sábado, 11 de abril de 2009

Entrevista con Corín Tellado (1927–2009), la escritora de habla hispana más vendida y leída del mundo

El amor tiene cara de mujer


Admirada y criticada, se
llevó consigo un récord
editorial inigualable: más
de 500 millones de
ejemplares vendidos.
Falleció el 11 de abril de
2009, en Gijón, a punto

de cumplir 82 años.
(Alex Zapico)
Gijón. Asturias. Donde nace la calle Marqués de San Esteban hay una proa de otro mundo, dominadora de la playa artificial creada sobre los que fueron antiguos astilleros vencidos por la crisis industrial europea de 1980. Allí, frente a la franja costera de Poniente, sobre el Cantábrico, vivía María del Socorro Tellado López. La señora del seudónimo célebre vino al mundo en Viavélez, un puerto pesquero del concejo asturiano de El Franco, tan occidental que casi se cae en Galicia. Su primera historia de cien cuartillas, Atrevida apuesta, fue publicada por Bruguera hace más de seis décadas. A lo largo de una carrera de «profesional de los rollos sentimentales» –tal como ella se presentaba– la crítica ha sido impiadosa con su calidad literaria. «Reina absoluta de la trama barata.» «Monstruo de la literatura de consumo.»  «Prócer de la infranarrativa.» Las más terribles advertencias fueron desoídas por insensatos lectores que todavía devoran su producción de cinco mil novelas, que muchos aún llaman «de un duro», por su antiguo precio de cinco pesetas. Su particular universo narrativo se mueve alrededor de mujeres bellísimas que son disputadas, siempre entre la bruma de los atardeceres, por galanes heroicos y villanos intratables. El Libro Guiness certifica, desde 1994, que ha vendido (bastante) más que 500 millones de ejemplares, solo superados por la Biblia y Cervantes. Pocas hispanoamericanas de mediana edad pueden afirmar, sin mentirse, que jamás se emocionaron con su pluma «rosa»; ni siquiera las que invocan su «machismo retrógrado y franquista». Glamour, exotismo, sensualidad y un final feliz: atributos indelebles de la firma «más querida y más odiada de España».

Publicada en El País Cultural, de Montevideo, 11 de mayo de 2007.

http://www.elpais.com.uy/Suple/Cultural/07/05/11/cultural_279879.asp


Corín, qué lejana parece Atrevida apuesta, su primera novela, luego de tanto tiempo, de tantas controversias, de tanto éxito.
La escribí de niña, cuando era un trasto (revoltosa) y aquí se dice que los niños trastos despuntan luego en algo importante. No me preguntes cuánto tiempo hace, ¡porque la guardé en un cofre secreto! Una tarde me animé. Le leí unos párrafos a mi hermano, que estaba enfermo. Pero, desilusión, me dijo que no le gustaban. Como buena asturiana, en lugar de encogerme, me dieron más ganas de seguir escribiendo para demostrarle que no era una tontería. A los dieciocho, cuando vivíamos en Cádiz, se la llevé a un editor que también tenía librería. Dos semanas después (cuando estaba a punto de colocarse en una tienda para hombres) me la pidieron de Bruguera. Era una historia de marinos, porque todos en mi familia lo eran. Salió publicada el 12 de octubre de 1946, y ya lleva 36 ediciones. Me dio una ganancia inicial de 3.000 pesetas de la época y firmé contrato con un salario de 1.600 mensuales, que tres años después fueron 28.000. Al principio no fue fácil hacer una novela corta cada semana. Pero era la hija de Tellado, el maquinista naval; creo que eso me dio ánimo y también me ayudó aquí en Asturias. Pobrecillo, murió en 1945 sin saber que su Socorrín iba a llevar su apellido por todo el mundo. Empecé ganando mucho más que lo que él había ganado; pero hubiese sido muy feliz porque no era machista, como la mayoría.
De charla con Corín Tellado
en la  confitería Central,
de Begoña y Corrida, Gijón.
(Alex Zapico, 2007)

Aquella primera historia parece osada para una época de censura implacable.
Era una apuesta atrevidísima. Puse besos, donde nadie los ponía. Hay mujeres que me encuentran ahora y me dicen que me quieren mucho; que les descubrí una vida que no era la suya. La escribí tal como la pensé y todavía sigo preguntándome de dónde saqué todas esas ideas. El cineasta José Luis Garci en alguna ocasión me preguntó: ¿Cómo pudiste poner en aquella época, trajes de noche, aperitivos, champagne, caviar? ¿De dónde sacabas todo aquello? Simplemente lo sabía; era muy joven y leía mucho. Antes de la Guerra (Civil Española) leía a Dumas y los clásicos franceses, me encantaban Henry Miller y Oscar Wilde, y adoraba a Miguel Delibes. Pero gozaba con Pedro Mata, que era novela erótica. No es raro que escriba como escribo.

¿Cuánto hay de personal en sus argumentos?
Apenas fue un trabajo, porque nunca han sido autobiográficas. Siempre describo gente de la alta sociedad, rodeada de lujos. No es mi caso, soy la hija de un marino. ¿Sabes? Sólo una vez escribí una novela que transcurría en un entorno muy pobre, donde todos eran pobres, y nunca me la publicaron. A mí me gusta el lujo, escribirlo, vivir bien yo y los demás. Me meto en el personaje pero nunca escribo sobre mí; ni siquiera sobre mi estado de ánimo. Puedo narrar la escena más erótica que te puedas imaginar y estoy sentada en el despacho de mi hijo, con las rodillas tapadas con una manta y tomando un chocolate. De hecho Julio Verne nunca salió de casa y ya ves que en sus libros imaginaba cohetes y submarinos.

¿Jamás vivió alguna de sus historias?
Mis novelas no son reales. Me encanta narrar sobre matrimonios que se llevan bien. Mujeres que consiguen la felicidad plena. Hombres que no son machistas. Algo muy difícil de encontrar en Asturias, en España y en el mundo. El hombre que más amo, mi hijo Domingo, es muy bueno, pero un poco machista. Cuando hablo de machismo, me refiero al hombre que no disfruta con el éxito de su compañera, aquél que siempre quiere tener la última palabra y que no comparte lo peor que tiene la vida: las tareas domésticas. Ni mis (nietas) gemelas estarán liberadas totalmente porque las leyes las hicieron los hombres.

Corín en la céntrica calle Begoña,
antes de desmejorar definitivamente
de una enfermedad que la mantuvo
alejada del mundo por más

de dos años, hasta su muerte.
(Alex Zapico, 2007)
Es tan criticada por sus mujeres acartonadas y superficiales, y por su machismo, que no la imaginábamos feminista.
¡Ay, los sexos! Creo que nos parecemos bastante: ustedes tienen su papel y nosotras el nuestro. ¡Nosotras parimos y ustedes mean contra la pared! (se ríe a carcajadas, se toma la cabeza y luego hace un breve silencio). No soy feminista, porque no estoy en contra del hombre; y ellas siempre están brincándoles encima. Pero soy consciente de las arbitrariedades y las desigualdades, porque yo las sufrí en mi carrera y en mi vida. Algún día la mujer tendrá el mismo peso que el hombre. Mientras, ¡yo hago varones estupendos!
No soy feminista, pero soy libertaria sin llegar al extremo y sin frivolidades. No escribo novelas románticas. Soy positiva y escribo novelas de sentimientos, que no es lo mismo. Mi vida no fue romántica. Era algo imaginable. Nunca fui endeble, ni etérea. Por el contrario, soy de carácter fuerte, hasta insoportable. Me casé (a los 32) cuando las niñas españolas eran entregadas antes de los 20 como esposas, mantenidas y sometidas. Me separé poco después (a los 35). Fui la primera mujer de la que se tiene noticias que abandonó su casa. Me llevé a mis críos conmigo, porque me atreví a decirle basta a mi esposo que era un ejemplo de machismo. No era mujeriego, ni borracho, ni mal amante y siempre estuvo enamorado de mí. ¿Qué pasó? No soportaba que yo tuviera tanto éxito, que viajara, que hiciera mi vida. Lo intenté un par de veces, pero una buena tarde le dije: tío hasta aquí llegamos. Crié sola a mis hijos. Nadie me detuvo. ¿Y tú me dices que soy machista?… ¡bah!

