lunes, 14 de julio de 2008

Una crónica sobre los fundadores españoles de Colonia del Sacramento

Labradores de la paciencia

Escudo lusitano tallado en granito
gris que desde 1745 coronó el
Portón de Campo original de A Nova 
Colonia do Santísimo Sacramento.
En 1777, cuando España recuperó el
estratégico puertociudad,  por el
Tratado de San Ildefonso, el
simbólico relieve fue enviado a
Buenos Aires como trofeo de
guerra. En 1996, tras casi 
veintidós décadas de olvido fue
devuelto al Barrio Histórico en tributo
a su declaración como Patrimonio
Cultural de la Humanidad por UNESCO.
(Museo Histórico Portugués)
Una muerte misteriosa desata la cautivante aventura de las familias astures y gallegas que poblaron Colonia del Sacramento, la estratégica fortaleza del Río de la Plata que fue portuguesa, española, británica, argentina, oriental y brasileña, hasta la definitiva independencia uruguaya en 1828. La olvidada leyenda describe, con mucha imaginación y poca certeza, el dudoso asesinato de un labrador de noventa y seis años. Es muy probable que el pionero de un tradicional apellido coloniense de la Patria Vieja hubiese sido víctima de cuatreros de poca monta o de viejos enemigos que nunca le perdonaron su ferviente oposición a la esclavitud. Ni la intolerable osadía de ser el primero en liberar a sus negros.

A Nova Colonia do Santísimo Sacramento fue fundada en 1680, luego de un planificado operativo de intrusión en la desembocadura del Río de la Plata, para la mayor gloria de Lisboa y la mayor humillación de Madrid. Los lusitanos instalaron allí un centro regional del libre comercio, gracioso eufemismo que ocultaba a contrabandistas en gran escala y a traficantes de personas.
Hasta 1777 fue un Gibraltar sudamericano que perdió su esplendor original luego de la quinta reconquista hispana comandada por el capitán Pedro de Cevallos, primer virrey rioplatense.
Era el destino de José Artigas, en 1811, cuando el héroe desertó del ejército virreinal para liderar a los patriotas partidarios de la Revolución de Mayo. Paradójicamente, también fue un sofisticado centro de conspiraciones políticas, obsesiva prioridad del invasor portugo que sometió a la Provincia Oriental y desterró sus utopías igualitarias, republicanas y federales.
En 1825 fue el primer objetivo de Treinta y Tres rebeldes que lideraron la Cruzada Libertadora contra la Cisplatina del Brasil, por fidelidad a Buenos Aires y a las Provincias Unidas. El proceso finalizó tres años después, como no deseaba la mayoría de los orientales–argentinos, con la creación de Uruguay, un pequeño país concebido por intereses británicos y confirmado por una Constitución jurada en 1830. Desde entonces Colonia es una celebridad geográfica, turística y cultural, declarada Patrimonio de la Humanidad en 1995. 

Sobre la base del Capítulo 1 del libro Héroes sin bronce. Crónicas de pasiones asturianas en tierra uruguaya (Gobierno del Principado de Asturias, Ediciones Trea, Gijón, 2005).

7 de enero de 1801. La veraniega mañana de miércoles se presentaba más luminosa que de costumbre. Era el clima ideal para una fiesta inolvidable, tantas veces soñada por los sufridos pobladores civiles de la Colonia. Si la autoridad virreinal cumplía lo prometido al vecino Adrián Lainfiesta, asturiano de Siero, esa misma tarde serían dispensados de un absurdo sometimiento burocrático de más de dos décadas. Dejarían de ser ciudadanos «en depósito» –con destino a la Patagonia– para convertirse en genuinos vecinos, libres y titulados. 
A la recuperación de tan humano derecho, se sumaba otro no menos anhelado. Cada colono percibiría 687 reales como «premio de retiro», más uno por cada día de arbitrario incumplimiento de la Real Hacienda, desde el 9 de febrero de 1800. La cifra no era justa, aunque sí la más honorable propuesta de un representante del marqués Gabriel de Avilés y del Fierro, virrey del Río de la Plata. 
Al mediodía, los pioneros estaban reunidos en una chacra del Real de San Carlos, a cinco kilómetros del centro urbano. Mientras la mayoría trazaba planes de futuro, otro asturiano, José García, guardaba un apenado silencio, que enseguida detectó el dueño de casa, su compadre Francisco Costales. El feliz encuentro se cerró a la asturiana, con queso azulado, fabada, compango y burbujeante sidra casera; por la libertad y por una vida más digna que la vivida hasta ese momento. 
Los paisanos, inseparables, salieron a primera hora de la tarde hacia la oficina donde les sería notificada la aguardada resolución. Mientras la carreta avanzaba morosa por el corto e incómodo camino, una lógica duda preocupaba a Costales. 
–¿Qué os aflige, Pepe? –¿Por qué estáis tan murniu? 
–¡Por demasiáu, Paco! –respondió García angustiado. –Lamentaréis a mala novedá que contome Lainfiesta. Fue mi conforçu de días y nueches, sin durmir. El llaín de Pinedo nos librará da maldita Patagonia, mais no nos dará el retiro, ni’l real diariu. 
Ni siquiera tuvo fuerza para levantar la vista hacia su amigo. Una vez más, eran defraudados por el jefe militar de Colonia del Sacramento, el teniente coronel Antonio Pinedo, un antiguo explorador, avenido en obsesivo uniformado, siempre pronto para hacer mérito con el gobernante de turno. 
En la comandancia se enteraron de que solo veinte pobladores obtendrían los títulos legales. Ninguno iba a cobrar lo prometido, por una sentencia burocrática muy parecida a un chantaje, diseñada para incumplir con los beneficios concedidos por Carlos III. «Aun admitiendo que la situación es distinta a las otras, sería un mal ejemplo y provocaría graves problemas en otras posesiones.» Fue la excusa oficial. 
La espontánea sensación de tristeza no conmovió al funcionario. Ni los llantos, ni los gritos, ni los desmayos. Cuando se sintió amenazado por la ira de los desengañados, hizo un gesto mínimo con el que ordenó la presencia de su custodia. El desigual enfrentamiento parecía inevitable. Militares pertrechados y listos para reprimir, contra labriegos sumidos en la desesperación. 
El natural liderazgo de Costales sería puesto a prueba, una vez más. Es imaginable un breve y tranquilizador discurso sobre la inutilidad de la violencia, aunque pareciese justificada. Un hecho de sangre los llevaría a la cárcel, sin tierras, sin derechos y sin dinero. Tras desordenada asamblea, aun dominados por la indignación, los discriminados acataron la letra de documentos que ni siquiera leyeron. La escandalosa maniobra trascendió fronteras geográficas e históricas. Pinedo fue cesado semanas después, pero, la Real Hacienda jamás pagó el premio, ni canceló la deuda. 
El historiador germano-uruguayo Juan Alejandro Apolant afirma: «El 10 de enero de 1801, el virrey Avilés ratificó el convenio y con esta fecha, aquellos [87 campesinos] dejaron de ser los que vinieron para la costa patagónica y se convirtieron en genuinos vecinos libres. Corrían los primeros días de un nuevo siglo, que sería también de la independencia de estos territorios.» 
Costales, García y los otros colonos aceptaron tanta humillación como si se hubiese tratado de una mala anécdota. Un mal momento, causado por negligencia de burócratas desatentos. Sin embargo, la mínima historia fue una revelación de las arbitrariedades cometidas en nombre del decadente coloniaje rioplatense. Una pequeña explicación, quizá, multiplicada por decenas de miles cuando, una década después, se desató la intensa rebeldía de sus hijos y de sus nietos. 

