martes, 10 de julio de 2012

Andrea de Morales, Jacinto Vera, Alfonso Espínola Vega, Francisco Espínola Aldana, Guillermo Armas O’Shanahan

Cinco canarios orientales
Francisco Espínola Aldana, en el centro
de la imagen, con su amplio sombrero
blanco, fue anfitrión del Primer
Congreso Nacional de Periodistas
del Interior, realizado en San José.












Una enfermera y partera, un obispo, un médico, un periodista y un arquitecto que emigraron desde las Islas Canarias para dejar testimonio de vida en Uruguay. Foto de portada del Archivo José Fernández, tomada el 4 de abril de 1916, en el frente de una construcción que ya no existe, el antiguo hotel del Parque Mario, actual Hostería del Parque Rodó. 

Sobre la base de una investigación realizada para la Consejería de Cultura del Gobierno de Canarias (Marzo 2010).

Andrea de Morales
El nacimiento de una ciudad
De sus manos nacieron muchos de los pioneros montevideanos, porque fue la primera partera de la ciudad y de la Banda Oriental que luego fue Uruguay. Nacida en 1710, en Santa Cruz de Tenerife, allá se casó con Antonio José Modernell, fallecido antes de emprender el viaje. Andrea embarcó el 31 de enero de 1729, en el navío San Bruno, de 50 cañones, para iniciar un periplo con sus hijos Pedro y José, por entonces de corta edad. 
Las Islas Canarias del siglo XVIII eran consideradas una “proveeduría de pobladores del Nuevo Mundo". En el puerto tenerifeño había recibido un doblón de a cuatro pesos escudos (40 reales de vellón) para que “lo invirtiera en vestuario y otros menesteres", según cuenta el genealogista Juan Alejandro Apolant. El  Reino de España también se hizo cargo de manutención antes del embarque y los gastos de estiba de su equipaje.
Andrea de Morales recibió como merced un cuarto de cuadra en la esquina de las hoy calles Buenos Aires y Treinta y Tres, una estratégica esquina de la Ciudad Vieja que mira al noreste. En Montevideo se casó en segundas nupcias, en 1730, con Juan Mateo de Ceballos, con quien tuvo cuatro hijos más, una de las cuales fue abuela de Carmelo Colmán, soldado de los Treinta y Tres Orientales que lideraron la Cruzada Libertadora de 1825.
Como tantas canarias fundadoras de la ciudad arribó a la inhóspita bahía rioplatense con escaso equipaje y una cultura diversa y poderosa.

Las treinta familias de la segunda
inmigración canaria a San Felipe y
Santiago de Montem Video, arribaron
a la bahía rioplatense en marzo de 1729.
En su mayoría eran pobladores de
La Laguna, que cruzaron el Atlántico
en el navío San Bruno, luego de una
travesía de trece días desde
Santa Cruz de Tenerife.
(Imagen de Carlos Menck Freire)
Cuentan las crónicas cómo cocinaba los granos verdes en grandes sartenes, y como le agregaba el azúcar casi en el punto de cocción, hasta lograr su acaramelado. Cuentan también que los niños se los comían como si fueran golosinas, pero lo usual era que luego de molido, se lo bebiera  con leche, a la mejor usanza española. El tostado de los granos con azúcar es tradición inmemorial en las Islas Canarias, solo explicable por la influencia mora del penetrante norte africano, de donde es originario el árbol del cafeto. El torrado se transformó en un hábito de los uruguayos, visto como rareza en países de tradición cafetera.
Los bienes de Andrea de Morales figuran en el padrón de 1751, tasados en 500 pesos. Ya viuda por segunda vez, doce años después declaraba la edad de 50 años en un expediente judicial. Por entonces vivía de su oficio de partera, según consta en esos obrados. Falleció en Montevideo el 25 de setiembre de 1767. Con el honor de haber traído al mundo a tantos hijos de su ciudad adoptiva.

