sábado, 23 de febrero de 2008

Fernando Mañé Garzón, médico pediatra, biólogo e historiador de la ciencia

Observa, escucha, palpa

El maestro en el escritorio de
su casa de Jacinto Vera.
(Foto Pepe Plá, El País)

"Cuándo el maestro no esté, seguramente, la pediatría no será la misma.” La frase del neonatólogo Jorge Vázquez, resume la admiración que despierta este montevideano nacido en 1925, pionero de la Genética Clínica en el país. Mañé Garzón ingresó a la Clínica Pediátrica de la Facultad de Medicina el 7 de abril de 1957, y egresó como profesor emérito en 1990. También fue docente y director del Departamento de Zoología de la Facultad de Humanidades y Ciencias, con más de 150 trabajos sobre biología sistemática, filogenética y experimental y genética de las poblaciones. Es catedrático de Historia de la Medicina en la Universidad de la República y en el Centro Latinoamericano de Economía Humana (CLAEH), fundador de la Sociedad Uruguaya de Historia de la Medicina. Es miembro titular de la Academia Nacional de Medicina y de la Academia Real de Medicina de Cataluña. Su libro de referencia, Clínica Viva, editado en 2008, es continuación de su más que agotada Memorabilia de 1997. “Su título es un homenaje al gran Carlos Vaz Ferreira, con quien tuve una entrañable relación. Su contenido es una suma de anécdotas de más de medio siglo de vida profesional, para hacer algo más que erudición.” Otra obra de referencia es Médicos uruguayos ejemplares, publicada en 2006, con Antonio L. Turnes.

Sobre la base del artículo "La memoria de un pediatra", publicado en El País Cultural (Montevideo, 22 de febrero de 2008)
http://www.elpais.com.uy/Suple/Cultural/08/02/22/cultural_331229.asp

¿Por qué es tan notoria la presencia de su padre, Alberto Mañé Algorta, en su trabajo y en su obra?
Creo que existe un determinismo especial pues, como dice un amigo, eres médico toda la vida. Mi padre lo fue por un tío muy carismático, Germán Segura Villademoros, que vivió en el siglo XIX. Mi pasión por la historia también está marcada por su iniciativa. Los primeros relatos sobre colegas y hechos memorables los conocí por él y por sus compañeros: José Iraola, Eduardo Blanco Acevedo, Abel Zamora, entre tantos. Papá se recibió en 1909 y fue asistente de la Clínica Terapéutica de Juan Bautista Morelli, en el Hospital Maciel. Fue uno de los primeros cirujanos de tórax y participó en la creación de un fecundo campo quirúrgico en tuberculosis pulmonar, en Uruguay y América de Sur. En 1912, el presidente José Batlle y Ordóñez lo designó jefe de cirujanos de Sanidad Militar y posteriormente director del Hospital. Después fue diputado en las legislaturas de 1919-1923 y 1927-1931, por la fracción colorada de Julio María Sosa, más conocida como sosismo, disidente del batllismo junto al vierismo y al riverismo. Desde allí promovió la candidatura de Gabriel Terra. Su aporte fue decisivo para que ganara las elecciones y asumiera el 1 de marzo de 1931. Terra, que solía hablar en broma, en su discurso de toma de mando dijo: “Alberto usted tiene que ser ministro de Guerra y Marina porque le auscultó el corazón a todos los generales”. El 13 de febrero de 1933 pasó al Ministerio de Relaciones Exteriores. En esa época no había embajada, pero fue jefe de la representación diplomática en París y ante la Sociedad de las Naciones en Ginebra. Viví con la familia hasta el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Allí hice mis estudios secundarios y, quizá, por eso soy medio afrancesado. Terminé el bachillerato en Montevideo, ingresé a la Facultad en 1946 y egresé en 1954. En realidad hice dos carreras paralelas: Ciencias Biológicas y Medicina. Fui profesor e investigador titular de Invertebrados, a partir de una experiencia con Clemente Estable. Me apasioné por la investigación con Francisco A. Sáez y con Ergasto H. Cordero, un biólogo formado en Alemania, discípulo de Hans Spemann, el gran premio Nóbel.

