martes, 27 de diciembre de 2011

José Gurvich (1927-1974), pintor, escultor, ceramista, gestor de la cultura judía en Uruguay

Cosecharás la siembra

José Gurvich, c. 1970.
(Fundación Gurvich)
Nacido un 5 de enero invernal, en la aldea lituana de Jieznas, fue hijo de Jacobo Gurvich y Jaie Galperas. Aquella era una familia judía perseguida por el hambre y la discriminación en los años previos a la Segunda Guerra Mundial. Arribado a Montevideo a fines de 1932, él y su hermana Myriam fueron dos niños inmigrantes que estudiaron en la escuela Chile, símbolo educativo del Barrio Sur. De esa época se conservan cuadernos que demuestran una innata capacidad para ilustrar sus trabajos. Juvenil aficionado al violín –“para los judíos es un instrumento cultural, como el tamboril para los uruguayos”, decía–, su primer maestro de pintura fue José Cúneo, y en 1945 ingresó al Taller Torres García, al principio como alumno reconocido por el maestro y luego como profesor. En 1954 se fue a Europa con sus amigos Manuel Aguiar y Antonio Pezzino, y así conoció la obra de El Bosco, Pieter Brueghel, Marc Chagall. Con la ilusión de vivir en el Estado de Israel, al año siguiente se radicó en el kibutz Ramot Menasche. Allí fue pastor de ovejas, una tarea que le permitía dibujar y pintar, y que inspiró pequeñas esculturas sobre la vida colectiva en la granja. Retornó al país en 1967, para participar en la Exposición de la Comisión Nacional de Bellas Artes, que le daría un inesperado reconocimiento. Poco después viajó nuevamente a Israel, Europa y a su destino definitivo: Estados Unidos. Falleció el 24 de junio de 1974, por un sorpresivo ataque cardíaco, mientras pintaba una Sucot, la alegre fiesta judía de la cosecha.

Sobre la base del fascículo Nº 1 de la serie Paseos que enseñan (El País, junio de 2008) realizado por Trocadero Gabinete DDiseño. Concepto visual y diseño: Alejandro Sequeira. Imágenes: Museo Gurvich. Contenido actualizado en noviembre de 2015.

Yusky montando un juguete
constructivo y universal,
todavía en Jieznas.
(Fundación Gurvich)
Josesito, Yuski
–¿Cómo se llama su hijo, señor? –preguntó la maestra de la escuela Chile al padre del niño de seis años recién cumplidos, a principios de 1933.
–Zusmanas Gurvicius –respondió el lituano que vivía con su familia en un estudio de dos piezas, en Julio Herrera y Obes e Isla de Flores.
–¿Y usted cómo se llama? –solicitó poco después la docente que recibía la inscripción del escolar.
–Jacobo Gurvich –aclaró el inmigrante de profesión peluquero.
–Entonces, señor, su hijo también es Gurvich, porque aquí, en Uruguay, padres e hijos llevan el mismo apellido –dijo la maestra, de profunda convicción vareliana, con tono respetuoso y didáctico.
Este diálogo recrea una experiencia inolvidable para el pequeño que se sintió igual a sus compañeros, muchos de ellos sus amigos por siempre. Desde ese momento fue José Gurvich, o Yuski, que quiere decir Josecito en lituano.
Una anécdota que el genial artista contaba con emoción, cuando explicaba por qué se sentía un uruguayo nacido en Lituania.

José Gurvich en el Taller Torres García,
parado detrás del maestro, c. 1948.

(Fundación Gurvich). 

De Joaquín Torres García a José Gurvich
Por la calle Sarandí
La corta distancia, de apenas seis cuadras, que une los museos que preservan sus vidas y sus obras es infinita comparada con su entrañable relación. 
Es imaginable verlos juntos por la hoy peatonal, yendo hasta la calle Ituzaingó, frente a la Plaza Matriz, para quedarse allí o para seguir a otros sitios de la Ciudad Vieja, en busca de inspiración ciudadana. Sin sospechar que en ese espacio vital, tan querido por ellos, hoy se prolongan sus memorias. Un recorrido entre el Museo Torres  García y el Museo Gurvich es una experiencia que permite conocer dos estilos de pintura muy ligados entre sí pero también muy distintos. El Universalismo Constructivo está presente en toda la obra del alumno.
(Fundación Gurvich)
Torres García fue decisivo para Gurvich, como líder del arte uruguayo y latinoamericano de la segunda mitad del siglo pasado. Y lo sigue siendo. Su energía avasallante, sus formas contagiosas y sus colores primarios, apasionaban a quienes lo adoraban, pero también a quienes lo resistían. El maestro creó una línea divisoria fundamental en el arte nacional: hay un antes y un después de él. Los barrios, los rincones montevideanos, las fábricas, los edificios, los barcos, están presentes en su obra, que se define como universal pero que es netamente uruguaya. Fue un pintor de Montevideo. Obras como el Monumento Cósmico o los murales del hospital Saint Bois dan cuenta de ello. También fue un maestro memorable.
Desde la creación de su Taller Torres García, en 1942, narró, explicó y enseñó. Contagió su entusiasmo a miles de jóvenes, fueran artistas plásticos o no. Como dijo Alfredo Testoni, fotógrafo del TTG: “No solo enseñaba a pintar, también formaba a hombres integrales, austeros, con mística; yo diría, con actitud religiosa frente a la obra”.
Hombre astral, 1966.
(Fundación Gurvich)
Torres García murió en agosto de 1949, pero el taller continuó funcionando gracias a la dedicación de sus alumnos. Sus discípulos lo siguieron con una admiración que está reflejada en cada tela, en cada mural, en cada escultura: Augusto y Horacio, sus hijos; Julio Alpuy, Edgardo Ribeiro, Francisco Matto Vilaró, Dumas Oroño, Jorge Damiani, Elsa Andrada, Andrés Moscovich, Antonio Pezzino, Gonzalo Fonseca, entre otros. Y José Gurvich.

