín de Oscos, Monumento
Histórico de España.
(Gobierno del Principado de Asturias)
Aunque se destacó como excelente estudiante –con un soñado futuro de abogado en Oviedo– emigró tempranamente acompañando la intrépida avidez aventurera de sus hermanos mayores. Lo que en principio iba a ser una pasajera experiencia en el Río de la Plata, finalizó siendo una nueva vida. En una impensada patria adoptiva.
Desde joven demostró pasión y talento para las finanzas y los negocios inmobiliarios; innata vocación que le permitió ser el más joven empresario hotelero del Uruguay y pionero de inversiones en el Cordón y Tres Cruces, zonas estratégicas de Montevideo. «Del abuelo hay que decir que tuvo mucha más fama que dinero. Le decían El señor de las mil casas, pero su testamento demuestra que no tenía más de una veintena de buenas propiedades» –cuenta José Alfonso Argul Quesada.
El centro cívico de Samartín de Oscos
se mantiene igual que en el siglo XIX.
(Gobierno del Principado de Asturias)
El 2 de enero de 1897 se casó con la vasco-francesa Graciana Arrangoitz Garat, a quien conoció en el viejo Hotel España; en una de sus tantas visitas al establecimiento que no añoraba. La joven arribó a Montevideo en 1895 – en principio por pocos meses– para recibir una herencia de la que era única beneficiaria. Pero, al igual que su futuro esposo, se aquerenció hasta el último día de su existencia.
Durante más de medio siglo, la pareja residió en la heredada quinta de los Garat, del antiguo Camino del Carmen, número 19; luego señalada como Dante 1968 al 1974. Una importante vía de comunicación entre parajes vecinos, ubicados entre el Centro, el Cordón, La Blanqueada y la Unión. La propiedad original sobrepasaba varias en cuadras, los límites del antiguo Camino Real, luego avenidas 8 de Octubre y 18 de Julio.
La calle 25 de Mayo en la década de 1880,
cuando sus comerciantes eran
sorprendidos por un joven que luego
fue hotelero e inversor inmobiliario.
(Centro de Fotografía de Montevideo)
José María inició allí su emblemático feudo de bienes raíces. Compraba terrenos que otros desechaban por supuestamente inútiles, siempre en los puntos más altos del centro-este de la ciudad. «Su primera gran inversión fue un enorme predio de Duvimioso Terra y Colonia, para edificar una de sus casas predilectas. Era la cima de una pronunciada ondulación, desde donde, seguramente, podía vigilar a sus inquilinos. Creía que ese lugar era ideal para organizar y diagramar la zona, adelantándose al actual concepto de centro geográfico sostenido por quienes construyeron –más de un siglo después– la terminal terrestre de Tres Cruces. Pensaba con lógica europea y construía adelantándose al futuro. Lamentablemente para él, fue tan visionario que no llegó a ver el esplendor que imaginó tal como es ahora» –afirma José Alfonso.

PH
A fines de 1910 construyó el primer edificio en propiedad horizontal de Montevideo, sobre la ex calle Sierra, actual Daniel Fernández Crespo, muy cerca del espacio donde luego se levantó el Palacio Legislativo, en 1925. «Fue una genialidad del viejo, apoyada y concebida arquitectónicamente por otro talento sin par, Luis Polanco Muso. Nadie entendía que era aquel cajón rectangular, más alto que ancho. Nadie pensaba que sirviera para algo. Pero, al poco tiempo, fue alquilando los pisos como apartamentos independientes. Sus clientes eran estancieros atraídos por una propuesta novedosa. Ganó fortunas con aquellas rentas.»

Pueblo Tres Cruces
Así se denominaba el paraje, en 1868 delimitado por dos calles paralelas a la derecha y tres a la izquierda de la avenida 8 de Octubre. El pueblo comenzaba en los terrenos ubicados en la casa llamada La Gallineta por un almacén ubicado al final de la avenida 18 de Julio. Llegaba hasta 8 de Octubre y Garibaldi, donde estaba la quinta de los Sorchantes, por entonces una muy popular provisión que ocupaba el mismo terreno del Instituto Crandon.

