jueves, 24 de abril de 2014

La Cueva de Gabo

Crónicas de un bar y tertulia de Barranquilla

Gabo mirando por la Escotilla de La Cueva, 2007.
(Fundación La Cueva)
Es un espacio repleto de objetos que evocan a Gabriel García Márquez y a su “mafia” barranquillera, una irrepetible tertulia a la que siempre reconoció como guía intelectual de su obra, y donde celebraba sus ceremonias gastronómicas con arroz de lisa, sancocho de guandú, arepas, y su plato preferido: mojarra frita con patacones y arroz con coco, bien acompañado por un delicioso patillazo.

Sobre la base del artículo publicado en el semanario Brecha (Montevideo, 25/4/2014).

“Colega, te contaré algo pa’ que entiendas lo que La Cueva fue pa’ Gabito. Recién había recibido el Premio Nobel, cuando desde el hotel oficial llamó a Germán (Vargas Cantillo) pa’que juntara a la ‘mafia’ que había viajado a Estocolmo. A la noche siguiente, estaban reunidos en otro hotel: Alfonso (Fuenmayor), Germán, con sus mujeres,  Tita, la viuda de Álvaro (Cepeda Samudio), él y Mercedes. Se la pasaron recordando los tiempos del Grupo de Barranquilla, en especial a los que no estaban con ellos: al Catalán (Ramón Vynes), a Figurita (Orlando Rivera), a José Félix (Fuenmayor), hermano de Alfonso, al propio Cepedita, y a su adorado Alejandro (Obregón) que se había quedado en Cartagena. Fue aquella noche que comentó algo que dejó a sus amigos sin palabras: ‘Aunque de todos modos hubiera sido escritor, porque es mi vocación, la etapa más importante de mi vida la que pasé con ustedes. Sin Barranquilla, no sería Premio Nobel’. Una confesión secreta, que Gabo reveló al público muchos años después.”
Heriberto Fiorillo, periodista, escritor, presidente de la Fundación La Cueva, bien avanzada la noche del sábado el 15 de junio de 2013.

Restaurante La Cueva, en Calle 59,
Carrera 43, Esquina, Barranquilla.
(Fundación La Cueva)
El más célebre bar, restaurante y espacio cultural de Colombia fue abierto en 1954, en la esquina de las calles Victoria y 20 de Julio, en el límite entre los tradicionales barrios Boston y El Recreo, donde hoy tiene su sede la Fundación La Cueva. En Barranquilla es tan popular como el Estadio Metropolitano (“el hogar de la selección”), el Bar La Troja, Patrimonio Musical de Colombia, donde se baila salsa todos los días, el legendario Castillo Salgar, símbolo histórico del Caribe barranquillero, la catedral María Reina, con su estilo modernista único en el mundo, y casi tanto como el río Magdalena, que le entrega a la capital del norteño departamento del Atlántico su carácter de Distrito Especial, Industrial y Portuario. 
“Es la cuna intelectual de Gabriel, donde concibió La Hojarasca, su primera novela, que escribió entera en Barranquilla luego de pasar un domingo de carnaval en Aracataca, con Doña Luisa, su mamá. Allí se reunía con sus compañeros del diario El Heraldo y del semanario Crónica, y con escritores avezados quienes sabiamente supieron guiarlo por el complejo camino entre la literatura y el periodismo. Gabriel solía decir que en las tertulias de La Cueva comprendió que sus cuentos juveniles eran apenas elaboraciones intelectuales, que nada tenían que ver con la mágica realidad que narró después, afirma el arquitecto Carlos Bell Lemus, docente universitario, investigador del patrimonio urbano de su ciudad y guía experto, siempre dispuesto a compartir su conocimiento en más de una recorrida por la “Puerta de Oro de Colombia”, también conocida como “La Arenosa” o “Curramba”, nombre que le daban los barranquilleros que se radicaban en Bogotá.