De Ituzaingó a Saran
Fueron dos de las calles de su vida y de su memoria. A una casona de la Ciudad Vieja se mudó la familia desde el Barrio Sur, cuando él todavía era adolescente. La vivienda y comercio, donde atendía el peluquero Jacobo, su padre, queda en Ituzaingó y 25 de Mayo. Viviendo allí recibió la primera influencia técnica de Torres García, pero, más que ello, sus creencias artísticas, profundamente inmateriales. José Gurvich se interesó por los edificios montevideanos y su cartelería: El Diario, El Día, jabón Bao, gloriosos nombres de otra época, que se transformaron en protagonistas de sus obras.
Homenaje al Kibutz
Ramot Menashce, 1970.
En Europa conoció la obra de tres artistas que cambiarían su concepto estético por segunda vez: El Bosco, Pieter Brueghel y Marc Chagall. En 1955 Gurvich viajó a Israel. Allí vivió en el kibutz Ramot Menasche. Fue pastor, una tarea que le permitía dibujar y pintar y que inspiró pequeñas esculturas sobre lo cotidiano en esa granja colectiva. En sus cuadros se ven muchas ovejas y burritos, con los que trabajó en la experiencia comunitaria. Los burritos siempre llevan alforjas, porque servían para recuperar las ovejas perdidas. Hay temas bíblicos, las doce tribus de Israel, la persecución en Egipto, la diáspora, el Shabat, la maestra con cara de gallina, pero también hay signos católicos, la cruz cerca de la estrella de David, el yin y el yan chino. Porque era un judío multicultural. Era parte de su experiencia, tanto que el pastor representado es él mismo, aunque fuera del otro lado del mundo.

"Mi padre fue un gran divulgador de su Universalismo Constructivo de Torres García, para luego llegar a una madurez plástica en la que construyó su propio lenguaje."
Martín Gurvich.

Figurativo, casi siempre
"Abstracto por breves períodos, ligado a la religión judía en la persistencia de símbolos religiosos que alternan y se confunden o intercambian con los símbolos de artistas que admiró y perduraron en una suerte de sincretismo estético. Porque para Gurvich remontarse hacia el pasado no significó anclar en el arte precolombino como la mayoría de sus colegas del taller torresgarciano, aunque quedaron los temas (el puerto, los cafés, las naturalezas muertas, la pareja universal) sino una inmersión en la religión judía enhebrada con la experiencia vital de la infancia en su país natal y de las repetidas estadías en Israel.
(Fundación Gurvich)
Se apartó del sistema ortogonal del constructivismo para introducir la espiral en la composición, estableciendo un curioso diálogo de formas abstractas y orgánicas con representaciones figurativas no naturalistas, hasta internarse en una narrativa de corte onírico, poblada de sueños y ansiedades, incursionado con espontaneidad en los meandros del arte tribal primitivo y contagiándose de las propuestas de las vanguardias que rodeaban en Nueva York, hasta zafarse de todo lo experimental y encontrar, al fin, en el erotismo liberador, la casa del ser, como diría Heidegger, puesta de manifiesto en las magníficas cerámicas últimas y los monumentos de plaza. La muerte truncó esa voluntad heroica de encontrase a sí mismo.”
Nelson Di Maggio, "Dos enfoques disímiles sobre Gurvich", artículo publicado en el diario La República, 17 de mayo de 2010. 

¡Siga por ahí!
José Gurvich está ubicado en la
tercera fila, detrás de Torres García
(Gentileza de Joaquín Ragni)
.
Su entrañable relación con Torres García estuvo marcada por la cordialidad del maestro y el respeto del alumno. Cuentan que Gurvich le mostró sus primeros cuadros con mucha vergüenza. Pero Torres lo alentaba.
–Amigo, ¡en arte no hay que tener vergüenza!, ¡en arte hay que mostrar todo! –le aconsejó una tarde al joven artista que se mantuvo en respetuoso silencio.
–¡A ver, a ver ese cuadrito que está escondiendo! ¿Sabe que es interesante? ¡Siga por ahí, siga por ahí! –al maestro le gustaba su trabajo y jamás lo disimulaba.
–¿Qué es eso de ir por ahí? –solía preguntarse Gurvich, de regreso en su casa. “Por ahí fue y este es el resultado, lo que estamos viendo”, aseguraba Totó Añorga, viuda del artista, en 2003 al periodista Daniel Rovira Alhers, rodeada del invalorable legado del artista.

Lituania querida
Nació una noche que para nosotros es la víspera de los Reyes Magos, en medio de una tormenta de nieve, en la aldea lituana de Jieznas, Yezna o Yezne en yiddish. Sus padres vivían humildemente en ese pequeño país del noreste de Europa en plena crisis económica, social y política. Gurvich registró sus recuerdos originales en Escritos, y pintó cuadros basados en fotos de la familia en Lituania.

(Fundación Gurvich)
Obrero del arte
Jacobo, su padre, emigró a Uruguay en 1932, como la mayoría de sus paisanos, huyendo de la miseria y la persecución. A fines de ese año trajo a su esposa e hijos a vivir al Barrio Sur, donde ganó prestigio como muy buen peluquero. José comenzó a trabajar, en 1940, en la fábrica Montag, de impermeables y artículos de goma, mientras hace esculturas y relieves en yeso, con el disgusto de su madre. Gurvich siempre se consideró un “obrero del arte”.

De aquí para allá
Joaquín Torres García lo invitó a incorporarse a su taller en 1945, un hecho decisivo en su vida. Desde ese entonces hasta el cierre oficial del grupo, participó en todas sus actividades: publicaciones, exposiciones, murales, enseñanza. Otro episodio relevante fue la emigración de su hermana Myriam, en 1948, al recién creado Estado de Israel con otros miembros de la Hatzomer Hatzair. Ellos fundaron el kibutz Ramot Menasche, cerca del puerto de Haifa.

La Creación.
(Fundación Gurvich)
El que mira
En 1954 viajó con Manuel Aguiar y Antonio Pezzino, para encontrarse con otros compañeros del Taller Torres García que visitaban museos de España, Francia e Italia. Al año siguiente realizó un mural para el comedor público del kibutz Ramot Menasche, que lo integró a su vida cotidiana. Su trabajo allí era el de pastor, que en hebreo es roe, “el que mira”.

Cerro abierto
Yuski y Totó en su espacio familiar
y creativo de la rambla del Cerro.
(Fundación Gurvich)
En 1956 regresó a Montevideo para participar en exposiciones del Taller Torres García y en actividades de la Escuela del Sur. El 18 de agosto de 1960 se casó con Julia Helena Añorga. El cierre del TTG fue anunciado en abril de 1962, en un recordado artículo del diario El País. Al año siguiente nació su hijo Martín, mientras se mudaba a una casa del Cerro donde abrió dos talleres en la calle Polonia: uno de cerámicas y otro de pintura.