Delicada, dedicada
Graciana Arrangoitz.
(Archivo Argul)
Su riqueza era una leyenda popular que él mismo alimentaba con sus gustos excéntricos. En 1927, importó el primer sport Delage conocido en Montevideo; un carísimo auto francés construido a medida por la marca campeona del mundo de velocidad. Argul probó la máquina en las calles de París, a más de cien kilómetros por hora.
«Lo más gracioso es que acá lo manejó pocas veces. Tenía un chofer especializado –¡pobre, mucho más alto que él!–, que vivía en una casa de dos plantas en los fondos de Carmen 19. La salida del auto era un verdadero acontecimiento público» –recuerda su nieto.
La familia Argul Arrangoitz vivía en una aristocrática residencia finisecular; la primera con calefacción central del país, remodelada por el arquitecto Polanco Muso, con los más modernos criterios constructivos de la época.
Los cuatro balcones del frente eran de un mármol que siempre brillaba. La entrada tenía una vidriera imponente, con banderas españolas entrelazadas artísticamente y con el escudo real atrás.
La interminable biblioteca del escritorio estaba diseñada en caoba importada de origen. Los sillones de la sala eran de un llamativo gris oscuro. Se contaban tantas historias de esos muebles, que ninguno de sus nietos quería levantarse luego de conseguida la autorización para permanecer allí. Eran de legítima piel de elefante.
José María
Argul Martínez.
El garaje de la quinta tenía capacidad para cuarenta autos, pero quedaba a media cuadra de la residencia. Por eso mismo, los vehículos solían estacionarse en el camino. Uno de sus galpones más alejados –ubicado en la actual calle Colonia–, había sido prestado a un cuartel de la zona que necesitaba un arsenal. Cuando las armas se hicieron más poderosas y mortales, quedó como depósito de pistolones Máuser, carabinas, bayonetas y lanzas utilizadas en fiestas y paradas militares.
«Era más famoso que rico; aunque podía darse todos los gustos que quisiera, gracias a su visión para los negocios inmobiliarios. También era muy generoso con familiares y amigos. La abuela Graciana organizaba las fiestas más comentadas de la época. En la quinta se celebraban los más comentados casamientos de la colectividad francesa del Río de la Plata, con invitados de todo el mundo.»
José María y Graciana tuvieron dos hijos. María Josefina, nacida el 31 de marzo del 1900 y José Pedro, del 16 de setiembre de 1903. De María Josefina nacieron cinco hijas: María Josefina, María Teresa, Margarita,María Noel y María Susana. De José Pedro, cinco: Graciana, Margarita, José Alfonso, María Magdalena y Damián Pedro.
«En su casa, todos los domingos se reunía la familia en almuerzos que duraban hasta la noche, con decenas de personas. Las veladas eran organizadas por la abuela Graciana, sobre la base de un menú tipo restaurante; con sopa, carnes blancas y rojas, vino, agua mineral y postres. En una fiambrera celeste traía los bocaditos, matambres y pascualinas tradicionales.»
Delage Sport 1927, similar al de
José María Argul, transformado
en pieza de un museo francés.

(Voitures Anciennes)
José María era un hombre delgado, de estatura baja pero muy elegante, rubio y de ojos celestes brillantes; siempre prolijamente vestido. Detrás de su conducta aristocrática y de su aparente frialdad, se escondía una personalidad simpática y sencilla. Siempre estaba preocupado por la vida de sus paisanos. Solía traer a quienes se lo solicitaban. Era común que reclamara legalmente a familiares, amigos, vecinos y a los hijos de todos ellos. Siempre tenía un lugar donde colocarlos, abrigarlos y alimentarlos. Aunque no era fácil que los inmigrantes tuvieran contacto con él y aunque sus negocios nada tenían que ver con bares y almacenes, utilizaba todos sus contactos para ayudar a los asturianos.
A su manera, Graciana fue una dedicada patriota, premiada por su colaboración con la resistencia contra la ocupación nazi, en la Segunda Guerra Mundial. «Organizaba reuniones sociales para recaudar fondos que eran destinados al ejército francés y ponía a disposición de los representantes, toda su influencia y sus propios objetos materiales. A tal punto, que su auto era el transporte oficial de todos los delegados franceses que venían a Montevideo» –evoca José Alfonso.