El patriarca prudente
Luis Eduardo Azarola Gil, genealogista
e historiador uruguayo que investigó la
vida de su antepasado Francisco Costales
y otros fundadores españoles de Colonia.
(Archivo Enrique Yarza Rovira)
Francisco Costales Costales nació en 1746, en Santa Cecilia de Careñes, concejo de Villaviciosa. Era hijo legal de otro Francisco y de su prima María. «De estatura baja, cinco pies cortos [menos de 140 centímetros], barbilampiño, de nariz afilada y ojos castaños claros» –según descripción de Apolant en Génesis de la familia uruguaya. Había salido del hogar asturiano el 20 de setiembre de 1779, acompañado por su mujer, Francisca Fernández Nava, dos años mayor, natural de Quintes, hija de Pedro Fernández y Josefa Nava. Por entonces tenían cuatro niños: Miguel de nueve años, María Gertrudis de siete, María Josefa de cuatro y Manuel de dos.

Los Costales Fernández permanecieron un año y medio en La Coruña, donde falleció María Josefa. Francisco allí revistó en la 2° Compañía de Milicias. Un cuerpo de 73 voluntarios bajo mando directo del intendente coruñés; responsable de la colectación de familias con destino americano. Él y varios de sus compañeros fueron reconocidos y respetados como «personas atenciosas y hábiles para el manejo de las armas». En un informe de noviembre de 1780 consta que debían «enfrentar las urgencias del servicio y la defensa de la plaza en el caso de asedio o tentativas de los enemigos de la Corona». 
Embarcaron en la fragata portuguesa San Josef y San Buenaventura, de setecientas toneladas, fletada por un asentista particular con anuencia de las reales autoridades hispanas que intentaban disminuir el peligro de un ataque pirata. La estremecedora bandera negra formaba parte de una exitosa estrategia de Londres, reiterada en cada guerra contra Madrid. Los temores eran muy fundados.
El navío se hizo a la vela en la madrugada del domingo 15 de abril de 1781, bajo mando del experimentado Joao Da Costa, con tripulación y documentos a nombre de un comerciante de Oporto. Los pasaportes y oficios del virrey e intendente de Buenos Aires eran mantenidos en reservada protección, en área supuestamente libre de manos enemigas.

Todas las previsiones parecían pocas ante un más que probable abordaje. Había una insignia o un escudo imperial en cada lugar visible de la embarcación; además de facturas, patente, despacho e instrumentos. Los víveres y los enseres a bordo eran propiedad de los mismos lusitanos. Al capitán, sin embargo, no le parecieron suficientes las medidas precautorias. Iba a ser detenido por un amenazante corsario inglés, cinco días después de zarpar. El medroso Da Costa no estaba convencido sobre la seguridad del compartimiento donde guardaba la procedencia, nacionalidad y destino del pasaje. Sin dudarlo, arrojó al mar los papeles hispanos.

Después de más de tres meses de navegación continua, arribaron a Montevideo avanzada la tarde del jueves 17 de julio. Desembarcaron 127 familias y dos solteros, en total 569 personas; la mayoría cruzó en lancha a Buenos Aires. El objetivo primario era aclimatarlos en austeras chacras de la despoblada Chascomús, escala previa al patagónico puerto de San Julián. En la lejana frontera bonaerense permanecieron más tiempo que el prometido, hasta que, poco a poco, fueron colocados en varias ciudades orientales. Un imprevisto destino final.

Francisco fue el natural guía de los primeros pobladores de Colonia del Sacramento. Con el paso del tiempo, sus compañeros de aventuras y desventuras le llamaron El Patriarca, título merecido, a pesar de su rostro imberbe que poco encajaba con el icono de un anciano sabio y de su escasa educación muy cercana al analfabetismo.

Ejerció entre los suyos un prudente liderazgo, basado en el saber intuitivo. Poseía un biológico sentido de justicia que practicaba en cada conflicto vecinal que llegaba a su chacra suburbana del Real de San Carlos. Allí las reuniones eran fraternas, las íntimas confesiones quedaban en secreto y los consejos siempre eran discretamente compartidos. Su opinión era sinónimo de cosa juzgada, muchas veces, por encima del dictamen de algún magistrado. El respetado pionero poco y nada conocía de decretos reales, ni de vericuetos burocráticos. Cuando su opinión era discordante con la del funcionario de turno, en los hechos se acataba la voz patriarcal.

Los nuevos vecinos recibieron una parcela sin título de propiedad, dos bueyes, un caballo, una pala, una azada, una reja de hierro para arado y un pico. La Real Hacienda pagó medio real por persona y por día, durante dos años. Pero, en 1786, muchos quedaron en el desamparo cuando fue suspendida la ayuda dispuesta por Carlos III.

Un mito del clan Costales, extendido hasta principios del siglo pasado, evocaba un incomprobado encuentro personal con José Fernando de Abascal y Souza, altivo representante del poder metropolitano en el Río de la Plata. Con su personal firmeza, El Patriarca habría explicado al influyente militar el drama humanitario de los colonos.
–Los astures, y usted mi señor lo es tanto como este humilde labrador, somos amantes de la justicia y de la libertad. Buenos Aires no cumple con su palabra y nuestras familias lo necesitan. Que Dios guíe vuestra decisión –exhortó el labrador. Abascal lo habría escuchado, como al pasar, con sorprendida tolerancia. Hubo un disimulado gesto de reconocimiento, sin promesas. De muy poco sirvió tanta osadía. Las autoridades virreinales siguieron desconociendo el derecho muchos años después del reclamo. Que no sería el último.