Hombre Universal
cerámica, 
42 x 6,5 x 16

centímetros, 1967.
(Fundación Gurvich)
Cosecharás la siembra
Tras la muerte de su padre, en abril de 1970, viajó a Israel, y de allí a Nueva York, donde se integró al grupo del TTG y otros autores latinoamericanos. El golpe de la muerte de su madre, en 1972, lo decidió a quedarse en Estados Unidos, para trabajar en el pequeño taller del subsuelo de un apartamento. En un atardecer del 24 de junio de 1974 su vida se extinguió súbitamente, a los 47 años, cuando tenía tantos cuadros sin terminar. Falleció mientras pintaba una Sucot, la alegre fiesta judía de la cosecha.

Pequeñas imágenes para disfrutar en familia
Cerámicas vivas
Abejita en rayas, cerámica,
19 x 1 x 13,5 cmts, 1968.
(Fundación Gurvich)
Cuando José Gurvich vivía en el Cerro, pintaba, creaba, daba clases. Muchas veces recibía como pago baldes de barro que sus discípulos recogían en la orilla del arroyo Pantanoso. Con aquella materia prima en apariencia pobre realizaba sus cerámicas. Eran pequeñas esculturas para su disfrute personal, para su familia y sus amigos. Más que una expresión artística era una forma de relacionarse en su casa, aunque alguna vez vendió en Italia su producción de jueguitos de café, pintados con pequeños pinceles de pelo de marta. La preservación de buena parte de su cerámica se debe a la iniciativa de sus alumnos, que  hornearon 200 piezas que había dejado moldeadas cuando viajó a Nueva York. El Hombre Universal, la cultura judía, el mundo cósmico, son algunos temas que disfrutaba transformando la arcilla. “El barro es el primer material creado por la inteligencia humana por el dominio sobre los cuatro elementos: aire, tierra, agua y fuego”,  afirmaba el filósofo alemán Oswald Spengler  al describir el valor cultural del ladrillo. “Si José solo hubiese hecho cerámica, también sería una obra notable”, opina Silvia Listur, ex-directora ejecutiva del Museo Gurvich.

“Gurvich arma una base y empieza a agregarle cositas y cositas; construye un universo. Me lo imagino viviendo lo que hacía [...]”
Julia Totó Añorga

El mural que resistió a la dictadura
En la década de 1960 el pintor se propuso “invadir” los muros de Montevideo con sus murales, uno muy original fue colocado en la sucursal del Cerro de la Caja de Pensiones de la Industria Frigorífica, un lugar frecuentado por vecinos del barrio, en su mayoría obreros. El retablo de casi 20 metros de largo, realizado con paneles de madera de 2,90 por 1,60 cada uno, narra historias de trabajadores solidarios, con el lenguaje y el estilo de Gurvich.
(Fundación Gurvich)
En la década de 1970 un coronel de la dictadura dio la orden de destruirlo, por tratarse de arte "subversivo, pero el subalterno encargado, un capitán que no realizó la tarea. En 1985, tras el retorno de la democracia, el mural que se salvó de la eliminación fue encontrado en un depósito del Banco de Previsión Social. Recuperado por iniciativa del director Rodolfo Saldain, fue ubicado en el hall central del edificio de ATYR, en la peatonal Sarandí casi Ituzaingó, frente a la Plaza Matriz.
En la sesión del 9 de mayo de 2013, el directorio del BPS resolvió cederlo al Museo Gurvich. “Esta obra, patrimonio de nuestra institución, donado por el artista a trabajadores del Cerro, hallará en el museo un lugar de mejor y mayor exhibición, contribución que nos enorgullece”, dice la resolución del BPS.
 
 Hombre constructivo, 1968.
(Fundación Gurvich)
¡Esto es un pintor!
José Gurvich era un violinista aficionado que en 1944 tomaba clases con el prestigioso maestro David Julber. Allí conoció a Horacio Torres Piña, hijo menor de Joaquín Torres García, que quedó encantado con su talento musical y con sus pinturas. Al año siguiente ingresaba al Taller donde recibió las primeras lecciones de Universalismo Constructivo. Torres García acostumbraba ordenar diez o quince días de trabajo, para que los alumnos pintaran sobre cartones que luego debían mostrar a sus compañeros. Cuando Gurvich expuso sus pinturas, el maestro las contempló un buen rato, llamó a su segundo hijo, Augusto, y le comentó: “Esto es un pintor”.        

“Las imágenes que pinto son representadas de adentro hacia afuera, contemplándolas,  identificándome, viviéndolas.”
José Gurvich

MÁS LECTURA
Gurvich, viaje por los tiempos judíos. Alicia Haber, Fundación José Gurvich, 2011.
José Gurvich: Murales, esculturas y objetos. José Gurvich: Un canto a la vida. José Gurvich: El mundo íntimo del artista. Gurvich escultor. Alicia Haber, Fundación José Gurvich, Fundación Buquebús del Uruguay y Centro Borges de Buenos Aires.
Yuski con Totó Añorga y su hijo Martín.
Julia falleció el 23 de julio de 2011.
(Fundación Gurvich)
Gurvich. Murales, esculturas y objetos. Fundación José Gurvich, 2003.
Proximidades, testimonios sobre José Gurvich. Daniel Rovira Alhers, Fundación Gurvich, 2003.
Historia de la Pintura Uruguaya. Tomo II. Gabriel Peluffo Linari. Banda Oriental, 1999.
Artes Visuales del Uruguay. De la piedra a la computadora. Ángel Kalemberg, Testoni Studio Ediciones, 2001.

GALERÍA Museo Virtual de Artes El País (MUVA)
Sala 4 del Museo Gurvich
http://muva.elpais.com.uy/esp/planta_baja/sala4/index.html
Sala 5 del Museo Gurvich
http://muva.elpais.com.uy/esp/planta_baja/sala5/index.html

“La vida de José Gurvich tiene tantos colores como su maravillosa paleta.”
Gerardo Caetano

(Fundación Gurvich)







Cuero constructivo
Además del tradicional lienzo o cartón, el artista plasmó su imaginación sobre materiales inusuales como maderas, yesos y huesos. El artista inmortalizó, también, el cuero de oveja que reproducimos en esta página, que se encuentra en el Museo Gurvich.