Alguien, que suplicó el anonimato, nos dijo que usted se casó por despecho, vestida de negro. Que estaba enamorada de un marino, fiel imagen de su padre, que se casó con una amiga suya. ¡Si esa no es una historia de Corín Tellado!
(Se pone seria y fija la mirada) Pero yo no juego a vivir el amor; yo juego a describirlo. He vivido lo mío con apacibilidad. De mis niños a mis novelas y de mis novelas a mis niños; en el medio algunas amigas que conservo desde siempre. Nunca me divorcié, porque cuando pude consideré el divorcio un adulterio legalizado; aunque luego he alentado a alguna a que se divorciara de su esposo infiel. Legalmente soy viuda (de Domingo Egusquizaga, fallecido en 1998) simplemente porque nunca tuve la intención de casarme otra vez. Nunca fui más allá de un rollito, porque era tan cuidadosa con el qué dirán y tan recta, que se me olvidó un poco de vivir. Nada que ver con las mujeres de mis historias. Ellas son espléndidas, se enamoran y enamoran. Saben quitarse la braga y el sujetador. ¡Y mírame a mí! He sido un desastre en cuestiones sentimentales (se toma las mejillas). Escucha esta historia, que es muy graciosa, pero que pinta mi vida amorosa. Una noche mi esposo comenzó a besarme y a mi me gustó, porque era alto y muy guapo. Entonces yo le respondí con un beso redondo (apasionado). Pero en lugar de avanzar, me separó para preguntarme: ¿Corín, cómo es que besas tan bonito? Y yo le respondí: hombre, aprendí escribiendo, contando besos en mis novelas. El muy desgraciado tuvo un ataque de celos y allí se terminó todo. ¿Puedes creerlo?

¿Cuántas novelas escribió? Porque se mencionan cifras inconcebibles.
Voy en más de cinco mil, más las fotonovelas, los guiones y las colaboraciones en revistas y periódicos. A propósito ¿Leíste mis columnas en El Mundo de Madrid, cuando se casaron los Príncipes de Asturias? Fueron las más leídas de todos diarios de habla hispana de muchos años a esta parte. Fue en un dominical. ¿Sabes una cosa? Los casé yo. Redacté una simulación de la boda, y salió tal cual. Sólo hay que releerme y mirar el video. Hicieron lo que yo les sugerí.

¿Tanta cantidad no está reñida con la calidad?
Eso es según se mire: la producción de Balzac fue infinita. Para mí el orden es una regla de oro, porque siempre estuve obligada a producir, rápido y eficiente. ¡Mira! En lo único que estuve de acuerdo con Camilo José de Cela, aquel hombre tan poseído de sí mismo, fue en que nada es inspiración; lo que cuenta es el codo. Durante más de cuarenta años escribí veinticinco folios por día, en jornadas de doce horas. Me levantaba a las cinco de la mañana, de lunes a viernes, y a veces fines de semana y fiestas también. No me gustaba que mis niños me vieran durmiendo, ni siquiera en la cama. El método te regala tiempo para todo, porque tampoco me perdía de jugar tenis, hacer piscina en mi quinta (de Roces, en las afueras de Gijón) o pasear con ellos o alguna amiga.

¿Qué le responde a quienes la definen como una autora «rosa»?
Me duele ser encasillada. ¡Si yo he hecho de todo! Me duele el menosprecio, aunque venga de desgraciados de mi generación que se quejaban porque el franquismo los ahogaba. Pero terminó el franquismo y continuaron sin escribir un pimiento. Me fastidia aceptarlo, pero esos han conseguido que fuera de Asturias parece que ya hubiese muerto. Soy de los españoles de otro tiempo, que hemos quedado un poco relegados por los medios. Yo creo que merezco, al menos, la consideración de los que no hemos dejado de pelear en toda la vida. El deporte nacional de España es la envidia. Y si no, alcanzaría con que supieras las cosillas que se han dicho sobre mí.

Por ejemplo, que es una franquista irredimible.
¡Ay, con los intelectualines famosillos! Por mis dos hijos y mis seis nietos, que nunca fui franquista. Yo fui tan censurada como quien más. Mis originales venían con tantos subrayados por la censura, que apenas quedaba letra en negro. Claro, ¡nunca me quejé! Acepté las reglas y agudicé el ingenio. No se podía escribir sencillo, había que retorcer las historias. Es el caso del señor que va por la playa y ve a una chica en bikini y no pasa nada, pero si esa misma chica en un café se sienta y al doblar la pierna se le ve un poco el muslo, para él es sublime. La censura me enseñó a insinuar. Cuando decía las cosas claras, me las rechazaban. Hubo meses que me rechazaron hasta cuatro novelas. Aprendí a contar lo mismo pero con sutileza, así, nada dejé por decir. Sin embargo, doña Carmen (Polo de Franco) fue una lectora fiel.

–No parece una buena carta de recomendación.
"Estuve en la Argentina, pero nunca en
 Uruguay, ¡sé que me perdí mucho!"
(Alex Zapico, 2007)
Si te lo cuento, es porque tengo la conciencia limpia. No me opuse a Franco, ni fui su partidaria. Siempre viví en la parte nacional y acepté las reglas. Escribí con Franco, pero tardé años en escaparme de la censura. También escribí con la democracia, y sigo escribiendo. No me gusta la política, porque es el arte del engaño. Pero si quieres una carta de recomendación, podría estar firmada por Tini (Vicente Álvarez) Areces, el presidente del Principado de Asturias, que es socialista y fue un gran rebelde contra el régimen. Él me quiere mucho y yo le quiero mucho a él. O también, por Paz (Fernández Felgueroso) la alcaldesa de Gijón. ¿Tú crees que ellos le pusieron mi nombre a una calle gijonesa, porque soy franquista? Se dice que soy fanática del Opus (Dei). Bueno, eduqué allí a mi hijo y tengo buenos amigos. En los colegios de Gijón lo machacaban por ser quien era y pensé: ¿qué quiero? ¿convertirlo en un proletario? Entonces decidí llevarlo a lo más de lo más. Simpatizo con la obra, pero critiqué a monseñor Escrivá. En definitiva, he sido conservadora, o no, dependiendo del tema y el momento. También hay algún trasnochado, que aún recuerda que los Tellado son gallegos del Ferrol. Mi padre fue compañero de escuela de Franco, pero era un republicano de aquellos. Murió en Bilbao siendo republicano. ¿Sabes algo? Todavía extraño la dulzura de Papá. Muchas veces me despierto de madrugada soñando que me está besando o acariciando, diciéndome cosillas al oído. Mi madre era asturiana de Viavélez y se casó con un hombre de cuento de hadas.

¿Su padre es el héroe imaginario de sus novelas?
¡Eres muy complicado! (lanza una leve carcajada). Los hombres deberían aprender de sí mismos y de los otros que se consideran dignos. Uno de esos grandes hombres, efectivamente, fue mi padre; pero hay otros, que son de carne y hueso, ¡y viven! Un día escribí en Vanidades, que tener un hijo autista era una verdadera desgracia, para el niño y para los padres. Lo sentía así. Al tiempo recibí una carta del papá de un niño autista. El señor fue muy respetuoso, pero muy duro. Me dijo que no era una desgracia. Yo le respondí que, seguramente, él era un gran padre. Pero no todos los niños tienen un gran padre. Tiempo después me enteré que el jovencillo había terminado el secundario y pensaba ingresar a la universidad. Ese hombre no fue inventado por mí, y es digno.

¿De qué habría trabajado de no haber sido escritora?
Estudié Magisterio y Psicología. Me faltaron unos cursillos de grado, pero jamás ejercí. Seguramente, sería una periodista intrépida, de esas que van a Irak, a Palestina o al África. Siento una loca admiración por Carmen Sarmiento (la primera cronista española de guerra). Me hubiese cundido recorrer el mundo haciendo reportajes.

También escribió novelas eróticas...
¡Pues claro! porque Bruguera, que era el dueño legal de mi trabajo, me las pidió en 1979 en la época del «destape». Fueron veintiséis (para la colección Especial Venus), pero las firmé con seudónimo (Ada Miller). Fueron fáciles, porque no había sentimientos, por ningún lado.

Cervantes es el único autor de habla hispana más leído que usted, según la UNESCO. Los muchachos en Uruguay le preguntarían ¿Se la cree Corín?
¿Sabes que la UNESCO se equivoca? (medita unos segundos). Yo soy sólo una vendedora de ilusiones, de idilios, de sentimientos, y Cervantes es el más grande escritor de habla hispana y de todas las hablas (se pone seria). ¿Pero quien lo lee de verdad? De Cervantes se habla mucho, se vende mucho, pero se lee menos. ¿Tú leíste sus obras completas?