Verás el arte
José Pedro Argul Arrangoitz,
notable crítico de arte, en
San Pablo con el pintor brasileño
Cándido Portinari y sus esposas, 1951.
(Archivo Argul)
Si José María fue una figura económica y social, su hijo José Pedro lo trascendió como periodista, escritor, historiador, caricaturista, mecenas y emblema del Museo Nacional de Artes Plásticas y Visuales de Montevideo. «Fue un afamado académico internacional –único en el país– reconocido en Europa y los Estados Unidos» –afirma Margarita Argul Quesada, pintora y docente.
En 1934 se inició como crítico en el diario El Bien Público –con el seudónimo Pascual Candín–. Su autorizada opinión le valió ser jurado del Primer Salón Nacional de Bellas Artes, de 1937, junto con figuras de la talla de Pedro Figari, Carlos Reyles, Emilio Oribe y Enrique Amorím. En años siguientes fue elegido por sufragio de los expositores. Entre 1960 y 1966 supervisó los envíos uruguayos a la Bienal Internacional de Grabado de Tokio.
José Pedro Argul en el velatorio
de un amigo: el pintor francés
Maurice Utrillo, París, 1955
(Archivo Argul)
La Asociación Internacional de Críticos de Arte le encargó en 1956 la fundación y organización de la Sección Uruguaya, de la cual fue presidente y representante a su XIV Asamblea General en México. En 1959 participó en el simposio sobre el Estado actual de las Artes Latinoamericanas, en Chile y en el Congreso Extraordinario de Críticos y Arquitectos en Brasilia.
Fue organizador de las principales exposiciones regionales, en más de tres décadas: Arte Argentino del Pasado y del Presente (Montevideo, 1943); La figura humana uruguaya de Blanes a nuestros días (Montevideo, 1951); Modernos Grabadores Uruguayos (México, 1963); Revisión de José Cúneo Perinetti y Moderna Escultura Uruguaya (Montevideo, 1967).
Fue jurado de numerosos concursos y salones y autor de trabajos críticos publicados en revistas nacionales y extranjeras: Dictionnaire des Peintres, Sculpteurs, Dessinateurs et Graveur, de E. Benezit; Diccionario de Escultura Moderna de Razan. Fue prologuista de la Enciclopedia del Arte en América (Editorial Omega, Buenos Aires).
En la Asamblea General de la
Asaociación Internacional
de Críticos de Arte, 1960.
(Archivo Argul)
Entre sus principales obras figuran libros, catálogos y folletos sobre artistas orientales: Pintura francesa de los siglos XIX y XX (1941); El pintor José Cúneo. Paisajista del Uruguay (1949); Educación para la Belleza y el Arte y Ejercicio de la Crítica del Arte (1955); Pintura y Escultura del Uruguay. Historia crítica (1958); Primer estudio completo sobre las artes plásticas del país –Premio de la Universidad de la República–; Pinacoteca de los genios. Figari (1965); Maestros del siglo XX. Escuela Uruguaya (1959); El pintor de la época modernista. Carlos María Herrera (1966); Artes libres y artes aplicadas (Madrid, 1966); Las artes plásticas del Uruguay, desde la época indígena al momento contemporáneo (1966); Los modernos escultores del Uruguay (1967); Cien medallas del Uruguay (1972).
Era amigo personal del gran periodista Carlos Quijano, con quien solía reunirse en bares del Mercado del Puerto cuando todavía no era un refinado centro cultural y turístico de fama internacional. Aunque nunca fue cronista de Marcha, publicación que reunía a los más prestigiosos intelectuales uruguayos. «Quijano le puso Gordo –un apodo que se decían el uno al otro– pero nunca pudo convencerlo para que trabajara con él, más allá de algún anuario famoso. Papá consideraba que sus colegas del semanario eran los mejores y no quería tener problemas éticos.»
Las artes plásticas del Uruguay,
de José Pedro Argul, ofrecido a
1.200 pesos en Punta del Este.
(Mercado Libre)
El mayor aporte académico de Argul se registró en la Bienal de Venecia de 1953, cuando propuso –por primera vez– agrupar las pinturas por artistas y corrientes estéticas. «Soy firme partidario de terminar, de una vez por todas, con la división por países. Es una atrocidad[...] El público está cansado de ver un pabellón, luego otro y otro, siempre con lo mismo, reiterado hasta el infinito. Lo mejor es colgar obras de acuerdo a estilos artísticos o filosóficos y así tener una impresión cabal y establecer comparaciones. Las divisiones nacionales son arbitrarias.» Desde entonces, su criterio rige las principales exposiciones del mundo.

Planismo
Es la modalidad que adquirió la pintura uruguaya en el período comprendido entre 1920 y 1930. La denominación corresponde al crítico y escritor Eduardo Dieste y será utilizada posteriormente por José Pedro Argul y Fernando García Esteban, extendiéndose hasta nuestros días.

Él vive ahí
Antiguo portón de ingreso al Parque
Central, del Club Nacional de
Football, con el que colaboraban
los hermanos Argul Martínez.
(C. N. de F.)
Inocencio Argul Martínez fue un comerciante mediano de Buenos Aires. A principios del siglo pasado se trasladó a Montevideo, donde consiguió sus mayores logros económicos, apoyado por José María. Vivía cerca de la quinta, en Juan Paullier y Mercedes. Como buen Argul, le gustaba andar en autos veloces, siempre con chofer.
Alejandro Argul Martínez vivió en Buenos Aires, donde se casó con una dama de la alta sociedad porteña, Luisa Nicolini. Fue un respetado empresario que siempre quiso radicarse en Montevideo. Tanto era su cariño por la capital uruguaya que –siendo fanático del fútbol– apenas simpatizaba con el Racing Club de Avellaneda. Pero fue fiel seguidor y socio N° 2 de la mayor leyenda del deporte criollo sudamericano, el Club Nacional de Football.
José María Argul murió el 24 de enero de 1946, a los 83 años, por un fulminante infarto masivo y paro cardíaco. La fiel Graciana, de 82, se retiró ese mismo jueves de la residencia que nostálgicamente todavía llamaba «Carmen 19».
Afectada por una profunda tristeza, ordenó que todo el personal permaneciera allí, aunque jamás volvió a pisarla. Desde su nueva casa de Colonia y Juan Paullier, controlaba obsesivamente las tareas diarias y pagaba puntualmente todos los servicios. Su cuerpo volvería tres años después, el 23 de junio de 1949. Para su planificado velatorio. Cumplía, así, con un pedido y un sacrosanto juramento amoroso.

Buenas raíces
Modesta Argul,
sobrina y fiel
ama de llaves.
(Archivo Argul)
Argul adquiría lotes y edificaba viviendas para alquilar. En sus documentos figuraba la profesión vocacional: rentista. Fueron suyas todas las quintas que rodeaban el Camino Real, a lo largo de varias cuadras en dirección al centro-oeste y otras tantas en dirección sur, hacia la costa rioplatense. La superficie equivalía a una estancia mediana de la época.