¿A quiénes recuerda de sus docentes médicos?
En las materias básicas al histólogo Washington Buño, que fue además un gran historiador. En las ciencias clínicas a Juan Carlos Plá, a Pablo Purriel y a Juan Carlos Del Campo. Pero mi gran maestro fue José María Portillo, a quien quiero entrañablemente, aunque, ¡por su culpa no soy el decano de los pediatras uruguayos! Mi querido profesor cumplió 97 años el 7 de febrero, y está muy bien. Portillo se formó con (José) Bonaba y (Conrado) Pelfort, ambos discípulos de (Luís) Morquio. La cadena de su escuela podría ser: Bonaba, Pelfort, Portillo y ¡el burro por último! La otra línea, digamos más europea era la de Ramón Guerra y Euclides Peluffo, formados por otro pediatra excepcional: Salvador Burghi.

Morquio fue célebre por sus diagnósticos clínicos.
Era un italiano grandote con aspecto de montañés. La gente decía que era bruto, pero de bruto no tenía nada. Era un genio, de gran talento para la observación, con certera semiología, que descubrió enfermedades. Dos llevan su nombre: una cardiaca de 1901 y otra de los huesos de 1929, ambas aún reconocidas. En la primera mitad del siglo pasado, la medicina uruguaya tuvo tres líderes. Morquio fue pionero de la pediatría social. Su trabajo, sus enseñanzas y sus reflexiones inspiraron, en 1927, la creación del Instituto Interamericano del Niño. El segundo fue Augusto Turenne, ginecólogo y obstetra, que publicó el primer libro en el mundo sobre obstetricia social en 1916. Como dice mi querido amigo y colaborador Ricardo Pou Ferrari, era un individuo fascinante y controvertido, polemista, historiador, artista y gremialista, fue fundador del Sindicato Médico del Uruguay. Turenne era un líder de la reflexión bioética. En su tiempo fue acusado de defender el aborto libre, una injusticia, porque siempre puso énfasis en el derecho vital del feto. Pero, si una paciente lo planteaba “no por mera comodidad o egoísmo”, y si mediaban argumentos eugenésicos, consideraba que la interrupción médica del embarazo no era un delito. ¡Qué tema tan actual, tratado hace 75 años! El tercero fue Américo Ricaldoni, con un perfil más universitario. En 1928 creó el primer Instituto de Neurología de las Américas, con su querido discípulo Juan Carlos Plá. Un documentado cáncer del vértice de pulmón se llama Ricaldoni. Los tres nacieron en la década de 1870, cuando comenzaba una etapa clave para la medicina uruguaya. Fueron grandes porque sustentaron su inmenso saber y su buena praxis en la promoción de los derechos del paciente y en la buena clínica. Observar, escuchar, examinar, descubrir signos y síntomas que se relacionan con el espíritu. Así se minimizan los riesgos de error. Paradójicamente, el buen clínico es aquel que firma el certificado de defunción de su paciente, porque lo vio, lo atendió e hizo todo para salvarlo.
¿Por qué optó por la pediatría?
Me gustó desde que fui interno, aquella institución maravillosa que cumplíamos entre cuarto y quinto de Facultad. ¡Qué concursos, que profesores y qué esfuerzo: ocho horas por día! Me cautivó la asistencia del recién nacido. Gané un concurso como profesor agregado de Neonatología con Juan José Crottogini, un maestro entrañable, con profundo sentido social. Hice toda la carrera docente con Portillo y fui su sustituto como grado 5 del Instituto de Pediatría. En París fui alumno del clínico Robert Debré, así se llama el gran hospital de niños de Francia. Fueron años increíbles, con un paso por Zurich, junto al profesor suizo Guido Fanconi. Volví en 1956 para dedicarme a lo que me viniera. Fui jefe de Pediatría del Casmu, y pase por casi todas las instituciones mutuales. Yo le debo lo que soy a mis pacientes y a mis discípulos. Por ellos trabajé tanto, que pude llevar una vida de rico. ¡Sin serlo!