Pero tampoco a Corín Tellado…
Porque no escribo para ti. Pero Cervantes, como clásico universal, sí escribió para ti.

Entonces, ¿usted es la más leída?
Solamente digo que Corín Tellado se compra para leer y Cervantes para tenerlo en la biblioteca. Tanto le aprecio a Don Miguel que, ¿sabes qué obras de la literatura universal me hubiese gustado escribir? La Biblia o el Quijote. También me hubiese encantado escribir Los santos inocentes de Miguel Delibes, o De profundis, de Oscar Wilde. Tampoco me aburriría si pudiera llamarme Balzac. Aunque, gozo mucho siendo Corín Tellado, porque hablo sobre sentimientos y eso me interesa.

Hace un tiempo, una ministra uruguaya confesaba que la leía, pero a escondidas.
¿Tú crees que es la única? Muchas mujeres y hombres, muy poderosos, me leen con devoción. Los hombres lo ocultan, pero, tengo más cartas de ellos que de ellas. Y no me sorprende, porque el mundo de mis lectores es heterogéneo y variopinto. Nunca supe, a ciencia cierta, quienes eran. Sé que entretuve a muchas generaciones, pero, seré honesta, lo hice por vanidad. Por eso sigo en ello, y voy a seguir el resto de mi vida y ojalá muera dictándole una novela a mi nuera, que será mi última.

¿Qué historia prefiere entre las que ha escrito?
La primera de todas nunca se olvida. ¡Es como la primera vez que haces el amor! Pero hay una que edité en 1991, de más de 500 cuartillas: Lucha Oculta (sobre intriga financiera en la primera Guerra del Golfo). ¿Sabes por qué la quiero tanto? Porque es preciosa y le encantó a todo el mundo, y porque me permitió demostrarle a unos cuantos que podía adaptarme a los tiempos. Quizá, mis primeras protagonistas no tenían tanta preparación, difícil que fueran más que peluqueras, modistas o dependientes y tenían como único objetivo la boda; pero eso era lo permitido. Tan luego, la democracia les facilitó la vida, fueron maestras, enfermeras, secretarias; y no necesitaron más de la viudez para sacarse un mal tío de encima: pudieron divorciarse. Ahora son abogadas, médicas, bioquímicas, militares, viven muy bien gracias a sus profesiones, y se redimen de una maternidad prematrimonial en uniones libres. Todas son distintas, aunque todas tienen un mismo interés: el sexo. ¡Eso sí, por amor! ¿Cómo quieres, entonces, que no me enfade con los buenos para nada que dicen que soy retrógrada y creo estereotipos?

Su novela Amargos sentimientos, de 2003, fue la primera que llegó a las librerías españolas; antes solamente se vendían en quioscos y salones ¿No lo asume como una crítica implícita sobre su calidad literaria?
Ese fue mi sambenito durante 57 años: no me querían publicar novelas largas. Pero se dieron cuenta que son preciosas y se venden muy bien. No creo que haya una discriminación de la industria, por razones obvias. Nadie muerde la mano de quien le da de comer. Tengo sí detractores, pero, afortunadamente, las personas que me importan y cuya evaluación considero digna lo hacen sin revancha ni envidia. En la calle es donde recibo la mayor crítica. Por donde voy aparecen personas que me besan y me felicitan. Algunas, mayores como yo, me dicen que me deben lo mejor que sintieron cuando la represión era patente. Ellas me valen un potosí y a ellas siempre les explico que no inventé, nada. Las historias salen de la vida misma. El amor es lo esencial. Luego hay que añadir sexo, algo de frivolidad, mucha humanidad y, sobre todo, que los lectores se reconozcan en alguno de los personajes. Las novelas siempre tienen que terminar felices.

¿Qué recuerda de su relación con la Editorial Bruguera?
Por supuesto, sabrás lo del contencioso (entrecierra los ojos, en gesto de enfado) pero debo decirte, primero, que en España ya no existe una maravilla como Bruguera. Yo me retiré de la editorial (en 1964) y me hicieron un juicio (que ganaron en 1973). Se quedaron con 188 novelas por una bicoca: 150 mil pesetas y además me exigieron una indemnización para escuchar sentado (65 millones de pesetas). Nunca se las pagué, pero fui obligada a trabajar para ellos. Según el acuerdo sería hasta 1990, pero si uno moría los derechos de todo pasaban al otro. El fulano Bruguera murió en 1986, y aquí me ves a mí. Pero, a pesar de la decepción y de las amarguras, debo reconocer que ellos me dieron mucho y que en definitiva nos pelearon los abogados. Yo los hice inmensamente ricos, ¡a todos!

¿Y el trabajo en la revista Vanidades?
Estoy con ellos desde 1951. El acuerdo es que debo entregarles una novela inédita cada dos semanas. Cuando empecé, la revista vendía 16 mil ejemplares quincenales y en poco tiempo pasaron a 68 mil. ¿Sabes quien fue mi primer corrector de pruebas? Guillermo Cabrera Infante. El bueno de Guillermo siempre me comparaba con Sor Juana Inés de la Cruz. ¿Sabes por qué? Porque, como ella, yo también empecé a escribir en la España que reservaba el oficio de escritor para los hombres. Para nosotras, las pobrecillas españolas, el trabajo intelectual era impropio. Yo luché contra ese machismo y lo vencí. También decía que soy una inocente pornógrafa, aunque luego aclaraba: ¡ni tan pornógrafa, ni tan inocente! (sonríe, sin ocultar su nostalgia). Cada vez que leo Tres tristes tigres, recuerdo que el bueno de Guillermo se hizo escritor leyéndome a mí. ¿Te imaginas el honor? No dejó de escribirme hasta que falleció (en 2005). Hace un tiempo, los de Televisa (propietarios de Vanidades) hicieron un libro sobre mi vida: 52 años de amor con Corín Tellado. Por eso les quiero tanto. Aunque pueden quitarme, ahora ya lo dudo. Les estaré escribiendo al pie del cajón porque les debo el reconocimiento que he recibido en toda América. Mientras Socorro tenga algo de salud, Corín seguirá trabajando para Vanidades. ¡Claro! Ahora les mando mis trabajos por correo electrónico.

¿Cómo es su vida ahora, retirada de la presión editorial?
Me preocupo de conocer a mis colegas: (Laura) Espido Freire, Nativel Preciado, Juan Manuel de Prada, (Arturo) Pérez Reverte. Unos me entretienen y otros no, pero los leo a todos, porque no me apetece pasar por ignorante. Soy muy habladora. Me encanta y me paso horas de cotilleo y mi tema es la literatura. No sé cocinar, pero me encanta seguir al cocinero de la tele (Karlos Arguiñano); y me doy tiempo para disfrutar mi querido Cantábrico. Lo mejor dentro de lo malo de mi enfermedad (renal crónica) es que ya no me levanto a las cinco. Lo peor, que he perdido visión y no puedo escribir: debo dictarle a mi nuera. Estoy reeditando novelas que fueron un éxito hace medio siglo y que no han perdido vigencia, a pesar de la radio, de la TV y de la Internet. Porque el amor es más fuerte que la tecnología. Y los sueños son indestructibles. Y lo dice alguien que ya no tiene más ilusiones a cumplir. Si muero mañana ya estoy conforme con lo que he logrado.

¿Pero, algo cambió desde 1946?
Por supuesto, nos hemos embrutecido. Antes las relaciones eran distintas: el novio formal, el cine por la tarde, cogerse las manos y poco más. Ahora pones la tele y te puedes encontrar con una película porno. Antes las niñas sólo hacían el amor en mis novelas. Ahora lo hacen en la acera (se ríe a carcajadas).

¿Cómo se lleva con el dinero?
¡Pues, de mil amores! Porque ambos nos hemos dejado seducir, el uno por el otro. He ganado mucho, muchísimo. Yo no soy de las que me oculto o cuento fábulas de supuesta humildad. Tú has cruzado el mundo para ver a Corín Tellado ¿Qué esperabas? ¿Una humilde viejecilla? La literatura me hizo rica, en afecto, pero, también en billetes. Aún hoy sigo generando mucho dinero para otros, pero, también para mí.

¿Cuándo escribió la novela más rápida?
Fue en La Coruña, hace un par de años. Me llamaron de Vanidades para pedirme una para ayer, como dicen ustedes los periodistas. Comencé a dictarla de mañana y la terminamos de tarde. La corregí de noche y la envié de madrugada. ¡Y llegamos al cierre!