La sobrina
Una relación recordada por la familia fue Modesta Argul, sobrina lejana de Grandas de Salime. Vino jovencita a Montevideo, sin más expectativa que trabajar de lo que fuera, pero el abuelo la tomó como ordenanza de la quinta y terminó adoptándola como una hija más. Viajaba con ellos a Europa y participaba de todos los acontecimientos familiares. Ella se casó con un gallego de apellido Outerelo e hizo su vida comercial, pero el lazo permaneció siempre.

Importado de Uruguay
La antigua Tienda Inglesa
de Amy, Robertson
& Henderson, quedaba
en  Mitre y Buenos Aires.
(Centro de Fotografía
de Montevideo)
Graciana era un perfecto modelo de la alta sociedad uruguaya, de principios del siglo pasado. Cruzaba el Atlántico más de una vez al año. Muchas veces iba con José María, a veces con familiares. Otras tantas, por compromisos sociales en Francia. «Su retorno de largos cruceros por el Mediterráneo, era un acontecimiento. Siempre se preocupaba por traer regalos, porque su fuerte era el relacionamiento mundano. Así fue, hasta que se cansó de cargar. Fastidiada por la incomodidad del exceso de equipaje, creó un discreto y gracioso sistema de compra de presentes importados en la muy montevideana Tienda Inglesa. Los escondía en grandes baúles, para entregarlos después como traídos de París, Roma o Madrid. Los tenía acomodados por país y preferencia de sus destinatarios. Era, solamente, sacarlos y llevarlos.» Se tomaba un día a la semana, el jueves, para visitar amigos y parientes. Recorría 18 de Julio, en auto, acompaña por chofer y ama de llaves, que la auxiliaban en la entrega de los paquetes.

La cara del dictador
José Alfonso Argul guarda una anécdota que define la personalidad de su padre. «Le ocurrió cuando todavía era joven caricaturista de La Mañana. Luego del golpe de Gabriel Terra, hizo un dibujo muy gracioso criticando al dictador. El dueño del diario, Carlos Manini Ríos, lo llamó a su oficina para avisarle que no se lo iba a publicar, porque él y su medio simpatizaban con el terrismo. Papá le rompió la caricatura en la cara y renunció. Era su único medio de vida, porque el abuelo José María, jamás le dio un peso –por una cuestión de principios– ni antes, ni después de casarse con mi madre.» El célebre crítico falleció en 1974, una jornada de luto para el arte uruguayo.

Exposición de Pinturas,  obra
editada por Argos, ofrecida
 en Buenos Aires
a 38 pesos argentinos.
(Mercado Libre)

Regoyos

José Pedro Argul fue enfático al valorar la obra del pintor de Ribadesella, expuesta en la capital uruguaya, en diciembre de 1957. La excepcional muestra fue patrocinada por el Ministerio de Instrucción Pública y Previsión Social, con motivo de los cien años de su nacimiento. Darío de Regoyos y Valdés fue un famoso impresionista, influido por la célebre escuela belga de Carlos de Haes. Era uno de los preferidos de Joaquín Torres García, el mayor plástico uruguayo del siglo pasado, que lo admiró en la Veu de Catalunya.

«Yo no fui»
José Carbajal era hijo de gijoneses de San José. En setiembre de 1908, tenía el triste privilegio de ser el preso más antiguo y famoso de América del Sur. Una popularidad que trascendió fronteras, por un gran escándalo internacional, conocido como «Asunto de Volpi y Patrone».
Desde setiembre de 1882, tenía pendiente una condena «a la pena ordinaria de muerte por fusilamiento y con calidad de aleve». Firmada por el juez Joaquín del Castillo y confirmada por el Tribunal de Apelaciones de 2° turno, presidido por un jurista de sangre astur, Hipólito Balmiro Gallinal.
A las seis de la tarde del 17 de febrero de aquel año, había sido asesinado Juan Bentancort, jovencísimo dependiente de una casa de cambio. Fue en Rincón y Juncal, tradicional esquina de la Ciudad Vieja, para robarle el poco dinero que llevaba. La prensa se hizo eco de las acusaciones contra el entonces alférez del ejército, de 36 años. Pero, nada dijo que había confesado la autoría del asalto, pero no del crimen. Menos se supo, que culpaba a dos cómplices italianos, Rafael Volpi y Vicente Patrone, que fueron dejados en libertad, por falta de pruebas.
Solo el periodista Ángel S. Adami investigó el caso. Años después, en 1908, pudo demostrar que la embajada de Italia, había presionado al dictador Máximo Santos, para que borrara las evidencias que inculpaban a sus compatriotas. En su crónica afirmaba que Carbajal se salvó de recibir cuatro tiros de Rémington, por «motivos grandes y poderosos». A cambio, debió pasar quince años en régimen de trabajo forzado. Por un delito que no cometió.