¿Qué prefería: asistir, investigar o enseñar?
Fui bastante parejo. De maestros como Portillo, Peluffo o Hermógenes Álvarez, aprendí que la primera labor es asistir bien. Fui médico del Asistencia Pública Externa, en aquellas ambulancias blancas que tenían una sirena grande en el techo. Los más veteranos saben de qué hablo. La base quedaba en Fernández Crespo y Paysandú, y desde allí hacíamos llamados a domicilio. Era algo muy lindo, porque nos ponía frente situaciones límite, y había que salvarle la vida a un niño cada noche. Era medicina de urgencia pura; por eso firmé tantos certificados de defunción, muchos a las tres de la mañana. Pero preferí el BPS, al que considero de los mejores servicios del país. Comencé en el Sanatorio Pacheco de Agraciada y Asencio, también estuve en el Canzani. Pasé por todas las policlínicas montevideanas e iba al interior de consulta. Soy un defensor incondicional de Asignaciones Familiares, porque tiene buenos recursos para la prevención y los médicos están muy bien empleados. Ahora quieren juntarlo con el Ministerio de Salud Pública. El otro día le pedí a un director ¡que no se juntara con ese socio pobre!

¿Sigue produciendo literatura científica?
Me apasiona la investigación de enfermedades genéticas. En el último número de la Revista de Pediatría, aparece mi trabajo sobre un caso muy raro de un recién nacido que no respiraba a causa de una hipoventilación congénita central, más conocido como Maldición de Ondina. Un padecimiento incurable porque el individuo carece de automatismo respiratorio, pues se encuentra inhibida la región cerebral que controla esa función. No es capaz de respirar por sí mismo, especialmente mientras duerme. Se le compara con una leyenda de la ninfa de agua que se enamora de un mortal que luego le es infiel y que ella condena a no dormir. El niño vivió ocho meses, porque estaba muy bien atendido por Gastón Lieutier. Pero dependía de un respirador, y así aparecieron las enfermedades oportunistas.

¿La Facultad de Medicina perdió su calidad?
No forma malos médicos, aunque sufre el gran problema de la masificación. Antes no éramos más de 120 estudiantes, ahora son 1.200. Antes, la mitad abandonaba y quedábamos 50 o 60, una cantidad muy equilibrada. Los profesores eran más jóvenes y le dedicaban más tiempo a la enseñanza. Y en el medio hubo casi doce años de dictadura que todavía se sufren. La intervención fue un intento de coartar del pensamiento médico nacional, que cercenó generaciones y cortó la cadena del conocimiento.

¿El examen de ingreso es una solución?
El profesor Julio García Otero era decano de la Facultad en la década de 1950, cuando recién comenzaba a vislumbrarse el problema. Solía dar un ejemplo muy ingenioso: “Si usted tiene 100 cabezas y 50 gorros no tiene que cortar 50 cabezas, sino comprar más gorros”. Impedir que los muchachos estudien es un disparate. La intervención fue el mejor ejemplo de que el examen de ingreso no sirve. El problema real es que son insuficientes los docentes y sus sueldos muy bajos. El sistema universitario está resentido por la falta de recursos.

¿Qué le atrajo de la historia, una disciplina, en apariencia tan lejana de la medicina?
Me pasé la vida tomando apuntes de personas, hechos e instituciones, atesorando bibliografía de difícil conservación. Siempre se lo digo a mis alumnos: la mejor forma de hacer ciencia es conociendo su historia, porque la memoria es una actividad mental imprescindible y un derecho humano. Mi primer trabajo fue sobre Pedro Visca. Un hombre muy ajustado a su tiempo, formado como interno en los mayores hospitales de París. De allí trajo un concepto de medicina clínica y una preocupación social. Fue organizador del Primer Congreso Sanitario Internacional Panamericano en 1873. Formó a Morquio, Ricaldoni, Turenne, al notable Morelli, a Paulina Luisi, la primera mujer que se tituló en la Facultad. A mitad de camino de ambas generaciones se sumó Francisco Soca, aunque lateralmente. Soca fue un gran talento, pero su compromiso político le hizo tener menos gravitación. Empezó siendo pediatra y después médico general. Un hombre de gran prestigio, que aprovechó como senador colorado, bastante rival de Batlle. Hizo una gran fortuna como clínico. Su hija Susana, la escritora, aún es famosa en París, aunque tiene mucha obra en español. Borges escribió un finísimo soneto sobre ella. Y qué decir del trágico final de su vida: “Dioses que moran más allá del ruego / la entregaron a ese tigre ¡el fuego!”