Quienes poco la quieren, también la culpan de ser inspiradora de los teleteatros.
¡Y de mucho más! A fines de 1966 apareció Corín Ilustrada, una colección quincenal de fotonovelas que en su primer título (Eres una aventurera) vendió 750 mil ejemplares en una semana. ¿Qué quieren esos, qué me avergüence? Si con ese fin lo hicimos. También hubo películas, una infinidad de radioteatros y fui pionera de las novelas españolas en el Internet. Es cierto, mis historias ambientaron los primeros teleteatros hispanoamericanos. Y lo digo con orgullo, porque aquellos fueron los mejores, muy distintos a los culebrones que vinieron después. Recuerdo uno argentino, de nombre muy bonito: El amor tiene cara de mujer.

Cómo conocí a Corín
«Fue por una gestión del entonces presidente del gobierno del Principado de Asturias, Vicente Álvarez Areces quien me sorprendió con una invitación que al principio consideré insólita: ¿Te apetece conocer a Corín Tellado? Ella no habla con periodistas, pero creo que puedo convencerla de que te reciba.» 
«La pregunta me sorprendió, al principio me pareció una broma, pero ante su cortés insistencia acepté el convite. Me encontré con ella el 19 de setiembre de 2005 en la confitería Central, de Begoña y Corrida, pleno centro de Gijón.»
«La primera advertencia de Corín fue: no hablo con periodistas porque todos me maltratan y mienten sobre mí, pero en tu caso acepto porque eres uruguayo. Nunca estuve con un paisano tuyo. ¡Veremos qué harás con lo que te contaré. Así me recibió, sentada a una de las mesas de uno de los más populares puntos de encuentro de la mayor ciudad asturiana.»

«Luego nos encontramos varias veces, en el Real Club Astur de Regatas, del que era socia de honor, también en su apartamento de la calle Marqués de San Esteban, frente a la playa gijonesa de Poniente. Durante un par de años mantuvimos un amable intercambio de correos en los que se completó el material que salió publicado en forma de entrevista, en El País Cultural de Montevideo, el 11 de setiembre de 2007.»

Pamplinas
«Conozco a los grandes escritores uruguayos, algunos de ellos muy exitosos aquí en España: Onetti, ya fallecido, Benedetti, Galeano. Pero, ¿sabes cuál es mi obra latinoamericana preferida? Te sorprenderé: La Hojarasca (de Gabriel García Márquez), porque ocurre en un velatorio y me recuerda a Cinco horas con Mario (de Miguel Delibes). Debo confesarte que mi éxito en América Latina es un verdadero misterio. Nunca entendí porque vendo tanto allí. Yo tengo mi lenguaje, que no es el vuestro. Mi primera gira latinoamericana fue por Chile y Perú (en 1981). Me acompañó Mario (Vargas Llosa) que se pasó horas hablando de mí. Su esposa Patricia me pidió un autógrafo, porque mis novelas eran leídas por su abuela y su madre, por sus tías, sus primas y por ella misma. También estuve en Cartagena de Indias, en Río de Janeiro, en Buenos Aires. ¿Sabes por qué no conozco Montevideo? Por una pamplina de mis editores.»

Pesetas por juventd
«Cuando no me pongo la diálisis estoy estupenda. Puedo trabajar, charlar como ahora. Cuando me pongo la diálisis (lunes, miércoles y viernes) quedo tracatá. Antes me pasaba arriba de los aviones. Hoy soy muy poco viajera. Me invitan de todo el mundo. Guardo las invitaciones con mucho cariño, pero no voy. Me diagnosticaron la insuficiencia renal hace treinta años, cuando todavía era controlable. Pero viví como me dio la gana: bebiendo, fumando, trabajando. Todo era un exceso. Hace poco más de quince años comencé a sentirme cansada, como jamás antes. Hasta que una tarde caí frente al médico y estuve dos semanas en el UCI (cuidados intensivos). Me daban una expectativa de vida mucho menor a la que ya he cumplido, pero, ya no tengo el control. ¿Sabes algo? Pocas cosas deseo más que volver a ser joven, porque mi cerebro lo es y mi cuerpo ya no. Muchas veces me deprimo; hasta me mandaron al psiquiatra, pero jamás fui. Y no lo dudes. Si pudiera, entregaría mis millones para comprar juventud.»

80 ¿y uno?
Corín Tellado nació un 25 de abril. Fue en 1927, según su página web (www.corintellado.com), su biografía no oficial (Corín Tellado: Medio siglo de novela de amor) escrita por la filóloga asturiana María Teresa González García, y hasta para la enciclopedia electrónica Wikipedia. Sin embargo la Filmoteca de Asturias, en 2006 celebró sus ochenta ya cumplidos. Corín Tellado: fotogramas y novelas de amor, se llama el documental dirigido por Sofía Castañón. Ese mismo año también fue homenajeada por la TPA (Televisión del Principado de Asturias) en un programa especial por sus ocho décadas de vida cumplidas.

Marina
«Sandokán, Los tigres de la Malasia, El Corsario Negro, toda la colección de Julio Verne, este... Y después, a escondidas, porque tenía absolutamente prohibido leerla: Corín Tellado. Porque era cursi. Leí todo lo publicado, creo (se ríe). ¡No había un Corín Tellado que yo no hubiera leído!»
Marina Arismendi, ex-ministra de de Desarrollo Social, a la revista Guambia, en entrevista publicada el 5 de marzo de 2005.

Enrique
Quizá usted sepa, Corín, que su concejo (El Franco) ha dado un uruguayo ilustre.
¿Sí?, dime quién es. Porque me pillas por sorpresa.
Enrique Iglesias.
¿Pero, qué estás diciendo? Si el crío de Julio (Iglesias, el cantante) es madrileño. Si de algo sé es de lo que sale en el Hola, que me entretiene de mil amores.
No Corín, me refiero al contador Enrique Iglesias, el secretario Iberoamericano nacido en su vecino pueblo de Arancedo, pero uruguayo por adopción.
¡Qué me has pillado mal! (se pone colorada). –Claro que conozco a mi paisano Iglesias. ¡Si ha ganado el premio Príncipe de Asturias! ¡Un gran hombre! –¡Pero te mato, como me entere que me dejas en evidencia! –fue su advertencia, y no en tono de broma.

Fania
Un jueves de mañana, tomando un cafetito en la Confitería Central, de Begoña y Corrida, la entrevista fue interrumpida por una mujer de unos 60 años.
¡No lo puedo creer, usted es Corín Tellado, la escritora! Mi señora, soy colombiana, me llamo Dolca...
¿Dolca, cómo la de mis novelas?
Claro, si mi madre era fanática suya. Y yo también lo soy. Vea, aquí tengo un ejemplar de Vanidades –lo saca de su cartera. ¿No lo firmaría dedicado a mi hija, que también la adora?
Claro, como no te lo voy a firmar. ¿A quién se lo dedico?
A mi hija, Fania…
¿Fania, como la de mis novelas?
Mi señora, es por ella que se llama así. Siempre adoré ese nombre, pero debo decirle que no sé qué significa.
Hija querida, no se lo digas a nadie, pero ni yo sé lo que quiere decir. ¡Así lo puse y listo!

Bárbara
Ese mismo jueves, horas después, caminando por Begoña, la principal calle gijonesa. Otra mujer, algo menor, repite la escena.
¿Usted es…?
Sí, hija querida, soy yo. ¿Qué tal?
¡Me pellizco!, pues no lo creo. Disculpe, allí está mi esposo, él es norteamericano… yo soy dominicana pero vivo en Miami.
Claro, hija, llámalo –accedió la anciana, a pesar del cansancio.
Michael, amor, esta es Corín Tellado, mi escritora preferida, ¡la Bárbara Cartland hispana!
En un segundo, le cambió el rostro. La despidió con cortesía, pero sin amabilidad.
¿No sabes cuánto odio que me comparen con la cursi de la Cartland? –fue su único comentario, mientras seguía caminando. Bárbara Cartland, Victoria Holt y Jude Deveraux, fueron sus rivales europeas de la novela sentimental.

Picadilly
«La vasta producción de Corín quedará como muestra de un fenómeno sociocultural... y encima vende más novelas que yo en Picadilly.»
Mario Vargas Llosa retornó al periodismo en 1976, con una entrevista a Corín Tellado, para el programa La Torre de Babel, del Canal 5 de Lima.