Jacinto Vera y Durán
El santo que vino del mar
El primer obispo de Montevideo y cuatro vicario apostólico del Uruguay, nació el 3 de julio de 1813, en el medio del océano Atlántico, en plena venida de una de las tantas oleadas de inmigrantes canarios. Fue el cuarto de cinco hijos de los lanzaroteños Gerardo Vera y Josefa Durán, que lo anotaron en el poblado de Desterro, del estado brasileño de Santa Catalina. La permanencia de la familia en la frontera norte se prolongó por dos años, hasta que pasó a residir en Maldonado, luego en Toledo, y de allí a Montevideo.
El imberbe Jacinto trabajaba en la chacra de los padres, cuando conoció al presbítero Lázaro Gadea, vecino de su casa, que le dio las primeras lecciones de latín y gramática, y más tarde certificó su vocación religiosa. Fue reclutado para el servicio militar y estuvo algunos meses en el ejército, hasta que el presidente Manuel Oribe le concedió la baja cuando supo que el modesto soldado iba a ingresar al seminario.
Restablecidos los jesuitas al Río de la Plata, por Juan Manuel Rosas, gobernador de Buenos Aires, el joven novicio obtuvo en 1836 la admisión gratuita en el colegio porteño San Ignacio, como alumno externo, y cinco años después, antes de culminar sus estudios, fue ordenado sacerdote por el obispo José Mariano de Escalada. Celebró su primera misa el 6 de junio de 1841, pocos días antes de cumplir 27 años. 
Desde un principio los jesuitas fueron críticos de Rosas, quien les respondió prohibiendo sus actividades públicas, en una escalada que tuvo su punto más alto el 4 de octubre del año de su ordenación, cuando la mazorca salió de la residencia gubernamental, al grito de: “Mueran los jesuitas, ingratos salvajes unitarios.” Sin esperar que el colegio fuera asaltado,  su director cerró las puertas y escapó a Montevideo disfrazado. Jacinto Vera regresó para ser nombrado teniente cura de Canelones y al poco tiempo vice párroco, hasta que en 1852 recibió el título de Cura Vicario Foráneo con 17 años de ministerio en el departamento que ya recibía el gentilicio de su sangre: “canario”.
Monseñor Jacitno Vera fue el
primer obispo de Montevideo,
un inmigrante canario que
el Vaticano propone canonizar.
A la muerte de José Benito Lamas, en 1857 se entabló una lucha por el vacante Vicariato Apostólico. Entre los elegibles estaba el párroco de Canelones, que contaba con apoyo del delegado Marino Marini, residente en Paraná, Entre Ríos, que según voces corridas reflejaba la voluntad del papa Pio IX. Vera fue combatido por sus adversarios, a través de la prensa, aunque tenía el beneplácito de la Compañía de Jesús y la conformidad del Vaticano. El cura Castro Veiga le entabló demanda criminal para imposibilitar su candidatura. Fue un gran escándalo nacional, pero el juicio se demoró por incidentes de trámites. 
En la Guerra Grande fue neutral para atender las necesidades espirituales de partidarios de ambos bandos; así supo ganarse un prestigio que le permitió ser electo diputado por Canelones en la 8ª  Magistratura de 1858, pero dimitió a su banca.
El 26 de mayo de 1859 recibió el título Vicario, pero el presidente Gabriel Pereira detuvo el nombramiento invocando el patronato del Poder Ejecutivo sobre la iglesia. El gobierno envió a Roma una nueva terna integrada por Santiago Estrázulas y Lamas, Juan José Bird, y como tercera opción: Jacinto Vera. El Vaticano confirmó su primera decisión, que Pereira pasó al Tribunal de Justicia. Vera fue admitido el 12 de diciembre, aunque la magistratura judicial reconoció la salvedad del derecho de patronato eclesial del gobierno. En 1860 inició su trabajo  de formación del clero nacional, con el envío de seis seminaristas a estudiar a Santa Fe, y con una extensa campaña vocacional en el interior. 
Si Pereira era su opositor, todavía más lo fue Bernardo Berro, que lo enfrentó en “una lucha de intereses entre hombres celosos de sus fueros, poco flexibles y acostumbrados a que les obedecieran”, asegura el historiador José María Fernández Saldaña. La exoneración inconsulta del presbítero Juan J. Bird, cura rector de la Iglesia Matriz, fue observada por Berro como un acto de agresión a su gobierno; así se desató, en setiembre de 1861, el denominado Conflicto Eclesiástico. Tras un agresivo cambio de notas, Berro, en Consejo de Ministros, el 7 de octubre de 1862 decretó “el extrañamiento de los presbíteros Conde y Jacinto Vera del territorio de la república”. La orden debía cumplirse ese mismo día.
Vera respondió lacrando la puerta de la Curia Eclesiástica y declarando en interdicho la Catedral montevideana. La policía se encargó de conducirlo al vapor que lo llevó a Buenos Aires. En la capital argentina se hospedó en el convento San Francisco, a la espera de una aprobación vaticana de su conducta.
En 1863 el general Venancio Flores explotó hábilmente el conflicto, sustentando su “Revolución Libertadora” en la defensa de Jacinto Vera y la libertad religiosa. Berro comprendió lo peligroso que era el auxilio clerical al jefe golpista, y procuró un acuerdo. El 22 de agosto de ese mismo año, el gobierno levantaba el destierro de Vera: “arregladas las cuestiones eclesiásticas y habiendo cesado las causales del confinamiento”. 
El vicario regresó enseguida, cuando faltaba poco para cumplir un año fuera del país. Esa tarde hubo una gran fiesta popular, con una multitud que lo ovacionó y con un mensaje del papa Pío IX, que le apoyó incondicionalmente, designándolo Prelado Doméstico de su Santidad. Mientras, el general Flores continuó con su guerra civil, que finalizó en 1865, con la masacre de Paysandú y la caída de Berro.
Vera recibió el título honorífico de Obispo de Megara “in partibus infidelium”, en 1867 viajó a Roma y dos años después asistió al Concilio Ecuménico del Vaticano. Allí sumó su voto a la mayoría a favor de la infalibilidad del Papa y de la Inmaculada Concepción de María.
Cuando estaba de viaje en Palestina supo del fin del Estado Pontificio, luego de la toma de Roma por tropas italianas, el 20 de setiembre de 1870.  Vera se animó a marchar a pie por las calles palestinas, “con el alma lacerada por la ingratitud que sufría el bondadoso Pio IX”, su mentor y aliado en la causa anti masónica y anti antiliberal. En enero de 1871 retornó a un país que estaba convulsionado por la Revolución de las Lanzas, de Timoteo Aparicio; de inmediato intervino en intentos de arreglo de paz que no resultaron eficaces, en víspera de la sangrienta batalla de Manantiales.
En 1878,  el dictador Lorenzo Latorre envió a Roma una misión que ofrecía garantías y beneficios para la iglesia católica, a cambio de una concesión política que necesitaba, en tiempos que aumentaba la resistencia popular contra su régimen. Fue el papa León XII quien firmó la autorización para fundar la Diócesis de Montevideo, independiente de Buenos Aires, y en relación directa con la Santa Sede. El  8 de enero de 1879 monseñor Jacinto Vera fue el primer obispo uruguayo; prestó juramento ante Gualberto Méndez, ministro de Culto y  Justicia.
Luego de celebrar la Pascua de 1881,  partió hacia su última misión. El 6 de mayo sufrió una muerte súbita mientras celebraba misa en Pan de Azúcar, departamento de Maldonado, por una congestión cerebral en forma apoplética. Sus biógrafos aseguran que sus última palabras fueron: “Gracias a Dios que todo está hecho.”
Jacinto Vera fue el gran organizador de la iglesia uruguaya, fundador del clero nacional, impulsor de la prensa católica: La revista católica (1860), El mensajero del pueblo (1871) y El Bien Público (1878).  También fue creador de las principales instituciones eclesiásticas: el Club Católico (1875) y el Liceo de Estudios Universitarios (1876).  
Su biografía oficial, publicada en la página web de la Arquidiócesis de Montevideo, recuerda su velatorio en la catedral. “El país entero se vistió de luto. La prensa entera, aún la adversaria elogió su figura de evangelizador, de sacerdote fiel y abnegado, su atención a los pobres. Una multitud acompañó sus restos y veló su cuerpo durante cinco días, con los honores decretados por el presidente Francisco Vidal.  El gran poeta Juan Zorrilla de San Martín, frente a su féretro, proclamó lo que todos sentían y pensaban: ¡El santo ha muerto!”

Alfonso Espínola Vega 
El protector de los pueblos pobres
Nacido en 1845, en la villa lanzaroteña de Teguise, el médico y filántropo fue un intelectual sin dobleces, un canario comprometido con sus dos patrias, y un artiguista en voz alta, en tiempos que la política y la enseñanza uruguaya estaban dominadas por la “Leyenda Negra” de José Artigas. 
Busto de Artigas en la Plaza Uruguay
de Teguize, Lanzarote, el  primer
ayuntamiento canario que envió
emigrantes a Uruguay, entre tantos,
el médico Alfonso Espínola Vega.
Espínola Vega hizo sus primeros estudios en Las Palmas y luego marchó a la Facultad de Medicina de Cádiz, protegido por el empresario y mecenas Alfonso Gourié. Durante ocho años fue médico en su pueblo, hasta que se exilió en Uruguay, como opositor al régimen Restauración borbónica, tras la caída de la Primera República Española. El enemigo visible era Fernando de León y Castillo, influyente ministro de Ultramar de Alfonso XII, y su antiguo compañero de clases en el Colegio de Las Palmas.
En 1878 se estableció en Las Piedras, la mayor ciudad del departamento de Canelones, donde tuvo un ejemplar comportamiento frente a la viruela que azotó la región sur del país. Luego residió en San José de Mayo, la histórica villa ubicada a 95 kilómetros de Montevideo, para sumarse a la lucha contra los rigores de una segunda plaga. Fue nombrado médico honorario del Hospital de San José, pero, como las camas no alcanzaban, abrió las puertas de su casa para alojar a los enfermos que nadie recibía. 
Su contacto con el gran sabio francés Louis Pasteur fue inspirador del primer Laboratorio Microbiológico Antirrábico de Uruguay, que denominó Jaime Ferrán y Clúa, en honor a su colega y amigo catalán. También fue un vocacional de la enseñanza, como profesor del Centro de Instrucción de San José. 
Espínola murió en 1905, sin fortuna, pero con todo el honor de un gran filántropo que albergaba, alimentaba y pagaba los medicamentos a sus pacientes más pobres. Fue un símbolo de dos pueblos. La Plaza Uruguay de Teguise está adornada con un busto que preserva su noble memoria. A pocos metros de allí, en 2003 fue colocada una imagen de José Artigas, llevada por el buque escuela Capitán Miranda. “Teguise fue el primer ayuntamiento canario que autorizó la salida de emigrantes al Uruguay, y el solar de un canario de dos mundos: Alfonso Espínola Vega”, afirmaba el historiador Francisco Hernández, en el acto de inauguración del monumento al héroe oriental, llamado Protector de los pueblos libres, descendiente de fundadores de Montevideo.