Juan Alejandro Apolant, historiador
germano
uruguayo, autor del libro
Los primeros pobladores españoles
de la Colonia del Sacramento, 1971,
Ministerio de Educación y Cultura.
(Archivo Ellen Apolant Segall)
Mentiras verdaderas
El mayor transporte dirigido de colonos hispanos al virreinato platense fue descrito por Apolant en su obra de culto: Operativo Patagonia. El proceso comenzó por una traducción deficiente e interesada de un cuaderno del jesuita Tomás Falkner publicado en Londres a mediados de 1774.
El misionero inglés describía una «tierra inhóspita pero de riquezas incalculables». Allí había vivido durante cuatro décadas, hasta la expulsión de la Compañía de Jesús.
Apolant escribió: «La versión había despertado temor en la Corte, por una posible ocupación británica de la costa austral y las islas del Atlántico Sur. Con el fin de contrarrestar a Saint James y prevenir cualquier tentativa, Carlos III se dejó inducir por consejeros que, a la luz de los resultados, no eran perspicaces ni previsores.» El monarca, anglofóbico obcecado, aceptó un plan de emergencia que preveía el traslado de 200 familias pobres de Galicia.
Un detallado informe técnico, confirmado por expediciones científicas y militares, señalaba que era prácticamente imposible colonizar las bahías patagónicas y cualquier punto del Estrecho de Magallanes. «La región parece inadecuada para la subsistencia de grandes grupos, por lo menos con el actual desarrollo técnico. El clima es extremadamente inhóspito. El suelo es salitroso y estéril, seco y árido, sin agua dulce; solo hay manantiales de agua salobre que, con dificultad, se podría beber. No hay árboles, ni leña gruesa, pero en compensación, hay mucha sal y buena pesca; virtudes interesantes, pero insuficientes para la vida humana.» Así opinaba el sacerdote jesuita José Quiroga, en 1870, luego de un extenso viaje de cuatro meses con sus colegas Matías Strabel, José Cardiel y un piquete de 25 soldados.
Los asesores reales guardaron en un cajón el prudente informe de Quiroga. Se empeñaban en llevar a la práctica un proyecto que, desde el primer momento, estaba destinado al fracaso. En la segunda mitad de 1778 comenzó un original proceso de migración, sin antecedentes en la historia colonial hispana. Convocaron a labriegos de Galicia, Cantabria, Castilla la Vieja, el antiguo Reino de León y el Principado de Asturias. El verdadero destino, nunca mencionado oficialmente, fue sustituido por un eufemístico «Río de la Plata».
En los cinco años siguientes, La Coruña recibió miles de ilusionados voluntarios. La compleja travesía se hizo en trece barcos. El primero, un buque de correo que llevó un pequeño contingente de 21 personas. Los otros fueron fletados de ex profeso, hasta el último, un mercante con 23 rezagados.
Los ingenuos colonos desconocían qué les aguardaba en los puertos australes de San Julián y Deseado y en el recién creado fuerte de Carmen de Patagones, en el Río Negro.
«La vida allí era durísima, muchos se enfermaron y murieron de escorbuto, hasta el punto de que los soldados se sublevaron reclamando su regreso. Faltaba agua y alimentos. No existían condiciones mínimas de higiene ni seguridad. Aunque los nativos eran relativamente pacíficos, nunca faltaba un enfrentamiento que terminaba siempre con varias víctimas españolas.» Así de claro era Apolant.
El virrey Vértiz y Salcedo confirmó su sospecha. La extravagante operación inmigratoria parecía buena, en teoría, pero impracticable. Era necesario llevarlo todo. Víveres y herramientas; materiales y pertrechos de guerra y de navegación, armamentos, municiones y repuestos; medicina y ganado. Buenos Aires y, fundamentalmente, Montevideo, comenzaron a sufrir los efectos del hacinamiento. En ambas ciudades se acumulaban familias regresadas desde el sur, que se sumaban a las que permanecían «en depósito» y a las que continuaban viniendo desde La Coruña. Lo que más preocupaba a la administración era el gasto para mantener a cientos de colonos que no prestaban utilidad. Solo en el puerto oriental, había 658 «sobrantes».
El gobernante rioplatense no esperó órdenes de Madrid. Al principio, muy discretamente, comenzó a colocar «interinos» a lo largo de 40 leguas desiertas, de oeste a este de la «Banda Oriental». Su objetivo: «reemplazar y aumentar la población, tanto para la defensa como para fomentar el comercio.»
Carlos III fue informado de los hechos consumados. En una implícita aceptación de fracaso, no observó argumentos, ni insistió. Se limitó a dar un deprimido visto bueno al memorando despachado en Buenos Aires. Apenas fue conservada Carmen de Patagones, por la cuantiosa suma invertida. Pero quedaría como fuerte militar con «una cortísima población civil que buenamente pudiese mantenerse bajo su abrigo». Vértiz entregó la sucesión a Nicolás del Campo, Marqués de Loreto, el 7 de marzo de 1784. Los últimos paisanos suspiraron con alivio en abril, tras regresar desde San Julián.

Peor es nada
Operativo Patagonia, de Apolant.
José García García fue el mejor amigo de Costales. También era labrador, de «cinco pies de altura [menos de 140 centímetros], barba y pelo negro acastañado, nariz roma y ojos oscuros». Nacido en Losa de Villaviciosa, en 1746, era el primogénito de Mateo y Bernarda García. Su esposa, Manuela Villar, dos años mayor, natural de Tornón, era hija de Francisco Villar y María Jacinta Pendanes.
La pareja se alistó con sus cinco hijos asturianos: María Josefa de doce años, José de once, María Francisca de siete, María Antonia de cinco y María Teresa de tres años. En La Coruña nació la sexta, María Manuela, inscripta el 23 de diciembre de 1780 y fallecida en Montevideo el 23 de agosto de 1783.
García repitió el periplo de su inseparable camarada. En las Chacras de Buenos Aires permaneció por casi tres años. Allí nació su séptima hija, María Manuela, que no aplacó el intenso dolor provocado por la muerte de su homónima, pero que calmó la desesperación y angustia materna. El 4 de julio de 1784 se estableció cerca de su compadre, en el Real de San Carlos.
Antonio Palacio Vigil y Rodríguez, sierense de San Juan de Muñoz, nació en 1746. De «bastante estatura [más alto que 150 centímetros], blanco de cara, pelo, barba y cejas negras y ojos melados», era vástago de Bartolomé Palacio Vigil y María Rodríguez. Arribó al Río de la Plata con su primera esposa, Josefa de la Vega, y dos hijos: Pedro Antonio de doce años y José Antonio, de siete, ambos de San Pedro de Sebares, concejo de Piloña. Josefa falleció en Montevideo, antes de cruzar el río. Antonio contrajo segundas nupcias con Ana María Carvajal, quince años más joven, primogénita de la gijonesa María Rubiera, viuda del también paisano Jacinto. La relación de afinidad incluía a José Carbajal Corbellana y José Antonio Carbajal Estrada, gijoneses de San Clemente de Quintueles. Los primos y vecinos dejaron una profunda marca genealógica en Colonia aunque vivieron poco tiempo. José falleció en 1795 y José Antonio en 1796.
Ramón Carro fue el primigenio del inconfundible apellido coloniense. Nacido en 1746, en la castellana Torienzo de los Caballeros, el bravo labrador figuraba en el archivo virreinal como leonés de Roales. Era de «cara trigueña, barba, pelo y cejas negras y ojos garzos», hijo de Juan Carro y María Palacios. Registrado en La Coruña, embarcó el 27 de enero de 1780, en el bergantín San Felipe Neri. Arribó a Montevideo, el 8 de julio del mismo año, con su esposa Teresa Alonso, nacida en 1750, en Roales. La pareja fue obligada a malvivir con cuatro pequeños –Juan, Vicente, Cristóbal Manuel y Santos– en el fuerte rionegrino de Carmen de Patagones. Una trampa mortal que los templó para la lucha más conmovedora.
Tras suplicado regreso fueron trasladados como «interinos» a Colonia, el 16 de julio de 1783. Allí nacieron sus primeros descendientes orientales: Juan José, Cosme Damián y Manuela. El casamiento de su heredero mayor, el capitán españolista, luego cisplatino, Juan Carro Alonso con la bellísima Rosa Costales y Fernández Nava, dio lugar a la muy tradicional familia.
Adrián Lainfiesta (o Adriano de la Infiesta) nació en 1741, en San Juan de Muñoz, concejo de Siero. Era de «más que mediana estatura [148 centímetros], flaco, trigueño de cara, cerrado de barba, cejas rojas y ojos castaños». Estaba casado con Manuela Vigil, tres años mayor, nacida en el mismo pueblo. El 1 de octubre de 1781, la pareja se estableció en la bonaerense Guardia de los Ranchos, con cuatro hijos: Josefa de diecisiete años, María de catorce, Teresa de doce y José de siete años. Jamás vivió en la Banda Oriental, pero fue un influyente delegado de los pobladores.
Cuando se confirmó la inexplicable suspensión del auxilio económico de Madrid, los vecinos comenzaron a protestar. Ellos investigaron una sórdida maniobra, diseñada con autorización no escrita de la Real Hacienda. Sin recursos, pero con mucha astucia, consiguieron demostrar la existencia de una orden de pago, firmada por Carlos III. Ocultada e incumplida bajo pretexto de una «pequeña formalidad administrativa».
Lainfiesta se reunió con el virrey Avilés en setiembre de 1797, que confirmó el derecho pero acordó la retroactividad a su llegada al Río de la Plata, en marzo de ese año. Por una nueva formalidad burocrática, las familias cobraron en febrero de 1800, sobre la base de un máximo de 873 reales, uno por cada día de demora. En definitiva, los once años de postergación fueron reconocidos, pero, jamás liquidados. Lo mismo ocurrió con el «premio de retiro» previsto para las familias liberadas del compromiso patagónico.