"Aquí yace un judío común, podría haber sido un epitafio para José Gurvich, igual al que eligió el escritor Scholem Aleijem para el suyo."
Julio Sapolinik, en la presentación del libro Gurvich. Viajes por el tiempo judío.

Museo Gurvich
Fue creado en 2005, por iniciativa de Julia Totó Añorga, viuda del artista, en colaboración con su hijo Martín, presidente de la Fundación Gurvich. Su objetivo es preservar, difundir y compartir con la comunidad, la vida y la obra del artista uruguayo de origen lituano. El 25 de noviembre de 2015 fueá inaugurada oficialmente su nueva sede, en la peatonal Sarandí 522-524, entre Ituzaingó y Treinta y Tres. Su anterior domicilio estuvo en el Edificio Constitución, en la calle Ituzaingó, al lado de la Catedral de Montevideo.
El Museo Gurvich cuenta con Archivo, Biblioteca, Sala de Exposición, también allí funciona la Fundación Gurvich, creada en 2003 como una organización no gubernamental de interés público, patrocinada por el Ministerio de Educación y Cultura.
La exposición permanente se basa en la obra y documentación conservadas por Totó Añorga y en una investigación de la crítica Alicia Haber, sobre cinco líneas de trabajo: cerámicas, óleos, murales, objetos, dibujos en papel. Ente las 350 obras expuestas sobresale un retrato de Mozart que realizó a los trece años. En la sala que narra el "mundo íntimo del artista", se observan dibujos y bocetos de París, las tapas de la revista Removedor, medio escrito del Taller Torres García y cerca de allí, una reconstrucción del atelier de Gurvich con su caballete y sus pinceles. 
La Tienda del Museo, ubicada en un entrepiso frente a la Peatonal Sarandí, ofrece publicaciones, catálogos y libros sobre arte, artesanías de calidad, rompecabezas con reproducciones de obras importados de Europa y merchandising.

Visitas: lunes a viernes de 10 a 18 horas y los sábados de 11 a 15 horas. La entrada es gratuita para menores de 12 años. Los martes el ingreso es libre. Las visitas escolares ofrecen talleres de plástica, música y narración oral.

Mural pintado en 1963 para la sucursal Cerro de la Caja de Pensiones de la Industria Frigorífica, ahora ubicado en la
planta baja del Museo Gurvich.
Lorente y Giordano
El Museo Gurvich funciona en un edificio de la peatonal Sarandí cuyos valores arquitectónicos por décadas permanecieron ocultados por reformas de interés comercial. El proyecto que delineó el renovado espacio cultural fue compartido por Rafael Lorente Mourelle y Fernando Giordano. El primero es hijo de otro arquitecto, Rafael Lorente Escudero, discípulo de Joaquín Torres García, y él fue alumno de Jose Gurvich. “Nosotros aquí hicimos antropología constructiva. Descubrimos en esta casa datos que nos remontan a 1840. La propuesta nació de adentro y se hizo arquitectura desde la historia del local”, explica Lorente Escudero al artista plástico Linng Cardozo en el blog Retazo de los Cielos.
La puesta en valor del padrón de ocho metros de frente por 25 metros de fondo, permitió redescubrir sus cualidades originales: vigas, techos, paredes de ladrillos de 40 centímetros. En la planta baja sobresale el mural de la sucursal del Cerro de la Caja de Pensiones de la Industria Frigorífica. También ofrece cuatro niveles altos, dos de exhibición permanente y los dos superiores para exposiciones temporarias. El museo presenta dos puntos de luz que traviesan verticalmente su implantación, en el nivel superior se ubica un balcón que dialoga con la Peatonal Sarandí. En la recuperación de la nueva sede del Museo Gurvich fue invertido más de un millón de dolares, en poco más de un año de obras.


Espejo homenaje a Machado, 1958.
(Fundación Gurvich)
Museo Gurvich
Barrio: Ciudad Vieja
Calle: Peatonal Sarandí 522-524
Ciudad: Montevideo
Teléfono: 2915 7826
Email: museo@museogurvich.org
Fundadora: Julia Añorga de Gurvich
Director: Martín Gurvich (direccion@museogurvich.org)
Subdirector: Joaquín Ragni
(subdireccion@museogurvich.org)
Consejo de Administración
Martin Gurvich, Joaquín Ragni, Rafael Lorente, Mariano Arana.
Directora Financiera: Sylvia Barriola (direcfin@museogurvich.org)
Asistente Dirección / Tienda / Prensa:
María Noel Camacho (asis.direccion@museogurvich.org)
Administración: Marcel Loustau (administracion@museogurvich.org)
Biblioteca: Lila Verga Ipar (biblioteca@museogurvich.org)
Consejo Asesor: Wilfredo Penco, Mercedes Jauregui de Gattás, Alegre Sassón,. Julio María  Sanguinetti, Martín Cerruti, Enrique Cadenas, Jorge Stainfeld.

domingo, 25 de diciembre de 2011

Raúl Barbero, pionero de la radiofonía y la televisión uruguaya, escritor, publicista, cronista de dos siglos


Noches de radio, días de sueños


Raúl Barbero disfruta
contando historias al
lado de su biblioteca.
(Ignacio Naón, 2008)
Su magnífica biblioteca, con vista al bulevar Artigas, para él era un espacio íntimo, repleto de recuerdos viajeros, pequeñas esculturas y grandes reconocimientos al publicitario, periodista, locutor radial, libretista, que también es biógrafo y un charlista de nota. Entre libros ordenados por temas, prolijamente ubicados, solía contar un sinfín de anécdotas, algunas increíbles, que describen una vida señalada por la inteligencia, la creatividad y la innovación cultural. Nacido el 7 de noviembre de 1917, a los catorce años comenzó en la radiotelefonía con una audición infantil. En ese mismo programa cantó su primer tango: Confesión, de Armando Santos Discépolo y no tardó en ser admirado como Le Chansonnier Raúl.  Poco después, con la revista El circo aéreo, un gran suceso del momento, fue aclamado como galán-cantor. Con Julio Néstor Olivera escribió episodios y guiones para programas memorables: Crónicas de MontevideoEl Mariachi 45Curiosidades féminasSucedió una vezQuién es quién, entre tantos otros. También fue libretista de El teatro del sábadoEl viejito de la bolsa,  y de artistas de relieve internacional como Los Lecuona Cuban Boys o Jorge Negrete. Raúl Barbero fue comentarista de básquetbol y analista de fútbol para la BBC de Londres, y todavía es columnista del diario El País, con los seudónimos Pepe Vinacho Rebar. En 1952 inició su trabajo en Cruz Propaganda, donde fue organizador del Departamento de Radio. Tres años después fundaba Ímpetu Publicidad, con su entrañable compañero y amigo de todas las horas: Luis Caponi. Raúl Barbero falleció el 1 de diciembre de 2014.