Un paisano particular
Leonardo Secades
y Caces, 1920.
(Centro Asturiano-
Casa de Asturias)
Leonardo Secades y Caces, a diferencia de la mayoría sus coterráneos de Oviedo, contestatarios, blancos y de Nacional, fue un fiel militar oficialista, cercano al poder político colorado, no siempre democrático, e hincha de Peñarol. Nacido el 15 de noviembre de 1873, era descendiente por línea materna de los marqueses chilenos de Villapalma, por María Teresa Calvo de Encalada, casada con el madrileño José Gorbea y Vadillo. De la pareja nacieron dos hijas y un varón, Manuel.
El noble trasandino se casó con María de la Encarnación Gabar, con la que tuvo –en Tacna, Perú– a María Teresa Guadalupe Gorbea Gabar. Del matrimonio de la linajuda peruana con Nicasio Caces, quedaron tres hijos. Encarnación –la menor– se casó con Francisco Secades y Fernández de Miranda, de antigua estirpe astur. La pareja dejó seis hijos: Leonardo, Encarnación, Luisa, Francisco, Carlos y Teresa.
Secades y Caces fue un niño rico y aventurero, que prefirió venir a Montevideo antes de ingresar a la Facultad de Derecho de Oviedo. «Poseía un gran sentido del humor. De su bohemia y su gracejo quedan testimonios en los círculos literarios montevideanos» –asegura José Luis Pérez de Castro en Huella y presencia de Asturias en Uruguay.
Se incorporó al Batallón de Cazadores del Ejército, el 14 de agosto de 1890 y ascendió a subteniente el 16 de febrero de 1897. Participó en la dura represión de una revuelta blanca de ese año, que exigía el cese de sistemáticos fraudes electorales del partido de gobierno.
Su espada sirvió al coronel Basilio Saravia y del general Justino Muniz. Tomó parte en las operaciones del Ejército del Este, distinguido en el sangriento combate de Aceguá, con mención especial. Permaneció en la plana mayor de los Cazadores hasta el 10 de febrero de 1898, cuando fue separado por su oposición al denominado «golpe bueno» de Juan Lindolfo Cuestas.
La bahía vista desde el Cerro, 1890.
(Centro de Fotografía de Montevideo)
Emigró voluntariamente a Buenos Aires, acompañando al ex presidente Julio Herrera y Obes. Restablecida la normalidad constitucional regresó para sumarse al Escuadrón de Seguridad de Montevideo, luego al Juzgado de Instrucción Militar de 2° Turno y el Consejo de Guerra Permanente.
En marzo de 1903 se movilizó con el coronel Manuel Rodríguez, comandante del departamento de Artigas. En 1904 lideró la caballería movilizada en el departamento de Río Negro y más tarde se sumó al Batallón 6° de Infantería, al mando del coronel Zoilo Pereyra. Participó en las principales batallas de la última guerra civil uruguaya. Del otro lado estaba la inmensa mayoría de sus paisanos, con romántico espíritu revolucionario.
Tras la muerte del legendario caudillo blanco Aparicio Saravia, en la riverense Masoller, finalizó el conflicto fratricida. Celebrada la paz se retiró con el grado de teniente –disfrutando las mieles del triunfo– para dedicarse al periodismo y la política. Fue colaborador de los principales diarios oficialistas y dirigió periódicos colorados de Río Negro, Durazno y Salto. En julio de 1910 fue canciller de la República y finalizó la carrera diplomática como cónsul en Chile y la Argentina.
Rincón y Juncal a principios del siglo XX.
(Centro de Fotografía de Montevideo)
Retornó a Uruguay en 1912, para solicitar la definitiva baja castrense; antes de ingresar a la secretaría del Senado. El 16 de mayo de 1917 inició una extensa carrera gubernamental. Fue secretario de la Policía Sanitaria Animal del Ministerio de Industrias hasta 1919 y del recién creado Consejo Nacional de Administración. Allí permaneció desde 1920 hasta el golpe de Gabriel Terra, de 1933.
Era funcionario de confianza del dictador, que lo nombró director general del Instituto de Pensiones a la Vejez y del Ministerio de Trabajo y Previsión Social, donde actuó hasta el 19 de marzo de 1935. Cuando el ministro César Charlone viajaba, el ovetense quedaba como interino; lo mismo ocurría en la cartera de Hacienda.
Desempeñó la secretaría de la embajada comercial uruguaya a la Exposición Internacional del Centenario de Brasil, en 1922, y fue enviado especial ante el gobierno de España, para la Exposición Iberoamericana de Sevilla, de 1927. Por entonces viajaba a su tierra natal de donde se trajo «sentimientos de afecto imperecedero».
Fue convencional del Partido Colorado y secretario de Feliciano Viera, cuando ocupó la presidencia del Senado, el Ministerio del Interior, la Presidencia de la República y del Consejo Nacional de Administración. De abundantes y diversas relaciones culturales y sociales, era muy común verlo en largas tertulias de cafés de la histórica recoba, que luego fue la planta baja del Palacio Salvo.
Se casó el 23 de mayo de 1929, con la viuda Herminia Muniz Sancedo. «La pareja no tuvo hijos, aunque lo fueron afectivamente los del primer matrimonio de su esposa» –recuerda Pérez de Castro.
Leonardo Secades y Caces falleció en Montevideo, el 19 de agosto de 1940; en su piso de 18 de Julio 2203, en el corazón del Cordón. Estaba jubilado y padecía una grave dolencia cardiaca. Al día siguiente, recibió sepultura en el cementerio del Buceo. Cuentan que se llevó una sonrisa en los labios.