Comedor del restaurante con sus obras de arte.
(Fundación La Cueva)
Su hermano, el historiador Gustavo Bell, primer gobernador del Atlántico por voto popular (1992-1994), vicepresidente de Colombia en el período de Andrés Pastrana (1998-2002), actual embajador colombiano en La Habana, fue un amigo muy cercano y biógrafo espontáneo de Gabo. “La Cueva es mucho más que un bar o un restaurante, es un símbolo de la literatura colombiana e iberoamericana, por Gabriel, pero también por los intelectuales barranquilleros y no barranquilleros de la ‘mafia’, que le aconsejaron leer los escritores que alimentaron su obra.”
“Mafia” era una forma entrañable que García Márquez utilizaba para llamar a sus compañeros del Grupo de Barranquilla, una tertulia creada en 1940 en la Librería Mundo, de Jorge Rondón Hederich, donde se discutía hasta la media tarde, y en las mesas del cercano Café Colombia, donde amanecían deliberando sobre literatura, música, teatro, cine, pintura y sobre el destino político y económico del país. “Eran tiempos de la República Liberal (1930-1946), del surgimiento de un sentimiento colombianista, luego que se tomó real conciencia de la perdida de Panamá. Aquella necesidad de una expresión nacional se puede ver claramente en la arquitectura, y también en el periodismo y las letras”, afirma Carlos Bell.
El bar y tertuliadero en la década de 1960.
(Fundación La Cueva)
Hasta principios de la década de 1950 el Grupo de Barranquilla publicó el semanario Crónica, del que García Márquez era jefe de redacción. “Fue un hecho fundamental, pues constituye el aporte manifiesto del colectivo de intelectuales al acervo cultural de la ciudad, el testimonio irrefutable de su labor y existencia y, en últimas, lo que hace digno al grupo de llamarse como tal.”
Con el paso de los años y las tendencias, los tertulianos recorrieron otros bares, el Japy, el Americano, el Roma, el Tercer Hombre, hasta que se apropiaron de La Cueva, un comercio de copas de Eduardo Vilá Fuenmayor, primo de José Félix y Alfonso. “Aquellos sitios, donde se fortalecieron las raíces de nuestra cultura caribe, forman parte de una mitología fundacional.
La Cueva es la única presencia material que aún persiste de una etapa gloriosa, quizá, por su personalidad original, quizá, porque se trata de un híbrido que combina sabiamente al restaurante, bar, museo, sala de video, teatro. Su gestión está basada en un menú gastronómico que es la gran herramienta de sustentabilidad económica. Muchos turistas, muchos viajeros, llegan para probar los mismos platos que disfrutaba Gabo, reconoce Gustavo Bell, quien impulsó su declaración como Bien Cultural de la Nación, la máxima protección patrimonial otorgada por el Ministerio de Cultura de Colombia.
Al borde de la terraza.
(Fundación La Cueva)
La Cueva cerró en 1969, cuando Eduardo Vilá no pudo continuar con su tarea de mediador entre tertulianos. El Grupo se instaló en La Tiendecita, a la que Gabo llamaba “el último refugio", otra leyenda gastronómica y cultural de Barranquilla donde también se sirven platos típicos del Atlántico. Pero ya no fue lo mismo. El fundador, Ramón Vynes, había regresado a Cataluña, donde murió en 1952. Álvaro Cepeda falleció en 1972, luego de haber renovado la narrativa de su país. Alejandro Obregón, el gran pintor colombiano del siglo XX, se fue a Cartagena de Indias, donde vivió hasta 1992. Del grupo original, en Barranquilla sólo quedaron Alfonso Fuenmayor y Germán Vargas,  hasta sus muertes en 1994. Gabo, admirado en el mundo, se había mudado a Barcelona, y luego compartió su vida con Mercedes, entre México, La Habana y Cartagena.
Personajes del Grupo de Barranquilla,
siempre prontos para salir en una foto.
(Fundación La Cueva) 
La Fundación La Cueva fue creada en 2002, y el restaurante reabierto en 2004, como institución gastronómica y cultural, por iniciativa del periodista Heriberto Fiorillo. Su nuevo local,  ubicado en “Calle 59, Carrera 43, Esquina”, está repleto de fotografías, cuadros y reproducciones en tamaño y formato real que describen a sus tertulianos célebres, el más presente, Gabriel García Márquez.
En el piso de la terraza sobresalen las pisadas de un elefante, en bronce, cubiertas de cristal, que evocan la noche cuando Eduardo Vilá no le abrió a un Alejandro Obregón pasado de copas. La leyenda cuenta que el pintor contrató al domador de un circo para que uno de sus elefantes rompiera la puerta, y luego bebieron hasta el amanecer.
En la parte alta de la pared, al fondo de la barra, hay un mural de Obregón: La mujer de mis sueños. A la izquierda de la obra perduran los vestigios de dos tiros de otro parroquiano,  Totó Movilla, enojado por una broma del artista que siempre se negó a restaurar el cuadro, porque “los agujeros blancos forman parte”.
Biblioteca de los hermanos Alfonso
y José Félix Fuenmayor.
(Fundación La Cueva)
En una de las esquinas exteriores se ubica el mural Aguacero de plátanos, del panameño nacionalizado colombiano Enrique Grau. Una lluvia de frutas y pájaros negros volando, excepto uno, que posa sobre un caimán que sale de la tela en forma de escultura. Una escena repleta de amarillos, que recuerda una historia contada por Grau. “Una vez, cuando dormía la siesta en una hamaca noté que algo me hacía cosquillas en la mano. Desperté y vi a una babilla (lagarto) amarrada.”
En la pared del comedor se exponen pinturas de Juan Antonio Roda, Noé León, Orlando Rivera, dentro del amplio espacio que alberga la biblioteca de los hermanos José Félix y Alfonso Fuenmayor. En un clima estético, donde la gastronomía patrimonial es fuente de creatividad plástica, literaria, sobresale una escotilla de barco, a la que el visitante puede asomarse para conocer una historia repetida en tres cuentos del Grupo: El ahogado que nos traía caracoles.
Cien años de soledad está presente en el relato museográfico, con un llamativo elemento visual: el arcón de hielo. “Observarlo en el entorno de La Cueva, es una experiencia única. Es un homenaje a uno de los tesoros más valiosos de la tierra caliente de Macondo. Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía recordaba aquella tarde remota en la que su padre lo llevo a conocer el hielo”, cuenta Heriberto Fiorillo, mientras acaricia el baúl iluminado por la imaginación de Gabriel García Márquez. Su admirado Gabito, un apodo de la Guajira, de quien preserva objetos e historias de Barranquilla.