Bueno
«Resulta inadmisible la actitud de tantos críticos que se creen con el derecho de considerar como despreciable la asombrosa producción de Tellado. A muchos de ellos les conozco y sé que rozan la categoría de la debilidad mental.» 
Gustavo Bueno, filósofo español.

Entrevista y textos: Armando Olveira Ramos (Gijón).
Fotografía: Alex Zapico (Gijón).
Producción: Joaquín del Río (Gijón).
Digitalización de imágenes de archivo: Sandro Pereyra (Montevideo).

sábado, 14 de marzo de 2009

Leopoldo Nóvoa (1919-2012), pintor, escultor, gallego emigrante a Montevideo, creador del mural del Estadio Luis Tróccoli, obra maestra del Realismo Abstracto iberoamericano



El genio que vive en sus cenizas

Sobre la base del libro Galicia en Uruguay (Naón & Olveira, 2009), de una entrevista publicada en el semanario Brecha (2012), del libro Montevideo Manual del Visitante (Koi Books, 2011, 2012, 2013) y del capítulo "Cerro" de la serie Montevideando (Trocadero Gabinete DDiseño para el diario El País, 2013).


Leopoldo Nóvoa, en abril de 2008,
cuando fue declarado Ciudadano
Ilustre de Montevideo.

(Ignacio Naón)
Con sólo siete años, recién llegado desde su Pontevedra natal, cruzaba a caballo la Pampa argentina para ir a la escuela. Aquellas extensiones inmensas, casi infinitas a los ojos del niño, inspiraban su obra desde siempre con la presencia del espacio vacío. Al estallar la Guerra Civil se exilió con su familia en Montevideo, donde fundó la revista Apex, en la que colaboraron, entre tantos, Joaquín Torres García, Juan Carlos Onetti, Juana de Ibarbourou. "Mi formación cultural es absolutamente uruguaya. Cuando me fui de allí, era el último país vivible, con libertad y una gran cultura", solía decir el pintor y escultor que sumó amores en Pontevedra y el Río de la Plata. En Buenos Aires conoció al notable artista Luis Seoane, y a otros galleguistas que influyeron en su sensibilidad mientras le solicitaban artículos e ilustraciones para la memorable Galicia emigrante. En Uruguay su presencia es demasiado notoria como para ser olvidada, aunque se fue del país hace casi medio siglo. Su mural del estadio Luis Tróccoli, del Club Atlético Cerro, es un ícono del abstracto nacional. Leopoldo Nóvoa vivió sus últimos años entre su casa rural pontevedresa de Armenteira y París. Sus obras, caracterizadas por la búsqueda de una tercera dimensión, se han exhibido en Estados Unidos, Europa, Asia y América Latina. Retornaba cada dos años a Montevideo. “Me la paso recibiendo homenajes de mis amigos, que no merezco, y que sólo acepto como un tributo a la inmigración”, solía responder con su natural humildad el admirado gallego, que se presentaba como un pintor uruguayo, con una obra de culto universal. Leopoldo Nóvoa falleció el 23 de febrero de 2012, poco después El País de Madrid tituló en la portada de su página cultural: “El artista matérico que conquistó París”.

Trabajando en el mural del Estadio Luis Tróccoli, 1963.
(Archivo Leopoldo Nóvoa)
–Pontevedra, Montevideo, Buenos Aires, Caracas, París, Armenteira. Hay tantas ciudades en su vida, tantas migraciones, que jamás podrá ocultar su temperamento de gallego aventurero.
–Mi espíritu de aventura es gallego, sí, pero también uruguayo. Gallegos y uruguayos, y yo siento que soy de ambos, somos emigrantes por naturaleza. Nos gusta salir, conocer el planeta. Cada tanto, empezar una nueva vida. No siempre lo conseguimos, pero, por lo menos, lo intentamos alguna vez. Nos une el Atlántico, que tantas veces recorrimos detrás de una vida mejor. Pero, también se parecen mucho las sensibilidades de los pueblos del Cantábrico y 

Pared oeste de un mural abstracto
incomprendido en su tiempo.
(Universidad Politécnica de Valencia)
el Río de la Plata. Siempre de frente al mar. Nací en Galicia pero mi padre era uruguayo, porque mi abuelo pontevedrés un dia emigró a Uruguay. Mi abuela era criolla pero de Cuba, entonces, tengo dos abuelos cubanos y dos pontevedreses. Los Nóvoa somos una familia de mucha presencia en Pontevedra, aunque los vascos sigan diciendo que mi apellido es de ellos.Somos Nóvoa con “v”, gallegos de muchas generaciones. Nuestra mayor celebridad fue un pariente marino de la Edad Media, que trabajó para el rey de Portugal. Yáñez de Nóvoa (para los portugueses João da Nova Castelia) fue alcalde de Lisboa, jefe de la Tercera Expedición Portuguesa a las Indias, descubridor de las islas de Asención y Santa Helena, donde fue a parar Napoleón. Era orensano, pero cuando los Irmandiños le quemaron el feudo de Maceda se fue a trabajar para la armada lusitana. Hasta tiene una isla en el Índico, que se llama Juan de Nova en su honor.

–Como buen gallego, su pariente empezó una nueva vida lejos de casa.
–Fue un descubridor y un innovador. Yáñez de Nóvoa inventó el Correo a las Indias, en un episodio muy curioso, extraordinario, ocurrido entre 1501 y 1503. Cuentan que cuando fundó la factoría de Cananor (costa suroccidental de la India) se olvidó de algo en Lisboa; entonces escribió una carta que metió en una botaCuando llegó al Cabo de Buena Esperanza, donde sus barcos paraban para cargar y esconder mercadería, tuvo la idea de colgar la bota en un árbol. Como era una celebridad, admirado por sus hazañas, estaba seguro que el primer barco que pasara llevaría su carta a Portugal. Y efectivamente, a los pocos días, alguien la recogió, la llevó y la entregó en propias manos. A la vuelta, otra nave dejó el objeto que había solicitado mi pariente, y una respuesta, en el mismo sitio. Así se estableció la correspondencia entre las Indias y Portugal. Hay una estampilla de correo en homenaje a Yañez de Novoa, y una escultura en la bahía de Ciudad del Cabo. El tema de la obra: la primera carta puesta en una bota. Esa fue la curiosa forma cómo se creó el correo marítimo entre Europa y las Indias.

Sectores Norte y Sur del Estadio Luis Tróccoli.
(Fotos firmadas por Rodebu, publicadas
en Wikimedia, 29/9/2013)
–¿Los Nóvoa heredan genes de emprendedores y artistas?
–Ni tanto. Mi padre, Edmundo Nóvoa de María, fue un diplomático uruguayo, hijo de un pontevedrés, agente ganadero en Durazno. De María es un apellido muy uruguayo. Hubo muchas idas y vueltas, entre España y América, hasta que un día el joven Edmundo se enamoró de mi madre, Mercedes García Solís, y se quedó en Pontevedra. Recién volvió a Uruguay cuando yo todavía no era nacido, allá por 1910. Soy el cuarto, luego de tres hermanas mayores, y después hubo cuatro más. Me quedan dos hermanas, una en Pontevedra y otra en Montevideo. Entre los tantos viajes con mi padre, hubo uno a la Argentina, por un proyecto industrial. Creo que tenía siete años, no más, cuando cruzaba a caballo la pampa bonaerense para ir a la escuela. Son recuerdos imborrables. De vuelta en Galicia, nos fuimos a vivir a una casa de la tía 
Teresa, en Villagarcía de Arosa, luego nos radicamos en Pontevedra. Mi familia tenía casas en la playa de Raxó, de la ría de Marín, donde pasábamos las 
En Pontevedra, 1968, cuando
 ingresaba clandestino a Galicia.
primaveras y los veranos. Mi padre fue cónsul en Galicia, de Uruguay y Argentina, al mismo tiempo. El representante argentino había muerto, y era costumbre que mientras no enviaban un sustituto quedaba a cargo una nación amiga. Tuvo muchos problemas con la dictadura franquista. No era republicano, pero sí muy independiente, muy repetado, y tenía mucha presencia. Cuando el territorio gallego quedó en poder de los fascistas, al principio de la Guerra Civil, los uruguayos y los argentinos quisieron salir de allí. Es algo de lo que nunca se habló mucho, pero hubo muchos rioplatenses muertos y encarcelados en la guerra y en la dictadura. La labor de mi padre, como cónsul, fue más humanitaria que diplomática. Salvó a miles de uruguayos y argentinos, y también a opositores españoles, porque conseguía documentos y salvoconductos. El regimen lo consideraba un enemigo y un buen día le retiró el exequator diplomático, el derecho a ejercer la función consular. Por entonces, si el franquismo le sacaba la inmunidad, lo condenaba al exilio, la cárcel o la muerte. Recibió amenazas, pero igual se quedó, hasta fines de 1939, cuando decidió volver a Uruguay, para siempre. Tanto hizo por los uruguayos y los argentinos residentes en Galicia, que en 1943 recibió un gran homenaje popular en Montevideo. Para nosotros, conmovedor. 
El periodista y escritor
Carlos Maggi, según
su amigo Leopoldo Nóvoa.