Francisco Espínola Aldana
El padre de Paco
Nacido en Yaiza, en 1871, fue periodista y político, caudillo blanco de San José, que participó en las revoluciones civiles de 1897 y 1904, lideradas por Aparicio Saravia, así como en el fracasado alzamiento de 1935, conocido como Paso del Morlán, contra la dictadura de Gabriel Terra.
Francisco "Paco" Espínola, notable
narrador uruguayo, hijo del periodista

 canario Francisco Espínola Aldana.
Francisco estaba casado con Justina Cabrera Corujo, con quien tuvo al gran narrador uruguayo Paco Espínola, el 4 de octubre de 1901. El niño aprendió en su casa a escribir y a observar a sus semejantes, hasta en los mínimos detalles; también supo el significado de amar el “pago”, y de un compromiso con la divisa blanca del Partido Nacional, que mantuvo aún cuando en la década de 1960 apoyó al Frente Izquierda de Liberación.
Cuando nació su segunda hija, Victoria, el rebelde canario se encontraba ausente, como soldado blanco en la guerra civil de 1904. En setiembre fue  herido en la batalla de Masoller, donde cayera muerto el caudillo blanco Aparicio Saravia, y al año siguiente nació su tercera hija, Enriqueta. 
En 1910, cuando participaba  en el levantamiento armado contra la reelección de José Batlle y Ordoñez, moría su suegro, Fernando Cabrera, quien tantas veces lo había cobijado en su estancia de  Rincón del Pino, luego de sus aventuras rebeldes contra el gobierno colorado de turno. Cabrera había cuidado la tropilla de azulejos del Manuel Oribe, segundo presidente de la república y fundador de la divisa blanca.
En 1919, su Paco fue a estudiar Medicina a Montevideo, y al poco tiempo participó en las elecciones internas del Partido Blanco Independiente, dentro de la llamada “Lista de los poetas”, vinculada con el gran escritor Javier de Viana. En la capital evocaba su casa materna, en relatos que sus amigos y compañeros admiraban: “era enorme y señorial, de grandes patios cubiertos con pisos de piedra y en cuyo fondo se alineaban las caballerizas”.  Y de su padre decía: “de él obtuve  lo fundamental: formación cristiana, tradición criolla, devoción filial por los caudillos –mi padre es uno de ellos- paternal conmiseración por los infelices desheredados a quienes se daba amparo en la casa del abuelo y en su propia casa”.
En 1935, los Espínola, padre e hijo, participaron en el levantamiento del Paso del Morlán, un paraje del departamento de Colonia, donde una treintena de rebeldes –blancos independientes, batllistas, socialistas, comunistas- liderados por el general Basilio Muñoz, y el propio Espínola Aldana, se enfrentaron a las fuerzas militares de la dictadura del colorado conservador Gabriel Terra.
Paco dejó su memoria de los hechos en una carta al filósofo Carlos Vaz Ferreira, que retrata mejor que nadie aquel episodio sangriento. El narrador reconoce en esa crónica su miedo al peligro, a la violencia, y  a la propia batalla en la que participó de saco, camisa y corbata, con un rifle que no funcionaba. El saldo fue de ocho muertos, decenas de prisioneros, incluido el propio Paco, mientras su padre escapaba del lugar.
Por esa valerosa acción, Francisco Espínola Aldana fue muy elocuente: "Estoy orgulloso de usted, m’hijo." Al viejo caudillo nunca le importó demasiado la notoriedad literaria del joven, ni que fuera un celebrado cronista de la popular revista Mundo Uruguayo
Una simbología heroica, que el propio Paco evocaba cuando se refería a los valores y la educación recibida: “Mi padre,… yo tendría ocho o nueve años, me decía: ¡usted tiene que tener un cuidado bárbaro!, más que nadie, porque usted es noble… Pero ¿sabés para qué me decía que éramos nobles? No para compadrear, sino porque así yo tenía la obligación de cumplir con los de atrás, siendo como ellos, imponiéndome deberes con todo el mundo, sirviendo a todos, y ¿qué es lo que noto yo ahora? Papá me leía también y estaba templándome. Me hacía querer y admirar a los grandes personajes.”
Paco Espínola por
Hermenegildo Sabat.
Francisco Espínola Aldana murió el 11 de abril de 1948. Su Paco fue una de las cumbres narrativas del país, ensayista, dramaturgo, profesor de Literatura en el Instituto Normal, Enseñanza Secundaria y Facultad de Humanidades.
Su obra se inició con Raza ciega (1926), al que siguieron Sombras sobre la tierra (1935), una de las producciones más valiosas de la novelística uruguaya, Las ratas (1945); El rapto y otros cuentos (1950). A estas se suma: La fuga en el espejo, pieza teatral estrenada en 1937, Milón o el ser del circo (1954), un ensayo sobre temas estéticos, y Saltoncito, un relato para niños muy difundido en las escuelas. “Sus páginas están dotadas de ese poder sugestivo que sólo poseen los narradores de garra”, afirmaba el crítico Alberto Zum Felde. Su obra póstuma, Don Juan el zorro, editada en 1984, constituye una de las más representativas de la literatura latinoamericana contemporánea. Fue reconstruida sobre la base de un profuso material de fragmentos éditos e inéditos. En 1971 se afilió al Partido Comunista, en un gran acto público, ¡justo él! que había arriesgado su vida por la divisa blanca de su padre. Lo que nunca cambió fue el heredado amor por la democracia y la libertad. Su muerte fue un símbolo de ese legado. Falleció el 26 de junio de 1973. Un día antes del golpe de Estado más cruel y doloroso en la historia del país.