Historia de Colonia del Sacramento
1680-1828, de Luis Azarola Gil,
 Barreiro & Ramos, 1950.
(Archivo Enrique Yarza Rovira)

Una leyenda coloniense
Costales era recordado con nostalgia por su orgulloso descendiente, el historiador y genealogista Luis Enrique Azarola Gil. «Don Francisco fue una placentera brisa de humanidad y sentido común, luego del estúpido arrasamiento de Colonia», escribió en su libro Apellidos de la Patria Vieja.
Mientras elogiaba a su antepasado –primero de esa rama genealógica en el Uruguay– el historiador describía, implícitamente, un sordo rencor acumulado en casi un siglo de alternado y desigual dominio de portugueses y españoles sobre la desembocadura oriental del Río de la Plata. Y agrega: «Casi sin batalla, el virrey Pedro de Cevallos tomó la majestuosa Nova Colonia y la rebautizó Colonia, a secas. El antiguo Gibraltar sudamericano sirvió de alojamiento para soldados y carceleros desacostumbrados al pomposo lujo de viviendas que ocuparon y destruyeron, casi sin proponerselo. La transformaron en una prisión prolijamente desorganizada dentro de un pueblo fantasmal.»
Azarola Gil cuenta cómo sus parientes Costales concedieron la libertad a varios esclavos, el 24 de octubre de 1822. El documento se formalizó ese mismo jueves ante Antonio de Avendaño y León, fiel de fechos del Cabildo. Aunque no existía obligación legal, el matrimonio estableció explícitamente que dejaba exento de servidumbre al negro Manuel Congo, casado con la negra Celestina Costales, el primero natural de África, de 50 años –«más o menos»– y la segunda, criolla, de 22 años. También otorgaban el beneficio a dos hijos de la pareja, Martín de dos años y Antonio de cinco meses. «Cuyos esclavos poseemos por justos títulos; y no obstante que el dicho matrimonio tiene otro hijo llamado José, éste queda por ahora separado de su libertad hasta nuestra última disposición, en la cual será contemplado.»
Entre los habitantes del caserío del Real de San Carlos, censados en 1836, figuraba Francisco Costales. Por entonces de 90 años, viudo, dedicado a la labranza, vivía con su hija Clara, casada, de 44, oriental. Según una vieja leyenda El Patriarca fue asesinado en 1842, poco antes de cumplir 96 años.
Había salido a caballo, seguido por su noble perro. El equino volvió suelto a la casa. Presumiendo una desgracia, la familia lo buscó, sin obtener resultados. A los seis meses, unos vecinos que caminaban por un monte de los alrededores de la ciudad, oyeron aullidos y descubrieron al animal echado sobre la tierra removida. Desenterraron el cadáver, que recibió luego sepultura en el cementerio de Colonia. Nadie pudo apartar al perro de la tumba. Allí se le hizo un reparo, donde murió al año siguiente.

Colonia del Sacramento en 1777,
según plano de Tomás López.
(Archivo Enrique Yarza Rovira)
Celtas, godos y castizos
El martes 1 de abril de 1783, el antiguo puerto coloniense recibió a los labradores hispanos establecidos por orden del virrey Juan José Vértiz y Salcedo y de Manuel Ignacio Fernández, intendente de Buenos Aires.
Se iniciaba así un lento proceso de renacimiento, aunque ni siquiera cercano a su glorioso y pretérito esplendor portugués. Juan Alejandro Apolant, en Los primeros pobladores españoles de la Colonia del Sacramento, informaba la procedencia de las familias pioneras: once castellanas, diez asturianas y ocho gallegas, a quienes se sumaron criollos, indios y mestizos.
En aquella fecha arribaron: 1) Tomás Martínez, Isabel Alonso e hijos, de San Miguel del Valle, Valladolid. 2) Santos Cela y Felipa Pérez, de Santa María de la Bañeza, Astorga, provincia de León y Palencia, Castilla La Vieja, respectivamente. 3) Manuel González, Luisa López e hijos, de San Julián, Astorga. 4) Antonio Constanzo y María Castañeda, de San Andrés de Benavente, Oviedo y Fuentelagaña, Zamora, respectivamente. 5) Fernando Estevan, Manuela Alonso e hijos, de Torres de Fredes, Zamora, Castilla la Vieja.
El segundo grupo se instaló entre el 10 de julio y el 8 de diciembre de 1873: 6) Domingo Antonio Cañas y Pascuala do Campo, de San Pedro de Bisma, La Coruña. 7) José Patiño, de Santa María de Oza, La Coruña. 8) Francisco Antonio Álvarez, de Santa María de Castro, Trasancos, Betanzos de Galicia. 9) Santiago Bedoya, de Arnuzco de Palencia, Castilla la Vieja. 10) Manuel Sánchez y Manuela Sánchez, de Medina de Rioseco, Palencia, Castilla la Vieja. 11) Francisco Pérez, Juliana Herrero y Mateo Pérez, de Palencia, Castilla la Vieja. 12) Ramón Carro, Teresa Alonso e hijos, nacidos en San Miguel del Valle, Valladolid, Castilla la Vieja, vecinos de Roales de León. 13) Blas Toreiro, María Antonia Agra e hijos, de Santa María de Basadre, Lugo. 14) Jaime Serrat, María Antonia Lablé e hijos, de Ribadavira, Gerona de La Coruña y La Coruña, respectivamente. 15) Manuel Delgado Blanco, Isabel Martínez e hijos, de Fuentes de Nabas, Palencia, Castilla la Vieja. 16) Vicente González y Josefa de las Heras, de Medina de Rioseco, Palencia, Castilla la Vieja.
El tercero se radicó entre el 4 de julio y el 16 de octubre de 1784: 17) Antonio Palacio Vigil, Josefa de la Vega e hijos, nacidos en San Juan de Muñoz, Siero, vecinos de Llanes. 18) José García, Manuela Villar e hijos, nacidos en Llosa, Santo Tomás de Coro, vecinos de San Cosme de Tornón, Villaviciosa. 19) María Rubiera e hijos, de San Clemente de Quintueles, Gijón. 20) Francisco Costales, Manuela Fernández e hijos, de Quintes de Villaviciosa. 21) José Carbajal, María Arce e hijos, de San Clemente de Quintueles, Gijón. 22) José Menéndez, Agustina de la Fuente e hijos, de San Julián de Somió, Gijón. 23) Antonio Saura y Teresa Martínez, nacidos en Venasco, Barbastro de Aragón, vecinos de Zamora.
El 8 de setiembre de 1786 llegaron: 24) Juan Antonio Carbajal y Teresa Muñiz, de San Clemente de Quintueles, Gijón. 25) Manuel González Amores, Teresa Muñiz e hijos, de San Cosme de Bobes, Siero. 26) María Manuela de la Fuente, casada en segundas nupcias con Juan Roquete, de Santa María de Veira, La Coruña. 27) María García, casada en segundas nupcias con Bernardo Gayán, de Moderes, Salamanca. 28) José Moris y Manuela Génova, de Quintes de Villaviciosa. 29) Manuel Génova y Bárbara Fernández, de Quintes de Villaviciosa.