–En Uruguay su vida empezó de nuevo, para no ser menos que sus antepasados. 
–Me fui de Pontevedra con 17 años, después de desertar, cuando me quisieron reclutar para las tropas de Franco. Mi formación cultural es absolutamente uruguaya. Hasta entonces, solo lo conocía por comentarios y relatos, como un país vivible, con libertad y una gran cultura. Teníamos parientes Novoa en Durazno, que eran ganaderos de buena posición, pero nos quedamos en Montevideo. Así empecé a estudiar y trabajar. Me hice pintor en Uruguay, aunque fui un aficionado entusiasta en Galicia. Siempre pinté, pero recién fui profesional a los veinte años.

–¿Cómo fueron aquellos primeros tiempos?

Los evoco como encantadores y comprometidos. En Montevideo edité una revista con escritores formidables: Manuel Flores Mora, el entrañable Maneco, y Carlos Maggi, mi querido Pibe. ¡Qué dos! La publicación se llamaba Apex, y salió solo dos números en 1942. La sacábamos con mucho sacrificio, porque éramos muy jóvenes y era difícil conseguir el dinero para la edición. Conocí a toda la barra del semanario Marcha: Carlos Quijano, Juan Carlos Onetti, Mario Benedetti, ¡al increíble Peloduro! También a la poetisa Juana de Ibarbourou, la adorable Juana, con la que compartíamos historias gallegas; Juan José Morosoli, y al gran Paco Espínola, el mejor narrador que leí y escuché en mi vida. Tampoco puedo olvidar a Zelmar (Michelini), a Julio Sanguinetti y a su esposa Martha Canessa. ¡Cuántos amigos uruguayos! En Apex me encargaba de la parte plástica. En aquel momento me acerqué a Joaquín Torres García, quien, junto con el escultor vasco Jorge Oteiza, fue la personalidad que más me marcó en siete décadas de trabajo. El maestro me trataba como si fuera un pintor, con un respeto y una preocupación increíbles; y me alentaba. Cuando tenía algo en mente, me iba a su casa, se lo contaba; él iba a su biblioteca y me decía con aquella humildad: “Lea esto, pero no sé si le servirá”. Y vaya si me servía. Torres García, además de un artista universal, era un apóstol de la enseñanza. Nunca participé de su fantástica Escuela del Sur, pero vivo con felicidad su notoria influencia en mi forma de vivir el arte y en mi concepción artística.

Texturas originales en el Cerro de Montevideo.
(Universidad Politécnica de Valencia)
–¿Por qué no participó en el Universalismo Constructivo?
–Recogí muchos de sus conceptos, hasta podría decir que tuve una primera etapa constructiva, pero nunca fui al Taller Torres García, que era el lugar donde se trabajaba el constructivismo. Sólo me dedicaba a lo que podía hacer en ese momento: recuerdos gallegos, paisajes marinos, las rías pontevedresas, mis rías. Mis primeras telas contaban mis propias historias. Así fui haciendo camino al andar.
En 1947 me casé con mi primera esposa Celia. Poco después me radiqué en Buenos Aires donde conocía a un escultor gallego llamado Valenzuela, que me presentó a Luís Seoane, con quien tuve una gran amistad. Eduardo Blanco Amor, Lorenzo Varela, Rafael Dieste, Arturo Cuadrado formaban aquel grupo de admirados intelectuales. Teníamos una relación íntima y total. El arte y la política, el galleguismo y la cultura, eran nuestros temas. Por la generosidad de aquellos amigos fui colaborador de Galicia emigrante, una publicación para mí, memorable. Admiré mucho a Seoane, como artista, como hombre, como pensador. Me ayudó mucho. Me consiguió la Galería Velázquez donde expuse solo por primera vez. Si hasta me hizo intervenir en una exposición itinerante: "Pintores argentinos por el mundo". Siempre digo que Seoane es el Torres García argentino. Hay un antes y un después de su obra. Luis era un porteño, gallego de alma, que sufrió, como pocos, la morriña de un paradójico exilio en Buenos Aires, su ciudad natal, por la Guerra Civil.

Luis Tróccoli le solicitó un mural figurativo alusivo
al deporte, pero Nóvoa realizó una obra del
realismo abstracto que evoca el trabajo y
las luchas sociales en la Villa del Cerro.
(España Vale)
–¿Cuándo afirma que se hizo pintor en Uruguay, significa que se considera un artista uruguayo?
–No tengo el estilo uruguayo, si se puede hablar de un estilo nacional, pero fui influido por los pintores modernos de mi época juvenil: Pedro Figari, Rafael Pérez Barradas, José Cúneo, Carmelo de Arzadun, o los abstractos, Américo Spósito, José Pedro Costigliolo. También me encantaban los planistas, aquel movimiento estético tan uruguayo: Guillermo Laborde, Petrona Viera. Yo hice mi opción por el abstracto, con influencias muy eclécticas, de muchos autores, Picasso el primero. En realidad soy injusto cuando nombro a una persona, porque lo que más importa de un pintor es su pensamiento, su historia personal, su ambiente, su época. Me siento un artista de origen gallego, con una formación uruguaya que no he perdido ni con el paso de los años, ni con tantas vueltas al mundo. Creo que la primera sensibilidad, la que se adquiere en los años de formación, esa, jamás se pierde. Soy no un figurativo, de la época cuando luchaban figurativos contra abstractos. Hubiese sido la peor traición pasarme al otro bando (se ríe).
–El mural del estadio Luis Tróccoli, del Club Atlético Cerro, es un ícono del abstracto uruguayo e iberaoamericano. En su tiempo fue un desafío al orden estético dominante. ¿Cómo surgió la idea? 
–Es cierto, y me dio unos cuántos dolores de cabeza. A fines de la década de 1950, hacía dibujos políticos en el diario Acción, de Luis Batlle Berres. Allí conocí a Luis Tróccoli, que era presidente de Cerro, un club de fútbol muy popular de una zona histórica de Montevideo. Tróccoli era un personaje uruguayo de aquellos tiempos, pero a quien debo rendir un homenaje es al arquitecto Orozco, un técnico de la Intendencia de Montevideo, nacido en el Cerro, que conocía cada rincón y cada persona de su barrio.
¡Inconcluso, genial!
(Catálogo Centro Cultural de España)
La idea de hacer un mural fue de Tróccoli y me lo ofreció. Al principio iba a ser figurativo, sin ninguna modernidad, ilustrativo de atletas. Yo les ofrecí un abstracto, pero fue una pelea muy grande. Los directivos de Cerro querían lo mejor para su estadio, pero no tenían cultura sobre el arte de la época. Hasta pararon un par de veces el trabajo, porque no les gustaba, porque no lo entendían. Trócoli tampoco, pero fue decisiva la intervención de Orozco, que me defendió, que puso toda la carne en el asador. Para los directivos de Cerro yo no era un pintor, ni famoso, ni no famoso. Pero Orozco era un profesional muy respetado, y una gran persona. Trabajé allí hasta 1964, y en realidad, ¡nunca lo terminé! Los 600 metros cuadrados del mural (130 de largo por 4.6 metros de altura) están muy expuestos, a campo abierto, sometidos a inclemencias. Tiene muchos relieves y los muchachotes se cuelgan hace casi medio siglo. No hay dudas de que es una construcción sólida, pero está inconclusa, aunque no lo parezca. Lo de inconcluso tiene una explicación. Trabajé dos años y medio con sus lógicas paradas. Por discusiones con los directivos de Cerro, y porque en aquella misma época me encargaron los murales de las termas del Arapey, en el departamento de Salto. Terminé los dos de Arapey y tuve que dejar el de Cerro, porque no había dinero, y después me fui a Europa. Falta terminar el sector derecho y retocarlo, pero no es posible. Hoy no puedo caminar.