Sobre la base de entrevistas realizadas para el libro Buen Alimento, Buena Vida, 30 años de Nestlé en Uruguay (Naón & Olveira, 2009), y con Alexis Jano Ros para el libro Publicistas, Historias y Memorias (Ediciones del Aprendiz, Montevideo, 2010).

Luis Caponi, cofundador de
Ímpetu Publicidad y amigo
entrañable de Barbero.
(Ignacio Naón, 2008)
Nací en la sede del Club de Toreros, de la calle Daymán, hoy Julio Herrera y Obes, entre Paysandú y Cerro Largo, que en realidad era la casa de mi abuelo, de profesión picador de toros. Se llamaba Club Guerrita en homenaje al famoso matador español. Tengo un recuerdo muy infantil del triunfo del fútbol olímpico de Colombes, en 1924. Cuatro años después escuché por radio aquel gol de Scarone, el Tuya Héctor; fue en la Casa Güelfi, donde vivimos la alegría del triunfo de Ámsterdam. Por entonces ya estaba Radio ParadizábalGeneral Electric y la Westinghouse que después fue Oriental. La información se transmitía por los altoparlantes de los diarios, El ImparcialEl PlataEl Día, que recibían noticias por vía telegráfica y que enseguida las daban al público que se agolpaba en las aceras.”
Mi abuelo se llamaba Manuel Curiel y Cortada, un inmigrante de Salamanca que vino al Uruguay alrededor de 1860. Fue un exitoso empresario de toros, que trajo cuadrillas muy importantes, de quien escuché una anécdota de Punterét, un famoso torero valenciano, que al parecer salió al ruedo con una gran depresión, por un desengaño amoroso, y en el intento de hacer algo impactante para el público, se arriesgó a una prueba suicida, que llamó La suerte de la silla. El hombre esperó al toro sentado y en el momento de levantarse se fue para atrás y el toro lo mató. Por ese incidente fue aprobada una ley que ordenaba la colocación de un émbolo de acero en las astas, para evitarle heridas al torero.  Mi abuelo estaba en las corridas de toros de la Unión, pero también en el Cerro hubo una plaza muy popular.  Después nos mudamos a Justicia 2010, en La Comercial, donde inicié una de las amistades más lindas de mi vida, con el querido Hugo Alfaro.”

Hugo Alfaro, amigo de la
infa
ncia y compañero
radial en el Mundial 1930.
Los niños relatores
El Mundial de Fútbol de 1930 fue trasmitido por CX6, la primera radio del SODRE, con la cobertura de Ignacio Rodríguez Riera y Emilio Elena, ambos presentes en los diez partidos disputados en el Estadio Centenario. Pero no fueron los únicos. En la memorable final ganada por los uruguayos a los argentinos, un frío 30 de julio, los afamados periodistas tuvieron una competencia de la que, quizá, nunca se enteraron. Dos jovencitos de trece años, que compartían una entrañable amistad y una pasión por el fútbol, realizaron una trasmisión que solo escucharon ellos y sus eventuales vecinos de la tribuna Olímpica. Uno era el relator, otro el comentarista, ambos con sus micrófonos imaginarios. Luego del partido, los precoces cronistas volvieron a La Comercial, su barrio, de la mano de sus padres. Aquellos pequeños soñadores, que jugaron a ser narradores de la gloria, luego fueron grandes hombres de la comunicación uruguaya. Hugo Alfaro y Raúl Barbero.

A los dos nos gustaba locamente el periodismo. Mire lo que son las cosas. Mi casa quedaba enfrente al Juzgado de Paz de la 19ª sección, en donde trabajaba Don Agustín Ciriaco Alfaro, el padre de Hugo. Íbamos juntos a las matiné del cine Concert, que quedaba al lado de mi escuela, la Perú, de 18’ y Joaquín Requena. Yo tenía una casa con un fondo amplio, y en un cuartito habíamos instalado nuestro estudio con un “micrófono” (se ríe). Hacíamos comentarios de fútbol, y además Hugo comentaba sobre jazz y yo sobre tango; pero en octubre de 1931 yo estaba pasando un momento de depresión, porque había fallecido mi madre hacía unos meses y me vi en la necesidad de trabajar y dejé la escuela en sexto año. Un día mi padre, que era funcionario de la Dirección de Impuestos Internos me contó que un compañero tenía una audición en El Espectador. Era un gran cantante aficionado Guillermo Millotconocido como El Mirlo, que quería incorporar un espacio infantil. Me lo propuso a mí, que tenía catorce años: debía contar cuentos, fábulas, poemas.”

Mi primer nombre radial fue El Pibe Raúl. Comencé con la audición un domingo, acompañado por los pianistas Teddy Lazcano y Pirulo Barthe, nombres que hoy nada dicen; pero Barthe fue letrista de Gacho Gris (tararea el tango mientras marca cada estrofa con la mano)."

  Gacho gris arrabalero
  Vos triunfaste como el tango
  Y escalaste desde el fango
  Toda la escala social…

"Todas las radios tenían por lo menos un pianista. Nosotros teníamos dos de primer nivel y El Mirlo cantaba con ellos algunas arias de ópera; pero la moda era la canción mexicana, por ejemplo el repertorio de José Mojica que fue previo al bolero: Quiéreme muchoTu sonrisa de cristalOh dulce misterio de la vida.  Con ellos estuve dos años, hasta que llegó la oportunidad de  El Circo Aéreo, un programa muy popular dirigido por el Capitán Acreimlan. Fue la primera revista musical que se hizo en radio, que me llevó a ser lo que en esa época se llamaba galán-cantor: Chansonnier Raúl (se ríe). Fueron ocho años, con presentaciones en el Teatro Solís y salas del interior; hasta que hice un paréntesis en 1940.
Mi actuación radial no se interrumpió, porque estaba conectado con la gente de la radio Águila, CX32, que estaba donde ahora queda el Hotel Lancaster. ¡Qué personalidades! Juan Carlos Patrón, Edmundo Bianchi, un gran poeta, y Pintín Castellanos, que hacía la dirección musical. Conseguí mi propio espacio con un canje. Necesitaba un sobretodo y un día aparecí con un negocio con Goes Palace: “la sastrería que a todos complace”. Un slogan que no era mío, pero que utilizaba porque tenía que hacer de todo; libretar, crear los avisos y hasta cantar. Me acompañaba Adolfo Mondino, un gran compositor de tangos muy famosos: Maula, Mía, El Foxtro, Parisina, entre muchas piezas más que le grabó Julio De Caro, con letra de Víctor Soliño."