Fernando de Abascal y Souza.
«No soy vendible»
José Fernando de Abascal y Souza, protagonizó –como odiado enemigo de la revolución criolla– un notable episodio en la vida de José Artigas. El 23 de junio de 1814, la Banda Oriental estaba partida en dos. Montevideo, último baluarte de la decadencia virreinal, pasaba a dominio del centralismo de Buenos Aires. El resto del territorio respondía a los patriotas artiguistas insuflados de coraje en el rebelde litoral del río Uruguay. Unidos, orientales y porteños, habían conseguido la definitiva caída hispana, pero, ahora estaban enfrentados.
Abascal, que vivía en Lima, seguía con preocupación el acontecer rioplatense. Al enterarse del conflicto entre orientales y porteños, hizo un último intento por evitar lo inevitable. Le encomendó una gestión secreta al general Joaquín de Pezuela y Sánchez, buscando una alianza con el caudillo perseguido por sus antiguos aliados. Era un insólito plan de reconquista, basado en favores políticos, dinero y supuesta gloria.
El jueves 28 de julio de 1814, Artigas respondió con una de sus más célebres frases: «Yo no soy vendible, ni quiero más premio por mi empeño que ver libre mi nación del poderío español.» El 10 de enero del año siguiente, sus soldados –comandados por Fructuoso Rivera– triunfaban sobre Manuel Dorrego, en Guayabo. Aquella insólita fidelidad lo transformaba en Protector de los pueblos libres, líder de la mayor utopía que conoció la nación: la Provincia Oriental.
El destino de Abascal fue muy distinto –y muy similar– al del adversario que intentó corromper infructuosamente. Nacido en Oviedo, en 1743, inició su carrera como ayudante mayor con grado de capitán del Regimiento de Toledo. Arribó a Colonia con la expedición de Cevallos, que lo promovió a mariscal de campo en mérito de su arrojo y lúcida visión militar.
Para el historiador José Luís Pérez de Castro era «un incondicional e inteligente copartícipe en la defensa del poder monárquico». En 1804 fue nombrado virrey del Río de la Plata, pero prefirió marchar al Perú. Capturado en el camino por enemigos ingleses, dos años después cumplió con su ambición de controlar la mayor riqueza sudamericana.
Desconfiado biológico, maestro de la intriga y avezado estratega, transformó a Lima en el centro continental de operaciones contra el embate emancipatorio liderado por lo mejor del patriciado criollo: Manuel Belgrano, José de San Martín, José Antonio de Sucre y Bernardo O’Higgins.
Cansado de una lucha sin futuro, en 1816 fue sustituido por Pezuela, su único hombre leal entre diarias conspiraciones. Pérez de Castro concluye: «Lo intentó todo para mantener el orden colonial, hasta que sus extraordinarias dotes fueron quebradas por el Congreso de Tucumán del 9 de Julio de ese año, que consolidó la existencia de las Provincias del Río de la Plata y que abrió puertas a las independencias.»
Abascal murió en Madrid, en 1827, sin que el desagradecido de Fernando VII –El Deseado indeseable– reconociera su enérgica y eficiente fidelidad. A pesar de la derrota. 

«A Colonia»«La Colonia»
El Portón de San Pedro es
la entrada a la histórica Colonia.
22 de enero de 1680. Ese viernes de calor agobiante el maestre de campo Manuel de Lobo, gobernador de Río de Janeiro, desembarcó en un insignificante islote rioplatense ubicado a pocas millas de Buenos Aires. Tres días después, cruzó a la península de San Gabriel, punto ideal para la construcción de una cerrada fortaleza de doce hectáreas.
El 4 de febrero, una guardia hispana del afluente río San Juan fue sorprendida por cañonazos y disparos de mosquetes y fusilería, que evidenciaban un festejo. Al aproximarse a la saliente del territorio, observaron a una eufórica dotación portuguesa, mientras cientos de esclavos levantaban la primera muralla de «A Nova Colonia do Santísimo Sacramento». 
La respuesta no demoró. José de Garro, gobernador bonaerense apoyado por Tucumán, Corrientes, Santa Fe y las Misiones, envió un ejército regular –con fieros guaraníes– que tomó la plaza el 7 de agosto del mismo año. Lisboa lanzó un severo ultimátum que derivó en triunfo diplomático por el Tratado Provisional del 7 de mayo de 1681. Hubo restitución del poblado, devolución de prisioneros, armas y pertrechos y castigo para Garro, organizador de la victoriosa campaña. 
Fue la síntesis perfecta de casi un siglo de intrigas bélicas y políticas, que aún cautivan a los historiadores. Madrid recuperaba el estratégico enclave por la fuerza, pero sus negociadores eran humillados por colegas lusitanos que, con elegante voracidad, ganaban el derecho a posesión de la margen oriental del Río de la Plata. El objetivo de Lisboa era evidente: dominar el contrabando regional para compartirlo con su aliada Londres. 
En 1718 se radicaron las sesenta familias lusitanas más influyentes y tradicionales, oriundas de la provincia de Tras-os-Montes. Embarcadas en Oporto, en el navío Sao Thomaz, pisaron tierra en la nochecita del jueves 10 de febrero, previo naufragio a dos leguas marítimas. Desde entonces, la Nova Colonia se desarrolló sitiada por los campos de bloqueo de San Carlos y Vera, pero, jamás, hubo una estrategia española de neutralización de su creciente influencia. En respuesta, el astuto lisboeta Manoel Gomes Barbosa planteó el avance sobre las despobladas bahías de Montevideo y Maldonado, ubicadas a cientos de kilómetros, camino al sur de Brasil.

Portada de Héroes sin bronce.
Crónica de pasiones asturianas

en tierra uruguaya, Gijón, 2005.
(Ediciones Trea, Asturias).
El historiador Fernando Assunçao sitúa el máximo esplendor coloniense hasta el penúltimo asalto español, de 1761. Por entonces era un dinámico centro urbano, económico y político, desde donde se manejaba mucho más que la navegación rioplatense. «Fue una verdadera Atenas sudamericana. La mayor luminaria rioplatense del siglo XVIII, más moderna y progresista que Buenos Aires e incomparable con la incipiente Montevideo. En esa época descolló la figura del carismático Pedro Antonio de Vasconcelos, talentoso creador de prosperidad y fuerza militar; impulsor del libre comercio y de sus luces culturales[...] Fue la primera ciudad oriental, pero, paradójicamente, o quizá por eso mismo, no era una posesión hispana.»
Tanto brillo tenía una contracara. El fuerte era abrigadero de bandeirantes y contrabandistas de la londinense South Sea Company. La naviera se dedicaba a introducir esclavos para clientes particulares e influyentes órdenes religiosas de Córdoba y Tucumán. El tráfico humano era cruel y aberrante, pero, apenas se trataba de un escaparate para el transporte ilegal de oro y plata del Alto Perú. 
Los negros se pagaban con cuero y odres de cebo. Los lingotes eran traídos en reatas de mulas o en carretas, cruzados al Delta del Tigre bonaerense y escondidos entre la mercadería perecedera de bergantines piratas que retornaban al Golfo de Guinea. La misión era entregar el metal a buques de bandera, con destino a los principales puertos ingleses. Un negocio redondo, solventado con sangre africana. 
El jueves 6 de enero de 1763 el estuario rioplatense era un polvorín. Portugal exigía la devolución de Colonia, todavía bajo transitorio control hispano. Esa mañana la defensa era alertada sobre la insólita presencia de tres barcos piratas –Lord Clive, Ambuscade y Gloria– contratados por la South Sea Company para «restablecer el orden y matar castellanos, con la ayuda de Dios». La respuesta fue lógica y terminante: dos andanadas de sesenta cañones navales y más de cien terrestres. 
El Lord Clive –al mando de Robert McNamara, amigo personal del primer ministro británico Sir William Pitt– se transformó en una dantesca hoguera flotante, a pocas millas de la playa. Murieron cientos de marinos, entre ellos el capitán que se hundió con su barco, en uno de los más fantásticos naufragios de la historia sudamericana. Poco después, la diplomacia lusitana recuperaba la disputada plaza por última vez.