Guillermo Armas O’Shanahan
La memoria construida
El arquitecto de prestigio internacional fue pionero del Art Déco en el Río de la
Plata, muy poco después que el novedoso estilo se conociera en la Exposición de Artes Decorativas de París de 1925. Desde ese momento, la Ciudad Vieja, el Centro, y también los barrios montevideanos, vieron crecer aquellos edificios de rectas insinuantes matizadas por curvas, de paredes lisas alivianadas con pinceladas decorativas: era lo “moderno” sin llegar a extremos. 
El Palacio Rinaldi es una obra maestra del
Art Déco montevideano que desafía a su
gigantesco vecino: el Salvo. La notable
realización de Guillermo Armas y
Alberto Ísola, forma parte del conjunto
arquitectónico presentado a UNESCO
para ser declarado Patrimonio
de la Humanidad.
(Foto Comisión del Patrimonio).
Fue en 1929, que Guillemo Armas O’Shanahan, asociado con su colega Alberto Ísola, construyó el Palacio Rinaldi, en el inicio de la avenida 18 de Julio, en la acera norte que enfrenta a la Plaza Independencia. El geometrismo de su fachada, el dibujo diverso de sus balcones, los elementos decorativos en los ángulos superiores, lo instalan de manera decidida en la estética Art Déco. Todas sus líneas sugieren una sensación ascendente al observador, al punto que en primera mirada parece mucho más alto de lo que es en realidad. Sus creadores, seguramente buscaron que no quedara desairado ante la presencia cercana del que fuera por algún tiempo el edificio de cemento más alto de América Latina: el Palacio Salvo.
El Art Déco está presente en cada rincón montevideano. Con una influencia tan poderosa, que sus edificios más característicos fueron presentados ante la UNESCO para ingresar a la Lista Indicativa del Patrimonio Mundial.

Cuando Armas O’Shanahan comenzó a proyectar, con su colega Rafael Ruano, la reconstrucción de la fachada y  reforma del interior de la Iglesia Matriz, supo que no era una obra más. Entre ambos hubo cientos de horas de investigación de los antecedentes del templo inaugurado el 21 de octubre de 1804, según proyecto del ingeniero portugués José Custodio de Saá y Faría y dirección de obra del madrileño José del Pozo y Marquy. Pero, lo que llamó la atención al arquitecto canario, fue la lista de obreros que participaron en la construcción original, entre tantos, los maestros albañiles, Pedro de Almeida y José Durán, y el maestro carpintero José de León. Los tres nacidos en Santa Cruz de Tenerife, los tres arribados en el navío San Martín, en la segunda colonización montevideana, de 1729.
La mayor remodelación de la Matriz fue iniciada en 1941 y duró más de veinte años. La fachada fue renovada, respetando su estilo original, con la sabia dirección de Ruano. Las bóvedas y la cúpula central, y también la Capilla del Santísimo, fueron recuperadas por Armas O’Shanahan. Para el famoso urbanista fue un desafío cumplido: devolverle su antigua plenitud a la mayor obra arquitectónica del Montevideo colonial. Pero también fue un homenaje a la memoria de sus padres: el empresario lanzaroteño Esteban Armas Curbelo y  Teresa O´Shanahan. Tan canarios como los olvidados artesanos que dejaron señas de su identidad en las paredes de un símbolo de la ciudad que ellos fundaron.

domingo, 8 de julio de 2012

Del Parque Múnich al Parque Oriental

Nostalgias cerveceras en la Suiza de América


El ingreso al Parque estaba ubicado en 
Burgues y el bulevar Artigas, en el 
actual edificio del Ministerio de 
Ganadería, Agricultura y Pesca.  Sus 
portones de hierro a los costados
tenían bancos recubiertos 
con mayólicas cuadriculadas. 
(Foto Archivo FNC)
Una crónica del matutino La Mañana describe la inauguración de un espacio industrial y comercial único en la historia económica del país. Fue el 21 de diciembre de 1926, cuando la Sociedad Anónima Cervecería Oriental comenzó a funcionar en un predio de 30.000 metros cuadrados, equivalentes a cuatro manzanas limitadas por el camino Burgues, el bulevar Artigas, Espinillo, que ya existía, y un callejón luego transformado en la calle Andrés Cheveste. Por más de tres décadas, la antigua quinta de Agustín Carbonell, referencia geográfica del barrio Atahualpa, fue un sitio familiar que convocaba a los uruguayos de todo el país. El punto de encuentro era un clásico de la Suiza de América, en una esquina inexistente: Burgues y Asencio.

Sobre la base del Capítulo 2 del libro Historia de la cerveza en Uruguay (Koi Books-FNC, Montevideo, Diciembre 2011).