Heriberto Fiorillo.
(Fundación La Cueva)
Colombia cultural
-“A las mesas del Grupo de Barranquilla también se sentaban Adalberto Reyes, Bernardo Restrepo Maya, Miguel Camacho Carbonell, Néstor Madrid Malo, Rafael Marriaga, Carlos de la Espriella y tiempo después Gabito García Márquez. Era una actividad febril, que  atrajo a varias de las personalidades del medio artístico e intelectual colombiano: Fernando Botero, Rafael Escalona, Consuelo Araújo, Plinio Apuleyo Mendoza, Próspero Morales Pradilla y Antonio Roda. En la década de 1950 era el eje de la pintura y la literatura nacional. Otros asistentes a las reuniones fueron los pintores Cecilia Porras, Héctor Rojas Herazo y Enrique Grau; Nereo López, Luis Vicens, Noé León, Juan Antonio Roda, Luciano Jaramillo, Ricardo González Ripio, Marta Traba, Bernardo Restrepo Malla, Ángel Loockhartt, el cineasta Luis Ernesto Arocha, Roberto Prieto, Julio Mario Santo Domingo, Alfonso Melo, Juancho Jinete, el fotógrafo Enrique Scopell, Roberto Prieto Sánchez, el Totó Movilla, Feliza Burzstyn, el poeta Armando Bustamante, José Consuegra Higgins, Meira Delmar, Armando Barrameda Morán, Juan B. Fernández  y el economista y periodista Jorge Child Velez.”
-“Era un grupo de ron, de conversación, de arte, de periodismo y de literatura. Y sobre todo un grupo para el que la amistad, esa entrega cómplice que posibilita todo lo anterior, fue siempre una prioridad de su existencia.”
Heriberto Fiorillo en su libro La Cueva: Crónica del Grupo de Barranquilla, 2002.