¿Cuándo comenzó la medicina en la Banda Oriental?
El primer médico llegó en 1730: el español Francisco Mario o Marius. No era hombre de academia, más bien seglar. En su etapa colonial Montevideo fue el Apostadero Naval del Atlántico Sur, que formaba a los sanitarios militares. Luego vino el irlandés Ogorman, a quien le sacaron la O y quedó Gorman. La sede del promotedicato estaba en Buenos Aires pero el mayor trabajo lo tenían acá. Fuera de allí no había asistencia médica, solo curanderos. Hasta la revolución artiguista y la independencia, los pobres paisanos solo eran vistos por curanderos. Luego hubo cierta asistencia civil con profesionales de buena formación: Francisco Giró, García Salazar, Gutiérrez Moreno...

¿Cómo era la salud de esa época?
Hasta finales del siglo XIX hubo solo siete remedios. Primero el opio, el mejor de todos, porque calma el dolor. Segundo el hierro, que se aplicaba en forma de limadura, muchas veces mal. Era muy efectivo en las anemias. Cuando una mujer tenía pérdidas genitales, se reponía con hierro. Tercera la quinina, contra la malaria y el paludismo. Una sustancia natural, que se sigue usando, sacada de la corteza de un árbol. Cuarta la digital, descubierta por un inglés: Whitering. Cuando el paciente tenía edemas por problemas cardiacos, le indicaban un té de esa flor purpúrea traída de Europa. La quinta fue la vacuna antivariólica, el primer preventivo. Fue descubierta en 1799 por Edward Jenner, viendo que los ordeñadores se inmunizaban cuando se lastimaban con la viruela de la vaca. De allí sale el término vacuna. Entre 1800 y 1900 aparecieron solo tres medicinas más. La más famosa, la vacuna de Pasteur contra la rabia, luego fue descubierto el uso de una glándula tiroidea que también se sacaba de la vaca. Su extracto era indicado a los pacientes con hipotiroidismo, que como un milagro se curaban. Después vino el suero antidiftérico, para tratar aquellas terribles epidemias. Más adelante se conoció la aspirina, que solamente aplacaba el dolor y la fiebre. Pero, tomaba la pastillita y tenía la sensación de que se curaba. Entre 1900 a 1950 tampoco hubo muchos hallazgos. En 1922 fue la insulina, que permitió salvar la vida a tantos diabéticos. En 1945 la penicilina, el invento de los inventos, que permitió curar infecciones, sobre todo la sífilis. Enseguida apareció la estreptomicina, muy eficaz en la tuberculosis y, en 1951, la isoniacida que culmina el tratamiento. Desde entonces, la medicalización moderna, que es avasallante, está condicionada por el avance de la química y lo que es lamentable, por el afán de lucro. Es un tema complicado. El negocio de las drogas médicas es similar a las ilegales o al tráfico de armas.

¿Por qué el médico ejerce tanto poder social?
Hay que aclarar algunos mitos. Hay un libro de un querido amigo, que aprecio mucho: José Pedro Barrán. Un gran historiador, muy erudito, que nos critica especialmente, tanto, que Crottogini, que era tan medido, estaba indignado. Barrán fue muy mal asesorado sobre la profesión. Yo se lo dije. El período que analiza, las décadas de 1900 a 1930, fue de imposición médica, es cierto, pero tengo la impresión que erró en la interpretación. Los médicos propusimos unidades coercitivas, es verdad, pero avaladas por leyes democráticas.

Ahora también se imponen, vea el caso de los fumadores.
Yo estoy de acuerdo con la campaña contra el tabaquismo y el decreto de prohibición de fumar. Para algunos será una imposición del poder médico, pero el presidente Tabaré Vázquez tiene razón. Si no se entiende que el cigarrillo provoca cáncer y mata, al que fuma y al que no fuma, entonces, hay que ejercer cierta presión para que baje el consumo. Una forma de hacer prevención de la salud es imponer una necesidad preventiva.