Al principio fue el Parque Múnich, también conocido como Recreo, concebido por iniciativa del emprendedor Numa Pesquera, líder de la agroindustria nacional  de principios del siglo pasado, propietario de la Granja Melilla y los Almacenes Libertad. Para concretar el proyecto, su nueva empresa adquirió la quinta Carbonell, también llamada de los Alemanes. La antigua propiedad fue transformada en el más innovador complejo productivo de la región, diseñado por los ingenieros alemanes H. y G Keller, dos reconocidos expertos en infraestructura cervecera que trabajaron con su colega uruguayo Juan Tarragó.
Aviso de la Cervecería Oriental que
muestra su planta industrial de
"Burgues y Asencio", y una botella
de su "Rubia" más memorable .
(Revista del Centro de Hoteles,
Restaurantes, Confiterías, Cafés
y Afines, Abril 1933).
El gerente de la firma, Francisco Graffigna, le contó al vespertino El Plata, poco antes de la inauguración, como estaban organizada la planta. “La residencia original de don Agustín Carbonell, fue adaptada para su utilización como oficinas administrativas, y las caballerizas ahora serán garajes y talleres mecánicos”, explicaba el vocero. En la celebración de apertura estuvo presente Luis Alberto de Herrera, presidente del Consejo Nacional de Administración, además de Manuel V. Rodríguez, secretario del gobierno colegiado y Carlos María Prando, ministro de  Instrucción Pública.
En el camino Burgues quedaba el frente de la cervecería, a la que se accedía por una calle interna que finalizaba en una explanada. A la derecha estaba la Administración, y a la izquierda se encontraba la fábrica de cerveza y hielo equipada con la más avanzada tecnología alemana, suiza y estadounidense. El complejo productivo continuaba en dirección oeste, hacia los fondos que limitaban con el bulevar Artigas. A ambos lados de un amplio corredor al aire libre, estaban ubicadas las secciones: Frío, Tonelería, Botellería, Mecánica, Herrería, Tornería, Carpintería, Atracadero, Comercialización.
La planta de la Cervecería Oriental,
y su Parque Múnich, fueron inaugurados
en 1926 con la presencia de Luis Alberto 
de Herrera, presidente del Consejo 
Nacional de Administración, órgano 
colegiado del gobierno uruguayo.
(Foto Archivo FNC)
El Parque Múnich y su colega el Palacio de la Cerveza, de la calle Yatay, eran dos sitios de reunión familiar. Se abría al público a fines de noviembre todos los días, a partir de las seis de la tarde, y se cerraba antes de la medianoche. Durante las fiestas, mucha gente iba a celebrar la Nochebuena y Fin de Año, fechas especiales donde cerraba un poco más tarde.
La entrada estaba ubicada en la esquina de Burgues y el bulevar Artigas, en el actual edificio del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca. Se ingresaba a través de portones de hierro grandes que afuera, a los costados, tenía bancos recubiertos de baldosas cuadriculadas muy pequeñas. Era un gran patio al aire libre limitado por un callejón que hoy es la calle Guardia Oriental, que en aquel entonces no estaba abierta, con fondos sobre Andrés Cheveste y Espinillo.
El Pabellón de la Música era el escenario
donde se presentaban las orquestas en
las fiestas populares del Parque Múnich.
(Foto Archivo FNC, circa 1940)
El camino estaba bordeado por enormes cubos de mayólica alemana donde predominaba el color verde, verde esmeralda, con unos arabescos bellísimos y en cada uno de ellos estaban plantados arbustos y árboles,  autóctonos y exóticos, que también se distribuían en el parque. El camino terminaba en la glorieta que actualmente se conserva, que aquellos montevideanos llamaban “de los novios” o “de los enamorados”. Tenía rosales y plantas con flores y unos bancos donde se sentaban las parejas, que rodeaban una fuente con arena donde jugaban los niños.
Frente a la glorieta estaba el Pabellón  de la Música, con sus columnas recubiertas de azulejos, y una escalera por donde las orquestas subían al escenario. Una cancha de bochas techada atraía a muchos vecinos que concurrían asiduamente, y unos sapos grandes de hierro con bocas grandes donde los jóvenes tiraban fichas para embocar.
Área de Carga y Descarga de la
Cervecería Oriental, en la planta
de la calle Burgues (circa 1930).
El parque estaba cubierto de árboles, con predominancia de olivos, de los cuales todavía subsisten algunos en las calles Cheveste y García Peña. Allí se ubicaban mesas redondas de hierro con sillas plegables, también metálicas. Se vendía cerveza y malta, pizza, fainá, fiambre, y pollos al espiedo, pero sólo era obligatorio consumir las bebidas de la empresa; el público podía llevar la comida. Al fondo estaba el horno para pizza y fainá.
La residencia del gerente estaba donde ahora se encuentra la administración del Colegio Poveda, al lado de las oficinas administrativas; también había una cancha de bowling, en el mismo sitio del gimnasio liceal. Los muros altos de ladrillo que se ven por detrás de las casas de la calle Guardia Oriental y el bulevar Artigas, eran parte de un galpón antiguo donde se guardaban mesas, sillas y banco.
El espacio del antiguo Parque Oriental es
ocupado por la Plaza Pedro Poveda, que
conserva parte de la biodiversidad
original. Al fondo se mantiene en pie
la histórica chimenea de la Cervecería.
En 1940, el Parque Munich cambió su nombre por el de Oriental, luego que el gobierno uruguayo rompió relaciones con la Alemania nazi e ingresó formalmente en la Segunda Guerra Mundial. Aunque la dirección ejecutiva de la empresa nacional, por entonces todos sus técnicos eran austríacos y alemanes, que fueron despedidos y sustituidos por cerveceros de otras nacionalidades: ingleses, franceses, argentinos. Luego de cierre de la Cervecería Oriental y su parque, en 1953, las instalaciones industriales pasaron a propiedad de las Fábricas Nacionales de Cerveza.

Vista de la Oriental en 1926.
Numa Pesquera fue un filántropo reconocido, que en el parque de la cervecería construyó una policlínica gratuita, dirigida por el médico Juan González Tafernaberry, que en 1927 atendió 3.883 consultas públicas y 1.878 de de sus empleados.

Rubia, Morocha, Negra
Las mujeres bebían  en
vasos anchos con las
iniciales de la marca
Doble Uruguaya. Para

ellas, la rubia y malta.
Eran los productos estelares de Cervecería Oriental, equivalentes a Pilsen, Vienna y Stout. “La Rubia, para disfrutar el verano. La Morocha, compañera del otoño. La Negra, pasión para el invierno.” Así decía un aviso publicado en el diario  El Plata, del 25 de setiembre de 1930. También era muy promocionado el Extracto de Malta, que recomendaba el prestigioso médico Juan Bautista Morelli por sus “ricas vitaminas”.  La empresa importaba la marca británica Bulldog, vendida en porrones de barro.

En la cervecería se podía comprar hielo y levadura, además de la cerveza en botella, en porrón o barril, todo repartido en carros tirados por caballos y pequeños camiones. 

Chanchito
Chancho era una
cerveza negra,
con mucho cuerpo,
que se dejó de
 elaborar en 1968.
Era una atracción cervecera del Parque Munich. Una cerveza negra que en esa época era recomendada para las embarazadas, que venía en porrón de cerámica que la gente luego utilizaba para calentarse los pies en invierno. A los porrones se los encontraba además en los jardines, porque los usaban como borde de cantero enterrados boca abajo.

La fábrica Oriental producía más de 100.000 kilos de hielo por día.

Nostalgias
“Mi padre trabajaba en el Palacio de la Cerveza de Yatay, pero los grandes banquetes de la empresa se hacían acá, en el parque Munich. Una vez al año había una fiesta en honor del Centro de Almaceneros minoristas.  Me acuerdo que mi madre llevaba todo para cocinar allí, porque había una barbacoa muy amplia, cerca de la calle Cheveste, con techo de  teja, de como 30 metros de largo por 20 de ancho. Allí hacíamos los pollos al spiedo. Nos juntábamos siempre con parientes, vecinos y amigos. Mi madre era la cocinera, mi padre el maître, yo el mozo, y siempre había algún fotógrafo amigo.”    
Juan Manuel Rodríguez, vecinos del barrio Atahualpa, hijo de un obrero de Cervecería Oriental.

Los hombres tomaban en jarra y las mujeres en vasos anchos que tenían grabados las iniciales de la cervecería. Ellas consumían la Rubia y malta.

Palacio de la Cerveza, un patrimonio montevideano que UNESCO pretende para la Humanidad

El glorioso sabor Art Déco
Alberto Castillo, el popular cantor argentino,
era un artista exclusivo de Doble Uruguaya,
que en 1956 animó memorables fiestas
de carnaval transmitidas por Radio Carve.

(Archivo FNC)
Fue construido en 1928, para Cervecerías del Uruguay, que cuatro años después lo traspasó a Fábricas Nacionales de Cervezas. Es un  claro ejemplo de la arquitectura Art Déco que forma parte de un conjunto de edificios propuesto por el gobierno uruguayo a UNESCO para ingresar a la Lista Indicativa del Patrimonio Cultural de la Humanidad. Más de medio siglo antes, allí había sido fundada la Nueva Popular, del pionero Conrado Niding, que después fue la Nueva Popular a Vapor de Eduardo Richling, quien le dio un formato similar al de su tiempo de esplendor. Fue el escenario de veladas memorables, con intérpretes de la talla de Carlos Gardel, Julio Sosa, Francisco Canaro, Juan D’Arienzo, Aníbal Troilo, Leopoldo Federico, Pintín Castellanos, y el emblemático cantor goense: Carlitos Roldán. Fue el punto de reunión de asambleas gremiales, políticas y culturales que definieron la personalidad del país.