  Parisina color de champagne
  Con tu risa feliz de mujer
  Se refleja en forma fiel
  la alegría y el placer
  Cuando pasas por el Boulevard
  con tu andar de emperatriz
  me parece que llevás en ti
  Todo el chick y sprit de París...”

Hugo
Diré modestamente, que los más creativos éramos el Cocho (Raúl Barbero) y yo. En el ´30 sacamos la revista Centenario Sport, el único periódico del mundo cuyo tiraje no pasaba de un ejemplar. Se explica: era manuscrita. El Cocho tenía una letra impecable, y hacía las cuatro carillas de cuaderno. Éramos un mini-tabloide, en parejos caracteres de imprenta y ningún borrón. Leíamos las crónicas que aparecían en El Día sobre los partidos de la Primera División y las reescribíamos sin que la palabra plagio nos rozara. También publicábamos avisos, sin conocimiento de los avisadores: la contratapa, por ejemplo, estaba generalmente destinada al de Untisal. Un señor en camisón, interrumpido el sueño a medianoche, se pasea de mala gana con un crío en brazos que no deja de llorar; al pie el texto tranquilizador: Untisal al pecho, remedio hecho. Yo lo había calcado de un diario. Pero ahí sí, el Cocho se opuso aduciendo razones de ética periodística. Tomó el original como modelo y lo hizo idéntico. Quedamos los dos con la conciencia en paz.”
Hugo Alfaro en Mi Mundo tal cual es, Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 1984.

En 1936 ingresé a la Universidad de la República, primero como mensajero y luego como administrativo. Dos años después asumía como rector Carlos Vaz Ferreira, que me propuso para la  secretaría del Instituto Cultural Uruguayo-Argentino, que se estaba por fundar. ¡Qué Universidad aquella! Don Raúl Montero Bustamante  era vicepresidente de Artes y Letras;  Clemente Estable, de Ciencias;  Alberto Zum Felde, estaba en la Secretaría de Interior; José Mora Otero era responsable de Exterior, antes de ser un destacado secretario general de la OEA. Con ellos estaban: Fernando Silva Valdez, Emilio Oribe, Roberto Levillier, que era el embajador argentino y presidente de honor; yo estaba muy cerca de Vaz Ferreira, que era el presidente ejecutivo.
Mis días eran muy movidos. De  mañana y de tarde, en la Universidad y de noche, en El Circo Aéreo, en la radio General Electric. En algún momento me di cuenta que a la gente de la Universidad le rechinaba un poco que yo cantara en radio. Un día me habló el secretario, Eduardo López Labandera y me sugirió que tenía una buena carrera y que el canto y la radio no eran tan compatibles. Y lo entendí. Me fui de la Universidad en el año 1956 siendo jefe de secretaría y secretario de actas del Consejo Universitario. Eran tiempos en que no había taquígrafos, ni grabaciones; se sudaba haciendo las actas.”

A fines de 1941 me enteré que iba a salir una nueva estación, ¡y no me aguanté! Era la Monumental, con la característica de CX44; una onda concedida a Don Julio Abassa, dueño de CX42 Fénix, que la arrendó a Alberto Rossello y José Parducci. Ellos me propusieron la Secretaría de Difusión y me metieron en una patriada. Era una radio juvenil que hizo así,  así (gira la mano mostrando la palma y lo repite). Venía gente de Argentina y el éxito de ese verano fueron Los Lecuona Cuban Boys. En la Monumental debutó la folklorista Diana Moreno, y pasaron, Washington Oreiro, Elida Acosta, Floreal Cavalleri y muchos otros que llenaban teatros; pero fue difícil mantener ese ritmo, y la radio se fue desflecando de a poco. Por entonces tenía una gran amistad con Julio Néstor Olivera, con quien escribíamos libretos para radio, y con Julio César Teysera, que hizo historia en CX36 Radio Centenario con su ciclo Estos son otros López; un exitoso programa sobre la vida cotidiana de una familia.”

Luis
Con Caponi teníamos una complementación muy grande. A él había que pararlo porque tenía una fuerza arrolladora. Esos perfiles tan diferentes nos daban mucha fuerza. Había anunciadores reposados, tranquilos que me decían: “no me venga con Caponi porque me vuelve loco” (se ríe a carcajadas). También había  clientes que le decían a Caponi: “no traigas a Barbero que le da mil vueltas a todos los temas, si será efectivo, si no será”. Teníamos dos hinchadas. Mi relación con Caponi fue mucho más que una sociedad. Es una relación de hermandad.”

Comencé en la publicidad, por un trabajo pensado para  Horacio Torrendel, un cliente de Cruz Propaganda, que me propuso para más armar el Departamento de Radio de esa agencia. Poco después hubo un hecho que me cambió la vida. Fue en una cena del restaurante Plaza, ubicado donde ahora se encuentra ahora el edificio Ciudadela, con motivo de una conferencia de José Grosero, sobre la producción de avisos para radio, dirigida a socios de la Asociación de Productores Publicitarios del Uruguay. En esa cena tomé contacto con Raúl Fontaina y Juan Enrique De Feo. A los pocos días Fontaina me pidió que escribiera un programa para CX16 Carve, producido por la agencia Massa y Cía. Se llamó Crónicas de Montevideo, e iba a las 20.15, tres veces por semana, con el elenco de Juan Casanovas, Violeta Ortiz, Luís Vega, Margot Vera y otros. Aquellos eran elencos brutales, que hicieron historia. Los relatores eran Julio Cabot, Américo Torres y Washington Belhot. Eran crónicas sin tiempo: desde las invasiones inglesas al asalto del Cambio Messina. El primer libreto que escribí contaba la apertura de una confitería en 1836, donde está hoy el Club Uruguay. El auspiciante era Academias Pitman. Hasta 1959, participé en el Teatro del Sábado, un lindo éxito auspiciado por las tiendas Introzzi. Llegué a escribir más de 200 libretos, sumados a lo hecho en otras audiciones: El viejito de la bolsa, ¿Quién es, quién es?Sucedió una vez.