¿Es posible una descripción histórica de ese poder?
Atravesó tres períodos bien marcados. El primero, hasta fines del siglo XVIII, cuando era dependiente. El médico hacía lo que le ordenaba el rey, el clero, el municipio y la gente rica. Si se adaptaba muy bien, si se apartaba le iba muy mal. Después, en casi todo el siglo XIX, llegó la medicina anatomoclínica, con la cirugía como eje. La profesión se liberó y ejerció su propia identidad. Hizo del hospital su reducto, con la famosa frase “paseme el bisturí” como símbolo de su poder. También fue importante la creación de las academias, la literatura y las revistas científicas. El médico mandaba en el hospital, decía y escribía lo que quería. Y nadie podía refutarlo. En el siglo pasado ese poder pasó a ser compartido con la sociedad. Yo médico tomaba decisiones sobre usted, pero también tenía responsabilidades. Y usted me reclamaba. Entonces comenzó a funcionar un convenio implícito, no firmado, hasta que se pasó a un período de disputa con la sociedad. Así llegó la judicialización de la medicina. Es un fenómeno que se puede ver cada día: las tarjetitas de abogados que recorren las salas de espera de los CTI. Todo lo que dice el médico está en tela de juicio.

Usted lo plantea como un enfrentamiento ¿inevitable?
Creo que es evitable, pero, cada vez se desvirtúa más la relación médico–paciente. Escribí un artículo que resume el problema, lo titulé: El síndrome Le-pedí Lo-pasé. Es el caso del colega que tiene a todo perfectamente anotado en las historias sin más datos que los exámenes indicados. Es el mismo que no da un paso sin consentimiento firmado. Ambas son herramientas de medicina defensiva. ¿Qué indica el buen ejercicio? Que el médico debiera aconsejar, dentro de un esquema de confianza recíproca y de compromiso con el paciente. Pero esa confianza está mal herida y se transforma en desconfianza recíproca. ¿Qué hace ahora? Asesora. Le informa lo que tiene, en base a exámenes paraclínicos, pero no se compromete con su salud. Entonces, con toda una batería de papeles le dice: usted tiene diez por ciento de probabilidades de curarse. Es muy duro, pero lo libera de toda responsabilidad. ¿Lo hace por qué no le interesa comprometerse? Me imagino que no, pero la circunstancia se lo exige.

¿Por qué la Sociedad de Historia de la Medicina nació antes que la cátedra de Facultad?
En ese desfasaje influyó la dictadura. La Sociedad existe desde 1971. Éramos poquitos. Washington Buño, Ruben Gorlero Bacigalupi, Héctor Brazeiro, Fernando Herrera Ramos, Augusto Soiza, espero no olvidarme de ninguno. Nuestra idea fue crear un ambiente de estudio e investigación más que de extensión cultural. Allí promovemos trabajos científicos y publicamos las sesiones. Ya llevamos 25 tomos. La cátedra comenzó un poquito antes del cese de la intervención, porque me llevaba bien con Eduardo Anavitarte el último interventor. Pero se puso en funcionamiento con el retorno del decano legítimo, Pablo Carlevaro, en marzo de 1985. Tenía como ayudante, lo tengo todavía, a Juan Ignacio Gil y ahora a Sandra Burgues. Empezamos con un curso desde la medicina primitiva a la actual: conceptos, personas, instituciones. Hoy tenemos dos ciclos, cada uno de 16 clases, el primero de historia universal y el segundo de historia nacional.

¿Cómo escribe sus libros?
Todos a mano, porque no toco la computadora. Voy haciendo una edición, como si se tratara de un puzzle, recortando y pegando, cambiando el orden de las frases. Mis originales son un rejunte de pequeñas hojitas pegadas y muchas correcciones y vueltas a corregir. Luego lo pasa mi secretaria a la computadora, sacamos una impresión, que es a su vez corregida. Cada capítulo tiene, por lo menos, cinco o seis correcciones en papel, antes de ir a la imprenta. Ni siquiera utilizo la máquina de escribir. Siempre hay que compararse con alguien importante, por lo menos como motivación personal. Balzac escribía una novela en hojas grandes con márgenes muy amplios. Lo pude ver en Francia en una exposición de sus manuscritos. Sus originales quedaban como una especie de telaraña, con el textito inicial en el medio de la hoja y alrededor todas las correcciones y agregados. Eso después iba a la imprenta, volvía a Balzac y lo volvía a corregir. Con ese proceso, tan extraño y complejo, llegaba a más de 300 páginas.