Sobre la base del Capítulo 2 del libro Historia de la Cerveza en Uruguay (FNC-Koi Books, Montevideo, diciembre de 2011).

—El amplio espacio de la calle Yatay fue elegido en 1874 Conrado Niding, pionero de la cervecería uruguaya, pero recién trece años después adquirió el carácter de emblema comercial que le entregó otro innovador: el austriaco Eduardo Richling. Una transformación memorable, relatada por el cronista Esteban Wonner, en su Guía Industrial de Montevideo, edición 1888.
“Es un establecimiento modelo del cual yo no tenía la más remota idea, siendo verdaderamente digno de ser visitado.
Lámparas y luces del Palacio de la Cerveza
son obras de la ornamentación Art Déco.
(Archivo FNC)
Allí hay una herrería, carpintería, tonelería para el establecimiento; una caballeriza para 60 caballos; grandes depósitos  para cebada; cuatro graneros en donde he visto centenares de barricas llenas de malta traída del extranjero; cajones de lúpulo, también importado; bolsas de cebada del país. Posee dos motores á vapor, uno de fuerza de 22 caballos, otro de 23 y tres calderas, de las cuales dos trabajan continuamente y la otra es de reserva. Entre las tres, el establecimiento posee 70 caballos de fuerza; grandes salones para los peones, comedores dos magníficos”, informaba Wonner. 
“Hay algo más, dos magníficos  salones para el despacho á menudeo, jardines, patios con árboles y glorietas; en ellos se dan, cada sábado, espléndidos conciertos musicales por la banda de artillería”, evocaba el periodista en artículo sobre una visita a Richling.
Un espacio artístico en la
calle Yatay, barrio Goes,
utilizado como locación audiovisual.
(Archivo IM)
—La fábrica ocupaba 8.945 varas cuadradas, una medida utilizada en la época, equivalente a 6.610 metros cuadrados. Estaba situada en la Aguada, cerca de la antigua plaza de frutos, luego plaza Sarandí, de las Carretas, el mismo espacio donde se construyó el Palacio Legislativo.
—Por entonces tenía tres frentes: a la calle Yatay Nº 8 y Nº 14, a Reducto Nº 21 y a Uruguayana Nº 97. “La fábrica trabaja durante los doce meses del año, pero desde Setiembre á Febrero más que en los otros seis meses pudiendo dar un producto de 2.500.000 litros”, aseguraba Wonner, quien en sus cálculos realizaba una suma desigual: 1.500.000 de litros de cerveza más 1.000.000 de litros de hielo.
Testimonio gráfico del Recreo La Popular,
que durante décadas estuvo abierto en el
mismo predio del Palacio de la Cerveza.

(Archivo FNC)
Por todas estas condiciones no es de extrañar si en ciertos días de verano haya despachado 10.000 chopps á seis centésimos cada uno. Hay que agregar  que en 1888 la fábrica ha tenido un aumento de producción  de 90% sobre el año anterior, en los cuatro meses de primavera. El establecimiento de Richling, lo digo con mayor seguridad, es el mejor de las ocho fábricas existentes en esta ciudad y toda la república”, concluyó Wonner en su informe.
Por Yatay, el alemán von Rikling (sic) atendía su cervecería. El mozo que lo ayudaba era una copia exacta del viejito amistoso, cachetes rosados y barba blanca, que durante un tiempo fue el afiche del feliz bebedor de cerveza. Con los años el negocio también se transformó  en la Primera Fábrica de Cerveza a Vapor La Popular, que después amplió su local, atendiendo por Marcelino Sosa. Allí se  servían  los mejores chopps de la época”, señalaba Juan Carlos Patrón, abogado, dramaturgo  y cronista del barrio Goes. 
Aviso de prensa de la década de 1920
que promocionaba a la cervecería y
su gran palacio de la calle Yatay.

(Archivo FNC)
—Un personaje del sitio fue el médico y filántropo Alfredo Vidal y Fuentes, infatigable consumidor de la bebida, que entre jarra y jarra atendía a los pacientes que iban a verlo a su mesa. Un diálogo de aquellas consultas fue recogido por el atento Patrón: 
—Don Alfredo, tengo una tos que no me deja dormir —le dijo alguien, alguna vez.
—Alquitrán Guyot, m’hijo —fue la respuesta del galeno, mientras le pregunta a otro:
—¿A vos que te pasa?
—No sé doctor, me mareo y bajé tres kilos.
—Vení mañana al consultorio, m’hijo, y no te preocupes por los remedios, que van por mi cuenta. ¡Que pase el qué sigue!
—Vidal y Fuentes  no era un médico común. Fue un admirado científico y un notable político, que transformó su mesa de La Popular en una institución social aprobada por su amigo Richling, quien además se vio beneficiado por la popularidad que le entregaba la beneficencia.  No importaba si el paciente iba a consumir, si era pobre, Vidal y Fuentes lo atendía y Richling lo ayudaba.
—Un personaje de aquel tiempo fue Wihelm Sommer, un descendiente germano nacido en Paysandú, cuya barba fue reproducida  en  los carteles y las jarras de la Nueva Popular a Vapor.
—La imagen del “Viejo” de la Popular fue una tradición luego continuada por la Cervecería Uruguaya, la Nacional, la Montevideana, y desde 1932 por Fábricas Nacionales de Cervezas, que la reprodujo en etiquetas, ceniceros, almanaques, abanicos de propaganda y hasta las listas de precio.
Fachada del antiguo Palacio de la Cerveza, emblema
de la arquitectura Art Déco en Montevideo.
(Archivo Canal 10)
—En la primera mitad del siglo pasado, el Palacio de la Cerveza fue un sitio de reunión social, de festejos memorables y conciertos dominicales, siempre acompañados por líquido producido en el establecimiento. Durante décadas era el punto de reunión para los memorables aperitivos cerveceros del Club Alemán. En 1935 fue sede del Sínodo Evangélico del Plata, una reunión de comunidades religiosas protestantes de origen anglosajón. Una concentración que llamó la atención de los montevideanos, por su convocatoria multitudinaria y por la insólita cantidad de cerveza bebida por los pastores.
—En la década de 1960 fue adquirido por la Institución Atlética Sud América, un histórico club de fútbol de la cercana Villa Muñoz que invirtió la fortuna obtenida en el pase de su jugador Alcides Cacho Silveira. Por años fue sede de los bailes más concurridos de la ciudad, hasta su venta a particulares, a fines del siglo pasado.
—En 2009 el gobierno uruguayo propuso el ingreso de la arquitectura Art Déco de Montevideo, a la Lista Indicativa del Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. Un ejemplo fundamental de este conjunto urbanístico y artístico es el Palacio de la Cerveza. A fines de setiembre de ese mismo año, el emblemático monumento arquitectónico fue visitado por especialistas del organismo internacional dedicado a las ciencias y la cultura, que le reconocieron un elevado valor patrimonial, similar al de sus pares: Palacio Rinaldi, Palacio Díaz, Palacio Lapido, Edificio Tapié, Confitería Americana, Jockey Club, Edificio Lux, Edificio Parma, Edifico El Mátil.