Fue impresionante la influencia de aquella radio tan popular, en la publicidad. Hubo publicitarios que se volcaron a la radio de inmediato. Solo como ejemplo: la agencia Orbe, antecedente de Publicitaria Gallardo compró menciones y vendió a sus clientes. Así fue creciendo la relación. Había audiciones como el propio Circo Aéreo, Eduardo de Pauli y sus éxitos, como Caramelos surtidosMañanitas del campo, de Pucciano, con un éxito bárbaro, o Brochazos camperos, de Tito Serrano, que fue un éxito fenomenal.
El Circo Aéreo fue el principio histórico de los programas en episodios. Malmierca hizo una vez una obra que se llamó Quién mató a Charles Smith, en formato seriado, y luego comenzaron las compañías de radioteatro. Una de las primeras fue la de Concepción Olona, en CX20 Montecarlo: se reunían al lado del atril y parecían pulpos leyendo todos de un mismo libreto. Después se evolucionó al radioteatro con libretistas. ¡Ahí sí fue una explosión!
Fue cuando surgieron los elencos de fines de la década de 1930 y principios de 1940, como Acosta Cavalleri que estaba en CX30 y la llevamos radio Monumental. En 1942 estaba Blanca Bargueño, Chiquita Francis y un sinfín de elencos de episodios. Solo en Carve había 22 libretistas entre los que escribían guiones y continuidades: Wimpi, Silvia Guerrico, Tomás Valenzuela, Fulvio Nelson Magdalena, Ramiro Lacaste, Julio N. Olivera y yo, pero hubo muchos otros. La radio tenía programación limitada desde las diez de la mañana hasta la noche, con compañías dirigidas por Santiago Arrieta, con Josefina Díaz, Juan Casanovas y Violeta Ortiz, y otros elencos con Luís Vega, Margot Vera, Nischa Orajan, Angélica Femira. Nombres muy grandes de otra época, que hoy dicen muy poco. Tenían el arrastre que hoy tiene un personaje de teleteatro.”

La radio
Era muy vendedora, por su alcance y su convocatoria masiva. Los slogans y los versitos eran repetidos por la gente constantemente: ¿Qué Hago? Me voy al Mago” es todavía recordado. Había otros: “No gracias… Fumo Buffs/Virginia Puro” fue un éxito en su momento. Recuerdo que Agencia Americana había realizado un versito muy recordado que decía:
Pregúntele a su vecina
con qué cocina cocina
A que le dice Volcán.”

La cajita sonora tiene ese poder coloquial que la televisión nunca ha conseguido. En aquel momento, la mujer se hacía la ilusión de que el galán que escuchaba era así, que la actriz era de tal forma. Era el peso de la imaginación. Había publicidad realmente buena. En los éxitos de De Pauli había una avena que se llamaba Ica, que hizo una convocatoria que llenó un estadio. Recuerdo un anunciador de Circo Aéreo que era Julio Bucito, propietario de la farmacia Rey, en 25 de Mayo, frente al Palacio Taranco; que vendía los productos Coeur de fleursEstaban los Bailables Geniol, un programa argentino con las orquestas típicas de Fresedo y Canaro, con Don Dean y sus Estudiantes de Hollywood. El baile comenzaba en Buenos Aires, a las diez de la noche, y venía en directo por Carve. Entre pieza y pieza, un locutor decía: “Geniol…Solo eso…Solo eso Geniol”. En un momento la cuenta estuvo en la agencia Dial Press, de Julio Barreiro. Yo le hice un programa que escribía para Radio Nacional: Una tableta basta.

Geniol
Era una empresa que tenía desarrollos creativos formidables; uno que tengo muy presente:
Venga del aire o del sol
del vino o de la cerveza
cualquier dolor de cabeza
lo quita con un Geniol.”

En Cruz Propaganda permanecí tres años, hasta  que me retiré porque estaba desconforme con mi remuneración. El director de la agencia era Raúl Aguerreberry, que lo podría definir como un bohemio, talentoso, pero muy desordenado. Allí conocí a Luis Caponi, que era contacto de cuenta de Bazar Mitre y Angenscheidt y enseguida nos llevamos muy bien. Cuando Luis supo de mi renuncia, me propuso poner una agencia, pero, realmente, yo no estaba demasiado convencido. Fui a hablar con Fontaina, que me alentó y nos salió de garantía ante la Asociación de Diarios. Hubo gente que nos apoyó como Lito Imperio o Juan Gallardo. Pero también hubo colegas que intentaron bloquearnos, diciendo que Fontaina era socio nuestro. El objetivo era perjudicarnos, pero nosotros aprovechamos ese rumor y lo dejamos correr. Era obvio que iba a nuestro favor (se ríe)."

Yerba buena
"Hay una cosa que casi nadie sabe y es que Raúl Montero Bustamante, un gran historiador, fue el autor de un viejo versito publicitario, en la década de 1930:
Cuando la mañana aclara
y encendemos el fogón
Qué rico es el cimarrón
cebado con Yerba Sara."

"Me encanta contar como surgió el nombre Ímpetu. Yo vivía en la calle Acevedo Díaz y trabajaba en un altillo en donde escribía los libretos, y Caponi me había pedido que buscara un nombre y tenía como veinte posibilidades para verlas con él.  Llegó a casa y vio que yo tenía arriba de mi escritorio una revista argentina de publicidad que se llamaba ímpetu y no me dejó ni hablar: 'ese es el nombre, ese es el nombre'.
En aquel 1955, el gran diferencial de la agencia fue que pasó del aviso suelto a la planificación. Los colegas iban a ver al anunciador y le vendían el “avisito”, el “reclame”. Algo puntual, no estructurado en un plan concreto.
A quien primero le hablamos de una estrategia fue a José Mutio, de Bodegas Santa Rosa. Le presentamos una batería de trabajos y planificación y tuvo un impacto brutal. Era un plan trimestral completo: gráfica, cine, estadio. No lo podía creer. Teníamos un muy buen equipo: Washington Guadalupe como director de Arte; Aníbal Mainardi, que luego estuvo  con Amarelle; Sergio Patalagoity,  que con dieciocho años estaba comenzando en arte; y como directores Luís Caponi y yo.”