¿Usted es un científico profesional y un historiador aficionado?
Me considero un historiador con una experiencia considerable en investigación biológica y médica. ¡No soy un recién llegado! Cuando era joven publicaba artículos en Ciencia e Investigación, una revista argentina dirigida por Bernardo H. Houssay, el recordado premio Nóbel. Siento una profunda admiración por la academia: Juan Oddone, Blanca Paris, Carlos Zubillaga o Barrán. Pero mis maestros fueron Ergasto Cordero, Juan Pivel Devoto y Arturo Ardao. A ellos les debo mi formación. Pivel fue un amigo entrañable, que me estimulaba y enseñaba con el ejemplo. Era muy temperamental, y yo calladito lo escuchaba y aceptaba los consejos o le daba mi punto de vista si discordaba. Teníamos muchos intereses en común, pero, en definitiva, yo era un bicho raro que venía de otro ámbito. Juan era un bibliófilo, siempre generoso, que me traía folletos y manuscritos muy valiosos. Me regaló los documentos de (Teodoro) Vilardebó, el primer médico uruguayo. Siempre estaba preocupado por mis proyectos. Nos reuníamos desde la década de 1940, pero la época más valiosa fue durante la dictadura, cuando iba los sábados a su casa de Ellauri. Llegaba a las seis de la tarde y volvía a las dos de la mañana. No le ponía grabador, pero tomaba nota. Yo guardo esos apuntes como un tesoro. Porque, además, era una forma muy digna de resistir. Detrás de la historia siempre venían tertulias en las que imaginábamos al país democrático. Tengo adelantado un ensayo sobre nuestra relación.

¿Y con Ardao?
Arturo era un hombre de ideas modernas, amigo de (Carlos) Quijano. Me siento su discípulo, y espero que nadie se enoje. Recibí su influencia desde la enseñanza secundaria. Era tanta mi atención en sus clases de Filosofía, que me puso los únicos sobresalientes. Y fuimos tan amigos que lo asistí cuando murió. Ardao fue un individuo seductor. Me halagaba que un intelectual fuera de serie dijera que yo era un verdadero historiador de la ciencia, con mi vocación y mi dedicación. ¡Y le creí!

¿Cómo se lleva con Barrán?
Lo admiro con sinceridad, pero, la mayoría de sus libros son de muy difícil cita, porque no tienen índice onomástico. Hay que releerlos enteros para poder citarlos. Uno de los últimos, me lo mandó dedicado: “¡Vea que tiene índice onomástico así no me rezonga!”.

Sin palabras
Juan Bautista Morelli fue el mayor especialista uruguayo en tuberculosis, cuando ese mal mataba a la gente. Fue quien introdujo la técnica del neumotórax artificial, descubierto por el italiano Carlo Fornalini. El único tratamiento efectivo antes de los antibióticos. Morelli era muy blanco, y estaba enemistado con Batlle, quien lo mandó a la Isla de Flores por la guerra de 1904. En el segundo mandato de Don Pepe, enfermó su adorada hija Ana Amalia. El presidente lo intentó todo para evitar al rival, pero no hubo caso, la chica tenía unas cavernas muy feas y se agravaba. Una tarde fue a buscarlo a su casa de Canelones y Julio Herrera y Obes, donde hoy está Educación Física. El eminente profesor le respondió como se hacía en aquella época: El médico y el hombre están a sus órdenes. Viajaron juntos a la quinta de Piedras Blancas, en el coche de caballos de Batlle. Sin hablarse. Finalmente, a pesar del esfuerzo de Morelli y de mi padre, que la atendía, Ana Amalia murió en 1913.”

Elemental
Mañé Garzón fue llamado una mañana por su colega Ángel Boksembaum, para ver a un niño de cuatro años, que la noche anterior había padecido un sueño incontenible. En su historia constaba la consulta a un neurólogo infantil, que le diagnosticó narcolepsia y le indicó un tratamiento con anfetaminas. Cuando Mañé llegó, el niño estaba sentado en la cama, recuperado y muy bien de salud. “Pero lo interesante a observar era su madre. Una mujer de unos treinta años, muy bien compuesta e insinuante, que calzaba un vestido negro muy ajustado”. Mañé dio su primera opinión clínica cuando quedó a solas con Boksembaum: “Creo que hay que pensar en que está recibiendo una droga hipnótica, por lo que sugiero el envío de una muestra de orina al Centro de Toxicología”. A la tarde, recibió un informe que señalaba abundante presencia de benzodiazepina. Enterada la familia, hubo una reacción enfurecida del padre. ¿Contra quién? Contra una joven que cuidaba al niño, a la que iba a denunciar a la policía. Sin embargo, la hipótesis de Mañé era otra, confirmada en un segundo interrogatorio clínico. El padre era viajante de comercio. En sus giras al interior, la madre, hermosa femme fatal, recibía al amante. “Como el niño era muy vivaz y hablaba todo, le administraba dosis variadas de droga, según el programa que iba a tener con su novio. Pero, luego, como no podía despertarlo, se angustiaba y corría a internarlo”.