Huella y Presencia de
Asturias en Uruguay
,
José Pérez de Castro, 1961.
(Centro Asturiano-
Casa de Asturias)
Ovidio, de Oviedo
El armero ovetense Fernando Fernández y la andaluza María Ríos dieron a la cultura uruguaya un reconocido poeta, dramaturgo y periodista, El paisano fue un militar rebelde contra el carlismo y redactor de La Carraca de Cádiz. La familia de exiliados arribó a Montevideo en 1874, en busca de «tierras de libertad».
Ovidio Fernández Ríos nació en 1883. La profunda influencia liberal de su padre quedó expresada en su variada obra poética: Sueños de medianoche; Por los jardines del alma; Las leyendas milagrosas; Blasones; Horizontes de luz y Cofre de sándalo. También compuso obras para teatro: El alma de la casa; El fracaso; La carreta; La silla vacía; La puerta cerrada. Reunió sus ensayos, prólogos y artículos periodísticos en Un libro más. Fue director de la revista La Semana; redactor del batllista diario El Día y responsable de la Biblioteca Rodó de autores uruguayos. Compuso la letra del Himno a Artigas, para música del maestro Santos Retalli. Ovidio Fernández Ríos falleció en 1963.


Ovidio del Morlán
Portada del libro Héroes
sin Bronce. Crónica de
pasiones  asturianas
en tierra uruguaya
, 2005.
(Gobierno de Asturias)
Fue el romántico comandante de una protesta contra la dictadura de Terra, que se transformó en acción bélica, el 28 de enero de 1935. Lideró a los revolucionarios que pusieron en fuga a una división regular del ejército, porque «la sublevación estaba latente en todos los espíritus, hartos del oprobio y la injusticia del tirano y sus cómplices». Condujo uno de los cuatro automóviles que llevaban 25 armas largas y cuatro mil tiros «rebeldes». Ocupó una comisaría, desarmó a los policías y siguió rumbo a su destino de novelesco guerrillero. En el camino, se le sumó el inolvidable escritor Francisco Paco Espínola y los aguerridos Plácido Bonavita y Armando Meléndez, hijos de la asturiana San José. A media tarde del 28 de enero de 1935, se parapetó entre piedras y matorrales, a unos 400 metros del Paso del Morlán, apoyado por el arrojo de su compañero Eugenio Quintana. Respondió con fuego, la sorprendida incursión del enemigo «terrista», que, luego de una hora y media, se retiró del campo de batalla. Pero, como era un buen vecino, no un militar, permitió el retroceso, caballerescamente. Fue detenido poco después, encarcelado, torturado –con los criterios represivos de una «dictablanda»– y enviado al exilio. «Inspiraba en nosotros gran confianza, porque sabíamos de su valor, de su pericia y de su índole hidalga y altiva. Vencedores o derrotados, siempre la dignidad y grandeza de la causa, quedaría a salvo estando él. Y así fue.» El estremecido relato de Juan Carlos Alles, combatiente del Morlán, evoca la memoria de don Ovidio Alonso. Un olvidado demócrata oriental, hijo de ovetenses.