"Hay una relación entre los materiales de desecho
utilizados y la sociedad que describe mi obra.
El Cerro de 1960 estaba en plena crisis que
anunciaba el cierre de sus frigoríficos."

(Catálogo Centro Cultural de España)
–¿Qué significa?
–Es realismo abstracto realizado con materiales de desecho, recogidos y recuperados. Me propuse expresar a mi sociedad y a mi país en aquella época. Era una época tremendamente conflictiva, de tuparamos, de marchas de cañeros, de movimientos obreros, de represión, de crisis social. La sociedad estaba en decadencia, y su historia fue contada con desechos. Esos materiales inservibles, por sí solos, ya describen una realidad. El artista tiene una idea, y una concepción, que expresa con formas y texturas. Hay una relación íntima entre los materiales empleados y la sociedad descripta en la obra. Basta recordar que el Cerro de la década de 1960 era una villa en crisis, que anunciaba la caída de los frigoríficos y de sus industrias. Aquella sociedad uruguaya ideal, la famosa Suiza de América, había ingresado en la misma descomposición que el resto del mundo. Una descomposición que ha seguido avanzando hasta ahora. Por esa época hice otro mural, que llamé La Cantera, colocado en el Parque Santa Margarita de La Coruña. Fue realizado cuando todavía era un recién retornado, después de más de dos décadas de emigración. En ese trabajo, es muy clara la influencia uruguaya y, además, tiene los mismos materiales utilizados en el Cerro.

–¿Retornó a Europa, huyendo de esa misma descomposición social?
–No, porque el artista no especula. Hasta diría que las crisis es muy buena inspiradora. En ese momento, quise ponerne al día con las tendencias plásticas. Había hecho otro viaje, unos años antes. Fue una visita a París: amigos, colegas, museos, instituciones. Pensé en quedarme, pero volví a Uruguay porque tenía pendiente el mural del estadio Trócoli y otros proyectos. El segundo viaje fue en 1961, al principio solo con fines culturales. Pero, me quedé.

En su taller de París,
década de 1980.
Me fui a Europa como un pintor uruguayo. Me acuerdo que en una de mis primeras exposiciones, en un museo francés, el director me preguntó: ¿gallego o uruguayo? Finalmente, el catálogo dijo la verdad: pintor uruguayo nacido en Pontevedra. Primero me radiqué en París, con un taller, y volví a Pontevedra, al principio de incógnito, porque estaba el franquismo. Pasé un tiempito como clandestino, y volví a Francia a la espera de que cayera el regimen. Mi idea era tener dos talleres: uno en París y otro en la ría de Arosa o en Marín, donde me crié. Muerto el perro se acabó la rabia fascista y volví a Pontevedra. Al final, instalé mi taller en Armenteira.

–La tierra de los míticos monjes del Cluny, que crearon el vino albariño.
–Tengo un cuadro, uno de los que mas me gusta, de un monje que tiene un pájaro en la mano, basado en una leyenda del convento de Armenteira. Según cuenta Alfonso X, El Sabio, un día apareció en el monasterio, un religioso que sus pares no reconocieron. –¿Tu quién eres? –le preguntaron. –Soy Ero –respondió el extraño. 

Una obra maestra del muralismo iberoamericano
a cinco minutos del Centro de Montevideo.
–Pero aquí no hay ningún monje que se llame Ero –le retrucaron, desconfiados. –¡Como que no!, yo salí recién a dar un paseo y estoy de vuelta –insistió el visitante. Los monjes llamaron al prior, para confirmar que no había nadie, llamado Ero. Todos sospechaban que podía ser un ladrón o un mentiroso. Hasta que apareció el bibliotecario. –Yo recuerdo que hay un libro que cuenta la historia de un monje que desapareció hace muchos años –intervino, el anciano erudito. Lo fue a buscar y leyó la historia. ¿Qué había pasado? Que el momje se quedó rezando en un bosque, contemplando la naturaleza y la belleza de la Creación. En algún momento sintió el canto de un pájaro, que lo puso en éxtasis durante 200 años; y en ese momento estaba de vuelta. ¡Qué historia! Tengo mi taller a cien metros de ese convento y a seis kilómetros de las propidades familiares de Samieira. Ahora vivo entre el ambiente rural de Arementeira y la París cosmopolita. Para mí son complementarios. París es el centro mundial del arte, todo lo que pasa en el mundo, pasa por allí. La concentración y el placer de estar en la aldea me llevan a cubrir la falta de todas las actividades de la ciudad. Mantengo un equilibrio: en París soy un hombre absolutamente de taller y aquí también, pero me requiere mucho el entorno, tanto el intelectual como el físico. 

–Maestro, su trayectoria...
–Disculpa, pero no soy maestro. Nunca me sentí capacitado, ni con la sabiduría. De la misma forma que Torres García tenía su mayor satisfacción en la enseñanaza, yo no tengo esa capacidad. Que me llamen maestro es muy bonito, es un honor, pero no es justo porque no lo soy. Maestros son muy pocos. Mis talleres son de producción, no de enseñanza. Allí hago esculturas y pinturas y preparo mis exposiciones.

Hoy es un gran díatécnica
mixta con rejilla, 2003.
–Su trayectoria artística quedó marcada por el incendio que sufrió su primer taller parisino. Tanto, que las cenizas tienen un papel fundamental en su obra. 
–Yo tuve un taller maravilloso de 250 metros cuadrados en el barrio de la Bastilla. Se quemó y perdí todas mis obras, salvo algunas que estaban en una exposición. Nos quedamos con nada. Nuestros amigos artistas organizaron una exposición para ayudarnos a Susana, mi señora, y a mí, a empezar de nuevo. Fue entonces cuando se me dio el taller de París donde trabajo ahora. Después del desastre, Susana y yo volvimos a ver lo que había quedado. Al ver los restos de mis obras, cogí una bolsa y la llené con los pedacitos de los cuadros que se habían quemado. Cuando después abrí la bolsa y encontré la ceniza, vi que tenía un mensaje para mí. Eran los grises, los negros y los rojos que se convirtieron, sobre todo junto a la ceniza, en protagonistas de mi obra. 

– No se considera un maestro, pero si ¿un innovador?
–Sólo en lo que se refiere al lenguaje a través de la ceniza. No por lo demás (lanza una carcajada). 


–¿Tiene predilección por algún colega español? 

–En mi obra hay una referencia a la pintura negra, que es muy determinante. Es una manera de contemplación del mundo que me gusta mucho. Como observador, me encantan Goya y el Greco. Siempre digo que no es importante que se interprete correctamente una obra, lo importante es que el contemplador realice él un acto de creación. Lo que él crea es válido, tanto como para el pintor.

Grabado para la obra poética 
Alénde José Ángel Valente.
–¿Hay una plástica gallega?
–Hay muy buenos pintores y escultores gallegos, pero no se puede decir que haya una corriente que se puede calificar de gallega. Hay creadores maravillosos, como Castelao. Pero no hay una pintura, ni una escultura gallega.

–¿Qué pesa más en su obra: la pintura o la escultura?
–A simple vista, parece que la escultura pesa más, pero, mi pintura es escultórica, de relieve, deformadora del mundo, que no es lo mismo que reformadora (se ríe). Mi obra es participativa entre la pintura y la escultura. Tengo tres tallas de intervención urbana, que me dan orgullo. Hay una en un museo al aire libre de Seúl, Corea; otra, que quiero mucho, está en As Lagoas, en la Universidad de Vigo y la tercera, en el parque San Domingos de Bonaval de Santiago de Compostela. De ésta última, Espacio cromlech ocupado, debo decir que le robé la idea a mi entrañable amigo Jorge Oteiza. Pónganlo tal cual. 



Detalle de un mural
realizado en La Coruña.
–¿Y su pintura preferida? 
–Una de las mejores que hice se llama Herejía, un tríptico que está en el Museo de Bellas Artes de La Coruña. Cuenta una historia muy abstracta, muy difícil de describir. No, no puedo describirla... (Hace un largo silencio) El primero es blanco, una escalera que sube y se pierde en el infinito y una cruz muy inclinada, como a punto de caerse. El segundo tiene mucho relieve y es muy dramáticao: la cruz está mas caída. El último es un cuadro negro que muestra a la cruz caída en el suelo. El trabajo tiene continuidad dramática. Lo hice en 1989. Lo expuse en Madrid, lo compró la Xunta de Galicia, y está puesto en el hermoso Museo que concibió el gran arquitecto Manolo Gallego.