Mentira verdadera
El psiquiatra Mario Berta suele contar el caso de una paciente cuya discapacidad intelectual le provocaba una fuerte angustia a su madre. Una tarde ambas fueron a la consulta de Mañé, que les entregó un diagnóstico que terminaba así: “Niña totalmente normal”. Años después la mujer le confesó a Berta que esa frase le provocaba bienestar. “A la chica no podía mejorarla porque era una discapacidad irreversible, pero, intenté mejorar la calidad de vida de la madre. Le mentí, pero la señora guarda en su mesa de luz la receta firmada”, recuerda con afecto el pediatra.

Nada por aquí
Una anécdota pinta al genial Luís Morquio. Una madre, muy aprensiva, insistía con que su niño estaba enfermo. Hasta que el maestro se cansó y le respondió con aquél vozarrón: ¡Ahora, hágale nada! Una indicación muy sana del pediatra a la mamá que se pone pegajosa. Cuando venía una señora y me preguntaba: ¿El nene no está muy desabrigado? Siempre le respondía como Morquio. ¿Usted tiene frío? Si usted no tiene frío, el nene tampoco. ¡Sáquele la ropa!”

No se crea
Cuando mi padre volvió de Europa, en 1912, trató a la hija de su antiguo profesor Bernardo Etchepare –fundador de la psiquiatría en Uruguay– que había hecho una tifoidea. Etchepare confiaba en él, pero llamó al sabio Américo Ricaldoni como consultante. La tifoidea tiene etapas. Una primera de fiebre muy alta. Cuando empezaban a mejorar los síntomas, se decía que mataba. Y era verdad. La chica estaba en la etapa de mejoría aparente. Mi padre, de treinta y pocos años, todavía sin experiencia clínica, se apuró a opinar que la muchacha estaba en franca recuperación. Ricaldoni le contestó con su gesto vivaz, aunque serio: No se crea joven, una tifoidea es siempre grave. La joven finalmente se salvó. Era Cecilia Etchepare, madre de la esposa de Mario Heber, asesinada en dictadura con el vino envenenado. Yo atendí a sus hijos.”

Mañé y Garzón
No puedo comprobar mi parentesco con Teresa Mañé, esposa de Federico Montseny y madre de Federica, la ministra anarquista de Salud de la Segunda República Española. Un cuento de Pio Baroja se refiere a Pau Mañé, un impulsivo carlista. En Cataluña todos los Mañé tienen relación. Teresa ya era Mañé, que es una españolización de Manye, porque la eñe no existe en catalán. Siempre me sentí un libertario, una ideología que comparto con mi amigo Carlevaro, aunque nunca tuve militancia. Siempre sentí una especial admiración por Carlos Fosalba, Virgilio Bottero y José Bebe Gomensoro, notables médicos y anarcosindicalistas. Como para compensar, también soy descendiente del general Eugenio Garzón, que fuera oficial de San Martín, capitán de Bolívar, coronel de Alvear en Ituzaingó, y que acampado en el Pantanoso contribuyó al fin de la Guerra Grande.”

2 comentarios:

thinker dijo...

Exelente , yo no pienso en El como el burro y si como el último pediatra Me enorgullece haber trabajado y aprendido a su lado en mi pobre trayectoria como pediatra.

Alba dijo...

Yo fui su alumnna en Zoología de Invertebrados. Estoy orgullosa de eso, fue un gran profesor y despues un gran colega. Cuando fui destituida por la dictadura en la Universidad, el único profesor de la Facultad de Humanidades y Ciencias, que frente a la prohibición de realizar investigación que se me hizo, que me ofreció su laboratorio, su microscopio y su apoyo. El no tenía una situación muy buena ni estable y no quise complicar más su vida.
Le quiero y le admiro.