El Intérprete
18 de Julio. La más popular avenida montevideana, corre desde la Plaza Independencia hasta el cruce con el bulevar Artigas, donde se levanta el Obelisco de los Constituyentes. Sus primeros nombres fueron: «Camino Principal» y «Camino Real». En 1843 recibió la denominación actual, en honor a la fecha de Jura de la primera Constitución. Fue empedrada en 1859 y pavimentada en 1867. El 25 de agosto de 1886, la entonces calle fue iluminada con focos de arco voltaico. El 28 de noviembre de 1919, la Junta Económico-Administrativa de Montevideo la elevó a la categoría de avenida. El 15 de febrero de 1953, se inauguraron los primeros semáforos. En 1998, la comuna inició el reciclaje y modernización de sus aceras.
Aceguá. Sierra del departamento de Cerro Largo, de catorce kilómetros de extensión, que culmina en el cerro del mismo nombre. También es la pequeña localidad, fronteriza con Brasil. Allí fue firmada, el 24 de setiembre de 1904, la paz que surgió del triunfo del gobierno del presidente colorado José Batlle y Ordóñez, sobre los revolucionarios del caudillo blanco Aparicio Saravia. El tratado cerró, definitivamente, el ciclo de guerras civiles entre orientales.
Artigas. El más norteño departamento, con mucha frontera con Brasil y poca con la Argentina, tiene 11.928 kilómetros cuadrados y 75 mil habitantes. Allí llegaron los primeros cazadores-recolectores, hace alrededor de 10 mil años. Fueron primitivos navegantes de los ríos Paraná y Uruguay, luego asentados en Salto y Paysandú. A esta rica comarca, cubierta de piedras preciosas, arribó el joven José Artigas en 1797, para frenar el avance de los ávidos portugueses, con su Cuerpo de Blandengues. Gentilicio: artiguense.
Biblioteca Nacional. La principal sala uruguaya de lectura, fundada por José Artigas, en 1816, como Biblioteca Pública.
Buceo. Barrio que recibe el nombre del antiguo puerto del Gobierno del Cerrito, sitiador de Montevideo en la Guerra Grande. Hoy es una pequeña terminal deportiva y turística. De allí parten los buzos dedicados al rescate de tesoros submarinos. A su alrededor se tejen leyendas de riqueza infinita. Devorada por bancos de arena, traidores e implacables.
Club Atlético Peñarol. Uno de los dos clubes mayores del fútbol uruguayo. Es el más laureado en el ámbito interno y décimo entre los más titulados del mundo. Existen dos versiones sobre su dudosa fecha de fundación. Para sus partidarios, fue el 28 de setiembre de 1891, como Central Uruguay Railway Cricket Club, una institución británica, vinculada con el viejo ferrocarril de la Villa Peñarol. La versión criolla fue fundada el 13 de diciembre de 1914. El CURCC ganó cinco y Peñarol 42 ediciones del Campeonato Uruguayo, cinco Libertadores de América y tres Intercontinentales. Su emblema deportivo es el goleador Fernando «Potrillo» Morena. Su camiseta es amarilla y negra a rayas verticales, pantalón negro y media negras. Colores que toma de la señalización ferroviaria. Según incomprobable tradición, tuvo su base de grandeza, entre «colorados e italianos». Se les llama aurinegros, carboneros o manyas.
Club Nacional de Football. El otro «grande» del deporte oriental. Primer equipo criollo del mundo y decano de las instituciones que se mantienen dentro de la Asociación Uruguaya de Fútbol. Fue fundado por universitarios finiseculares y jóvenes intelectuales –liderados por el carismático rector Alfredo Vásquez Acevedo el 14 de mayo de 1899. Es el más laureado del país en el ámbito internacional y noveno con mejor historia en el mundo. Ganó 41 ediciones del Campeonato Uruguayo, tres Libertadores de América, tres Intercontinentales, dos Interamericanas y una Recopa Sudamericana. Su mayor emblema deportivo, fue Héctor «El Mago» Scarone, para la FIFA, mejor jugador del mundo hasta la aparición de Pelé. Su camiseta es blanca, con un bolsillo a la altura del corazón y vivos azules y rojos, pantalón azul y medias azules. Tomó los principios del ideario de José Artigas y sus entrañables insignias. Según improbable tradición, tuvo su base de grandeza, entre «blancos y españoles». Se les llama tricolores, albos o bolsilludos.
Camino Real. Antigua denominación de la avenida 8 de Octubre y su continuación, en el último tramo de 18 de Julio.
Consejo Nacional de Administración. Primera forma de gobierno colegiado uruguayo, creado por la reforma constitucional de 1919, impulsada por José Batlle y Ordóñez.
Cordón. Céntrico barrio montevideano, emplazado en el mismo espacio donde la corona española marcó el límite militar, ante eventuales ataques o guerras. El «cordón» defensivo, fue establecido el 15 de abril de 1750, por un disparo de cañón desde los portones de la plaza fuerte colonial.
El Bien Público. Reputado diario católico, de principios y mediados del siglo pasado. Con el nombre de BP Color, fue el primer medio montevideano que salió en formato tabloide y con tapa color.
La Mañana. Diario conservador colorado, fundado en 1917 por el antibatllista, Carlos Manini Ríos.
Masoller. Marco de piedra situado en la cumbre de la cuchilla Negra, que señala el límite con el Brasil, en el vértice de los departamentos de Artigas, Rivera y Salto. El 1 de setiembre de 1904, fue escenario de la batalla, que prologó el fin de la última guerra civil en territorio oriental.
Matambres y pascualinas. Típicas minutas familiares uruguayas. El matambre es carne enrollada con huevo y verduras. La pascualina es una masa fina, en forma de tarta, rellena de espinaca o acelga.
Mediterráneo. El mar interior más grande del mundo, de 2.5 millones de kilómetros cuadrados y 3.860 kilómetros de longitud. Sus aguas fueron escenario de la historia de la humanidad. Por allí navegaron, fenicios, griegos y romanos, que le llamaron Mare Nostrum. Para los españoles fue el Mar Nuestro. La denominación definitiva procede del latín mar «medi terraneum», que significa mar en medio de las tierras.
Mercado del Puerto. El más tradicional complejo gastronómico de Montevideo, fue inaugurado el 10 de octubre de 1868 con presencia del presidente Lorenzo Batlle. Por entonces era una sencilla receptora de frutas y verduras, a pocos metros de la dársena portuaria. Su propietario, el comerciante español Pedro Sáenz de Zumarán, encargó el proyecto al ingeniero inglés R.V. Mesures, que importó piezas de fundición metálica de los talleres Union Foundry of Liverpool, del galés K.T. Parkin. La glamorosa plaza de comidas, donde se degustan las mejores carnes uruguayas y se beben las más tradicionales marcas, es Monumento Histórico Nacional, desde el 7 de agosto de 1975.
Museo Nacional de Artes Plásticas y Visuales. Fundado en 1911, cuenta con un patrimonio conformado por mas de 6.000 obras de autores nacionales, entre los que se destacan: Juan Manuel Blanes, Carlos Federico Sáez, Pedro Figari, Rafael Barradas y Joaquín Torres García. Su sede del Parque Rodó, es un paseo cultural de los montevideanos.
Palacio Legislativo. Escalinatas, columnas, tímpanos, bajorrelieves y una cosecha escultórica de mármoles nacionales, se integran en la principal y más apreciada obra pública uruguaya, sede del Poder Legislativo. Está emplazado en una estratégica «isla» del barrio La Aguada, que vincula a las avenidas, Agraciada, Libertador Lavalleja, Daniel Fernández Crespo y General Flores. Con ocho mil metros cuadrados de superficie y cuarenta de altura, es uno de los edificios parlamentarios más suntuosos del mundo. Su estilo ecléctico fusiona el clasicismo griego, con el Bauhaus alemán. Fue inaugurado en 1925, en la presidencia del batllista José Serrato.
Palacio Salvo. Construido, entre 1919 y 1928, fue el edificio más alto de América Latina, hasta avanzada la mitad del siglo. Diseñado por el arquitecto Mario Palanti, para el inversor italiano Ángel Salvo, el negocio hotelero original sufrió un dramático cambio, por la crisis bursátil de 1929. Tras cierre de la firma, sus unidades fueron arrendadas por temporada, en un régimen inmobiliario todavía vigente. El extraño monumento urbano forma parte de un conjunto patrimonial, con la Plaza Independencia, la Puerta de la Ciudadela y el Palacio Estévez, sede secundaria del Poder Ejecutivo. Su silueta es un icono de Montevideo.
Paso del Morlán. Paraje del departamento de Colonia, cercano a la localidad de Rosario, sobre el arroyo del Colla. Más que una batalla en términos de ortodoxia militar, allí hubo una escaramuza, que enfrentó a guerrilleros blancos, batllistas y socialistas, contra soldados del ejército regular, que respondían al dictador Gabriel Terra. El 28 de enero de 1935, los 72 guerrilleros liderados por Ovidio Alonso, se enfrentaron a 48 efectivos del Batallón de Ingeniería N° 11 de Colonia, al mando de dos oficiales, apoyados por un comisario, once guadiaciviles y dos cadetes. El resultado fue indeciso –ambos se adjudicaron la victoria– y hubo escasas bajas: cinco muertos y poco más de una decena de heridos. Días después, los rebeldes fueron capturados y encarcelados, pero, la memoria histórica les recuerda como iniciadores del movimiento que provocó la caída de Terra, en 1938.
Pistolón. Arma de fuego de mayor porte que la pistola.