Muestra retrospectiva y homenaje
en Galería SCQ de Compostela, 2007.
–A punto de cumplir los 90 años, sigue viajando ¿Sigue experimentando?
–Como gallego, viajar está en mi biología, pero, como buen gallego, también siento la necesidad vital de trabajar. Tengo proyectos, no podré realizarlos todos. Antes trabajaba muchísimo, de sol a sol, ahora menos. Antes estaba siempre en el taller, salía poco. Ahora trabajo menos horas. Pero el reposo también es trabajo, siempre digo eso. El pintor, cuando está en su taller, sin trabajar, es cuando más trabaja. Está pensando en una creación.

Yo sigo experimentando, absolutamente. He vuelto a trabajar con cenizas pero con un tratamiento menos formal. Antes me valía de elementos extrapictóricos y ahora utilizo exclusivamente cenizas. Además, como en parte he perdido la vista, es una de las razones para suprimir la presencia de la forma, como protagonista. El cartón es otro material que he incorporado a mi obra. A causa de una operación, y al estar convaleciente y no poder trabajar con la precisión anterior, es otro de los elementos que he empezado a manejar. Utilizo cartones inservibles de gofrage que empleo para el relieve de los grabados. Mi único mérito artístico, quizá, es que muchos me reconocen como un precursor del reciclaje. De eso se trató el mural del estadio Trócoli: reciclar. Los materiales usados cambian de comportamiento según la función que se les adjudique. Estudio un lenguaje para el cual no necesito precisión: desgarramiento del cartón, perforaciones.

–¿Tiene proyectos para Uruguay? ¿Nunca sintió la necesidad de volver a vivir en Montevideo?
–Es una buena propuesta teórica: terminar el primer mural y hacer la última pintura en Uruguay. Aunque una escultura sería mas fácil. Un recuerdo imborrable de Montevideo es la plaza Virgilio, con esa maravilloso monumento marítimo del yerno de Torres García... (piensa unos segundos). Yepes, José Yepes. 



 "Tiene muchos relieves y los muchachotes
se cuelgan hace casi medio siglo. No hay
dudas de que es una construcción sólida."

(Universidad Politécnica de Valencia)
Leopoldo Nóvoa nació el 19 de diciembre de 1919 en la localidad pontevedresa de Salcedo, y se radicó por primera vez en Montevideo en 1936 para evadir el servicio militar del franquismo. 


Los murales volumétricos 
"Una de las características de la producción muralista uruguaya contemporánea es la diversidad estética  de esta corriente. Si ayer os enseñábamos un mural de Eloy Boschi, artista portuario con claras reminiscencias del Realismo Social Mexicano, hoy os introducimos a las creaciones de Leopoldo Novoa, artista de origen gallego, con varias obras murales expuestas en el país sudeamericano donde vivió durante algunos años. 
Novoa realizó múltiples murales volumétricos utilizando materiales de desecho adheridos al muro, creando así un conjunto de diferentes texturas y colores que permiten la posibilidad de apreciar una tercera dimensión en obras murales. 
Mural volumétrico del Edificio
Danart, en Montevideo.
(Universidad Politécnica de Valencia)
En la segunda visita del proyecto a Uruguay, el equipo tuvo la oportunidad de localizar, inventariar y catalogar obras de este artista situadas en Montevideo gracias a la ayuda de Vladimir Muhvich (Técnico del Departamento de Restauración de la Comisión del Patrimonio Cultural de la Nación). Entre la rica y diversa producción de Nóvoa se descata el mural de 600 metros cuadrados que cubre al Estadio Luis Tróccoli en Montevideo."
Pasaje del ensayo Gestión sostenible del muralismo uruguayo contemporáneo, Universidad Politécnica de Valencia, 2013.

Sicario

"Uruguay es el país de mi juventud. Vengo cada dos años, pero ¡cuántas veces retorné en sueños!, a la casa de los primeros años, donde vivía con mis padres. Gaboto 1024 y San Salvador, cerca de la rambla Sur, en el histórico Palermo, un barrio de pintores. Mi primera exposición fue en un galería de la avenida 18 de Julio, frente a la plaza del Entrevero Mi padre falleció en Uruguay, poco después que yo viajé a Europa. Recién se había jubilado de cónsul en Estado Unidos. Mi madre murió en Venezuela, visitando a mi hermana en Maracaibo. Tengo dos hijos uruguayos. Isabela vive en Montevideo. José Ramón vive en Maracaibo, es director de cine, entre Venezuela, Argentina y España. ¿No vieron su película Sicario? Estuvo nominada a los Premios Goya."

Leopoldo, con el seudónimo de Lázaroera el caricaturista, demasiado intelectual y demasiado abstracto, según don Luis (Batlle) pero con una fuerza de imaginación arrolladora.” 
Carlos Maggi


Más cerca del cielo
"Para mí la rambla era un paseo entrañable. Amaba navegar el Río de la Plata. Durante diez años tuve mi taller en el Mercado Central, mi ventana miraba al Teatro Solís. Los artistas siempre nos vamos a la partes más altas de los edificios. Quizá, porque nos gusta estar más cerca del cielo."


Ventana al Mar, óleo sobre tela, 1956.
(Catálogo Galería Arcadia, España)
Entre 1948 y 1957 vivió en Buenos Aires, donde permaneció muy cerca del escultor Lucio Fontana que tuvo mucha influencia en su obra, y de sus compatriotas exiliados: Rafael Dieste y Luis Seoane. 

Cortázar
En 1965 se fue a París, convocado por Michel Tapié, el crítico que acuñó el concepto de “arte informal”. De esos primeros años franceses hay un relato de Julio Cortázar, otro notable admirador su obra. “Los piolines que el arte de Novoa alza como nadie a su condición de signos, de indicaciones, de instrumentos para una náutica que acata otras cartografías...", escribió el escritor argentino.

“Desde la entrada al Museo de Arte Moderno de la ciudad de París, fueron  más de cien las muestras importantes de Leopoldo; de Francia a Italia y después Irlanda, España, Noruega, Alemania, Sudáfrica, Bélgica, Holanda...; hasta una escultura que Corea le encargó para sus Juegos Olímpicos.”
Carlos Maggi

Abstracción, óleo sobre
cartón, fechado en 1960.
Nóvoa por Maggi
 “Me cuenta que en su casa gallega de Armenteira se levanta temprano y enciende la chimenea del taller y que esta ceremonia mañanera empieza con el retiro de la ceniza del día anterior. ‘Quemo troncos enteros. Una vez, estaba hincado y toqué la lisura de la ceniza y sentí que era como nada. Es... nada. La sensación en la yema de los dedos, me sacó para otro lado. Esa lisura es lo que ya no queda, cuando pasó todo y somos ceniza. Lo sientes en el tacto; está ahí, ¡nada! Y el color tiene ese mismo frío, como satinado, que tiene la hoja de una navaja. Entonces, traté de pintar con ceniza; estuve seis meses buscando el solvente, la liga, que se yo. Probé de todo hasta que di con los discos abrasivos; cortan piedra y el polvo de diamante no se desprende. Conseguí ese pegamento que viene a París desde Estados Unidos; me basta para pensar que mis cuadros van a durar más que la `Última cena` de Leonardo’, dijo modestamente.”
Crónica de una visita al taller de París.

En 2008 fue declarado Ciudadano Ilustre de Montevideo, y en abril de ese año el Centro Cultural de España abrió la memorable exposición “Leopoldo Nóvoa en el Río de la Plata (1938-1965)”. 

Entre lo figurativo y lo abstracto,
exposición de esculturas
realizada en Buenos Aires, 2005.
Paisajes lunares
“En 1979, su buhardilla-taller en la Rue du Faubourg Saint Antoine sufrió un incendio que la destruye totalmente, perdiendo, además de toda su obra, su ya importante colección de cuadros de otros artistas amigos. Sin embargo, observando su taller calcinado, le vino la gran idea de añadir las cenizas negras y grises y los pedazos de carbón a la gran variedad de materias que componían sus cuadros, como los pigmentos blancos, ocres, negros y rojos con los que formaba pequeñas colinas, cráteres y agujeros que parecían paisajes volcánicos. Más tarde, utilizó cordeles y cuerdas (mecates), así como clavos y objetos varios que encajaban perfectamente con aquellos paisajes matéricos lunares.”
Del artículo “Leopoldo Nóvoa, el artista matérico que conquistó París”, de Guillermo de la Dehesa (El País de Madrid, edición del 2 de marzo de 2012).