Aviso de Doble Uruguaya inspirado en
retrato del legendario Wihelm Sommer
servido por el más recordado mozo
del Palacio de la Cerveza.

(Archivo FNC)
—La firma argentina Oscar Kropff fue autora de la maqueta original de la Cervecería Popular, construida en 1887.

Art Déco
Vino desde París, en la década de 1920, a raíz de la transmisión de nuevos valores culturales, nuevas ideologías artísticas, nuevas necesidades sociales, nacionales y mundiales. Esta corriente se tradujo en garitas policiales, estaciones de servicio, salas de cine o edificios que en ese entonces se llamaban ‘para renta’. Otro camino fueron obras ‘para consumo’, en las cuales se comercializaban productos novedosos, como el Palacio de la Cerveza, o las confiterías, lugares donde se iba a tomar el té."
Mariano Arana, Andrés Mazzini, Cecilia Ponte, Salvador Schelotto, en el ensayo Arquitectura y diseño Art Déco en el Uruguay, Facultad de Arquitectura, Montevideo, 1999.

El Palacio de la Cerveza, realizado por Juan M. Delgado entre 1926 y 1927, tenía su puerta de ingreso por Yatay 1421.

Primera chopera del Palacio de
la Cerveza, inaugurada a fines
de la década de 1880.

Ejemplar único
"De la misma forma que el Art Nouveau es un símbolo de Buenos Aires, el Art Déco marca la personalidad de Montevideo. También existen buenos ejemplares de este estilo en otras ciudades de América Latina, pero en ningún lado con la abundancia y la calidad que tenemos aquí, con un emblema inigualable: el Palacio de la Cerveza.”
Mariano Arana, arquitecto, urbanista, ex-intendente de Montevideo.

—El popular edificio fue un símbolo del negocio cervecero de mediados del siglo pasado. Los consumidores debían comprar los productos de la fábrica, pero podían llevar su comida.

Lámparas y luces
—“La arquitectura Art Déco en Uruguay se puede dividir en diferentes corrientes. Una está vinculada a la tradición que se caracteriza por la utilización de elementos de ornamentación convencionales generalmente recargados, evitando los elementos decorativos historicistas. Es el caso de las lámparas y las luces del Palacio de la Cerveza.”
Juan Pedro Margenat, arquitecto y docente uruguayo, autor del libro Arquitectura Art Déco en Montevideo, asesor técnico de la Convención del Patrimonio Mundial de UNESCO.

1939
—“Fue el año de inolvidables actuaciones del maestro Pintín Castellanos, en el Palacio de la Cerveza, cuando su orquesta típica contaba con el primer violinista Alfredo Gobbi, y con el vocalista Eduardo Ruiz, luego sustituido por Enrique Campos. Lo suyo fue lo rítmico, la percusión, por eso su vena creadora abundó en milongas y candombes, que convocaban a multitudes a los salones del edificio de la calle Yatay.”
Juan Carlos Patrón, memorialista del barrio Goes.

—El Art Déco está presente en cada rincón montevideano, con una influencia tan poderosa que sus edificios más característicos fueron presentados ante la UNESCO para ingresar a la Lista Indicativa del Patrimonio Mundial.

Palacio Díaz, 18 de Julio y Ejido.
Montevideo, el carácter Art Déco
—Si Buenos Aires es la capital americana del Art Nouveau, la mayoría de los barrios de la capital uruguaya lo son de otro estilo nacido a mediados de la década de 1920: el Art Déco. —La ciudad mantiene un tórrido romance con la corriente que comenzó a proyectarse desde Paris al mundo. Brotó muy bien entre los montevideanos, mejor que las vanguardias puras, que dieron algunas obras significativas y nada más. Multiplicó su presencia en los edificios del Centro, fue por casi dos décadas el toque de distinción característico en las residencias con pretensión moderna, delineó el perfil de las garitas policiales, refugios de playas que abundaron en la rambla costera y las estaciones de nafta, decoró cervecerías y cafés, salones de baile y cines.
—Un notable exponente es el Palacio Rinaldi, creado en 1929 por los arquitectos Guillermo Armas y Albero Ísola. Está ubicado en la acera norte de la avenida 18 de Julio que enfrenta a la Plaza Independencia. El geometrismo de su fachada, el dibujo diverso de sus balcones, los elementos decorativos en los ángulos superiores, lo instalan de manera decidida en la estética Art Déco.
—Todas sus líneas sugieren una sensación ascendente al observador, al punto que en primera mirada parece mucho más alto de lo que es en realidad. Sus creadores, seguramente buscaron que no quedara desairado al estar tan cerca del edificio más alto de América del Sur por entonces. De los mismos autores es el Edificio Lux, majestuosa referencia del barrio Parque Rodó, un caso de Art Déco tardío, erigido en la década de 1930 en la proa de la calles Constituyente y José Enrique Rodó.
Edificio El Mástil un ejemplo de Art Déco
náutico creado por los arquitectos Gonzalo
Vázquez Barriére y Rafael Ruano, que
desde de la década de 1930 corona la
esquina de la avenida Brasil y Juan Benito 
Blanco, a metros de la rambla de Pocitos.
—No menos relevante fue el aporte de los arquitectos Gonzalo Vázquez Barriére y Rafael Ruano. De ellos es la idea del Palacio Díaz, ubicado en 18 de Julio y Ejido, a pocos metros del Palacio Municipal, y un símbolo del Art Déco náutico: el edificio El Mástil, que corona la esquina de Avenida Brasil y Juan Benito Blanco, a pocos metros de la rambla de Pocitos. Fue una obra de mediados de la década de 1930 cambió la fisonomía del barrio y de la costa montevideana, hasta ese momento de casas bajas y mansiones de veraneo de escala doméstica.
—Hay otros ejemplos destacables. Palacio Lapido, de 18 de Julio y Río Branco, Palacio Tapié, de Constituyente y Santiago de Chile; el Edificio Parma, que perdura como un elegante núcleo de apartamentos en el barrio Cordón, a la altura de la avenida 18 de Julio 1645 y el Palacio Piria, de Treinta y Tres, entre Sarandí y Buenos Aires, que con su fachada discontinua y su ambición decorativa es un referente de la Ciudad Vieja.
—El Art Déco está presente en cada rincón montevideano. Con una influencia tan poderosa, que sus edificios más característicos fueron presentados ante la UNESCO para ingresar a la Lista Indicativa del Patrimonio Mundial.