Gabo con tres amigos de su 
"mafia", arriba a la derecha:
Alejandro Obregón.
(Fundación La Cueva)
Hermano menor
-“Yo fui el último del Grupo, por ejemplo, en diferenciar con claridad el periodismo de la literatura porque cuando llegué a Barranquilla sólo llevaba literatura y fueron ellos los que me hicieron ver la diferencia entre ambos oficios. Una de las más serias y válidas críticas que me hacían era que yo no marcaba esa diferencia. Que mi periodismo era muy literario. ¿Y cuándo vas a separar las dos cosas?, me decían.”
-“Como yo era el menor me convertí un poco en el hermano que había que sacar adelante. Ellos fueron decisivos en mi formación intelectual, orientaron mis lecturas, me ayudaron, me prestaron libros y, como amigos, a pesar de todas las circunstancias de mi vida, siguen siendo los mejores.”
“Cuando trabajaba en Crónica, el semanario, teníamos que cerrar edición a las doce de la noche y a veces calculábamos mal la cantidad de material y nos faltaban dos páginas. En dos o tres ocasiones, me senté a escribir el relleno de esas páginas y no se me ocurrió escribir un artículo periodístico, sino literario. Era mucho más fácil para mí. Por eso en una sola noche escribí La noche de los alcaravanes, De cómo Natanael hace una visita y La mujer que llegaba a las seis.”
-“Amigos son los que uno quiere como son, y los míos son Álvaro, Alfonso, Germán... Los he escogido porque, primero, tienen una buena formación literaria; segundo, porque poseen muy buen criterio y, lo más importante de todo: que de verdad verdad, me dicen lo que piensan, así sea lo más doloroso.”
Evocaciones de Gabo a la periodista colombiana María Teresa Herrán, 1983.

Gabo en tertulia de la década de 1950.
(Fundación La Cueva)
Barranquilla más que Macondo
-“El mundo literario de Gabo está señalado por Barranquilla. Macondo fue su dimensión local, el anecdotario de su niñez que luego se llamó Realismo Mágico, pero cuando vino a vivir al puerto adquirió un saber universal, conoció la peripecia de tantos y tantos inmigrantes, árabes, judíos, turcos, de todos los rincones de Europa, porque su Barranquilla era una Babel sobre la que se construyó la Colombia laica y republicana.”
Jaime Abello, periodista barranquillero, director de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, con sede en Cartagena de Indias.

El pintor Alejandro Obregón,
repleto de ron.
(Fundación La Cueva)
De almacén a tertuliadero
-“Hacia 1954, en la esquina de Boston y Recreo funcionaba la tienda El Vaivén, de Eduardo Vilá. En una visita al local, Álvaro Cepeda y Alfonso Fuenmayor  analizaron las posibilidades etílicas del lugar y convencieron a su propietario de rematar y hasta tirar a la calle toda la existencia de comestibles, ropas y otros productos de ultramarinos, para convertirla en un bar.”
-“La Cueva nació y se formó cuando Alejandro Obregón estaba a punto de regresar a Europa y Gabito se acababa de ir a Bogotá. Ramón Vynes había muerto dos años atrás en Barcelona y José Felix Fuenmayor se había retirado a su finca en Galapa. Así que el alma de este tertuliadero y bebedero eran Alfonso, Álvaro, Germán Vargas y Enrique Scopell, que en 1958 se trasladaría a Miami.”

La pintora Cecilia Porras, rodeada
por sus contertulios de Barranquilla.
(Fundación La Cueva)
Barra
-“Si uno mira las fotos de la antigua Cueva, la barra original quedaba del otro lado. Aquella fue fabricada con los tablones que encontraron a mano y armada según el diseño de Alejandro Obregón, recién llegado de España, donde se había ido de tapas casi todas las noches. Si desea verlas sigue ahí, en las fotos de la pared. La nueva, concebida para la penumbra cómplice, es más cómoda y elegante. Pensada para el deleite del visitante.”
Heriberto Fiorillo, presidente de Fundación La Cueva.

Ellas no
A la Cueva no iban las “señoras”, lo que dio lugar a toda clase de comentarios y leyendas, en parte ciertas, a las que seguramente se les sumó el toque de fantasía del Caribe. Las únicas mujeres que osaron entrar al bar fueron las artistas que formaron parte del Grupo de Barranquilla: Cecilia Porras y Feliza Bursztyn.