En el año cuando Ímpetu nació, cada fin de semana salían 100 mil personas y solo en Montevideo había 80 cines. Era otro país.”   

Fuimos al mercado a competir, a participar en concursos y ganar cuentas. Nosotros hacíamos de todo. Un día le dije a Alfredo Guiria que yo había sido creativo, por muchos años, sin saber que era creativo. Redactaba avisos de prensa, hacía la fundamentación; hacía guiones para radio y luego trabajé también para la televisión. La agencia creció con intuición y ordenamiento, pero no sabíamos qué iba a pasar. Nos fijábamos objetivos de facturación y comenzábamos a sistematizar nuestro trabajo. Enseguida tuvimos a Caubarrere que era muy importante. Nuestra primera recomendación fue que compraran el slogan de ‘18 y Caubarrere’, que pertenecía a Rey Kelly. Creo que le pagaron como 2.000 pesos de aquella época que era mucho dinero…”

Los publicistas de hoy tienen una formación fascinante, globalizada. Nosotros, de vez en cuando comprábamos un New York Times del domingo, para seguir de cerca la evolución de la técnica gráfica.”  

"El primer canal uruguayo, Saeta Televisión Canal 10, comenzó a emitir el 7 de diciembre de 1956, pero nosotros tuvimos la visión de ir a Buenos Aires seis meses antes de la primera emisión. Fuimos a Canal 7 con Caponi para ver cómo era la mecánica de la publicidad. Ellos tenían televisión desde el año 1952 y estaban bastante encaminados con varias cámaras y experiencias. En Canal 10 había una sola cámara y los avisos se hacían en riel. Terminaba uno, venía el otro, el otro y así sucesivamente (se ríe). Solo nosotros fuimos a capacitarnos antes del comienzo de un medio.
Casi simultáneamente se iniciaron también Carmelo Imperio, Oscar Enrique Musse y Juan Carlos Victorica, un argentino que vino a hacer Las noches brillantes de Angenscheidt, con Cristina Morán. Aunque parezca mentira, hubo agencias que no querían oír hablar de televisión, porque se enlentecieron muchísimo. Se ensayaban los avisos una y otra vez y no había vestuario adecuado.
El único camarógrafo que sabía operar aquellos equipos era Jorge Severino. Teníamos miedo de que se agarrara una gripe, porque si faltaba no había televisión, porque era en vivo. Jorge era un fenómeno. A pesar de las limitaciones hicimos programas muy buenos: Moulin RougeTele Hípica, que eran los últimos trescientos metros de las carreras de Maroñas. ¡Todo filmado! 
De aquellos avisos heroicos recuerdo el éxito de Galletas Primavera. Lo lanzamos en una carrera de la Vuelta Ciclista con Walter Moyano al frente del Club Ciclista de Punta del Este. El locutor decía: “¿Cómo va la carrera?...Bien, con Galletas Primavera”… ¡Fue formidable!”

"Muchas veces se ha dicho que la publicidad crea cosas , pero yo afirmo que sigue tendencias.” 

El memorable Wilson gana tiene una historiaNosotros comprábamos peleas de box. Recuerdo que peleaba Monzón y la compramos para la campaña de Por la Patria, el movimiento de Ferreira Aldunate. La propia pelea tenía dos textos: uno cuando suena el gong que empieza el round y otro cuando termina el round con otro gong. Entonces me pongo a hacer los textos y primero era: Segundos afuera. Primeros Wilson y Carlos Julio. El otro decía: Sonó la campana y Wilson gana.
Tenían que ser textos cortitos. Al otro día me llamó Caponi y me dijo: “tenemos el slogan: ¡Wilson gana!”. Nos reunimos en la casa de Ferreira y le dijimos que el Wilson Ferreira Aldunate se terminó, que era muy largo y teníamos que vender un nombre más corto, más popular, y se lo presentamos. Pero de primera a Wilson no le gustó y no estuvo de acuerdo. Entonces Caponi le dijo: -shhhhhh…senador…shhhhhh, que los que sabemos de publicidad somos nosotros…y los de afuera son de palo.
Yo miré hacia la playa Pocitos desde aquel séptimo piso y pensé: aterrizamos en la arena. Wilson me miraba pero era para no mirar a Caponi. Entonces me habla y me dice: “¿sabe por qué me calle? Porque me di cuenta que la…. Esto lo sabe muy poca gente. Juan Raúl Ferreira estaba presente y también estaba Radiccioni.  Ese día nació el Wilson gana. Luego hicimos quince fotos con Testoni. Wilson tenía una pinta bárbara. Tuvimos un gran “producto” para vender. Fue una experiencia apasionante. Aquella elección de 1971, se perdió por nada. Se perdió por quienes acumularon votos para el Partido Colorado, el general Rivas y Pintos que hicieron los 13.000 votos de diferencia.”

"La publicidad debe decir la verdad; yo he visto cómo han sucumbido muchos productos por decir mentiras.” 

La publicidad se hace para imponer un producto sobre otro. No se hace para manejar la opinión del individuo, al límite de que pierda su personalidad. Eso no es así y es una limitación de pensamiento. Un producto debe ser bueno, o la gente no lo compra aunque le canten loas. Los productos son creados por diseñadores y fabricados por empresas. La tarea del publicista es también es creativa: formar una corriente de opinión favorable al consumo de ese producto. Una sociedad puede ser estudiada a través de la publicidad, pero la publicidad no es determinante de los cambios; porque si lo fuera, las sociedades cambiarían todas las semanas violentamente.”

Los buenos avisos tienen una dosis de ciencia, una dosis de técnica y también de arte. Una fórmula perfecta para vender.” 

Me retiré de la publicidad a los 68 años, en 1985, pero sigo escribiendo columnas en El País, a mis noventa y pico, en dos secciones: una se llama Según pasa el tiempo y la otra Buenos días. A ambas las disfruto. Desde que tengo catorce años estoy haciendo cosas y por suerte me gustan. A veces me desespero pensando que uno se va a morir con una incultura bárbara. Yo miro esa biblioteca (señala con la mano a su derecha) y la que tengo en el fondo y es impresionante todo lo que tengo para leer y todo lo que tengo que aprender. Siempre digo: ¡que me quiten lo bailado!”

De la galena al satélite, de Raúl Barbero, es una historia escrita de la radio en el Uruguay, contada por quien la vivió.