La tardecita del martes 3 de junio de 1777, el sol se ponía sobre la costa oriental del Río de la Plata y las nubes trazaban violáceos caminos en el cielo. Los últimos rayos se colaban por las calles angostas cubiertas con piedras en forma de cuña, mientras las imponentes murallas se teñían de ocre. El paisaje era atentamente vigilado por uno de los más calificados mariscales de la corona. 
Estaba allí, con nueve mil soldados, más de mil indios y otros tantos zapadores, para poner fin a las argucias portuguesas, para suprimir el libre comercio clandestino y transformar al «mare nostrum» en «río ancho como mar». Si fuera necesario a sangre y fuego. Buscaba un flanco débil en aquella sólida silueta gris, erizada de cañones. Carlos III le daba una segunda oportunidad. Debía apoderarse de la isla de Santa Catalina y reconquistar «La Colonia». 
En su informe previo señalaba con franqueza la inconveniencia de su presencia en el ataque: «Con nuestras fuerzas debiera ir un oficial de campo a quien apreciase la tropa y que sea más moderno que Vértiz, por que no se embarace en el mando.» A tal fin, señaló a Víctor de Navia Osorio, notable militar asturiano de Siero, jefe del Cuerpo de Reales Guardias Españolas. 
El general Navia de Osorio fue quien reconoció la costa y tomó posesión del fuerte, casi sin disparar armas, con cuatro compañías de Granaderos. La acción era seguida, desde corta distancia, por quien luego se llevó toda la gloria: Pedro de Cevallos, primer virrey del Río de la Plata. 

Juego de damas
La imponente muralla de Manuel de Lobo era sencilla hacia el río y más fortificada del lado de tierra. Tenía cuatro poderosos baluartes: San Miguel, San Antonio, San Juan y Del Carmen. El diseño original de dos portones fue sustituido en 1745, por un gran portal de piedra labrada.
El gobernador Pedro Antonio de Vasconcelos creó nuevas posiciones defensivas y aumentó el cinturón de chacras y establecimientos de corambre. La ciudad contrastaba con el tradicional estilo español. Un damero de calles perpendiculares y angostas, con plazas y plazuelas perfectamente integradas al conjunto. En el centro estaba el Palacio del Gobernador, rodeado por la Iglesia Mayor, el Colegio Jesuita, el hospital y la Maestranza.

El fuerte remoto fue vencido por los reconquistadores hispanos y por el paso del tiempo. A mediados del siglo pasado, vecinos emprendedores comenzaron a soñar con su reconstrucción, con fines de difusión cultural y turística. Una quijotada que culminó con la creación del Barrio Histórico, reubicado en su sitio original, el extremo oeste de la península de San Gabriel.
Sobre derruidas viviendas de época, fueron rescatadas más de trescientos años de memoria militar, civil y religiosa. Para la UNESCO constituye «un notable testimonio, por su plano y sus monumentos, de la índole y los objetivos de una ciudad colonial europea», de finales del siglo XVII. En Berlín, en 1995, fue declarado Patrimonio Cultural Histórico de la Humanidad.