Plaza de la Independencia. El principal espacio público de la capital uruguaya, une a la histórica calle Sarandí de la Ciudad Vieja con la neurálgica avenida 18 de Julio, del Centro de la «ciudad nueva». Fue construida –entre 1829 y 1833– luego de la demolición de murallas y tras el retiro de los cuatro bastiones angulares del antiguo fuerte. Allí se emplazó un mercado público, en mayo de 1836. El 28 de febrero de 1923, fue inaugurado el monumento ecuestre a José Artigas, obra del escultor italiano Ángel Zanelli.

Sierra. Antigua denominación de la estratégica avenida Daniel Fernández Crespo, que une al Palacio Legislativo con la avenida 18 de Julio.
Teatro Solis. Emblemático centro cultural, inaugurado el 25 de agosto de 1856, con una versión del Ernani, de Giuseppe Verdi. El proceso de edificación duró tres lustros, desde 1841, con el Sitio Grande en el medio. Los planos están firmados por el arquitecto Francisco Xavier de Garmendia, pero tiene modificaciones sobre proyecto del italiano Carlos Zucchi. Es una reminiscencia de la Fenice de Génova, aunque su forma es más elíptica que semicircular. Es sede de la Comedia Nacional y de la Orquesta Sinfónica Municipal. Se le llama popularmente Solís –con tilde en la «i»– como si se tratara del apellido del descubridor del Río de la Plata. Pero, el nombre original es una traducción del latín: Teatro del Sol.
Tienda Inglesa. El más antiguo y prestigioso supermercado uruguayo, especializado en la venta y distribución de marcas importadas. Fue abierto en 1870, por los escoceses, Antonhy y Walter C. Amy, David Robertson y John P. Henderson. Al principio fue una pequeña tienda en la Ciudad Vieja, elevada a «department store» de cuatro pisos, en 1920 y a «hipermercado», con nueve glamorosas sucursales, entre mediados y fines del siglo pasado.
Tres Cruces. Barrio del centro geográfico montevideano, que debe su nombre a las cruces que en el decimoctavo siglo evocaban la trágica muerte de tres vecinos. Todo hace suponer que los mártires, fueron salvajemente ultimados en el predio del Hospital Italiano, en el cruce del bulevar Artigas con la avenida Italia. Muy cerca de allí, en 1987 se erigió una cruz y un monumento, que recuerdan la visita, dos años antes, del sacerdote católico polaco Karol Wojtyla, en funciones como Papa Juan Pablo II.

2 comentarios:

María Noel Givogre dijo...

Qué emoción ver las fotos y comentarios de mis bisabuelos!! Muchas gracias.

Enrique Alzugaray dijo...

Qué historia más interesante. Me atrapó. Muy bien contada, además.