 ¿Es o no es?
"En nuestro país mucha gente ha opinado sobre el Art Déco sin la suficiente formación. Se han publicado trabajos en que se nombra como Art Déco cosas que no lo son. En primer lugar, las fronteras entre el Art Déco y el náutico pueden ser muy variables, muy permeables. Por ejemplo el edificio El Mástil (1935) en Avenida Brasil y Benito Blanco, realizado por Gonzalo Vázquez Barriere, lo incluí tanto en el libro sobre Art Déco como en el de arquitectura náutica. La característica más importante que define al Art Déco es la presencia de elementos decorativos en la superficie. Puede haber una carga mayor o menor, pero no confundamos las cosas: el Yacht Club (1935) en el Puerto del Buceo, de Luis Crespi y Jorge Herrán, no tiene ningún elemento decorativo superpuesto. El Planeta Palace Hotel (1939) de Atlántida, de Natalio Michelizzi, no tiene ningún elemento decorativo. Entonces es un grueso error considerarlos Art Déco. Son náuticos. Las construcciones náuticas configuran un campo propio, la cantidad y calidad de las obras justifican abordarlo como un tema único, como un tema en sí mismo. De ahí que hago esa diferenciación." 
Juan Pedro Margenat, entrevista de El País Cultural, Nº 1068, 21 de mayo de 2010, Montevideo, Uruguay.

—El Art Déco brotó en la capital uruguaya con más fuerza que las vanguardias puras. Multiplicó su presencia en los edificios del Centro, fue por casi dos décadas el toque de distinción característico en las residencias con pretensión moderna, delineó el perfil de las garitas policiales, refugios de playas que abundaron en la rambla costera y las estaciones de nafta, decoró cervecerías y cafés, salones de baile y cines.

Guillermo Armas O’Shanahan
El Palacio Rinaldi es una obra maestra del
Art Déco montevideano que desafía a su
gigantesco vecino: el Salvo. La notable
realización de Guillermo Armas 
O’Shanahan
Alberto Ísola forma parte del conjunto
arquitectónico presentado a UNESCO
para ser declarado Patrimonio
de la Humanidad.
(Comisión del Patrimonio de la Nación).








—El arquitecto de prestigio internacional fue pionero del Art Déco en el Río de la Plata, muy poco después que el novedoso estilo se conociera en la Exposición de Artes Decorativas de París de 1925.
—Desde ese momento, la Ciudad Vieja, el Centro, y también los barrios montevideanos, vieron crecer aquellos edificios de rectas insinuantes matizadas por curvas, de paredes lisas alivianadas con pinceladas decorativas: era lo “moderno” sin llegar a extremos. 
—Guillemo Armas O’Shanahan, asociado con su colega Alberto Ísola, en 1929 construyó el Palacio Rinaldi, en el inicio de la avenida 18 de Julio, en la acera norte que enfrenta a la Plaza Independencia. El geometrismo de su fachada, el dibujo diverso de sus balcones, los elementos decorativos en los ángulos superiores, lo instalan de manera decidida en la estética Art Déco.
—Todas sus líneas sugieren una sensación ascendente al observador, al punto que en primera mirada parece mucho más alto de lo que es en realidad. Sus creadores, seguramente buscaron que no quedara desairado ante la presencia cercana del que fuera por algún tiempo el edificio de cemento más alto de América Latina: el Palacio Salvo.
Edificio Lux, de Constituyente y Rodó.
—Cuando Armas O’Shanahan comenzó a proyectar, con su colega Rafael Ruano, la reconstrucción de la fachada y  reforma del interior de la Iglesia Matriz, supo que no era una obra más. Entre ambos hubo cientos de horas de investigación de los antecedentes del templo inaugurado el 21 de octubre de 1804, según proyecto del ingeniero portugués José Custodio de Saá y Faría y dirección de obra del madrileño José del Pozo y Marquy.
—Lo que llamó la atención al arquitecto canario fue la lista de obreros que participaron en la construcción original, entre tantos, los maestros albañiles, Pedro de Almeida y José Durán, y el maestro carpintero José de León. Los tres nacidos en Santa Cruz de Tenerife, los tres arribados en el navío San Martín, en la segunda colonización montevideana, de 1729.
—La mayor remodelación de la Matriz fue iniciada en 1941 y duró más de veinte años. La fachada fue renovada, respetando su estilo original, con la sabia dirección de Ruano. Las bóvedas y la cúpula central, y también la Capilla del Santísimo, fueron recuperadas por Armas O’Shanahan. Para el famoso urbanista fue un desafío cumplido: devolverle su antigua plenitud a la mayor obra arquitectónica del Montevideo colonial. También fue un homenaje a la memoria de sus padres: el empresario lanzaroteño Esteban Armas Curbelo y Teresa O´Shanahan. Tan canarios como los olvidados artesanos que dejaron señas de su identidad en las paredes de un símbolo de la ciudad que ellos fundaron.

Torre de los Homenajes
—Fue una idea del arquitecto uruguayo Juan Antonio Scasso, concebida como un esbelto tributo Art Déco a los campeones olímpicos de fútbol (Colombes 1924 y Ámsterdam 1928), muchos de ellos campeones mundiales en 1930.
—Se eleva a cien metros de altura, en el centro de la tribuna Olímpica del Estadio Centenario, como un ejemplo original de la corriente francesa que también se nutre del expresionismo arquitectónico nacional inspirado en las corrientes alemanas de su tiempo.
—De noche se la divisa desde muy lejos, realzada por grandes reflectores que la muestran tal cual es: monumental. Inspira tanto respeto, que en su parte alta se iza la bandera uruguaya cada vez que un acontecimiento conmueve al país.
—Posee un mirador al que se puede llegar en ascensor o subiendo sesenta escalones; desde allí se ve casi todo Montevideo: el puerto, las playas, el mar, el Cerro y muchas barriadas. Es imposible pensar en el fútbol uruguayo sin su Estadio, tanto, como es imposible pensar en el Estadio sin su Torre de los Homenajes.

El arquitecto Juan Antonio Scasso presentado
su proyecto de Estadio Centenario, en 1928.
(Museo del Fútbol de la AUF)
Juan Antonio Scasso
—Nacido en Montevideo en 1892, recibido en 1916, a los 23 años, fue Medalla de Oro de la primera promoción de egresados de la Facultad de Arquitectura creada a partir de la de Matemáticas.
—Viajó a Europa becado por el Ministerio de Relaciones Exteriores, para completar sus estudios, regresó en 1920 como arquitecto de la Intendencia de Montevideo y catedrático de Trazado de Ciudades y Arquitectura Paisajista de su Facultad. Al año siguiente construyó el Estadio de Pocitos del Club Atlético Peñarol y la Pista Ofical de Atletismo del Parque Batlle.
—A los 37 años, cuando era director de Paseos Públicos de Montevideo, fue proyectista, director de obras del Estadio Centenario y creador de la Torre de los Homenajes, en colaboración con los arquitectos José H. Domato y Pedro Danner y el dibujante Cayetano Magliano.
—Scasso integró el equipo ganador del Concurso Internacional para el Plan Regulador de la ciudad argentina de Mendoza, con su compatriota y notable colega Mauricio Cravotto, mientras era subdirector del Instituto de Teoría de la Arquitectura y Urbanismo.
—Otras realizaciones: Escuelas Experimentales de Malvín y de Las Piedras; Hotel Municipal del Lago, en el Parque Rivera; Hotel Miramar, actual Escuela Naval de Carrasco; los restaurantes Tajamar de Carrasco y El Retiro del Parque Rodó. El célebre arquitecto, reconocido en todo el mundo, falleció en 1975, a los 83 años.