El Intérprete
Artiguista. Relativo al pensamiento y la acción de José Artigas.
Astures. Antigua tribu que pobló los actuales territorios de Asturias, León y norte de Zamora.
Atlántico. Océano de 80 millones de kilómetros cuadrados, que se extiende desde el Glacial Ártico hasta la Antártida. El Ecuador lo divide, artificialmente, en dos partes, Norte y Sur. Su nombre proviene de Atlas, uno de los titanes de la mitología griega.
Bable. Término que utilizaba el ilustrado gijonés Gaspar Melchor de Jovellanos, para denominar al asturiano, la llingua d’Asturies. Como otros romances, se formó a partir de la descomposición y fragmentación del latín, al que se incorporaron elementos lingüísticos prerrománicos y germánicos. Fue tomando giros del árabe, francés, gallego, castellano y, en tiempos modernos, del inglés. Es primer o segundo idioma para un millón de personas en Asturias, salvo al occidente del río Navia, oeste de Cantabria, norte de León, oeste de Zamora y Salamanca, parte de Extremadura y en las portuguesas Miranda de Douro y Sendim. Jovellanos lo definió como «Patrimonio Vivo del Pueblo».
Banda Oriental. Antigua denominación del Uruguay, usual en la etapa colonial y en tiempos de la revolución emancipadora. Así fue llamado el territorio ubicado al este de la corriente fluvial homónima y del Río de la Plata.
Bandeirantes. Aguerridos paramilitares portugueses, venerados como constructores del Brasil. Estaban organizados en bandeiras que recorrían y hostilizaban las fronteras rioplatenses. Para españoles y criollos fueron agresivos ladrones y contrabandistas de ganado, traficantes de oro y tratantes de esclavos.
Buenos Aires. Reina del Plata. Capital de la República Argentina, ubicada en la margen oeste de la desembocadura del estuario. Fundada en 1536 por el primer adelantado, Pedro de Mendoza, fue abandonada tres años más tarde por la hostilidad de tribus aborígenes. Refundada en 1580, por Juan de Garay, fue sede de la gobernación y del virreinato del Río de la Plata. Su nombre primitivo –Nuestra Señora Santa María del Buen Ayre– proviene de una advocación de la protectora de los marinos, honrada en la isla italiana de Cerdeña. Es la mayor capital sudamericana y la ciudad que tiene más inmigrantes asturianos en el mundo, aproximadamente 100 mil. Gentilicio: porteña/porteño.
Cantabria. Comunidad autónoma, que limita al este con el País Vasco, al sur con Castilla y León, al oeste con el Principado de Asturias y al norte con el mar Cantábrico. Capital: Santander. Gentilicios: cántabra/cántabro, montañesa/montañés.
Cantábrico. Cantábricu. Mar del océano Atlántico, que baña las costas de Asturias y todo el norte de España hasta Francia.
Castilla y León. Comunidad autónoma situada al noroeste de la Península Ibérica. Limita al norte con el Principado de Asturias, Cantabria y el País Vasco, al este con La Rioja y Aragón, al sur con la Comunidad de Madrid, Castilla–La Mancha y Extremadura y al oeste con Galicia y Portugal. Está formada por dos territorios históricos definidos en la división administrativa de 1833, los reinos de Castilla y León. Su capital es Valladolid.
Colonia. Departamento del sudoeste uruguayo, de 5.682 kilómetros cuadrados y 125 mil habitantes, limítrofe con sus similares de San José, Flores y Soriano. Fue creado por el Cabildo Gobernador de Montevideo, el 27 de enero de 1816, y aprobado por José Artigas. El nombre proviene de su histórica capital. Gentilicio: coloniense.
Compañía de Jesús. Jesuitas. Orden religiosa fundada por Ignacio de Loyola en 1534.
Concejo. Conseyu. Cada uno de los 78 municipios en que se divide el Principado de Asturias. Están organizados en parroquias, que no siempre coinciden con la tradicional jurisdicción eclesiástica, y en barrios, mínima expresión territorial. El gobierno es ejercido por el alcalde, jefe del Ayuntamiento, y los concejales.
Conforçu. En asturiano: encrucijada, duda.
Criollo. Hijo de europeos nacido en América.
Chascomús. Ciudad argentina del sur de la provincia de Buenos Aires, de 15 mil habitantes, ubicada a orillas de la laguna homónima.
Delta del Tigre. Porción triangular de tierra e islotes del Río de la Plata, utilizados para el tránsito fluvial de pasajeros, entre la localidad bonaerense Tigre y la coloniense Carmelo.
Demasiáu. En asturiano: mucho.
Departamento. Cada una de las 19 jurisdicciones municipales en que se divide la República Oriental del Uruguay. El jefe de la Intendencia, es el intendente. El legislativo se denomina Junta Departamental, integrada por ediles.
En depósito. Colonos que quedaban en Montevideo o Buenos Aires, a la espera de un destino definitivo.
Fiel de fechosAntiguo notario de un ayuntamiento.
Galicia. Galiza. Comunidad autónoma que limita al norte con el mar Cantábrico, al sur con Portugal, al oeste con el océano Atlántico y al este con Asturias y Castilla y León. Es una de las nacionalidades históricas, reconocida por la Constitución Española. Gentilicio: gallega/gallego.
Gibraltar. Colonia británica del sur de la Península Ibérica, reclamada por España desde su ocupación en 1704. El peñón es una gran roca, estratégicamente ubicada en la orilla norte del estrecho que une al Mediterráneo con el Atlántico. Sus intransigentes propietarios ultramarinos, la han convertido en un ventajoso centro bancario y turístico, protegido por una fortaleza. Gentilicio: gibralteña/gibralteño.
Gijón. Xixón. La mayor ciudad de Asturias y concejo centro costero del Cantábrico. El territorio municipal, de 181,60 kilómetros cuadrados, fue creado el 12 de mayo de 1270, por fuero del rey Alfonso X El Sabio. La villa homónima fue fundada por los cilúrnigos –tribu prerrománica, especializada en metalurgia del bronce– en el siglo quinto de la era anterior y ocupada por el imperio latino en el año 29, de la misma. Los invasores la llamaron Gigia y disfrutaron sus termas naturales, en la recoleta ladera del cerro Santa Catalina. De la civitas abandonada, tras la derrota romana, permanecen vestigios en el barrio histórico de Cimadevilla. Reconstruida como incipiente puebla, fue incendiada en 1395, en el fragor de luchas medievales. En 1480, los Reyes Católicos autorizaron la construcción del primer muelle de mar, que se transformó en vigorosa dársena terrestre, a fines del decimosexto siglo. A influjo de Gaspar Melchor de Jovellanos adquirió carácter industrial y comercial. Fue efímera capital asturiana, tras el triunfo del Frente Popular, en 1936. Sometida por la dictadura franquista a prolongado periodo de hambre y represión. La vida de sus 280 mil habitantes, gira en torno al comercio, el turismo y la cultura. Esplendor que debe a la siderurgia, la sidra, hermosas playas y dos puertos estratégicos: el deportivo local y el Musel ultramarino. Gentilicio: gijonesa/gijonés.
Guaraní. Aborigen americano, poblador de la extensa cuenca de los ríos Orinoco y de la Plata. También es el lenguaje de esas razas y gentilicio de la República del Paraguay.
Interinos. Colonos instalados en un destino que no era definitivo.
La Coruña. A Coruña. La mayor ciudad de Galicia, capital de la homónima provincia noroccidental atlántica, de 250 mil habitantes. El nombre procede del latín Caronium y se refriere a una oppidum, fortificación romana. En tiempos de Fernando II, de León, surgió el topónimo Crunia. De 1262, data el artículo que la designó La Crunia. Era el primer puerto de salida de la inmigración gallega y asturiana hacia el Nuevo Mundo. Gentilicio: coruñesa/coruñés.
Lima. Ciudad de los virreyes. Antigua capital del mayor virreinato hispanoamericano y actual de la República del Perú, fundada en 1535, a orillas del río Rimac, por Francisco Pizarro. Gentilicio: limeña/limeño.
Lisboa. Capital de Portugal, de 550 mil habitantes, pero con área metropolitana de 2.9 millones. Según romántica leyenda, Ulises quedó deslumbrado por la desembocadura del Tajo; centro comercial de griegos, fenicios y cartagineses. Los romanos fundaron Olissipo, en el 205 de la era anterior, luego Olissipona y Lixbuna, así llamada por los árabes del norte de África que la tomaron en 719. Fue reconquistada cuatro siglos después por Alfonso Henrique, primer rey lusitano, que le concedió fuero propio en 1179. Capital del reino desde 1255 y puerto de salida de famosas expediciones a las Indias. Fue destruida por un gran terremoto, el 1 de noviembre de 1755, y reconstruida por el marqués de Pombal. En 1997 fue capital de la cultura europea, por la conmemoración del quinto centenario del viaje de Vasco da Gama. Gentilicio: lisboeta.
Llaín. En asturiano: traidor.
Llanes. Concejo de la costa oriental asturiana, de 263,59 kilómetros cuadrados y 13 mil habitantes. De sugestiva y bien estudiada prehistoria, epicentro de disputas dinásticas, fue fundado en 1228, por el leonés Alfonso IX. Tierra de navegantes, desde la homónima cabecera y activo puerto, entre 1493 y 1599 salieron intrépidos conquistadores con destino al Nuevo Mundo. Mayoritariamente franquista, la población festejó la «liberación» del 5 de setiembre de 1937. Aunque, vale señalar la oposición liderada por Horacio Fernández Inguanzo, El Paisano, maestro y diputado republicano. Rico en monumentos arquitectónicos y patrimoniales, abundan las construcciones de «indianos», emigrantes que retornaban para invertir en sus pueblos. Gentilicio: llanisca/llanisco.
Mare Nostrum. Una de las tantas denominaciones coloniales del Río de la Plata, cuando se lo comparaba con el Mediterráneo de los romanos.
Murniu. En asturiano: triste.
Nueches. En asturiano: noches.
Oporto. Porto. Terminal ultramarina del norte portugués, fundada por los romanos, entre la ribera norte del Duero y la desembocadura del Atlántico. La ciudad tiene 270 mil habitantes y el área metropolitana 1.6 millones. Su centro histórico es Patrimonio de la Humanidad. Gentilicio: portense.
Oriental. Gentilicio oficial del Uruguay, proveniente de la tradición artiguista. Sinónimo: uruguayo.
Oviedo. Uviéu. Capital del Principado de Asturias y concejo del centro geográfico del territorio autónomo. La entidad municipal, de 186,65 kilómetros cuadrados, fue creada en 1145, por fuero civil del rey Alfonso VII. La histórica villa nació el 25 de noviembre de 761, en la colina de Ovetao. Un estratégico cruce de caminos, donde los abates Máximo y Fromestano habían establecido un monasterio en honor a San Vicente. En 808 fue sede fortificada de la corte del Reino de Asturias y privilegiado hito en el Camino de Santiago. Su creciente influencia cultural, viene de hombres y mujeres notables y una majestuosa Universidad. Su desarrollo comercial se debe a la expansión del popular barrio El Fontán, más allá de los muros originales. A ello se sumó la Fábrica Nacional de Armas de Trubia y un estratégico corredor que vinculaba a la cuenca hullera con los puertos de embarque. El moderno Oviedo tiene 200 mil habitantes. Como afirma el historiador Javier Rodríguez Muñoz, es «el núcleo político y lugar inexcusable para quien quiera seguir de cerca la actividad pública». En 1978 su arquitectura prerrománica fue declarada Patrimonio Histórico de la Humanidad. Gentilicio: ovetense, carbayona/carbayón.
Paraná Guazú. Es el brazo más grande del Delta del Paraná, en el límite entre las provincias argentinas de Entre Ríos y Buenos Aires. Tiene una gran profundidad de entre 12 y 30 metros y un ancho de entre uno y dos kilómetros, su caudal medio es de aproximadamente 14.000 metros cúbicos por segundo.
Patagonia. Extensa región del sur argentino comprendida entre el río Colorado y el estrecho de Magallanes. Abarca las provincias de Río Negro, Neuquén, Chubut y Santa Cruz. También exista una Paatagonia chilena.
Patria Vieja. Nombre dado a la etapa histórica que abarca la primera emancipación oriental, entre 1815 y 1820, que también fue la de mayor influencia de Artigas.
Península Ibérica. Región del suroeste de Europa, donde se encuentran los territorios continentales de España y Portugal, el pequeño Principado de Andorra y el territorio británico de Gibraltar. Cuenta con 582.925 kilómetros cuadrados. Su nombre proviene del río Íber, probablemente el actual Ebro o, quizá, el Guadalquivir.
Piloña. Concejo asturiano centro–oriental, de 283,89 kilómetros cuadrados y nueve mil habitantes, que forma parte de la comarca dominada por la sierra del Sueve. En su heráldica está representada la gesta reconquistadora de España. Una memorable leyenda relata el paso de Pelayo y un escudero por el caudaloso río Piloña, perseguidos por moros. El acompañante no se atrevía a penetrar en la brava corriente, pero el caudillo lo habría animado: «Adelante, que mi caballo pie halla». Desde entonces el paso es conocido como Pialla, glorioso santo y seña de la dignidad ibérica. Capital: Infiesto. Gentilicio: piloñesa/piloñés.
Platense. Rioplatense. Relativo al Río de la Plata.
Portugo. Mote despectivo que los orientales utilizaban para referirse al ejército luso–brasileño, ocupante entre 1816 y 1828.
Premio de retiro. Estímulo que pagaba la Real Hacienda española a quienes abandonaban los beneficios de la colonización dirigida.
Provincia Cisplatina. Nombre que el Imperio de Brasil dio a la Provincia Oriental, entre 1822 y 1828, luego de la declaratoria de su independencia del Reino de Portugal. El término designa también a hombres y hechos, afines a la incorporación del territorio a Portugal, Brasil y Algarbe, votada en el Congreso Cisplatino de 1821, reunido en Montevideo.
Provincia Oriental. Primer estado uruguayo independiente, liderado por José Artigas. Se inició tras el triunfo militar de Guayabo, el 10 de enero de 1815 y la expulsión de los porteños. Constituyó una Liga Federal con cinco provincias argentinas: Entre Ríos, Corrientes, Misiones, Santa Fe y Córdoba, unidas bajo el Protectorado artiguista. Finalizó en 1820, tras la derrota de la resistencia oriental aplastada por el invasor luso-brasileño llamado por el Directorio de Buenos Aires. La intriga y la traición, enviaron al Protector de los Pueblos Libres al exilio del Paraguay. Su capital fue la Villa de Purificación.
Provincias Unidas del Río de la Plata. Denominación del conflictivo estado que sustituyó al virreinato hispano, tras el triunfo de las revoluciones rioplatenses.
Río de la Plata. Amplio estuario que baña las costas de Argentina y Uruguay. Es corto, de 350 kilómetros, pero el más ancho del mundo. Su boca, de 180 kilómetros, va desde la argentina Punta Rosa hasta la línea del Océano Atlántico, en la uruguaya Punta del Este. Su cuenca recoge más de cuatro millones de metros cúbicos de los ríos Paraná y Uruguay y su lecho abarca una superficie de 35 mil kilómetros cuadrados. Su descubridor oficial, Juan Díaz de Solís, en 1516 lo bautizó Mar Dulce. Tras su muerte, el segundo piloto de la expedición, Francisco Torres, lo denominó Río de Solís. Sebastián Gaboto le puso el definitivo Río de la Plata, por creer que existía abundancia de metal precioso en las regiones vecinas.
Río ancho como mar. Mote españolí del Río de la Plata. Denominación españ 
San Gabriel. Denominación que Juan Díaz de Solís dio a una estratégica isla rioplatense y a la costa de Colonia.
Siero. Sieru. Consejo de 211,60 kilómetros cuadrados y 45 mil habitantes, ubicado entre Gijón y Oviedo. Sus primeros pobladores fueron predecesores de la cultura castreña y de la colonización romana. El 14 de agosto de 1270 recibió la carta de habilitación municipal firmada por Alfonso X El Sabio, y en 1504 constituyó ayuntamiento. De heroica resistencia en las invasiones napoleónicas, también fue epicentro de la movilización popular contra la dictadura franquista. Es zona ganadera, agrícola, carbonífera y minera. Son famosos sus molinos harineros, curtiembres, telares, fábricas de embutidos y de chocolate. Fue el municipio asturiano donde se realizó la primera labor carbonífera. Capital: Pola de Siero. Gentilicio: sierense.
Sobrantes. Colonos sin destino, que quedaban en depósito en Montevideo o Buenos Aires.
Tucumán, Corrientes, Santa Fe y Misiones. Provincias de la República Argentina.
UNESCO. Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura. Creada el 4 de noviembre de 1946, tiene como objetivo, contribuir a la paz y la seguridad en el mundo mediante la educación, la ciencia, la cultura y las comunicaciones. Tiene su sede en París.
Uruguay. Río que comparte su nombre con el país y que lo separa de la Argentina en el litoral centro y norte. Tiene origen en dos afluentes –Canoas y Pelotas– del estado brasileño de Santa Catarina. Corre primero, de este a oeste, y luego en dirección suroeste, hasta desembocar en el Río de la Plata. De sus 1.700 kilómetros, la tercera parte –cursos Medio y Bajo– baña el litoral oriental. Fue descubierto en 1520 por Juan Rodríguez Serrano, patrón de la Santiago, nave de la expedición de Hernando de Magallanes. La denominación viene del guaraní «de los caracoles».
Villaviciosa. Concejo de la costa oriental, de 276,23 kilómetros cuadrados y 14 mil habitantes, creado el 17 de octubre de 1270, por fuero de Alfonso El Sabio. Está emplazado en la tierra de Maliayo, antiguo conjunto de villas romanas ambicionadas desde siempre, por su fertilidad. Es un importante centro patrimonial por sus significativos restos paleolíticos y prerrománicos y sus espléndidos monumentos medievales. La capital homónima fue un bastión monárquico contra la Segunda República, con mínima presencia de reformistas y casi nula de socialistas. Con los vecinos Gijón y Nava forma parte de la más famosa región sidrera. Gentilicio: villaviciosina/villaviciosino.
Virrey. Funcionario colonial español que gobernada en nombre del monarca.
Zapadores. Soldados de avanzada, excavadores de trincheras.

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